"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)
CAPÍTULO CINCO. Kathmandú
Una vez en Delhi conseguimos fácilmente pasajes para Kathmandú, a donde viajamos al día siguiente. En el avión, acompañado por dos monjes, iba también un lama que se nos acercó y nos preguntó en inglés si éramos de la Argentina. Ante nuestra respuesta afirmativa nos preguntó si conocíamos a Gerardo, el amigo con quien habíamos viajado a Tashi Yong. Charlamos un rato con él y nos dijo que era del monasterio de Dilgo Khyentse Rinpoché, justamente el lama venido de Bután a quien queríamos visitar en Kathmandú por consejo de Dorsong Rinpoché. Tu-vimos que ubicarnos en nuestros lugares en el avión así es que no volvimos a hablar con él, pero nos sentíamos protegidos al viajar con un lama conocido a un país remoto para nosotros como Nepal.
Llegamos a Kathmandú a las siete de la tarde (once horas de diferencia con la hora de Buenos Aires). Estaba anocheciendo. El aeropuerto era mucho más simpático que el de Delhi y la gente vestía como nosotros, pero tuvimos que soportar el mismo asedio de los que nos ofrecían dinero, hoteles, autos… A veces teníamos que sacarlos de encima a la fuerza. Por fin conseguimos subir a un ómnibus que nos llevó hasta la ciudad y nos dejó a cuatro cuadras del Kathmandú Guest House, el hotel a donde nos habían recomendado ir.
Tomamos un "rikshow-bicicleta" en donde Raquel viajó sentada con las valijas. Yo iba caminando al lado, a veces corriendo y otras empujando, para ayudar al muchachito flaco que pedaleaba. Nos fuimos internando así en el curioso barrio de Tamel, donde las calles eran muy estrechas (apenas podían cruzarse dos autos) y estaban atestadas de gente que ofrecía insistentemente todo tipo de artículos a los transeúntes, llenas de comercios con sus mercaderías colgadas alrededor de las puertas, hacia las veredas (Foto 14). Las calles por las que íbamos eran asfaltadas pero muy sucias, aunque se veía que permanentemente las barrían y mojaban para evitar la tierra. Las veredas muy estrechas. Por todas partes había restaurantes con carteles que decían "cocina limpia" o "las verduras se lavan con agua iodada", para desparasitarlas. La ciudad tenía una simpatía especial y en con-junto parecía un lugar de vacaciones.
En el Kathmandú Guest House no conseguimos alojamiento y tuvimos que recorrer varios hoteles con nuestro rikshow, muertos de miedo porque ya era entrada la noche, hasta que por fin conseguimos, en un hotel muy feo, una habitación que compartimos, para acompañarnos frente a lo desconocido. En el hotel no había comida y nos aconsejaron no salir ya que después de las diez de la noche era peligroso caminar por las calles oscuras. Teníamos tanto hambre que de todas maneras decidimos salir. Después de un largo rato encontramos un restaurante en donde todavía había gente. Todo nos llamaba la atención, parecía que soñábamos, y nos divertíamos. Volvimos al hotel a través de la oscuridad, sin ningún percance. Ya no había nadie afuera, salvo uno que otro rezagado que volvía de su trabajo.
Al día siguiente, con un hermoso sol, salimos a desayunar y conseguimos alojamiento en el Kathmandú Guest House. Era un hotel hermoso. Había pertenecido al rey en una época y mostraba un señorío oriental encantador. En Nepal, una de las artesanías más importantes es la talla en madera, y este hotel lucía de las mejores. Tallas antiguas en las puertas, en las paredes, en los techos, que alternaban con algunos arreglos modernos. Los empleados del hotel, muy amables, se desvivían por atendernos y siempre se quedaban parados junto a uno para recibir alguna propina. Yo tenía una espaciosa suite en la que podía estar muy cómodo y a gusto.
Teníamos que salir a comer fuera del hotel y conocimos así muchos restaurantes de los alrededores, donde desayunábamos o comíamos platos típicos que pronto nos hartaron, así que tuvimos que volver a nuestros alimentos habituales. Yo pretendía mantener mi vegetarianismo pero no siempre me era posible. En algunos restaurantes los mozos y los dueños comenzaron a reconocernos y nos recibían con simpatía. Los nepaleses son gente buena, mucho menos so-metidos que los indios y más amables. Constantemente escuchábamos el tradicional "namasté", el saludo hindú, que pronto aprendimos a usar. "Namasté" es un saludo sagrado al que los extranjeros le fueron dando carácter laico al tratar de imitar a los hindúes. Algo semejante a lo que pasó en nuestras pampas, cuando alguien decía con devoción a modo de saludo: "Ave María Purísima…", el otro contestaba: "Sin pecado concebida…", y a fuerza de usarlas, estas expresiones dejaron de tener el sentido religioso original.
En el primer día nos dedicamos a conocer los alrededores del hotel, los negocios donde vendían cuadros y "tankas" [9] tibetanos, artículos de trecking o para escalar, ropa de cuero o gamuza, y remeras con todo tipo de inscripciones con alusiones budistas o de turismo en el Himalaya, entre los que figuraba en primer término el Everest. Para subir a la más alta montaña del mundo había que pasar indefectiblemente por Kathmandú y por todas partes había oficinas de turismo que organizaban excursiones al Himalaya y a montañas casi tan altas como el Everest. También disponían de navegación con botes de goma por los ríos con rápidos y saltos, white water o rafting, como lo llamaban ellos. También ofrecían safaris en los parques nacionales, donde uno podía aventurarse en la jungla a lomo de elefante para ver tigres, rinocerontes, antílopes, monos y, en los ríos, cocodrilos.
A pesar de que las drogas estaban prohibidas, siempre nos las ofrecían en la calle. También nos indicaban dónde cambiar dólares de modo más ventajoso. Yo cambiaba dólares en los taxis, que parecían casas de cambio rodantes. Si bien en la India todo era muy barato, en Nepal lo era aún más. En la gente predominaba, al revés que en la India, un clima divertido, como solemos encontrar los argentinos al entrar en Brasil, cuando dejamos la tristeza del tango para ponernos a bailar marchiñas y zambas. Los nepaleses se parecen a los brasileños y los turistas estábamos encantados con ellos. Y ellos sabían sacar provecho de esta situación logrando vendernos lo que no teníamos intención de comprar, sin hacernos sentir mal.
Hablan el nepalés, un idioma bastante parecido al hindi de la India. El alfabeto es el mismo, el sánscrito, quizá modernizado. Sólo los que han hecho el secundario hablan inglés, que es el idioma oficial. En cambio, la mayoría de la gente lo "chapucea" para entender-se con los turistas y ofrecerles cosas. Era muy difícil entablar una conversación larga con alguien y menos pretender hablar de filosofía o religión. Todo parecía hecho para nosotros, lo único difícil era enterarnos de cosas serias.
La mayoría de los nepaleses son hindúes o budistas (Foto 15). El rey es hindú. Existe el budismo nepalés, que es bastante diferente del tibetano y a veces hasta se confunde con el hinduismo. Toda la ciudad de Kathmandú está llena de templos y templetes hindúes y budistas mezclados, hasta el punto de que a veces resulta difícil diferenciarlos. Kathmandú parece un museo al aire libre.
Nepal es tradicionalmente un país donde el budismo floreció a la par del hinduismo: Sidharta Gautama, el Buda, nació en lo que es actualmente Nepal, seiscientos años antes de Jesús. De hecho, en el Tíbet el budismo entró desde Nepal y la China, gracias a que un poderoso emperador tibetano, Songtsen Gampo, para consolidar su amistad con esos poderosos países vecinos, aceptó de la China y de Nepal, en el año 640, el ofrecimiento de matrimonio con una princesa de cada uno de esos países. Se casó con ambas y como eran budistas, entre las dos convencieron al soberano para que introdujera su religión en el Tíbet. La princesa china llevó de su país una magnífica estatua del Buda Shakyamuni, nombre chino de Sidharta Gautama (en tibetano Sangye), que recibió de su padre como parte de la dote. Esta estatua, que dicen fue hecha por un artista nepalés en la época del mismo Buda, todavía se conserva con el nombre de Jowo ("el Magnífico", "Señor", "Noble", "Venerable") en el monasterio Jokhangde Lhasa, Tíbet. La otra esposa, la nepalés, trajo la imagen del Buda Akshobhya como regalo de boda de su padre y también la conservan en el mismo monasterio.
Hay muchos refugiados tibetanos en distintas partes de Kathmandú, casi todos dedicados al arte y a la artesanía religiosa, o al comercio de estas artesanías. Conviven muy bien con los nepaleses, pero en general están concentrados en pequeñas comunidades. Los monjes y lamas se han ubicado principalmente en un barrio llamado Boudhanat, en donde hay una enorme stupa y una cantidad de monasterios y templos tibetanos esparcidos entre las casas de los habitantes de ese barrio. Hacia allí fuimos con Raquel lo más pronto que pudimos. Llegamos en un taxi, después de atravesar toda la ciudad, pasando por delante del palacio real y de la cancha de fútbol.
La vida de Boudhanat se concentra principalmente alrededor de esa enorme stupa construida alrededor del 1100 (Foto 16). Como todas las stupas, es un monumento funerario, en este caso en homenaje al Buda Shakyamuni, y dicen que dentro hay reliquias de él, incluso huesos o vestimentas. El monumento es enorme. Tiene una base cuadrangular de una hectárea, sobre la cual hay cuatro plataformas cuadradas sucesivamente más chicas, escalonadas, con adornos, estatuas y cilindros rotatorios para oraciones en las paredes. Cada plataforma se conecta con la superior por escaleras ubicadas en los cuatro puntos cardinales. Encima del último cuadrado hay una semiesfera enorme sobre la cual continúan las plataformas cuadradas, cada vez más chicas, inaccesibles, como una llama. Termina en una alta torre cuadrada, sobre la cual se ve la tradicional insignia budista: una media luna con un sol encima.
Cada parte de la stupa tiene un significado simbólico referido a los cinco elementos. Las plataformas cuadradas representan la Tie rra; la semiesfera semeja una gota de Agua; la serie alargada de plataformas cada vez más chicas simboliza el Fuego; la torre de encima, el Aire, y la media luna y el sol, la Energía.
En los cuatro costados de la torre están pintados los ojos del Buda, símbolo de Kathmandú, que representan a "Aquel que mira a los seres con ojos compasivos". Toda la stupa está adornada con banderines de colores y sobre las plataformas hay estatuas, budistas e hindúes. La gente sube a las plataformas y camina por ellas repitiendo mantras y oraciones, como un rito religioso.
Otros dan vueltas abajo, por la vereda que rodea el monumento, haciendo girar con la mano los cilindros de oraciones, de metal y de unos sesenta centímetros de altura, verticales, colocados en fila, uno al lado de otro, a lo largo de la pared. En la cara externa de los cilindros hay diferentes mantras escritos en tibetano, en relieve. Los fieles daban vueltas alrededor de la stupa haciendo girar cada uno de los ciento ocho cilindros. Esta ceremonia me producía rechazo ya que me parecía propia de fanáticos.
Los más religiosos subían a las plataformas y caminaban en los diferentes niveles. A medida que ascendía, uno se iba alejando del ruido de la calle, y al llegar a las plataformas más altas aparecían a la vista las partes alejadas de la ciudad, los campos sembrados y el aeropuerto, a unos kilómetros de distancia. Era corno apartarse de a poco del samsara, que quedaba abajo con los mercaderes de la calle.
Alrededor de la stupa hay una calle empedrada por la que pueden circular autos, bicicletas, vacas y gente (Foto 17). Sobre esa calle, frente a la stupa, hay pintorescos negocios, casi todos relacionados con el budismo. También hay algunos templos de colores vistosos y de forma chinesca. Varias calles estrechas salen en todas direcciones, de tierra y barro. Hay también muchos basurales; la gente amontona la basura, que se recoge con camiones una vez por semana. Entretanto, hay que convivir con ella, alternado con lo sagrado.
Por una de esas callecitas encontramos un baño público al aire libre, sin techo, en donde las mujeres lavaban la ropa y se bañaban medio desnudas o bañaban a sus hijitos, todo al aire libre, aprovechando el sol (Foto 18). Continuando por esa calle llegamos a un imponente monasterio, rodeado por una muralla amarilla con gran-des puertas que daban acceso a un patio central, al igual que en Tashi Yong. En el medio del patio, un alto mástil, y al fondo, la Gompa. Cuando entramos por primera vez en el templo había muchos monjes en una puya, con mantos de color bordó y gorros amarillos puntiagudos (Foto 19). Nos sentamos cerca de una de las paredes en donde había otra gente, tibetanos la mayoría. Desde allí asistimos a una ceremonia más o menos parecida a las que ya habíamos estado antes, pero mucho más impresionante ya que los monjes eran más numerosos y el templo más grande que los anteriores. Meditamos mientras los monjes leían sus textos y repetían mantras al son de instrumentos musicales.
Al final, mientras la gente salía de la Gompa, nos acercamos a un lama con cara de occidental que resultó ser francés, el lama Mathieu. Hacía muchos años que vivía en ese monasterio. Nos contó que Dilgo Khyentse Rinpoché no estaba allí en ese momento pero que tendríamos oportunidad de conocerlo más tarde. Se nos acercó después una lama francesa [10] quien al saber que veníamos de Tashi Yong llamó a una monja holandesa que había vivido en ese monasterio. Resultó ser la dueña de la casita que estaba cerrada al lado de la nuestra en Tashi Yong.
Raquel se fue con la monja, y yo me quedé observando el templo vacío, asombrado por las pinturas de las paredes y por las enormes estatuas del Buda, de Maitreya y de Tara que estaban expuestas dentro de grandes vitrinas. Luego me senté junto a ellas, meditando con los ojos abiertos y mirando las estatuas, emocionado por tantas cosas hermosas. De pronto se abrió la puerta con estrépito y entró un grupo de monjes llevando casi en andas a un enorme lama. Sin duda era Dilgo Khyentse, que apenas podía caminar. Sus piernas no lo sostenían. Era un hombre muy corpulento, de más de dos metros de altura, gordo y con el torso desnudo, que vestía sólo una pollera bordó como las que usan los lamas. Cuando pasó por donde yo estaba me miró y no tuve tiempo de ponerme de pie. Entre los monjes venía el lama que habíamos encontrado en el avión.
Dilgo Khyentse Rinpoché era imponente. Recordé que el lama Dorsong me había explicado que era considerado con la evolución de un Buda. Tenía realizado el Turno (el fuego interno) y llevaba siempre el torso desnudo, en verano y en invierno, porque no necesitaba abrigo. Más tarde me enteré que uno de los signos de los que llegan a ese nivel de evolución es que no pueden tolerar ropa encima de su torso. Cuando se ponen algo sobre los hombros se les resbala y cae, porque la ropa flota sin tocar su piel. Al día siguiente, cuando lo volví a ver en una puya, dos monjes estaban siempre al lado de su trono para sostenerle el manto cuando era necesario con motivo de la ceremonia. Luego, cuando se la soltaban, se le caía de los hombros… (Foto 20).
Fui varias veces a verlo al templo con Raquel, pero solamente era posible acercarnos junto con los otros laicos para recibir su bendición, ofreciéndole una cata que él tomaba y nos la colocaba sobre el cuello. Me impresionaba mucho acercarme a él. Su mirada era casi aterradora, compasiva, pero tremendamente fuerte y penetrante. No podía sentir otra cosa que temor y una gran reverencia; a pesar de que intenté percibir su santidad no podía lograrlo. Él miraba fuertemente a los ojos del que se le acercaba y enseguida pasaba a mirar al próximo. A mí me parecía inalcanzable y continuaba sintiendo miedo, como un chico asustado frente a un superior distante (Foto 21).
Hicimos muchos intentos para acercarnos a los otros lamas del monasterio, pero estaban todos muy ocupados con la presencia no habitual de Dilgo Khyentse. El lama Mathieu era su secretario priva-do mientras estuviese en Kathmandú, de modo que era imposible hablar con él para pedirle consejos de qué hacer en el monasterio. Teníamos que contentarnos con ver al gran lama presidir las puyas, sentado en lo alto de su trono. Raquel se animó a acercarse y sacarle fotos, en cambio yo no me atrevía y me quedaba sentado lejos. Todos los días volvía frustrado al hotel, con la sensación de estar perdiendo el tiempo y de que debería estar haciendo otra cosa. En realidad mi orgullo no toleraba no poder contactarme con el gran Dilgo Khyentse directamente. Además, quería recibir enseñanzas de algún otro lama y no sabía cómo lograrlo. En las paredes de la entrada de nuestro hotel había algunos carteles anunciando clases de budismo y retiros que uno podía realizar, pero yo sabía que nada de eso era lo que había ido a buscar en la ciudad de los lamas.
Cada vez estaba más enojado. Raquel me decía que era suficiente con estar cerca de los grandes maestros, a quienes no podríamos ver en Buenos Aires. Pero no me convencía. Me acerqué un día al lama que habíamos encontrado en el avión y le pregunté directa-mente a quién podía pedirle enseñanzas y guía en el budismo, contando que ya había recibido refugio (bautismo budista) y varias iniciaciones en Buenos Aires. Él y todos los lamas de ese monasterio estaban demasiado ocupados con la visita de Dilgo Khyentse, de modo que no podía buscar enseñanzas allí, así que me dio el nombre de un lama en otro monasterio a pocas cuadras.
Fui entonces a ver a Chürki Nema Rinpoché, quien me recibió en su cámara. Parecía un lama importante. Después me enteré que era el dueño y el abad de ese monasterio. Pero tampoco me prestó mucha atención. Me explicó que su madre estaba muy enferma, con cáncer, y que se esperaba que muriese de un momento a otro. Por el momento no estaba en condiciones de atenderme ni de enseñarme nada. Me dio, sin embargo, unos poemas en inglés que había escrito, para que los leyera con atención puesto que sobre ellos me enseñaría más adelante. Me dijo que volviera la semana siguiente. Salí descontento, con una fea impresión, a pesar de que podía comprender la situación por la que estaba pasando. Era otra frustración más.
Comencé a pelearme con Raquel por estupideces, como chicos, y como ella me veía tan preocupado y descontento con lo que habíamos hecho hasta el momento en Kathmandú, me hizo ver que en realidad no estaba cumpliendo con mi propósito original de llegar hasta el Tíbet. Según ella tendría que buscar la forma de ir desde donde estábamos, ya que Kathmandú era el paso obligado en dirección a Lhasa.
Se prendió de nuevo dentro de mí la chispa original del viaje. Cuando uno entra en ansiedad cae indefectiblemente en confusión y ya a esa altura, la misma meditación en los monasterios no me traía la paz de antes. Comencé a pensar de nuevo cómo hacer ese viaje soñado al Tíbet. Un día el lama Mathieu nos hizo pasar a una entrevista a solas con el lama Dilgo Khyentse. Mathieu haría de traductor. Entré en la cámara del lama, me arrodillé ante él y después de recibir su bendición le expliqué de manera apresurada y muy confusa que mi interés de ir al Tíbet se debía a la seguridad de haber estado allí en otra vida. Me contestó, sonriendo, que debía realizar ese viaje porque era importante para mí, pero que no me olvidara que haría mi verdadero trabajo espiritual en esta vida y en mi propio país. Fue una res-puesta concreta y terminante. Pero no se opuso a mi viaje. Salí más confundido que antes. La entrevista con él había sido muy corta y, como siempre, temblé de miedo ante él.
Al salir, el lama Mathieu me aconsejó que fuera a ver a una señora francesa amiga de él, cuyo marido tenía una empresa de turismo que organizaba viajes al Tíbet. Fui de inmediato a buscar a madame Nicolle en su agencia de viajes. No la encontré allí y me explicaron que su marido estaba en el Tíbet en ese momento y no vendría hasta después de cinco días. Me dieron la dirección particular de madame Nicolle. Vivía justamente en Boudhanat, cerca del monasterio a don-de íbamos todos los días. Fui a verla y después de una hora de esperarla en su casa me comentó, para mi desilusión, que era muy difícil viajar al Tíbet porque había que mandar el pasaporte a China, lo que tardaba por lo menos un mes. De esto se ocupaba su marido. Me recomendó que fuera a buscarlo a la oficina la semana siguiente y que no perdiera el tiempo haciendo más averiguaciones.
Cansado, decidí alejarme de Kathmandú unos días y acceder a un ofrecimiento que siempre me hacía el encargado de una oficina de turismo que tenía su escritorio en el hall del hotel. Decidí ir a visitar un parque nacional de Nepal en donde había reservas de jungla y de animales salvajes. Cuando estaba concretando la excursión con él vi, sorprendido, un cartel debajo del vidrio de su escritorio que decía en alemán: "El Tíbet ha dejado de ser un sueño para usted. Pregunte aquí". Sin comprender por qué no lo había visto antes, le pedí informes. Ellos organizaban grupos de turistas para entrar juntos al Tíbet, puesto que los chinos no permitían el acceso individualmente. Agregó que conseguían visa para el conjunto y que en diez días podría salir con un grupo hacia allí.
Me acompañó a la oficina central. Pertenecía a un tibetano que me dio las explicaciones necesarias. Todo parecía fácil: tenía que darle mi pasaporte y estaría en condiciones de incorporarme al grupo que salía el 13 de abril. La excursión completa duraba siete días y costaba ochocientos dólares, que incluían la ida en un pequeño ómnibus, la vuelta desde Lhasa en un avión chino, la estadía y la comida en todos los hoteles de las ciudades por las que pasaríamos hasta llegar a Lhasa, la capital.
Volví al hotel entusiasmado y le conté a Raquel las novedades. En dos días me iría al Parque Nacional de Chitwan y ¡en diez días me iría al Tíbet! Nos despediríamos al día siguiente porque ella volvería a Tashi Yong, para quedarse en retiro con el lama Dorsong.
Con Raquel solíamos ir a almorzar a un restaurante llamado Stupa View, justamente frente a la gran stupa. Allí iban muchos occidentales a charlar, como nosotros, después de visitar los monasterios. En mi último día en Boudhanat fui al restaurante solo. Allí escuché a un señor hablar algunas palabras en castellano. Me acerqué y le pregunté de dónde venía. Era chileno y trabajaba en la embajada de su país en Delhi, India. Se puso contento de encontrar a un argentino y nos quedamos charlando un rato.
Le comenté lo feliz que había estado al comienzo de mi visita a Kathmandú y lo frustrado que me sentía ahora. Era como si se me hubieran cerrado las puertas, a diferencia de antes, cuando todo me salía bien y sin ningún esfuerzo de mi parte. Él me recordó algo que ya había escuchado en otra oportunidad: en la India y en Nepal uno se encuentra con uno mismo y todo lo que le pasa, en realidad sale de uno, con mucha fuerza y con un significado trascendente. Sólo hay que descubrir este significado. De todos modos, me dio la dirección de una amiga chilena que hacía mucho vivía en la ciudad y que estaba en contacto con los monasterios y los lamas. Quizás ella podría orientarme.
Se lo agradecí muchísimo y esa noche llamé a su amiga por teléfono desde el hotel. Paula me atendió con amabilidad. Hacía once años que vivía allí. Encantada me ayudaría. Por supuesto, me habló del lama Dilgo Khyentse y me comentó que ella iba a diario a verlo en el monasterio. Podríamos ir juntos y me ayudaría a conectarme más con él. Le conté que había contratado ya una excursión al Parque Nacional de Chitwan para la mañana siguiente, de modo que no podríamos encontrarnos todavía, pero le prometí que en cuanto volviera la llamaría de nuevo para combinar un encuentro.
A la mañana siguiente, muy temprano, me vino a buscar un empleado de la oficina de turismo. Raquel dormía de modo que no pude despedirme de ella. Y me encontré de pronto haciendo turismo en Nepal, en un ómnibus para turistas, muy viejo y feo, lleno de gente. Fue un viaje muy largo y muy lento. Hicimos sólo doscientos catorce kilómetros en nueve horas, pero por un hermoso camino entre las montañas y bordean-do un caudaloso río. No voy a contar los detalles, pero sí quiero referir algunas generalidades de la estadía en Chitwan. A ocho de las personas que íbamos en el ómnibus nos tenían destinado un jeep grande, con el que nos transportaron a la reserva indígena del Parque Nacional. Nos alojaron en una típica posada de la zona, con chozas con techo de paja, al estilo de las indígenas del lugar. Me hice amigo de los siete turistas, todos de distintas procedencias. ¡Una de las chicas se llamaba Tara, como mi Yidam! Mi compañero de habitación era un australiano, Ron, con quien puse a prueba mi inglés.
En Chitwan recorrimos los alrededores, visitamos los villorrios de los indígenas, nos internamos en la jungla a pie y a lomo de elefantes, y vimos muy de cerca, al lado nuestro, a varios rinocerontes, jabalíes, y cocodrilos (Foto 22). Lástima que no pudimos encontrarnos con ningún tigre, muy mentados por su tamaño y belleza. Me maravilló la forma digna en que vivían los indígenas. Tenían chozas con techo de paja y sin ventanas, según ellos para que no entraran los espíritus maléficos, según los blancos para que no entraran los mosquitos y evitar de esa manera el paludismo. Todas las chozas y sus alrededores eran limpios y no como en Kathmandú, en donde predominaban los basurales. Todo era limpio y agradable.
Volví a los tres días, antes que mis compañeros, para poder hacer las últimas diligencias para mi viaje al Tíbet. Tuve que tomar un ómnibus de línea qué paraba en todos los pueblos; viajé sentado en el último asiento con siete personas más, durante doce horas y con una enorme rueda de auxilio en el suelo, a mis pies, sobre la que iban sentadas otras cuatro personas.
En total fue una experiencia inolvidable. Además de la belleza del lugar y la sorpresa del contacto con animales que habitualmente vemos tras las rejas de un zoológico, sentí que me había hecho bien ir solo, esta vez sin Raquel, puesto que tuve que arreglármelas con mis propias posibilidades. A pesar de que Raquel había sido siempre una compañera maravillosa, que estaba enterada de todo y me ayudaba a conectarme con lo que pasaba alrededor nuestro, terminé este viaje al Parque Nacional sintiéndome más equilibrado y con una fuerza interior desconocida. Estaba más en contacto conmigo mismo.
La noche que volví llamé de nuevo a Paula y tuvimos una charla sobre cómo acercarme a los lamas. "Todos los occidentales que estamos aquí", me dijo, "nos reunimos a las dos de la tarde en una sala al lado de uno de los templos del monasterio en donde Dilgo Khyentse Rinpoché dirige una puya a esa hora. Tú sólo tienes que sentarte con los otros y meditar. Practicamos con esto lo que suele llamarse `Guru yoga', que consiste sólo en estar en las cercanías del maestro para recibir su influencia benéfica. Como hacen las 'guaguas' con sus madres. Sólo necesitas estar a su lado. Mientras meditas, piensa que te unes a él y pregúntale mentalmente lo que necesites saber y seguramente te aparecerán respuestas". Para encontrarnos nos describimos mutuamente.
A la mañana siguiente, a fin de moverme con más independencia, en lugar de tomar un taxi para ir al monasterio de Boudhanat me alquilé una bicicleta, lo que me permitió además conocer mejor la ciudad. Decidí no ir directamente al monasterio como de costumbre y me acerqué a otro monasterio para visitar al lama Thrangu Rinpoché, aquel con quien había hecho en Buenos Aires el retiro de meditación cuando me apareció el mandato de ir al Tíbet. La conversación con Paula me había devuelto la confianza y me pareció que podía ser auspicioso buscar a ese lama antes de emprender mi viaje al Tíbet. Cuando llegué me encontré con la sorpresa de que Thrangu Rinpoché estaba de viaje, pero me hizo bien estar en su monasterio. Los lamas viajan mucho a dar enseñanzas, a donde los invitan. De esa manera fueron llegando también a la Argentina, invitados por las instituciones budistas de Buenos Aires y así los había ido conociendo. Los lamas no cobran por sus enseñanzas pero hay que costearles el viaje y la estadía.
Me dediqué entonces a visitar los negocios de los alrededores de la stupa y quedé maravillado de la cantidad de artesanías tibetanas que había a la venta, especialmente estatuas, pinturas de las divinidades tibetanas en tela, llamadas "tankas". Es asombroso el caudal de artistas y artesanos que producen Nepal y Tíbet.
A mediodía fui a comer al Stupa View y desde mi mesa vi entrar a un monje con evidente aspecto europeo que se puso a conversar con el dueño, junto a la caja. Me acerqué y le pregunté en inglés de qué país venía él. Era italiano y vivía desde hacía ocho años en Kathmandú. Se había formado como lama y residía ahora en un monasterio a una cuadra de la stupa. Cuando supo que yo era argentino se quedó sor-prendido y en castellano me contó que había vivido muchos años en Buenos Aires y que conocía a muchos de mis amigos. Nos fuimos a la terraza del restaurante para estar más tranquilos y conversamos más de una hora bajo el tibio sol de primavera.
Le conté sobre mi desilusión al no haber podido acercarme a los lamas, y me contestó que ellos allí practicaban Guru yoga, lo mismo que me había dicho Paula por teléfono. Me volvió a explicar en qué consistía la práctica de Guru yoga: sólo había que estar bajo el aura del maestro. A Dilgo Khyentse Rinpoché lo consideraban el más alto lama del momento y todos querían estar cerca de él. El jueves 11 de abril regresaría a Bután, por lo cual yo no iba a conseguir nada de ningún otro lama en ese momento. Debía hacer lo que ya estaba haciendo: ir a verlo, meditar cerca de él y nada más. Eso era suficiente.
Después me comentó que necesitaba mis servicios profesionales puesto que le gustaría iniciar una terapia homeopática. Le propuse que nos encontráramos al día siguiente para estudiarlo y buscarle su remedio. Fuimos después a su monasterio y me mostró su dormitorio. Era una pieza chica, muy modesta, con una gran biblioteca re-vuelta, llena de libros en inglés, italiano, francés y tibetano. Tenía una computadora con la que escribía y hacía sus traducciones. Me mostró un libro de Dilgo Khyentse, que se llamaba The Wish-Fulfilling Jewell ("La joya que satisface todos los deseos"), que, precisamente, trataba sobre Guru yoga, y me recomendó que lo comprara.
"En esencia", me decía el lama italiano, "es lo mismo que podría hacer cualquier religioso. Cuando el cristiano se arrodilla frente a la imagen de Jesús y le pide que se instale en su corazón para bendecirlo y ayudarlo, está haciendo Guru yoga. Siéntate frente a Su Santidad, Dilgo Khyentse Rinpoché, y medita hablándole desde tu corazón. Dile que tu mente y la de él están en el mismo nivel de comprensión y que te ayude a iluminarte ya, en este mismo momento".
Me dio algunas otras explicaciones de cómo debía proceder con el lama y sentí que por fin alguien con autoridad me estaba orientando. Al mismo tiempo le confesé lo altanero que había estado y lo absurdo de mi pretensión de querer llegar a la mente de ese gran lama. "Estás equivoca-do", me volvió a repetir Stefano (el lama Chang Chup), "en Guru yoga uno debe sentirse a la misma altura del maestro para poder recibir de él directamente la iluminación, como si uno estuviera frente al Buda mismo. Pídele internamente que te dé en este preciso momento la posibilidad de entrar en el nirvana, que te abra la mente y el corazón para que en un instante todo te sea claro y puedas tener `la realización' de tu propia mente. Si lo haces con devoción, lo lograrás".
A las dos menos cuarto fui a encontrarme con Paula para practicar Guru yoga frente al lama Dilgo Khyentse Rinpoché. ¿Por qué no me habían explicado esto del Guru yoga los otros lamas? En realidad, Raquel me lo había dicho con claridad poco antes de nuestra despedida, pero no solemos creerles a los que están en nuestro mismo nivel. Sin embargo, el lama Chang Chup decía que tenía que sentir al Maestro a mi misma altura mental: "que mi mente y la de él sean una sola".
Esto nos resulta difícil de comprender a los formados en el cristianismo, para quienes la minusvalía es la actitud, neurótica por cierto, de acercamiento a la religión. El mismo Buda decía a sus discípulos que no creyeran en lo que él enseñaba hasta que lo pudieran comprobar con la experiencia personal. En el mismo sentido, Buda decía que los eruditos que no practicaban lo que sabían eran como "burros cargados de libros". También Einstein solía decir que "el verdadero conocimiento lo da la experiencia. Todo lo demás es información".
Cuando estuvo en Buenos Aires, Thrangu Rinpoché, nos dio enseñanzas sobre Mahamudra, una práctica superior de meditación. Al comienzo nos subrayó la importancia de la devoción al Maestro que tenemos en frente, es decir el que nos está enseñando. Y ante nuestra sorpresa nos decía que así, nuestro lama era más importante que el Buda mismo. Porque lo teníamos allí, para preguntarle, para enseñarnos la práctica y responder a nuestras dudas.
"Desde este punto de vista", decía, "si el Buda es importante, más lo son sus enseñanzas escritas por sus discípulos hace dos mil seiscientos años, porque las podemos leer ahora. Más importante aun son los comentarios que los grandes maestros han hecho sobre esas enseñanzas, porque las han puesto a nuestra altura de comprensión. Pero mucho más importante para nuestra formación es la presencia de un lama o maestro que nos enseñe y corrija nuestras equivocaciones. Lo que aprendamos debe estar a nuestra altura de comprensión, a la altura de nuestra mente". Se dice que el Buda siempre contestaba las preguntas de quienes lo rodeaban de modo diferente, de acuerdo al desarrollo espiritual que la persona hubiera alcanzado.
Por otra parte, una religión nos debe enseñar lo adecuado para nuestro comportamiento diario: "La espiritualidad no se ve en el templo ni en la gruta de la montaña sino en nuestra acción en la vida, la de todos los días", me había dicho una vez mi Maestro durante una meditación.
Por eso siempre me impresionaron tanto los escritos del jesuita Carlos Vallés, porque habla de Dios y de Jesús como de alguien conocido directamente. Él cuenta que en su juventud un compañero de devoción le dijo una vez: "Te vi sonreír al sagrario en la capilla". "Yo me sonrojé", comenta Vallés. "Era verdad que lo había hecho, y el verme descubierto hizo subir el rubor a mis mejillas. No es que me diera vergüenza; al contrario, me alegraba en el fondo de que mi intimidad con Jesús tuviera un testigo amigo. Sí, yo había ido a la capilla, había hablado con Jesús, había disfrutado con su compañía, tanto que el gozo interno se me había asomado al exterior, y la alegría del corazón se me hizo sonrisa en los labios. El descubrimiento de la persona de Jesús, el calor de su amistad, la realidad de su presencia, la majestad de su divinidad y la simpatía humana de su trato forma-ron una realidad enorme en mi vida. Sería una actitud todo lo antropomórfica que se quiera, inocente, acrítica, elemental; pero la fuerza y el calor del sentimiento de amistad personal con Jesús es una experiencia tan intensa y real que sin ella no podría entender mi vida".
Y cuenta después una anécdota del padre Rubio, uno de sus maestros: "Cuando fue a tomar un tren, al pedir el pasaje dijo sin pensar: `Dos para…'. Luego se corrigió a tiempo y añadió con rubor de persona distraída: `Perdone, uno solo'. La presencia a su lado del eterno Amigo era tan real para él que tenía que sacarle el boleto también a Jesús. Su fe era tan real que casi le hace pagar el doble".
A las dos entré en la sala de los occidentales. Paula me reconoció enseguida y me hizo señas para que me sentara en el suelo junto a ella. Era una mujer joven, linda y de hermosa sonrisa "a la chilena".
Cuchicheando me explicó más o menos lo mismo sobre la forma de meditar. Así lo hice y por primera vez sentí con el corazón a ese gran lama que en la otra habitación, frente a los monjes, presidía, inmutable, la ceremonia.
Después de unos minutos de meditación comencé a percibir en mi mente algunas explicaciones e indicaciones muy precisas y tremendamente detalladas que, obviamente, no reproduciré en su totalidad aquí. Se referían principalmente al objetivo de mi viaje al Tíbet: allí debía tomar energía y llevarla a Buenos Aires para poner mi granito de arena en el movimiento mundial de transferencia de energía a América. En ese período previo en Kathmandú estaba limpiando mis centros y mis líneas de energía para poder cumplir con el objetivo de ese viaje. Por ese motivo los días anteriores habían sido tan difíciles emocionalmente para mí, pero ésas serían "las últimas conexiones con el sufrimiento relacionado con mi karma". (Esto último lo comprendí recién al día siguiente, en mi cumpleaños, cuando entendí la relación del karma con los ciclos de nuestra vida.)
Tuve también algunas indicaciones claras sobre mis actividades en mi instituto de Buenos Aires, en donde debía trabajar más conscientemente sobre la energía y el sexo de acuerdo a la visión del budismo. Se referían especialmente a que mi trabajo estaba relacionado con el Tantra yoga, el "yoga de la energía" y no sólo el yoga del sexo, como suele creerse. Pero el sexo está incluido en él. En el Vajrayana, una de las ramas del budismo, se trabaja principalmente con el Tantra yoga para la movilización y vehiculización de la energía, y lo relacionan muy particularmente con la sexualidad. Tenía que informarme más sobre este tema porque ése sería mi trabajo para los próximos años.
También recibí indicaciones sobre las clases de meditación que daba en Buenos Aires a fin de aplicar mejor en ellas los conocimientos que ya tenía sobre el budismo y las diversas técnicas de meditación tibetanas.
Finalmente, sentí con claridad que tenía que abocarme a escribir un libro sobre mis experiencias en la India, Nepal y Tíbet para divulgación del budismo y terminar otro libro sobre la Gimnasia de Centros de Energía y yoga que ya llevaba años en preparación.
Aprendí también en ese momento una forma diferente de meditación repitiendo el mantra de Tara, siguiendo mentalmente la música con la que acompañaban la puya y visualizando la figura de Tara. Esto último me resulto realmente una revelación porque me fue de gran utilidad posteriormente.
Quedé sorprendido de estas percepciones pero me limité a escribirlas allí mismo en mi agenda y seguí meditando.
Cuando terminamos la meditación Paula me invitó a su casa. Me alegré de haber conocido a alguien que viviera allí. Hasta entonces sólo había visto las casas desde afuera y, excepto el lama italiano, sólo había compartido mi tiempo con occidentales turistas. Me resultaba muy importante conocer cómo vivía la gente de allí su vida de todos los días. Paula tenía una casa preciosa, muy diferente por dentro de lo que se podía esperar viéndola desde afuera, como sucede con la mayoría de las casas de Kathmandú. Tenía muebles artísticos, tallados por artesanos nepaleses. Las sillas y los sillones tenían respaldo pero no patas, de modo que uno se sentaba a la altura del suelo, a la usanza del lugar. Había muchas imágenes y estatuillas tibetanas, lo que mostraba su inmersión en el budismo.
Nos pusimos a charlar como viejos amigos que no se hubiesen visto desde hacía mucho. Me contó de su vida, de cómo llegó a Kathmandú, sobre su marido alemán, sobre sus hijos, sobre su acercamiento a los lamas y me explicó el significado de la gran stupa de Khatmandú, que ya comenté al comienzo de este capítulo.
Por mi parte, le conté cosas de mi vida y le relaté alguna de mis experiencias en terapia de vidas pasadas, mis actividades como médico en Buenos Aires y acerca de nuestro instituto de Gimnasia de Centros de Energía. Se interesó mucho en la terapia de vidas pasadas y convinimos en que antes de mi partida intentaría hacer con ella una regresión. Quedamos en que al día siguiente nos encontraríamos de nuevo para meditar en presencia del lama. Ese día iba a ser muy importante para mí: cumpliría 60 años.
En el día de mi cumpleaños me levanté muy contento y lleno de energías. Hice asanas como de costumbre y medité antes de salir. Después de desayunar en una linda terraza frente al hotel me fui en taxi a Boudhanat. Me detuve en un templo tibetano frente a la stupa: Paula mehabía dicho que allí había una gran estatua de Maitreya, sentado en un sillón, a la usanza occidental. Era hermosa, enorme, majestuosa. Irradiaba bondad y armonía. Me quedé largo rato frente a él y hasta tenía la sensación de que hablaba. Fue la primera vez que tuve conciencia de que Maitreya era mi Maestro cuando yo meditaba. No me lo podía explicar, pero tenía la impresión de que todo lo recibía de él, de que su presencia me era familiar, que nos conocíamos desde hacía mucho. Recordé entonces lo que me había dicho el lama de mi viaje astral que narré en el primer capítulo: que él, mi Maestro, era como un espejo que enfoca los rayos del sol sobre alguien. Los rayos de un ser superior llegan a nosotros a través de una serie de Maestros. Los tibetanos simbolizan esta idea visualizando encima de la cabeza de uno, durante la meditación, una serie de deidades o Maestros apilados, colocando por encima de todo, la figura de un Buda. Algunas esculturas tienen muchas cabezas encimadas, como la de Chenrezig, con once cabezas y el Buda Amitaba (el Buda del amor y la compasión) en la cúspide.
Después de un nuevo encuentro con el lama italiano Chang Chup, a quien agradecí sus instrucciones para el Guru yoga del día anterior, fui a reunirme con Paula para meditar con Dilgo Khyentse. Pero nos enteramos que en ese día no se realizaría la puya. El lama bendeciría ocho pequeñas stupas recientemente construidas en el monasterio, alineadas fuera de la Gompa.
Lo trajeron en una silla con manijas para portarla, una litera, y realizó frente a las stupas una ceremonia y las bendijo. Después bendijo a todos los presentes. Yo estuve todo el tiempo a metro y medio de él y sentí que el día de mi cumpleaños era mucho más importante de lo esperado, por no haber sospechado siquiera que una dignidad tan alta, como el lama Dilgo Khyentse Rinpoché, me bendijera cuan-do yo completaba cinco vueltas al calendario tibetano (que es el mismo que el chino) y volvía al signo de "cabra de metal", como el signo en el que había nacido. En este calendario, cada año tiene el nombre de un animal que vuelve a repetirse a los doce años. Cada ciclo de doce años lleva junto al nombre del animal el agregado de uno de los cinco elementos, según los chinos (fuego, agua, tierra, aire y metal o energía). Al completar los sesenta años vuelve a repetirse la serie con un nuevo complemento simbolizado por un adjetivo. Yo nací en el año de la "cabra de metal menor". Y para los tibetanos, ese año 1991 era festejado como el "año de Tara Verde", protectora del Tíbet.
Se dice que al volver uno al signo de nacimiento se termina el período de vida basado en el karma de vidas anteriores y comienza el último ciclo, en el que uno puede construir libremente su vida por sí mismo, sin estar afectado por las vidas pasadas. Lo que queda de karma se seguirá cumpliendo en las próximas encarnaciones. Según eso, yo sería ahora responsable de lo que me quedaba por vivir en esta vida actual. No salía de mi asombro. En ese momento se me estaba dando todo lo maravilloso no esperado: cumplí 60 años en Kathmandú, bendecido por un Buda viviente, a tres días de partir hacia el Tíbet, en el "año de la cabra" (mi signo), en el "año de Tara" (mi Yidam) y en el "año del Tíbet" (como lo había proclamado el Dalai Lama cuando recibió el Premio Nobel de la Paz en el año 1990).
Al otro día, todavía impresionado por la extraña manera de pasar mi cumpleaños, me levanté temprano, hice gimnasia, tomé mi desayuno en la terraza asoleada y fui directamente a buscar al lama Chang Chup para estudiarlo homeopáticamente, pero no lo encontré. Después encontré una nota de él en mi hotel para disculparse. No lo volví a ver.
Fui entonces a casa de Paula para hacerle una regresión a vidas pasadas, como habíamos convenido, y después de preparar todo para que nada nos molestara, nos instalamos en una habitación en el piso superior de su casa, que usaba como refugio y lugar de estudio y meditación. Tenía un altar, muchas imágenes y estatuas budistas y una terraza desde donde, en vista panorámica, se dominaba toda la ciudad: se veía la stupa, el aeropuerto, los techos dorados de los monasterios de los alrededores y el Himalaya con sus nieves. Allí realizamos la regresión. Nos llevó tres horas y media. Fue muy intensa y tremendamente movilizante para ella.
Después comimos algo en el mismo lugar, comentando lo ocurrido en la regresión. Antes de llevarme al hotel dimos varias vueltas a la stupa, ya entrada la noche. Nunca la había visto de noche. El lugar tenía un encanto particular, lleno de misticismo y misterio. Lascasas de los alrededores tenían las puertas cerradas y se veía luz adentro. Todo parecía comenzar a dormirse alrededor de la stupa. Muy poca gente por las calles. Algunos, como nosotros, giraban en torno al monumento recitando mantras.
En la víspera de mi salida hacia el Tíbet fui temprano a Boudhanat. Paula me llevó a un monasterio que todavía no había conocido, con la intención de presentarme a un lama llamado Tsok Ñi Rinpoché que acababa de llegar de un viaje por Hong Kong. Tsok Ñi había estado en Buenos Aires en 1990, es decir, un año antes de mi viaje. No lo había conocido en esa oportunidad pero Raquel me había hablado mucho de él, lamentando que no estuviera en Kathmandú cuando llegamos allí.
En la puerta de su cámara nos encontramos con el lama que justamente llegaba. Paula lo saludó con un beso y me presentó. Con su cara sonriente, el lama Tsok Ñi, un hombre de alrededor de treinta y cinco años pero de aspecto mucho más joven, me tendió la mano y me transmitió mucho cariño con un apretón cálido. Me dio la sensación de que se trataba de una persona de mentalidad poderosa, con mirada penetrante y firme. A pesar de su juventud transmitía seguridad y autoridad, a la par de bondad, y me inspiraba confianza. Entramos. Adentro había seis occidentales más que lo estaban esperando para hablar con él. Paula en seguida le contó al lama, delante de todos, que yo era de la Argentina y que viajaría al día siguiente al Tíbet. El lama se alegró muchísimo al saber que era argentino y comenzó a hacerme comentarios de los lugares en donde él había estado. Se acordaba de Córdoba, Bariloche, Tandil, Rosario, además de Buenos Aires, y me preguntó, por sus nombres, sobre las personas que había conocido allá y que eran mis amigos. Me resultaba muy curioso estar en Nepal con un lama tibetano hablando de lugares y personas queridas de mi patria. Me sorprendió también su memoria: acababa de llegar de otro viaje por lugares totalmente diferentes y tenía frescos en su cabeza los nombres de los argentinos de un año atrás.
Después me pidió que me arrodillara frente a él y comenzó a hacer un "momo", una forma de predicción con su "mala" (rosario de cuentas para orar, semejante al usado por los cristianos). Me vaticinó que este viaje al Tíbet iba a ser muy importante para mí y que todo saldría bien. Después me bendijo y me regaló un relicario bordado, con mantras de Padma Sambaba [11] adentro, escritos en un rollo de papel, para que me lo colgara del cuello sobre mi corazón como protección durante el viaje. Luego me puso en un sobre una medicina que hacen los lamas, para que la usara cuando me sintiera deprimido, triste o muy cansado. Me miraba sonriente y yo, estremecido, apenas comprendía lo que me decía. Me sentía un niño frente a él a pesar de que le doblaba en edad. Me volvió a repetir que el viaje sería muy importante para mí y que si no iba como turista y lograba conectarme en profundidad con las imágenes de los monasterios que visitara, "alguna de esas estatuas le va a hablar", me dijo, porque en esas tierras se había vivido con tanta devoción durante tanto tiempo que estaban impregnadas de espiritualidad y me sería posible unirme con los se-res superiores.
Volvió a bendecirme, se levantó y dio por terminada la reunión.
Me resultaba asombroso que se hubiera dedicado a mí estando en la sala siete personas más que hubiesen querido que les dijera algo también a ellas. ¿Por qué sólo a mí? Quedé muy emocionado, conmovido. Paula me dijo que debía considerarme un hombre muy afortunado por haber recibido todo lo que el lama Tsok Ñi me había dedicado. Le pedí que repitiera lo que el lama me había dicho porque dudaba de mi inglés y no llegaba a entender aquello de que "una estatua me va a hablar". Paula, riéndose, me contestó que ella tampoco lo entendía pero que era hermoso escuchar eso de un lama como Tsok Ñi.
Me preguntó después si quería ver a otro lama importante que ella conocía bien, ya que cuanto más Maestros visitara más beneficioso sería para mi viaje y para mi espiritualidad. A mí me parecía que con lo que había pasado con Tsok Ñi Rinpoché era suficiente y hasta demasiado.
Sin que yo me diera cuenta, caminando por los pasillos del monasterio, Paula me llevó sigilosamente en presencia del padre de Tsok Ñi, el lama Urgyien Tulku Rinpoché, que estaba en esos momentos en ese monasterio. Él tenía el propio en la montaña, no lejos de Kathmandú.
Cuando entramos me encontré con un hombre maravilloso, de cerca de 80 años. Me invadió una emoción enorme (Foto 23).
Sin darme cuenta de lo que estaba haciendo me postré tres veces ante él arrodillándome y llevando la frente hasta el suelo. Esto significa que lo tomaba como Maestro. Finalmente me arrodillé muy cerca de él. El lama Urgyien me tomó la cabeza con sus manos y puso su frente sobre mi centro coronario. Comenzaron a correrme lágrimas por la cara. No sabía por qué y no las podía detener. Cada vez estaba más sacudido. No sabía qué estaba pasando. No sabía qué hacer. No entendía lo que estaba haciendo.
Él se sonreía y me decía algo en tibetano. Yo no entendía nada y sólo lo miraba. Me tomó las manos entre las suyas y sentí que conocía a este hombre: una "corriente de amor" emanaba de él hacia mí, como nunca lo había sentido antes. ¡Sí! Lo había sentido en varias regresiones a vidas pasadas después de haber presenciado mis muertes, y en aquel viaje astral al Tíbet, ¡cuando había estado en presencia de "mi Maestro"!
De pronto tuve la seguridad de que este lama había sido mi Maestro en aquel monasterio de la regresión. ¡Este hombre había sido mi Maestro siempre! ¡Era ése que se comunicaba conmigo y me transmitía enseñanzas mentalmente! ¡Era ése que proyectaba sobre mí la energía de Maitreya como un espejo concentra los rayos del sol!
No paraba de llorar y el lama, con actitud compasiva y llena de amor, me miraba y me acariciaba la cabeza como a un chico. No le podía soltar las manos. Se las apretaba entre las mías. Y le transmitía mentalmente que él era mi Maestro y que lo amaba. No se lo podía decir de otra manera.
Entró entonces en la sala su hijo, el lama Tsok Ñi, y se ofreció de traductor. Como yo no podía hablar, Paula le contó al lama Urgyen, por medio de su hijo, que yo partiría al día siguiente al Tíbet y le pidió que me diera su bendición. Su cara se iluminó más aún y me transmitió que yo era un hombre afortunado: él no había vuelto más a su patria desde muy joven. Sacó su "mala" e hizo las maniobras de adivinación como lo había hecho un rato antes Tsok Ñi en su cámara, y como él, comentó que este viaje tenía muchísima importancia para mí. No iba a tener ningún inconveniente.
Yo seguía con los ojos llenos de lágrimas y él continuaba hablándome sin que yo entendiera nada. Paula me transmitió que el lama había dicho que quería darme enseñanzas cuando yo regresara del Tíbet. Quería ser mi Maestro porque sentía la fuerte conexión que había entre él y yo. Insistió para que a mi vuelta me quedara unos días con él.
Paula nos tomó unas fotos y luego el propio Tsok Ñi me sacó una con su padre y con Paula, para perpetuar en imágenes ese momento sublime.
Volvió a tomar mi cabeza y de nuevo me colocó su frente sobre ella. Entre sollozos le dije a Tsok Ñi que le pidiera autorización para que yo le besara sus manos y Urgyen se rió con dulzura. Le tomé las manos y se las besé. Se las llené de lágrimas.
Antes de salir volví a postrarme tres veces delante de mi Maestro. Todo pasó tan rápido que apenas podía captar lo que sucedía.
Como estaba tan conmovido, Paula me hizo sentar sobre una alfombra en la antecámara. Yo seguía llorando. Ella, con dulzura, se sentó a mi lado y esperó. Creo que pasaron quince o veinte minutos. Finalmente me puse en posición de meditación durante un largo rato más. Al terminar le conté a Paula lo que había sentido frente a Urgyien Tulku: ¡Ese lama era el que había encontrado en mi viaje astral al Tíbet! No me cabía la menor duda.
No sé si Paula me creyó pero se comportó como si lo que yo le decía fuera cierto. Tenía los ojos llenos de lágrimas y con toda su ternura me acompañaba en esa aventura en la que ella misma había contribuido. Las personas religiosas no dudan de las experiencias místicas de las personas de confianza y Paula creía en mí como yo creo en los lamas y en los que con comportamiento sincero y con conducta humilde muestran su devoción y el compromiso que tienen con su propia creencia.
Un poco más tarde nos fuimos a un café a conversar sobre todo lo sucedido y allí me enteré de que Urgyen Tulku era uno de los la-mas más respetados de Kathmandú. Tenía dos mujeres y dos hijos con cada una de ellas. Los cuatro eran también tulkus, como él, reconocidos como lamas anteriores, reencarnados. Yo ya había conocido a dos de ellos. El lama Churki Nema, cuya madre estaba tan enferma y a punto de morir, era uno. El otro era Tsok Ñi, cuya bendición llevaba colgada sobre mi pecho, dentro del relicario que me había regalado.
No sabía que los lamas podían casarse… Me explicó Paula que cuando están en formación y son monjes tienen "voto de castidad", como todos los monjes. Pero cuando ya son lamas, su propio Maestro, su propio lama, les indica cuándo y con quién deben casarse. Es habitual que un lama sea hijo o nieto de otro lama.
Además de su mujer oficialmente reconocida, los lamas suelen tener otra, que a veces es una de sus discípulas. Ella convive con el matrimonio y ayuda en la casa, como suele pasar entre los chinos. La mujer oficial sigue siendo la más importante socialmente y la más joven le debe respeto y obediencia a la mayor. Después, la chica suele contraer matrimonio a su vez, por lo común con alguno de sus propios compañeros de estudio.
La costumbre china está explicada en el I Ching, en el hexagrama 54, "La muchacha que se casa". Richard Wilhelm, el comentarista del libro, dice sobre ese capítulo: "Si bien en la China formalmente predomina la monogamia y cada hombre tiene una sola mujer oficial, esta alianza concierne más a la familia que a los participantes de la pareja. El hombre conserva el derecho de prestar oído también a 'inclinaciones más tiernas' de orden personal y sentimental. Más aún, constituye el deber más bello de una buena esposa prestarle ayuda al respecto. De esta manera, la relación se torna hermosa y abierta. La muchacha que, elegida por el hombre, ingresa en la familia, se subordina modestamente al ama de casa en calidad de `hermana menor'. Desde luego, se trata de cuestiones sumamente delicadas que requieren mucho tacto por parte de todos. Pero, cuando las circunstancias son favorables, se resuelve así un problema para el cual la cultura europea no encontró solución. Se sobreentiende que la feminidad observada en China corresponde tan poco al ideal establecido entre nosotros, como el promedio de los matrimonios en Europa corresponde a los ideales conyugales europeos".
Entre los tibetanos no es exactamente así, puesto que, al revés, en el Tíbet la mujer suele casarse con dos o tres hermanos. Su propia hermana cumple las funciones de "hermana menor" china, ayudando en la casa, y puede convertirse en la amante de uno de sus maridos. Los hombres de poder (como los lamas) suelen tener, en cambio, dos mujeres, ambas aceptadas socialmente, con hijos oficialmente reconocidos. Éste era el caso de Urgyien Tulku Rinpoché.
No sabía cómo agradecerle a Paula todo lo que había hecho por mí, en ese día y en los anteriores. Sin ella todo hubiera sido tan difícil… Nuestra amistad había crecido en pocos días así que nos despedimos con tristeza hasta mi regreso del Tíbet.