"Primera memoria" - читать интересную книгу автора (Matute Ana María)

3

No sé si lloraba, porque tenía la cara cubierta de sudor.

– Préstame la barca -dijo.

Creí que latiría en su voz la misma ira de las flores, pero era una voz opaca, sin matiz alguno. De frente me parece que no le había visto nunca. No tenía la cara tan quemada como la nuca. Apenas recuerdo sus facciones, sólo sus ojos, negros y brillantes, donde resaltaba la córnea casi azul. Unos ojos distintos a los de cualquier otro. Era alto y corpulento para su edad, y sólo al mirarlo me pareció que no necesitaba pedirle la barca a Borja: se la podía llevar con sólo adelantar un paso y darle a mi primo un empujón. Las piernas desnudas de Borja y sus pies de dedos largos, con una uña rota en el pulgar derecho, aquellas piernas aún húmedas, con la arena pegada, estaban en un desamparo total, junto a la maciza figura de Manuel. Y Manuel, de pronto, no era un muchacho. No, bien cierto era que (quizá desde el mismo instante en que pidió la barca, en la ensenada de Santa Catalina, con una gaviota chillando destemplada, inoportuna) parecía muy distante su infancia, su juventud, hasta la vida misma. Y no había cumplido, seguramente, los dieciséis años.

El cuerpo del hombre seguía pegado como un marisco a la quilla de la Joven Simón. No recuerdo si tuvimos miedo. Es ahora, quizá, cuando lo siento como un soplo, al acordarme de cómo nos habló. Aún veo los juncos, tan tiernos, brotando de la arena, y el azul violento de las pitas. Una estaba rota, con los bordes resecos como una cicatriz.

Primero creí que eran lágrimas lo que le brillaba en las mejillas. Pero estaba cubierto de sudor y no se podía precisar. Pensé: "¿Cómo habrá llegado aquí, sin barca?". Debió descolgarse por las rocas. A pesar del calor dulzón que parecía emanar del suelo y el cielo al mismo tiempo, sentí frío. "Han tirado al hombre, lo han despeñado rocas abajo". Algo empezó a brillar. Quizá era la tierra. Todo estaba lleno de un gran resplandor. Levanté la cabeza y vi cómo el sol, al fin, abría una brecha en las nubes. Se sentía su dominio rojo y furioso contra la arena y el agua. La gaviota se calló, y en aquel gran silencio (era de pronto como un trueno mudo rodando sobre nosotros) me dije: "Ese hombre está muerto, lo han matado. Ese hombre está muerto."

(Los Taronjí, Lauro el Chino, Antonia… Y también Lorenza, la cocinera, y Es Ton, su marido. Hacía unos días: "Los han metido en el corral a los cinco. Se subieron al muro los dos Taronjí y sus compañeros los apuntaron con las pistolas. Y ellos sin hablar, callados". A Lorenza no era sudor, eran lágrimas lo que le caían, oyendo a su marido decir aquello. No sabían que yo fui a buscar las sogas para llevarlas a donde Borja me esperaba. Me metí detrás de la cocina, por el patio. Hablaban en su idioma pero les entendía. Me subí a la escalera corta del cobertizo. Olía muy fuerte a las cenizas para hacer jabón y a las cáscaras de la almendra amontonadas al otro lado. Pasé un dedo por el vidrio roto, sin brillo, gris del polvo y la tierra pegada. Por el agujero la veía sentada, con el cuchillo entre las manos: lo único que flameaba. Tenía los ojos bajos y las gotas brillantes le caían hacia abajo. Yo contenía la respiración, oyendo la voz de su marido, Es Ton. Sólo veía su sombra, que se iba y se venía sobre los ladrillos encarnados del suelo, y el ruido de sus eses silbadas, pues hablaba en voz baja. "Y ha dicho la del administrador: ¿Y ése, leyendo todos los días "El Liberal"? Y nunca ponía los pies en la iglesia. Y Taronjí le dio con la culata. Entre tanto los otros querían empujar la puerta. Y mira, mujer, eran como animales; sí, igual que animales. A los tres carboneros les ataron las manos a la espalda y miraban hacia arriba que daba miedo. Entonces dijo el mayor Taronjí: abrid. Y los sacaron. Se montó el pequeño de Riera en el coche, ya sabes, ese coche negro que tienen del Ayuntamiento, y lo pusieron en marcha. Me miró es Taronjí mayor, y me dijo: mejor que te vayas a casa, Ton. Mejor que no mires ninguna de estas cosas. Sabe que ella me defendería, después de todo. ¿No crees que ella me defendería? Siempre le han hecho caso a ella. ¿No te parece?" Y, por el tono, yo entendí que ella era mi abuela, que le tendría que defender a Es Ton, de los Taronjí o de alguien. Pero -me dije- a la abuela no le importaba nada de nadie. Y entonces me vio Lorenza, porque crujió la escalera. Tuvo un gran susto, y dijo: "Por Dios, ¿qué hace ahí? ¿qué hace ahí?" Y me miraba de un modo raro y me pareció que tenía los labios muy descoloridos y que me llamaba de usted, a pesar de que, cuando no estaba delante la abuela, no lo hacía nunca. Y vi su cara como contraída y que tenía los ojos secos. Por eso me parecía muy raro que hubiera llorado. Su marido, Es Ton, desapareció en seguida: oí sus pasos hacia el patio, como huyendo. Bajé de la escalera y noté que me había metido en la boca alguna semilla que me amargaba mucho).

Era verdad: aquel hombre caído, pegado a la Joven Simón, estaba muerto.

– ¿Quién es? -preguntó Borja, con voz enronquecida. Y Manuel contestó:

– Mi padre.

Me volví de espaldas. Estaba sorprendida. Había oído muchas cosas y visto, de refilón, las fotografías de los periódicos, pero aquello era real. Estaba allí un hombre muerto, lanzado por el precipicio hasta la ensenada.

– Se quiso escapar cuando lo llevaban…

Parecía mentira, parecía algo raro, de pesadilla. Pero era Manuel, su hijo, quien lo contaba. Y estaba allí, delante de nosotros, con su sombra alargándose en el suelo, sesgada e irreal. Se veía el temblor de sus piernas, firmemente plantadas, pero hablaba despacio y mesuradamente, con una voz sin brillo. Y era sudor, sudor tan sólo, lo que caía por las mejillas. Una gota que rodaba al lado de su nariz, hasta el labio, brillando mucho, también era de sudor. Ni una, ni una sola lágrima. Y continuó con sus labios blancos, ladeando una mano, para indicar el trayecto del cuerpo, hasta caer allí, marcado aún en la arena.

– Déjame la barca -repitió. – Le quiero llevar a casa.

Borja se retiró hacia las rocas. La gaviota volvió a chillar. Nos sentamos muy juntos, tanto que nuestras rodillas se tocaban, detrás de una chumbera. Borja, que estaba muy pálido, se rodeó las rodillas con los brazos, y con la cabeza inclinada miró a través de las anchas palas de la planta. Le imité. Busqué su mano y él retuvo la mía un momento, apretándola mucho. Sus ojos de almendra estaban inundados de sol, como vaciados; y en ellos había un gran estupor, también. Dijo:

– Supongo que por dejarla no hacemos nada malo…

Manuel volvió cara arriba al hombre, y vimos parte de la arena manchada de rojo oscuro.

– ¿Desde cuándo estará ahí? -dijo mi primo, muy bajo.

Manuel lo arrastró hacia el borde del mar. El hombre no llevaba calcetines, y asomaban sus tobillos desnudos por el borde del pantalón. Sus zapatos estaban muy nuevos, como si se hubiera puesto la ropa del domingo.

– Sí que es verdad -añadió Borja, mirando como a su pesar, y de lado, por entre los huecos de la chumbera-, sí que es José, su padre. ¡Maldito sea, llevarse así mi barca…!

Y añadió:

– Oye tú: ni una palabra a nadie.

Negué con la cabeza. En aquel momento, Manuel iba por la franja de conchas, que brillaban al resplandor del sol como una inmóvil ola de fuego. El cuerpo las arrastraba y las hundía con su peso, entre un ahogado tintineo. Súbitamente Borja gritó:

– ¡Date prisa! ¿O es que quieres que se entere mi abuela?

Manuel no respondió. Por entre las palas verdes cubiertas de púas, veía el temblor de sus piernas. Se había manchado de sangre los costados de la camisa, como si le hubiera querido cargar a hombros y no hubiera soportado el peso. Lo arrastraba como un saco, no podía hacer otra cosa.

Al fin se oyó el chapoteo del agua y el ruido del cuerpo al caer al fondo de la barca. Era un ruido sordo, como sofocado por trapos. Se notaba que era un cuerpo muerto el que caía en la barca. Me incorporé y miré sobre la chumbera. Manuel, con el remo, apartaba la barca de las rocas. Luego se quedó así, en proa, apuntándonos un instante con él como si fuera un arma, mientras la Leontina entraba dulcemente en el mar. El borde del agua se rizaba, blanco, lanzando hacia nosotros combas de espuma, como en un juego desconocido.

El viento comenzó a soplar. Manuel se sentó, y con un solo remo viró hacia la izquierda, hacia el declive.

– Vámonos de aquí -dijo mi primo.

– Suéltame, me haces daño…

Pero no me soltaba. Ya no estaba Manuel, ni nadie, ni la Leontina. Sólo nosotros dos y el viento, que de pronto nos lanzó sobre la cara una onda de arena, que sentimos crujir entre los dientes. Era todo como un sueño, como un gran embuste al estilo de Lauro el Chino. Casi no se podía creer.

Los dos a un tiempo nos acercamos a la Joven Simón, como si deseáramos una prueba de que aquello no era una mentira. Borja se agachó y su dedo recorrió el madero rugoso y quemado, gris por el tiempo. En él se veían la mancha negruzca y los agujeros de las dos balas. Estuvo un rato inmóvil, en cuclillas. Metió el dedo en un agujero, y luego en otro. Al verle hacer esto me acordé de lo que decían de Santo Tomás, que metió los dedos en las heridas de Jesús, para asegurarse de su verdad. Tan irreal parecía todo aquella tarde. Me agaché y le puse la mano en un hombro. Dijo:

– Bueno, supongo que la va a devolver.

– ¿Esperamos?

– Sí, ¿qué vamos a hacer, si no? Por nada del mundo debe enterarse la abuela ¡Y no vamos a subir hasta ahí arriba!

Miré hacia lo alto, donde las rocas se oscurecían hasta parecer negras y las pitas tenían un aire feroz, de alfanjes. Mucho más arriba, hacia el cielo, negreaban los árboles.

– Pero podemos volver saltando por las rocas.

– No -se obstinó-. Ha de traer la barca. Se lo he dicho. No se atreverá a desobedecer…

La gaviota pasó sobre nuestras cabezas y nos sobresaltó estúpidamente. Borja empezó a limpiarse la arena de las piernas. Subimos a la Joven Simón, y nos tendimos. El sol enrojecía en un cielo limpio, donde se oían zumbar las moscas y mil insectos. El mar tenía un rumor espeso, monótono.

– Lo peor van a ser las manchas -dijo mi primo.

– Se quitan. Además, ni la abuela ni tu madre vienen aquí, ni se acuerdan siquiera de la Leontina.

Borja estuvo un momento callado, y dijo:

– No es sólo… Bueno, ¿sabes?, nadie debe saber esto. Ni los chicos ni nadie. No se debe ayudar a esa gente. Nadie les ayuda. Hace ya muchos días que recogen ellos solos su cosecha… Todos tienen miedo de ayudarles, porque Malene y los suyos… pues eso, están muy significados, muy mal vistos.

Hizo una pausa, y añadió, siempre mirando a un punto remoto:

– A veces le he visto cavar en su huerto.

– Yo también -dije. Porque, sin nombrarlo, los dos pensábamos sólo en Manuel y no se me borraba su imagen, de pronto muy clara. Sin embargo, antes de aquel día no le di nunca importancia, ni siquiera pregunté a los chicos: "¿Y ese de la casa de al lado, quién es?".

– ¿Y quién es? ¿Y por qué?

– Eso -Borja hizo un gesto vago con la mano-, que son mala gente. Su padre, ese que han matado, era el administrador del de Son Major… Y dicen que el de Son Major lo casó con su querida, Sa Malene, ya sabes, la madre de Manuel. El de Son Major les dio la casa, los olivos, el huerto… ¡Todo se lo deben a él!

– ¿Jorge? -pregunté con malicia, porque sabía que tocaba el punto flaco de mi primo. Si había alguien a quien mi primo admiraba de lejos era a Jorge de Son Major. Deseaba imitarle, ser algún día como él. Que se contaran de él algún día cosas como las que oíamos de aquel misterioso pariente nuestro, que vivía al final del pueblo, en la esquina del acantilado, retirado y sin ver a nadie, con un viejo criado extranjero llamado Sanamo. Por lo que oí a Antonia y a Es Ton, Jorge de Son Major fue un tipo raro, un aventurero que dilapidó su fortuna de un modo absurdo -según la abuela- en extraños y pecadores viajes por las islas. Pero a los ojos de mi primo era únicamente un ser fantástico. La abuela y Jorge estaban distanciados hacía muchos años.

– Bueno, eso es -dijo mi primo.

– ¿Qué hacía José Taronjí?

– Ya te dije que era un mal nacido, un mal hombre. Era su administrador, pero se significó mucho, y supongo que últimamente andaría sin trabajo. Un desagradecido, después de todo lo que hizo por ellos Jorge. Le odiaba, le odiaba con toda su alma. ¡Y el Chino dijo que tenía las listas y que entre todos se repartieron Son Major! Luego, ya lo ves: lo llevarían a alguna parte y se ha querido escapar… Han tenido que matarlo.

De pronto, aquellas palabras cobraron un extraño relieve. Él mismo se debió dar cuenta, porque se calló en seco y su silencio se sentía sobre nosotros. El sol lucía plenamente, y dentro del silencio, durante un rato -de forma parecida a cuando se cierran los ojos y se continúa viendo el contorno luminoso de las cosas, cambiando de color, en el interior de los párpados- oí su voz, que decía: han tenido que matarlo, han tenido que matarlo. Todo el cielo parecía meterse dentro de los ojos, con su brillo de cristal esmerilado, dejando caer el gran calor sobre nuestros cuerpos. Sentí un raro vacío en el estómago, algo que no era solamente físico: quizá por haber visto a aquel hombre muerto, el primero que vi en la vida. Y me acordé de la noche en que llegué a la isla, de la cama de hierro y de su sombra en la pared, a mi espalda.

– Me va a dar una insolación…

Me senté sobre la barca. Borja continuaba tendido, callado e inmóvil. El resplandor me acompañaba aún. Lo tenía tan metido dentro, que todo: yo, las barcas muertas, la arena, las chumberas, parecíamos sumergidas en el fondo de una luz grande y doliente. Oía el mar como si las olas fueran algo abrasador que me inundara de sed. Supongo que así pasó mucho tiempo.

Salté al suelo y me fui hacia las conchas de oro. Entonces Borja me llamó:

– ¡Ven aquí, no seas estúpida! Te pueden ver, si alguien pasara por arriba, y es mejor que nadie sepa…

Volví. Él se había echado boca abajo, y metía la mano por la escotilla. Por lo visto, quería hacer como si nada hubiera pasado. Como si lo hubiéramos olvidado, por lo menos.

Sacó los naipes. Nos sentamos con las piernas cruzadas, como solíamos. Encendió la linterna y la colgó del cable. Aún no era de noche. Le gané dos veces, y oscureció. De todos modos, aún le debía dinero. ¡Nunca acabarían mis deudas con él! Borja sacó la botella, pero no teníamos ganas de beber. Dimos un trago, a la fuerza, y la volvió a guardar. Era el horrible licor dulce, empalagoso. No se veía ya. La linterna, amarilla, como una lengua luminosa, aparecía rodeada de insectos ansiosos, chocando unos con otros. Los mosquitos nos picaban, y de cuando en cuando se oían nuestros manotazos en brazos y piernas. De pronto, dije:

– ¿Desde cuándo son así?

– ¿Quiénes?

– Esos… ¿desde cuándo piensan de ese modo?

– Qué sé yo. Están llenos de rencor. El Chino dice… Tendrán envidia, porque nosotros vivimos decentemente. Están podridos de rencor y de envidia. Nos colgarían a todos, si pudieran.

Era un tema que siempre me llenaba de zozobra, porque mi padre, al parecer, estaba con ellos, en el otro lado. Borja me mortificó alguna vez con alusiones a mi padre y sus ideas. Pero Borja parecía haberlo olvidado en aquel momento. Continuó:

– Fíjate si son de mala especie: él les estuvo favoreciendo tanto – (y yo noté cómo, tozudamente, al hablar de ellos, sólo pensaba en José Taronjí y su familia) -. Y a Manuel le tenía en un convento, viviendo y estudiando. Todo pagado, todo… Bueno, no sé ni cómo tienen cara para salir de casa. Y aún, mi padre, jugándose el pellejo por culpa de gente así. Mi padre luchando en el frente contra esa gentuza… Y yo aquí, tan solo.

Dijo estas últimas palabras deprisa, casi en voz baja. Era la primera vez que le oía aquella frase: tan solo. Fue extraño. Claro que no nos veíamos las caras, apenas las manos, por culpa de la linterna. Y era así, en la penumbra o en la oscuridad -como cuando saltábamos a la logia por las noches, en pijama, para seguir una partida interrumpida o para hablar y hablar-, cuando él descomponía un tanto su aire perdonavidas y orgulloso. Me pareció que era verdad, que estaba muy solo, que yo también lo estaba y que, tal vez, si no hubiera sido por aquella soledad, nunca hubiéramos sido amigos. No sé qué diablo me picaba a veces -como cuando estaba en Nuestra Señora de los Ángeles-, que si algo me arañaba por dentro me empujaba a la maldad. Sentí ganas de mortificarle:

– No te quejes, tienes a Lauro el Chino.

No me contestó y sacó los cigarrillos. En la oscuridad brilló la llamita de la cerilla.

– Dame uno -pedí, a mi pesar, pues siempre me los regateaba.

Sin embargo, me lo dio. Era un tabaco negro y amargo, que compraba en el Café de Es Mariné.

– De los otros.

Con sorpresa, vi que rebuscaba en la caja y me dio uno de los codiciados Muratis de la tía Emilia. Fumamos en silencio, hasta que dijo:

– ¿Tú crees que es malo?

– ¿El qué?

– El dejarle la barca.

Lo pensé un momento:

– A la abuela no le gustaría. Ni a Lauro.

– ¡Bah, Lauro!

– Siempre dice que los odia. Siempre viene con las historias de sus crímenes, y todo eso.

– Eso dice, pero no lo creo. ¿Sabes? es como ellos. Igual. Igual que ellos. Está lleno de envidia… Yo sí les odio. Les odio de verdad.

Me di cuenta de que su voz temblaba ligeramente, como si estuviera asustado de algo. Aplastó su colilla contra el borde de la barca.

– Vámonos. Ése no vuelve… es muy tarde.

– ¿No vamos a esperarle un poco más? Ahora será peor subir ahí.

– Seguiremos las rocas de la costa… ¡Es un cerdo, ése! Ven, date prisa. Lauro estará medio muerto, escondiéndose de la abuela.

Dijo esto con una risita demasiado chillona. Y añadió, como para él:

– ¡Me las pagará ese chueta!

Guardó todas las cosas en el impermeable viejo, y prendió de nuevo la llave de la caja a la cadena de su medalla. (Teníamos medallas gemelas, de oro, redondas y con la fecha del día de nuestro nacimiento, regalo de la abuela. La suya representaba a la Virgen María, la mía a Jesús. No nos la quitábamos jamás del cuello, ni para dormir. "Es igual que la mía" dijo él, el primer día que las vimos el uno en el otro. «Con otro Santo…»". Estuvimos mirándolas, la mía en su mano, la suya en la mía. Era como si de verdad, por un momento, fuéramos hermanos.)

Borja cogió una vara del suelo y golpeó con rabia los juncos. Se oía el golpe seco, el ruido del mar, las olas estrellándose en el acantilado. Me ayudó a trepar a las rocas, y me arañé las piernas y los brazos. Pero con Borja era inútil quejarse. Insinué:

– Será más largo por aquí…

– Si quieres, vete -contestó, de mal tumor.

Pero él sabía que yo no tenía más remedio que seguirle. Me pregunté por qué razón nos dominaba a todos: hasta a los mismos de Guiem, que siempre aceptaban sus treguas. El cielo aparecía poblado de estrellas grandes, y nacía una luz violeta. Lentamente, del mar, subía un resplandor verdoso. De cuando en cuando, Borja me daba la mano. En un punto en que las rocas estaban mojadas, Borja resbaló. Le oí una maldición.

– Si supiera la abuela que hablas así -dije-. ¡Ni siquiera puede imaginárselo!

– La abuela no se imagina nada -contestó, misteriosamente.

Se paró y se volvió hacia mí. Me enfocó la cara con la linterna y volvió a reírse de aquella forma casi femenina que tanto me irritaba. Dijo:

– Bueno, estoy pensando una cosa: ¿qué va a ser de ti? ¡A los catorce años, fumando y bebiendo como un carretero, y andando por ahí, siempre con chicos! Tampoco lo sabe la abuela, ¿verdad? Procuré sonreír lo más parecido a él:

– Así es, así es.

Busqué algo con que pudiera sorprenderle, y súbitamente se me ocurrió.

– También mi padre se juega la vida por culpa vuestra.

A su pesar, se quedó cortado. Bajó la luz, y, deslumbrada, distinguí su silueta oscura, rodeada de una aureola.

– Ah, bien, bien. ¡Conque estás con ellos!

No contesté. Nunca me lo había preguntado. La verdad es que yo misma estaba sorprendida de lo que dije. Algo había que me impedía obrar, pensar por mí misma. Obedecer a Borja, desobedecer a la abuela: esa era mi única preocupación, por entonces. Y las confusas preguntas de siempre, que nadie satisfacía. Sin saber por qué, volvían de nuevo a mi recuerdo las sombras de los hierros forjados y las hormigas en la pared. En lo que me rodeaba había algo de prisión, de honda tristeza. Y todo se aglutinaba en aquella sensación de mi primera noche en la isla: alguien me preparaba una mala partida, para tiempo impreciso, que no sabía aún. A mi izquierda las rocas se alzaban, negras, hacia la vertiente de las montañas y los bosques. Abajo brillaba el mar. Volví a sentir, como tantas otras veces, un raro miedo. No podían dejarme así, en medio de la tierra, tan despojada e ignorante. No podía ser.

– Evidente -dije.

(Era una palabra que oía mucho a Lauro el Chino, cuando hablaba con la abuela.) Borja trazó un círculo de luz. Luego me pasó la mano por la cara, con un gesto irritante. Sentí el roce de su mano en la mejilla y en la frente. Sabía que lo hizo así con Guiem, para humillarle, cierta vez en que pelearon y pudo atraparlo contra el muro.

Le insulté con una palabra cuyo significado desconocía. Su mano se detuvo en seco.

– Tu papá te enseñaría estas cosas, ¿verdad?

Sentí deseos de mentir. De inventar historias e historias malvadas de mi padre (tan desconocido, tan ignorado; ni siquiera sabía si luchaba en el frente, si colaboraba con los enemigos, o si huyó al extranjero). Tenía que inventarme un padre, como un arma, contra algo o alguien. Sí, lo sabía. Y comprendí de pronto que lo estuve inventando sin saberlo durante noches y noches, días y días. Sonreí con suficiencia:

– ¡Qué sabrás tú! Te crees muy listo, y… ¡Bah, si supieras la pena que me das! Eres muy inocente. ¡Lo que yo te podría contar!

Me iba acostumbrando otra vez a la oscuridad, y vi el brillo de los ojos de Borja. Me cogió por un brazo y me zarandeó.

En aquel momento no le odiaba, ni sentía por él el menor rencor. Pero una vez lanzada me era muy difícil detener la lengua. Dije:

– Eres un infeliz.

– Infeliz y todo -contestó- tú me obedeces. Y pobre, pobre de ti, como no lo hagas.

Acercó su rostro al mío. Noté que se empinaba sobre las puntas de los pies, porque si algo había que le mortificara era mi estatura. Demasiado alta para mi edad, le rebasaba a él y a todos los muchachos de ambos bandos. (Creo que esto no me lo perdonó nunca.)

– ¿Qué hace Lauro el Chino? -dijo burlonamente-. ¿Qué hace conmigo, mi profesor y preceptor?

– Te vales de cosas feas como la del pobre Lauro… ¡Le tienes cogido!

– ¿Tú qué sabes de esa historia?

Procuré reír con aire de misterio, como hacía él a menudo, porque realmente no sabía nada. Y fanfarroneé:

– Me iré pronto de aquí. Más pronto de lo que os imagináis todos.

A su pesar, estaba intrigado.

– ¿Cuándo?

– No te lo pienso decir. Hay muchas cosas que tú no sabes.

– ¡Bah!

Se volvió de espaldas y echó a andar de nuevo, fingiendo desinteresarse de mis palabras. La luz amarilla de la linterna lamía despaciosamente los hoyos y las quebraduras de la roca. Con gran cuidado seguía la silueta de sus tobillos finos y de sus pies, para poner los míos en el mismo sitio.

Cuando llegamos al fondo del declive era ya de noche. Bajamos de un salto al embarcadero, y Borja se apresuró a iluminarlo con su linterna. Atada, en su lugar, estaba la Leontina.

– La ha traído… ¡Mírala, Borja, ahí está!

– ¿Por qué no la llevó a Santa Catalina, como le mandé?

Y dando media vuelta subió precipitadamente las escalerillas.

El declive tenía algo solemne en la noche. Las piedras de los muros de contención blanqueaban como hileras de siniestras cabezas en acecho. Había algo humano en los troncos de los olivos, y los almendros, a punto de ser vareados, proyectaban una sombra plena. Más allá de los árboles, se adivinaba el resplandor de los habitáculos de los colonos. Al final del declive la silueta de la casa de la abuela era una sombra más densa. El cielo tenía un tinte verdoso y malva.

Se oía el ruido del agua contra los costados de la Leontina. Apenas trepamos unos metros, Borja enfocó hacia el primer olivo. Sentado, amarillo bajo el foco de la luz, esperaba pacientemente el Chino.

– ¡Ah! -dijo mi primo- ¡Está usted ahí! Cuando se le descubría de improviso, había en el Chino algo oscuro y concentrado que atemorizaba.

– Diremos a su señora abuela que estuvimos paseando… Era una hermosa tarde para dar clase al aire libre. ¿Están conformes?

Borja se encogió de hombros. Subimos en silencio, y miré con un vago temor hacia la derecha del declive, donde el huerto de Manuel y el bloque blanco de su casa rodeada de un muro bajo. Manuel Taronjí, Sa Malene, los pequeños María y Bartolomé. Estaría el muerto con ellos… Me estremecí, y me paré entre los árboles. Habíamos entrado en la zona de los almendros. Un olor penetrante subía de la tierra, y allá lejos, a la derecha, como una estrella opaca, brillaba la luz de un candil o de un farol. "La casa de Manuel", me repetí.

– Vamos, deprisa, por favor – insistió el Chino, con voz ahogada.

Las ventanas de las casas de los colonos estaban encendidas, y seguramente la abuela espiaría desde su gabinete con sus gemelos de teatro. Sentí una sorda irritación contra ella. Allí estaría, como un dios panzudo y descascarillado, como un enorme y glotón muñecazo, moviendo los hilos de sus marionetas. Desde su gabinete, las casitas de los colonos con sus luces amarillas, con sus mujeres cocinando y sus niños gritones, eran como un teatro diminuto. Ella los envolvía en su mirada dura y gris, impávida. Sus ojos, como largos tentáculos, entraban en las casas y lamían, barrían, dentro de las habitaciones, debajo de las camas y las mesas. Eran unos ojos que adivinaban, que levantaban los techos blancos y azotaban cosas: intimidad, sueño, fatiga.

Llegamos al nivel de las casas de los colonos. A través de una puerta con la cortina medio descorrida se filtraba la luz, y me dije: "Éstos lo saben todo lo de José Taronjí". Había algo que flotaba en el calor, en los mosquitos brillantes, hasta en el estrépito de un cacharro que se rompió en la casa sin que le siguiera ninguna voz malhumorada, en el chorro de agua cayendo contra la tierra. Todos los ruidos me afirmaban en la misma idea, "Lo saben, lo saben lo de José Taronjí". Miré otra vez hacia la derecha. Desde aquella altura ya no se distinguía la lucecilla de la casa de Malene, a quien recordé vivamente, en un momento. Es decir, más que a ella misma, a su cabello. (Un día, junto al muro de su casa, mientras ella sacaba agua del pozo, la contemplé de espaldas, inclinada. El cabello se le había soltado. Era una mata de cabello espeso, de un rojo intenso, llameante; un rojo que podía quemar, si se tocase. Más fuerte, más encendido que el de su hijo Manuel. Era un hermoso cabello liso, cegador bajo el sol.)