"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)CAPÍTULO TRES. La Danza de los LamasEsa misma tarde, después de instalarnos en nuestras habitaciones, pedimos un taxi del pueblo vecino y nos fuimos al monasterio de Tashi Yong. Viajamos por un hermoso camino de montaña, que a veces me hacía recordar a los de Córdoba, y al entrar en un valle divisamos el monasterio. Fue un momento de gran excitación. Por primera vez desde nuestra llegada a la India nos poníamos en contacto con los tibetanos y el budismo. Sobre la ladera de una montaña se veía la Gompa o templo principal, una construcción típicamente tibetana, con paredes amarillas decoradas con colores, con ventanas rectangulares y techos rojos y dorados, al estilo de una pagoda china, con terminaciones sobresalientes en los bordes formando una voluta en cada extremo. Rodean-do la Gompa, sobre la ladera de la montaña y entre los árboles, estaban las casas que constituían la comunidad tibetana. Por detrás del templo, otra serie de casas escalonadas que luego supe eran las de los lamas y de los monjes. Una calle estrecha y en muy mal estado nos condujo hacia el acceso al monasterio. Las terrazas de cultivos de trigo llegaban hasta el borde del asfalto roto del camino y pasamos al lado de muchas casas de pobladores indios, como las que habíamos visto en la ruta desde el aeropuerto. El aspecto de la población tibetana, en cambio, era muy diferente: casas cerradas, modestas pero limpias, y distribuidas en calles muy estrechas y pintorescas. El taxi nos dejó en la oficina, la administración del monasterio. Era un conjunto de casas con galerías que rodeaban un patio de tierra. Se acercaron varias personas a saludar a Gerardo. De los dieciséis años que este había vivido en la India, gran parte del tiempo lo había pasado en ese monasterio, y después de haber regresado a Buenos Aires volvía por allí casi todos los años. Los tibetanos se mostraron muy amables y simpáticos. Muy pocos hablaban inglés: Raquel y yo sólo podíamos saludarlos imitando sus gestos, con una pequeña reverencia y juntando las manos extendidas como rezando, sobre la boca. Algunos monjes se acercaron también y nos tendieron las manos a la usanza nuestra y nos saludaron en inglés, todos con grandes sonrisas, mostrando sus blancos dientes, con sincera afectividad. De golpe tuve la impresión de que habíamos cambiado de país y entrábamos en un lugar acogedor y armonioso. Subiendo por una larga escalera de cemento llegamos a un patio muy amplio con dos altos mástiles al frente del templo principal, la Gompa. Rodeando el patio, otros dos templos accesorios, modernos. La Gompa, en el medio, era muy hermosa, como la habíamos visto desde el camino, decorada de vistosos colores y grandes ventanas rectangulares con cortinas amarillo azafrán. Rodeando el templo subimos por un sendero de piso de cemento, muy empinado. Abajo se veían las casas de los monjes y las instalaciones de la cocina. Por fin, después de otras escaleras, llegamos a una casita sencilla con galería al frente. El propio lama Chögyal salió de su casa a recibirnos, con su hermosa sonrisa de siempre. Nos besó cariñosamente y nos retuvo las manos entre las suyas mientras nos miraba el alma con sus ojos claros, verdosos (Foto 6). Entramos a su casa, una sala muy sencilla, con piso de baldosas, coloridas alfombras tibetanas y algunos muebles a la europea. Nuestro anfitrión nos convidó té y café que trajo Tashi, un monje joven, su sobrino y ayudante, y hablamos de nuestro viaje y de los amigos en común. Raquel le entregó regalos y cartas que le mandaban sus amigos y discípulos de la Argentina (Foto 7). Como el lama Dorsong no estaba en ese momento en el monasterio quedamos en volver al día siguiente para verlo. Después me enteré que este último era el presidente de la comunidad tibetana y que el monasterio dependía de él. Yo también lo había conocido en Buenos Aires, años atrás, cuando dio clases y dirigió un retiro junto al lama Chögyal. Este era el vicepresidente y estaba a cargo de la administración y la infraestructura del lugar, algo así como un intendente. Chögyal nos contó su dificultad para ir al Tíbet, que ya conocíamos. Los chinos no le permitían la entrada. En mayo habría festividades en Lhasa, la capital, conmemorando la invasión china. Se sonrió con una mezcla de dulzura y amargura: la visita de un lama no era lo mejor para el nuevo Tíbet. Luego nos invitó a que nos quedáramos a vivir en el monasterio desde el día siguiente. A la caída del sol volvimos al hotel con el corazón henchido de alegría y con la sonrisa del lama Chögyal en los ojos. Después pude reconocer que cada lama transmite algo diferente a los que se les acercan. Chögyal, a pesar de sus cuarenta y dos años, me hacía sentir como un chico tímido y temeroso, deseoso de su afecto. No me en-tendía a mí mismo cuando me era imposible dirigirle la palabra sin sentir una mezcla de pudor, respeto y cariño. Casi no me salían las palabras en su presencia. Al día siguiente llevamos todo nuestro equipaje para insta-larnos en el monasterio. Algunos empleados de la oficina nos llevaron a nuestros alojamientos. Llovía y con dificultad subimos por los senderos de tierra de la montaña hasta un grupo de seis casas entre los árboles del bosque, un poco más arriba de la casa de Chögyal. En el terreno del monasterio, algunos argentinos, amigos nuestros, las habían hecho edificar. Salieron a recibirnos Mariano y Susana, que ocupaban dos de las casitas. De un solo ambiente, sus casas tenían cama, mesa, bibliotecas, estantes con un altar para la meditación y alfombras tibetanas en el piso. Una de las pequeñas casas era un baño bien instalado, con ducha y agua caliente. Las casas destinadas a Raquel y a mí formaban un solo bloque y también eran de un ambiente cada una. Nos pusieron una cama y una mesa. Debíamos comprar los otros muebles que quisiéramos colocar. La casa más alejada pertenecía a una monja holandesa que en ese entonces no estaba en la India. Comenzamos nuestra vida en el monasterio. Susana y Mariano nos hicieron sentir muy bien y nos fuimos instalando de a poco en nuestras habitaciones. Raquel compró en la administración una alfombra que me gustó mucho. Las mujeres de la comunidad tibetana trabajaban en una fábrica de alfombras en el monasterio con lo que contribuían al mantenimiento del mismo. Compré también dos diferentes, con los típicos dibujos tibetanos. Las llevaría una para mi departamento en Buenos Aires y la otra, con un bello dragón azul que echaba llamas por la boca, la destiné para la menor de mis hijas. Entretanto me servirían para mi casa en la montaña. El piso era de ce-mento y lo barría todos los días con una escoba muy corta, hecha con un manojo de penachos de no sé qué planta; se la usa agachado, como todo lo que hacen los indios. Los tibetanos las usan también. Allí no se conoce la escoba de palo largo. He visto barrer parques enteros con esas escobitas que exigen agachar la cabeza. Las alfombras cubrían gran parte de mi dormitorio, de modo que entraba descalzo, como lo hacen la mayoría de los tibetanos e indios, dejando las san-dalias fuera de sus casas y templos. El primer día almorzamos en casa de Susana que preparaba siempre su propia comida con una cocina eléctrica. En ese almuerzo nos reunimos los argentinos a fin de instruirnos respecto a las costumbres en el monasterio. Mariano hacía seis meses que estaba, haciendo un retiro monástico en su propia casa en la montaña. Antes solía ir casi todos los años a recibir enseñanzas e instrucciones del lama Dorsong. Tenía indicaciones precisas sobre su trabajo mental y espiritual. Pensaba quedarse varios años en Tashi Yong y para eso había dejado totalmente sus actividades en Buenos Aires. Susana, psicóloga, hacía sólo dos meses que estaba allí. Vivía en Buenos Aires y venía también todos los años a seguir indicaciones de Dorsong. En mayo se iría a España, en donde pensaba descansar en la playa porque durante varias temporadas se había quedado sin verano a causa de sus repetidos viajes a la India. Mariano, que es ingeniero, había hecho construir el baño que usaríamos. Instaló la electricidad en todas las casas e hizo poner untanque en lo alto de la montaña de donde venía el agua para el baño. Para llenar el tanque había contratado a un hombre para subir agua diariamente desde las instalaciones del monasterio. El "kuly", como llaman a los changadores en hindi, era un indio de las casitas de las montañas de en frente. Era joven, muy flaco, de piernas largas y delgadas. No debería pesar ni cuarenta y cinco kilos y subía la montaña con un enorme bidón de cuarenta litros de agua para nuestro tanque. Y sólo por unas pocas rupias por día. Sin embargo, nos explicaba Mariano, era el único trabajo que podía conseguir allí. A veces faltaba porque estaba borracho o drogado. En el baño había también una heladera eléctrica en donde guardábamos los alimentos y bebidas. Se estaba acercando la temporada de mucho calor y se nos aconsejó no beber agua sin hervirla, una vez que tuviéramos cocina propia. En las montañas de enfrente, separadas de las nuestras por un riacho, había muchas casas diseminadas entre cultivos escalonados y tierra virgen. Esta, sin embargo, también estaba escalonada por las caminatas de las vacas y cabras que comían el escaso pasto que crecía en una tierra muy gredosa. Desde una de las ventanas de mi dormitorio podía ver una escuela, a la que iban chicos de las montañas vecinas. El monasterio tenía su propia escuela primaria para la población tibetana y muy cerca de la entrada había otra escuela india. En ellas se veía a los chicos jugando o estudiando, la mayor parte del tiempo al aire libre, sentados en el suelo alrededor de sus maestras. A veces llegaban hasta nuestras casas pastores de esas montañas, llevando vacas para pastar, ya que la hierba del monasterio era más alta que la del resto de las montañas puesto que allí no había animales sueltos. Al día siguiente de nuestra llegada pudimos ver al lama Dorsong, un hombre corpulento y alto, de alrededor de cuarenta y cinco años. Estaba muy ocupado con la dirección del monasterio y de la comunidad tibetana. Por la mañana meditaba y hacía algunas prácticas religiosas solo, en su casa. Al mediodía iba a la oficina y recibía visitas, resolvía problemas locales y atendía todo lo que tuviera que ver con el monasterio. Lo fuimos a visitar allí con Raquel y nos atendió por separado. Cuando entré a su despacho me hizo sentar en un sillón frente al suyo, que estaba ante un escritorio como los nuestros, lleno de papeles, fotos y alguna estatuita religiosa. Le dije que mi deseo era quedarme unos días en el monasterio, que había pensado pedirle al lama Chögyal instrucciones para aprovechar mi estadía, pero que este me había mandado a él para que fuera mi maestro mientras estuviera allí. Me contestó que me daría enseñanzas con todo gusto cuando se desocupara un poco, ya que en esos días comenzaba una de las fiestas más importantes del budismo, unas semanas después del Año Nuevo, y que ellos lo celebraban con un ritual llamado Danza de los La-mas (en tibetano "garcham"). Se trataba de danzas rituales en las que participan todos los lamas del lugar, algunos invitados de otros monasterios y todos los monjes de allí, aun los más pequeños. Él estaba encargado de la organización de las festividades y tenía que recibir a los visitantes religiosos y laicos que vendrían. Las fiestas duraban cuatro días y era muy auspicioso para nosotros haber llegado justo en ese momento. Al día siguiente comenzarían, de modo que me invitaba a que participara en todo lo que me fuera posible ya que ver las danzas de por sí significa una acumulación de méritos importante. Debía tratar de informarme del significado de las danzas para aprovecharlas mejor y quizás Gerardo estaba en condiciones de instruirme al respecto. Los budistas afirman que los seres humanos y todos los seres sensibles están en continua evolución a través de sus múltiples encarnaciones. La acumulación de méritos es algo así como un recuento de los actos buenos o beneficiosos que uno va haciendo y que nos sirven para continuar con nuestra evolución. Toda acción aporta un valor a nuestra vida que se refleja en el karma, en forma benéfica o acumulando negatividades. Una enfermedad o cualquier alteración en nuestro físico es la expresión externa de nuestro karma negativo, por eso se dice que cuando un Maestro toma cuerpo físico para realizar una. misión en la Tierra elige un cuerpo puro, sin mancha, para poder llevar a cabo su objetivo sin impedimentos físicos. Un Maestro, en su categoría de evolución, ya no tiene karma. El karma no es, como lo entienden algunos, el castigo por las malas acciones, sino el resultado lógico de cualquier acción, mala o buena. Los budistas clasifican las acciones en positivas, negativas y neutras para la evolución personal. No se trata de una cuestión moralsino de algo casi físico, energético: a tal efecto tal causa (aunque sólo un Buda puede llegar a saber cuándo se va a manifestar el efecto de una acción determinada, en esta vida o en otra). Sobre este punto, Sogyal Rinpoché, en su libro Buda dijo: El karma lo crea todo, como un artista. El karma compone, como un bailarín". Además, el karma se pone de manifiesto en la circulación de la energía en el cuerpo. Existen 84.000 "nadir" o conductos de energía que recorren nuestro cuerpo, conectando entre sí los centros de energía (o chakras). Se considera que hay siete centros de energía principales distribuidos a lo largo del tronco de nuestro cuerpo y su accionar condiciona el funcionamiento de toda nuestra persona. Desde el punto de vista energético el cuerpo está dividido así en siete rodajas que corresponden a los siete centros. La totalidad de la energía de nuestro cuerpo se le llama "aura". A cada uno de estos centros de energía, o rodajas de nuestra persona, le pertenecen: • Un conjunto de órganos, con una glándula endocrina y la porción del sistema nervioso vegetativo que los coordina. • Una porción de la columna vertebral, con el conjunto de músculos correspondientes y un aspecto de nuestra vida instintiva (incluida la sexualidad). • Una porción de la vida psíquica relacionada con nuestras emociones. • Una porción de la vida psíquica relacionada con nuestros afectos. • Una porción de nuestro intelecto y de nuestros pensamientos. • Una porción de nuestra mente superior y de sus poderes potenciales. • Un aspecto de nuestra vida espiritual. Estos siete centros de energía son los siguientes: 1. Centro bajo (Muladhara, en Sánscrito), en relación con lo orgánico y generador de energía. 2. Centro lumbo-sacro (Swadhisthana), en relación con los instintos y distribuidor de energía. 3. Centro medio (Manipura), en relación con las emociones y la vida psíquica. 4. Centro cardíaco (Ananhata), en conexión con los afectos y la vida de relación. 5. Centro laríngeo (Vishudha), en relación con el intelecto y la comunicación del pensamiento. 6. Centro frontal (Ajna), en relación con la mente superior y la creatividad. 7. Centro coronario (Sahasrara), antena de conexión con lo espiritual y los seres superiores. Nuestra evolución está reflejada en el modo de circulación de las energías en estos centros de manera tal que el estado de los centros y de los Nadis muestra la evolución de nuestra persona. Para el buen funcionamiento de la energía comer adecuadamente o respirar correctamente es tan importante como ser virtuoso u obrar bien en nuestra conducta diaria. Existen también ciertas acciones directas sobre la energía que pueden ser consideradas como beneficiosas, como estar cerca o bajo el aura de un Maestro o asistir a determinadas ceremonias. Por eso Dorsong Rinpoché me decía que era muy auspicioso para mí estar en esas festividades de " La Danza de los Lamas" y que eso significaba una acumulación de méritos. [8] Me halagó que Dorsong Rinpoché me recibiera con tanta amabilidad, pero por otro lado, no quería convertirme en un turista. Ya estaba viviendo en un monasterio budista y tenía la sensación de que no sabía del todo qué era lo que tenía que hacer allí. Me parecía que me estaba ocupando más de mi subsistencia que del trabajo específico espiritual o mental. Por otra parte, me resultaba raro ver que la actividad del lama se pareciera a la de un rector de un colegio. Los pobladores de la comunidad tibetana vivían alrededor del monasterio y durante el día entraban por sus callejuelas y tenían con-tacto directo con los monjes y sus actividades. Era lógico que así fuera porque la mayoría de los monjes eran hijos de esa gente, y las mujeres y los hombres colaboraban permanentemente con las necesidades de los religiosos. Traté de investigar cuál era la vida de los monjes y comencé a entrar en el templo donde se reunían para practicar sus ceremonias religiosas o "puyas". Eran impresionantes, pero muy largas y monótonas. Los monjes se sentaban con las piernas cruzadas y envueltos con sus mantos de color bordó en largos bancos bajitos que tenían delante escritorios también largos, donde ponían sus libros para leer los textos de las puyas. Había cuatro filas de bancos y se sentaban de cara al centro del salón, dos filas de cada lado. Al fondo del pasillo central había un trono alto con pupitre, ocupado por el lama principal del monasterio: Kamtrul Rinpoché, un lama de nueve años de edad (Foto 8). A veces él no iba y el trono quedaba vacío. En los lugares más cercanos al suyo se sentaban los lamas y los monjes más importantes del monasterio o invitados, y seguían los otros, según su categoría, hasta que en los bancos externos, contra las paredes del templo, estaban los niños, acompañados por sus preceptores. Recitaban a gran velocidad los textos de las plegarias que leían en sus libros, hojas sueltas, apaisadas, que estaban escritas con tipos de imprenta de ambos lados, y que iban pasando a medida que las leían colocándolas apiladas encima de las ya leídas. Recitaban las palabras rítmicamente, acompañados por tambores que tocaban algunos de los monjes, marcando el ritmo. De vez en cuando sonaban los instrumento de viento, algunos cortos, parecidos a clarinetes, y otros largos, de sonido muy grave, acompañados por platillos especiales de sonidos diversos y campanas tintineantes de tonos muy claros. También usaban instrumentos hechos con caracoles marinos de diferentes tamaños, algunos muy grandes, de sonidos profundos y penetrantes. Yo me sentaba en el suelo, a un costado del templo, junto a la puerta de entrada que permanecía cerrada. No podía seguir el texto porque no sabía leer tibetano, pero aprovechaba para meditar arrastrado por el ritmo de las oraciones, o repetía mantras que conocía de antes. Era tremendamente impresionante cuando sonaban los instrumentos de viento con los platillos y las campanas. Hacían un fondo musical escalofriante que me transportaba a estados de meditación que no había conocido hasta entonces. No podía dejar de pensar con cierto orgullo que era el único occidental que tenía el privilegio de estar presente en esas ceremonias budistas en el Himalaya. Sentía que era realmente auspicioso, como decía el lama Dorsong. Los tibetanos tenían un ceremonial especial que al comienzo no esperaba entender. En determinados momentos se colocaban gorras altas en forma de cascos de color azafrán y siempre había un monje que dirigía, generalmente el abad, que de pie, realizaba primero los movimientos. Acompañado de otro, repartía arroz inflado a los monjes, luego les servían "chaa" en tazones, el típico té con manteca, que bebían dentro del mismo ritual. Les era útil para resistir el largo tiempo de las puyas. Se me acercaban y me daban también a mí arroz y chaa. Otras veces, con teteras especiales ("bumpas") repartían agua azafranada que había que recibir en el hueco de las manos, beberla y luego pasarse las manos por el pelo, recibiendo así bendiciones. Las ceremonias me resultaban muy largas y tenía que hacer esfuerzos para quedarme sentado, sin comprender demasiado lo que pasaba. El pequeño lama Kamtrul permanecía sentado todo el tiempo en su trono. A veces comía uvas, miraba con ojos curiosos a todas partes o se sonreía contestando a los monjes chicos, mostrando así su cansancio. Sin embargo, la disciplina era perfecta sin que nadie dieraórdenes ni reprendiera a los menores. Los lamas y los monjes gran-des no mostraban ninguna señal de cansancio. Me llamaba la atención que en ningún momento había períodos de meditación en silencio o silencios prolongados. Cuando terminaba la puya, que a veces duraba tres horas, todos se levantaban, y sonrientes y ha-blando entre ellos salían rápidamente, en orden, a buscar sus zapatos que habían dejado afuera, junto a la puerta. Kamtrul no bajaba solo. Se le acercaba su preceptor, que siempre lo acompañaba, y lo sacaba en brazos por una puerta especial, seguido por algunosmonjes y lamas superiores. Uno de los rituales más interesantes era el ofrecimiento de las "tormas", especie de tortas de mazapán de diferentes formas y tamaños que eran bendecidas. Las tormas de ofrendas son dedicadas en principio a los "Yidams" (divinidades de meditación). Cada una de las tormas tiene su forma característica y se presentan en el altar. Otras tormas son para los "gegs" (seres que producen obstáculos) y se ofrecen en el exterior para que ellos no obstaculicen las ceremonias. Las tiran al patio, bien lejos, para que también las coman los espíritus ávidos y hambrientos (los "pretas") a los que los tibetanos ayudan por compasión y tratan de alimentar porque no puedan hacer-lo solos. Los pájaros y los cuervos parecían esperarlas afuera, también con avidez. Con respecto a la palabra preta, es necesario conocer algo de la cosmología budista para entenderla. El universo se divide en dos grandes porciones: el samsara y el nirvana. En el nirvana vi-ven los seres iluminados y en el samsara, los que estamos en la vida de la dualidad y la irrealidad. Para ellos, lo que nosotros llamamos realidad es justamente lo que no existe por sí mismo sino que es producto de nuestra mente. Es el permanente fluir de las proyecciones de nuestras emociones y pensamientos. En el samsara existen la ignorancia y las emociones negativas, y como lógica consecuencia, el sufrimiento o la felicidad transitoria. El samsara está dividido a su vez en seis mundos: 1. El mundo de los 2. El mundo de los 3. El mundo de los 4. El mundo de los 5. El mundo de los 6. El mundo de los Los distintos mundos de existencia se manifiestan material y mentalmente, y cada ser, debido a los impulsos kármicos, toma nacimiento en uno de estos seis estados. Estos seis mundos representan simbólicamente los distintos estados en los que todos nos encontramos transitoria o permanente-mente, y a los que hemos llegado debido a nuestras acciones anteriores, en vidas pasadas o en nuestra vida actual. En un mismo día podemos pasar por esos seis estados, emocional o físicamente: Hay personas que viven Están aquellos que se quejan de sus vidas, convencidos de que siempre les falta algo, Otros viven en la ignorancia intelectual o espiritual, La gran mayoría de los Existen personas que por circunstancias tales como la herencia o el nacimiento en familias pudientes, o por su propio esfuerzo, Los dioses son Entretanto suelen estar dominados por el ORGULLO y viven en soledad por SU AISLAMIENTO OBLIGADO. De esta manera se reconocen seis emociones negativas que generan estos seis modos de relacionarnos con los demás, que nos conducirán indefectiblemente al sufrimiento. Estas El El La Del odio surge el La envidia y el orgullo juntos generan la El budismo afirma que una de las características principales del samsara es la "impermanencia", porque todo cambia y nada subsiste mucho tiempo en equilibrio estable. Por lo tanto, ninguna de estas condiciones es permanente y eso permite que podamos cambiar y evolucionar mediante nuestra voluntad, si superamos la ignorancia en la que vivimos a diario. El nirvana, por el contrario, se caracteriza por la estabilidad, porque su esencia es la vacuidad, de la cual surge todo. La vacuidad es la esencia de la MENTE O ESPÍRITU y no es lo mismo que la "nada", como algunos han interpretado, homologando al budismo con el nihilismo. La Las llamadas deidades no son dioses en sentido politeísta, sino personificaciones de las manifestaciones de las fuerzas de la vida en sus tendencias superiores de la evolución. No son los dioses del samsara. Todas las ceremonias religiosas de los tibetanos están referidas a alguna deidad, que representa virtudes a conseguir para salir precisamente de la esclavitud del samsara. Sus plegarias y mantras son técnicas energéticas para lograrlo y tienen una acción transformadora sobre la mente de quien los practica. De allí la importancia de la meditación acompañada de elementos energéticos-emocionales, como ciertos tipos de músicas, ritmos, visualizaciones y danzas, que mágicamente modifican las energías. La Danza de los Lamas comenzaría dos días después de nuestra llegada. En esos días empezamos a acostumbrarnos a la vida en nuestras casitas de la montaña y en el monasterio. Nos recomendaron a una joven tibetana llamada Yeshi, sobrina del abad del monasterio, para que nos preparara la comida. Cuando fuimos a buscarla a la población tibetana que rodeaba al monasterio tuvimos oportunidad de conocer la villa por dentro. Era un poblado chico, con calles estrechas donde no podían entrar autos. Las casas eran de material o de madera, muy limpias y bien cuidadas, con muebles a la europea, sencillos. Como las habitaciones eran estrechas quedaba poco espacio dentro para circular. A diferencia de los indios, ellos usaban sillas y mesas altas, como nosotros. Tenían cocinas con gas de garrafas y baños muy modestos pero con agua corriente, con agua que acarreaban desde afuera, de grifos de las calles, y que depositaban en un tanque. Los principales adornos eran altares y cuadros con representaciones religiosas o fotos del Dalai Lama o su palacio en Lhasa, el Potala. Los tibetanos tienen en general gran sentido artístico. Todos hacen algo: pintan, dibujan, hacen tallas o tocan música con sus propios instrumentos o con teclados electrónicos modernos. El propio abad era dibujante y pintor, y uno de sus discípulos era el marido de nuestra asistente Yeshi. A él le compré un cuadro con una imagen de una deidad tibetana, el Bodhisattva de la purificación, Vajrasattva, que me atrajo mucho. La mayoría de los tibetanos habla hindi además de tibetano y los que han estudiado en el secundario conocen bien el inglés, como Yeshi, no así los más pobres y los que se dedican a los trabajos más elementales. Los monjes no hablan inglés habitualmente pero lo estudian, de modo que siempre nos era posible comunicar-nos con algunos. En cuanto a la vestimenta, los hombres usan pantalones a la europea, camisa corta por fuera del pantalón, como los indios, y calzan sandalias u ojotas. Las mujeres llevan una tela arrollada a la cintura a la manera de pollera larga, con un pliegue en la cintura que las hace muy elegantes y esbeltas. En el torso usan una blusa que se cruza por delante y suéter, generalmente de color bordó. La vida es sencilla como en cualquier pueblo de la India, pero la actividad no se desarrolla en la calle como en las poblaciones indias: los tibetanos viven dentro de sus casas. Los monjes se entrenaban para las festividades de la Danza de los Lamas, de modo que asistimos a ensayos de las danzas, que practicaban en el gran patio cuadrado en frente a la Gompa. Servían al mismo tiempo de examen para los menores. En esos días alternaba mis recorridas por los alrededores, con las ceremonias religiosas y estos ensayos. Mi vida no coincidía para nada con lo que había imaginado antes. Recorriendo los senderos del monasterio me encontré muchas veces con el lama Kamtrul, el de nueve años, que siempre iba acompañado por su preceptor. Este era un hombre de alrededor de cuarenta años, de dulzura particular, más bien parecía un santo. Solía llevar de la mano al niño, con un cuidado y amor especialísimos. Lo llamaban "el yogui" porque no era un monje común. Usaba pelo largo enrolla-do en un rodete en lo alto de su cabeza. A diferencia de los monjes, los yoguis usan pelo largo, y no se lo cortan nunca como señal de apego a la vida. Los monjes, en cambio, hacen voto de castidad y se rapan la cabeza, lo que indica renuncia al mundo. En el monasterio había un grupo de yoguis a quienes nunca pude ver y que practicaban entre ellos. No sé bien por qué pero no pude acercarme a conocerlos. El lamita Kamtrul era muy tímido. No sabía qué hacer cuando nos cruzábamos. Yo tampoco. Ni el yogui ni él hablaban inglés de modo que nos sonreíamos, nos mirábamos, y el niño se encogía y hasta se escondía detrás de su cuidador. Y a mí me sucedía algo extraño: hacía espontáneamente algo que jamás había hecho. Le daba la mano al yogui y se la besaba, inclinándome frente a él, y ante Kamtrul juntaba las manos sobre mi pecho y le hacía una profunda reverencia. Entonces el pequeño se acercaba y colocaba el dorso de su manito sobre la parte más alta de mi cabeza, en el centro coronario. Y duran-te un largo rato sentía que una llama de fuego salía de la parte de la cabeza que me había tocado. Los monjes lo trataban de modo reverente. Pasaban a su lado, se agachaban para saludarlo y seguían su camino. Me contaron que el respeto hacia un lama superior es muy grande y hasta existe la costumbre de ni siquiera pisar su sombra: cuando están cerca de él cuidan de que sus pies no la toquen y se corren cuando el lama se mueve. Yo sentía gran veneración hacia el niño sin saber exactamente por qué. No podía dejar de saludarlo de esa manera cada vez que lo encontraba. En esos días me levantaba temprano, a las seis. Hacía algunas prácticas de meditación y repetía mantras de Tara. Había recibido iniciación de Como dije antes, Tíbet, como si fuera una santa de otras religiones. Su otro nombre es La leyenda cuenta que en una época muy lejana, Un monje le dijo un día, admirado por su compasión, que ojalá en su próxima vida naciera hombre para poder conseguir la iluminación y llegar así a ser un Buda. Ella se indignó. ¿Acaso el espíritu tenía sexo? Una mujer podía con toda seguridad lograr la iluminación y ser lo suficientemente fuerte como para ayudar a los que la necesitaran. Se dedicó entonces cada vez con más ahínco a sus prácticas de meditación y llegó a las puertas de la iluminación, pero no quiso ascender a la dignidad de Buda para quedar-se en el paso previo, el de Bodhisatva, para poder seguir ayudando a la humanidad. Fue quizá la primera defensora conocida de la mujer y se consagró, como era su deseo, a ayudar a todos los seres sensibles, el ideal del budismo. Llegó a ser uno de los seres más amados por los tibetanos y quien tenga fe en ella puede pedir lo que quiera que se lo concederá, por su bondad, su poder y su incansable preocupación por los demás. Los tibetanos la eligieron como su protectora y casi todos le dedican altares en sus casas para venerarla y rezan plegarias para pedirle ayuda. Por otra parte, representa un ideal como persona, por sus virtudes y su dedicación compasiva. En el budismo uno debe elegir un Yidam para practicar los trabajos de Tantra yoga (o Vajrayana) y durante la meditación hay que repetir el mantra correspondiente a ese Yidam: así uno va adquiriendo las virtudes de su protector. En las prácticas tántricas existen muchas técnicas; algunas son semejantes a las practicadas por los católicos devotos de un santo o de la Virgen María, por ejemplo. En las meditaciones hindúes seincluye a veces la presencia mental de un Maestro protector que sir-ve, además, como medio para concentrar la mente en un objetivo que se quiere realizar. Y en Control Mental, una técnica de Occidente, se han tomado esas técnicas budistas para elegir los consejeros, recomendándose que sean dos, uno de cada sexo. Es que en general, la mente está condicionada a pensar en la madre y el padre como los protectores naturales, y a veces estas figuras primarias son transformadas en seres maravillosos o milagrosos, todopoderosos, que permiten poner en acción nuestras propias capacidades: en momentos de dificultad todo el mundo llama a su madre o implora la protección de Dios o la Virgen. En realidad, creo que el Yidam representa el aspecto protector de nuestra misma Mente Superior. En la meditación sobre un Yidam se trata de visualizar mentalmente, de la manera más perfecta posible, la imagen de esa dei-dad. Cada parte del cuerpo y sus adornos tienen significados precisos que representan las virtudes del ser, relacionadas con las perfecciones a adquirir. Luego uno trata de visualizar la figura del Yidam encima de la propia cabeza, sintiendo su influencia protectora en forma de néctar o ambrosía Comenzaron pues las fiestas de La Danza de los Lamas (Fotos 10, 11 y 12). Después de mis prácticas matutinas en el dormitorio bajé al monasterio y encontré que en el gran patio frente a la Gompa habían instalado un enorme techo en forma de carpa, con lonas decoradas con vivos colores, sostenido por los dos mástiles del patio. Bajo el techado, y formando un cuadrado, estaban instalados largos bancos bajos con almohadones de colores. Sobre ellos estaban sentados los lamas y los monjes, con trajes muy hermosos de sedas gruesas de colores, y sombreros de diferentes formas, algunos con alas enormes de donde colgaban pañuelos de seda. Algunos monjes tenían tambores y otros los instrumentos musicales con los que acompañaban las oraciones, como en las ceremonias que ya había visto en el templo. En el medio de tres de los lados del cuadrado de bancos había un gran sillón a modo de trono, donde estaban sentados los lamas importantes que presidían la ceremonia. El cuarto lado del cuadrado estaba abierto en el medio y daba a la escalinata de la Gompa, en cuya puerta, y a la sombra, había otro trono en el que estaba el lamita Kamtrul Rinpoché, con un alto pupitre tapizado. Desde la puerta de la Gompa, pasando por el lado de Kamtrul, salían los monjes que participaban en las danzas dentro del cuadrado, con vistosos trajes de las más diversas telas. Las danzas tenían coreografías especiales, cuyos símbolos yo ignoraba, pero parecían representar momentos históricos del budismo. Los monjes aparecían en grupos y algunos llevaban máscaras diversas representando personajes de la liturgia tibetana. En general los movimientos eran pausados, con momentos de equilibrio sobre un pie o con saltos, a veces con rápidos giros que hacían volar los pañuelos de seda de sus sombreros de alas anchas o hacían sonar las campanas que colgaban de sus vestimentas. Los zapatos eran también de colores y de diferentes formas, algunos como botas, otros como babuchas, con puntas curvadas hacia arriba. Alrededor de este espectáculo estaban sentados en el suelo los laicos, sobre alfombras o almohadones, integrantes de la comunidad tibetana, hombres y mujeres de todas las edades, con chicos y perros, como en una fiesta campestre. En un costado habían colocado algunas filas de sillas para los visitantes extranjeros y unos muchachos nos servían té o gaseosas embotelladas. Muchos indios de los alrededores también participaban de la fiesta y por supuesto, no faltaban los mendigos y faquires que pedían limosna mostrando sus cuerpos mutilados y extendiendo sus manos cuando uno pasaba. Como buen turista saqué todas la fotos que pude. Estuve también mucho tiempo sentado viendo las danzas, hasta que, como los demás espectadores, terminé rendido de cansancio y me fui a caminar por los alrededores. Mientras tanto, los lamas y los monjes se mantenían sentados con las piernas cruzadas o participaban activamente en los movimientos, que incluían a todos en forma sucesiva. De pronto me di cuenta de que estas danzas tenían un contenido energético que hasta entonces no había percibido. Eran como las ceremonias religiosas en donde todo acto ritual tenía un significado simbólico mágico. Organizaban la energía individual y grupal para lograr un objetivo determinado. En esto consisten todas las actividades del Tantra yoga, que en el budismo tibetano se llama Vajrayana o camino corto. Rápidamente se logran poderes mentales o espirituales con los que uno siente que progresa en su evolución individual. Se afirma que con ellos se puede alcanzar la iluminación en una sola vida de práctica continua. A la una del mediodía terminó todo y los participantes se fue-ron yendo en orden. El lama Chögyal se nos acercó sonriendo y nos explicó, contestando a nuestras preguntas, los significados de las danzas. Después me fui con Raquel a comer y a comentar el asombroso espectáculo. En realidad, seguíamos azorados por el inusitado privilegio de participar de esta inesperada ceremonia. Después de comer me acosté, rendido, a dormir una siesta. Me despertaron los sonidos lejanos de los instrumentos musicales, cuyos ecos se oían por todas las montañas. Bajé nuevamente al patio del monasterio y me encontré con que las ceremonias continuaban, esta vez dentro del templo lateral, lleno de monjes. Asistí a ellas, sentado en el piso como en los días anteriores, y para poder soportar el largo tiempo de la puya medité y repetí mis mantras conocidos, especialmente el de Tara: "OM TARE TUTARE TURÉ SOHA", miles de veces. Terminada la puya nos reunimos en la galería de la oficina, en donde nos sirvieron té Durante los dos días siguientes continuaron las Danzas de los Lamas. Era difícil aceptar esta complejidad de vida que hacían los lamas. Se levantaban temprano, meditaban solos en sus habitaciones. A las 10 de la mañana bajaban a la oficina a atender sus ocupaciones mundanas. Por la tarde solían asistir a las puyas de los monjes y cuando se los requería, estaban prontos a participar en estas ceremonias de las danzas. Todo se lo tomaban con una dedicación extraordinaria y al mismo tiempo con humor y alegría. Mientras danzaban con esos extraños pasos y coloridos disfraces tenían una concentración increíble. Cuando terminaban se nos acercaban a los visitantes occidentales, sonrientes, y se disculpaban por no tener suficiente tiempo para nosotros. Sin embargo, nos atendían siempre y estaban listos para compartir con nosotros una reunión social con té y galletas. Recuerdo que una mañana que fui a buscar al lama Dorsong a la oficina me dijeron que estaba haciendo una puya en la casa de un enfermo muy grave. El lama iba todos los días para ayudarlo a curar-se, o a morir. 1. La primera parte del texto, llamada 2. La segunda parte, 3. La tercera parte,
FOTO 1: Kalu Rinpoché, Foto tomada en el año de su muerte.
FOTO 2: El lamita Kalu Rinpoché, de tres años, reencarnación de Kalu Rinpoché muerto en 1989.
FOTO 3
FOTO 4 Fotos 3 y 4: Tránsito en una calle de Dheli.
FOTO 5: Calle de Dheli.
FOTO 8: El lama Dilgo Kyense Rinpoché agasajando al lama Kamtrul, de 9 años, lama principal del monasterio de Tashi Yong (India), en frente al lama Urgyen Turku Rinpoché.
FOTO 9: Estatuilla de Tara Verde, patrona del Tíbet, adoptada por el autor como su Yidam.
FOTO 6: El lama Chögyal Rinpoché.
FOTO 7: Casa del lama Chögyal Rinpoché en el monasterio Tashi Yong, India.
FOTOS 10, 11 Y 12: Escenas de la Danza de los Lamas, en el Año Nuevo Tibetano, en el monasterio de Tashi Yong, India.
FOTO 13: El autor junto al lama Osel Rinpoché (de 6 años) reconocido como reencarnación del lama Yeshem en Dharamsala, al norte de la India.
FOTO 14: Una calle de Katmandú.
FOTO 15: Templos en Patán, barrio de Katmandú.
FOTO 16: La Gran Stupa de Katmandú.
FOTO 17: La calle que rodea la Gran Stupa de Katmandú, vista desde una pataforma de la stupa.
FOTO 18: Baño público en Katmandú.
FOTO 19: Ceremonia de monjes en el exterior del monasterio del lama Dilgo Kyense Rinpoché, en Katmandú.
FOTO 20: Ceremonia en el interior del monasterio del lama Dilgo Kyense Rinpoché, presidida por él mismo, en Katmandú.
FOTO 21: Kyense Rinpoché (de 81 años), considerado como la realización de Buda, en Katmandú.
FOTO 22: El autor a lomo de elefante en el Paruqe Nacional de Chitwan.
FOTO 23: El lama Urgyen Turku, reconocido por el autor como su maestro en una vida pasada.
FOTO 24: Lugar de descanso en la ruta hacia el Tíbet, en Nepal.
FOTO 25: Procesión de lamas y monjes en las planicies del Tíbet.
FOTO 26: El autor junto a lugareños en las montañas del Tíbet.
FOTO 27: Alrededor del monasterio Tashi Lhumpo, Shigatsé, Tíbet.
FOTO 18: Monasterio de Tashi Lhumpo, en Shigatsé (¿dónde vive Maitreya?), Tíbet.
FOTO 29: Estatua de Maitreya, sentado, de venticinco metros de altura, en el monasterio de Tashi Lhumpo, en Shigatsé, Tíbet.
FOTO 30: LA ciudad de Gyantsé, Tíbet, con la montaña a sus espaldas y el castillo rojo en la cima.
FOTO 32: Estatua de mil brazos de Chenrezig, el Boddisattva de la compasión.
FOTO 31: El Monasterio Kumbum, con la stupa y el castillo sobre la montaña, en Gyantsé, Tíbet.
FOTO 33: La stupa del monasterio de Kumbum, en Gyantsé, Tíbet.
FOTO 34: Una de las divinidades terroríficas de las capillas de la stupa del monasterio Kumbum, en Gyantsé, Tíbet.
FOTO 35: Palacio Potala (residencia de los Dalai Lamas), en Lhasa, Tíbet.
FOTO 39: Toma de refugio de Andrea, la mujer del autor, por el lama Urgyen Turku, en el monasterio Ka-Nying, Shedrup Ling, cerca de Katmandú.
FOTO 40: Ceremonia de casamiento del autor con Andrea, por el lama Urgyen Tulio, en el monasterio Ka-Nying, Shedrup Ling, cerca de Katmandú.
FOTO 41: Monte Everest, desde el avión.
FOTO 42: Mapa de la India, Tíbet, Nepal, Sykkim y Bután, donde se marcan los puntos de este viaje. En este libro se enseña paso a paso cómo ayudar al moribundo y al muerto, hablándole al oído. Es al mismo tiempo un conjunto de enseñanzas sobre los diferentes Budas, los Bodhisatvas y las distintas deidades que componen la cosmografía tibetana. De por sí es una enseñanza maravillosa para comprender la vida y la muerte. Los la-mas son los encargados de ayudar en la muerte a los que han sido sus discípulos y las ceremonias mortuorias de los grandes lamas siempre van acompañadas de manifestaciones maravillosas o milagrosas que se cuentan como ejemplo de los logros espirituales obtenidos durante sus vidas. En cuanto a los monjes, estos hacían una vida más tranquila y recluida, pero no de aislamiento y ascetismo. Vivían en comunidad y la mayoría de los más grandes dormían en dormitorios de a dos. Los chicos iban de noche a la casa de sus padres, en la villa que rodeaba al monasterio, después de pasar todo el día con sus compañeros, estudiando y practicando. Se los veía comer a todos juntos en un gran comedor de mesas largas con bancos, al lado de la cocina. Esta estaba atendida por mujeres del pueblo, ayudadas por monjes que se turnaban. Tenían además una especie de confitería en donde se podía comer helados, tomar bebidas frescas o comer algo durante el día. Uno de los templos laterales era también un gran salón para clases, donde los profesores impartían enseñanzas por la mañana. Por la tarde, los monjes utilizaban el lugar para estudiar, individualmente o en grupos. Los he visto también allí, o en el templo principal, meditando en silencio o haciendo postraciones, según las indicaciones de sus maestros. En los momentos de recreo o descanso se los veía ale-gres, paseando por los alrededores o tomando sol, sentados en el patio principal en grupos. Las tareas de mantenimiento del monasterio parecían también estar distribuidas entre los monjes, pero los trabajos especializados, como construcciones o reparaciones de los edificios, estaba en manos de los laicos de la villa, que trabajaban para el monasterio en talleres especializados. Uno de estos talleres era la fábrica de alfombras en donde yo había comprado las mías y otro la carpintería, en donde nos habían hecho las camas. Los lamas tenían sus asistentes o secretarios que los ayudaban en los quehaceres domésticos en sus casas y en sus tareas específicas de religiosos. En la oficina había algunos empleados administrativos laicos. Las danzas duraron tres días y cada día eran diferentes. Cambiaban el techo, con lonas de colores distintos y formas especiales cada día. Los lamas y los monjes mudaban sus ropas y los que danzaban representaban escenas diversas, con atuendos y máscaras distintas cada vez. En el último día las máscaras eran enormes. Algunos con grandes cabezas completas, de personajes tradicionales y simbólicos, que después de danzar ocuparon lugares especiales en los bancos y tronos que rodeaban al patio. Yo me movía de aquí para allá por el monasterio, tratando de no perderme nada. Conocí así a la madre del lamita Kamtrul Rinpoché, una mujer joven con otro hijo pequeño. Era una mujer común de la comunidad tibetana pero muy querida y respetada por ser la madre de Kamtrul. Vivía con humildad, pero en estas festividades estuvo casi todo el tiempo sentada en un lugar distinguido, una especie de palco a un costado de la Gompa, junto con otras personas especiales, como algún invitado del gobierno o un monje muy viejo a quien traían en brazos. Al caer la noche, durante las festividades, algunos monjes músicos subían a la azotea del templo lateral y tocaban sus instrumentos bajo la luz de la luna; me despertaban a veces sus sonidos y después escuchaba los de alguna práctica que hacían los yoguis, que meditaban hasta el amanecer. A esa hora los monjes se levantaban de nuevo y comenzaban los llamados con gongs para las puyas. |
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