"Primera memoria" - читать интересную книгу автора (Matute Ana María)5Cuando desperté, aún sin abrir los ojos, noté que no estaba sola. Sentía un roce, un murmullo como de alas. Lentamente abrí los párpados, con la cabeza vuelta hacia la pared, inundada de un resplandor amarillo. El sol entraba a franjas por aquellas persianas que me angustiaban, porque no se podían cerrar. (La primera mañana que desperté en aquella habitación, al entrar la luz perlada del alba por las rendijas, me levanté, fui a cerrarlas, y no pude; sentí un gran ahogo, y, desde entonces, me costó mucho acostumbrarme al amanecer.) Antonia estaba junto a la ventana, con el periquito Gondoliero, dándole mijo de su mano. Me volví despacio a mirarla. Ella me miró también, en silencio, y me incorporé. Me vi en el espejo del armario, partida por la blancura de las sábanas, con el cabello suelto y el sol arrancándole un rojo resplandor. Antonia dijo: – Vamos, niña, es tarde… Me eché hacia atrás. Añadió: – Antes miraba cómo dormías, y me acordaba de tu madre. Me molestaba que alguien me viera dormir, como si fuera a descubrir mis sueños estando prendida en ellos, tan terriblemente indefensa. Me irritó oírle decir: – No te pareces a tu madre, pero cuando duermes sí. Cuando duermes, Matia, creo estar viéndola. Gondoliero empezó a musitar cosas, con vocecilla curruscante, y Antonia le pasaba el dedo, con inmensa delicadeza, por la cabecita rayada. – Estás delgada, niña, tengo miedo de que estés enferma. – ¡No lo estoy! – Pero te he oído gritar -seguía, machacona, con su voz baja y humilde-. Has estado gritando… – Bueno, ¿y qué? Siempre he gritado por la noche, Mauricia ya lo sabía, y no hacía caso. Gondoliero huyó de su mano, dio dos vueltas en un vuelo bajo, torpe, y se posó sobre el dosel de la cama. Parecía una flor viva y angustiosa. Levanté un brazo, para alejarlo de allí, y también mi brazo brilló, atravesado por una faja de sol. En la habitación, que fue antes de mi madre, todos los muebles eran de caoba rojiza, muy brillante, con un resplandor como de cerezo. – ¿Sabes? -continuó ella-. Tu madre también gritaba. "Mi madre, siempre ese cuento. ¡Mi madre era una desconocida! ¿A qué vienen siempre a hablarme de ella?". Salté al suelo, y extendí los pies al sol que manchaba el entarimado. Estaba caliente. Oí cómo se abría la puerta suavemente, y entró tía Emilia. – Date prisa, Matia -dijo. Fue hacia el espejo, y Antonia empezó a recoger mis vestidos, esparcidos por el suelo. Pero yo sabía que escuchaba atentamente: casi se advertía en su oreja, como un caracol de cera, mientras tía Emilia se miraba al espejo, pasándose las manos por las mejillas, como si buscara ávidamente sus primeras arrugas. Entonces me parecía una mujer madura, pero debía tener, a lo sumo, treinta y cinco años. Su cabello era rubio, liso y muy brillante. Tenía las caderas anchas, como las mandíbulas. No era bonita pero sí muy suave, y solía estar distraída o ensimismada, como si siempre se preguntase alguna cosa que la mantenía en su continuo asombro. El Santo desfallecía en la hornacina, entre nardos y lirios de cera, los ojos de cristal implorante. Las velas, medio derretidas, se retorcían en los pequeños candelabros, y una araña se deslizó, parda y cautelosa, pared arriba. – Date prisa -repitió, distraída-. La abuela te regañaría si supiese que aún estás en la cama. Salió de la habitación. Siempre hacía cosas así: entraba, salía, hablaba sin mirar a la cara, con aire de sonámbula. "Es como un fantasma". Antonia entró en la pieza contigua, que era el cuarto de baño. Nunca vi un cuarto de baño como el de la casa de la abuela: una grande y destartalada sala con extraños muebles de madera oscura y de mármol. El enorme lavabo, con su gran espejo inclinado, donde me retrataba en declive, como en un raro sueño, mirándome yo misma de arriba a abajo, más parecía un armario ropero. Tenía estantes de cristal verdoso, cubiertos de botellas y frascos vacíos. Un ruido lúgubre barboteaba en las deficientes cañerías de agua, tibia en verano, helada en invierno. El mármol rojizo del lavabo, veteado de venas sangrientas, y el negro de la madera con entrelazados dragones de talla que me llenaban de estupor, es uno de los recuerdos más vivos de aquel tiempo. Los primeros días de mi estancia pasaba mucho rato en aquel extraño cuarto de aseo -como siempre le llamaba Antonia-, pasando el dedo por entre los resquicios de maderas y mármoles horriblemente combinados, en los que siempre había polvo. La bañera era vieja y desportillada, con patas de león barnizadas de blanco amarillento, y tenía grandes lacras negras, como estigmas de una mala raza. En las paredes resaltaban manchas de herrumbre y humedad formando raros continentes, lágrimas de vejez y abandono. El agua verdaderamente caliente tenía que subirla Antonia en jarras de porcelana, desde la cocina. Oí cómo trajinaba y la imaginé, como siempre, entre nubes de vapor que empañaban el espejo y le daban un aire aún más irreal y misterioso. "Alicia en el mundo del espejo", pensé, más de una vez, contemplándome en él, desnuda y desolada, con un gran deseo de atravesar su superficie, que parecía gelatinosa. Tristísima imagen aquella -la mía-, de ojos asustados, que era, tal vez, la imagen misma de la soledad. Antonia volvió arrebolada, con Gondoliero, desesperadamente azul, sobre su hombro derecho. Sentada al borde de la cama, balanceé las piernas. La cama alta, como colgada del techo, me producía vértigo. En la hora del duermevela la imaginaba como una barca flotando en un mar de niebla, en ruta hacia algún lugar al que no deseaba ir. Llevaba aún el camisón áspero, blanco, del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles, con sus números bordados en rojo sobre el hombro derecho: 354, 3.° A. Parecía un piso. Las sombras de Antonia y Gondoliero entraron en la zona de la pared. – ¿A dónde vais Borja y tú? -dijo Antonia, mirando mis piernas quemadas por el sol y llenas de arañazos, con un esparadrapo en la rodilla derecha. – Por ahí -contesté, bostezando. Se acercó, hundió sus manos en mi cabello y empezó a pasarlo entre sus dedos, como si fuera un chorro de agua. – Ni un rizo, ni una onda… -comentó. Gondoliero se posó sobre la colcha y luego correteó por el dosel. Antonia puso sus manos sobre mis hombros: – ¡Qué delgada! Estás enferma, pobre niña. Deberían cuidarte. Sí, sí, Dios mío, deberían cuidarte. ¿Quiénes, pensé, eran los misteriosos personajes que deberían cuidarme? No se debía referir a la abuela, con seguridad. – ¡No estoy enferma! ¡Qué pesada! A las diez y media salimos hacia Santa María. El sol brillaba fieramente y el jardín apenas estaba mojado. Sólo una charca, en la que picoteaban unos pájaros, denunciaba la tormenta de la noche. La abuela señalaba con su bastón los arbustos y las flores, comentándolos con tía Emilia. Llevaban las dos mantillas de blonda, y la abuela el collar de perlas de dos vueltas. La tía Emilia vestía un traje chaqueta, de brillante seda negra, que acentuaba la anchura de sus caderas. La abuela, mirando a Borja, dijo: – Es lástima que los muchachos crezcan. A esta edad no se visten ni de hombres ni de niños. ¡Nada se puede comparar a las marineras! ¿Verdad, Emilia? ¿Te acuerdas de Borja, que encanto con su marinerita blanca? ¡Parece que fue ayer! Sonreí de reojo a Borja, y él dedicó a su abuela una de sus miradas más dulces, mientras decía entre dientes: "Tú, dentro de tu corsé, atrapada como una ballena". El jardín estaba muy descuidado, y la abuela se lamentaba de ello. – Pero -dijo- corren malos tiempos para ocuparse de estas cosas. Vivimos días de recogimiento y austeridad. La verja estaba abierta y Es Ton, con el sombrero de paja en la mano, nos miraba. Tenía un ojo tapado por una nube y le faltaban dos dientes. Mirándole me acordé: "Ella me defendería, ella me defendería". La abuela pasó solemnemente ante él, haciendo crujir el suelo. Tenía los pies inverosímilmente pequeños pero sus huellas se marcaban en la tierra, aún blanda por la lluvia. El sol hacía brillar las hojas de la higuera. Me acerqué hacia ella, despacio, fijos los ojos en su copa. (Sí, allí estaba el gallo, quieto y blanco.) La higuera aún húmeda, con racimos diminutos de gotas, brillaba en el envés de sus hojas más escondidas. Sentí sobre mí la sombra amarilla de la casa. En aquel momento la sombra de oro entraba en la higuera y la conservaba fresca. Y allí estaba el misterioso gallo escapado de Son Major, blanco y reluciente. Sus ojos coléricos, levantados sobre las ramas, nos miraban desafiadoramente. La abuela llamó: – ¡Matia! ¡Matia! Me volví despacio. Me invadía una sensación rara de deslumbramiento, de miedo. La abuela se volvía hacia mí, como una mole redonda y negra, como una piedra a punto de rodar. – ¡Matia, Matia! Siguió llamando, o a mí me lo parecía: no podía saberlo. El sol, muy cerca de mí, levantaba un fuego extraño del árbol, de las hojas, de las redondas pupilas del gallo. Alcé los ojos y el cielo no era rojo, como parecía, sino, más bien como un techo de hojalata mojado por la lluvia. – ¡Matia! La abuela me miraba con sus ojos bordeados de humo, bajo la onda blanca que resplandecía al sol. (Antonia decía: "Qué hermoso cabello tiene la señora".) En aquel momento, Antonia (con su velo casi tapándole los ojos y la peca, como una araña, encima del labio) decía: – No se encuentra bien. Ya la vi pálida anoche. No está bien esta niña. El Chino se me acercó. En los cristales verdes de sus gafas el sol se hacía pequeño: – Señorita Matia, se lo ruego. Su señora abuela le aguarda. El Te Deum está anunciado para las once. Entonces volví a verlos, en grupo ante la verja, esperándome. Miré a la izquierda, hacia el principio del pueblo y las primeras casas de la plaza. La cúpula de mosaicos verdes de Santa María relucía al sol, como dorada. Era un verde flamígero, cruel en la mañana. Como un grito. – Ese gallo de Son Major siempre viene aquí -dije. Y empecé a andar hacia ellos. – Cierto -asintió el Chino-. Siempre viene aquí a ese árbol. – Es muy misterioso -dijo la abuela. Cruzamos la verja, y Ton, con su ojo blanco, me miraba con fijeza, cruelmente. – La niña -iba diciéndole tía Emilia a la abuela-, pobrecita, está enferma. Hemos de vigilarla… – Ah, sí -la abuela levantó de pronto las dos manos y sostuvo un momento la mantilla sobre su onda blanca-. A estos pobres niños no les ha tocado vivir una buena época… ¡Arruinados y en guerra! ¡Dios mío, Dios todopoderoso, qué congoja! La campana de Santa María se lanzó, como un alud de gritos sobre el pueblo, sobresaltadamente. Como trizadas palabras, como mil lamentos esparcidos al aire, o destempladas quejas. (Despertaban el silencio, sólo hollado por las botas negras de los Taronjí.) Pasamos por el barrio artesano, detrás de la plaza. Estaba silencioso, y en sus piedras pulidas Borja resbaló. – Cuidado, ángel mío -dijo la abuela. El Chino tomó a mi primo por el codo. No era domingo pero había algo que lo parecía. La fragua estaba silenciosa. El portal del zapatero y la tienda de los Taronjí, tenían los maderos puestos en su ventana-escaparate. Delante de nosotros, una mujer de negro, echándose el velo sobre la cabeza, corría como si deseara atrapar las últimas notas de las campanas. Al final de la calle se abría la plazuela de la iglesia, con su fuente central en la que bebían los cerdos y a la que trepaban los niños para salpicar con la mano a las mujeres, en la que se posaban las palomas de mi abuela, recorriendo el pueblo, hacia Son Major, como relámpagos azules. Detrás de la fuente se alzaba Santa María, grande y dorada. Las puertas del templo estaban abiertas, y por las gradas de piedra subían los últimos fieles. De pronto calló la campana y hubo un estallido de silencio. Entre la tía Emilia y el Chino ayudaron a subir las gradas a la abuela, cogiéndola cada uno de un brazo, como si levantaran una gran tinaja por las asas, con infinito cuidado, para que no se derramara el aceite. (Y eso era la abuela: como una rica sustancia que todos apreciaran, aunque la tinaja fuera vieja y basta.) A la puerta del templo varios hombres se descubrieron y algunas mujeres inclinaron la cabeza. Borja y yo, cogidos de la mano, les seguíamos. La tía Emilia llevaba la media derecha con la costura torcida. Sobre el arco de la gran puerta dorada, que estaba abierta, había escudos de piedra y las cabezas de los cuatro evangelistas. Por encima de la cúpula de mosaicos verdes, arrancándoles un llamear dañino, estaba el sol, rojo y feroz en medio del cielo pálido. Y me dije: "Casi nunca es azul el cielo". Una cruel sensación de violencia, un irritado fuego ardía allá arriba: todo invadido, empapado, en aquella luz negra. En los batientes de la puerta relucían racimos de hierro. Dentro, la humedad negroverdosa, como de pozo, se pegaba al cuerpo. En el enorme paladar de Santa María había algo como un solemne batir de alas. Y me dije si acaso en la oscuridad de los rincones anidarían murciélagos, si habría ratas huyendo o persiguiéndose entre el oro de los retablos. También la casa de la abuela era sombría y sucia. (Se quejaba Antonia de que era demasiado grande para sólo dos mujeres y únicamente limpiaban las habitaciones habitadas.) Había telarañas y polvo en las porcelanas, la plata y la vajilla que regaló el rey al bisabuelo, cuando se casó. Y en la vitrina, en las resplandecientes estatuillas de jade, y arriba, en el enorme y misterioso cuarto de baño (con su espejo inclinado y nuboso, como la puerta de un complicado mundo, y su ruido de cañerías que siempre reventaban en invierno), y abajo, en el huerto, con las hormigas; y en la casa toda con sus goteras y el viento, allí, en los rincones de la nave, había el mismo viento mojado. Y en la casa de la abuela igual mezcla de olores: madera, verdín, sal. Y las flores. (En la escalerilla de piedra, donde yo solía sentarme, cuando Borja no me quería llevar con ellos, tras la pared amarilla de la casa cubierta de espesas madreselvas, se abrían los gladiolos rojos). Dentro de Santa María, las fascinantes vidrieras de colores, estallaban entre la negrura y el moho, altas y resplandecientes en la oscuridad, ávidamente lamidas por el sol. Especialmente aquella, con su delgado Santo de manos unidas y clavos en los pies. Un rayo de luminoso rojo caía al suelo, como una mancha de sangre. Y un destello del sol, igual que una mariposa de oro, voló de un lado a otro de la bóveda. Mossén Mayol cantaba: – La abuela me zarandeó, discretamente pero sin blandura. Sus dedos se clavaban en mi hombro derecho. Luego me quitó el libro de las manos. Era un grueso misal que me regalaron al ingresar en Nuestra Señora de los Ángeles, con sus cantos de oro, que solía repasar con la yema de los dedos, porque dejaba un polvillo como el de las alas de las mariposas, que yo frotaba contra los párpados y los dientes (pero en los dientes no conseguía adherirlo nunca). Abrió el misal por donde la cinta verde y dijo: "Lee". El sol lucía fuera como un rojo trueno de silencio, mucho más fuerte que cualquier estampido. Levanté los ojos a las vidrieras, sin poder leer. Allí estaba el Santito que se parecía a Borja, con sus rizos como racimos, y el poderoso San Jorge, grande y lleno de oro, sobre el apabullado dragón. El Chino y Borja leían devotamente en sus misales. – El Chino dijo una vez que la capa pluvial tenía trescientos años. Era blanca, con bordes y flecos de oro, y relucía en la oscuridad (como las alas abiertas y majestuosas del gallo de Son Major, empapadas aún de la tormenta, sobre las hojas aterciopeladas). Se me durmió la pierna derecha y la froté con el tobillo izquierdo. La abuela me pasó el misal y me miró con dureza. Incliné la cabeza sobre el libro y cerré los ojos. Tenía hambre. Con las prisas no tuve tiempo de desayunar. Me dije que, cuando creciera, haría como tía Emilia, que fumaba lentamente, sentada en la cama, hasta las doce del mediodía, mirando las fotografías y los titulares de los periódicos. Todas las voces se levantaron. El sol reverberaba en los cristales de colores, como si quisiera entrar a través de las vidrieras. Sobre el paladar negro de la nave estaba el sol, y nosotros, pensé, como Jonás, dentro de la ballena, con sus enormes costillas. Imaginé la quemazón verde de la cúpula, como un gran – La guerra", me dije, "¿qué cosa será, verdaderamente, la guerra?". Estaba todo tan quieto. Y aquél pidiéndonos la barca. Y los Taronjí. Decían que eran primos: el chico se llamaba Manuel Taronjí. Y Malene, con su bonito pelo rojo, suave y largo, al sol. Siempre el sol, allá arriba. Y el tío Álvaro. ¿Y mi padre? ¿Y mi madre? "También gritaba por la noche". Bueno, ¿y qué? Nunca venían a verme. ("Tus padres estaban divorciados, ¿verdad?", me preguntó Juan Antonio, sentados ambos en la escalera de piedra, debajo de las madreselvas. "No es verdad". Pero él se reía con una malicia que yo no entendía del todo. Me puso la mano en la rodilla y empezó a acariciarla. La falda se levantó un poco, sólo un poco: vi mi rodilla tostada por el sol, redonda y suave -nunca pensé que pudiera ser tan bonita, hasta aquel momento-, y de pronto, no pude resistir su mano sudorosa. Decía: "Tu madre…". No le entendí bien. Estaba obsesionada por su mano, que me repelía como un sapo. ¡Y tenía los labios tan repugnantemente encarnados! Le di un empujón brutal, y fue contra la pared. Las flores, a nuestro lado, exhalaban un gran perfume. De abajo llegaba un chorro de luz verde, como si el mar estuviese allí mismo, al volver la esquina de la casa. Pero no era cierto.) Mi madre era una desconocida, sólo una desconocida. Y yo, después de su muerte, tan lejos, en la casa del campo que decía la abuela que se caía a pedazos, viviendo con el aya de mi padre. Llegaban paquetes con juguetes: el Teatro de los Niños y aquel payaso de trapo tan alto como yo; y aquel cuento: La Joven Sirena quería que la amasen, pero nunca la amó nadie. ¡Pobre sirena! ¿Para eso se tuvo que parecer a los humanos? Pero no era una mujer. Levanté los ojos y busqué alguna plegaria. "Mis amigos…", empecé a decir; y me corté. "¿Qué amigos, Dios de los Ejércitos, qué amigos son esos?" (Acaso, sólo deseaba que alguien me amara alguna vez. No lo recuerdo bien.) |
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