"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)
CAPÍTULO DOS. La India
Pasaron los días y, a pesar de que la idea del viaje persistía, no le escribí al lama Chögyal. Hasta mayo tendría tiempo de hacerlo, pensé. Irene me había indicado el modo de comunicarme con él: podía mandarle un fax a Delhi y desde allí usar el correo de la India. Pero algo me impedía hacerlo y sin embargo seguía contando a todo el mundo mi proyecto. Tampoco me volví a conectar con Irene.
Con el dinero me pasó algo curioso. Me fui de vacaciones en enero y febrero gastando parte de lo ahorrado para el viaje. A un compañero de la orquesta en donde yo tocaba el violín, le robaron su violoncelo. Como lo quería mucho y él no podía comprarse otro le presté ochocientos dólares. Otro amigo vino a pedirme ayuda para pagar la renovación del contrato de su departamento y a él también le di, esta vez, mil setecientos dólares. Y me quedé sin ahorros.
A principios de marzo comenzó a molestarme mi desidia. Sin duda me estaba "boicoteando" el viaje. Decidí entonces escribir una carta al lama para comprometerme frente a él. La hice traducir al inglés pero no la mandé. Un paciente mío me ofreció hacerla llegar a Delhi mediante un conocido suyo que iba el 8 de marzo a un congreso. A pesar de esto, llegó el día 7 y no la había enviado. El mismo 7 de marzo decidí llamar a Raquel para conversar sobre nuestro proyectado viaje. En ese momento, sorpresivamente recibí un llamado de ella, justo cuando casi tenía el teléfono en la mano.
Raquel me comunicaba que se iba a la India el 17 de marzo: el lama Chögyal había escrito diciendo que adelantaba su viaje al Tíbet para comienzos de abril. Los que quisiéramos ir con él teníamos que estar en la India a fines de marzo. El ya estaba enterado de que viajaríamos Raquel y yo de modo que ya no necesitaba mandarle la tan postergada carta. Raquel ya había sacado su pasaje y me decía que hubiera sido bueno que viajáramos juntos como lo habíamos proyectado. Sin vacilar le contesté que iría con ella. Llamé en seguida a la agencia que se ocupaba de su pasaje y reservé el mío también, para el mismo 17 de marzo. Volví a quedar sorprendido por la fluidez con que estaban sucediendo las cosas y por los movimientos inconscientes que yo hacía. Aunque parecían estar en contra del proyecto, al final resultaban adecuados.
Comencé a hacer los preparativos a toda máquina. Me puse a arreglar lo necesario en el instituto de gimnasia que dirigía para que todo continuara en mi ausencia. Mis compañeros tenían que estar preparados ya que mi intención era quedarme en el Tíbet un mes entero. Mi deseo era quedarme en el monasterio a donde iríamos en el Tíbet, haciendo un retiro guiado por el lama Chögyal. Pensaba que en total estaría tres meses ausente de Buenos Aires.
El viaje era larguísimo. Había que ir a Londres, de allí a Nueva Delhi, India. Después, tendríamos que viajar en tren hasta cerca de Dharamsala, en el norte de la India (ya sobre el Himalaya) y en ómnibus hasta Tashi Yong, el monasterio donde nos reuniríamos con el lama Chögyal para emprender el viaje desde allí. Volveríamos con él a Delhi para tomar un avión a Kathmandú, Nepal, desde donde en otro avión viajaríamos a Lhasa, la capital del Tíbet. Ahí debíamos tomar un ómnibus para seguir luego a caballo, acampando en las montañas, por lugares sin caminos, hasta el monasterio a donde quería ir el lama.
Preparé ropa adecuada para esa aventura, especialmente para la travesía a caballo. Según me dijeron, en el Tíbet el clima era muy crudo, aun en primavera. Me equipé con una bolsa de dormir abrigada,una campera pesada, una capa impermeable, pantalones de abrigo, una carpa pequeña resistente al frío y todos los suéteres gruesos que pude encontrar.
Raquel me entregó un nuevo capítulo para mi "novela de ciencia ficción", que todavía no conocía: el lama Chögyal viajaba al Tíbet con la intención de volver al monasterio donde había sido abad en sus diez encarnaciones anteriores. Recién entonces me atreví a confesar a mis amigos el verdadero motivo de mi viaje. Yo también iba a buscar el monasterio donde había vivido en una vida anterior. Di rienda suelta a mi imaginación y acepté conscientemente lo importante que era ir en busca de mi pasado. Lo increíble eran las circunstancias en que se desarrollaría ese viaje: llegar a un monasterio del Tíbet con su abad de diez reencarnaciones seguidas era algo casi imposible de creer. Además, tenía la intención de quedarme allí, con él, todo el tiempo que el lama me lo sugiriera, lo cual también era difícil de imaginar.
Comprendí entonces por qué había demorado el envío de la carta. Me había parecido una carta delirante y temía que se me toma-se por loco. Ahora, los locos éramos todos. Transcribo a continuación la carta que no mandé:
Mi muy querido lama, Venerable Chögyal Rinpoché:
Tengo el gusto de dirigirme a usted para pedirle un favor muy grande. Nuestra amiga Irene Wünschenmeyer, de Buenos Aires me informó que lo acompañará a usted en un viaje al Tíbet en abril. Le ruego que me permita ir también con usted. Le hago este pedido por la enorme necesidad que siento de ir a un monasterio en el Tíbet.
Además de dedicarme al budismo, he hecho en estos últimos años un "recuerdo de vidas pasadas", de tipo terapéutico, que me resultó de vital importancia. Encontré explicaciones y soluciones de algunos problemas actuales y durante esos recuerdos terapéuticos, en varias oportunidades tuve la vivencia de haber sido monje en un monasterio en el Tíbet. Tuve muchas visiones de esa vida pasada y del trabajo que en ella realicé, y siento una pro-funda necesidad de volver allá.
A través del trabajo espiritual que hago, entiendo claramente que mi vida tiene que desenvolverse en el medio donde vivo actualmente, la Argentina. Pero siento necesidad de volver a conectarme con aquella experiencia anterior para cerrar un ciclo que está inconcluso, después de lo cual, estoy convencido de que podré completar mejor mi labor en esta vida.
Quiero que sepa cuál es mi actividad en este momento en Buenos Aires. Soy músico, violinista, y además médico desde hace 28 años. Mis especialidades (fisiatría, homeopatía y psicoterapia) me han ayudado para aplicar la gimnasia yogui a la medicina. Con ese fin, dirijo un instituto en donde uso la Gimnasia de Centros de Energía, que yo mismo he desarrollado a partir del yoga, para liberar los chakras del cuerpo. En este instituto coordino el trabajo de un grupo de veinticinco instructores, a quienes he ayudado a formarse en un curso, donde también han estudiado otros que ahora trabajan independientemente y divulgan este tipo de yoga en diferentes lugares. Además, dicto un curso de meditación, abierto a todos los que quieran acercarse, en el que tengo la ocasión de transmitir algunas de las enseñanzas que he recibido del budismo a fin de que esta filosofía se conozca en nuestro medio.
Espero con ansiedad su respuesta afirmativa. Llegue hasta usted mi más afectuoso saludo.
Tenía la impresión de que ni el mismo lama hubiese leído esta carta con seriedad. Pero de todos modos, las cosas se iban encaminando bien. Todo seguía ayudando para el viaje. Pero ya no disponía de dinero: había gastado mis ahorros durante el verano y prestado el resto. Entonces ocurrieron varios hechos casi mágicos. De mi consultorio pude obtener, durante esa semana, lo necesario para el pasaje, dado que la compañía aérea ofreció en ese momento una promoción para la India a casi la mitad del valor habitual. Por otro lado, pude arreglar con Diana, la madre de mis hijas, para que se ocupara de los gastos de ellas durante mi ausencia. Un amigo, a quien había presta-do dinero años atrás, me devolvió dos mil dólares en esos días, y una ex paciente, muy querida, al enterarse por mis compañeros de mi dificultad, me ofreció otros dos mil en préstamo. Tenía ahora dinero de sobra.
Sin embargo, me encontré con una dificultad importante. En la embajada china me comunicaron que se necesitaba por lo menos un mes para obtener de Pekín la visa de entrada al Tíbet. No había ninguna posibilidad de lograr una respuesta antes. Pensé que en la India o en Nepal las cosas podrían ser diferentes y decidí viajar de cualquier manera. No aceptaba nada que pudiera impedir mi viaje.
El día anterior a mi partida tuve otra noticia inquietante. Raquel había recibido una llamada de Gerardo, desde la India, informándole que el lama Chögyal no podía viajar: los chinos tampoco le habían dado visa para entrar al Tíbet debido a que allá se festejaría, en mayo, la "liberación del pueblo tibetano" (o sea la invasión china). En este momento "no era conveniente" que regresaran lamas a ese país.
Sentí una desilusión extraña, mezcla de pena y de alivio. En el acto decidí acortar mi viaje y comuniqué a mis compañeros y a mis pacientes que volvería en dos meses. Era difícil adaptarme mental-mente a la idea de que no entraría en el Tíbet y que sólo estaría en la India con los lamas de Tashi Yong. No había sido ese el motivo original de mi viaje. Sin embargo, pensé: "Tengo que seguir la corriente de la energía".
¿Qué es esto de seguir la corriente de la energía? Después de la regresión en la que me encontré con mi Maestro en el monasterio del Tíbet, tuve varias meditaciones en las que se me presentaron las maneras en que debía ir reemplazando aquellos votos de monje por cinco nuevos, que me permitieran cumplir con mi vida laica actual.
Los nuevos votos que me aparecieron fueron los siguientes:
•El primero es el voto de Bodhisattva, voto budista que suele hacerse cuando uno toma refugio (especie de bautismo, en el que se toman primero los votos de liberación personal). Este voto de Bodhisattva consiste en el juramento de consagrar el resto de la existencia al servicio de los demás (esto precisa-mente significa la palabra Bodhisattva). Se homologa esta actitud al Bakti yoga del hinduismo, o yoga de la devoción, donde se encauza al máximo nuestra capacidad emocional, orientándola hacia Dios o hacia sus representantes.
En el budismo Mahayana, el componente principal del Voto de Bodhisattva es la práctica de "las seis Paramitas" (las seis virtudes): el don o generosidad, la paciencia, la energía entusiasta, la concentración y la sabiduría trascendente, desarrollando el amor y la compasión hacia todos los seres.
En el budismo Vajrayana también se desarrollan las seis Paramitas con el agregado de la "devoción hacia el lama o Guru", que es el motor esencial del camino rápido. Luego aprendí que esta devoción al Guru se llama guru yoga y tiene una práctica especial. En realidad, es el voto siguiente.
•El segundo voto que se me apareció fue el voto de discípulo que consiste en ponerme voluntariamente bajo las directivas de un Maestro. Este voto ya lo había hecho antes, cuando comencé a sentir la guía mental de mi Maestro. Siguiéndolo puedo servir mejor. La vida centrada en mis propósitos personales va a ser siempre egoísta: no puedo ponerme en verdadera actitud de servicio si sólo tengo en cuenta mis inclinaciones. Guiado por un Maestro puedo seguir el desarrollo de mi propia vida permitiendo que en momentos precisos aparezca, sobre todo en meditación, la verdadera necesidad de prestar ayuda.
Equivale al Raja yoga o "yoga de la mente y la meditación", a través de la cual podemos conectarnos con la fuente mental de inspiración divina que nos oriente en momentos precisos.
•El tercero fue el voto de trabajar permanentemente sobre mí mismo. Es el compromiso interno de evolucionar y crecer, cuidando mi cuerpo y mi psiquis a fin de ponerme en condiciones físicas y mentales óptimas para cumplir con los dos votos anteriores. Como seres humanos debemos estar en constante desarrollo interior para lograr ponernos en verdadera actitud de ser-vicio. Tampoco podemos pedir la guía de un Maestro sin merecer semejante ayuda.
Corresponde al Hatha yoga o yoga de la perfección del cuerpo físico. Debemos comprender que nuestro cuerpo (el "maravilloso cuerpo humano", como dicen los budistas) está hecho de lo que comemos y respiramos. Por lo tanto, para favorecer nuestra evolución, debemos cuidar nuestra alimentación, evitar el cigarrillo, el alcohol y las drogas, y mantenernos en un clima emocional y energético adecuado.
• El cuarto voto consiste en seguir la energía. Significa que no siempre estamos en condiciones de conocer los verdaderos caminos para andar y debemos estar atentos para reconocer los designios del momento, independientemente de las necesidades circunstanciales de nuestra personalidad. Si quiero consagrar mi vida al servicio de los demás y escuchar las directivas del Maestro para cumplir esta finalidad, si he trabajado mi cuerpo y mi mente para capacitarme y tener un instrumento dócil y útil, tengo que llegar a sentir cuáles son las fuerzas que en cada momento actúan a mi alrededor. Esto implica desarrollar de a poco la capacidad de sentir las energías en las que estoy inmerso y atreverme a seguirlas. Implica también el desarrollo de mi intuición y de mi coraje.
Corresponde al Tantra yoga o "yoga de la energía", que consiste en la limpieza de los centros de energía de nuestro cuerpo, destrabándolo, y en la canalización adecuada de las energías por los "nadis" o líneas energéticas que interrelacionan los centros entre sí.
• El quinto voto es el resultado lógico de los anteriores: ser un buen ciudadano del mundo. Consiste en usar el desarrollo de mi persona para actuar en la vida diaria, mediante el accionar de la vida cotidiana. No ya como un monje o un ermitaño que se aleja del mundo y se desconecta transitoriamente de la realidad social para luego ayudar de una manera más lúcida, sino como una persona común, pero consciente de la trascendencia de mi propia vida. Es supeditar la personalidad [7] a la esencia.
Corresponde al Karma yoga o "yoga de la vida diaria", que consiste en poner cada momento de nuestra vida, cada acto, por rutinario que parezca, al servicio de la esencia misma de la vida. Algunos lo expresan diciendo que debemos cumplir cada acto de la vida "en nombre de Dios".
Esta forma de vida había sido siempre mi ideal. De mil maneras diferentes me la habían transmitido todos los maestros que tuve a lo largo de mis estudios. Me viene ahora a la memoria lo que me dijo Erwin Leuchter, mi inolvidable profesor de armonía, contrapunto y composición, cuando fui a decirle que dejaba la música para estudiar medicina. Me preguntó, muy calmo, por qué había tomado esa decisión. "Quiero dedicarme al yoga", le contesté. "Quiero ponerme al servicio de los de-más y consagrar mi vida a esa actividad. Voy a estudiar medicina a fin de tener fundamentos científicos y legales para investigar sobre el yoga y aplicarlo". Quedó satisfecho con mi respuesta. "Yo enseño música", me contestó, "para enriquecer mentalmente a mis alumnos y proporcionar-les un medio de evolución espiritual. Con ello contribuyo a su formación como seres humanos y los ayudo a encaminarse en la vida con una capacidad técnica y una orientación artística que los ubique frente a Dios y a sí mismos. Si encontraste que tu camino está en la ayuda, el servicio y la enseñanza del yoga, te apoyo y te voy a ayudar a que puedas cumplirlo". "Pero no abandones nunca la música", terminó diciéndome.
Hasta ahora mi viaje al Tíbet estaba saliendo casi solo, sin que yo hiciera ningún esfuerzo. ¿No estaba precisamente siguiendo la energía así? El viaje no se realizaría como me lo había imaginado pero dejaría que se fuese construyendo solo, con lo que las circunstancias me fueran proporcionando. Iríamos a la India, a Tashi Yong, y cumpliríamos una parte del viaje, pero tal como se tendría que dar si dejábamos que la energía funcionara por sí misma. Por algún motivo desconocido las cosas se estaban dando de esta manera. Tenía que aceptarlo y ajustarme a estas nuevas directivas cuyo origen también ignoraba, igual que el motivo de mi viaje.
Otra de las situaciones que tuve que resolver en mi interior fue lo siguiente: hacía menos de un año que tenía una nueva pareja, Andrea, una chica mucho más joven que yo, de quien me había enamorado profundamente. En ese momento no nos era fácil separarnos por casi tres meses. Tanto ella como yo sentíamos dolor, pero para mí era más fácil, puesto que iba a una aventura de la cual estaba seguro de volver mejor. Finalmente, en los últimos días descubrí que ella estaba tomando la decisión de apartarse de mí por miedo a que en mi viaje yo descubriera motivos para separarme de ella. Tuvimos que hacer juntos una elaboración interior muy especial para poder irme dejándola con tranquilidad de continuidad. No podía evitar relacionar a Andrea con la chica de la "regresión de la India ". Esta asociación llevaba implícito un objetivo de cambio kármico para mi vida actual. Estaba dispuesto a modificar mi actitud frente a la mujer y lograr una estabilidad más allá de encuentros transitorios. Desde lo profundo sabía que esto significaba miedo a la mujer, miedo al compromiso, miedo a la sexualidad… Y estaba dispuesto a hacer el cambio que fuera necesario.
El 17 de marzo de 1991 partí para Londres con Raquel, mi amiga de budismo. En el aeropuerto, conmoción de mis hijos y mis compañeros, llantos de Andrea, ansiedad indescriptible en mí. Pero al final partimos. Como nuestro viaje era muy largo, conseguimos asientos en el upper-deck, la parte superior del avión, que en otras empresas es el llamado business class, en donde el ámbito es más chico pero mucho más cómodo que en los grandes salones del Jumbo, donde la gente viaja como dentro de un cine. Allí éramos sólo veinte pasajeros y podíamos movernos con facilidad, hablar durante todo el tiempo de nuestros proyectos en la India, leer sobre budismo, intercambiarnos apuntes y libros. Estábamos muy ansiosos; sabíamos que íbamos a algo importante, aunque sin entender del todo cómo habían sucedido las cosas para que al final estuviéramos ya allí, volando juntos "hacia lo desconocido".
Llegamos a Londres muy descansados. Yo había estado allí diez años atrás. En aquel entonces había llegado a conocer a fondo la ciudad y me movía fácilmente por ella. Me encontraba ahora en Londres como en una ciudad amiga. Teníamos que quedarnos dos días hasta tomar el avión que nos llevaría a Delhi.
De nuevo quedé encantado con la vida en Londres, donde todo está en orden, donde todo funciona. Y fue muy importante para Raquel y para mí movernos durante esos dos días en mutua compañía, yendo y viniendo de un lugar a otro juntos, aunque no fuéramos una pareja. Vivíamos cada experiencia como dos buenos amigos y a veces los demás nos creían un matrimonio. Fuimos a conciertos, a museos, a restaurantes y finalmente nos encontramos de nuevo en otro avión rumbo a la India. Otras doce horas, nuevamente en upper-deck, muy cómodos y conmovidos hasta los huesos.
A la madrugada pasamos por Afganistán, por sobre la soledad del desierto montañoso, en donde la arena, con aspecto de olas de mar movidas por el viento, me traía a la mente el lugar donde, a pocos kilómetros de allí, se había desarrollado hasta días antes la guerra del Golfo. "¿Cómo será la India?", me volvía a preguntar. "¿Cómo sería ese extraño país sobre el que sólo tenía fantasías?".
Desde el aire, a la India le faltaba color. El verde era seco y las pocas montañas por las que pasábamos se veían peladas y con caminos muy estrechos, serpenteando por los valles. Lo que estaba abajo era la tierra de Gandhi, el lugar donde se había desarrollado la maravillosa filosofía hindú, donde había nacido el hinduismo, la patria de yogananda, de Tagore, de Krishnamurti y de tantos seres admirables que conservaba dentro de mi corazón. Pero tenía un nudo en el estómago: mi regresión de la India me había mostrado un país difícil y no tan lindo como a veces lo pintaban. "Nunca quise venir a la India ", me repetía, "¿cambiará mi impresión y lograré conectarme con las maravillas de este país?".
Ya al llegar las cosas resultaron diferentes de lo que había imaginado, pero semejante a lo temido. Al pisar tierra india sentí el clima como una agresión. Muchísimo calor, seco y asfixiante. Y también percibimos agresión en todo lo que nos rodeaba. Los empleados del aeropuerto trataban mal a los pasajeros. No estábamos acostumbra-dos a ello, y menos viniendo de Londres. Me di cuenta de que la amabilidad y la seguridad no eran precisamente lo que predominaba en Delhi. Los de la aduana, al tomarnos los datos parecían enojados y sin ganas de trabajar. Se disgustaban por todo. Nos hacían cambiar de una fila a otra sin darnos ninguna explicación. Eran autoritarios y parecía que los molestábamos con nuestra sola presencia.
Me impresionaba lo diferente que era esa gente de los occidentales. La mayoría estaban vestidos de manera extraña: los hombres con telas blancas a la manera de "chiripás", con sandalias o descalzos. Algunos usaban turbantes de colores y otros pocos, pantalones europeos. La tez de la gente era mucho más oscura de lo que había imaginado. La diferencia de color dio pie para la segregación que los ingleses mantuvieron durante la colonia y que todavía persiste a pesar de que los indios son ahora los dueños del país. En apariencia, las mujeres indias tienen muy poca influencia europea. Conservan el tí-pico "sari" de telas de colores, diferentes tipos de sandalias y llevan todas en la frente un pequeño círculo pintado con polvo de carmín rojo, por coquetería. Antes representaba el tercer ojo (el centro frontal). Para mí todo era motivo de curiosidad, y de malestar, sin saber bien el por qué.
Después de varios trámites rutinarios en un clima emocional de tensión, salimos al hall de acceso. Las puertas de entrada estaban cerradas y custodiadas por policías armados que impedían entrar a los de afuera. A través de los vidrios se veía cantidad de gente amontonada mirando hacia adentro, muy pobremente vestida. En el camino hacia la salida se me acercó un hombre y me preguntó si quería un taxi y me señaló una ventanilla donde decía en inglés "taxi prepago". Cuando le pregunté por qué tenía que tomar ese tipo de taxi el hombre montó en cólera. Me contestó que si no quería que no lo hiciera. "Salga, salga allá afuera", me gritaba, mitad en hindi y mitad en un inglés muy extraño, "ya va a ver lo que le sucede". Otro señor que estaba en el mostrador del taxi prepago me llamó y más amablemente me explicó que si yo les indicaba a dónde iba y pagaba allí, tendría seguridad de que me llevarían a mi hotel. Ellos tomarían mi nombre, número de pasaporte y dirección para que el taxista no pudiera estafarme.
Afuera el calor era mucho más intenso, casi insoportable. La gente nos rodeó: algunos pedían limosna, otros ofrecían cambio de dinero, taxis, scooters (taxis con motoneta delante y una pequeña cabina detrás, sólo para dos personas), ropas, juguetes. No faltaban los que nos mostraban los muñones de sus manos cortadas para conmovernos. Pero lo único que queríamos era llegar hasta la otra oficina de afuera en donde nos indicarían qué auto nos correspondía. Finalmente llegamos hasta un taxi abriéndonos camino entre la gente, arrastrando nuestro equipaje. El chófer cargó las valijas y nos llevó en su auto, viejo y medio destartalado, por entre la muchedumbre que pedía cosas desde la calle, a través de los vidrios de las ventanillas.
Nos desplazamos por una avenida que atravesaba la ciudad vieja para entrar en Nueva Delhi, por la parte más linda. Pero la vieja Delhi era espectacularmente fea. Casas muy viejas y ruinosas, tránsito enloquecido, gente por todos lados. Nuestro auto parecía moverse a bocinazos. El chófer tocaba bocina cuando se aproximaba a otro vehículo desde atrás para pedirle paso. Como allí se maneja por la izquierda, a la inglesa, yo estaba aterrado por el desorden de ese tráfico al revés. Los ómnibus tocaban bocina a los taxis; los taxis tocaban bocina a los skooters; los skooters y las motonetas tocaban bocina a las bicicletas y estas atropellaban a los peatones (Fotos 3 y 4).
Sólo veía pobreza por las calles. A la gente se la ve siempre amontonada, caminando en manada con los demás o por entre los vendedores. O bien, sentada en el suelo, en la tierra de las veredas. A cada rato nos encontrábamos con vacas que andaban por la avenida o estaban plácidamente acostadas en el medio de la calzada (Foto 5). Los autos las respetaban y pasaban sin molestarlas. A veces producían amontonamientos que detenían todo el tránsito. En los semáforos en rojo los autos se detenían, entonces las motonetas y las bicicletas se les adelantaban y se colocaban adelante para esperar la luz verde. Nuevamente los bocinazos para pasar y el tumulto comenzaba otra vez. No podía entender por qué tanto ruido y desorganizaciónhasta que vi que los ómnibus y los taxis llevaban escrito detrás, con grandes letras, "Please blow horn" o simplemente "Horn please" (toque la bocina, por favor). Están todavía acostumbrando al público al tráfico motorizado.
Por fin llegamos al Hotel Imperial en donde nos encontraríamos con Gerardo. Se entraba por una hermosa avenida flanqueada por altas palmeras y custodiada por guardias pomposamente vestidos (disfrazados) con ropas de vivos colores y turbantes con plumas for export. Varios de ellos nos sacaron las valijas del auto y nos conduje-ron al interior del hotel. Un hermoso hotel de fines del siglo pasado, con grandes puertas y amplios corredores, con aire acondicionado, lleno de empleados que se movían de un lugar a otro y turistas que hablaban en todos los idiomas. Nos hablaban en un inglés más comprensible que en el aeropuerto y nos hacían sentir cómodos y bien atendidos. Luces por doquier, alfombras rojas y largos cortinados de seda a la usanza antigua. Debía haber sido el hotel donde se alojaban los personajes importantes en la época de la colonia. Y mantenían todavía la tradición de que los empleados eran siervos y el pasajero, un burgués adinerado, amo y señor de la situación.
Las habitaciones eran enormes, con dos camas, sillones, varias mesas de distintos tamaños, dos espaciosos roperos, un toilette con amplios espejos y un escritorio. Había un gran aparato de aire acondicionado que funcionaba permanentemente, un ventilador de techo y una heladera. Sobre el acondicionador de aire, un cartelito en inglés pedía mantener las ventanas cerradas para evitar la entrada de insectos voladores. Otro cartel indicaba cómo accionar el aparato, pero en hindi, con letras en sánscrito. Un baño enorme con artefactos muy viejos completaba la suite.
Los ascensores eran manejados por empleados que abrían y cerraban ceremoniosamente las puertas. Los pasillos de la planta baja tenían gran cantidad de negocios: telas, sedas, piedras preciosas y joyas, artesanías, pinturas típicas, adornos de toda clase. El comedor, a donde desembocaba una enorme escalera de mármol que descendía del salón de baile del primer piso, era muy grande, y estaba atendido por muchos maitres y mozos con smokings o con indumentarias blancas y turbantes con plumas. Una parte del comedor, destinado al desayuno, tenía ventanales de vidrio hasta el suelo que mostraban un gran jardín con césped bien cortado, y con mesas y sombrillas de colores.
Rodeando el jardín, árboles y palmeras muy altas daban la impresión de un oasis en medio de una ciudad llena de ruidos y agresiones. Una enorme pileta azul, ovalada, completaba el lujo asiático del hotel. La gente, tirada junto a las aguas azules, tomaba el pálido sol de marzo. A pesar del intenso calor y de la prima-vera entrante, el cielo en Delhi estaba casi siempre seminublado, con una bruma permanente. Nunca lo pude ver celeste. Muchos pájaros revoloteaban alrededor. Algunos pequeños, de colores variados, se acercaban a comer las miguitas de las mesas, y otros negros, grandes, los cuervos, graznaban y perseguían a los pequeños para comérselos, a veces en el aire.
Gerardo nos había dejado una carta en el hotel anunciándonos que vendría al día siguiente para viajar con nosotros al monasterio de Tashi Yong. Aproveché esa tarde para recorrer los alrededores y volví a tener la misma impresión de agresión que había percibido desde el auto. No contra mí sino entre la misma gente del lugar. Sentía en todo momento la desagradable sensación de que allí imperaba "la ley de la selva".
Todo el tiempo se me acercaban mendigos a pedir. Al principio me conmovían por el modo como se mostraban y me dolía en el alma saber que muchos de aquellos, que para recibir limosnas mostraban los muñones de sus manos cortadas, habían sido mutilados por sus propios padres para poder mendigar con ellos. Gente acostada en el suelo, en medio de esa populosa ciudad cargada de fuerza y de pujanza potencial. Mujeres con sus bebés envueltos en harapos, de caritas muy sucias, llenas de mocos y con moscas que revoloteaban a su alrededor sin lograr despertarlos. Las mujeres ponían rostros lastime-ros al pedir, los hombres ofrecían servilmente algo para vender. Cuan-do por compasión di unas rupias a los que me pedían, aparecieron por todas partes más mendigos y me convertí entonces en un cometa con una larga cola de mendigos que, esperanzados, corrían atrás del extranjero. Finalmente, a pesar de la congoja que inundaba mi pecho, ya no me convencían sus caras llenas de tristeza.
Me llamó la atención la falta de sexualidad en la calle. Recién entonces caí en la cuenta de que en Buenos Aires estamos rodeados de manifestaciones sexuales. Casi todos los anuncios comerciales tienen la presencia del placer y van acompañados de una cara sensual, cuerpos hermosos de mujeres semidesnudas o de hombres deportistas llenos de vigor. En Delhi nada hacía pensar en el sexo o en el amor entre el hombre y la mujer. Los hombres jóvenes andaban solos o con otros hombres. A veces se veían dos muchachitos caminando tomados de la mano o con un brazo rodeando la cintura del otro, aunque sin manifestación directa de homosexualidad. Eso no pasaba entre hombre y mujer: Nunca vi a un muchacho y una chica enamorados, de la mano, enlazados por la cintura o dándose un beso. Sólo parecía existir el sexo entre los extranjeros, muchos de los cuales se vestían como los indios, mimetizados, intentando amoldarse a las costumbres hindúes sin soltar las propias.
Sin embargo los hombres miraban con lujuria a las mujeres, y en particular a las extranjeras, que para ellos debían tener un atractivo especial. Después me dijeron que los hombres sólo piensan en el sexo, pero la libre manifestación de la sexualidad en lugares públicos está reprimida, de modo que su obsesión no se pone en evidencia sino a escondidas. Las extranjeras siempre sufren algún incidente de acoso sexual, desde toqueteos sin consecuencias hasta situaciones muy difíciles en las que tienen que arreglárselas como puedan. Siguen vigentes antiguas costumbres: los padres eligen con quien se van a casar sus hijos, aun en las clases bajas. Hasta entonces, la sexualidad es cosa privada, de la que no se puede hablar. Sin embargo, los kioscos están llenos de revistas de novelas de amor, de apasionados romances y terribles aventuras de peligro, en donde siempre aparece el hombre que logra conquistar a la mujer amada, luchando contra los enemigos contratados por el padre de ella.
Las mujeres indias que salen a la calle con sus maridos caminan unos pasos atrás de ellos. Cuanto más alto es el nivel social del hombre, más arrogante es su andar y más adelante de su mujer se mantiene. La distancia que debe existir entre ellos parece estudiada especialmente. A pesar de que las mujeres se mantienen en un rango inferior a los hombres, esto parece no ser así en niveles de clase media.
Por ejemplo, en los lugares con atención al público se ve un poco más de camaradería entre los empleados, entre hombres y mujeres. También sorprende encontrar que los altos puestos en oficinas públicas o empresas privadas son desempeñados por mujeres. Parece ser que, de a poco, la mujer india está tomando lugares ya conquistados por las mujeres en Occidente; como están recién el comienzo, la situación está exagerada y hay actitudes de soberbia en ellas que a veces molestan. Uno se siente tratado por las mujeres con amabilidad, pero a la vez se percibe un alejamiento afectivo increíble. Posiblemente se trata de que atienden a los hombres sin tener que seducirlos, a la inversa de lo que pasa en nuestro país. La amabilidad no existe en donde no hay que conquistar al cliente.
En las paredes hay carteles proclamando el amor entre la gente. En algunos se ven dos manos juntas en actitud de saludo. "You're wellcome" (bienvenido) dicen, mientras juntan las manos sobre el pecho. Muchas veces yo deseaba que esto fuera realmente cierto, aun-que no siempre lo era. No podía olvidarme de la manera como habíamos sido tratados en el aeropuerto a la llegada. Pero cuando agradecía á alguien y me contestaba con las manos juntas con la misma expresión de bienvenida, "you 're wellcome" (en este caso, de nada), les volvía a agradecer, "thank you ", porque me conmovían las manos sobre el pecho.
Y seguía mi titubeante paseo por los alrededores del hotel, emocionado, asqueado a veces, espantado por la agresión entre la gente, asombrado de la docilidad de algunos y de la arrogancia de otros. Me dolían las maneras rudas de los adultos al tratar a los chicos. Primero les pegan o los empujan tomándolos del cuello y luego les dirigen la palabra. No nos damos cuenta del gran respeto con que tratamos a los chicos, en cambio, en Occidente. En nuestro país, indudablemente, los niños son más importante que los grandes.
Siempre había creído que todos los indios usaban turbantes. No es así. Los hindúes suelen usar un turbante pequeño, una tela blanca o de colores arrollada sin forma especial en la cabeza. En cambio los turbantes grandes, bien armados y redondos, los usan los sicks, un grupo social y religioso especial, con creencias diferentes a las de los hindúes. Tienen una arrogancia particular y suelen ser corpulentos y fuertes, mientras que los hindúes son delgados y caminan agachados, en actitud sumisa. Los sicks siempre están derechos y son altaneros, aunque sean trabajadores simples, chóferes de taxis o empleados de oficinas. Produce miedo ver a policías o militares sicks. Podrían ser atropelladores e implacables. De ninguna manera sabría uno defenderse de ellos. Usan altos turbantes de varios colores, supongo que por diferencias de grupos o jerarquías. Hay una ordenanza municipal que impone el uso obligatorio de casco para los que viajan en motocicletas. Los sicks están exentos de ello puesto que sus turbantes cumplen la función de cascos. Dicen que dentro llevan un puñal para defensa personal. Cuando los veía no podía dejar de pensar que los sicks asesinaron al Mahatma Gandhi después de la independencia de la India, al comenzar los disturbios propios de los países jóvenes. Otros dicen que fueron los musulmanes…
Había que hacer un esfuerzo para tomar conciencia de que la milenaria India es en realidad un país joven, con sólo cuarenta y tres años de existencia independiente. En este momento están como en la Argentina de 1850, en plena lucha de caudillos.
Volví muy angustiado de este primer paseo por la ciudad. Sentí deseos de refugiarme en el oasis del hotel, con su aire acondicionado y sus empleados serviles. Me espantaba la idea de que pudiera sentir-me mejor con el servilismo. Pero claro, los serviles eran los otros y el señor era yo. Tenía una extraña mezcla de compasión por la manera como vivía esa gente, de desprecio por el trato que se daban entre sí, de orgullo por sentir que era diferente y que mi vida era mejor que la de ellos, de vergüenza por sentir todo esto, de soledad frente a ese mundo extraño por el que nada podía hacer.
Este primer contacto con la India me desarmonizó. Influido por la idea de que India es la tierra de la energía, creía que con el solo hecho de estar en ella la energía se expandiría por mi cuerpo y me sentiría enaltecido. Lo que no podía negar era que se sentía una intensa energía, una energía humana tremendamente fuerte, pero más que disfrutarla, había que sufrirla. Después estuve con otros extranjeros que la sabían disfrutar y que vivían maravillados por esa hermosa ciudad. Delhi me sigue pareciendo descarnada y terrible. Me preguntaba cómo podía ser que una primera mañana de paseo me provocara emociones tan fuertes. Me acordé entonces de la regresión a mi vida pasada en la India y me estremecí. Evidentemente yo ya conocía esta ciudad. Ya había caminado por esas calles sucias, por entre esa gente cargada de energía que no podía usar, ya había caminado por entre esas personas que casi no hablaban entre sí, que casi no se miraban pero se agredían con su actitud. Ya había estado antes allí y había tenido esa misma impresión. Sabía que no tenía derecho de juzgar con una sola mirada a la India, pero no podía dejar de sentir ese des-agrado, esa conmoción desarmonizante ya conocida.
En el hotel intenté meditar y no pude. Finalmente, me consolé con la compañía de Raquel y la invité a comer en el jardín-oasis.
¡Qué difícil era elegir comida en ese país extraño! Para algunos esa es una de las más lindas aventuras de un viajero. Para mí era un esfuerzo. Al final, comí el plato más picante de mi vida. Recordé que hacía mucho, una señora amiga, hablando de su viaje por la India me había comentado que un médico local le había recomendado comer picantes para terminar un malestar intestinal que contrajo apenas llegada a Bombay. En el oriente los picantes son la salvación del aparato digestivo ante tantas posibilidades de infección intestinal, ya sea por el agua contaminada o por las manos sucias de los que preparan las comidas. Las condiciones higiénicas de los puestos de venta de comestibles son también muy precarias.
Al día siguiente me puse en contacto con un señor hindú que tenía un escritorio en el hotel para organizar excursiones. Contraté allí un taxi para dar una recorrida de dos horas por la ciudad. Vino un taxista sick (con su turbante). Me preguntó en muy mal inglés a dónde quería ir y a pesar de que durante la noche anterior había estudiado una guía de Delhi, no sabía bien qué era lo más digno de ser visitado. Había tantos monumentos y templos hermosos en el libro… Me llevó en dirección al Qutb Minar, un enorme minarete mahometano, famoso por estar hecho de piedras labradas, pero como el chófer no hablaba inglés no me servía como guía.
Volví al hotel y le pedí al señor del escritorio que me acompañara él mismo en el taxi. Evidentemente, estaba equivocado al creer que el inglés era el idioma oficial de la India. Sólo la gente con cierta cultura puede mantener una conversación en inglés, más allá de hablar sobre precios o servicios elementales. En la calle la mayoría de los carteles están escritos en hindi, con letras sánscritas. Pero en este caso, más bien creo que el taxista no ponía demasiado de sí para ayudarme, posiblemente por ser sick. Volví a preguntarme: "¿Ésta es la tierra de Gandhi?". Los sicks mataron a Gandhi. ¿Por qué? Quizás el Mahatma se dedicó tanto a proclamar el amor y la paz entre los hombres porque allí, en la India, sólo había agresión.
Con respecto a esto, recuerdo que un día leí un artículo de fondo en el New Delhi Times que se refería a las elecciones que se avecinaban para el congreso. Hablaba precisamente de los disturbios que se desataban en toda la India por las campañas electorales. En la milenaria India, recalcaba el periodista, hubo y seguía habiendo fracciones de castas (a pesar de haber sido abolidas), de religiones, de riquezas, de ideologías. Como en todas partes. Pero, decía el artículo, allí las cosas salían más a la superficie y eran más evidentes por las características telúricas propias del país. Estaba frente a otra de las contradicciones de la India: la coexistencia armoniosa de las religiones y la lucha sangrienta de las ideologías.
Todas las fracciones eran responsables, decía en el artículo. Los musulmanes están formados ideológicamente para emprender una guerra santa contra los infieles no creyentes (a pesar de que "Islam" significa "paz"). Y cuando viven en un país donde predominan los mahometanos, pelean entre las fracciones existentes dentro del Mismo Islam. Los sicks sólo quieren el poder, de acuerdo a su ideología de vida. Los cristianos, reminiscencia de la colonia inglesa, son los que tienen el poder del comercio, la industria y la tecnología, y siguen manteniendo con los nativos la separación de la época colonial. Finalmente, los hindúes, con su filosofía de paz, amor y no agresión, permiten que todas las otras fracciones pasen por encima de ellos, convencidos de que en la próxima vida recibirán el premio por sus esfuerzos y sacrificios. "¿Dónde está, decía el periódico, esa India de la filosofía milenaria que tanto maravilló al mundo occidental, que conquistó a grandes pensadores como Emerson, Jung, Hesse? ¿Dónde quedó la herencia de Gandhi que debería subsistir en el corazón de cada indio?"
En cuanto a las características telúricas que mencionaba ese artículo, vale la pena recordar como maravilla de la India, el milagro del río Ganges, el río sagrado. En su ribera pasa toda la vida y la muerte de los hindúes: la gente va con gran devoción a bañarse en sus aguas, bebe de ellas para purificarse, se lava los dientes con cepillo y dentífrico, y al mismo tiempo, sobre sus orillas creman a los muertos y tiran los residuos y las cenizas al agua. O la gente no pudiente, que no puede comprar leña, arroja directamente los cadáveres a la corriente, como se tiran al río las vacas o los camellos muertos y se los ve pasar después a pocos metros de la orilla. Allí llevan a lavar y a dar de beber a las vacas… ¡y no hay enfermedades transmitidas por sus aguas! Porque es el río sagrado. Y nadie duda un instante de que la cosa es así. La explicación racional es que los bacteriólogos encontraron que en las aguas del río Ganges viven unas bacterias llamadas acidofilófagos, que tienen la propiedad de fagocitar (comer) a todo microorganismo existente en el mismo medio. Por lo tanto, no hay microbio que pueda vivir en las aguas de ese río. De esa manera, no hay contaminación o propagación de infecciones a través de sus aguas. ¿Será por eso que lo llaman "sagrado"? ¿O por ser sagrado tiene esta pro-piedad? En las farmacias del mundo entero se pueden adquirir unas ampollas bebibles llamadas así, acidofilófagos, que son cultivos de las bacterias del Ganges y envasadas para tratar diarreas o cambiar la flora intestinal para evitar infecciones de origen entérico.
Existen muchas otras manifestaciones telúricas, como, por ejemplo, el clima caluroso y húmedo provocado por el monzón, el viento del sur que aparece a comienzos del verano y dura cuatro meses, con calor insoportable y lluvias permanentes. Antes de las lluvias, el viento produce una deshidratación intensa que no se percibe de inmediato porque la transpiración se evapora por el calor. Lo que uno experimenta es una gran sed y una excitación a flor de piel, como si uno estuviera erotizado en forma permanente. Se trata de una intensa percepción de la propia energía.
Pensando así continué mi excursión por la Delhi turística. Mi nuevo guía era un hombre de alrededor de setenta años, hindú. No quiso sentarse conmigo en el asiento de atrás, "respetando las jerarquías". Le rogué que viniera y con palabras de agradecimiento se instaló a mi lado, con una santa expresión de humildad. Luego me pidió permiso para encender un cigarrillo. Durante el recorrido me dio explicaciones sobre cada parte de la ciudad por la que pasábamos. Visitamos varios monumentos famosos, algunos mahometanos, los más grandes e impresionantes, otros hindúes que me desilusiona-ron porque en los libros parecen el doble de altos de lo que son en la realidad. Las grandes puertas y columnas son, en verdad, bajas. Los edificios están en muy mal estado de conservación. A veces las vacas duermen allí y ensucian todo y hay gran cantidad de mosquitos por los charcos que quedan después de las lluvias. La belleza arquitectónica y escultural de muchos de estos lugares es innegable pero me costaba disfrutarla: sentía un nudo en el estómago, angustiado.
Mucho más interesante fue la conversación que mantuve con mi guía hindú durante el recorrido. Le pregunté qué pensaba sobre la reencarnación y nuevamente me encontré con que los hindúes no piensan sobre esto. Simplemente tienen la convicción interna de que la reencarnación existe. No me contestó como lo haríamos los occidentales, dando primero explicaciones de por qué creemos y luego diciendo lo que pensamos. Simplemente me dijo que lo que él estaba haciendo por mí era devolverme algún favor que yo le habría hecho en otra vida. Además, él estaba haciendo su trabajo, pero la manera de hacerlo dependía de la relación previa que hubiera tenido conmigo en una vida anterior. De acuerdo a su modo de trabajar, con actitud de servicio o no, así sería tratado por mí en una vida futura. El dinero que yo le daría como pago de su tarea me lo devolvería algún día como agradecimiento por la oportunidad que yo le estaba proporcionando de estar sirviendo a alguien. Me conmovieron sus palabras, sobre todo por su simpleza. Por otro lado, no pude evitar que me vinieran a la mente las explicaciones psicológicas occidentales con las que hubiera podido refutarle todos sus hermosos y cándidos argumentos.
Se quedó admirado de que la Argentina fuera casi tan grande como la India y que sólo tuviera treinta y tres millones de habitantes. ¡Ellos eran alrededor de novecientos millones! Automáticamente miré la cantidad de gente que caminaba por la calle. Sin darse cuenta, in-conscientemente, estaban compitiendo hasta por el aire que respiraban. Y sin ser muy materialista entendí que si se permitieran comerse a las vacas, animales sagrados, cada vaca tendría que ser compartida por diez personas puesto que se calcula que hay noventa millones en todo el país. Y ya no habría más… Entretanto, la leche, con la que hacen sus alimentos, es la gran fuente de proteínas de los indios.
Cuando llegamos al monumento de Gandhi me pidió que entrara solo porque él tenía dificultades para caminar. La tumba está en un parque muy hermoso, bien cuidado y asoleado. Yo venía ya con cierto disgusto por los anteriores monumentos visitados pero se me estrujó el corazón de emoción cuando un soldado que custodiaba la entrada me indicó que me quitara los zapatos. En todo el Oriente, sacarse los zapatos es una señal de respeto al lugar y de humildad frente a lo que allí hay. Nadie entra en un templo, cualquiera sea su credo, con los zapatos puestos, y a nadie se le ocurriría entrar en su propio hogar trayendo el polvo de la calle en el calzado. Me parecía admirable que un soldado me pidiera respeto de esa manera. Tuve, que continuar descalzo por las lajas del parque hasta el monumento.
Cuadrado, de dos metros de lado y sesenta centímetros de alto, hecho de grandes piedras negras y cubierto de flores, el mausoleo es sencillamente conmovedor. En uno de los costados del cuadrado, en una bella lámpara de cerámica, una llama arde permanentemente. Me contaron que los contrarios del hinduismo intentaron apagarla muchas veces. Con los ojos humedecidos no pude menos que recitar una plegaria frente al recuerdo de uno de los hombres más grandes de este siglo.
Gandhi solía decir que practicaba el Karma yoga o yoga de la vida diaria, a través del cual, con una actitud de permanente devoción y amor a Dios y a la humanidad, realizaba su evolución espiritual, manteniendo una vida dedicada al servicio a los demás. Reconoceren cada momento el sentido de la energía cósmica permite consagrar la acción de cada día al propio crecimiento interior. Seres así no son aceptados fácilmente por los que sólo piensan en el poder personal o el predominio de una ideología.
Al regreso, mi guía hindú quiso volver al hotel sentado al lado del chófer y no en el asiento de atrás. Con un fuerte apretón de manos me despedí de una persona hermosa que con su proceder sereno y humilde me daba lecciones en cada acto de su simple trabajo. "Un ejemplo de Karma yoga", pensé.
En el comedor al aire libre me esperaba Raquel en compañía de Gerardo que había venido a ayudarnos a preparar nuestro viaje a Tashi Yong. Comimos juntos y después nos invitó a dar otra vuelta por los alrededores, donde la calle era un gran mercado y donde podríamos comprar regalos o cosas para llevar a la Argentina.
Fue otra experiencia desagradable, aunque impresionante. A lo largo de la avenida del mismo hotel había una serie de comercios, algunos abiertos a la calle, sin puertas ni paredes, luciendo sus mercaderías sobre la misma vereda. Los dueños y empleados ofrecían sus productos a los que pasábamos curioseando, con actitud insisten-te, casi sin permitirnos pensar. En medio de esa mezcla de pobreza y desorden resultaba extraño ver que operaban con tarjetas de crédito o había un hermoso teléfono colorado en el suelo, o entregaban recibos con computadoras.
En la vereda, sentados sobre la tierra, pordioseros mostraban sus enfermedades o defectos, chicos harapientos colgados de los vestidos largos y coloridos de sus madres, que extendían sus manos pidiendo ayuda con caras cansadas y tristes. La calle era un gran merca-do donde se vendía de todo, desde lujosas telas y bellas piedras preciosas hasta las baratijas más simples y feas. Gerardo nos aconsejó que pagáramos el 40% de lo que nos pedían. A mí me costaba regatear y al final sólo compré una pequeña cabeza de Buda tallada en madera.
No aguanté todo eso así que decidí volver al refugio del hotel y me puse a escribir hasta que volvieran mis amigos. A la mañana siguiente nos encaminamos al aeropuerto con Gerardo a tomar un avión hacia Tashi Yong. Si no fuera por él habríamos tomado el tren, como nos habían dicho en la embajada de la India en Buenos Aires, y hubiéramos soportado un larguísimo viaje en uno de los trenes más sucios y peligrosos del mundo. La cosa era mucho más fácil de lo que habíamos supuesto. Gerardo tenía larga experiencia de los movimientos en la India.
Subimos a un avión bimotor a hélice, muy pequeño. Cabían sólo catorce pasajeros en asientos pequeños, uno a cada lado de un pasillo estrecho, con ventanillas espaciosas. No era presurizado y por lo tanto no volaba muy alto. El calor era intenso pero todo resultó muy divertido. Una bella azafata, vestida con un elegante sari y con una joya en su frente, nos sirvió té con galletitas, haciendo equilibrio por el estrecho pasillo. Durante una hora volamos por sobre la llanura india, descolorida y cuadriculada por los campos cultivados en pequeñas fracciones.
En la hora siguiente nos internamos en la montaña, el Himalaya. Abajo se veía el camino por entre las montañas que empezaban a crecer. De a poco se iban dibujando a lo lejos las altas cumbres nevadas, cubiertas algunas de nubarrones cargados de tormenta. Noté que casi todas las montañas estaban escalonadas, formando terrazas para los cultivos. Nunca había visto desde la altura tal cosa. Me di cuenta de que los habitantes continuaba la competencia por la supervivencia. Se veían poblados, nunca grandes ciudades, conjuntos de casas distribuidos por la montaña, siempre rodeados de pequeñas terrazas… escalonadas para los cultivos. De la vida humana sólo se veía su trabajo, y la montaña guardaba en su propia estructura la marca de la necesidad vital, a diferencia de las montañas vírgenes americanas que alternan con enormes praderas cultivadas. Cada casa parecía disponer de un trozo de montaña para poder cultivarla y obtener su propia alimentación. Los novecientos millones de habitantes marcaban así su huella.
Una vez en el aeropuerto hicimos los trámites de llegada en unas instalaciones bastante precarias. Un aeródromo provinciano muy desolado y rodeado de alambre tejido alto. Afuera, detrás de las puertas de acceso, había mucha gente agolpada contra los alambres, in-tentando entrar. Personal del ejército se lo impedía, armados de palos que levantaban amenazantes. Hombres y chicos gritaban y empujaban como en una manifestación. De repente alguno lograba pasar el cerco de protección y a palazos lo hacían retroceder hacia la puerta de alambre. Una mujer soldado se me acercó y me ofreció un taxi. Gerardo me ayudó porque la mujer hablaba poco inglés. Amablemente nos indicó que esperáramos mientras los soldados seleccionaban entre la gente agolpada en la puerta al taxista elegido para llevar a los pasajeros. Subimos en un auto de tipo "combi" moderno, pequeño, taxi que después vi mucho en toda la zona, y salimos por entre el montón de gente.
La ruta era muy estrecha, apenas cabía un auto y medio, de modo que cuando nos enfrentábamos con otro, después de largos bocinazos, uno de los dos tenía que salir un poco a la banquina para dejar pasar al otro. Posiblemente salía el más tímido. Para pasar a otro vehículo más lento había que tocarle bocina durante largo rato hasta que se corriera un poco y permitiera que nuestro auto se le adelantara peligrosamente por un costado.
Ni en un solo momento dejábamos de ver gente o casas al borde del camino. Las casas son muy pobres, abiertas directamente a la ruta, muchas de dos plantas. La baja está destinada a las vacas, con sus establos, o tiene algún negocio con sus puertas abiertas de par en par y gente sentada en la vereda. Los indios se sientan en cuclillas con los talones pegados a los glúteos, dejando sus sandalias al lado.
A lo largo de todo el camino podíamos ir viendo los distintos aspectos de la vida de la campaña. A cada rato se densificaba la población, aparecían escuelas, con niños jugando en los patios, vacas caminando por el pavimento (cuidadosamente respetadas por todos), algún carro tirado por un camello, chicos jugando en la calle, muchas mujeres jóvenes con grandes fardos de pasto o ramas en sus cabezas, llevando comida para sus vacas o combustible para sus cocinas. La gente limpia los campos de hojas, ramas y pasto seco para llevárselos a sus hogares. De esa manera, los campos y bosquecitos parecen parques perfectamente cuidados. En general no tienen otro combustible para cocinar, de modo que la recolección es permanente.
Lo mismo pasa con el guano de las vacas. Lo llevan para fertilizar los cultivos o para usarlo como combustible y hasta como argamasa. Mezclándolo con agua y tinturas cubren las paredes a la manera de revoque coloreado. Así, los terrenos se van empobreciendo por falta de abono natural. La tierra en esa zona es amarilla y muy gredosa, con vegetación natural escasa. Las plantas ya no tienen lugar donde nacer porque todo está aprovechado para la vida de la gente, de los animales y de los cultivos. Hasta en los más mínimos espacios se ven crecer plantas de trigo.
Por la ruta, esbeltas jovencitas hermosamente arregladas, caminan con jarrones de bellos diseños sobre sus cabezas transportan-do agua desde algún grifo público. A veces, a lo largo de la calzada hay canaletas de agua sucia que reemplazan a los caños cloacales subterráneos de las ciudades.
Al cabo de dos horas de viaje, durante las cuales Gerardo nos puso al tanto de las noticias de Tashi Yong, llegamos a Palampur, un pueblo cercano al monasterio, en donde nos alojaríamos esa noche. Fuimos directamente a un hotel donde conocían a Gerardo. Rodeada por un gran parque con jardines llenos de flores había una casa antigua muy hermosa. Me hacía acordar a los grandes casas de campo en Córdoba, mi provincia natal, donde se mantenía el estilo inglés, rodeadas de amplias galerías con pilares y baldosas decoradas. Adentro, de un extremo a otro de la casa, un largo y ancho pasillo, a donde daban grandes habitaciones amobladas a la antigua.
Esa casa había pertenecido a un rey de la época feudal de la India y todavía solía ir allí la familia real a pasar algunos días, en habitaciones que se conservaban cerradas, exclusivas, en el primer piso. Los muebles del comedor eran señoriales, y las paredes estaban decoradas con cuadros con fotos de los dueños. En este hotel nos quedaríamos, como únicos pasajeros, hasta saber si podríamos alojarnos en el monasterio, a dos o tres kilómetros del hotel.