"El Libro del Día del Juicio Final" - читать интересную книгу автора (Willis Connie)

16

El padre Roche.

Las tensas riendas se aflojaron de pronto en su mano.

– ¿El padre Roche?

– Fui al campanario, pero no estaba allí. Estaba en la iglesia -asintió Agnes-. ¿Por qué se escondía el hombre malo en la tumba del abuelo, lady Kivrin?

El padre Roche. Pero no podía ser. El padre Roche le había administrado los últimos sacramentos. Le había uncido las sienes y las palmas de las manos.

– ¿Hará daño el hombre malo al padre Roche?

No podía ser el padre Roche. El padre Roche le había sostenido la mano. Le había dicho que no tuviera miedo. Intentó recordar el rostro del sacerdote. Se había inclinado sobre ella y le había preguntado su nombre, pero no pudo ver su cara debido al humo.

Y mientras le administraba los últimos sacramentos, ella vio al asesino, y tuvo miedo porque le habían dejado entrar en la habitación, había intentado huir de él.

Pero no era un asesino. Era el padre Roche.

– ¿Viene el hombre malo? -preguntó Agnes, mirando ansiosamente hacia la puerta de la iglesia.

Todo encajaba. El asesino inclinado sobre ella en el claro, colocándola sobre el caballo. Kivrin había supuesto que era una visión provocada por su delirio, pero se equivocaba. Fue el padre Roche, que fue a ayudar a Gawyn a llevarla a la mansión.

– El hombre malo no va a venir -suspiró Kivrin-. No hay ningún hombre malo.

– ¿Se esconde todavía en la iglesia?

– No. Me he equivocado. No hay ningún hombre malo.

Agnes no parecía convencida.

– Pero habéis gritado.

Kivrin ya imaginaba cómo le diría a su abuela: «Lady Kivrin y el padre Roche estaban juntos en la iglesia y ella gritó.» Lady Imeyne se sentiría encantada por añadir esto a la letanía de pecados del padre Roche. Y a la lista de la sospechosa conducta de Kivrin.

– Sé que grité. La iglesia estaba oscura. El padre Roche apareció de repente y me asusté.

– Pero era el padre Roche -insistió Agnes, como si no alcanzara a imaginar que nadie pudiera tener miedo de él.

– Cuando Rosemund y tú jugáis al escondite y ella salta de pronto desde detrás de un árbol, tú también gritas -alegó Kivrin, desesperada.

– Una vez Rosemund se escondió en el desván cuando yo buscaba a mi perro, y saltó sobre mí. Me asusté tanto que grité. Así -dijo Agnes, y dejó escapar un alarido espantoso-. Y otra vez estaba oscuro en el salón y Gawyn apareció por detrás de la puerta y dijo «¡Bu!» y yo grité y…

– Eso es. La iglesia estaba oscura.

– ¿Saltó el padre Roche sobre vos y dijo «Bu»?

Sí, pensó Kivrin. Saltó sobre mí, y pensé que era un asesino.

– No. No hizo nada.

– ¿Vamos a ir con el padre Roche a buscar acebo?

Si no lo he asustado, pensó Kivrin. Si no se ha marchado mientras nosotras hablábamos aquí.

Bajó a Agnes del caballo.

– Vamos. Tenemos que encontrarlo.

No sabría qué hacer si se había marchado ya. No podía llevar a Agnes de vuelta a la mansión y decirle a lady Imeyne cómo había gritado. Y no podía regresar sin darle una explicación al padre Roche. ¿Una explicación de qué? ¿De que había pensado que era un ladrón, un violador? ¿Que lo había confundido con una pesadilla de su delirio?

– ¿Debemos entrar en la iglesia otra vez? -preguntó Agnes, reticente.

– No pasa nada. No hay nadie más que el padre Roche.

A pesar de las palabras de Kivrin, Agnes no tenía ningún deseo de volver a la iglesia. Escondió la cabeza en las faldas de Kivrin cuando ésta abrió la puerta, y se aferró a su pierna.

– No pasa nada -la tranquilizó Kivrin, quien contempló la nave. El padre Roche ya no estaba junto a la tumba. La puerta se cerró tras ella, y se quedó allí, con Agnes apretujada contra ella, esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad-. No hay nada que temer.

No es un asesino, se dijo. No hay nada que temer. Te administró los últimos sacramentos. Te sostuvo la mano. Pero su corazón latía desbocado.

– ¿Está ahí el hombre malo? -susurró Agnes, con la mano apretada contra la rodilla de Kivrin.

– No hay ningún hombre malo -repitió ella, y entonces lo vio. Estaba de pie ante la imagen de santa Catalina. Tenía en la mano la vela que Kivrin había dejado caer, se inclinó y la depositó delante de la talla, y luego se incorporó.

Kivrin pensó que tal vez fuera algún engaño de la oscuridad y la llama de la vela, al iluminar su cara desde abajo, y que acaso no fuera el asesino, pero sí lo era. Tenía una capucha en la cabeza aquella noche, así que ella no pudo verle la tonsura, pero se inclinaba ante la estatua como se había inclinado ante ella. El corazón volvió a latirle con fuerza.

– ¿Dónde está el padre Roche? -preguntó Agnes, irguiendo la cabeza-. Allí -corrió hacia él.

– No -dijo Kivrin, y la siguió-. No…

– ¡Padre Roche! -gritó Agnes-. ¡Padre Roche! ¡Os hemos estado buscando! -obviamente, se había olvidado del hombre malo-. ¡Buscamos en la iglesia y en la casa, pero no estabais allí!

Corría hacia él a toda velocidad. Él se volvió, se agachó y la cogió en brazos en un solo movimiento.

– ¿Os escondíais? -preguntó Agnes. Le pasó un brazo alrededor del cuello-. Una vez Rosemund se escondió en el granero y me sorprendió. Grité muy fuerte.

– ¿Por qué me buscabas, Agnes? ¿Hay alguien enfermo?

Pronunció Agnes como «Agnus», y tenía casi el mismo acento que el niño con escorbuto. El intérprete tardó un instante en traducir lo que había dicho, y Kivrin se sorprendió al no poder entenderlo. Había entendido todo lo que le dijo en la habitación.

Debió de hablarme en latín, pensó, porque su voz era la misma. Era la voz que había pronunciado los últimos ritos, la voz que le había dicho que no tuviera miedo. Y ya no tuvo miedo. Con el sonido de su voz, su corazón recobró un ritmo acompasado.

– No, no hay nadie enfermo -sonrió Agnes-. Queremos que nos acompañéis a recoger hiedra y acebo para el salón. Lady Kivrin, Rosemund, Sarraceno y yo.

Ante las palabras «lady Kivrin», Roche se volvió y la vio allí de pie, junto a la columna. Soltó a Agnes.

Kivrin apoyó la mano en la columna para sostenerse.

– Os pido perdón, santo padre -dijo-. Lamento haber gritado y huido. Estaba oscuro y no os reconocí…

El intérprete, todavía retrasado, lo tradujo como «no os supe».

– No sabe nada -interrumpió Agnes-. El hombre malo la golpeó en la cabeza, y sólo recuerda su nombre.

– Eso he oído -asintió él, todavía mirando a Kivrin -. ¿Es cierto que no tenéis memoria de por qué habéis venido entre nosotros?

Ella experimentó la misma necesidad de decirle la verdad que sintió cuando le preguntó su nombre. Soy historiadora, quiso decir. He venido a observaros, y caí enferma, y no sé dónde está el lugar de recogida.

– No recuerda nada de quien es -insistió Agnes-. No recordaba cómo hablar. Tuve que enseñarle.

– ¿No recordáis nada de quién sois?

– No.

– ¿Y nada de vuestra venida aquí?

Al menos podía ser sincera al respecto.

– No -dijo-. Excepto que vos y Gawyn me trajisteis a la mansión.

Agnes se cansó de la conversación.

– ¿Podemos ir con vos a recoger acebo?

Él no actuó como si la hubiera oído. Extendió la mano como si fuera a bendecir a Kivrin, pero en cambio le tocó la sien, y ella advirtió que era eso lo que había pretendido hacer antes, junto a la tumba.

– No tenéis ninguna herida -observó.

– Ha sanado.

– Queremos marcharnos ya -adujo Agnes, tirando del brazo de Roche.

Él levantó la mano, como para volver a tocarle la sien, y entonces la retiró.

– No debéis tener miedo -dijo-. Dios os ha enviado entre nosotros para algún buen propósito. No, no lo ha hecho, pensó Kivrin. Él no me ha enviado. Me envió Medieval. Pero se sintió reconfortada.

– Gracias -sonrió.

– ¡Quiero irme ahora! -exclamó Agnes, tirando del brazo de Kivrin-. Id a coger a vuestro burro -le dijo al padre Roche-, y nosotras recogeremos a Rosemund.

Agnes echó a andar, y Kivrin no tuvo más remedio que seguirla para que no corriera. La puerta se abrió de golpe antes de que la alcanzaran, y Rosemund se asomó, parpadeando.

– Está lloviendo. ¿Habéis encontrado al padre Roche? -demandó.

– ¿Has llevado a Blackie al establo? -preguntó Agnes.

– Sí. ¿Habéis llegado demasiado tarde, y el padre Roche ya se ha ido?

– No. Está aquí, y nos acompañará. Estaba en la iglesia, y lady Kivrin…

– Ha ido a coger su burro -la interrumpió Kivrin, para impedir que Agnes contara lo sucedido.

– Me asusté aquella vez que saltaste del desván, Rosemund -dijo Agnes, pero Rosemund ya se había vuelto hacia su caballo.

No llovía, pero una fina bruma flotaba en el aire. Kivrin ayudó a Agnes a montar y luego montó en su ruano, usando la valla para auparse. El padre Roche llegó con su burro, y siguieron el sendero hasta dejar atrás la iglesia y un puñado de árboles, cruzaron un prado cubierto de nieve y se internaron en el bosque.

– Hay lobos en el bosque -comentó Agnes-. Gawyn mató a uno.

Kivrin apenas la oía. Observaba al padre Roche caminar junto a su burro, intentando recordar la noche en que la llevó a la mansión. Rosemund había dicho que Gawyn se lo había encontrado en el camino y le había ayudado a llevarla a la casa, pero no podía ser cierto.

Roche se había inclinado sobre ella mientras estaba sentada contra la rueda de la carreta. Kivrin distinguió su cara a la fluctuante luz del fuego. Él le dijo algo que no comprendió, y ella le pidió: «Dígale al señor Dunworthy que venga a buscarme.»

– Rosemund no cabalga de forma apropiada para una doncella -señaló Agnes, presuntuosa.

Se había adelantado al burro y casi se había perdido de vista en la curva del camino, esperando impaciente a que la alcanzaran.

– ¡Rosemund! -llamó Kivrin, y Rosemund regresó al galope, casi chocó con el burro y luego tiró de las riendas de su yegua.

– ¿No podemos ir más rápido? -demandó, dio media vuelta, y avanzó otra vez-. Ya veréis, empezará a llover antes de que hayamos terminado.

Se encontraban ahora en pleno bosque, y el camino no era más que un estrecho sendero. Kivrin contemplaba los árboles, intentando recordar si los había visto antes. Pasaron ante un grupito de sauces, pero estaba demasiado apartado de la carretera, y un hilillo de agua helada corría a su lado.

Había un gran sicómoro al otro lado del sendero. Se alzaba en un pequeño espacio abierto, cubierto de muérdago. Detrás había una hilera de árboles, tan distanciados que debían de haber sido plantados. No recordaba haberlos visto con anterioridad.

La habían llevado por este camino, y ella esperaba que algo disparara su memoria, pero nada le resultaba familiar. Estaba demasiado oscuro y ella demasiado enferma.

Todo lo que recordaba en realidad era el lugar del lanzamiento, aunque tenía la misma cualidad brumosa e irreal que el viaje a la mansión. Había un claro, un roble y un grupito de sauces. Y la cara del padre Roche inclinándose sobre ella mientras se apoyaba en la rueda del carro.

Debía de estar con Gawyn cuando la encontraron, o bien Gawyn lo había llevado de vuelta al lugar. Ella distinguió su rostro claramente a la luz de la llama. Y luego se cayó del caballo en la encrucijada.

Todavía no habían llegado a ninguna encrucijada. Ni siquiera había visto ninguna trocha, aunque sabía que tenían que estar por allí, enlazando una aldea con otra para conducir a los campos y la choza del campesino enfermo que Eliwys había ido a ver.

Subieron una loma, y en la cima el padre Roche se volvió para comprobar que lo seguían. Sabe dónde está el lugar de recogida, pensó Kivrin. Esperaba que tuviera alguna idea de dónde estaba, que Gawyn se lo hubiera descrito o le hubiera dicho junto a qué camino se encontraba, pero no. El padre Roche ya sabía dónde estaba el lugar. Ya había estado allí.

Agnes y Kivrin llegaron a la cima de la colina, pero lo único que divisó fueron árboles y más árboles. Tenían que estar en el bosque de Wychwood, pero en ese caso, había más de cien kilómetros cuadrados donde podía esconderse el lugar de recogida. Por su cuenta, nunca daría con él. Apenas podía ver a diez metros entre la maleza.

Le sorprendía la espesura del bosque. Desde luego, allí no corrían senderos entre los árboles. Apenas había espacio, y el que había estaba ocupado por ramas caídas, arbustos retorcidos y nieve.

Se equivocaba en lo de no reconocer nada: después de todo aquel bosque le resultaba familiar. Era el bosque donde se había perdido Blancanieves, y Hansel y Gretel, y todos aquellos príncipes. Había lobos en él, y osos, y tal vez incluso casas de brujas, y de ahí venían todas esas historias, ¿no?, de la Edad Media. No le extrañaba. Cualquiera podía perderse allí.

Roche se detuvo y esperó junto a su burro mientras Rosemund volvía a su lado y ellas los alcanzaban; Kivrin se preguntó amargamente si se habrían perdido.

Pero en cuanto lo alcanzaron, él se desvió hacia un sendero aún más estrecho que no era visible desde el camino.

Rosemund no podía adelantar al padre Roche y su burro sin empujarlos a un lado, pero los siguió casi pisando los cascos del animal, y Kivrin volvió a preguntarse por qué estaba tan molesta. «Sir Bloet tiene muchos amigos poderosos», había dicho lady Imeyne. Lo llamó aliado, pero Kivrin se preguntó si en realidad lo era, o si el padre de Rosemund le había contado algo acerca de él que la había inquietado sobre la perspectiva de que viniera a Ashencote.

Avanzaron un poco por el sendero, dejaron atrás un grupito de sauces que se parecía al del lugar del lanzamiento, y luego se desviaron, internándose entre un puñado de abetos hasta salir a un bosquecillo de fresnos.

Kivrin esperaba encontrar arbustos como los que había en el patio de Brasenose, pero era un árbol. Se alzaba sobre ellos, extendiéndose sobre los confines de las hojas, y sus bayas rojas brillaban entre las masas de hojas satinadas.

El padre Roche empezó a coger los sacos, y Agnes intentó ayudarle. Rosemund sacó un cuchillo corto de hoja plana de su cinturón y empezó a tirar de las ramas inferiores.

Kivrin chapoteó entre la nieve hasta llegar al otro lado del árbol. Había advertido un destello blanco que podría ser el grupito de abedules, pero sólo era una rama, medio caída entre dos árboles y cubierta de nieve.

Agnes apareció, con Roche tras ella llevando una daga de temible aspecto. Kivrin pensaba que saber quién era produciría algún tipo de transformación, pero cuando lo vio allí de pie detrás de la niña, le siguió pareciendo un asesino.

Le tendió a Agnes una de las toscas bolsas.

– Debes mantener abierta la bolsa de esta forma -le explicó, inclinándose para enseñarle cómo doblar hacia atrás la parte superior de la bolsa-, y yo iré metiendo las ramas.

Empezó a cortar ramas, sin hacer caso a las afiladas hojas. Kivrin cogía las ramas y las ponía con cuidado sobre la bolsa, para que no se rompieran.

– Padre Roche -dijo-. Quería daros las gracias por ayudarme cuando estuve tan enferma y por haberme llevado a la mansión cuando…

– Cuando caísteis -la interrumpió él, tirando de una rama que se resistía.

Ella quiso decir «cuando me asaltaron los ladrones», y su intervención la sorprendió. Recordó que se había caído del caballo y se preguntó si fue entonces cuando él apareció. Pero en ese caso, ya estaban bastante lejos del lugar del lanzamiento, y no podría saber dónde se encontraba. Y ella le recordaba allí, en el lugar mismo.

No tenía sentido especular.

– ¿Sabéis dónde me encontró Gawyn? -preguntó, y contuvo la respiración.

– Sí -dijo él, mientras cortaba la gruesa rama.

Kivrin se sintió súbitamente enferma de alivio. Él sabía dónde estaba el lugar.

– ¿Queda lejos de aquí?

– No -dijo. Arrancó la rama.

– ¿Me llevaríais allí?

– ¿Por qué queréis ir? -preguntó Agnes, con los brazos bien extendidos para mantener la bolsa abierta-. ¿Y si los hombres malos están allí todavía?

Roche la miraba como si se estuviera preguntando lo mismo.

– Pensé que si veía el lugar, quizá recordaría quién soy y de dónde vengo -adujo Kivrin.

Él le tendió la rama, sosteniéndola de forma que ella pudiera cogerla sin pincharse.

– Os llevaré -dijo.

– Gracias -respondió Kivrin. Gracias. Metió la rama junto a las demás y Roche cerró la bolsa y se la cargó al hombro.

Rosemund apareció, arrastrando su bolsa por la nieve.

– ¿No habéis terminado todavía?

Roche cogió también su bolsa, y las ató ambas a lomos del burro. Kivrin subió a Agnes a su pony y ayudó a montar a Rosemund, y el padre Roche se arrodilló y unió sus grandes manos para que Kivrin subiera al estribo.

La había ayudado a montar en el caballo blanco cuando se cayó. Cuando cayó. Recordaba sus grandes manos sujetándola. Pero entonces estaban ya bastante lejos del lugar, ¿y por qué iba Gawyn a llevar a Roche de vuelta hasta allí? No recordaba haber regresado, pero todo era confuso y oscuro. En su delirio, seguramente le pareció más lejos de lo que era.

Roche guió al burro entre los abetos y regresó al sendero. Rosemund le dejó ir delante y luego dijo, con una voz igual que la de Imeyne:

– ¿Adónde va? La hiedra no está por ahí.

– Vamos a ver el lugar donde encontraron a lady Kivrin -dijo Agnes.

Rosemund miró a Kivrin con desconfianza.

– ¿Por qué queréis ir allí? Vuestras posesiones ya han sido llevadas a la mansión.

– Cree que si ve el lugar recordará algo -dijo Agnes-. Lady Kivrin, si recordáis quién sois, ¿volveréis a casa?

– En efecto, lo hará -respondió Rosemund-. Debe regresar con su familia. No puede quedarse con nosotros para siempre.

Sólo lo hacía para provocar a Agnes, y funcionó.

– ¡Sí puede! Será nuestra aya.

– ¿Por qué querría quedarse con una cría llorona? -dijo Rosemund, espoleando a su caballo para ponerlo al trote.

– ¡No soy una cría! -gritó Agnes tras ella-. ¡La cría eres tú! -se volvió hacia Kivrin-. ¡No quiero que me dejéis!

– No te dejaré. Vamos, el padre Roche espera.

Estaba en el camino, y en cuanto le alcanzaron, volvió a ponerse en marcha. Rosemund ya estaba muy adelantada, avanzando por el sendero cubierto de nieve.

Cruzaron un pequeño arroyo y llegaron a una encrucijada. La parte donde se encontraban se curvaba a la derecha, la otra continuaba recta durante un centenar de metros y luego hacía un brusco giro a la izquierda. Rosemund se encontraba en la encrucijada, dejando que su caballo pastara y sacudiera la cabeza para expresar su impaciencia.

Me caí del caballo blanco en una encrucijada, pensó Kivrin, intentando recordar los árboles, el camino, el arroyuelo, cualquier cosa. Había docenas de encrucijadas en los caminos que surcaban el bosque de Wychwood y ningún motivo para pensar que ésta era la que buscaba, pero por lo visto lo era. El padre Roche giró a la derecha y avanzó unos cuantos metros, y luego se internó en el bosque, guiando al burro.

No había ningún sauce donde dejó el camino, ninguna colina. Debe de estar siguiendo el camino por donde la había traído Gawyn. Kivrin recordaba que habían recorrido un buen trecho de bosque antes de llegar a la encrucijada.

Lo siguieron entre los árboles, Rosemund en último lugar, y casi inmediatamente tuvieron que desmontar y guiar a sus caballos. Roche no seguía ningún sendero. Se abría paso entre la nieve, esquivando las ramas bajas que le arrojaban nieve al cuello, y sorteando un matorral de espinos.

Kivrin intentó memorizar el escenario para poder encontrar el camino de vuelta, pero todo parecía igual. En cuanto hubiera nieve podría seguir las huellas. Tendría que volver antes de que se derritiera y marcar el camino con ramas o trozos de tela o algo. O migas de pan, como Hansel y Gretel.

Ahora comprendía cómo ellos, Blancanieves, y los distintos príncipes, se habían perdido en los bosques. Sólo habían avanzado unos cientos de metros y al mirar atrás Kivrin ya no estaba segura de en qué dirección se encontraba el camino, incluso las huellas. Hansel y Gretel podrían haber vagado durante meses sin encontrar el camino de vuelta a casa, ni la casa de la bruja tampoco.

El asno del padre Roche se detuvo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Kivrin.

El padre Roche condujo al burro a un lado y lo ató a un aliso.

– Éste es el lugar.

No era el sitio del lanzamiento. Ni siquiera había un claro, sólo un espacio donde un roble había extendido sus ramas e impedido que crecieran otros árboles. Casi formaba una tienda, y debajo el terreno estaba tan sólo espolvoreado de nieve.

– ¿Podemos encender fuego? -preguntó Agnes, caminando bajo las ramas hasta los restos de una hoguera. Un tronco caído había sido arrastrado encima. Agnes se sentó sobre él-. Tengo frío -dijo, empujando las piedras renegridas con el pie.

No había ardido mucho tiempo. Los palos apenas estaban chamuscados. Alguien le había echado tierra encima para apagarla. El padre Roche se había arrodillado ante ella, la luz de la hoguera fluctuaba en su rostro.

– ¿Bien? -dijo Rosemund, impaciente-. ¿Recordáis algo?

Ella había estado aquí. Recordaba el fuego. Había creído que lo encendían para quemarla. Pero eso era imposible. Roche había estado en el lugar del lanzamiento. Le recordaba inclinado sobre ella mientras estaba apoyada en la rueda de la carreta.

– ¿Estáis totalmente seguro de que éste es el lugar donde me encontró Gawyn?

– Sí -dijo él, frunciendo el ceño.

– Si viene el hombre malo, le atacaré con mi daga -dijo Agnes, sacando de la hoguera uno de los palos medio consumidos y blandiéndolo en el aire. El extremo ennegrecido se rompió. Agnes se agachó junto al fuego y cogió otro palo, y luego se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el tronco, y golpeó los dos palos juntos. Pedazos de carbón salieron volando en todas direcciones.

Kivrin miró a Agnes. Se había sentado contra el tronco mientras los hombres encendían el fuego, y Gawyn se inclinó sobre ella, su cabello rojo a la luz de la hoguera, y dijo algo que Kivrin no comprendió. Entonces apagó el fuego con sus botas, y el humo la cegó.

– ¿Habéis recordado quién sois? -preguntó Agnes, tirando los palos entre las piedras.

Roche todavía la miraba con el ceño fruncido.

– ¿Estáis enferma, lady Katherine? -preguntó.

– No -Kivrin trató de sonreír-. Es que… Esperaba que si veía el lugar donde me atacaron, lograría recordar.

Él la miró solemnemente durante un instante, como había hecho en la iglesia, y entonces se volvió hacia su burro.

– Venid -dijo.

– ¿Habéis recordado? -insistió Agnes, dando una palmada. Tenía los guantes cubiertos de hollín.

– ¡Agnes! -exclamó Rosemund-. Mira cómo te has ensuciado los guantes -puso a la niña bruscamente en pie-. Y también te has estropeado la capa, al sentarte en la nieve fría. ¡Niña mala!

Kivrin separó a las dos hermanas.

– Rosemund, desata el pony de Agnes -ordenó-. Es hora de recoger la hiedra -limpió la nieve de la capa de Agnes y frotó la piel blanca, pero fue en vano.

El padre Roche estaba de pie junto al asno, esperándolas, todavía con aquella expresión extraña y sobria.

– Te limpiaremos los guantes cuando lleguemos a casa -dijo Kivrin rápidamente-. Vamos, debemos ir con el padre Roche.

Kivrin cogió las riendas de la yegua y siguió a las niñas y al padre Roche por donde habían venido durante unos cuantos metros, y luego en otra dirección que los llevó casi de inmediato a un camino. No pudo ver la bifurcación, y se preguntó si estaban más lejos o en un camino completamente distinto. Todo le parecía igual: sauces y pequeños calveros y robles.

Estaba claro lo que había sucedido. Gawyn había intentado llevarla a la casa, pero ella estaba demasiado enferma. Se cayó del caballo, él la llevó al bosque, encendió una hoguera y la dejó allí, apoyada contra el tronco caído, mientras buscaba ayuda.

O tal vez había intentado encender una hoguera y quedarse allí con ella hasta la mañana, y el padre Roche vio el fuego y se acercó a ayudar, y entre los dos la llevaron a la casa. El padre Roche no sabía dónde estaba el lugar del lanzamiento. Había asumido que Gawyn la encontró allí, bajo el roble.

La imagen de él inclinado mientras Kivrin estaba apoyada contra la rueda de la carreta formaba parte de su delirio. Lo había soñado mientras yacía en la habitación, igual que había soñado las campanas, la hoguera y el caballo blanco.

– ¿Adónde vamos ahora? -preguntó Rosemund, irritada, y Kivrin sintió ganas de abofetearla-. Hay hiedra más cerca de casa. Y está empezando a llover.

Tenía razón. La niebla se estaba convirtiendo en llovizna.

– ¡Podríamos haber terminado ya, y ahora estaríamos en casa si esta cría no hubiera traído a su cachorro! -se adelantó galopando otra vez, y Kivrin ni siquiera intentó detenerla.

– Rosemund es una idiota -refunfuñó Agnes.

– Sí. Lo es. ¿Sabes qué le pasa?

– Es por culpa de sir Bloet. Va a casarse con él.

– ¿Qué? -exclamó Kivrin. Imeyne había comentado algo acerca de una boda, pero ella había supuesto que una de las hijas de sir Bloet iba a casarse con uno de los hijos de lord Guillaume-. ¿Cómo puede sir Bloet casarse con Rosemund? ¿No está casado ya con lady Yvolde?

– No -dijo Agnes; parecía sorprendida-. Lady Yvolde es su hermana.

– Pero Rosemund no es lo bastante mayor -adujo Kivrin, aunque sabía que lo era. Las niñas en el siglo XIV normalmente se prometían antes de la mayoría de edad, a veces incluso al nacer. El matrimonio en la Edad Media era un acuerdo comercial, una forma de unir tierras y aumentar el estatus social, y sin duda Rosemund había sido educada desde la edad de Agnes para casarse con alguien como sir Bloet. Pero todas las historias medievales de niñas virginales casadas con viejos arrugados y desdentados acudieron de inmediato a su mente.

– ¿Le gusta sir Bloet a Rosemund? -preguntó Kivrin. Por supuesto que no. Se había mostrado desagradable, malhumorada, casi histérica desde que oyó que iba a venir.

– A mí me cae bien -dijo Agnes-. Va a regalarme una brida de plata cuando se casen.

Kivrin miró a Rosemund, muy adelantada ya en el camino. Sir Bloet tal vez no fuera viejo y arrugado. Eran sólo suposiciones, igual que había supuesto que lady Yvolde era su esposa. Podía ser joven, y el mal humor de Rosemund tal vez se debía sólo a los nervios. Y Rosemund podría cambiar de opinión sobre él antes de la boda. Las muchachas normalmente no se casaban hasta que tenían catorce o quince años, no antes de que empezaran a mostrar signos de maduración.

– ¿Cuándo van a casarse? -le preguntó a Agnes.

– En Pascua.

Habían llegado a otra encrucijada. Ésta era mucho más estrecha, y los dos caminos corrían casi paralelos durante un centenar de metros antes de que el que había seguido Rosemund subiera por una loma.

Doce años, y se iba a casar al cabo de tres meses. No era extraño que lady Eliwys no quisiera que sir Bloet supiera que estaban allí. Tal vez no aprobaba que Rosemund se casara tan joven, y el compromiso había sido dispuesto sólo para sacar a su padre del lío en el que estaba metido.

Rosemund subió a lo alto de la loma y galopó de vuelta junto al padre Roche.

– ¿Adónde nos lleváis? -preguntó-. Pronto llegaremos a terreno descubierto.

– Ya casi hemos llegado -dijo el padre Roche mansamente.

Ella hizo girar a su yegua y se perdió de vista colina arriba, volvió a aparecer, regresó junto a Kivrin y Agnes, hizo girar a la yegua bruscamente, y se adelantó de nuevo. Como una rata en la trampa, pensó Kivrin, buscando frenéticamente una salida.

La lluvia arreciaba. El padre Roche se cubrió la cabeza con la capucha y condujo al burro colina arriba. El animal avanzó con dificultad y luego se detuvo. El padre Roche tiró de las riendas, pero el burro se resistió.

Kivrin y Agnes le alcanzaron.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Kivrin.

– Vamos, Balaam -dijo el padre Roche, y agarró las riendas con las dos manos, pero el burro no se movió. Se debatió contra el cura, clavando en el suelo los cascos traseros y casi sentándose.

– Tal vez no le gusta la lluvia -observó Agnes.

– ¿Podemos ayudar? -preguntó Kivrin.

– No -respondió él, indicándoles que siguieran-. Continuad. Será mejor si los caballos no están aquí.

Se envolvió las riendas en la mano y se colocó detrás del animal como si intentara empujarlo. Kivrin remontó la cima con Agnes, y miró hacia atrás para asegurarse de que el burro no le coceaba en la cabeza. Empezaron a descender por el otro lado.

El bosque de abajo quedaba velado por la lluvia. La nieve del camino se estaba fundiendo ya, y el pie de la colina era un charco de barro. Había matorrales a ambos lados, cubiertos de nieve. Rosemund esperaba en lo alto de la siguiente colina. Había árboles sólo hasta la mitad de la ladera, y en la cima había nieve. Y más allá, pensó Kivrin, hay una llanura despejada y se ve la carretera, y Oxford.

– ¿Adónde vais, Kivrin? ¡Esperad! -gritó Agnes, pero Kivrin ya había desmontado de su caballo y bajaba la colina, agitando los matorrales cubiertos de nieve, intentando ver si había sauces. Los había, y tras ellos distinguió la cima de un gran roble. Lanzó las riendas del caballo sobre las ramas rojizas de los sauces y se internó en el bosquecillo. La nieve había congelado las ramas de los sauces, uniéndolas. Las agitó y la nieve le cayó encima. Una bandada de pájaros echó a volar, graznando. Kivrin se abrió paso entre las ramas nevadas y llegó al claro. Allí estaba.

Y el roble, y detrás, al otro lado de la carretera, el grupito de abedules de tronco blanco que parecía un claro. Tenía que ser el lugar del lanzamiento.

Pero no lo parecía. El claro era más pequeño, ¿no? Y el roble tenía más hojas, más nidos. Había un matorral de espinos a un lado, sus capullos púrpura oscuro asomaban entre los espinos. No recordaba que estuviera allí.

Es la nieve, pensó, hace que todo parezca más grande. Tenía casi medio metro de profundidad, y estaba lisa, intacta. No parecía que aquí hubiera habido nadie.

– ¿Éste es el lugar donde el padre Roche quiere que recojamos hiedra? -preguntó Rosemund, abriéndose paso entre los matorrales. Contempló el claro, con las manos en las caderas-. Aquí no hay hiedra.

Sí la había, ¿verdad?, en la base del roble, y también setas. Es la nieve, pensó Kivrin. Ha cubierto todos los puntos de referencia. Y las huellas, donde Gawyn había arrastrado la carreta y las cajas.

El cofre… Gawyn no había llevado el cofre a la mansión. No lo había visto porque ella lo había escondido entre unos matojos junto al camino.

Se abrió paso entre los sauces, sin intentar siquiera evitar la nieve que caía. El cofre estaría enterrado bajo la nieve también, pero no era tan profunda junto al camino, y el cofre tenía casi cuarenta centímetros de altura.

– ¡Lady Katherine! -gritó Rosemund, tras ella-. Pero ¿adónde vais ahora?

– ¡Kivrin! -dijo Agnes, un eco patético. Había intentado desmontar de su pony en medio del camino, pero se le había enganchado el pie en el estribo-. ¡Lady Kivrin, regresad!

Kivrin la miró un instante, aturdida, y luego se volvió hacia la colina.

El padre Roche estaba todavía en la cima, debatiéndose con el burro. Tenía que encontrar el cofre antes de que llegara.

– Quédate ahí, Agnes -ordenó, y empezó a escarbar la nieve bajo los sauces.

– ¿Qué buscáis? -dijo Rosemund-. ¡Aquí no hay hiedra!

– ¡Lady Kivrin, volved! -gritó Agnes.

Tal vez la nieve había doblado los sauces, y el cofre estaba más hundido. Se agachó, agarrándose a las ramas finas y quebradizas, y trató de apartar la nieve. Pero el cofre no estaba allí. Lo supo en cuanto empezó a trabajar. Los sauces habían protegido los matojos y el suelo bajo ellos. Sólo había unos pocos centímetros de nieve. Pero si éste es el lugar, debe estar aquí, pensó Kivrin, aturdida. Si éste es el lugar.

– ¡Lady Kivrin! -gritó Agnes, y Kivrin se volvió a mirarla. Había conseguido desmontar del pony y corría hacia ella.

– No corras -empezó a decir Kivrin, pero no había acabado de decirlo cuando Agnes metió el pie en uno de los surcos y cayó.

Se quedó sin aliento, y Kivrin y Rosemund la alcanzaron antes de que empezara a llorar. Kivrin la cogió en brazos y le colocó la mano en la cintura para ayudarla a incorporarse y hacerla respirar.

Agnes jadeó, y tras inspirar largamente empezó a berrear.

– Ve y llama al padre Roche -le dijo Kivrin a Rosemund-. Está en lo alto de la colina. Su burro se ha atascado.

– Ya viene -dijo Rosemund. Kivrin volvió la cabeza. El cura bajaba torpemente la colina, sin el burro, y Kivrin estuvo a punto de gritarle que no corriera también, pero él no podría oírle con el llanto de Agnes.

– Shh -dijo Kivrin-. No pasa nada. Te has quedado sin aliento, eso es todo.

El padre Roche las alcanzó, y Agnes corrió inmediatamente a sus brazos. Él la abrazó.

– Calla, Agnus -murmuró con su voz maravillosa y reconfortante-. Calla.

Sus gritos se convirtieron en sollozos.

– ¿Dónde te has hecho daño? -preguntó Kivrin, apartando la nieve de la capa de Agnes-. ¿Te has arañado las manos?

El padre Roche la volvió en sus brazos para que Kivrin pudiera quitarle los guantes blancos. Las manos estaban rojas, pero no arañadas.

– ¿Dónde te has hecho daño?

– No se ha hecho daño -dijo Rosemund-. ¡Llora porque es una cría!

– ¡No soy una cría! -estalló Agnes, con tanta fuerza que casi se zafó de los brazos del padre Roche-. Me di un golpe en la rodilla contra el suelo.

– ¿Cuál? -preguntó Kivrin-. ¿La que te lastimaste antes?

– ¡Sí! ¡No miréis! -gritó cuando Kivrin extendió la mano hacia la pierna.

– De acuerdo, no lo haré.

La rodilla estaba sanando. Probablemente se había arrancado la costra. A menos que sangrara tanto que empapara las calzas de cuero, no tenía sentido hacer que la niña pasara más frío desnudándola allí en la nieve.

– Pero debes dejarme mirarla en casa.

– ¿Podemos irnos ya? -preguntó Agnes.

Kivrin contempló el claro, indefensa. Éste tenía que ser el lugar. Los sauces, el claro, la cima sin árboles. Tal vez había enterrado el cofre más de lo que creía, y la nieve…

– ¡Quiero irme a casa ahora! -exigió Agnes, y empezó a sollozar-. ¡Tengo frío!

– Muy bien -asintió Kivrin. Los guantes de Agnes estaban demasiado mojados para que volviera a ponérselos. Kivrin se quitó los suyos y se los dio. A la niña le llegaban hasta los brazos, cosa que le encantó, y Kivrin empezó a pensar que ya se había olvidado de la rodilla, pero cuando el padre Roche la ayudó a subir a su pony, sollozó.

– Prefiero ir con vos.

Kivrin volvió a asentir y montó en su ruano. El padre Roche le tendió a la niña y condujo el pony colina arriba. El burro estaba allí, junto al camino, mordisqueando las hierbas que asomaban entre la fina nieve.

Kivrin se volvió hacia el bosquecillo, intentando divisar el claro. Sin duda es el lugar, se dijo, pero no estaba segura. Incluso la colina parecía distinta desde allí.

El padre Roche cogió las riendas del burro; el animal se envaró de inmediato y clavó los cascos en tierra, pero en cuanto el cura le hizo volver la cabeza y empezó a bajar la colina con el pony de Agnes, obedeció.

La lluvia estaba derritiendo la nieve, y la yegua de Rosemund resbaló un poco mientras galopaba hacia la encrucijada. Redujo su paso al trote.

En la siguiente encrucijada, Roche tomó por el camino de la izquierda. Había sauces por todas partes, y robles, y surcos de barro al pie de cada colina.

– ¿Nos vamos a casa ya, Kivrin? -preguntó Agnes, tiritando contra ella.

– Sí -Kivrin cubrió a la niña con su capa-. ¿Aún te duele la rodilla?

– No. No hemos recogido hiedra -se enderezó y se volvió para mirar a Kivrin-. ¿Recordasteis algo cuando visteis el lugar?

– No.

– Bien -sonrió Agnes, apoyándose contra ella-. Ahora tendréis que quedaros con nosotras para siempre.