"Primera memoria" - читать интересную книгу автора (Matute Ana María)4Algo había ocurrido. La abuela no estaba sentada en su mecedora del gabinete, junto a la ventana abierta, y la mecedora, al impulso de la brisa, se balanceaba blandamente. Todos estaban abajo, en la sala grande, junto a la logia. Cuando entramos, la abuela nos miró a los tres con dureza: primero a Lauro el Chino, luego a Borja, por último a mí. – ¿Dónde estuvieron ustedes hasta tan tarde? ¿Cómo no dijeron que salían de casa? Antes de que el Chino pudiera contestar, ella solía reprenderle de una manera fría, sin mirarle a la cara, como si se dirigiera a otra persona. Dijo que no debíamos llegar a horas tan avanzadas, ni salir de la casa sin su permiso. El Chino escuchaba y asentía con la cabeza débilmente. Junto a la puerta, Antonia permanecía quieta, inexpresiva, con los ojos fijos y los labios apretados. Llevaba delantal negro, de raso, en anchos pliegues, y un cuello de encajes que se hacía ella misma. Imaginaba su corazón golpeando fuerte bajo el vestido negro, cada vez que la abuela reprendía a su hijo, pero estaba tan quieta e impávida que parecía no oír nada, ni ver la cabeza inclinada de Lauro. Mi abuela, sentada en su sillón, hablando con dureza, masticaba una de sus innumerables grajeas medicinales. El escote de su vestido enmarcaba pliegues y frunces en torno a su garganta, ceñida por una cinta de terciopelo. Desbordando la cinta, en su cuello se formaban también pliegues y frunces hacia la barbilla. Parecía hecha con un apretado nudo alrededor del cuello: de un lado la cabeza, de otro el cuerpo, como dos bolsas; de una materia la cabeza, de otra el tronco. Tenía aún en la mano uno de sus frasquitos de color ambarino, de donde tomó la pastilla. A su lado, majestuoso como siempre, se sentaba Mossén Mayol, el párroco de la Colegiata. Mossén Mayol jugueteaba distraídamente con una copa de cristal azulado con iniciales opacas, como de luz de lluvia, hermosamente perlada. Las noches transparentes bebía licor de naranja, lúcido como agua, y Pernod los días nublosos, porque decía que las bebidas tenían gran relación con la atmósfera o el color del cielo. (Amontillado para el gran sol, prístinos o melancólicos licores al atardecer.) Cuando lo decía, yo notaba violentos perfumes en el paladar y casi un ligero mareo. Encima de mi abuela y de Mossén Mayol, en su gran cuadro, estaba el abuelo, con su uniforme de algo importante -nunca lo supe de fijo, aunque supongo me fue repetido muchas veces- y la banda azul o encarnada (no recuerdo exactamente). Sobre la mesita, en su marco de plata, la fotografía de tío Álvaro. Se parecía a Borja, a pesar de su dura fealdad. (Ellos: el abuelo y tío Álvaro, estaban en la sala casi físicamente: no se podía prescindir de sus ojos, de sus mandíbulas -ancha y fofa, una; aguda y cruel la otra-, siempre que nos reuníamos en aquella estancia. Participaban de nuestras reuniones siempre, se diría, el rostro del padre de Borja, largo, enjuto, con su gran boina de carlista y la cicatriz en la comisura derecha, y todos los demás retratitos de ex príncipes, aspirantes a reyes o ex infantes, dedicados al tío Álvaro.) La tía Emilia, sentada un poco aparte, cerca de la logia, levantaba con una mano la cortina. Afuera, estaba oscuro. Sólo en el jardín brillaban las lucecillas de las luciérnagas. La tía Emilia estaba siempre así: como esperando algo. Como acechando. Como si estuviera empapada de alguna sustancia misteriosa y desconocida. "Como un gran bizcocho borracho -pensé, en alguna ocasión- que parece vacuo e inocente, y sin embargo está empapado de vino." La tía Emilia hablaba muy poco. Borja decía a veces: "Mamá está triste, está preocupada por papá." Ella y su marido eran para mí, entonces, como un misterio que no podía comprender. Excepto tocar malamente en el piano, casi siempre las mismas piezas, nunca la vi hacer nada. Ni siquiera leía los periódicos y revistas de que se rodeaba amontonadamente: los ojeaba, distraída, y bien se notaba, si permanecía rato y rato con los ojos sobre una fotografía, que su pensamiento estaba lejos. Tenía los ojillos azules, con la córnea rosada, y no cesaba de espiar por las ventanas o de mirar hacia el patio por el hueco de la escalera. En alguna ocasión, yo pensé: "No está triste." A veces iba a la ciudad por la mañana y volvía por la noche. Solía traerme algún regalo, y recuerdo que en uno de estos viajes me compró unos pijamas de seda, muy bonitos, gracias a los cuales pude desterrar los horribles camisones del Colegio. Trataba a la abuela con la misma suavidad que Borja. Se hacía raro pensar que amaba al tío Álvaro. Él parecía estar allí, en su fotografía, con las condecoraciones, pero sabíamos que estaba en el frente, "Matando enemigos y fusilando soldados, si se desmandan." (Borja lo decía: "Mi padre es coronel y puede mandar fusilar a quien le parezca".) Pero era como un muerto, realmente. Tan muerto como el mismo abuelo. Desde hacía dos meses apenas sabíamos de él: telegramas, vagas noticias, sólo. Mossén Mayol abrió el periódico y señaló los titulares. Se acababa de conquistar otra ciudad. Lauro el Chino se ruborizó: – Ha caído… ha caído… -dijo. Empezaron a hablar todos a un tiempo. La abuela sonreía, enseñando los dientes caninos, cosa poco frecuente, ya que cuando sonreía, de tarde en tarde, solía hacerlo con la boca cerrada. Así, con el labio encogido sobre los afilados dientes, tenía el mismo aire de Borja, en su segunda vida, muros afuera de la casa. "Acaso también la abuela esconda otra vida, lejos de nosotros." Pero no me la imaginaba compadreando canallamente con los del pueblo. De afuera llegó algo como un rumor, bajo y caluroso, y se alzó la cortina. Sobre la mesita, los periódicos adquirieron vida súbita, volaron sus extrañas alas y se debatieron bajo la mano del párroco, que cayó plana y pesada sobre ellos. – Viento -dijo la abuela-. ¡Se levanta el viento otra vez! Me lo temía. La abuela conocía el cielo, y casi siempre adivinaba sus signos. A la tía Emilia le fue la cortina hacia la cara, y las dos lucharon torpemente. La cortina parecía algo vivo, y se enzarzaron en una singular batalla. Borja corrió a su lado, y la libró del engorro. Estaba muy pálida y sus labios temblaban. Miré al jardín. Allá abajo corrían dos papeles arrugados, persiguiéndose como animales. La abuela seguía hablando, a mi espalda: – Mañana, a las once, Mossén Mayol oficiará un La lámpara empezó a oscilar, y la abuela dijo: – Cerrad ese balcón. Lauro el Chino se acercó al balcón. Su perfil amarillento se alzaba hacia el cielo, más allá de los arcos de la logia. Luego, extendió los brazos en cruz hacia los batientes. La tía Emilia fue a sentarse junto al vicario. Borja me ofreció una silla y se quedó a mi lado, en pie, como un soldadito. Su pelo aún estaba húmedo, recién peinado. Quieto, erguido y fino, mirando hacia la abuela con sus enormes ojos verde-pálido. El bastoncillo de bambú resbaló y cayó al suelo. Borja se precipitó a recogerlo. La luz brilló en el puño y su reflejo recorrió la pared, raudo, como un insecto de oro. Antonia abrió de par en par las puertas del comedor. La cena estaba ya servida. Nos acompañaban el médico -que era viudo-, el párroco, el vicario y Juan Antonio. Juan Antonio era algo mayor que nosotros, pero nadie lo hubiera dicho por su estatura. Muy delgado y de piel verdosa, tenía los ojos muy juntos. Sobre su labio negreaba una repugnante pelusa, y sus manos, chatas y gordezuelas, estaban siempre húmedas. Se confesaba tres o cuatro veces por semana, y luego meditaba largo rato con la cabeza entre las manos, cara al altar. (Un día le vi llorar en la iglesia. Borja me dijo: "Cuando le da así es que ha pecado mucho. Ese es un gran pecador". Y aclaró luego: "Peca mucho contra el sexto mandamiento, ¿sabes? Es muy deshonesto y seguramente se condenará. Va y se confiesa, pero él sabe muy bien que volverá a pecar, porque no tiene más remedio. El demonio le tiene bien atrapado." "¿Cómo sabes tú todo eso?" le dije. "Hablamos a veces… Pero yo -aclaró- estoy a salvo de todas esas cosas." Se puso a reír con malicia, y yo también reí, procurando entrecerrar los ojos como él.) Y allí estaba Juan Antonio, serio y taciturno, como siempre acechado por su Amigo-Enemigo el Diablo. Era glotón y comía muy mal. Se manchaba el borde de los labios y daba náuseas mirar hacia él, pero no se podía dejar de mirar. Y era el compañero y mejor amigo de Borja. Porque Borja decía que era muy inteligente, más que Carlos y Salvador, los hijos del administrador. A causa del viento, cerraron las ventanas y hacía mucho calor. La frente de Mossén Mayol aparecía rodeada de gotitas brillantes, como una corona. El párroco era alto y muy hermoso. Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco y grandes ojos pardos. El Chino se ruborizaba cada vez que le dirigía la palabra. Mossén Mayol se llevaba la servilleta a los labios con mucha delicadeza, y daba en ellos un golpecito suave. Mossén Mayol poseía un gran sentido de la dignidad, y a mí me parecía el hombre más guapo y elegante que vi jamás. "Es muy hermoso -decía la abuela-. Oficia con la dignidad y majestad de un Príncipe. ¡Nada hay comparable a la Liturgia Católica!" Y al decirlo parecía augurarle un futuro de grandes posibilidades: cuando menos un cardenalato. Mossén Mayol vestía hábitos de tela gruesa, que descendían en pliegues generosos y producían, al andar, un frufrú inconfundible. No era hijo de la isla, y caminaba con lentitud y cierto abandono. Todos decían que era un hombre muy culto. Cuando venía a comer -lo que sucedía con frecuencia- se paseaba después largo rato por la logia, leyendo su breviario, con Borja a su lado, quisiéralo o no. A mí, casi nunca me dirigía la palabra, pero a menudo sentí la desaprobadora mirada de sus ojos dorados, fríos y relucientes como dos monedas. En las contadas ocasiones en que me dijo algo, lo hizo a través de la abuela o de Borja. Sentía un gran respeto en su presencia, casi temor, y creo que nunca le vi sonreír. La abuela decía que era un gran amante de la música, y la tía Emilia hablaba con él, a veces, de raras y antiguas partituras y otras cosas así, que nosotros no comprendíamos. Casi llegué a compadecer a Mossén Mayol las veces que la madre de Borja se decidió a aporrear el piano en su presencia. Bien se adivinaba entonces una luz de martirio en su mirada. Mossén Mayol tenía la voz muy bien timbrada, y su fuerte, según decía el Chino, era el canto gregoriano: "Oírle es asomarse a las puertas de la Gloria. " Aquella noche paró el viento, y cuando me asomé al declive, a punto ya de meterme en la cama, subía de la tierra un fuerte olor. Abajo el mar relucía. De pronto una luz lechosa salió de tras las nubes, y vi acercarse hacia nosotros una cortina de lluvia. Llovió toda la noche, hasta el amanecer. |
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