"El Libro del Día del Juicio Final" - читать интересную книгу автора (Willis Connie)

18

Cuando volvieron a Balliol, otros dos retenidos habían contraído el virus. Dunworthy envió a Colin a la cama y ayudó a Finch a acostar a los retenidos y telefoneó al hospital.

– Todas nuestras ambulancias están fuera -le dijo la encargada-. Enviaremos una en cuanto nos sea posible.

Eso fue a medianoche. Dunworthy no regresó y se acostó hasta pasada la una.

Colin estaba dormido en el jergón que Finch le había preparado, con La Era de la Caballería junto a la cabeza. Dunworthy pensó en guardar el libro, pero no quería arriesgarse a despertarlo. Se metió en la cama.

Kivrin no podía estar en la peste. Badri había dicho que había un deslizamiento de cuatro horas, y la peste no alcanzó Inglaterra hasta 1348. Kivrin había sido enviada a 1320.

Se dio la vuelta y cerró los ojos. No podía estar en la peste. Badri deliraba. Había dicho todo tipo de cosas, habló de tapas, porcelana rota y ratas. Nada de aquello tenía el menor sentido. Era puro delirio. Le había dicho a Dunworthy que lo siguiera. Le había dado notas imaginarias. Nada de aquello significaba nada.

«Fueron las ratas», había dicho. Los contemporáneos no sabían que se transmitía por las pulgas de las ratas. No tenían ni idea de qué la causaba. Habían acusado a todo el mundo, a los judíos, a las brujas y a los locos. Habían murmurado conjuros y colgado a las viejas. Habían quemado a los forasteros en la hoguera.

Se levantó de la cama y se dirigió al salón. Caminó de puntillas alrededor del colchón de Colin y quitó La Era de la Caballería de debajo de su cabeza. Colin se agitó, pero no se despertó.

Dunworthy se sentó junto a la ventana y buscó la Peste Negra. Empezó en China en 1333, y se propagó al oeste en los barcos mercantes que iban a Mesina en Sicilia y de ahí pasó a Pisa. Se extendió por Italia y Francia (ochenta mil muertos en Siena, cien mil en Florencia, trescientos mil en Roma) antes de cruzar el Canal. Alcanzó Inglaterra en 1348, «un poco antes de la fiesta de San Juan», el veinticuatro de junio.

Eso significaba un deslizamiento de veintiocho años. A Badri le preocupaba que se hubiera producido mucho deslizamiento, pero se refería a semanas, no a años.

Extendió la mano hacia la estantería y cogió Pandemias, de Fitzwiller.

– ¿Qué hace? -preguntó Colin, adormilado.

– Leyendo sobre la Peste Negra -susurró él-. Duérmete.

– No la llamaban así entonces -murmuró Colin alrededor de su chicle. Se dio la vuelta, arrebujándose en las mantas-. La llamaban el mal azul.

Dunworthy se llevó los dos libros a la cama. Según Fitzwiller, la peste llegó a Inglaterra el día de san Pedro, el veintinueve de junio de 1348. Alcanzó Oxford en diciembre, Londres en octubre de 1349, y luego se movió hacia el norte y volvió a cruzar el Canal hacia los Países Bajos y Noruega. Llegó a todas partes excepto a Bohemia, y Polonia, que tenía establecida una cuarentena, y, extrañamente, tampoco alcanzó algunas zonas de Escocia.

Dondequiera que fue, barrió el territorio como el Ángel de la Muerte, devastando pueblos enteros, sin dejar a nadie con vida para administrar los últimos sacramentos o enterrar los cuerpos putrefactos. En un monasterio, murieron todos los monjes menos uno.

El único superviviente, John Clyn, dejó un registro: «Y para que las cosas que deben ser recordadas no perezcan con el tiempo y desaparezcan de la memoria de quienes nos sucedan -había escrito-, yo, al ver tantos males y a todo el mundo al alcance del Maligno, como si ya estuviera entre los muertos, yo, que espero a la muerte, he puesto por escrito todas las cosas que he presenciado.»

Lo había anotado todo, un auténtico historiador, y luego al parecer murió, completamente solo. Su escritura en el manuscrito se acababa, y luego, con otra letra, alguien había escrito: «Aquí parece que murió el autor.»

Alguien llamó a la puerta. Era Finch, en bata y con aspecto preocupado y agotado.

– Otra de las retenidas, señor -dijo.

Dunworthy se llevó un dedo a los labios y salió al pasillo con Finch.

– ¿Ha telefoneado al hospital?

– Sí, señor, pero pasarán varias horas antes de que puedan enviar a una ambulancia. Dijeron que la aisláramos, y le diéramos dimantadina y zumo de naranja.

Dunworthy hizo que Finch esperara fuera mientras se vestía y encontraba su mascarilla, y fueron juntos a Salvin. Un grupo de retenidos esperaba junto a la puerta, vestidos con una extraña mezcla de ropa interior, abrigos y mantas. Sólo unos pocos llevaban puestas las mascarillas. Pasado mañana todos habrán caído, pensó Dunworthy.

– Gracias a Dios que está usted aquí -dijo fervientemente una de las retenidas-. No podemos hacer nada con ella.

Finch le condujo a la retenida, que estaba sentada en su cama. Era una mujer mayor de pelo cano y algo escaso, y tenía los mismos ojos brillantes de fiebre, la misma expresión alerta de Badri la primera noche.

– ¡Márchese! -dijo cuando vio a Finch, e hizo ademán de abofetearlo. Volvió sus ojos ardientes hacia Dunworthy-. ¡Papi! -gritó, e hizo un puchero-. He sido muy mala -dijo con voz infantil-. Me comí todo el pastel de cumpleaños, y ahora me duele la barriga.

– ¿Ve a qué me refería, señor? -intervino Finch.

– ¿Vienen los indios, papi? No me gustan los indios. Tienen arcos y flechas.

Hasta el amanecer no pudieron llevarla a una de las salas de conferencias y acostarla en un colchón. Dunworthy acabó por decirle:

– Tu papi quiere que su niña buena se acueste.

Justo después de que la calmaran, llegó la ambulancia.

– ¡Papi! -gimió ella cuando cerraron las puertas-. ¡No me dejes aquí sola!

– Dios mío -exclamó Finch cuando la ambulancia se hubo marchado-. Ya ha pasado la hora del desayuno. Espero que no se hayan comido todo el bacon.

Se dirigió al almacén de suministros, y Dunworthy volvió a sus habitaciones a esperar la llamada de Andrews. Colin bajaba las escaleras, comiendo una tostada y poniéndose la chaqueta al mismo tiempo.

– El vicario quiere que ayude a recoger ropa para los retenidos -dijo, con la boca llena-. Tía Mary ha telefoneado. Tiene que volver a llamarla.

– ¿Pero Andrews no?

– No.

– ¿Ha sido restaurado el visual?

– No.

– Ponte la mascarilla -gritó Dunworthy a sus espaldas-. ¡Y la bufanda!

Llamó a Mary y esperó impaciente durante casi cinco minutos hasta que ella se puso al teléfono.

– ¿James? -dijo la voz de Mary-. Es Badri. Pregunta por ti.

– ¿Está mejor, entonces?

– No. La fiebre sigue siendo muy alta, y está muy inquieto; no para de decir tu nombre, insiste en que tiene algo que decirte. Está muy mal. Si pudieras venir y hablar con él, tal vez se calmaría.

– ¿Ha dicho algo acerca de la peste?

– ¿La peste? -preguntó ella, molesta-. No me digas que tú también has hecho caso a esos rumores ridículos que van corriendo por ahí, James… que si es cólera, que si es dengue, que si es una recurrencia de la Pandemia…

– No. Es Badri. Anoche dijo: «Mató a media Europa» y «Fueron las ratas».

– Está delirando, James. Es la fiebre. No significa nada.

Tiene razón, se dijo él. La retenida hablaba de indios con arcos y flechas, y no te pusiste a buscar guerreros sioux. Había mencionado el pastel de cumpleaños como explicación a su enfermedad, y Badri había hablado de la peste. No significaba nada.

Sin embargo, dijo que iría para allá inmediatamente y fue a buscar a Finch. Andrews no había especificado a qué hora llamaría, pero Dunworthy no podía dejar el teléfono desatendido. Deseó haber hecho quedarse a Colin mientras hablaba con Mary.

Finch estaría probablemente en el salón, protegiendo el bacon con su vida. Descolgó el receptor de la horquilla para que pareciera que estaba comunicando y cruzó el patio hasta el salón.

La señora Taylor lo encontró en la puerta.

– Estaba buscándole -dijo-. He oído que algunos de los retenidos contrajeron el virus anoche.

– Sí -contestó él, buscando a Finch en el salón.

– Oh, cielos. Supongo que todos hemos quedado expuestos.

No encontró a Finch por ninguna parte.

– ¿De cuánto es el período de incubación? -preguntó la señora Taylor.

– Entre doce y cuarenta y ocho horas -respondió él. Estiró el cuello, intentando ver por encima de las cabezas de los retenidos.

– Eso es horrible. ¿Y si una de nosotras cae en medio del recital? Pertenecemos al Traditional, ya sabe, no al Council. Las reglas son muy explícitas.

Dunworthy se preguntó por qué Traditional, fuera lo que fuese aquello, había considerado necesario tener reglas referidas a los campaneros afectados por la gripe.

– Regla Número Tres -recitó la señora Taylor-. «Todo hombre debe ceñirse a su campana sin interrupción.» No podemos poner a otra persona en medio de un recital aunque una de nosotras caiga. Y eso estropearía el ritmo.

Dunworthy tuvo una súbita imagen de una de las campaneras con sus guantecitos blancos desplomándose y siendo sacada a patadas para que no perturbara el ritmo.

– ¿Hay algún síntoma previo? -preguntó la señora Taylor.

– No.

– El papel que distribuyó el Ministerio de Sanidad hablaba de desorientación, fiebre y dolor de cabeza, pero eso no sirve de nada. Las campanas siempre dan dolor de cabeza.

Me lo imagino, pensó él, buscando a William Gaddson o a cualquiera de los otros estudiantes que pudiera atender el teléfono.

– Si perteneciéramos al Council, por supuesto, no habría ningún problema. Dejan que la gente sustituya a diestro y siniestro. Durante un concierto en Tittum Bob Maximus en York, tuvieron a diecinueve campaneros. ¡Diecinueve! No veo cómo pueden considerarlo siquiera un recital.

Ninguno de sus estudiantes parecía estar en el salón, Finch sin duda se había atrincherado en la despensa, y Colin se había marchado hacía un rato.

– ¿Siguen necesitando una sala para ensayar? -le preguntó a la señora Taylor.

– Sí, a menos que una de nosotras caiga con esa enfermedad. Por supuesto, podríamos hacer Stedmans, pero no sería lo mismo, ¿verdad?

– Les dejaré usar mi sala de estar si responden al teléfono y anotan los mensajes que haya para mí. Espero una conferencia importante… una llamada de larga distancia, así que es esencial que haya alguien en la habitación en todo momento.

La condujo a sus habitaciones.

– Oh, no es muy grande, ¿verdad? -observó ella-. No estoy segura de que haya espacio para ensayar nuestro crescendo. ¿Podemos apartar los muebles?

– Pueden hacer lo que quieran, siempre que atiendan al teléfono y anoten los mensajes. Espero una llamada del señor Andrews. Dígale que no necesita permiso para entrar en la zona de cuarentena. Que vaya directo a Brasenose, que yo me reuniré allí con él.

– Bueno, bien, de acuerdo -suspiró ella, como si le estuviera haciendo un favor-. Al menos es mejor que esa cafetería llena de corrientes de aire.

La dejó redistribuyendo sus muebles, no muy convencido de que fuera una buena idea encargarle aquella misión, y corrió a ver a Badri. Tenía que decirle algo. Los mató a todos. Media Europa.

La lluvia se había convertido en una pequeña bruma, y los piquetes contra la CE habían crecido en número delante del hospital. Un grupo de jóvenes de la edad de Colin se les había unido, llevando máscaras negras en la cara y gritando: «¡Dejad salir a mi pueblo!»

Uno de ellos agarró a Dunworthy por el brazo.

– El Gobierno no tiene derecho a mantenerle aquí en contra de su voluntad -dijo, acercando su cara pintarrajeada a la mascarilla de Dunworthy.

– No seas idiota. ¿Quieres empezar otra Pandemia?

El niño le soltó el brazo, confundido, y Dunworthy escapó al interior.

Admisiones estaba lleno de pacientes en camillas, y había una de pie junto al ascensor. Una figura de aspecto impresionante con voluminosas RPE leía algo al paciente de un libro envuelto en politeno.

– «¿Quién perecerá, siendo inocente? -dijo, y Dunworthy advirtió con horror que no era una enfermera, sino la señora Gaddson-. ¿O dónde estaban los justos?» -recitó ella.

Se detuvo y hojeó las finas páginas de la Biblia, buscando otro pasaje consolador, y Dunworthy se desvió hacia un pasillo lateral y las escaleras, eternamente agradecido al Ministerio de Sanidad por haber suministrado mascarillas.

– «El Señor los castigará a todos con consumición -entonó, su voz resonando en el pasillo mientras Dunworthy huía-, y con fiebre, y con inflamación».

Y los castigará con la señora Gaddson, pensó, y ella os leerá las Escrituras para levantaros la moral.

Subió las escaleras hasta Aislamiento, que al parecer ocupaba ahora casi toda la primera planta.

– Aquí está -dijo la enfermera. Era otra vez la estudiante rubia. Dunworthy se preguntó si tendría que advertirle sobre la señora Gaddson-. Casi le había dado por perdido. Le ha estado llamando toda la mañana.

Le tendió un paquete de RPE; él se las puso y la siguió.

– Hace media hora estaba completamente frenético, llamándole sin parar -murmuró la enfermera-. Insistía en que tenía que decirle una cosa. Ahora está un poco mejor.

De hecho, Badri parecía considerablemente recuperado. Había perdido el tono rojo y asustante, y aunque estaba un poco pálido, parecía casi como siempre. Estaba medio sentado contra unas cuantas almohadas, y sus manos yacían sobre la tela, con los dedos doblados. Tenía los ojos cerrados.

– Badri -llamó la enfermera, y colocó la mano enguantada sobre su hombro y se inclinó hacia él-. El señor Dunworthy está aquí.

Él abrió los ojos.

– ¿Señor Dunworthy?

– Sí -ella hizo una indicación con la cabeza-. Le dije que vendría.

Badri se enderezó, pero no miró a Dunworthy, sino hacia delante.

– Estoy aquí, Badri -dijo Dunworthy, y avanzó hasta quedar en su línea de visión.

Badri siguió mirando hacia delante y sus manos empezaron a moverse inquietas sobre las rodillas. Dunworthy miró a la enfermera.

– Lleva un rato haciendo eso -dijo ella-. Creo que está tecleando -miró las pantallas y salió.

Estaba tecleando, en efecto. Tenía las muñecas apoyadas en las rodillas, y sus dedos pulsaban la manta en una compleja secuencia. Sus ojos contemplaban algo ante él (¿una pantalla?), y tras un momento frunció el ceño.

– Eso no puede estar bien -dijo, y empezó a teclear rápidamente.

– ¿Qué es, Badri? ¿Qué anda mal?

– Debe de haber un error -dijo Badri. Se inclinó un poco hacia el lado-. Dame un línea-a-línea con la AAT.

Estaba hablando al oído de la consola, advirtió Dunworthy. Está leyendo el ajuste, pensó.

– ¿Qué no puede estar bien, Badri?

– El deslizamiento -respondió Badri, los ojos fijos en la pantalla imaginaria-. Comprueba los parámetros. Eso no puede estar bien.

– ¿Qué ocurre con el deslizamiento? ¿Hubo más del que esperabas?

Badri no respondió. Tecleó un instante, se detuvo, contempló la pantalla y empezó a teclear frenéticamente.

– ¿Cuánto deslizamiento hubo? ¿Badri? -preguntó Dunworthy.

Él tecleó durante un minuto entero y se detuvo y miró a Dunworthy.

– Estoy muy preocupado -dijo, pensativo.

– ¿Por qué estás preocupado, Badri?

Badri apartó de repente las mantas y se agarró a las barandillas de la cama.

– Tengo que encontrar al señor Dunworthy -exclamó. Agarró la cánula y tiró de la cinta.

Las pantallas tras él se volvieron locas, llenas de crestas y pitidos. En alguna parte sonó una alarma.

– No debes hacer eso -dijo Dunworthy, y extendió las manos para detenerlo.

– Está en el pub -jadeó Badri, rompiendo la cinta.

Las pantallas se quedaron súbitamente planas.

– Desconexión -dijo una voz de ordenador-. Desconexión.

La enfermera entró corriendo.

– Oh, cielos, ya es la segunda vez que lo hace. Señor Chaudhuri, no debe hacer eso. Se sacará la cánula.

– Vaya y traiga al señor Dunworthy. Ahora. Algo va mal -dijo Badri, pero se tendió y dejó que ella le tapara-. ¿Por qué no viene?

Dunworthy esperó a que la enfermera volviera a pegar la cánula y conectara nuevamente las pantallas, observando a Badri. Éste parecía agotado y apático, casi aburrido. Una nueva magulladura empezaba a formarse sobre la cánula.

– Creo que será mejor traer un sedante -dijo la enfermera, y se marchó.

– Badri -dijo Dunworthy en cuanto se hubo ido-, soy el señor Dunworthy. Querías decirme algo. Mírame, Badri. ¿Qué es? ¿Qué va mal?

Badri lo miró, pero sin interés.

– ¿Acaso hubo demasiado deslizamiento, Badri? ¿Está Kivrin en la peste?

– No tengo tiempo -dijo Badri-. Estuve fuera el sábado y el domingo -empezó a teclear de nuevo, moviendo los dedos incesantemente sobre las mantas-. Eso no puede estar bien.

La enfermera volvió con un frasco para el gotero.

– Oh, bien -dijo él, y su expresión se relajó y se suavizó, como si le hubieran quitado un gran peso de encima-. No sé qué sucedió. Tenía un dolor de cabeza terrible.

Cerró los ojos antes de que ella terminara de conectar la sonda a la cánula y empezó a roncar suavemente.

La enfermera condujo a Dunworthy al exterior.

– ¿Qué dijo exactamente antes de que yo llegara? -preguntó él mientras se quitaba el traje.

– No dejaba de llamarle y decía que tenía que encontrarle, que tenía que decirle algo importante.

– ¿Mencionó algo sobre ratas?

– No. Una vez dijo que tenía que encontrar a Karen… o Katherine…

– Kivrin.

Ella asintió.

– Sí. Dijo: «Tengo que encontrar a Kivrin. ¿Está abierto el laboratorio?» Y luego comentó algo acerca de un cordero, pero nada de ratas, no creo. No entendía muchas cosas de las que decía.

Dunworthy lanzó los guantes impermeables a la bolsa.

– Quiero que anote todo lo que diga. No las partes ininteligibles -añadió antes de que ella pudiera poner ninguna objeción-. Todo lo demás. Volveré esta tarde.

– Lo intentaré -dijo ella-. Casi todo son tonterías.

Dunworthy bajó las escaleras. Casi todo eran tonterías, delirios febriles que no significaban nada, pero salió a coger un taxi. Quería volver a Balliol cuanto antes, para hablar con Andrews y hacer que viniera a leer el ajuste.

«Eso no puede estar bien», había dicho Badri, y tenía que referirse al deslizamiento. ¿Podría haber malinterpretado la cifra, aunque sólo era de cuatro horas, y luego descubrió… qué? ¿Que era de cuatro años? ¿O veintiocho?

– Llegará más rápido caminando -dijo alguien. Era el muchacho con las pinturas negras en la cara-. Si espera un taxi, se quedará aquí eternamente. Todos han sido requisados por el maldito Gobierno.

Señaló uno que aparcaba junto a la puerta de Admisiones. Tenía una placa del Ministerio de Sanidad en la ventanilla.

Dunworthy dio las gracias al niño y regresó a Balliol. Volvía a llover, y caminó rápidamente, esperando que Andrews hubiera telefoneado ya, que estuviera ya en camino. «Vaya y traiga al señor Dunworthy inmediatamente -había dicho Badri-. Ahora. Algo va mal», y era evidente que estaba reviviendo sus acciones después de haber hecho el ajuste, cuando corrió bajo la lluvia hasta el Cordero y la Cruz para buscarlo. «Eso no puede estar bien.»

Casi cruzó corriendo el patio hasta sus habitaciones. Le preocupaba que la señora Taylor no hubiera oído el timbre del teléfono con el estruendo de sus campaneras, pero cuando abrió la puerta las encontró de pie en un círculo en medio de la habitación con las mascarillas puestas, los brazos levantados y las manos cruzadas como en súplica, bajando las manos y doblando las rodillas una tras otra en solemne silencio.

– Ha llamado el guía del señor Basingame -anunció la señora Taylor, levantándose e inclinándose-. Dijo que pensaba que el señor Basingame estaba en alguna parte de las Tierras Altas. Y el señor Andrews dijo que le telefoneara usted. Acaba de llamar.

Dunworthy llamó, sintiéndose inmensamente aliviado. Mientras esperaba a que Andrews contestara, observó la curiosa danza y trató de decidir la pauta. La señora Taylor parecía bambolearse en una base semirregular, pero las otras hacían sus extraños movimientos sin ningún orden aparente. La más corpulenta, la señora Piantini, contaba para sí, con el ceño fruncido en gesto de concentración.

– He obtenido permiso para que entre en la zona de cuarentena. ¿Cuándo va a venir? -preguntó en cuanto el técnico contestó.

– Ésa es la cuestión, señor -dijo Andrews. Había visual, pero era demasiado borroso para interpretar su expresión-. No creo que pueda. He estado viendo la cuarentena en los vids, señor. Dicen que esta gripe hindú es extremadamente peligrosa.

– No tiene por qué entrar en contacto con ninguno de los casos -observó Dunworthy-. Puedo disponer que vaya directamente al laboratorio de Brasenose. Estará completamente a salvo. Es muy importante.

– Sí, señor, pero los vids dicen que puede haber sido causada por el sistema de calefacción de la Universidad.

– ¿El sistema de calefacción? En la Universidad no hay sistema de calefacción, y las individuales de los colegios tienen más de cien años y no sirven ni para calentar, mucho menos podrán infectar -las campaneras se volvieron a una para mirarle, pero no alteraron su ritmo-. No tiene absolutamente nada que ver con el sistema de calefacción. Ni con la India, ni con la ira de Dios. Empezó en Carolina del Sur. La vacuna ya está en camino. Es perfectamente seguro.

Andrews parecía obstinado.

– De todas formas, señor, no me parece aconsejable trasladarme allí.

Las campaneras se detuvieron bruscamente.

– Lo siento -dijo la señora Piantini, y empezaron otra vez.

– Hay que leer el ajuste. Tenemos a una historiadora en 1320, y no sabemos cuánto deslizamiento ha habido. Me encargaré que le paguen un plus de peligrosidad -dijo Dunworthy, y entonces advirtió que ésa era exactamente la estrategia equivocada-. Puedo disponer que esté aislado, o que lleve RPE o…

– Podría leer el ajuste desde aquí -sugirió Andrews-. Tengo una amiga que establecerá la conexión de acceso. Es estudiante en Shrewsbury -hizo una pausa-. Es lo mejor que puedo hacer. Lo siento.

– Lo siento -repitió la señora Piantini.

– No, no, tocas en segundo lugar -dijo la señora Taylor-. Te mueves dos-tres-arriba y abajo y tres-cuatro abajo y luego conduces un tirón entero. Y mantén los ojos en las otras campaneras, no en el suelo. ¡Uno-dos-y-va! -empezaron su danza otra vez.

– Simplemente, no puedo correr el riesgo -se justificó Andrews.

Estaba claro que no se iba a dejar convencer.

– ¿Cómo se llama su amiga de Shrewsbury? -le preguntó Dunworthy.

– Polly Wilson -respondió Andrews, con tono aliviado. Le dio su número-. Dígale que necesita una lectura remota, solicitud IA, y transmisión puente. Me quedaré en este número -se dispuso a colgar.

– ¡Espere! -exclamó Dunworthy. Las compañeras le miraron, con expresión de desaprobación-. ¿Cuál podría ser el deslizamiento máximo en un lanzamiento a 1320?

– No tengo ni idea. Es difícil predecir los deslizamientos. Hay muchos factores.

– Una estimación. ¿Podrían ser veintiocho años?

– ¿Veintiocho años? -dijo Andrews, y el tono de sorpresa hizo que Dunworthy experimentara un arrebato de alivio-. Oh, no lo creo. Hay una tendencia general a deslizamientos mayores cuanto más atrás se viaja, pero el aumento no es exponencial. Las comprobaciones de parámetros se lo dirán.

– Medieval no hizo ninguna.

– ¿Enviaron a una historiadora sin hacer comprobaciones de parámetros? -Andrews parecía asombrado.

– Sin comprobaciones de parámetros, sin remotos, sin tests de reconocimiento. Por eso es esencial que consiga ese ajuste. Quiero que me haga un favor.

Andrews se envaró.

– No será necesario que venga aquí -aclaró Dunworthy rápidamente-. Jesús College tiene una instalación en Londres. Quiero que vaya y haga una comprobación de parámetros de un lanzamiento al mediodía del 13 de diciembre de 1320.

– ¿Cuáles son las coordenadas locales?

– No lo sé. Las obtendré cuando vaya a Brasenose. Quiero que me telefonee aquí en cuanto haya determinado el deslizamiento máximo. ¿Podrá hacerlo?

– Sí -contestó, pero parecía dubitativo otra vez.

– Bien. Llamaré a Polly Wilson. Lectura remota, solicitud IA, transmisión puente. Le llamaré en cuanto ella haya entablado contacto con Brasenose -dijo Dunworthy, y colgó antes de que Andrews pudiera cambiar de parecer.

Se quedó con el receptor en la mano, contemplando a las campaneras. El orden cambiaba continuamente, pero por lo visto la señora Piantini no volvió a perder la cuenta.

Llamó a Polly Wilson y le dio los datos específicos que había dictado Andrews, preguntándose si también ella había estado viendo los vids, y tendría miedo del sistema de calefacción de Brasenose, pero la joven dijo rápidamente:

– Necesito encontrar un acceso. Le veré allí dentro de tres cuartos de hora.

Dunworthy dejó a las campaneras haciendo flexiones y fue a Brasenose. La lluvia había menguado otra vez y por las calles circulaba más gente, aunque muchas de las tiendas estaban cerradas. Quienquiera que estuviera a cargo del carillón de Carfax había pillado la gripe o se había olvidado de él debido a la cuarentena. Seguía tocando Bring a Torch, Jeanette Isabella, o posiblemente O Tannenbaum.

Había un piquete formado por tres personas delante de una tienda hindú y media docena más ante Brasenose con una gran pancarta que decía: «LOS VIAJES EN EL TIEMPO SON UNA AMENAZA PARA LA SALUD.»

Reconoció a la joven que sujetaba uno de los extremos: era la auxiliar médico de la ambulancia.

Sistemas de calefacción, la CE y los viajes en el tiempo. Durante la Pandemia fueron el programa de guerra bacteriológica americano y el aire acondicionado. En la Edad Media responsabilizaron a Satán y a la aparición de cometas de sus epidemias. Sin duda cuando se descubriera el hecho de que el virus se había originado en Carolina del Sur, la Confederación o el pollo frito del sur serían los culpables.

Entró en la portería. El árbol de Navidad se encontraba en un extremo del mostrador, con su ángel en lo alto.

– Vendrá a verme una estudiante de Shrewsbury para establecer un equipo de comunicación -le dijo al portero-. Tendrá que dejarnos entrar en el laboratorio.

– El laboratorio está restringido, señor.

– ¿Restringido?

– Sí, señor. Lo han clausurado y no se permite entrar a nadie.

– ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

– Es debido a la epidemia, señor.

– ¿La epidemia?

– Sí, señor. Tal vez sea mejor que hable con el señor Gilchrist, señor.

– Bien. Dígale que estoy aquí y que necesito entrar en el laboratorio.

– Me temo que ahora mismo no se encuentra aquí.

– ¿Dónde está?

– En el hospital, creo. Fue…

Dunworthy no esperó a oír el resto. A mitad de camino se le ocurrió que Polly Wilson se quedaría esperando sin saber adónde había ido, y mientras llegaba al hospital, pensó que Gilchrist podría estar allí porque había contraído el virus.

Bien, pensó, es lo que se merece, pero Gilchrist estaba en la pequeña sala de espera, sano y salvo, con una mascarilla del ministerio, subiéndose la manga para recibir la vacuna que preparaba una enfermera.

– Su portero me dijo que el laboratorio está restringido -dijo Dunworthy, colocándose entre ellos-. Tengo que entrar. He encontrado un técnico para hacer un ajuste remoto. Necesitamos establecer un equipo transmisor.

– Me temo que eso será imposible. El laboratorio está en cuarentena hasta que la fuente del virus haya sido determinada.

– ¿La fuente del virus? -preguntó Dunworthy, incrédulo-. El virus se originó en Carolina del Sur.

– No estaremos seguros de eso hasta que obtengamos una identificación positiva. Hasta entonces, considero que lo mejor es minimizar cualquier riesgo posible para la Universidad restringiendo el acceso al laboratorio. Ahora, si me disculpa, estoy aquí para recibir mi potenciación del sistema inmunológico -se dirigió hacia la enfermera.

Dunworthy extendió el brazo para detenerlo.

– ¿Qué riesgos?

– Ha habido considerable preocupación pública de que el virus haya sido transmitido a través de la red.

– ¿Preocupación pública? ¿Se refiere a esos tres tarados con la pancarta que hay ante su puerta?

– Esto es un hospital, señor Dunworthy -advirtió la enfermera-. Por favor, no alce la voz.

Él la ignoró.

– Ha habido «considerable preocupación pública», como usted dice, de que el virus haya sido causado por las leyes de inmigración liberales -señaló-. ¿También pretende separarse de la CE?

Gilchrist levantó la barbilla y unas arruguitas aparecieron junto a su nariz, visibles incluso a través de la mascarilla.

– Como decano en funciones de la Facultad de Historia, es mi responsabilidad actuar en interés de la Universidad. Nuestra posición en la comunidad, como sin duda ya sabrá, depende del mantenimiento de la buena voluntad del pueblo. Me pareció importante calmar los temores del público cerrando el laboratorio hasta que llegue la secuencia. Si indica que el virus es de Carolina del Sur, entonces por supuesto el laboratorio volverá a ser abierto inmediatamente.

– ¿Y mientras tanto, qué será de Kivrin?

– Si no puede mantener un tono de voz normal -advirtió la enfermera-, me veré obligada a llamar a la doctora Ahrens.

– Excelente. Vaya y tráigala. Quiero que le diga al señor Gilchrist lo ridículo que está siendo. Este virus no puede haber llegado a través de la red.

La enfermera se marchó.

– Si sus manifestantes son demasiado ignorantes para entender las leyes de la física, seguro que podrán comprender el simple hecho de que fue un lanzamiento. La red se abrió a 1320, no desde allí. Nada la atravesó desde el pasado.

– Si ése es el caso, entonces la señorita Engle no corre ningún peligro, y no le hará ningún daño esperar a que llegue la secuencia.

– ¿Que no corre peligro? ¡Ni siquiera sabe dónde está!

– Su técnico obtuvo el ajuste, e indicó que el lanzamiento había sido un éxito y que se produjo un deslizamiento mínimo -replicó Gilchrist. Se bajó la manga y abrochó el puño cuidadosamente-. Estoy satisfecho de que la señorita Engle esté donde se supone que debe estar.

– Bien, pues yo no. Y no lo estaré hasta que me asegure de que Kivrin atravesó la red a salvo.

– Debo recordarle de nuevo que la señorita Engle es mi responsabilidad, no la suya, señor Dunworthy -se puso el abrigo-. He de hacer lo que considero mejor.

– Y cree que lo mejor es establecer una cuarentena alrededor del laboratorio para aplacar a un puñado de chalados. También hay «considerable preocupación pública» de que el virus sea un castigo de Dios. ¿Qué pretende hacer para mantener la buena voluntad de esa gente? ¿Volver a quemar mártires en la hoguera?

– Lamento mucho esa observación. Y lamento su constante interferencia en asuntos que no le conciernen. Desde el principio decidió boicotear Medieval, impedir que obtuviera acceso a los viajes en el tiempo, y ahora está decidido a socavar mi autoridad. He de recordarle que soy decano en funciones de Historia en ausencia del señor Basingame, y como tal…

– ¡Lo que es usted es un idiota ignorante y engreído al que nunca debería habérsele confiado Medieval, y mucho menos la seguridad de Kivrin!

– No veo ningún motivo para continuar con esta discusión -dijo Gilchrist-. El laboratorio está en cuarentena. Continuará así hasta que consigamos la secuencia.

Se marchó.

Dunworthy le siguió y estuvo a punto de chocar con Mary. Ella llevaba RPE y leía una gráfica.

– No te creerás lo que ha hecho Gilchrist ahora. Un puñado de manifestantes le ha convencido de que el virus llegó a través de la red, y ha clausurado el laboratorio.

Ella no dijo nada, ni siquiera levantó la cabeza de la gráfica.

– Badri dijo esta mañana que las cifras del deslizamiento no podían estar bien. Lo dijo varias veces: «Algo va mal.»

Ella le miró, distraída, y volvió a consultar la gráfica.

– Tengo a un técnico listo para leer el ajuste de Kivrin en modo remoto, pero Gilchrist ha cerrado las puertas. Tienes que hablar con él, decirle que se ha establecido firmemente que el virus procede de Carolina del Sur.

– Eso no sería cierto.

– ¿Qué quieres decir? ¿Ha llegado la secuencia?

Ella sacudió la cabeza.

– El WIC localizó a su técnico, pero todavía está trabajando en ello. Pero su lectura preliminar indica que no es el virus de Carolina del Sur -le miró-. Y ahora sé que no lo es -consultó de nuevo la gráfica-. El virus de Carolina del Sur tenía una tasa de mortalidad cero.

– ¿Qué quieres decir? ¿Le ha ocurrido algo a Badri?

– No -dijo ella, cerrando la gráfica y apretándola contra su pecho-. Beverly Green.

Dunworthy debió de quedarse blanco. Creía que iba a decir Latimer.

– La mujer del paraguas lavanda -dijo ella, y parecía furiosa-. Acaba de morir.


Transcripción del Libro del Día del Juicio Final
(046381-054957)

22 de diciembre de 1320 (Calendario Antiguo). La rodilla de Agnes ha empeorado. Está roja y le duele (es una forma suave de decirlo, grita cuando intento tocarla), y apenas puede andar. No sé qué hacer, si se lo digo a lady Imeyne le pondrá uno de sus emplastos y aún será peor, y Eliwys está distraída y obviamente preocupada.

Gawyn no ha vuelto todavía. Tendría que haber llegado ayer a mediodía, y cuando no apareció para vísperas, Eliwys acusó a Imeyne de haberlo enviado a Oxford.

– Lo he enviado a Courcy, como te dije -repuso Imeyne, a la defensiva-. Sin duda la lluvia lo retiene allí.

– ¿Sólo a Courcy? -estalló Eliwys, enfadada-. ¿O lo habéis enviado a otra parte en busca de un nuevo capellán?

Imeyne se irguió.

– El padre Roche no es adecuado para decir las misas de Navidad si vienen sir Bloet y su séquito. ¿Quieres quedar en evidencia ante el prometido de Rosemund?

Eliwys palideció.

– ¿Dónde lo habéis enviado?

– Lo he mandado con un mensaje para el obispo, diciéndole que necesitamos un capellán.

– ¿A Bath? -exclamó Eliwys, y alzó la mano como si fuera a golpearla.

– No. Sólo a Cirencestre. El archidiácono iba a encontrarse en la abadía para Navidad. Ordené a Gawyn que le transmitiera el mensaje. Uno de sus sacerdotes vendrá. Aunque, sin duda, las cosas no estarán tan mal en Bath para que Gawyn no pueda llegar hasta allí sin recibir daños, o de lo contrario mi hijo se habría marchado.

– Vuestro hijo se enojará mucho cuando descubra que le hemos desobedecido. Nos ordenó, junto con Gawyn, que nos quedáramos en la casa hasta su regreso.

Todavía parecía furiosa, y mientras bajaba la mano la cerró en un puño, como si le hubiera gustado darle un pescozón a Imeyne en las orejas como hace con Maisry. Pero el color volvió a sus mejillas cuando Imeyne dijo «Cirencestre», y creo que al menos se sintió un poco aliviada.

Imeyne dijo que las cosas no podían estar tan mal en Bath para que Gawyn no pudiera ir hasta allí, pero es evidente que Eliwys no opina lo mismo.

¿Teme que le tiendan una trampa o que pudiera traer hasta aquí a los enemigos de lord Guillaume? ¿Tan mal están las cosas que Guillaume no puede salir de Bath?

Tal vez es todo eso. Eliwys se ha asomado a la puerta al menos una docena de veces esta mañana, y está de tan mal humor como Rosemund en el bosque. Ahora mismo acaba de preguntarle a Imeyne si está segura de que el archidiácono estaba en Cirencestre. Obviamente le preocupa que si no está allí, Gawyn haya llevado el mensaje hasta Bath.

Su temor ha contagiado a todo el mundo. Lady Imeyne se ha retirado a un rincón con su relicario a rezar, Agnes gimotea, y Rosemund está sentada con su bordado en el regazo, mirándolo sin verlo.

(Pausa)

He llevado a Agnes al padre Roche esta tarde. Tiene la rodilla mucho peor. No podía caminar, y tenía lo que me pareció el principio de una veta roja encima. No pude decirlo con seguridad (toda la rodilla está roja e inflamada), pero tuve miedo de esperar.

No había cura para la gangrena en 1320, y es culpa mía que se le haya infectado la rodilla. Si no hubiera insistido en ir a buscar el lugar de recogida, no se habría caído.

Se supone que las paradojas no pueden permitir que mi presencia aquí tenga ningún efecto sobre lo que le sucede a los contemporáneos, pero no puedo correr ese riesgo. Se suponía que yo tampoco podía caer enferma.

Así que cuando Imeyne subió al ático, llevé a Agnes a la iglesia para pedirle al sacerdote que la tratara. Lloviznaba cuando llegamos, pero Agnes no se quejaba por mojarse, y eso me asustó aún más que la veta roja.

La iglesia estaba a oscuras y olía a moho. Oí la voz del padre Roche en la parte delantera, y parecía que estaba hablando con alguien.

– Lord Guillaume no ha llegado aún de Bath. Temo por su seguridad.

Pensé que tal vez Gawyn había regresado, y quise oír qué decía acerca del juicio, así que no continué avanzando. Me quedé allí, con Agnes en brazos, y escuché.

– Ha llovido estos dos días -dijo Roche-, y sopla un desagradable viento del oeste. Hemos tenido que traer a las ovejas.

Tras intentar ver durante un minuto en la oscura nave, al fin lo divisé. Estaba de rodillas delante de la reja, sus grandes manos unidas en oración.

– El bebé del senescal tiene un cólico de estómago y no puede contener la leche. Tabord el campesino sigue enfermo.

No rezaba en latín, y en su voz no había nada del canturreo del cura de Santa Re-Formada ni de la oratoria del vicario. Parecía tranquilo y familiar, como yo hablo ahora.

Se suponía que Dios era muy real para los contemporáneos del siglo XIV, más vívido que el mundo físico que habitaban. «Ahora volveréis a casa», me dijo el padre Roche cuando me estaba muriendo, y eso es lo que creían los contemporáneos: que la vida del cuerpo es ilusoria, carente de importancia; y que la vida real es la del alma eterna, como si sólo estuviéramos de visita por la vida como yo estoy de visita en este siglo. Sin embargo, no he visto muchas pruebas de esta concepción del mundo. Eliwys murmura diligentemente sus ave en vísperas y maitines y luego se levanta y se sacude la saya como si sus oraciones no tuvieran nada que ver con sus preocupaciones por su marido, las niñas o Gawyn. Y a Imeyne, a pesar de su relicario y su Libro de las Horas, sólo le preocupa su posición social. No había visto ninguna prueba de que Dios fuera real para ellos hasta que me encontré en la iglesia húmeda, escuchando al padre Roche.

Me pregunto si ve a Dios y el cielo tan claramente como yo le veo a usted y a Oxford, la lluvia cayendo en el patio y sus gafas empañándose de forma que tiene que quitárselas y limpiarlas con la bufanda. Me pregunto si parecen tan cercanos como me lo parece usted, y tan difíciles de alcanzar.

– Salva a nuestras almas del mal y llévanos al cielo -rezó Roche, y como si eso fuera una entradilla, Agnes se enderezó en mis brazos.

– Quiero ir con el padre Roche -dijo.

El padre Roche se levantó y se acercó a nosotras.

– ¿Quién es? ¿Quién está ahí?

– Soy lady Katherine. He traído a Agnes. Su rodilla está…

– ¿Qué? ¿Infectada?

– Quiero que miréis su rodilla.

Él intentó hacerlo, pero la iglesia estaba demasiado oscura, así que la llevó a su casa. Allí apenas había más luz. La casa no era mucho mayor que la choza en la que me había refugiado, ni más alta. Tuvo que permanecer agachado todo el tiempo que estuvimos allí para no chocar con las vigas.

Abrió el postigo de la única ventana, que dejó entrar la lluvia, y luego encendió una vela y colocó a Agnes sobre una burda mesa de madera. Desató el vendaje, y ella se apartó del cura.

– Quédate quieta, Agnus, y te contaré cómo Cristo vino a la tierra desde el lejano cielo.

– El día de Navidad -dijo Agnes.

Roche examinó la herida, palpando las partes inflamadas, mientras hablaba con firmeza.

– «Y los pastores se asustaron, pues no sabían qué era aquella luz resplandeciente. Y oyeron sonidos como de campanas repicando en el cielo. Pero se trataba del ángel del Señor que se les presentó.»

Agnes gritó y me hizo retirar las manos cuando intenté tocarle la rodilla, pero dejó que Roche palpara la zona roja con sus grandes dedos. Definitivamente, aquello era el principio de una veta roja. Roche la tocó con cuidado y acercó la vela para ver mejor.

– «Y de una tierra lejana llegaron tres reyes cargados de regalos» -prosiguió, con el ceño fruncido. Tocó de nuevo la veta roja, torpemente, y luego unió las manos, como si fuera a rezar, y yo pensé, no pienses. Haz algo.

El bajó las manos y me miró.

– Me temo que la herida está envenenada. Haré una infusión de hisopo para sacar el veneno.

Se acercó al hogar, meneó unos carbones de aspecto tibio, y vertió agua de un cubo en una olla de hierro.

El cubo estaba sucio, la olla estaba sucia, las manos con las que había tocado la herida de Agnes estaban sucias, y mientras le veía colocar la olla al fuego y rebuscar en una sucia bolsa, lamenté haber acudido a él. No era mejor que Imeyne. Una infusión de hojas y semillas no curaría mejor la gangrena que uno de los emplastos de Imeyne, y sus oraciones tampoco serían de ayuda, aunque hablara con Dios como si realmente estuviera allí.

«¿Es eso todo lo que podéis hacer?», estuve a punto de decir, y entonces advertí que esperaba lo imposible.

La cura para la infección era la penicilina, potenciación de leucocitos-T, antisépticos; y él no tenía nada de eso en su bolsa de arpillera.

Recuerdo que el señor Gilchrist habló de médicos medievales en una de sus conferencias. Habló de lo idiotas que eran por sangrar a la gente y tratarlos con arsénico y orina de cabra durante la Peste Negra. ¿Pero qué esperaba que hicieran? No tenían análogos ni antimicrobiales.

Ni siquiera sabían qué la causaba. Allí de pie, aplastando hojas y pétalos secos entre sus dedos sucios, el padre Roche hacía todo lo que podía.

– ¿Tenéis vino? -le pregunté-. ¿Vino añejo?

Apenas hay alcohol en la cerveza, y poco más en el vino, pero cuanto más añejo es, más alto es el contenido alcohólico, y el alcohol es un antiséptico.

– He recordado de pronto que el vino viejo vertido sobre una herida puede detener las infecciones -le expliqué.

El padre Roche no me preguntó qué era una «infección» o cómo podía recordar eso cuando se suponía que no recordaba nada más. Fue inmediatamente a la iglesia y trajo una botella de barro llena de un vino de olor intenso, y lo vertí sobre la venda y lavé la herida con él.

Me traje la botella a casa. La he escondido bajo la cama en la habitación de Rosemund (por si es parte del vino sacramental; Imeyne no necesitaría más excusa para hacer quemar a Roche por hereje), para así poder seguir limpiándola. Antes de que se acostara, le eché un poco más.