"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)7Si tomamos el más violento y sórdido gueto urbano del siglo XX, lo envejecemos dos siglos, lo sazonamos con una maraña de estructuras elevadas y subterráneas, lo poblamos con los más pobres entre los pobres y le añadimos los peores fracasos de los experimentos de cambio de forma, tendremos la Ciudad Vieja, donde los agentes de la ley caminaban aprensivamente de día y rara vez de noche. Bey Wolf y John Larsen, armados con luces frías, armas de aturdimiento y el sensor, salieron del largo corredor subterráneo cuando empezaba a anochecer. Miraron cautelosamente en derredor y empezaron a seguir la flecha del sensor, internándose en la Ciudad Vieja. Las evidencias de pobreza los rodeaban por todas partes: las aceras resquebrajadas y llenas de basura, los edificios derruidos, la total ausencia de aceras móviles. Allí se viajaba a pie, o en antiguos vehículos con ruedas sin control automático ni mecanismos de seguridad. —Pongámonos de acuerdo en algo, John —dijo Wolf, mirando en derredor con gran interés—. Mientras perseguimos a Capman, no nos preocuparemos demasiado por las formas prohibidas habituales. Por lo pronto, creo que aquí veremos más de las que nunca vimos. Mira allí, por ejemplo. Señaló el callejón frente al cual pasaban. Larsen vio una mole osuna de pie junto a un hombre redondo y diminuto de medio metro de altura. Tenían un carrete de hilo de monofilamento, y lo desenrollaban sujetándolo a una estructura de rejas metálicas. Wolf siguió caminando. —Si tropiezas con eso, te cortaría en dos antes de que te dieras cuenta. Obviamente están tendiendo una trampa. No es para nosotros, pero será mejor que aquí andemos con cuidado. Larsen no necesitaba que se lo recordaran. Miraba hacia todas partes, y mantenía la mano cerca de la pistola de aturdimiento. —No parecen intentos fallidos con las formas comerciales habituales, Bey —dijo—. Supongo que eso es lo que ocurre cuando un pobre diablo de mente retorcida se adueña de una máquina de cambio de forma. Wolf asintió. —Quizás intentan luchar contra la adopción de esas formas con su mente consciente, pero por debajo algo se las impone. Quizá dentro de cien años lleguemos a entender qué compulsión los obliga a hacerlo. Mientras hablaba, Wolf evaluaba fríamente lo que veía y lo memorizaba para futura referencia. La Ciudad Vieja estaba fuera de su jurisdicción excepto en verdaderas emergencias, y aprovechaba al máximo una rara oportunidad. Avanzaron deprisa por las calles oscuras, y por primera vez repararon en la ausencia de faroles. Pronto tuvieron que usar las luces frías para alumbrar el camino. La flecha del sensor siempre apuntaba en la misma dirección. Al caer la noche, empezaban a aparecer los habitantes de la Ciudad Vieja que se ocultaban de día. Larsen empuñó con más fuerza la pistola cuando las imágenes y sonidos se volvieron más exóticos. Al fin llegaron a una larga rampa inclinada que los conducía nuevamente a un lugar subterráneo. Larsen miró el sensor, y bajaron despacio. Las luces alumbraban el túnel hasta diez metros de distancia. Más allá todo era negrura. Una forma gris y reptilesca con un tufo mohoso echó a correr por un pasaje lateral, y delante de ellos oyeron un chasquido y los pasos apresurados de alguien que se internaba en las sombras. Wolf se detuvo, sobresaltado. —Eso es algo de lo que debemos informar en la oficina. A menos que me esté volviendo loco, acabamos de ver a alguien que ha desarrollado un exoesqueleto. Me pregunto si ha conservado la estructura de vertebrado. Larsen no respondió. No tenía esa curiosidad clínica de Wolf, y se sentía incómodo. Continuaron la marcha, y el ambiente se volvió más húmedo y reluciente cuando la rampa se angostó en un túnel con paredes y piso de tierra. Delante, una figura gimió y se escurrió con movimientos de serpiente en otro pasaje lateral. De pronto Wolf se detuvo y tocó la vara de metal del sensor. —Demonios, John. ¿Es mi imaginación o esta cosa se está calentando? —Es posible. Creo que lo mismo ocurre con la pistola y la linterna. Lo noté hace unos metros. —Debemos de haber entrado en un campo de inducción. Si se vuelve más fuerte, no podremos llevar nada metálico. Avancemos unos metros más. Caminaron despacio, pero pronto fue obvio que el campo de inducción se fortalecía. Retrocedieron para celebrar un consejo de guerra. —La señal del sensor es muy fuerte ahora, John —dijo Wolf—. Capman no puede andar muy lejos. Dejemos aquí todos los objetos metálicos y avancemos otros cincuenta metros. Si no lo encontramos después de eso, tendremos que desistir. Ambos hombres empezaban a sentir los efectos de la tensión. Con buena iluminación, Wolf habría visto la reacción que su sugerencia producía en Larsen. Sólo le oyó aceptar a regañadientes. Dejando las pistolas, las luces y el sensor, reanudaron la marcha en la oscuridad, andando cautelosamente metro tras metro. De pronto Larsen se detuvo. —Bey —susurró—, ¿oyes algo delante? Wolf aguzó los oídos. No oía nada. —Sonó como un gruñido, Bey. Allí, de nuevo. ¿Oyes? —Creo que sí. Avancemos despacio. Está a pocos metros. Siguieron avanzando en la mohosa oscuridad. Oyeron otro gruñido bajo, luego un doloroso jadeo. De pronto una voz débil les llegó desde las sombras. —¿Quién está ahí? Quédese donde está. Por el amor de Dios, no se acerque más. —¿Capman? Somos Wolf y Larsen. ¿Dónde está usted? —Aquí abajo, en el pozo. Miren donde pisan. Esperen un segundo. Les mostraré por dónde ir. Un delgado haz de luz brotó desde el piso. Avanzaron con titubeos y se encontraron al borde de un pozo de cuatro metros. En el fondo yacía Capman en una incómoda posición. Empuñaba una pequeña linterna y la enfocaba hacia ellos. —Este pozo no estaba aquí hace un par de días —jadeó—. Sin duda lo cavó una de las formas modificadas que viven en estos túneles. Un espécimen grande, creo. Anduvo por aquí hace unos minutos y se marchó. Por allá. Señaló con la linterna. Ambos vieron un gran túnel que partía desde la base del pozo. Capman parecía débil y dolorido, pero aún conservaba la calma y la racionalidad. —Si sobrevive aquí abajo, ha de ser carnívoro —dijo—. Me pregunto cuál será la forma básica. Wolf se asombró al captar una nota de curiosidad intelectual en la voz de Capman. Se acercó al borde y escudriñó el túnel. —No sé qué pueden hacer ustedes para ayudarme —continuó serenamente Capman—. Si no pueden sacarme, es vital que les entregue mis registros. Tendría que haberlos dejado en el hospital. Son una parte crucial de la descripción de mis trabajos. Cerciórense de que caigan en las manos adecuadas. Calló de golpe y enfocó la luz hacia la pared del pozo. —Creo que está volviendo. Les arrojaré este carrete. Acérquense más al borde. No sé si podré lanzarlo bien desde esta posición. Capman enfocó la linterna hacia la pared del pozo para proyectar una luz difusa hacia arriba y arrojó torpemente un pequeño carrete. Estirando el brazo, casi al extremo de perder el equilibrio, Larsen logró atajarlo. Capman suspiró de alivio y dolor y se desplomó de nuevo en el piso de la tierra. Oyeron un profundo gruñido, y un correteo en el túnel. Mientras ellos miraban horrorizados, Capman mantenía la calma. —Pase lo que pase aquí—dijo—, recuerden que ustedes deben llevar esos registros al hospital. No pierdan tiempo. Apuntó la linterna hacia el pozo. Wolf y Larsen entrevieron una enorme forma simiesca que se acercaba a Capman. Antes de que pudieran verla con claridad, la luz cayó al suelo y se apagó de golpe. Oyeron crujidos y un carraspeo, luego un silencio. De pronto Wolf y Larsen comprendieron que estaban indefensos. Ambos dieron media vuelta y echaron a correr por el túnel. Recogieron las pistolas, las linternas y el sensor y continuaron a gran velocidad por las oscuras calles de la Ciudad Vieja. No rompieron el silencio hasta que estuvieron de nuevo en el ascensor del Hospital Central, camino al laboratorio de Capman. —No sé qué hizo Capman en ese laboratorio —dijo Larsen—, pero sin duda esta noche pagó por ello. Wolf, inusitadamente abatido, sólo pudo asentir y decir: —Que en paz descanse. Fueron de inmediato al Departamento de Trasplantes, donde Morris recibió el precioso carrete de microfilme. A requerimiento de Wolf, convino en designar un equipo para analizarlo de inmediato, mientras ellos le contaban las extrañas circunstancias en que lo habían recibido. |
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