"Regreso Al Tíbet" - читать интересную книгу автора (Ardiles Hugo)

CAPÍTULO UNO. Terapia de Vidas Pasadas

En 1987, cuatro años antes de mi viaje, una psicóloga amiga. María Cristina Martínez-Bouquet, me invitó a participar en un curso para terapeutas sobre Terapia de Vidas Pasadas que iba a dictar una psiquiatra brasileña. La invitación era lógica: yo era médico psicoterapeuta y dirigía un instituto donde se practicaba Gimnasia de Centros de Energía (aplicación del yoga. sistematizada y enseñada por mí). y donde yo mismo dictaba un curso de meditación. Era de esperar que estuviera interesado en esta novedad que llegaba a Buenos Aires. Creía en las vidas pasadas desde hacía mucho, desde que me introduje en el yoga, cuando me vinculé con Susana Milderman, allá por 1954, y aplicaba en las actividades del instituto algunas "ideas esotéricas" características del yoga. Pero no las consideraba esotéricas sino como nuevas formas de ver la realidad psíquica, lo que actualmente llamamos Psicología Transpersonal. Además, desde hacía algunos años estaba cerca del budismo y solía asistir a los retiros que organizaban las dos asociaciones de budismo tibetano que había en Buenos Aires.

Pero a pesar de eso, si bien sabía que los lamas conocían técnicas para entrar en el recuerdo de encarnaciones anteriores, me parecía una manifestación de omnipotencia de los psicólogos pretender llevarnos a vidas pasadas, y hasta hacer de eso una terapia. Rechacé en esa oportunidad la invitación.

A comienzos del año siguiente, en 1988, cuando regresó la profesora brasileña, María Cristina volvió a invitarme al curso y nuevamente lo rechacé. Pero en ese año me pasó algo inesperado. En septiembre asistí a un congreso de Terapias Alternativas en donde iba a presentar un trabajo. Escuché allí algunas conferencias que me interesaron. Entre ellas había varios trabajos sobre Terapia de Vidas Pasadas, la mayoría escritos por psicoterapeutas extranjeros.

Por casualidad entré en el final de la presentación de un psicólogo argentino y le escuché decir que esta terapia servía también para "disminuir la omnipotencia de los terapeutas". "Él no es quien produce la cura", decía Hugo Abad, "sino que el propio paciente realiza el cambio terapéutico en sí mismo. Es más, el paciente no recuerda de sus vidas anteriores lo que el terapeuta quiere ni lo que él mismo desearía, sino que se conecta sólo con las vivencias que su guía espiritual le permite. Y en ese caso, el terapeuta se convierte en un ayudante del ayudante del paciente…" Me gustó esta afirmación y me sorprendió que usara mis propias palabras pero en sentido contrario: "la omnipotencia de los terapeutas" quedaba, según él, eliminada en esta terapia. Abad solía usar la hipnosis para lograr las regresiones.

Al día siguiente, en el mismo congreso, escuché otra conferencia de una famosa terapeuta de los Estados Unidos. Explicó que en la Tera pia de Vidas Pasadas que ponía en práctica ella no utilizaba hipnosis profunda sino sólo superficial. De esta manera, decía, el paciente conserva la conciencia durante toda la sesión y puede recordar lo que ha visto, sentido y dicho durante la misma. Me resultó interesante: la hipnosis profunda me parecía inadecuada ya que induce a una pérdida de la voluntad, de la conciencia y de la memoria. De todos modos no entendía cómo era el trabajo en sí mismo.

Nos explicó luego que esta terapia no podía hacerse en forma grupal: se trataba de un trabajo individual, y el paciente debía estar muy cuidado durante toda la sesión. Nos mostraría, en cambio, cómo se lograba ese estado de hipnosis superficial del que hablaba. En realidad, se trataba sólo de una relajación profunda, similar a la que yo enseñaba en mis clases de meditación.

Todos sentados en nuestras sillas, nos hizo cenar los ojos y nos condujo a una relajación, visualizando una escalera muy hermosa por la que teníamos que bajar lentamente. El ambiente se iba oscureciendo a medida que descendíamos y al final de la escalera la oscuridad era completa. De a poco una claridad nos envolvía como en una nube brillante y después de permanecer un rato en ese estado subíamos nuevamente la escalera con lentitud. Abrimos los ojos y me pareció haber estado en un hermoso sueño. Hacía mucho que no participaba de una relajación dirigida tan agradable y plácida. Quedé muy impresionado. No estaba ya tan lejos de ser seducido por este tipo de terapia.

Al otro día, en la última hora del congreso escuché a una terapeuta brasileña que hablaba también sobre Terapia de Vidas Pasadas. Entendía muy poco el portugués y no alcanzaba a ver bien las transparencias que mostraba, de modo que estuve a punto de retirarme. Pero me atrajo su personalidad y me quedé a pesar de todo. También me llamó la atención que la explicación que daba sobre los "centros de energía" del cuerpo fuera similar a la que yo solía dar en mis propias conferencias. Ella también explicó que esta terapia no debía hacerse en grupo y sólo nos mostraría la inducción o primera parte del trabajo, como la otra terapeuta.

A diferencia de la relajación del día anterior, nos hizo escuchar una música suave y pidió que la sintiéramos desde el centro cardíaco, a la altura del corazón, visualizando al mismo tiempo el rostro de una persona amada. Poco a poco ese rostro debía acercársenos en dirección al corazón. Y repentinamente tuve una conmoción muy intensa: estaba visualizando el rostro de mi pareja de ese momento cuando sentí que la había perdido de manera trágica hacía mucho tiempo. Tuve la seguridad absoluta de que se trataba de un recuerdo de una vida pasada.

Al final de esa experiencia desfilaron ante mí, en rápida sucesión, imágenes de mi vida actual, en las que se presentaron las mujeres con quienes había tenido alguna relación amorosa. Apareció en mi mente la certeza de que en cada una de ellas había tratado de encontrar algo de esa mujer perdida mucho tiempo atrás. La experiencia fue tan intensa que no pude evitar ponerme a llorar. Cuando la conferenciante nos hizo salir de la relajación yo lloraba a mares. Tampoco podía moverme del lugar en donde estaba sentado. Un amigo se acercó para ayudarme. Se aproximó también la terapeuta y pidió que me dejaran llorar libremente. En media hora me recuperé y pude hablar un momento con ella, tratando de explicarle lo que me había pasado.

Tenía la convicción de que había asistido a un hecho muy importante de mi existencia y, a partir de entonces, sin saber cómo, cambió de manera notable la relación con mi pareja: las peleas y dificultades que tenía con ella fueron desapareciendo de a poco, sin que me lo propusiera conscientemente.

A la mañana siguiente -¿por casualidad?- mi amiga María Cris-tina vino a mi consultorio a invitarme por tercera vez a un nuevo curso sobre Terapia de Vidas Pasadas que María Julia Pérez Moraes, la profesora brasileña de años anteriores, haría en Buenos Aires al año siguiente. Por supuesto, esta vez no dudé un instante en aceptarlo.

Comencé a leer la bibliografía preparatoria para el curso. Me llenó de asombro comprobar cuánta información existía ya sobre un tema todavía no tratado fácilmente en el ambiente médico o psicológico. Leí todo con gran apasionamiento. Algunos relatos de los libros parecían cuentos de cienciaficción porque los pacientes narraban a los terapeutas experiencias de vidas pasadas con la misma facilidad con que uno re-cuerda situaciones ocurridas hace pocos días. En otras narraciones se mostraban las cosas con tanta precisión que resultaban verdaderamente muy convincentes y las explicaciones tenían mucho más lógica que las interpretaciones psicológicas a las que estábamos acostumbrados los terapeutas. Me sentía muy entusiasmado pero tuve que esperar siete meses hasta que se inició el curso.

En mayo de 1989 vino María Julia a Buenos Aires y realizamos un curso intensivo de Terapia de Vidas Pasadas. Durante diez días, además de las enseñanzas teóricas teníamos una sesión práctica por la mañana y otra por la tarde, seguidas de comentarios hasta avanzada la noche.

Nos dividimos en varios grupos para trabajar en salas diferentes y María Julia nos supervisaba ayudada por los terapeutas formados en años anteriores. Uno de nosotros tomaba el rol de paciente, otro de terapeuta y un tercero de relator que escribía todo lo que sucedía o se decía en la sesión. Solía haber también algún observador, que intervendría después en las discusiones posteriores.

Comenzamos así el entrenamiento como terapeutas de vidas pasadas y quedamos muy asombrados por lo que les sucedía a nuestros pacientes-compañeros durante las "regresiones", como se llamaban estas sesiones en las que se recordaban episodios de vidas anteriores. Pero lo que más nos impresionaba era lo que nos ocurría a nosotros mismos cuando éramos pacientes.

Aparecían imágenes y sensaciones, como en un sueño, pero donde todo parecía real. Todo debíamos relatarlo en voz alta a nuestro terapeuta, siguiendo a veces sus preguntas o indicaciones. Se vivían las sesiones con mucha emoción y con intensas manifestaciones corporales: sentíamos dolores, ahogos, sufrimientos orgánicos, y a veces nos debatíamos en situaciones muy difíciles de soportar. En esas circunstancias teníamos que ser alentados por el terapeuta para asistir con valentía a esas vivencias terribles, verdaderas pesadillas. Soportábamos fuertes agresiones, algunas muy dolorosas, y éramos protagonistas de hechos increíbles, inesperados, como en una película de suspenso, atrapadora. Finalmente asistíamos a nuestra propia muerte y presenciábamos después la manera en que la conciencia se separaba de nuestro cuerpo sin vida.

Ayudado por el terapeuta, el paciente iba narrando todo lo que veía o sentía durante la sesión. Al terminar se le proponía un cambio en las `"decisiones" tomadas en el momento previo a la muerte. Estas, según la teoría, se inscriben en la mente en el momento más traumático que precede a la muerte y no desaparecen de la conciencia al abandonar el cuerpo. Pasan a las próximas vidas como situaciones no resueltas o "programaciones", que si bien pueden ser lógicas en el momento de producirse, resultan inadecuadas en las existencias posteriores. Son las causas principales de los conflictos y síntomas más persistentes, aquellos que son más difíciles de tratar con los métodos terapéuticos comunes.

Recordar el momento en que se formularon esas decisiones, vivir nuevamente el hecho traumático que las precedió y darse cuenta de que esas programaciones pertenecen al pasado, que ya no son convenientes para nuestra existencia actual, nos permite optar por una nueva decisión más acorde con lo deseado en el presente. En esto consiste el acto terapéutico. Esas nuevas decisiones de ninguna manera son sugeridas o aconsejadas por el terapeuta sino que surgen de una verdadera necesidad del propio paciente durante la sesión. Esta nueva decisión condiciona enormemente nuestra vida posterior. Al final de la regresión es tanto el alivio que se experimenta que aquellos episodios tan fuertes vividos durante la sesión se recuerdan con nostalgia, como algo lejano que persiste sólo como anécdotas.

Otro hecho notable que aparece después de las regresiones es la relación nueva que uno tiene con la muerte. Desaparece el temor a morir y se comprende mejor la muerte de otras personas. Uno queda con una convicción interna de que la muerte no es más que una parte de una larga existencia. En ella, el encadenamiento de vidas y muertes es tan natural ante nuestra conciencia como la sencillez de la sucesión cotidiana de días y noches. La idea de que la vida de uno es trascendente deja de ser una especulación teórica para convertirse en un hecho real, sentido en todo momento de la vida diaria.

Según nos enseñaba María Julia, no era necesario que el paciente creyera en la reencarnación. Lo que se vivía durante la sesión bien podía ser interpretado como un reordenamiento inconsciente de situaciones conflictivas aún no resueltas, de la propia vida actual. Sería lo mismo que pedirle a una persona que invente un cuento: siempre hablará de sí misma, proyectando sus propios vivencias, conflictos y deseos en los personajes de la narración. Pero la sensación que queda después de una regresión es que no se trata de un "invento" hecho durante ese estado de relajación, dado que lo vivido es de absoluto realismo. Uno queda con la seguridad de que, aunque no lo podamos explicar, "eso" sucedió de ver-dad en otro momento de nuestra existencia. Es mucho más fuerte como vivencia que el relato de un sueño o la reactualización de un hecho olvidado en una sesión de psicoterapia. Queda tan grabada en nuestra memoria cada circunstancia vivida durante las sesiones que parece subrayarse con gran énfasis cada vez que uno la recuerda de nuevo.

Durante el resto del año, desde que María Julia se fue, quedamos divididos en grupos de tres personas para trabajar entre nosotros una vez por semana. Y una vez al mes nos reuníamos todos a intercambiar experiencias y opiniones, a modo de ateneo. En las reuniones semanales (y durante el curso anterior con María Julia) participé en muchas sesiones como paciente. Lo escrito por los relatores sobre mis experiencias de vidas pasadas resultó un material riquísimo, verdaderas novelas conmovedoras. Y grandes fueron además las transformaciones que se operaron en mi persona y en mi propia vida. Es imposible en este trabajo, dedicado a un viaje, relatar con detalles todo lo que viví durante esos dos años de terapia, pero voy a referir algunas de esas experiencias, las relacionadas con el viaje mismo y sus consecuencias inmediatas.

Una de las regresiones que más me conmovieron fue la primera, que transcurría en la Edad Media, donde fui acusado de brujería. En realidad yo sólo estaba dedicado a ayudar a la gente y a "ponerme a su servicio" mediante consejos y algún tipo de medicina. Posiblemente esto era brujería para esa época.

Un grupo de gente acompañada de soldados me sacaban de mi casa ante los ojos aterrorizados de mi mujer y me llevaban atado de las manos con una cuerda detrás de un carro y a veces era arrastrado por este cuando me caía. Al no poder probarme nada me llevaron de vuelta a mi casa. Cuando me dejaron, antes de cerrar la puerta uno de los soldados me clavó la espada en el estómago y quedé tirado en el suelo, moribundo.

Mi mujer ya no estaba allí. Me desesperaba pensar que podrían habérsela llevado también y condenado por mi culpa. Sentía en el estómago un intenso dolor que me hacía doblar en dos, probablemente por hemorragia peritoneal. Durante la sesión, mi abdomen se contraía y mi tronco se levantaba del suelo con espasmos que quebraban mi voz. Sentía que iba a morir y me resistía: tenía que hacer algo para saber qué le habría ocurrido a mi mujer. "No quiero morir", repetía, ahogado por los dolores y las contracciones. "Quiero saber qué le pasó a ella, quiero buscarla. Yo soy culpable si le han hecho algo. Quiero buscarla y ayudarla." Y desesperado moría lentamente. Me veía luego flotando en el aire alejándome de mi cuerpo que quedaba tirado en el suelo.

Mi decisión en ese momento fue buscarla y ayudarla, ya que esta-ha lleno de angustia y de culpa. Esto era lo que yo había sentido durante la conferencia en el congreso: la búsqueda de esa mujer me había hecho pasar varias experiencias amorosas en diferentes vidas hasta que logré reencontrada. Mi pareja actual era la misma persona que había perdido en la Edad Media. Seguramente recién entonces, al sentir este reencuentro pareció calmarse mi ansiedad y mi culpa, y dejé de seguir buscándola.

Más tarde, en regresiones posteriores tuve otras vivencias, algunas terribles, relacionadas con esa misma mujer en vidas aun anteriores, en las que aparecían la posesión, la traición y la pasión desesperada. Una de estas regresiones me mostró que ella no había sido en realidad mi esposa en la Edad Media sino ¡mi hermana! Desde chicos habíamos mantenido relaciones incestuosas y cuando adultos, vivíamos juntos, como marido y mujer. Descubrí con una nueva regresión que para librarse de mí ella misma me había acusado de brujo a la inquisición. Todo esto me llevó finalmente al convencimiento de que habían desaparecido para siempre los lazos que me habían mantenido unido a ella y decidí separarme definitivamente, en mi vida actual, convencido de que tenía que desvincularme de situaciones que me apresaban por culpas pasadas. Tenía que terminar con ese terrible "apego" de siglos. A partir de entonces "dejé de buscar-la" de verdad y aumentó mi capacidad para sentir felicidad, con libertad y sin culpa, con otras mujeres.

Además de cambios en mi vida afectiva se produjeron mejorías de orden orgánico: por ejemplo, a los veinticinco años había tenido una úlcera duodenal que en un momento había sangrado. Aunque estaba curado, siempre quedé con una gran sensibilidad a ciertas comidas irritantes que me producían dificultades digestivas. Esta sintomatología desapareció después de esa regresión de la herida con la espada en el estómago, que se relacionaba con la úlcera sangrante de mi vida actual. Después de otra regresión en la que vi mi muerte, ahorcado con una cuerda fina como alambre, desapareció un dolor en el cuello que me había acompañado durante años. Cuando comentaba con mi terapeuta ese ahorcamiento recordé que había sido operado de un tumor de tiroides diez años atrás, cuya cicatriz en el cuello me recordaba la cuerda mortal.

Otra regresión de enorme trascendencia para mí se desarrollaba en la India. Al comienzo de la sesión le había comentado a mi terapeuta algo que creía de mucha importancia para mi evolución espiritual: desde hacía mucho tiempo sentía la presencia de un Maestro o guía que me transmitía enseñanzas mentalmente y me ayudaba en las actividades y decisiones importantes de mi vida cotidiana. Siempre había seguido sus instrucciones y mi presente estaba signado por ellas.

Le expliqué además que en una regresión anterior, después de presenciar mi muerte y separarme de mi cuerpo, había entrado en una niebla brillante. Al avanzar por ella había percibido una fuerte corriente de amor que me llegaba desde adelante. No podía explicar qué significaba esto de corriente de amor, pero tenía la seguridad de que provenía de mi Maestro. Con alegría me preparaba a encontrarme con él y conocerlo. Pero la persona que hacía de terapeuta en ese momento me sacó de esa situación, siguiendo las reglas de la técnica, y me apartó de una oportunidad tan deseada. Le pedí entonces a mi nuevo terapeuta que si aparecía la posibilidad de conectarme con mi Maestro me lo permitiera esta vez.

Comenzada la regresión me vi en la India. Mi madre había nacido en Francia, hija de un diplomático de ese país. Mi padre era un rico y poderoso hindú, despótico y severo, que tenía abandonada a mi madre con las mujeres de la casa. A mí también me había relegado, con el aspecto de una educación rígida, al cuidado de la servidumbre y de preceptores. Durante mi infancia había tenido muy poca relación con él y con mi madre, a pesar de ser ella afectiva y no dura, como solían ser en cambio las madres indias ricas con sus hijos. Las costumbres hacían que los varones se criaran con sus preceptores hombres y sin contacto con la madre u otras mujeres.

Aprendí inglés a disgusto (prefería el francés que hablaba mi madre) y mi padre me había enviado a estudiar filosofía, religión hindú y yoga con un swami importante de la ciudad. Ese swami me desagradaba: mi deseo profundo era estudiar budismo y él me disuadía diciendo que los budistas eran ateos y magos negros. Había aprendido con él todo lo que me permitía mi disgusto, pero en los últimos tiempos asistía a sus clases sólo por la posibilidad que tenía después de ellas de encontrarme a escondidas con una chica muy joven, de quien estaba enamorado, para hacer el amor a las disparadas.

Ella pertenecía también a una familia encumbrada, educada sólo entre mujeres que no le permitían tener relación con gente de afuera y mucho menos con hombres, según las costumbres indias. Y aparecía ante mi vista una gran sala de su casa. con enormes alfombras de colores sobre las que estaban sentadas varias mujeres jóvenes, hablando entre ellas o estudiando con profesoras mayores. A un costado de esa habitación percibía muebles de estilo inglés, algunos tapados con telas blancas. En las ventanas, grandes cortinados que llegaban hasta el suelo.

El lugar de nuestros encuentros era, en cambio, un galpón de depósito que quedaba cerca del "ashram" de mi swami. Furtivamente entrábamos allí y después de un rato de amor nos íbamos, por separado, cada uno a su casa. Y me veía caminando por las calles, triste y solo, entre multitud de gente de la ciudad, con quienes no tenía trato alguno y que en el fondo despreciaba.

En una oportunidad, después que ella se había ido. se me cayeron encima unos grandes cajones del depósito que me produjeron una fractura cervical. Quedé cuadripléjico. No podía mover las piernas y sólo un poco las manos. Y me veía acostado en una chaiselong, en el año 1847, a los treinta años de edad, en una terraza de la mansión de mi padre, cuidado por una enfermera que me trataba con dureza y frialdad.

Asistí a mi muerte en esa terraza, solo. En el momento de la separación de mi cuerpo se me presentó el recuerdo de mi madre que había muerto por un cáncer de mama cuando yo tenía catorce años. Durante los últimos dos años de su vida, durante su enfermedad, no había tenido casi oportunidad de estar con ella. Vivía aislada, deprimida, y yo la espiaba desde la puerta entreabierta. Un sirviente se me acercó para decirme que debía vestirme de manera adecuada para asistir a sus funerales. Así me enteraba de su muerte. Pude contemplar después la ceremonia funeraria y ver a mi padre, más interesado en sus visitantes que en mí. Yo permanecía silencioso, reprimiendo mi dolor: los hombres no debían llorar.

Cuando terminó este recuerdo sentí la presencia de mi guía que me daba explicaciones: en la vida anterior yo había sido monje budista en un monasterio en el Tíbet. Por eso mi rechazo a la India y al hinduismo, mi deseo insatisfecho de aprender budismo y el desamor por mi swami. Este, sin embargo, según mi guía, me había iniciado en la devoción y el amor a Dios. y me había enseñado muchas cosa importantes sobre yoga, que yo no había aprovechado del todo. Por ejemplo, había aprendido con él la manera de morir, gracias a lo cual podía conservar la conciencia clara en ese momento.

Mi terapeuta, sin darse cuenta nuevamente, me sacó de este encuentro con mi Maestro, para seguir la técnica, como la vez anterior.

Quedé muy impresionado por esta regresión de la India. Creía en la evolución del ser de una vida a otra y por lo tanto no podía entender la utilidad de esa vida para mi ulterior evolución. Durante las semanas que siguieron a la regresión se agolpaban continuamente en mi cabeza los recuerdos de esas escenas. Me veía caminando deprimido por las calles de una ciudad que me disgustaba. Sentía la tristeza y el abandono con los que había vivido allí. Tenía nostalgias de esos encuentros de amor a escondidas con esa chica ardiente y huidiza.

Por otro lado, esta regresión me hacía comprender algunas características de mi vida presente: por ejemplo, a pesar de que me había dedicado al yoga. de haber leído tantos libros sobre el tema, de aplicar técnicas yoguis en el instituto que dirigía, nunca había querido viajar a la India. En muchas oportunidades me habían invitado a visitar lugares importantes relacionados con el yoga y el hinduismo, pero siempre me había negado a conocer ese país, cuya filosofía por otro lado admiraba tanto.

Asimismo, durante toda mi actividad en yoga nunca había tenido ningún contacto con swamis o profesores de yoga hindúes. En cambio, desde chico siempre había deseado conocer el Tíbet. Me despertaba también una curiosidad especial todo lo relacionado con el budismo, sin haber podido ponerme en contacto con este hasta 1983, cuando el lama Sherab Dorye vino por primera vez a la Argentina, enviado por el Dalai Lama ante el pedido de Carlos Martínez Bouquet. [5]

En la siguiente reunión de ateneo mensual comenté la experiencia de esa regresión, pidiendo a mis compañeros que me ayudaran a comprender cuál era el significado de esa vida tan llena de dificultades y aparente-mente sin ningún logro. Les decía que si aceptábamos la "ley del karma" [6] en mis vidas anteriores a esa de la India debía haber hecho cosas muy negativas para merecer tales resultados, castigos sin duda: quedar paralítico y morir a consecuencia de ello a temprana edad, sufrir tanto abandono por parte de mis padres, tener la oportunidad de disponer de un swami que me enseñara personalmente y no aprovecharlo. Todo esto me resultaba confuso y necesitaba ayuda para entenderlo.

También hablé acerca de mi Maestro que desde hacía mucho tiempo me enseñaba mentalmente y me dirigía en muchos de mis actos. Él había tenido enorme influencia en momentos cruciales de mi vida. Con pudor confesé que sentía que el Maestro que me hablaba era Jesús y les expliqué que en dos regresiones había estado a punto de conectarme con él. Los dos terapeutas me habían sacado de esa situación, impidiendo tal encuentro.

Vinculaba estos dos hechos entre sí porque había algo más que no entendía: si realmente esa vida en la India era un castigo, ¿me encontraría al morir con un Maestro que salía a mi encuentro con amor? ¿Merecía yo tal acogida después de la muerte?

Pablo, uno de mis compañeros, psiquiatra, intervino diciendo que no le parecía "una vida tan terrible" como yo la calificaba. Desde el punto de vista de trascendencia espiritual podía tener un profundo significa-do que se nos escapaba por el momento.

Él nos recordó que habíamos hecho un trato con María Julia, nuestra profesora, de usar su sistema solamente con fines terapéuticos y no para satisfacer una curiosidad personal o para dedicarnos a la investigación sobre la reencarnación hasta no tener más experiencia como terapeutas. Esta técnica era esencialmente psicoterapéutica y muy diferente de algunas experiencias hechas por parapsicólogos, en las que al paciente se le relata lo que el terapeuta puede ver o saber por ser él mismo un clarividente que lee en el inconsciente de su paciente. Por otro lado, a Pablo le parecía que para mí eran muy importantes las dos cuestiones planteadas: entender lo de la India y saber algo más sobre mi guía podían serme de enorme importancia vi-tal. Creía entonces que tendría sentido terapéutico encontrarme con mi Maestro o intentar descifrar el significado de esa vida en la India. Finalmente se postuló como terapeuta para que yo lograra alguno de esos dos propósitos.

Al comienzo de la sesión sentí que me separaba de mi cuerpo y flotaba en el aire a la altura de las cabezas de los que me rodeaban. Como esta sensación es común cuando uno asiste a su propia muerte en una regresión, Pablo me preguntó "si mi cuerpo estaba muerto o vivo". Contesté que evidentemente vivía, puesto que estaba allí, en la sala, mirándolos a ellos sentados a mi alrededor.

Entré luego en una neblina brillante y desapareció la presencia de mis compañeros. Comencé a sentir la ya conocida corriente de amor que venía hacia mí, como en las otras regresiones, proveniente de mi Maestro. Con intensa emoción avancé en la nube y vi con asombro hacia un costado a mi padre, muerto hacía veinticinco años, que me miraba con cariño y en actitud de darme la bienvenida. Asombrado, le transmití a mi vez mi cariño y continué avanzando.

Me vi después flotando sobre unas montañas peladas que creí pertenecían a Mendoza o Córdoba. Comencé a bajar lentamente y vi una especie de fortaleza encima de una montaña. El lugar me resultaba familiar. Me di cuenta de que estaba volando sobre el Tíbet y que la construcción en la montaña era un monasterio. Bajé más aún, observando todos los detalles del edificio, viendo con claridad las ventanas rectangulares de vidrios pequeños y una gran puerta, a la que se accedía por una escalera de piedra de peldaños muy altos.

Atravesé la puerta sin abrirla y me encontré súbitamente sentado en una sala, frente a un lama también sentado. Las paredes eran de color bordó, con gran cantidad de pequeños dibujos de colores, con predominancia del dorado y el verde. El lama estaba cal lado y me miraba con afecto. No hablábamos. "Este es un momento muy importante", me decía Pablo. "estás ante tu Maestro. Pedíle enseñanzas". Pero el lama sólo me miraba sonriente.

Pablo me indicó entonces que le pidiera una explicación sobre mi vida en la India. El lama y yo no hablábamos. Al igual que cuando encontré a mi padre, nos comunicábamos mentalmente. Le pregunté pues cuál era la causa del castigo de haber tenido que soportar esa vida tan desgraciada en la India. El lama me contestó que no se trataba de ningún castigo. Sólo había sido lo mejor para mi evolución. En una vida anterior a esa de la India yo había sido monje en este monasterio y él, mi Maestro. Pero yo seguía una línea diferente a la que él enseñaba: estaba en una rama del budismo en la que predominaba la meditación solitaria. Hacía prácticas muy largas y solía estar días enteros sentado, meditando, hasta el punto de haber perdido la movilidad de las rodillas y no poder caminar, "lo cual es muy importante aquí en la montaña", me dijo.

Después me explicó que como monje yo había hecho cuatro votos: primero, renuncia al físico, dedicando todo el tiempo posible a la meditación, olvidando mi cuerpo hasta casi perder las piernas. Segundo, había renunciado a la sexualidad por considerarla la perdición del hombre, debido a recuerdos kármicos de vidas anteriores, en las que el sexo me había traído muchos problemas. Tercero, había renunciado a la riqueza material, donando mis posesiones heredadas al monasterio: sólo disponía de las ropas que usaba a diario. Cuarto, había renunciado al afecto y al amor, en contra de lo que él mismo enseñaba: el amor y la compasión constituían la base de su doctrina. En el monasterio coexistían esas dos corrientes religiosas y yo había elegido la vía del monje, con un trabajo interior solitario, sin compromiso social.

Para continuar mi verdadera evolución, según él, tenía que alejar-me en mis vidas posteriores de esos cuatro votos. En la siguiente existencia no me hubiera sido posible nacer lejos del Tíbet a causa de los recuerdos kármicos que me ataban a ese lugar. Por eso había nacido en la India, dentro de una familia rica y poderosa, pero sin poder disponer del dinero todavía.

En cuanto a la afectividad, mi madre era occidental y cariñosa pero depresiva, con una profunda soledad interior. Murió cuando yo tenía catorce años, dejándome también en soledad. Por el momento no me había sido posible contar con más amor a mi alrededor.

En lo referente a la sexualidad me había reencontrado con la mujer, pero colmo algo prohibido. Cuando me fracturé el cuello lo sentí como un castigo por el pecado del amor a escondidas.

Físicamente quedé cuadripléjico. Había perdido las piernas como efecto kármico del abandono que hiciera de ellas como monje meditador.

Esa vida era sólo un peldaño en mi evolución y no podía lograr nada mejor Paradójicamente, no se trataba de un castigo sino de una evolución.

Pablo me hizo preguntarle cuál era el objetivo de mi vida actual. El lama me contestó que tenía que terminar de renunciar a los cuatro votos de monje: debía recuperar mi físico, para lo cual ahora dirigía un instituto de gimnasia donde aplicaba el yoga a la medicina, yoga que había aprendido con mi Maestro swami en la India. También en mi vida actual había estudiado medicina e ingresado apenas recibido en el Instituto Nacional de Rehabilitación donde trabajé con cuadripléjicos. Además, con mi gimnasia había logrado arreglarme el menisco de una rodilla, roto años atrás, también efecto kármico de mi vida de monje meditador.

En cuanto a la sexualidad, tenía que terminar de lograr mi libertad sexual, lo que ya estaba consiguiendo después de muchas experiencias dificultosas de mi juventud.

En cuanto a mi línea de vida, él me había enseñado el amor y la compasión. Yo en cambio había trabajado con mi centro cardíaco hacia adentro, hacia mí mismo. Sonriendo me señaló mi esternón hundido por influencia kármica y me indicó que ahora debía hacer funcionar mi corazón hacia afuera. Es decir, tendría que aplicar sus enseñanzas y vivir dedicado al servicio, como había querido enseñarme el swami de la India con su yoga de la devoción, que yo había despreciado. Ahora tenía que practicar el "servicio" en mi vida diaria y en mi profesión.

Ya estaba aprendiendo a hacer buen uso del dinero que todavía no sabía administrar: a pesar de que en mi vida actual ganaba bien tenía que aprender a gastar adecuadamente en lo cotidiano y poderlo usar también para el servicio.

Mi actual existencia me estaba mostrando que se iban logrando estos cuatro objetivos.

Pablo quiso saber si esto que yo estaba visualizando era de una pasada o no. El lama me contestó que se trataba de un viaje astral de ambos "al astral" de ese monasterio. Este había sido semidestruido por los chinos y actualmente estaba en reconstrucción. Dijo que él también tenía cuerpo tísico en ese momento y que pronto nos encontraríamos de nuevo.

Le pregunté por mi cuenta quién era él. va que siempre había considerado a Jesús como mi Maestro y él. evidentemente, no lo era. Además Jesús no había sido ni budista ni tibetano. II lama se sonrió y me contestó que a través de él recibía yo la energía de Cristo: Por eso él era mi Maestro. "Un Maestro es como un espejo donde se reflejan los rayos del sol", me dijo. "El sol llega directamente a cada uno de nosotros, pero también puede reflejarse en un espejo para dirigirse con precisión hacia un punto determinado".

Cuando Pablo quiso hacerme regresar le rogué que me dejara disfrutar de la presencia de mi Maestro y me permitió quedarme todo el tiempo que quisiera. Permanecí sentado en silencio frente al lama, recibiendo su amorosa energía. Diez minutos después las imágenes del lama y de la sala se fueron diluyendo y me encontré nuevamente flotando en el aire por encima del monasterio, que se fue alejando lentamente. Vi cómo se achicaban las montañas y entré de nuevo en la nube brillante. Inesperadamente volví a encontrarme con mi padre que me despedía amorosa-mente. Palpitante de emoción me sentí dentro de mi cuerpo, rodeado de mis compañeros que me habían acompañado en este extraordinario viaje. Curiosamente no tuve conciencia de la entrada en el cuerpo.

Después de esta experiencia se instaló en mí una gran paz y quedé con la satisfacción de haber encontrado explicación a muchas cosas de mi pasado y mi presente:

Entendí mi atracción por el budismo y mi injustificado rechazo por el hinduismo y la India, a pesar de mi admiración por el yoga y su filosofía.

Encontré también una explicación al hecho de que todo lo que leía sobre yoga me resultaba conocido y cuando enseñaba algo o daba una conferencia, iba aprendiendo a medida que hablaba, como si me surgiera de adentro. A veces sentía que inventaba lo que luego encontraba en algún escrito sobre yoga.

Quedé profundamente agradecido hacia Pablo que me ayudó a vivir todo esto y hacia María Julia por habernos facilitado esta maravillosa técnica: el redescubrimiento de nuestros objetivos de vida gracias a la comprensión de las tendencias actuales equivocadas, recuerdos kármicos de nuestros errores en existencias pasadas.

Comprendí que el pecado cristiano no es más que el uso inadecuado de nuestra energía y nuestra libertad. y el llamado castigo, sólo laconsecuencia inevitable, el resultado lógico de las acciones realizadas de manera equivocada.

Recordé además que en el budismo existen tres ramas:


• El Hinayana ("Pequeño Vehículo"), el budismo del meditador solitario, el camino del monje. Se busca la liberación personal mediante las experiencias meditativas, a través de las cuales uno ad-quiere enseñanzas o guías para sus propias vidas. El budismo zen tiene que ver con esta modalidad, en la que la meditación es la más importante técnica usada para lograr la iluminación. Posteriormente tendrá uno que poner el conocimiento adquirido y su evolución personal al servicio de los demás seres, como enseña la siguiente rama.

• El Mahayana ("Gran Vehículo"). Se busca también la liberación personal pero a través del amor y la compasión como medio para ayudar a todos los seres sensibles. La vida de uno está dedicada al servicio de todos los que nos necesiten. Uno está consagrado a la ayuda, a la enseñanza y al servicio de la sociedad. Es el camino de los lamas, quienes se ponen así al servicio de aquellos, religiosos o laicos, que busquen mejorar sus vidas o quieran crecer como seres humanos a través de esta filosofía.

• La tercera rama es el Vajrayana ("Camino Corto"), donde a través de visualizaciones, mantras y rituales se logran rápidamente las fuerzas superiores de la mente y del espíritu. El budismo tibetano está basado principalmente en estas prácticas, mediante las cuales se adquieren poderes sobrenaturales o más allá de las posibilidades del común de los humanos. El uso de estos poderes tiene que estar volcado al servicio de todos los seres sensibles como principal camino de evolución. En el budismo, en general, esta idea de ayudar a todos los seres sensibles, aunque se trate de animales o vegeta-les, ha generado un sentimiento ecológico muy particular entre los budistas, con el que el adepto trata de impregnar toda su vida e influir en su derredor como principal colaboración para el mundo.


Sin duda. el lama de mi viaje astral enseñaba el Mahayana (del amor y la compasión) y en cambio yo practicaba el Hinayana (de la meditación solitaria).

Quedé además muy conmovido por el recuerdo de mi vida en el Tíbet que explicaba mi gran atracción, desde chico, por ese país. También era de enorme valor haberme podido poner en contacto con ese ser tan querido que yo llamaba mi Maestro. Durante muchos días después de esa regresión las imágenes reaparecían en cualquier momento del día y sentía gran felicidad volver a visualizarlas.

En otras regresiones posteriores aparecieron imágenes de algunos momentos de mi vida como monje, agradables, llenos de paz pero solitarios. Me vi caminando lentamente por corredores y callejuelas del monasterio; circulaban a mi alrededor monjes más jóvenes que me miraban, me respetaban y me dejaban pasar sin hablarme. Finalmente vi cómo ese monje, viejo, de cabellos blancos y larga barba, moría con un fuerte dolor en el pecho pero en paz, solo, en su habitación.

Me subyugaba la idea de que encontraría en vida a mi Maestro. Cada vez que aparecía un lama por Buenos Aires pensaba que él sería posiblemente aquél que había visto durante mi viaje astral. De Francia enviaron dos lamas tibetanos para que se quedaran en la Argentina, pero no pude conocerlos y finalmente se fueron porque "no estaban dadas las condiciones en nuestro país". De nuevo sentí que me había ilusionado inútilmente.

En septiembre de 1990 hice un retiro de meditación con el lama Thrangu Rinpoché, venido de Kathmandú, Nepal, y allí, por primera vez, me surgió el deseo de viajar al Tíbet. En una de las meditaciones con él se me presentó claramente la orden de viajar al Tíbet al año siguiente, en 1991. Tenía que ir a buscar el monasterio donde había estado como monje "para cerrar un ciclo de vida".

Esa orden interna fue muy fuerte aunque no era claro el objetivo. Se lo comenté al lama Thrangu y este me dijo que sin duda debía hacer ese viaje y que cuando pasara por Kathmandú fuera a visitarlo. También lo comenté con Kamala Ditela, una compañera hindú que estaba en el retiro y esta me indicó que me pusiera en contacto con Irene, otra compañera de budismo: ella estaba proyectando un viaje similar. Omití por pudor el comentario sobre "la orden de buscar mi monasterio". Evidentemente no estaba convencido de lo que iba a hacer ni de que mis regresiones fueran totalmente verdaderas. Me enfrentaba nuevamente con la falta de fe que caracteriza a nuestracultura. ¿Por qué necesitamos tantas comprobaciones para aceptar lo que en algún momento nos pareció tan real?

Hablé con Irene Wtinschenmeyer quien me comentó que el lama Chögyal Rinpoché (a quien yo conocía por haber hecho varios retiros con él en Buenos Aires) la había invitado a ir con él al Tíbet en junio del año siguiente. Yo podría ir también si al lama le parecía adecuado. Tendríamos que ir primero a la India en mayo a buscar al lama Chögyal en el monasterio Tashi Yong, donde vivía. Desde allí viajaríamos con él a Kathmandú para pasar al Tíbet en junio. Yo debía escribirle pidiéndole autorización y luego conseguir la visa en el consulado chino para entrar en el Tíbet.

Era sorprendente que, en el mismo día en que se me presentaba la idea del viaje ya tuviera toda esa información. Desde ese día comencé a comentar a mis amigos que viajaría al Tíbet en junio de 1991, para irme comprometiendo con mis propias palabras. El viaje me parecía todavía lejano e imposible.

En enero de 1991 fui a visitar a Raquel Ramponi, otra amiga de budismo, cuando me enteré que ella también tenía deseos de hacer ese viaje. Acordamos que podríamos proyectarlo juntos. Ninguno de los dos había estado antes en la India. Nos apoyaríamos mutuamente y siendo dos, podríamos resolver las dificultades con más facilidad. Cuando estábamos hablando de esto llegó a visitar a Raquel otra compañera, Viviana, que había llegado de la India el día anterior, después de haber pasado unos días precisamente en el monasterio Tashi Yong. Nos contó que había comenzado a construir una casita detrás del monasterio para poder hacer retiros con los lamas de allí. Si su casa estaba lista para la fecha de nuestro viaje se la ofrecía a Raquel para vivir. Yo podría ocupar la casita de al lado, de otra compañera nuestra. ¡Ya tenía dónde vivir en Tashi Yong!

Además, Raquel me comentó que si íbamos en mayo, nos encontraríamos en Delhi con Gerardo Abboud, el presidente de una de las sociedades de budismo tibetano en Buenos Aires y amigo nuestro. Estar con él en la India resultaría maravilloso, ya que Gerardo había vivido quince años allí y hablaba hindi y tibetano (él era el traductor cuando venían lamas a dar enseñanzas). Gerardo podría guiar en todo lo necesario a dos viajeros sin experiencias corno nosotros.

Sin embargo, me seguía asustando la idea del viaje y, al mismo tiempo, me daba una alegría enorme poder proyectarlo. Los caminos se allanaban y todo parecía más fácil de lo que había supuesto el primer día.

En ese mismo mes fui de vacaciones con mis hijas y Andrea, mi nueva pareja, a Bariloche. Subimos hasta el refugio del Cerro Tronador donde pasamos dos noches, rodeados de nieve, glaciares y precipicios. Por supuesto, al estar en medio de la montaña, cruzando glaciares, caminando por el hielo, viviendo en un refugio de piedra y madera, me puse nuevamente en contacto con el recuerdo del Tíbet de las regresiones de los años anteriores. Y una noche, antes de dormirme, mientras meditaba, tuve por primera vez una regresión espontánea, sin inducción, y pude verme nuevamente como monje en el monasterio del Tíbet. Presencié la vida diaria de ese monje: cómo dormía y comía, cómo se manejaba en su relación con los demás. No pude saber si se trataban de recuerdos o simplemente de fantasías. En todo caso, quedé sorprendido por la nitidez con la que se presentaban las imágenes del monasterio y tuve así una visión muy clara del lugar. En todas las regresiones había aparecido siempre la misma estructura de los edificios del monasterio y tenía así una imagen precisa de las distintas partes del mismo, y de los diferentes momentos de la vida de ese monje.