"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)

CAPÍTULO CUATRO. La vida en el monasterio

El lunes a la mañana, cuando todo el monasterio había vuelto a la tranquilidad, fui a la entrevista que tenía con el lama Dorsong en su casa. En una reunión anterior con el lama, Gerardo me había servido de traductor porque yo no estaba familiarizado con su inglés (el acento tibetano hacía que me fuera difícil entenderlo), pero puesto que ya nos habíamos encontrado varias veces, esta vez pude comunicarme directamente con él, a solas.

Dorsong Rinpoché estaba sentado en un sillón en su casa y me hizo sentar en otro a su lado. Me preguntó qué prácticas había hecho y qué iniciaciones budistas había recibido. Le conté que hacía diferentes tipos de meditación, no sólo la que había aprendido con los lamas en la Argentina, sino algunas que conocía del yoga hindú. Además, durante mis meditaciones, yo mismo había recibido técnicas especiales de meditación, como visualizaciones, manejo de la energía, programaciones mentales y otras, que ponía en práctica según mi necesidad.

Por otra parte, le dije que había elegido como Yidam a Tara Verde desde hacía cuatro años y que desde entonces repetía mil veces su mantra diariamente. Si algún día omitía esta práctica, en los días subsiguientes reponía los mil mantras. Además, a veces, cuando mis actividades me dejaban el tiempo suficiente, practicaba a solas una puya dedicada a Tara, que me llevaba dos horas. Dorsong me comentó que justamente su Yidam también era Tara y que si yo había dedicado tanta atención a estas prácticas no era yo quien la había elegido sino que ella me correspondía como mi verdadero Yidam. Después me enteré de que este lama era considera-do como una "emanación" de Tara Verde, de modo que no me sorprendía que habiendo ido a la India para buscar enseñanzas del lama Chögyal terminara tomando como maestro a Dorsong, que pertenecía a la energía espiritual de mi propio Yidam.

Comenzó así mi retiro propiamente dicho en el monasterio siguiendo las enseñanzas del lama Dorsong. Como mi costumbre era meditar con los ojos cerrados, me indicó que los abriera, y me dio algunas instrucciones precisas. Debía hacerlo varias veces al día alternando la meditación con repetición de mantras de Tara y con una práctica diaria de la puya de Tara, cuyo texto en tibetano, con su fonética y su traducción al castellano, tenía desde años atrás.

En Buenos Aires, también otros lamas me habían enseñado a meditar con los ojos abiertos pero me costaba hacerlo. Evidentemente los lamas le dan a uno como trabajo lo que le falta. Dorsong me explicó que con los ojos abiertos podría meditar en cualquier momento de la vida diaria, y durante la práctica, sentado en quietud, mantendría mejor la conciencia despierta, sin la obnubilación en la que se suele caer al cerrar los ojos durante mucho tiempo. Por el contrario, al hacer prácticas de visualizaciones podía cerrar los ojos para dar más énfasis a lo que veía, como en el caso de la repetición de mantras viendo la figura de Tara en mi mente.

Hay tres tipos de meditación budista:


1. Shiné (calma mental),

2. Lakhtong (visión penetrante)

3. Mahamudra (conciencia de la verdadera naturaleza de la mente: la vacuidad).


Se dice que nuestra mente es como un lago cuya superficie está siempre perturbada por el viento, que produce olas (los pensamientos y las emociones). Las olas no permiten que se vea el fondo del lago ni elreflejo del sol, la luna y las estrellas. Calmar la mente es como apaciguar el viento; cuando se tranquilicen las olas podremos ver con claridad el interior de nuestra psiquis y percibir los mensajes del cielo.

Para todo tipo de meditación la postura es de enorme importancia y se aconseja basarla en los siete puntos del Buda Vairochana:


1. Las piernas cruzadas en la postura del loto o padmasana, las piernas cruzadas, con cada pie apoyado en el muslo opuesto (o la postura más cercana que uno pueda).

2. Las manos en la posición de reposo: la mano derecha sobre la palma de la izquierda, con los pulgares tocándose por las puntas.

3. La columna vertebral recta como una flecha.

4. Los hombros y los codos llevados ligeramente hacia atrás.

5. La cabeza levemente agachada, con el mentón formando un gancho.

6. La boca entreabierta, con la punta de la lengua en el ángulo que forman los dientes superiores con el paladar.

7. Los ojos entrecerrados, con la mirada a doce dedos de la punta de la nariz o en el suelo, a un metro y medio de distancia.


Esta postura establece una conexión de la mente adecuada para meditar con más facilidad.

El cuerpo desprovisto de toda agitación, estable, quieto como una montaña. Los ojos no están ni cerrados ni abiertos, como el océano. La mente sin distracción, como el espacio.

Durante la meditación hay que observar la esencia de nuestra mente, sin distracción, y llegar a percibir la vacuidad. Esta vacuidad no es oscuridad, como la de una casa que tenga cerradas todas sus ventanas, sino que lo abarca todo, como el espacio, lúcido y claro. No se hace ninguna visualización y no hay agitación; la mente está en su estado natural, sin ningún artificio. No hay pensamiento, se está des-provisto de todo concepto, sin distracción. Si aparece algún pensamiento, no hay que tratar de abandonarlo o expulsarlo, sino dejar que él mismo se libere, se desvanezca. Se trata de dejarlo pasar. No darle consistencia, no seguirlo ni aferrarse a él.

Conscientes sólo del momento presente, mantenemos tres presencias:

1. La presencia física, observando nuestra postura.

2. La presencia mental, observando el estado natural de la mente.

3. Y la presencia de las enseñanzas, observando las directivas que se nos han dado.


El lama Dorsong me dio algunas otras enseñanzas de enorme importancia para mí, entre las que figuraba la observación de mi propia mente cuando lograba quietud y cuando de nuevo se ponía en movimiento con pensamientos que me molestaban. Me enseñó que no era posible parar esos pensamientos, pero que observara cuándo la mente se detenía y cuándo comenzaba a moverse de nuevo, reconociendo la parte de mi ser que observaba, diferente de la que pensaba o quedaba inmóvil. Comenzaba así a aparecer la conciencia del "yo que observa y decide". Era el camino que Dorsong me proponía para llegar a la conciencia de "la verdadera esencia de la mente", la vacuidad.

No me dio ninguna indicación de tiempos, pero me armé mi propio programa, que respeté durante casi toda la estadía en el monasterio. Me propuse un trabajo de ocho horas distribuidas a lo largo del día.


• Me despertaba a las seis de la mañana y después de tomar un café caliente practicaba sobre la alfombra una hora de asanas. Para ello, seguía una secuencia que era útil para mí: hacía dos asanas para cada centro de energía, comenzando desde el centro bajo hacia arriba.

• Cuando llegaba al centro frontal repetía mil mantras de Tara.

• Luego, focalizando mi atención en el centro coronario meditaba como me había enseñado Dorsong. Con esto completaba las primeras dos horas de trabajo.

Para entonces el sol ya había subido bastante y entraba de lleno en mi dormitorio por la amplia ventana que miraba hacia las montañas. Raquel también se había levantado y practicaba en su dormitorio, al lado del mío. Me aseaba y preparaba mi desayuno. Algunas veces coincidía con el descanso que ella se tomaba y desayunábamos juntos, comentando las actividades del día anterior o los proyectos para más adelante.

• A las nueve y media retomaba mis prácticas y dedicaba dos horas para la puya de Tara.

Después salía a recorrer el monasterio. Solía ir a la oficina a saludar al lama Chögyal o al lama Dorsong, o conversaba con algún monje o con gente del pueblo tibetano.

Los primeros días almorzaba con Raquel la comida que nos preparaba Yeshi, nuestra asistente tibetana. Pero tenía demasiadas frituras, carne y picantes, por lo que pronto todo lo que comíamos nos caía como piedra en el estómago. Por tal motivo decidimos pedir al hotel cercano que nos preparasen alimentos más adecua-dos a nuestras costumbres. De todos modos la nueva comida no era lo mejor para nuestro gusto. Yeshi iba todas las mañanas al hotel a buscar nuestras viandas para el almuerzo y la cena. Después del almuerzo yo solía dormir una siesta de una hora.

• A las tres de la tarde asistía, en uno de los templos, a las puyas de los monjes, en la que también meditaba, hipnotizado por los sonidos de los instrumentos que acompañaban las prácticas.

• A las cinco volvía a mi casa y retomaba la meditación durante dos horas más, hasta que se ponía el sol.

• Aprovechaba el tiempo que me quedaba hasta la cena para estudiar tibetano, lo que había comenzado a hacer el año anterior en Buenos Aires.

• Alrededor de las ocho cenaba con Raquel y a las nueve me ponía a escribir cartas o el diario que llevaba desde comienzos del viaje.

• A las diez estaba de nuevo meditando, sentado en mi cama, y a las once me acostaba y me dormía al instante.

A veces dormía con las ventanas abiertas y era tan grande el silencio de la noche en la montaña que sentía los latidos de mi corazón o me dolían los oídos. Otras veces me despertaba alguna estrepitosa tormenta que se desataba de golpe, iluminando con sus rayos el firmamento y sacudiendo la puerta con sus ventarrones. A la mañana siguiente salía de nuevo el sol, ignorando la lluvia de la noche.


No siempre podía cumplir ese cronograma: Raquel, que estaba más al tanto de las novedades del monasterio o de los alrededores, me invitó un día para que fuéramos a Dharamsala, a visitar al lama Ose], que estaba allí en esos días. Pedimos un taxi del pueblo próximo, Paprola, para que nos viniera a buscar por la mañana. A eso de las nueve partimos en un pequeño taxi hasta Dharamsala. Llegamos a una ciudad muy pintoresca ubicada en la ladera de las montañas. Estaba dividida en dos partes: la baja, poblada por indios, era como todos los otros pueblos de la India, construida a lo largo de la ruta, con una callecita muy estrecha y empinada que subía serpenteando por las laderas. A lo lejos se veían las altas cumbres del Himalaya con sus nieves eternas. La atmósfera era más diáfana y el cielo más azul que en los otros lugares que habíamos conocido.

Hacía mucho frío por la altura. Los habitantes caminaban envueltos en mantas pero con las piernas desnudas y en sandalias u ojotas. Los que usaban pantalones llevaban medias y zapatos, pero en general la ropa no era demasiado abrigada. Como siempre, un negocio al lado de otro, con las puertas abiertas y atestados de mercaderías. Muchísima gente por las calles, autos, carros y vacas sueltas, como en toda la India (en realidad son búfalos o cebúes, no las vacas que conocemos en Argentina).

Después de atravesar todo el pueblo el camino se hizo mucho más empinado y el paisaje cambió. La ruta subía en zigzag entre casas ahora diferentes. Comenzamos a ver tibetanos por todas partes. Éste era el upper Dharamsala, la ciudad alta en donde se refugiaron los primeros tibetanos que acompañaron al Dalai Lama en su exilio por la invasión china de 1959, cuando Nerhú, entonces primer ministro de la India, cedió estas tierras al monarca destronado. El Dalai Lama, que en aquel entonces tenía sólo 24 años de edad, construyó con sus acompañantes un monasterio donde instaló su gobierno en el exilio. Lo acompañaron muchos lamas y monjes, y muchos laicos que no querían alejarse de sus parientes monjes. Así se fue formando un pueblo interesante y atractivo que ahora tiene vida muy activa. Desde allá arriba el paisaje era hermoso y se veían sobre las montañas de los alrededores muchos monasterios tibetanos, que antes no habíamos podido ver.

Durante el viaje Raquel me contó sobre el lama Osel, de quien yo no sabía nada. Se trataba de un niño de seis años, el lama principal del monasterio Tushita (me referí a él en la Introducción). Raquel se había iniciado en las lecturas budistas con los libros del lama Yeshe y lo había tomado como su maestro. Este lama había muerto en California hacía varios años y el actual lama Osel era considerado su reencarnación. Caminando llegamos a la parte más alta de la montaña donde está elmonasterio Tushita, formado por un conjunto de casas todavía en construcción y que además de alojar a monjes es un lugar de retiro para laicos.

En los jardines, frente al templo, había una stupa en homenaje al lama Yeshe. Se trata de un monumento mortuorio que contiene las cenizas del lama y está hermosamente adornado. Dimos varias vueltas a la stupa en el sentido de las agujas del reloj, según la costumbre de respeto, y luego volvimos a la casa principal para solicitar una entrevista con el lama Osel. Nos dijeron que teníamos que esperar una media hora. Estaba terminando sus prácticas matinales. Se oía cantar adentro a un niño con voz clara y muy afinada. Resultaba enternecedor pensar que ese chico nos iba a dar una audiencia. Preparamos las cámaras fotográficas. En el jardín paseaba un monje charlando con dos europeos jóvenes que evidentemente estaban alojándose allí porque usaban ropas parecidas á las de los monjes: tenían jeans azules, pero llevaban un manto de color bordó y las cabezas rapadas.

Pasada la media hora salió un monje joven a la galería en donde esperábamos y después de saludarnos en inglés nos condujo hacia una habitación en donde estaba Osel. Nos quitarnos los zapatos y entramos. Quedé boquiabierto: sobre una especie de cama o sofá, detrás de una mesa a modo de escritorio, estaba sentado un niño de seis años, de cabello cortito y muy rubio, de expresivos ojos de color caramelo y mirada clara, sonriente. Nos acercamos también sonriendo y con respeto nos inclinamos ante él con las manos juntas. Después realizamos el habitual ritual de cuando uno saluda a un lama: le ofrecí una "cata" (una bufanda blanca de seda). El lamita la tomó y la colocó sobre mi cuello en señal de bendición, con profundo recogimiento.

Raquel le habló en castellano puesto que sabía que era español, nacido en Granada. Le contó que veníamos de Argentina, que habíamos leído libros del lama Yeshe y que ahora nuestro deseo era conocerlo a él. "¿Así es que habláis castellano?", nos preguntó el niño, con un marcado tono andaluz. "Habéis viajado mucho para venir a verme." No podíamos menos que sonreírnos al oír hablar así a un niño occidental vestido con las ropas de un tibetano, sentado como los grandes lamas, después de habernos bendecido como un adulto. Cerca de nosotros estaba el monje joven, de pie, indudablemente para cuidarlo. A pedido del niño fue a un armario y trajo un conjunto de fotos. Osel desparramó las fotos sobre el escritorio y nos pidió que eligiéramos una para llevarnos como recuerdo. Eran fotos suyas de distintos momentos y épocas. Había algunas de cuando lo entronizaron a los tres años, sentado con gran seriedad en un trono, con sus ropas de gala y una corona en la cabeza. Otras, jugando con su hermanito menor junto a su madre, posiblemente en Bubión, cerca de Granada, donde había nacido. Yo elegí una actual, donde se veían bien sus ojos claros. Me la firmó, con bastante dificultad, con tinta dorada. Lo mismo hizo con la foto elegida por Raquel.

Ella le hablaba de cosas que tenían que ver con el budismo, yo ya ni oía, absorto en esta maravilla que tenía delante. Osel, bien sentado, con su columna recta y sus piernitas cruzadas en "flor de loto", le contestaba con gran seriedad todo lo que ella le preguntaba. "Te estuvimos escuchando cuando estabas cantando antes de que entráramos", le decía Raquel. "Sí", contestaba Osel, "estaba haciendo mis prácticas matutinas". "Y después, ¿qué vas a hacer?" "Primero tengo clase de inglés, después una de tibetano." Y recuperando extrañamente su actitud de chico agregó: "Después me voy a jugar con una pelotita preciosa que me regalaron y que salta así… para todos lados…" Nos reímos. El monje también se rió y lo miraba con ternura, sin hablar una sola palabra.

"¿Qué otras cosas vas a hacer durante el día?", seguía preguntando Raquel. "Tengo que estudiar otras puyas y recitar mantras." "¿No tenés amiguitos para jugar?" "Claro que los tengo. Todos esos son mis amigos, con quienes hablo y juego cuando quiero", y nos mostró, extendiendo su bracito, unas imágenes de deidades tibetanas que colgaban de las pare-des. Y las fue nombrando una por una: Vajrapani, Tara, Avalokiteshvara… "Ellos están siempre dispuestos a hablarme y a acompañarme cuando los llamo. Tú puedes llamarlos también y pedirles ayuda todas las veces que quieras. Para eso están allí mirándonos."

Al cabo de un rato soltó un suspiro. "Me imagino que ya estarás cansado", le dijo Raquel. "No, no", contestó Osel, "un lama no se cansa. Cuando sientas que te vas a cansar debes repetir el mantra de Vajrasattva: OM BENZÁ SATO HUNO y sentirás que te purificas por dentro para continuar haciendo tus tareas".

Yo seguía sin salir de mi asombro; no entendía cómo este lama que nos daba enseñanzas podía al mismo tiempo ser ese niñito que aparecía en las fotos jugando en el suelo con su hermanito. Que nos enseñara quéhacer cuando nos cansáramos y al mismo tiempo nos contara que tenía una pelotita que saltaba mucho. Si hubiéramos prolongado la visita más tiempo él habría seguido sentadito, erguido, cumpliendo con su papel de lama serio que debía dar enseñanzas a quienes se le acercaran.

No podía dejar de pensar que este niño no había tenido infancia ni nunca la tendría. Sin duda, todo lo que decía se lo habían enseña-do. Pero, ¿podría cualquier niño de seis años jugar este papel de Maestro como lo hacía Osel? Me vino a la memoria lo que había leído momentos antes de entrar, en la librería del monasterio, en un libro sobre la vida del lamita, escrito por una periodista inglesa. Ella recordaba algo que decía un jesuita: "Préstenme un niño de tres años y a los ocho será mío". Pero, ¿podría cualquier niño a quien se le enseñara música con la dedicación del padre de Mozart escribir una ópera a los 12 años como él? Sin duda que no. Este niño tenía algo fuera de lo común, algo que me inspiraba respeto. Ya lo había experimentado antes: cada lama me hacía sentir algo diferente y a la vez mucho más intenso que frente a cualquier otra persona. Osel no me inspiraba agacharme delante de él para esperar que me tocara la cabeza, como me había ocurrido con el lama Kamtrul, en Tashi Yong. Pero me inspiraba mucho respeto y no me cabía duda de que detrás de esos ojitos claros estaba el lama Yeshe.

Le pedimos sacarnos fotos con él. Osel asintió y cada uno posó arrodillado a su lado. Yo le tomé una mano y él me la sostuvo hasta que Raquel apretó el disparador (Foto 13). Le agradecimos haber estado allí y Osel nos deseó buen viaje y nos dijo que volviéramos cuando quisiésemos. El monje nos acompañó afuera y con una gran sonrisa nos saludó mientras se agachaba, haciéndonos una reverencia. Afuera, la stupa con las cenizas del lama Yeshe me pareció más hermosa. El sol calentaba ya, los árboles se movían por el suave viento que anunciaba el comienzo de la primavera.

Descendimos lentamente, en silencio, por el sendero de la montaña. Un montón de monos se nos acercó para pedirnos comida. Pare-cían domesticados. Raquel se secó una lágrima antes de hablarme. Creo que a ella no le cabía duda de que había estado frente al lama Yeshe, su Maestro. Yo tenía la convicción de que esa carita cubría a un alma iluminada, que me había tocado muy profundo.

A la caída del sol llegamos al monasterio Tashi Yong. Esa noche, después de cenar, medité más tiempo que de costumbre, impresionado por el lamita Ose]. Al día siguiente volví a la rutina de mis prácticas en el dormitorio.

Cuando llegó la luna llena, Dorsong Rinpoché nos invitó a participar de las ceremonias correspondientes. Se hacían dos veces al mes, en luna llena y en luna nueva. Los monjes estaban como siempre en el templo y el lama Dorsong reunía a los laicos en una habitación a medio construir del nuevo edificio, donde presidía una extraña ceremonia. Sentados en el suelo frente a él, todos repetíamos el mantra de Vajrasattva (el que nos había aconsejado el lamita Ose] para cuan-do estuviéramos cansados: OM BENZÁ SATO HUNO). Al mismo tiempo había que visualizar la figura de la deidad, cuya estatuilla habían colocado delante, en un pequeño altar. Mientras repetía el mantra, según me indicó Dorsong, tenía que sentir que la deidad estaba suspendida en el espacio sobre mi cabeza, y que un néctar caía de su cuerpo y entraba por mi centro coronario y me iba purificando por dentro, física y anímicamente.

Durante casi dos horas repetí ese mantra y tuve una curiosa experiencia: comencé a sentir dolores por todo el cuerpo y terminé retorciéndome. Los dolores llegaban a ser a veces insoportables, como si me desgarrara por dentro. Por momentos me dormía y nuevamente los dolores recomenzaban. Finalmente, todos al unísono recitaban unas plegarias que leían en sus libros, siguiendo el ritmo que Dorsong marcaba con un lápiz sobre su pupitre. Yo descansaba entretanto, porque no conocía el texto que ellos leían, y por fin me pude relajar. Nos sirvieron té y salí a caminar un rato por los alrededores, como sonámbulo.

Quince minutos después nos llamaron de nuevo y completamos las cuatro horas de mantras de esa mañana. El lama nos citó para las dos de la tarde para completar otras cuatro horas. Me arrastré montaña arriba hasta mi dormitorio, me tiré en la cama y quedé profundamente dormido hasta avanzada la tarde, sin poder moverme. No asistí a la continuación de la ceremonia.

Al día siguiente relaté al lama Dorsong mi desventura. "Es claro", me dijo, "nosotros estamos acostumbrados y soportamos mejor la limpieza interior que produce ese mantra. A sus pacientes les debe pasar lo mismo cuando usted les da una medicina que los depura orgánicamente. Cada uno tiene su particular forma de curarse o depurarse. Debería seguir haciéndolo, pero menos tiempo, y todos los días un poco". Desde entonces introduje el mantra de Vajrasattva en mis prácticas diarias y siempre me retorcía de dolor. Vajrasattva es la imagen del cuadro que le había comprado al marido de nuestra asistente Yeshi.

Algunos días después el lama Dorsong le dijo a Raquel que estaba el lama Situ Rinpoché en el monasterio Sherab Ling, su propio monasterio, a 15 kilómetros de Tashi Yong. Le recomendó que fuéramos a verlo. El lama Situ viajaba mucho por todo el mundo así que era una oportunidad tenerlo tan cerca. Ya conté algunos detalles de la vida de Situ Rinpoché en la Introducción, de modo que remito al lector allí para no caer en repeticiones.

Pedimos un taxi de Paprola y en una hora estuvimos en el monasterio Sherab Ling. Viajamos subiendo montañas muy altas; el paisaje era muy diferente al de la zona en donde vivíamos. Había bosques de coníferas y riachos encantadores. En el camino fui testigo de una singular conjunción. Al lado de nuestro auto pasó un hombre que transportaba cargas encima de dos camellos; nunca antes había visto una vestimenta tan primitiva como la de ese camellero. Y sólo en el cine había visto usar esos animales como cargueros. En ese mismo momento volaba un jumbo cuatrimotor de una línea de la India, bastante bajo. De nuevo me enfrentaba con este fenomenal contraste de naturaleza, tiempos y técnicas en la India.

Poco más allá encontramos una bandada de una docena de buitres, que tomaban sol sobre las rocas de un riacho o estaban posados en los arbolitos de los alrededores, en algunos casos más pequeños que el cuerpo de los animales. No sabía que en el Himalaya hubiera semejantes aves. Eran enormes y cuando abrían sus alas llegaban a tener tres metros de envergadura. Se parecían a los cóndores de nuestra cordillera, con su collar blanco y sus alas negras y blancas. Pero éstos se comportaban de manera diferente ya que vivían en bandadas y sobre la tierra baja, no sólo sobrevolando las altas cumbres.

Dentro de un bosque de pinos encontramos el monasterio. Una construcción humilde, de formas modernas y simples. Había un templo sencillo, como todos los que ya había visto hasta el momento. Pedimos una entrevista con Situ Rinpoché y nos hicieron esperar un rato en una pequeña sala al lado de su cámara. Sentí que una conmoción me embargaba. Sabía que a Situ se lo consideraba una emanación de Maitreya y yo tenía gran respeto por este personaje hindú-tibetano.

Según el hinduismo, Maitreya es el nombre sánscrito de Cristo. Los tibetanos le llaman Champa y es venerado como el Buda del Futuro, el de la Nueva Era, cuando cambiarán las dignidades de las Jerarquías de Grandes Seres que tienen a su cargo la evolución de la humanidad, en el año 2000. Según el budismo, el Bodhisattva Maitreya, que en este momento reside en el Cielo Tushita esperando su turno, se ha emanado en varios yoguis indios, más tarde como Marpa el traductor (el maestro de Milarepa) y luego en Situ Rinpoché.

Según los escritos de la teosofía, Maitreya tuvo varias encarnaciones importantísimas para el ser humano. Dicen que fue Zaratustra en la época de los caldeos. Luego vino como Krishna y fundó el hinduismo en la India. Después encarnó como discípulo de Sidharta Gautama, con el nombre de Maitreya. Cuando Sidharta pasó a ser Buda, Maitreya siguió a su lado como Bodhisattva, bajo sus órdenes, para ayudar a la humanidad desde un lugar celestial. Se convirtió así en canal para que las fuerzas divinas vehiculizadas por el Buda lleguen a los seres humanos en la Tierra.

Siempre según la teosofía, Maitreya volvió más tarde a descender a la mente de un mortal especialmente preparado para recibirlo: entró en el cerebro del maestro Jesús de Nazaret en el momento de su bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista, su primo, quien ayudó así para que Maitreya o el Cristo, representante de la mente divina o Espíritu Santo, penetrara en Jesús. A partir de entonces se lo llamó Jesucristo.

Siempre había tomado a Jesús como mi Maestro de modo que esta vinculación del lama Situ Rinpoché con Maitreya me fascinaba. Recuerdo que el lama Sherab Dorye en el retiro en San Martín de los Andes me decía que yo no debía dejar de ser cristiano aunque me acercara al budismo, puesto que Buda era, en esencia, lo mismo que Cristo: había que buscarlo dentro del propio corazón. Buda no es un ser exterior al que hay que llegar después de muerto, decía, sino que es la esencia divina que reside en cada persona, cubierta por cuatro velos: la ignorancia, el karma, las tendencias producidas por éste y las emociones negativas con las que vivimos a diario. Nuestra tarea de evolución consiste en ir sacando estos velos para conectarnos con la esencia búdica. En ese momento no lo había comprendido del todo. Ahora vislumbro su significado.

Antes aun de ese retiro con el lama Sherab, había ido yo, por primera vez, a tomar enseñanzas budistas del lama Trinle Drugpa en un retiro de dos días en Buenos Aires. Este lama me había parecido muy dogmático y no podía comprender a qué se refería cuando hablaba de las cualidades del Buda. A pesar de que no era practicante, me sentía cristiano y me molestaba tremendamente tener que meditar sobre esas cualidades del Buda, un ser extraño y foráneo que nada tenía que ver con mi cultura y mi iniciación religiosa. Sin embargo, ¿por qué me atraía tanto? ¿Por qué sentía tanta fascinación por el budismo? Gina, una psicoterapeuta amiga que me vio muy consternado, se me acercó en el intervalo para ayudarme. Me dijo entonces que ella no era cristiana sino judía, pero tenía gran admiración y respeto por Jesús, de modo que podía comprender mi resistencia. Pero sabiendo la importancia que tenía el budismo para el desarrollo espiritual, me aconsejó que cuando el lama nos hiciera meditar sobre el Buda visualizara la figura de Jesús, mi Maestro, como estaba acostumbrado a hacerlo en otras meditaciones.

Su consejo me pareció adecuado y esa tarde, después que el lama Trinle nos mostró una estatuilla dorada del Buda para visualizarla y meditar sobre él, entré en meditación y proyecté la imagen de Jesús, de pie, delante mío. Nunca lo había visualizado con tan hermosa figura en mis meditaciones anteriores. De pronto, y para mi asombro, la figura que yo había creado en mi mente se llevó las manos hacia su corazón y se fue acercando a mí con lentitud. Cuando estuvo cerca, Jesús extendió sus manos hacia mí: en sus palmas había una estatuilla dorada del Buda.

Todo esto volvió a mi mente mientras esperaba para ver a Situ. Un monje nos hizo entrar. El lama Situ Rinpoché estaba sentado sobre un gran almohadón sobre un hermoso sillón, en medio de una habitación espaciosa que además tenía un escritorio, un altar con imágenes, sahumerios y velas, y cortinas que daban una luminosidad extraña al recinto. Sentí una hermosa sensación en mi corazón y comencé a sonreír, de la manera en que él lo estaba haciendo. Un hombre joven, de cara redonda, con ojos de mirada muy inteligente detrás de unos anteojos de marcos gruesos y oscuros. A partir de ese momento no se fue la sonrisa de mi rostro ni la alegría de mi corazón. Nos saludó con afecto, casi como si ya nos conociéramos. No permitió que hiciéramos reverencias mediante "postraciones", arrodillándonos y llevando la frente hasta el suelo, como nos habían enseñado que debíamos hacer frente a un gran lama. Extendió en cambio su mano derecha para estrechar la nuestra, a la usanza occidental.

Le dijimos que habíamos leído alguno de sus libros y que deseábamos conocerlo. Le contamos que estábamos en Tashi Yong y que el lama Dorsong nos había aconsejado que lo visitáramos. Al saber que procedíamos de la Argentina nos comentó que posiblemente el lama Trinle Drugpa (con quien me inicié en el budismo) iría a vivir a la Argentina. Lo conocía bien y me pidió que si lo veía le mandara sus saludos.

Raquel le contó de un proyecto en el que ella quería participar con respecto a los refugiados tibetanos en nuestro país y él la felicitó y le agradeció por preocuparse por su pueblo. Le dijo, sin embargo, que podría tener dificultades, porque una empresa como ésa encontraría, sin duda, resistencias. "¿Sabe por qué?", continuó, "porque cuando uno comienza una obra de importancia, dedicada al bien, moviliza necesariamente fuerzas negativas, la contraparte de lo que uno quiere hacer. Sin embargo, lo negativo no forma parte de la naturaleza humana, como suele decirse. Es común que cuando alguien hace algo malo la gente diga que es justificable puesto que la codicia y la envidia forman parte de la naturaleza del hombre. No es así, en realidad. La naturaleza humana es divina, tiene la condición del Buda. De a poco, debido a nuestra formación y a las dificultades de la vida, el hombre adquiere actitudes negativas porque se va apartando del ser interior divino que lo debería animar y se deja llevar por los caminos más fáciles, que suelen ser los equivocados. Cuando uno emprende algo para el bien de los demás, tiene que saber que está por comenzar algo duro y difícil, pero que está más en conexión con el corazón humano que si se queda sin hacer nada. Además le servirá como evolución para su propia persona".

Me preguntó después a qué me dedicaba. Le conté que era médico y que dirigía un instituto donde aplicábamos el yoga a la medicina. Le pareció una actividad digna y hermosa, y me prometió que en sus oraciones "rogaría para que cada vez pudiera ayudar a más gente necesitada, ya que esa tarea requería incansablemente de la compasión, lo más elevado que podemos desarrollar en nuestro corazón".

Sentí que Situ Rinpoché nos transmitía amor y nos llenaba de energía y valor para continuar con nuestros objetivos. Salimos con el corazón henchido de gozo y esperanzas. Tardó mucho en apaciguarse la sonrisa de mi rostro. Al recordarlo siento que su sonrisa vuelve a aparecer en mí. Quedé con la impresión de que Situ Rinpoché, con sus maneras sencillas y humildes había borrado el mito que rodeaba a su imagen pero había tenido la virtud de hacer crecer su persona dentro de nosotros.

Nos habíamos entendido muy bien con él, sin ningún traductor. Su inglés era perfecto. Vuelvo a comentar que cuando comenzó a enseñar budismo a los ingleses que venían a verlo en Sikinn, cuando tenía sólo 17 años, el inglés le fue surgiendo sin que tuviera que estudiarlo. Ahora escribe en inglés para la difusión de la filosofía budista, y en su tarea por la liberación del Tíbet, la paz mundial y la ecología, al lado del Dalai Lama.

Cuando volvimos a Tashi Yong el lama Dorsong quedó muy satis-fecho con lo que le contamos de nuestra visita a Situ Rinpoché.

Un domingo, a la hora de la siesta, salí a recorrer las montañas frente a mi habitación. Fue un paseo hermoso, por entre las casas de los lugareños. Subí por las terrazas cultivadas y llegué a gran altura, hasta que me encontré con que el sendero me conducía a una casa, en cuya entrada estaban jugando unos chicos. Al principio se asustaron de mi presencia, pero los llamé y me rodearon mientras reían. No había forma de comunicarnos. Tocaban mi ropa y se extrañaron de mis zapatos. Les decía en castellano el nombre de lo que tocaban y lo repetían con alegría.Adentro, en un patio frente a un galpón, trabajaban tres jovencitas con azadas, subiendo heno a lo alto del galpón. Cuando me vieron se pu sieron a cuchichear y a reír. Volví sobre mis pasos y seguí divirtiéndome con los chicos. De pronto vi que una de las jóvenes se había acercado y sentada en los escalones de la entrada se peinaba su larga cabellera, seductoramente. Terminó sacándose la blusa para mostrar sus pechos. Confieso que, asustado, me alejé y continué la ascensión de la montaña, seguido por los chicos que corrían y me hablaban en hindi.

Algunos días después Dorsong nos comentó que en Kathmandú estaba un célebre lama tibetano que residía en Bután, Dilgo Khyentse Rinpoché. Era un hombre de 81 años y lo juzgaba como el más importante lama del momento. Se lo consideraba "de alta realización" y había grandes lamas que afirmaban que había llegado a la altura de un Buda. Era un Buda viviente. Estaría sólo quince días en Nepal y muy probablemente no volveríamos a tener la posibilidad de verlo. Los tibetanos tienen la idea de que recibimos grandes beneficios cuan-do nos aproximamos a una alta figura como él, porque al ponernos bajo su aura nos llega su bendición. Dorsong Rinpoché nos aconsejó que no dejáramos de ir a verlo.

¿Y nuestro trabajo de meditación en el monasterio? Eso podíamos hacerlo en cualquier lugar, como cuando volviéramos a Buenos Aires… Además, podíamos quedarnos un tiempo allá y a la vuelta seguiríamos tomando enseñanzas de Dorsong. "No es necesario estar en un monasterio para meditar y progresar espiritualmente", nos decía.

Hicimos nuestros preparativos y dos días después partimos para tomar el avión en el aeródromo de Dharamsala hacia Delhi. Antes de partir tuvimos la noticia de que el Dalai Lama estaba en su monasterio, allí en Dharamsala, de modo que salimos muy temprano para intentar una entrevista con él. Cuando llegamos a Dharamsala fuimos directa-mente a su monasterio y preguntamos si era posible ver a Su Santidad, el Dalai Lama. Estuvimos un largo rato en la sala de espera y finalmente un monje tomó nuestros nombres y nos dijo que en ese día no podríamos verlo porque las entrevistas estaban ya completas. Si le dejábamos nuestras direcciones o teléfonos nos avisarían aproximadamente en un mes. Con gran desilusión tuvimos que irnos, "con la cola entre las piernas", a tomar nuestro avioncito para Delhi.