"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)
CAPÍTULO SEIS. Tíbet
En la mañana del viaje me levanté a las seis y preparé mi mochila con todo lo indispensable. Había tenido que alquilar las ropas de abrigo y la mochila. Al viajar a Kathmandú no había previsto ir al Tíbet y había dejado todo mi equipaje en el monasterio de Tashi Yong, en la India, con la idea de volver en pocos días: sólo había viajado para conocer al lama Dilgo Kyense.
Por precaución preparé también siete litros de agua mineral para el viaje, algunas provisiones, pastillas purificadoras de agua, diuréticos y aspirinas para prevenir el mal de altura, y antidiarreicos.
Días antes había comprado una guía del Tíbet, la de Stephen Batchelor, un inglés que dedicó quince años a estudios budistas y que fue monje en Dharamsala durante diez años. Más que una guía, es un magnífico compendio, con datos geográficos, históricos, políticos y religiosos, que devoré en los días anteriores a mi viaje. La guía tenía al comienzo una fotografía y un agradecido prólogo del Dalai Lama.
Eran las seis y media de la mañana y en la calle hacía mucho frío. A esa hora no podía encontrar ningún lugar para un desayuno caliente. En el camino hacia la agencia de viajes desde donde saldríamos presencié un espectáculo hasta entonces inédito para mí. Todos los chicos que durante el día andaban por las calles vendiendo cosas, dormían a la noche en las veredas, metidos en bolsas de arpillera, amontonados unos sobre otros, como cachorros, para protegerse del frío. Me lastimaba el corazón pero parecía que para ellos era normal. Creía que en esto Nepal era diferente a la India. Me había equivocado. Mucha gente grande dormía también en la calle envuelta en trapos.
Por fin encontré una panadería en donde comí algunas facturas y tomé una gaseosa. Entró un muchacho japonés buscando también qué comer y pronto nos dimos cuenta de que íbamos a ser compañeros de viaje. Juntos caminamos hasta la agencia en donde nos reunimos con los otros cinco viajeros. El muchacho japonés estaba recorriendo Asia y después del Tíbet seguiría hacia China. Era chófer de camiones en Tokio y estaba haciendo uno de sus viajes anuales de vacaciones. "¡Que maravilla!" pensé, "un chófer de camiones japonés puede hacer un viaje por el mundo todos los años". Había conocido Sudamérica dos años atrás y hablaba un poquito de castellano. Recordaba con nostalgia sus experiencias en Buenos Aires, en Iguazú y en Santiago de Chile, en donde tenía parientes tintoreros. Era cristiano pero conocía mucho de budismo japonés.
Otro, era un muchacho austríaco que estaba conociendo Asia y se interesaba por la filosofía budista. Por más que quise poner en práctica mi alemán con él me fue imposible. No lograba armar una frase coherente, posiblemente por el constante esfuerzo de hablar en inglés. Otro compañero de viaje era un israelí de alrededor de veinticinco años que estaba dando la vuelta al mundo desde hacía un año y nada sabía sobre el Tíbet. Había también un matrimonio joven americano de California; él era abogado y ella profesora de literatura inglesa en un colegio secundario. Hacía dos meses que viajaban por Asia, desde el Pacífico.
Finalmente, un canadiense, Stuart, geólogo y antropólogo, que trabajaba en una compañía petrolera y estaba deseoso de conocer Tíbet por su curiosidad sobre budismo. Stuart fue mi verdadero compañero de viaje. Compartimos las habitaciones en todos los hoteles y teníamos largas conversaciones filosóficas. Él trataba de hablarme con claridad para que yo pudiera comprender su inglés. Para mí fue excelente porque cuando los demás hablaban entre ellos en inglés me era imposible participar en las conversaciones, a menos que se dirigieran directamente a mí. Por supuesto, esta situación me recordaba mi regresión a vidas pasadas, aquélla donde me vi en la India renegando contra el inglés que mi padre quería que yo aprendiera. Stuart sabía mucho sobre budismo pero me pedía constantemente explicaciones sobre uno u otro tema religioso o histórico. Yo trataba de completar mis conocimientos con la guía de Batchelor.
Antes de partir, el tibetano de la agencia nos cambió dinero que podríamos usar en el Tíbet. Nos dio unos billetes muy chicos y largos llamados Foreing Exchange Certificates (FEC), que eran los que debían usar los extranjeros. Nos dijo que los tibetanos y los chinos usaban otra moneda, los Renminbi (RMB), que teóricamente tenía el mismo valor pero en la práctica la segunda se iba devaluando con la inflación. ¡En el Tíbet también!
A las siete partimos en un pequeño ómnibus, muy cómodo. Yo estaba excitadísimo, como un chico, al pensar que por fin emprendíamos la marcha hacia el Tíbet. En realidad, al ir al Tíbet se estaba cumpliendo un deseo que tenía desde mi infancia.
En la primera parte del viaje, por Nepal, todo fue muy agradable. Nos fuimos aproximando al Himalaya por caminos sinuosos, como los ya conocidos, pasando por gran cantidad de poblaciones. Al igual que en la India, el ómnibus no podía andar rápido porque las rutas eran muy estrechas y estaban estropeadas. Comenzamos a subir de a poco la montaña y en ningún momento dejábamos de ver casas, cultivos y gente por todas partes, cada vez más pobres a medida que nos alejábamos de Kathmandú. Las poblaciones nepalíes eran bastante parecidas a las indias: la gente vivía en la calle y en las veredas. Allí comían, lavaban sus cosas y compartían todo con los demás sentados en la tierra o sobre camas, usadas como bancos en la vereda de tierra frente a sus casas. De vez en cuando había grifos en la vereda a donde concurría la gente a bañarse y a lavar ropa o utensilios de cocina; también sacaban de allí agua potable que las mujeres llevaban graciosamente en vasijas de barro o de cobre sobre sus cabezas.
Junto al camino pasaban mujeres cargando enormes fardos de pasto o ramas secas en sus espaldas, para el fuego de sus cocinas. Como en la India, los campos se conservan muy limpios ya que todo lo que hay en el suelo se usa como combustible. La basura, en cambio, se amontona junto al camino y como las casas no tienen baño, se ve gente en los basurales o en los matorrales haciendo sus necesidades. Dicen que se limpian con la mano. Por eso los extranjeros no quieren darles la mano al saludarlos.
En los lugares en que paramos para comer, la suciedad y la incomodidad eran increíbles. Tomábamos sólo bebidas envasadas y alguna comida de seguro cocimiento, y caliente, para que no pudieran servirla con las manos. La gente de allí come y sirve todo con los dedos: arroz, guisos y hasta salsas. A los turistas nos daban una cuchara y un vaso de metal con agua que sacaban de una tinaja donde metían la mano junto con el vaso dentro del agua. Tomábamos el agua y las bebidas embotelladas directamente del envase (Foto 24).
Después de un larguísimo recorrido, a las tres de la tarde comenzamos a subir las montañas del Himalaya por un camino mucho más abrupto y bordeando un río maravilloso que formaba enormes cascadas, hasta que llegamos a la frontera con el Tíbet. Allí tuvimos que bajar con nuestros equipajes para hacer trámites de aduana en unas oficinas improvisadas, muy oscuras y llenas de gente que iban o venían del Tíbet, posiblemente por razones comerciales, ya que los únicos turistas éramos nosotros y un contingente de otra agencia.
El guía que nos había acompañado hasta allí nos explicó que él no podía continuar. Teníamos que seguir solos, a pie, hasta el puesto aduanero chino a unos dos kilómetros montaña arriba. El ómnibus no podía seguir tampoco, a pesar de que había camino. Así lo habían dispuesto las autoridades chinas. Tuvimos que caminar. Por supuesto, nos acosaron muchachitos que por diez rupias (cincuenta centavos de dólar) se ofrecían a transportar nuestras valijas. Como yo llevaba sólo una mochila preferí arreglármelas solo y entrar montaña arriba en el Tíbet cargando mis propias cosas sobre mis espaldas. Al principio el camino bordeaba un gran cañadón por donde corría un río ruidoso. Hacía mucho frío y emprendimos entusiasmados la mar-cha. Mi mochila, debido a los siete litros de agua mineral, pesaba aproximadamente quince kilos. Pronto me arrepentí de no haber aceptado ayuda.
Enseguida el camino se terminó y comenzamos a subir la montaña por un sendero pedregoso. El frío aumentaba con cada metro que subíamos pero transpirábamos mucho por el esfuerzo. El camino se ponía cada vez más difícil y me hacía acordar a la subida rocosa del Tronador de ese verano, en Bariloche, donde las laderas escarpadas me obligaban a veces a usar las manos para poder dar algunos pasos. La mochila era cada vez más pesada, como si estuviera llena de piedras. Comencé a acordarme de Milarepa, un santo tibetano, cuya vida había estudiado en un retiro en San Martín de los Andes con el lama Sherab. Milarepa, en su deseo de tomar enseñanzas con un célebre maestro, Marpa "el Traductor", tuvo que soportar tremendas pruebas que éste le mandó hacer con el fin de disminuir su orgullo y purgar sus faltas anteriores, antes de comen-zar a impartirle sus enseñanzas. Algunas de esas pruebas consistían en subir pesadas rocas sobres sus espaldas montaña arriba para construir una casa. Me sentía un Milarepa subiendo el Himalaya con una gran piedra dentro de mi mochila. Este personaje estuvo muchos años meditando en las cuevas de esas zonas del Himalaya, alimentándose sólo con sopa de ortigas, por lo cual su piel quedó verde al cabo de unos meses, tal como se lo pinta en los cuadros tibetanos.
En un recodo del camino tropecé y caí con las manos sobre unas plantas de ortigas que me produjeron un ardor tremendo en la piel. Fue un buen bautismo en mis primeros pasos por las montañas del Tíbet, homologando a Milarepa. Me sentía un héroe.
Caminamos después bajo la llovizna, con un cielo totalmente encapotado. Después de hora y media de ascensión, con la lengua afuera y muertos de frío, llegamos por fin a un camino desde donde se divisaba el primer poblado tibetano, en la ladera de una montaña muy escarpada: las casas cuelgan de las rocas. A medida que penetraba en la aldea comprobaba que la gente era totalmente diferente a la nepalí. Vivían adentro de sus casas, no en la calle, y los que encontraba en la calle eran muy simpáticos y agradables. Nos saludaban a nuestro paso. Al borde del camino había cascadas preciosas de caudalosos ríos que se precipitaban montaña abajo y que pasaban por debajo de puentecitos. Se veían montañas nevadas altísimas detrás de bosques de pinos. El Tíbet me recibía con los encantos que yo esperaba.
Pero también había chinos… Llegamos a la aduana y en las oficinas tuvimos que hacer montones de trámites. Había que llenar varios formularios. En uno de ellos tuve que responder si llevaba escritos impresos. Anoté en el formulario mi guía del Tíbet de Batchelor. Al cabo de un rato se me acercó un militar chino y me pidió que le entregara la guía; sin decirme palabra la abrió y arrancó la fotografía del Dalai Lama y el prólogo escrito por él, con su agradecimiento al autor del libro. Sentí un golpe en el corazón. Ante la mirada asustada de mis compañeros me la devolvió diciéndome "disculpe", en inglés. Mis compañeros y yo nos miramos con caras indignadas pero no podíamos hacer nada. Stuart, el canadiense, me susurró al oído que él llevaba en el fondo de su mochila varias fotografías del Dalai Lama para repartirlas entre los tibetanos. El primer contacto con los chinos nos produjo odio y ganas de rebelarnos. Esto nos unió y mis compañeros comenzaron a preguntarme acerca del budismo. Al fin y al cabo, yo era el que más informado estaba. Juntos leímos después algo sobre la historia del Tíbet y acerca de la vida del Dalai Lama en mi guía.
Nos llevaron a un hotel chino, muy feo. Adelantamos los relojes dos horas y media ya que se regían por la hora de Pekín. A la hora de la cena nos sentamos en una gran mesa redonda con centro giratorio. Comimos con palitos, de acuerdo a la costumbre. Decidí aceptar de todo para probar la verdadera comida china (no la que solemos comer en los restaurantes chinos de Buenos Aires), abandonando así el naturismo que dificultosamente había conservado hasta entonces. La comida era muy picante. Había cerdo, jamón glasé con unas verduras guisadas irreconocibles muy feas, arroz blanco y cerveza envasada.
Las habitaciones eran muy frías, sin calefacción; tenían baño privado con calefón eléctrico pero no había electricidad. Frente a mi ventana, una montaña hermosa y cumbres nevadas por detrás. Excepto los chinos todo me gustaba, a pesar de los inconvenientes. En los papeles de carta que había en el escritorio del dormitorio descubrí que nuestro pueblo se llamaba Zhangmu, en la "Provincia libre del Tíbet", China.
A la mañana me desperté con el primer rayo de sol sobre las cumbres nevadas. Durante la noche había nevado más y las montañas tenían más nieve. Renuncié a bañarme, arreglé mis cosas en la mochila y bajamos a desayunar: té con manteca derretida (chaa) y un espantoso pan chino húmedo, quizás hecho de arroz porque era blanco y pegajoso. Había una mermelada semilíquida con poco gusto y apenas dulce. Salí a la calle. El aire era transparente y helado. El pueblo parecía realmente formado por casas colgadas de la montaña. Las partes que daban hacia el valle estaban sostenidas por postes de madera y sobresalían como repisas de la ladera. Había una sola calle que subía en zigzag y que no había visto desde abajo. Caminé cuesta arriba. La calle era bastante sucia y corría agua por el medio. Había chanchos, gallinas y patos sueltos. Las casas se mantenían cerradas pero se escuchaba gente conversando adentro. Me encontré con muchos chinos, que no me inspiraban confianza, y muchos tibetanos, que me simpatizaban. Creo que estaba siendo demasiado parcial.
Cuando regresé de mi paseo partimos en un nuevo ómnibus (un Land Rover), con nuevo chófer y nuevo guía, ambos tibetanos. Salimos cuesta arriba por la misma calle por donde había estado caminando antes. Bosques de pinos, caminos de cornisa impresionantes (a veces sobresalían de las montañas como las casas del pueblo), cascadas hermosas, cumbres nevadas. No tenía miedo a la altura. No tomé Damos, el diurético que nos habían recomendado en Kathmandú antes de salir. Allá nos habían hecho asistir a un curso sobre el "mal de altura", junto con los escaladores que se preparaban para subir el Everest, y allí nos habían dicho que el mal de altura podía sobrevenir cuando uno menos lo esperaba y que no lo prevenía el entrenamiento previo ni gimnasias respiratorias de ningún tipo. A pesar de que tenía en cuenta lo aconsejado decidí esperar para ver cómo me iba adaptando a los acontecimientos.
Abajo, al costado del camino, el río era caudaloso y saltaba entre las piedras y las rocas. A medida que subíamos iban desapareciendo los bosques. Comenzábamos a ver sólo piedras y tierra marrón, y la nieve empezaba a aparecer a los costados del camino. Había pasos recién abiertos a través de la nieve endurecida, de paredes muy altas, en algunos lugares de hasta seis o siete metros. Pronto la nieve fue disminuyendo y el agua del río comenzó a verse helada por sectores, hasta que se transformó en un río duro, que conservaba la forma de los saltos entre las piedras como esculturas de hielo. Las montañas, en cambio, habían perdido la nieve y los bosques: ahora eran montañas peladas cada vez más bajas. En realidad, cada vez el camino estaba más alto y nos aproximábamos a los picos de las montañas, pero sin nieve. Finalmente, llegamos al paso más elevado: un desfiladero de 5.020 metros sobre el nivel del mar.
A partir de allí nos encontramos con una planicie infinita, rodeada de montañas de piedra y tierra rojiza. Me dio la impresión de estar en la Puna, en Bolivia. El río, helado. No se veía otra agua por ningún lado, ni había vegetación. Muy de vez en cuando pasábamos por algún caserío y en algunos lugares veíamos gente con gruesos sacos y mantos de piel, caminando al lado de "jaks" negros. Los jaks son unos corpulentos toros peludos, de gran cornamenta pero de baja estatura. Los usan para todo: con ellos aran, siembran, recogen la cosecha, les sacan leche con la que hacen manteca y queso, utilizan el cuero para vestirse, y usan su grasa para cocinar y protegerse del frío, sobre la piel. Impresionaba tanta soledad y tanta tristeza. En una ocasión vimos a lo lejos una procesión religiosa (Foto 25). El frío era intenso. ¡Y estábamos en primavera!
Cuando paramos a mediodía para comer a orillas del camino una vianda que el guía había traído del hotel, me di cuenta de que me sentía enfermo. Respiraba con agitación apenas me movía. Era la primera vez que estaba a cinco mil metros de altura. Tomaba toda el agua que podía, según nos habían aconsejado. La comida de la vianda era espantosa: carne y jamón enlatado, lleno de grasa; vegetales muy secos, envueltos en plástico al vacío y muy picantes. No tenía ganas de comer, me dolía la cabeza, me agitaba con sólo mover una mano y cuando volvió a arrancar el ómnibus me dormía de a ratos, obnubilado.
Me desperté más tarde, cuando nos detuvimos en un poblado. Me sentía mejor. Bajamos a visitar la cueva de Nyelam en donde Milarepa meditó durante muchos años, a comienzos del año 1100. Éste es probablemente el místico y santo tibetano de más profunda realización. Se dice que alcanzó la iluminación quemando los resabios de su mal karma y llegó a ser un Buda en una sola vida, gracias a su formidable tenacidad y devoción. Según el budismo, algún día todos llegaremos a ser Budas, el más alto desarrollo posible esperado para el ser humano. Porque todos tenemos en potencia la "naturaleza del Buda" en nuestra mente, sólo que tenemos que descubrirla y hacerla surgir. Ni siquiera tenemos que desarrollarla puesto que ya está allí. Como ya comencé a explicar en el Capítulo Cinco, cuatro "ve-los" ocultan la naturaleza de Buda de nuestra conciencia: el karma, o sea las consecuencias de las malas acciones cometidas en el pasado, de esta vida o de las anteriores; las tendencias con las que nacemos como consecuencia de ese karma; las emociones negativas con las que nos movemos durante nuestra vida y que producen nuevamente mal karma para el futuro, y la ignorancia, que nos impide conocer estos impedimentos y la manera de eliminarlos. Levantar estos cuatro "velos" nos lleva miles de encarnaciones si no superamos el más importante, la ignorancia; recién entonces podemos empezar a hacer algo en favor de nuestra evolución. Este trabajo consciente que se nos brinda para evolucionar se llama realización y el objetivo busca-do es la iluminación, que es el paso anterior al estado de Buda.
Milarepa jamás fundó un monasterio o centro de prácticas. Su vida fue la de un itinerante que viajaba por lugares cada vez más remotos, a través del centro-sur del Tíbet. Pertenecía a una rica familia de comerciantes pero la mayor parte de su vida adulta la pasó en cuevas, meditando y realizando su trabajo espiritual, sobreviviendo con lo que le ofrecían los pobladores o con los vegetales que crecían alrededor (especialmente ortigas). Era muy amado y todos lo cono-cían por las canciones que cantaba al pueblo. Poética y sucintamente sus cantos expresaban sus visiones interiores sobre las verdades del budismo y transmitían enseñanzas para que la gente lograra también la iluminación.
Cuando joven, un tío perverso robó la herencia de su familia. Para vengar a su despojada madre, Milarepa estudió el arte de la magia negra, en cuyos métodos llegó a ser suficientemente hábil como para hacer que la casa de su tío se desplomara, matando a todos los que estaban en su interior durante una fiesta. Posteriormente, arrepentido por éstas y otras acciones terribles cometidas por medio de su magia, se acercó al gran maestro Marpa. Éste era un granjero de la región del sur, dedicado a enseñar los textos hindúes que traía de sus viajes y que él mismo traducía, lo que le valió el nombre de "el traductor".
Para purgar sus malas acciones y probar su sinceridad, el Maestro le ordenó construir con sus propias manos una casa tras otra, y luego le mandaba echarlas abajo. Una de ellas, la última, una torre de nueve pisos llamada "Sekargutok", sobrevive hasta nuestros días, cerca de ese lugar en donde nos habíamos detenido.
Pasadas estas pruebas, Marpa dio a Milarepa instrucciones religiosas y lo inició en los secretos de los tantras o enseñanzas energéticas del Buda. Milarepa se quedó muchos años al lado de su maestro y practicó meditación bajo su guía hasta que éste le indicó que continuara su aprendizaje en la soledad de las montañas. Su santidad adquirida de esa manera y su tremenda constancia en la meditación lo llevaron finalmente a la iluminación y a la condición de Buda, mostrando con ello que hasta el más elevado ser pudo haber pasado por las desgracias de la maldad mundana.
Atrajo después a un creciente número de discípulos que vivieron cerca de él escuchando sus enseñanzas. Uno de los más conocidos de entre ellos fue Gampopa, que estableció después en su forma definitiva el linaje Kagyu, una de las ramas o escuelas budistas a la que pertenece Situ Rinpoché, a quien ya mencioné anteriormente como la reencarnación actual de Marpa "el traductor". Rechung, otro de sus discípulos, fue un grande y famoso yogui, a su vez con muchos discípulos, que escribió la biografía de Milarepa, gracias a la cual sabemos de su vida.
Con este recuerdo de Milarepa visitamos un templo antiquísimo llamado Pelgye Ling ("Lugar de crecimiento y expansión", nombre sugerido por el propio Milarepa), que se construyó al lado de la cueva donde Milarepa solía meditar con sus discípulos. Pero el templo fue terminado después de su muerte. Antes de la invasión china había allí veinte monjes que daban enseñanzas a los viajeros, pero ahora sólo había dos, dedicados a cuidar el templo. Éste fue reconstruido en 1983 después de que el original fue destruido durante la revolución cultural de Mao Tse Tung.
A la salida del templo se nos acercó un grupo de chicos, hermosos y llenos de tierra, de caras redonditas y sonrisas como el sol. Nos pedían cosas. Yo entendí que pedían plata y les di dinero tibetano que traíamos desde Kathmandú. Desilusionados me lo devolvían y no lo querían recibir, y seguían pidiendo sin que pudiéramos entender qué pedían: "Talé piche", decían. Finalmente me acordé que Talé era una forma de decir Dalai en el Tíbet. ¡Pedían fotos del Dalai Lama: "Talé picture"! Para disculparme les mostré mi guía con la hoja cortada, pero Stuart, más previsor, sacó de su mochila una foto del Dalai Lama y se las dio. Contentos, pedían más. Dentro del templo habíamos visto otras fotos del Dalai. El guía nos explicó que los chinos ya no entraban en esos templos tan aislados… (Foto 26)
Todos quedamos muy impresionados por la cueva de meditación de Milarepa, al lado del templo, donde entramos después por un estrecho agujero en la roca. A partir de allí me convertí en el guía budista oficial del grupo y les mostré que adentro la cueva tenía una gran roca plana inclinada que hacía de techo. Por un extremo la piedra llegaba hasta el suelo y por el otro estaba sostenida por dos rocas menores encimadas, formando un pilar de dos metros y medio de altura. Se dice que Rechung, uno de sus discípulos, apiló las dos rocas menores mientras Milarepa sostenía el techo con las manos, gracias a su poder mental. Los cuidadores nos mostraron las marcas de las manos de Milarepa en la piedra. Por más que era imposible creer esta historia, mirando las dimensiones de la entrada a la cueva cavada en la montaña no parecía que hubiera manera de apoyar el techo sobre el pilar de otra manera. Tampoco se podía explicar cómo había entrado esa roca allí. A la luz de unas pálidas lámparas de aceite vimos unas imágenes de Milarepa, característico por su color verdoso y con la mano derecha abierta sobre la oreja, escuchando su propia voz al cantar.
Fuera de la cueva se me prendió de la mano un chiquito de unos siete años. Era tan lindo que me daban ganas de llevármelo. Me acompañó un largo rato así. Era increíble la textura de la piel de su manito. Parecía de cuero, curtida por la tierra y el frío. De repente se nos acercó una chica de alrededor de catorce años y me arrancó al chico de la mano. Pensé al principio que era su hermana mayor que tenía miedo de que me lo llevara. En realidad, ella quería estar conmigo. Me tomó de la mano y anduvimos un largo rato así hasta llegar al ómnibus. Quiso subir ella también. "¿Es tu novia?", me preguntaban mis compañeros riéndose.
Era evidente que esos chicos estaban esperanzados en que pasara alguien y se los llevara a un lugar mejor, especialmente las mujeres, que si tienen una hermana mayor casada suelen quedar solteras para ayudar en la casa. Expliqué a mis compañeros que los tibetanos tienen la costumbre de que una mujer se case con dos o tres hermanos, como lo comenté antes. De esta manera se preserva la propiedad de la familia sin dividirla entre los herederos. La mujer hace de administradora de la casa y dicen que así es muy feliz. Los hombres salen a trabajar la tierra mientras la mujer cuida la casa y a los niños. La hermana menor queda como ayudante y suele ser la amante de uno de los esposos. Esto forma parte del orden social de esas tierras.
Estaba por subir al ómnibus y no podía tolerar la carita de des-ilusión de la chica que no soltaba mi mano. Al final subí solo y el guía le explicó que ella debía quedarse.
Llegamos a Shegar (4.350 metros), la primera ciudad tibetana que conocíamos. A pesar de su escasa población es el centro administrativo chino de esa parte del Tíbet, y se la usa como punto de partida para las expediciones al monte Everest. Hay un monasterio, Shekar Chöde, en donde antes vivían cientos de monjes. Fue total-mente destruido durante la invasión china y recién hace muy poco tiempo los once monjes que lo habitan comenzaron su reconstrucción. Desde allí se divisa, haciendo equilibrio en la punta de una montaña de rocas rojas, un castillo blanco semidestruido, que dio su nombre a la ciudad: Shekar Dzong, que significa "Castillo de cristal blanco".
Paramos en un hotel mucho peor que el del poblado anterior. Me sentía muy mal y comencé a tomar aspirinas y diuréticos, como nos habían aconsejado para el mal de altura. Tenía gran cansancio, dolor de cabeza, somnolencia, náuseas y una absoluta falta de apetito. A la noche me di cuenta de que además de la altura, la comida me caía muy mal, ya que desde que habíamos entrado en el Tíbet estaba comiendo porquerías. Comencé también con diarrea, vómitos y muchísimo frío. Para colmo, en el baño no teníamos luz ni agua. Me acordé de la medicina que Tsok Ñi Rinpoché me había dado en su monasterio la víspera de la partida, y empecé a tomarla esa misma noche.
A la mañana siguiente, después de haber pasado una noche terrible, estaba algo mejor. Al terminar el desayuno dejamos Shegar y seguí tomando el diurético dos veces por día. Bebía todo el agua posible y comía sólo vegetales cocidos para abandonar la comida china frita. A los que suben montañas se les aconseja reconocer cuál fue "su techo" anterior, para que cuando se sientan mal vuelvan a esa altura e intenten aclimatarse de nuevo a mayor altura, de a poco. Evidentemente mi techo eran los 4.000 metros y me debía cuidar mucho cuando lo superara. Se dice que la altura produce edema cerebral y pulmonar, por eso el dolor de cabeza y la tremenda fatiga, además de la falta de oxígeno. Y hasta se puede llegar a morir durante el sueño sin darse uno cuenta. Ninguno de nosotros podía volver atrás, de modo que no teníamos otra alternativa que utilizar los medicamentos. En el camino pasamos por un lugar más alto todavía (5.220 metros) y otro de 4.500 hasta que llegamos a Shigatsé, en donde comimos apresuradamente y nos metimos en la cama sin esperar ni un minuto. Esa noche no pude leer ni meditar.
Cada noche leía cuanto podía en mi formidable guía del Tíbet, principalmente sobre lo que veríamos al día siguiente. Antes de dormir repetía los mil mantras de Tara de costumbre y meditaba media hora. No me era posible hacer Pranayama para ir desarrollando el Tumo o fuego interno a fin de calentarme. Esos ejercicios consisten en respiraciones alternadas (tomando aire por una de las ventanas de la nariz y exhalando por la otra, mientras se obstruye con un dedo la ventana que no trabaja). Son además respiraciones rítmicas, es decir, se cuentan los segundos que debe durar cada una. Entre una inspiración y una exhalación se retiene el aire dentro de los pulmones con una cierta presión. De a poco hay que ir prolongando la duración de la inhalación, de la retención y de la exhalación hasta llegar a sostener respiraciones muy largas. Por la altura, yo tenía una respiración muy corta y de nada me servía todo el entrenamiento que venía haciendo desde Buenos Aires: me resultaba casi imposible retener el aire durante unos pocos segundos; en cambio, en mi práctica anterior había logrado retenerlo contando cuarenta segundos. Ahora no lograba calentarme y vivía muerto de frío. Quizá si me hubiera quedado allí más tiempo me habría aclimatado y habría podido hacer esos ejercicios de Pranayama. Por el momento me era imposible. ¡Tan hermoso había sido el comienzo del viaje y ahora me sentía tan mal…!
La parte vieja de Shigatsé, construida sobre la ribera sur del río Brahmaputra, es una ciudad típicamente tibetana en donde, a diferencia de Shegar, no ha habido demasiada transformación, salvo la destrucción de un enorme castillo, construido en la cima de una montaña maciza que se levantaba a un costado de la ciudad y en donde había vivido el gobernador de la provincia hasta la llegada de los chinos.
Llegan hasta la ciudad varios caminos construidos recientemente. Antes de la invasión china no había caminos en todo el Tíbet, en cambio ahora los chinos están construyendo una red de carreteras, por las que viajábamos, muy bien planeadas y con puentes enormes. Y hasta se hicieron intentos de construir ferrocarriles. En realidad, los antiguos tibetanos no necesitaban caminos, puesto que usaban el jak o el caballo para desplazarse, ni conocían la rueda, salvo las de algún coche o carroza del Dalai Lama en la capital, y la rueda del Dharma, que es el símbolo de las enseñanzas de Buda. La tecnología rudimentaria de los tibetanos no les permitía pensar en caminos, y usaban trineos para desplazarse en invierno. Me acordé que Platón decía: "El uso de la rueda acarrea la decadencia". Seguramente, por esta misma razón en el Tíbet no se la usaba…
La ciudad nueva de Shigatsé, en cambio, es un conjunto de edificios cuadrados para los funcionarios chinos, sin ningún atractivo. Los hoteles modernos son todos horribles: parecen cárceles o cuarteles.
A la mañana siguiente iríamos a visitar el primer monasterio, Tashilumpo (Foto 27), fundado en 1447 por Gendrun Drup, el primer Dalai Lama, al pie de la Montaña de Tara. También fue el asiento de los Panchen Lamas, una serie de lamas reencarnados, al estilo de los Dalai Lamas, que fueron a la vez los abades del monasterio y los jefes del gobierno de la zona. Este grupo religioso fue instigado constantemente por los chinos a enfrentarse con los Dalai Lamas para obtener la supremacía en el Tíbet, pero nunca llegaron a guerrear de verdad porque predominó la identificación religiosa.
Desde el punto de vista arquitectónico el monasterio Tashilumpo tiene un aspecto maravilloso: una fila de impresionantes edificios rojos de variadas alturas, coronados con techos dorados, relucientes, como pagodas chinas. Delante hay una serie de casas para los monjes y rodeando todo el conjunto, una alta muralla. En una parte de la muralla se levanta una impresionante pared blanca de cincuenta metros de altura por setenta de largo, en donde, en ocasiones especiales, cuelgan ceremoniosamente tankas gigantescas. Las tankas, bordadas con hermosos colores, tienen el tamaño de la pared blanca; las guardan enrolladas en la biblioteca del monasterio (Foto 28).
En una época floreciente hubo en ese monasterio más de cuatro mil monjes. Nos decían que en ese momento había seiscientos, pero todos muy jóvenes y con maestros de reciente formación. Nosotros sólo vimos a los que cuidaban las capillas que visitábamos.
En el interior, el monasterio está constituido por muchas capillas, una a continuación de otra, dedicadas a distintos Budas, Bodhisattvas, deidades y también a reyes, a los Panchen Lamas y a los Dalai Lamas, confundidos entre las divinidades. En el Tíbet, la política, la historia y la religión están totalmente entremezcladas. Algo similar se pone de manifiesto en las iglesias cristianas, en donde al lado de la imagen de un santo se encuentra la estatua o la tumba de un prócer o de un rey.
Por supuesto, estaba muy ansioso por encontrar el monasterio que había visto en mis regresiones a vidas pasadas. Pero este monasterio no tenía nada que ver con el que recordaba de las regresiones.
Pero me quedé tremendamente impresionado por una estatua de Maitreya (Champa, en tibetano) que estaba dentro de una capilla y abarcaba tres pisos del monasterio. Estaba sentado, medía 25 metros de altura y se lo podía ver desde cualquiera de los pisos. La estatua estaba toda cubierta de láminas de oro y adornada con telas y joyas hermosas. Tenía una majestuosidad conmovedora y su rostro era sublime. Me hubiera quedado horas contemplándola. Recordé entonces lo que me había dicho Tsok Ñi Rinpoché, que alguna de esas estatuas podría hablarme. Escuché atentamente, pero no oí nada…
Me llevé, en cambio, la imagen de Maitreya en mi mente, impresionado, sin saber bien por qué tanta conmoción (Foto 29).
Tuvimos que seguir nuestro viaje directamente desde ese monasterio. Nos íbamos ya y yo sentía en lo más profundo de mi ser que habría sido excelente quedarme meditando frente a Maitreya para conectarme con él… Volví sobre mis pasos, me senté frente a la estatua y entré en meditación. Y comencé a establecer una profunda conexión con Maitreya. Él estaba allí, mirando hacia el infinito. Se percibía claramente su emanación maravillosa. La vida parecía palpitar en su rostro detenido en la eternidad. No sentía que me hablara pero en mi mente aparecieron pensamientos e intuiciones de una fuerza mística asombrosa. Me invadió una paz inmensa. Me hubiera quedado así eternamente. Dejé entonces que esa calma y esa hermosa sensación de estar frente a un ser divino me penetraran por todos los poros. Sentí que un néctar sublime entraba por mi centro coronario y se difundía por mi cuerpo. Y me dejé llevar por esa extraordinaria sensación.
Después de una hora salí del éxtasis en el que había caído sin darme cuenta. Un monje viejo estaba sentado a mi lado, cuidándome, mientras otros habían cerrado las puertas para que no circulara ya gente por la capilla. Era tarde. Me puse de pie lentamente, conmovido. El monje a mi lado se puso de pie también, me agradeció en inglés y me colocó una cata en el cuello en señal de bendición. Salí del templo entre nubes, como si estuviera en un sueño.
Mientras caminaba, recordé algo que había leído en algunos libros de teosofía. En Los Maestros y el Sendero [12] de Leadbeater se describe la apariencia del cuerpo astral de algunos Maestros que dirigen la vida mental y espiritual de la humanidad, y se menciona el lugar físico en donde se encuentran en la actualidad. Al hablar de Maitreya dice que reside allí, en Shigatsé. En otro libro de la Sociedad Teosófica, Los Maestros [13]; de autor ignorado, se hace la misma mención de ese lugar de residencia de Maitreya. ¿Será esa estatua el representante físico del verdadero Maitreya, mística-mente conectada con este ser divino? Me di cuenta que en adelante debía meditar en todos los monasterios que visitáramos. Tenía que seguir conectándome con la energía espiritual que había comenzado a percibir en el Tíbet.
Cuando llegué al ómnibus todos mis compañeros estaban listos para seguir viaje. Stuart me había visto meditando en la capilla de Maitreya y había pedido que me esperasen. No podíamos quedarnos más tiempo en Shigatsé y seguimos nuestro viaje hacia Gyantsé. No podía desprenderme de la emoción que había sentido frente a la enorme estatua. Para mí, Maitreya y Cristo eran un mismo ser, como decían los tibetanos y los hindúes, y sentía aún su presencia instalada en mi corazón, como un cristiano que acabara de comulgar.
Llegamos a Gyantsé a la hora del almuerzo. Es una ciudad mucho más chica que la anterior pero no ha sufrido la influencia china modernista, por lo cual retiene los encantos de una vieja ciudad tibetana. Por estar ubicada en una situación privilegiada sobre un importante río (el Nyang, que desemboca en el Brahmaputra), muy cerca de las fronteras con Nepal, Sikkim y Bután, y sobre la ruta hacia Lhasa, fue siempre el principal centro de comercio de lana del Tíbet (Foto 30).
A la tarde nos encaminamos a visitar el monasterio Kumbum. Y nuevamente volví a mirar todo con mucha atención tratando de reconocer mi monasterio, pero tampoco encontré nada parecido a lo que había visto en las regresiones. Kumbum se encuentra en un anfiteatro natural hecho por las montañas, donde hay diez y seis monasterios más. El monasterio Kumbum tiene una enorme stupa, uno de los edificios más magníficos del Tíbet. Nos saludaban dos hechizantes ojos pintados en lo alto de la pared circular de la torre superior de la stupa. Ésta tiene una serie de ¡ciento doce capillas! distribuidas en cinco plantas cuadradas simétricas, que puestas en forma de escalones, cada uno más chico que el de abajo, terminan en la torre cilíndrica de los ojos. Eran los ojos compasivos del Buda que ya había visto en las stupas de Kathmandú (Foto 31).
En la planta baja de la stupa hay veinte capillas, cinco en cada lado del primer escalón, con accesos independientes. Las visitamos a todas. Cuatro de ellas, las más grandes e importantes, están en el medio de cada lado, dirigidas hacia los cuatro puntos cardinales, tres de las cuales están dedicadas a los Budas de los tres tiempos. La cuarta estaba cerrada.
El budismo y la teosofía dicen que Shakyamuni (o Sidharta Gautama, como lo llaman en la India) es el Buda del presente. Dirige la vida espiritual de los hombres en la Tierra desde hace dos mil años. Fue el primer Buda terráqueo, ya que antes que él, el Buda era Dypankara, el Buda del pasado, de origen venusino [14]. Después del año 2000 será Maitreya quien dirigirá la evolución de la humanidad, por lo que se lo conoce como el Buda del futuro. Parece coincidir con lo que afirma el cristianismo, que Cristo volverá a reinar entre los hombres hacia esa época. Sólo se necesitará un Maestro encarnado en un cuerpo adecuadamente puro para que reciba en su cerebro la mente de Maitreya (el Cristo). Así vivirá nuevamente en la Tierra entre los humanos.
Los hindúes dicen que los budistas son ateos porque no mencionan a Dios en su cosmogonía (su concepción del orden del Universo). Sin embargo, en el budismo Vajrayana se considera a Vajradhara-Dorge Chang como el Buda cósmico, o sea el más importante ser del Universo. Luego, cada linaje puso en el centro del Mandala (conjunto de Budas y seres superiores) a Budas distintos.
Por ejemplo, los Kagyupas veneran sobre todo también a Dorge Chang; en cambio los Gelugpas, al Buda Shakyamuni y los Ñigmapas al Buda Akshobhia. Todos ellos son totalmente respetados, sin embargo, y considerados como Budas por todas las ramas, de modo que a todos los Budas se les adjudican así funciones y características especiales según las diferentes líneas del budismo, como los Santos del cristianismo o los Profetas del judaísmo.
Finalmente, al enseñarnos sobre la búsqueda de la verdadera naturaleza de la mente cuando meditamos, el budismo nos habla de la mente esencial, a la que hay que llegar alguna vez a conocer y contactar. Creo que el Buda Sidharta Gautama no quiso hacer mención de Dios en sus enseñanzas y sí de la mente esencial porque el budismo no fue creado como una religión más sino con la intención de depurar al hinduismo, en ese momento plagado de dioses de toda índole, con pasiones humanas (como los dioses griegos) y adorados a través de miles de imágenes humanas y de animales. En esta actitud, Sidharta el Buda se pareció a Moisés: cuando éste bajó del Monte Sinaí con las tablas de la Ley que Jehová (Dios) le había entregado, encontró a su querido pueblo, que acababa de salvar de la esclavitud egipcia, entregado a la adoración del Becerro de Oro, como si fuera un dios pagano. Indignado, hizo fundir entonces la estatua y ordenó que no tendrían otro Dios más que a Jehová ("No tendrás otro Dios más que a mí", es el prólogo de las tablas de la Ley divina). Además, no se les permitió nombrar nunca más a Dios, a fin de evitar su profanación.
Jesús, de manera semejante, no tuvo al comienzo la intención de crear otra religión sino que puso el énfasis en salvar la religión judía de la perversión en la que estaba cayendo cuando los sacerdotes se sometían por conveniencia a la voluntad de Herodes, el rey roma-no representante del César. Y dejó entrar en su cerebro la mente del Cristo en el momento del Bautismo en el río Jordán, en la misma manera que Moisés se conectó en el Sinaí con la mente de Jehová, que le habló y le dictó sus leyes.
Los tibetanos tienen una especial devoción por Maitreya, este Buda del futuro, presente en todos los monasterios budistas. Así como existen los Budas de los tres tiempos (pasado, presente y futuro), están también los Budas de las diez direcciones. Cada Buda tiene un simbolismo particular: se los representa de colores especiales, con vestimentas y ornamentos diferentes, y se los considera viviendo en un Cielo particular, en cada una de las diez direcciones del espacio: Norte, Sur, Este, Oeste, las cuatro direcciones intermedias, Cenit y Nadir.
Por otra parte, los Budas están en relación con los Bodhisattvas, ya mencionados antes, seres divinos a su servicio, que viven en el mismo cielo que ellos, consagrados a ayudar a todos los seres sensibles y encargados de vehiculizar la energía que emana de los Budas. Entre esos Bodhisattvas está Tara Verde, la protectora del Tíbet, que presta ayuda inmediata a quien la solicite. Maitreya es actualmente el Bodhisattva del amor, y Chenrezig (Avalokiteshvara en sánscrito) es el Bodhisattva de la compasión, al servicio del Buda Amitabha, el Buda del amor.
Chenrezig es un ser muy amado por los tibetanos pues se lo considera el protector masculino del Tíbet, y todos repiten constante-mente su mantra, OM MANI PEME HUNG, mientras hacen pasar las cuentas de su mala o rosario, o hacen girar los cilindros de los templos y de las stupas. Es común que mientras viajan en un ómnibus o caminan por las calles, vayan cantando este mantra, en conjunto, con una melodía particular que todos conocen.
Cuenta la leyenda que Chenrezig hizo el voto de dedicarse a salvar a todos los seres del sufrimiento, pero en el intento, cuando se dio cuenta de la magnitud de la tarea, su cabeza explotó en un sinnúmero de pedazos. Su cuerpo fue reconstruido por el Buda Amitabha, pero como Chenrezig seguía sin saber cómo hacer parar ayudar a tantos seres, Chadrukpa, un protector monstruoso-colérico del Dharma (las enseñanzas divinas), le confirió una forma mucho más poderosa, con once cabezas y mil brazos. Cada una de sus mil manos tiene un ojo en la palma, simbolizando la unión de la Sabiduría (ojo) con los medios hábiles (manos) para poder ayudar más y ver a quien necesitara ayuda.
De las mil, ocho son las manos principales. Las primeras dos sostienen la gema que satisface todos los deseos (símbolo del Guru yoga que había aprendido en Kathmandú frente al lama Dilgo Kiense, el grandote). Las cinco manos siguientes sostienen diversos símbolos: un loto (pureza), un arco y una flecha (velocidad de acción), un frasco de cristal con perfume (emanación sublime), un mala (rosario, símbolo de la "ecuanimidad") y una rueda del Dharma (símbolo de las enseñanzas de los Budas). La octava mano está abierta con el gesto de la generosidad, con la palma hacia adelante, dispuesta a dar ayuda.
Sus once cabezas están apiladas en tres pisos de tres cabezas cada uno, de tres colores diferentes, rojo, blanco y verde (símbolo de los tres principales aspectos de la Budeidad). Encima de estas nueve cabezas está la cara azul, colérica, de Chadrukpa (el monstruo protector, símbolo de la energía, que le dio forma a Chenrezig de mil manos) y la cara roja del Buda Amitabha (Foto 32).
Hay otra forma de representar a Chenrezig con sólo cuatro brazos, conservando los otros símbolos principales. Desde mi tendencia a la visión ecuménica no puedo dejar de pensar que todos los personajes y deidades tibetanos están también representados en otras religiones, puesto que cada uno de ellos simboliza aspectos de la divinidad o posee las características más elevadas de la humanidad. Así como hay una analogía del Bodhisattva del Amor, Maitreya, con Cristo, algunos sienten que Tara Verde es la representación budista de María, más aún cuando los tibetanos la consideran la madre de todos los Budas. En los monasterios la he visto vestida con túnica larga, semejando a las imágenes de la Vir gen María de los católicos.
Para mí, Chenrezig de cuatro brazos es la representación budista del maestro Jesús, con dos de sus brazos abiertos como en una cruz, con el rosario de la sabiduría de la ecuanimidad en la mano derecha y la flor azul de la pureza en la otra. Las otras dos manos sostienen contra su corazón la gema que satisface todos los deseos: parece en realidad que sostuvieran un corazón entre sus manos, como la representación del Sagrado Corazón de Jesús. Chenrezig es llama-do también El Señor del Mundo por su infinita bondad y paciencia, como se le dice a Jesús en los Evangelios. Leadbeater sostiene en sus libros que el maestro Jesús también reside en el Tíbet…
Todas estas imágenes están representadas en las capillas de la stupa del monasterio Kumbum que estábamos visitando en Gyantsé. En el mismo piso de la stupa dedicada a los Budas de los Cuatro Tiempos hay dieciséis capillas más, dedicadas a diversas divinidades folklóricas (Foto 33). Es imposible describir las estatuas y las pinturas de estas capillas: la mayoría son seres monstruosos. Nunca se me hubiera ocurrido que el budismo pudiera tener en su arsenal de divinidades a semejantes personajes. Parece ser que los lamas, cuan-do instalaban un monasterio, en vez de combatir a las religiones y a las divinidades locales (como han hecho en cambio los chinos), las absorbían al budismo para congraciarse con los habitantes de la región y tener al pueblo a su favor, acercándolos así al budismo. Por eso encontrábamos tantas monstruosidades que no condecían con los principios budistas. De esa manera, una divinidad sanguinaria y de cara horrible cumple ahora la función de proteger a los que verdaderamente responden al amor y a la compasión, los ideales budistas, pero sin la fuerza necesaria para defenderse, asustando con su aspecto terrorífico a los espíritus del mal. Son, por lo tanto, protectores de la sabiduría y de la compasión (Foto 34).
En el templo principal del monasterio, al lado de la stupa, me encontré de nuevo con una enorme estatua de Maitreya. En un ambiente misterioso y oscuro, iluminada por reflectores, la imagen parecía surgir desde las tinieblas de la noche. Decidí quedarme allí a meditar y avisé al guía que volvería por mi cuenta al hotel. Como en Shigatsé, un monje se me acercó y se sentó a mi lado para cuidarme, satisfecho de ver que me disponía a meditar.
A los pocos minutos sentí que Maitreya me hablaba… Mi intelecto comenzó a criticarme y me decía a mí mismo que me estaba sugestionado. Pero no le llevé el apunte y, en cambio, presté atención a lo que escuchaba: "No has llegado todavía al lugar en donde vivías antes como monje", me decía Maitreya. "Deja de preocuparte tratan-do de encontrarlo. Te vas a dar cuenta enseguida por la fuerte emoción que te causará, de la misma manera como reconociste a tu Maestroen Kathmandú… En Lhasa [15] sentirás claramente cuál fue tu lugar. Es un monasterio cerca de allí. En tu memoria aparece ahora como un gran edificio que podrías confundir con el Potala [16], pero no es ése… No te confundas… Además, cada vez que sientas la energía que ahora tienes en las manos y en los pies debes sentarte a meditar, porque ésa es tu percepción de mi presencia." Mis manos ardían como irradian-do energía por las palmas; mis pies temblaban y estaban calientes…
Pasó un largo rato de silencio y luego sentí que me decía que le preguntara lo que quisiera. Él me respondería. Le hice entonces varias preguntas, todas de gran valor para mi vida. Me las contestó inmediata-mente, una por una, con respuestas muy claras y concisas. Me dijo que Andrea sería una compañera magnífica para el resto de mi vida si traba-jaba a mi lado, y que sólo me daría gozo y felicidad. Ella también sería feliz junto a mí. Me dijo también que viviría más de cien años, completamente sano orgánicamente y con absoluta claridad mental, si seguía trabajando sobre mi cuerpo y sobre mi psiquis.
Me dijo, además, algo que me conmocionó y me asustó, algo para nada esperado: que me alejaría después de pocos años del instituto que dirigía en Buenos Aires (Yo Soy), y que éste continuaría con su actividad en otro lado, conducido por otras personas.
Me respondió también acerca de mis hijos y de otras personas que me interesaban, y me dio instrucciones precisas sobre mi trabajo futuro, vaticinándome que trabajaría duro, mucho tiempo más y que después encontraría el modo de vivir sin tener que trabajar tanto. Además viajaría bastante.
Tuve pudor-de seguir y me pareció una exageración continuar preguntando. Me quedé en silencio, muy impresionado, sin entender bien lo que había sucedido… Cuando terminé de meditar me posterné tres veces frente a la estatua. El monje se me acercó. "Thank you", me dijo. Había estado esperándome para cerrar el templo a mi salida…
Caminé hacia el hotel por una calle polvorienta. Corría viento y había mucha tierra en el aire. A mi izquierda, una larga fila de casas de dos plantas, detrás de las cuales se levantaba un paredón de rocas, casi vertical. Unos trescientos metros por encima de mi cabeza, un castillo rojo, cuyas paredes se confundían con esas rocas. Llegué al hotel como borracho, confundido, llenos los ojos y la nariz de tierra.
Esa noche dormí muy mal a causa del resfrío que me apareció, así que estaba agotado cundo tuve que levantarme al alba para salir de Gyantsé rumbo a Lhasa, la capital del Tíbet. El cansancio y el malestar de altura hicieron que padeciéramos aún más el largo viaje. Había mucha tierra en la ruta. Subíamos y subíamos por un camino serpenteante en la ladera de una montaña pelada, terriblemente desértica, con rocas enormes, impresionantes. Nos fuimos acercando a hermosas montañas totalmente nevadas y finalmente pasamos al lado de un glaciar, como los de arriba del Tronador… Cuando paramos a la orilla del camino, de la nada aparecieron chicos y mujeres pidiéndonos fotos del Dalai Lama. Venían a curiosear, al igual que nosotros a ellos. La gente, hermosa, muy sucia por la tierra, con una sonrisa fantástica en la cara, pero con aspecto triste…
Cruzamos la montaña por un paso de 5000 metros de altura. Me fui quedando dormido y me desperté cuando el ómnibus se detuvo en lo alto; vi con alegría que comenzaba una tremenda bajada como "caracoles", yen treinta kilómetros bajamos 1200 metros. ¡Extraordinario! Me sentí mucho mejor.
El camino siguió por una planicie muy aburrida, entre montañas, y a medida que nos acercábamos a Lhasa iban apareciendo poblados, campos arados, con gente en pleno trabajo, con jaks que tiraban del arado. Era muy lindo cómo adornaban a los jaks con moños y borlas rojas en la cabeza. Los tibetanos, incluidas las mujeres, trabajaban en la tierra y en los caminos, dirigidos y controlados por soldados chinos.
Aparecían cada vez más chinos y soldados, a pie o en camiones y autos. ¡Habíamos llegado al asfalto! ¡Ya me había olvidado de su existencia! Y en una hora y media más estuvimos en Lhasa. Me hubiera gustado haber estado emocionado pero esa ciudad era horrible y llegamos justo a la hora en que comenzaba el viento y la tierra, como ocurría todos los días a las cuatro de la tarde, más o menos. Las casas eran cuadradas y de feo aspecto (modernismo chino). Había edificios de muchos pisos que eran hoteles u oficinas del gobierno.
Finalmente nos alojaron en un modernísimo y hermoso hotel Holliday Inn, norteamericano, ¡con ascensor automático y agua caliente! Era como todos los hoteles Holliday Inn del resto del mundo. Sólo que el personal era chino, todos muy amables y bien entrenados para atender a los turistas. Cuando entregué mi pasaporte en la recepción, al ver que era de Argentina el empleado chino gritó entusiasmado: "¡Maradona!". "¡¿Hasta aquí lo conocen?!", le contesté asombrado.
La habitación que me tocó compartir con Stuart, mi amigo canadiense, era muy confortable, tenía además un baño muy lujoso, con toda el agua caliente que quisiéramos. Tomé la primera ducha desde mi salida de Kathmandú, hacía cinco días.
El comedor del hotel era grande, cálido y muy hermoso. Adentro nadie podía darse cuenta de que estábamos en Lhasa, en pleno Tíbet. Se podía comer de todo, muy bien preparado, desde comida china hasta los más refinados platos franceses. Aproveché la oportunidad y comí vegetales crudos y cocidos. Había gaseosas (de las más conocidas), agua mineral, jugos de fruta y cerveza, pero el vino era muy caro y, por supuesto, francés o alemán. En ese hotel había discado directo internacional, de modo que aproveché y llamé a la Argentina, a mis hijos y a Andrea, y nos pusimos al día en noticias y novedades.
Como tenía que enviar unas cartas, en la conserjería me indicaron cómo ir al Post Office y me enseñaron algunas palabras en chino para que fuera en rikshow-bicicleta. En el correo me atendió un tibetano que hablaba inglés. Charlamos sobre el Dalai Lama y sobre la triste vida que tenían los tibetanos entonces, dominados por los invasores. El mismo empleado me acompañó unas cuadras por los alrededores para indicarme cómo llegar al Potala, para que lo conociera. En la ciudad había un atmósfera permanente de tristeza y desconfianza. Por todas partes había soldados chinos. Pasé por frente al Potala, el palacio en donde vivieron los Dalai Lamas. Enorme y majestuoso, no me impresionó demasiado. Ése era el edificio que, según Maitreya, podía yo confundir con mi monasterio. Era muchísimo más grande de lo que recordaba de mi regresión pero, con su estructura de fortaleza medieval, era posible esa confusión. Mucha gen-te, tibetanos todos, caminaban alrededor de la mole enorme del castillo.
Cuando regresé al hotel me puse a meditar en mi habitación aprovechando que estaba solo. Al cabo de unos minutos tuve una visión escalofriante: vi un montón de personas, mucha gente que se empujaba, caían unos sobre otros, algunos heridos o muertos. Sorprendido salí rápida-mente de la meditación, sin entender lo que me había pasado. Me quedé acostado tratando de relajarme, con el corazón palpitante. Unos minutos después entró en el dormitorio Stuart. Me contó que había estado caminando frente al monasterio Jokhang, en donde había visto mucha gente haciendo postraciones frente a la puerta y a soldados vigilando entre la gente de la calle. También él estaba impresionado por el ambiente de desconfianza y tristeza que se respiraba en la ciudad.
Le narré mi extraña visión durante la meditación y él me contó que el año anterior había tenido lugar una gran masacre por parte de los chinos a causa de una revuelta tibetana en Lhasa. Me dijo que lo que yo había visto había sido transmitido por televisión a raíz de que, por casualidad, un turista americano pudo filmar casi todo lo que allí pasó, lo cual sirvió como documento para la protesta que hizo el Dalai Lama ante la UN por ese hecho. Los soldados chinos mataban a los monjes cuando los encontraban en la calle, incluso después de haber reprimido la revuelta.
En la cena charlé con Stuart sobre los monasterios que habíamos visitado y lo desagradable que nos resultaba esta ciudad, Lhasa. Le comenté además que me molestaban en todas las religiones los rituales, especialmente los que denotaban fanatismo, como el hecho de poner en movimiento con la mano los cilindros que había en todos los templos y la costumbre de los tibetanos de hacer girar unos molinillos manuales pequeños, que tenían rollos de papel adentro con mantras escritos, mientras caminaban por la calle. Dicen que multiplican así los méritos de los mantras u oraciones que están repitiendo. Stuart me explicó que hacer girar los cilindros o los molinillos mientras se rezaban plegarias era una expresión de la devoción de esa gente tan religiosa, e insistió para que tratara de entenderlo. Él me había visto hacer postraciones frente a algunas estatuas, bien podría comprender yo el significado de esos pequeños rituales cotidianos de los religiosos de ese pueblo. "A mí no me agarran para dar vuelta molinillos", le contesté, pero sentía que lo decía desde un lugar de rebeldía intelectual que no me sonaba bien ni a mí mismo. Stuart se rió.