"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)8Una hora antes del amanecer, Wolf y Larsen desayunaban en la sección de visitantes del piso más alto del Hospital Central Por insistencia de Morris habían dormido tres horas y habían pasado otra hora con un programa de liberación de tensiones. Ambos se sentían descansados y habían aceptado una sustanciosa comida servida por los asistentes robot. No habían terminado cuando Morris reapareció. Por su aspecto, era evidente que no había dormido, pero los ojos le brillaban de excitación. Agitó un fajo de hojas impresas y se sentó frente a ellos. —Fantástico —dijo—. No cabe otra palabra. Nos llevará años obtener todos los detalles. Capman fue más lejos de lo que soñábamos. Cada forma de ese laboratorio subterráneo explora un terreno nuevo en los experimentos de cambio de forma. Se puso a hojear los listados. —He aquí una forma anaeróbica —dijo—. Puede respirar aire, como de costumbre, pero si es necesario también puede descomponer otras sustancias químicas para sobrevivir. Podría operar bajo el agua o en el vacío, casi en cualquier parte. He aquí otra, con una epidermis gruesa e insensible… sería muy tolerante al calor y la radiación extremos. »Luego tenemos esto. —Morris agitó el listado con entusiasmo. No podía quedarse sentado y se puso a caminar frente a la ventana, donde asomaba un pálido destello de alba falsa— Miren, tiene un sistema fotosintético completo, con bolsas de clorofila en el pecho, los brazos y la espalda. Podría sobrevivir en estando de semiletargo alimentándose de restos minerales, agua y bióxido de carbono. También puede vivir como una forma humané normal, comiendo comida normal. »Aquí tenemos formas miniaturizadas, de sólo diez pulgadas de altura en plena adultez. Tienen una expectativa de vida normal y una estructura genética y cromosómica normal. Pueden procrear hijos de tamaño normal en un par de generaciones. Wolf recordó algo. —¿Estas formas tienen nombres de proyectos especiales? —preguntó. —En efecto. Todas aparecen en los apuntes de Capman bajo el encabezamiento de Proyecto Proteo, excepto una forma que nos tiene desconcertados. Es la que comentábamos anoche en el laboratorio. Hojeó los listados y separó uno que parecía más voluminoso que los demás. —Es el que tiene el bucle de demora que se repite en todo el programa. Realizamos varios esfuerzos para revivir al sujeto, pero no podemos hacerlo. Parece estar en una suerte de trance catatónico, y cuando tratamos de calcular el promedio de vida con el ordenador, obtenemos un desbordamiento. Wolf miró a Morris y pensó en la nota que Capman le había dejado en la laboratorio subterráneo. Quizá Capman tuviera razón y Wolf pensara del mismo modo que él. El propósito de la nueva forma le resultaba obvio, aunque desconcertaba a Morris y Larsen. —Doctor, ¿alguna vez Capman le habló del futuro de la raza humana…? ¿Dónde estaremos dentro de un siglo, por ejemplo? —No me habló personalmente, pero sus opiniones eran bien conocidas. En general compartía la visión de Laszlo Dolmetsch: la sociedad es inestable, y sin nuevas fronteras nos estancaremos y retrocederemos a una civilización inferior. La Federación Espacial Unida no puede impedirlo; sus integrantes están muy desperdigados y dominan el medio ambiente de modo muy precario. Wolf se inclinó hacia atrás y miró el cielo raso. —Me parece que el plan de Capman era claro. Necesitamos nuevas fronteras. La FEU no puede brindarlas sin ayuda. Capman estaba trabajando con miras a un objetivo simple y bien definido: crear formas que se adapten a la exploración del espacio. Las formas que usted acaba de describir son ideales para trabajar en el espacio, en la Luna o en Marte, o para realizar tareas de terraformación en Venus. Morris lo miró asombrado. —Tiene usted razón. ¿Pero qué me dice de las formas pequeñas, o del sujeto catatónico? —No está catatónico. Está dormido. Todos sus procesos vitales están desacelerados según una pauta prefijada. No sé cómo, pero usted podría averiguarlo si mira el factor de demora del programa de biorrealimentación. Capman estableció ese bucle de demora para que el programa pudiera interactuar con el experimento en su propio «tiempo real». Morris volvió a mirar los papeles que tenía en la mano. —Mil doscientos —dijo al fin—. Cielos, está fijado en Se quedó sin habla. —Eso significa que dormirá durante una de sus noches —dijo Wolf—. Lo cual equivale a mil doscientas noches nuestras. Supongo que su expectativa de vida será proporcional: mil doscientas veces más larga. Eso significa unos ciento veinte mil años. Desde luego, ésa no es su expectativa de vida —¿Pero cómo nos comunicamos con él? —Tal como hizo Capman en sus programas de cambio de forma. Tendrá que desacelerar todos los estímulos por un factor de mil doscientos. Suministrarle información al mismo ritmo que él está programado para recibirla. —¿Pero con qué objeto? —preguntó Morris—. No puede trabajar en el espacio si no es capaz de comunicarse con nosotros. —Nuevas fronteras —dijo Wolf—. Necesitamos nuevas fronteras, ¿verdad? ¿No ve que allí tiene una forma ideal para la exploración interestelar? Un viaje de un siglo sólo duraría un mes para él. Vivirá más de cien mil años de la Tierra. Si la nave llevara una máquina de cambio de forma, él podría volver al ritmo normal cuando llegara allá, para el trabajo de observación. Si lo combinamos con las formas miniaturizadas que usted encontró, tenemos gente que puede explorar las estrellas con las naves y la tecnología actuales. —El factor de demora está fijado en el programa —dijo Morris—. No hay razones para pensar que mil doscientos es un límite. Tendré que analizar hasta dónde se puede elevar. ¿Cree que los programas le permitirían un ritmo más —Eso es más difícil. No sé cómo aceleraría las señales nerviosas. Pero no soy experto en eso. Tendrá que analizarlo usted mismo. Ahora entenderá por qué el ordenador indicó una situación de desbordamiento cuando intentó computar un promedio de vida. En términos subjetivos sigue siendo la unidad, pero para un observador externo es mil doscientos. Necesitamos una nueva definición de promedio de vida. Morris aún se paseaba acaloradamente por la habitación, con los listados en la mano. —Hay tantas cosas nuevas… Sin Capman tardaremos años en analizarlas. No tiene usted idea de cuánto se perdió con su muerte. Tendré que regresar para ayudar a los demás, pero ninguno de nosotros domina los datos fundamentales como Capman. Es una laguna que no se puede llenar. Parecía haberse recobrado de la conmoción que había sufrido al descubrir que Capman utilizaba sujetos humanos. El potencial de las nuevas formas le hacía olvidar todo lo demás. Wolf le hizo una última pregunta. —¿El experimento del sujeto catatónico tenía un nombre especial? Morris asintió. —Proyecto Regulación Temporal. Ahora, por cierto, el nombre tiene sentido. Debo estudiar cuan grande puede ser el factor de demora. No veo por qué no podría ser de diez mil o más. ¿Se imagina a un hombre capaz de vivir un millón de años? Salió deprisa, y su partida pareció traer calma a la habitación. Al cabo de unos segundos, Wolf se levantó y caminó hacia la ventana, que daba a la Ciudad Vieja, al alba inminente. Miró en silencio la oscura mole de la ciudad que se extendía bajo él. —Alégrate, Bey —dijo Larsen al cabo de unos minutos—. La muerte de Capman aún te tiene a mal traer, ¿verdad? No podíamos hacer nada para ayudarlo. Y creo que no debemos juzgarlo. Eso le corresponde al futuro. Hizo algo terrible, pero ha pagado por ello. De nada vale que andes cavilando. Bey dio media vuelta, con ojos reflexivos e introspectivos. —No es eso lo que me preocupa, John —respondió—. Me inquieta algo menos abstracto. Me cuesta creer que un hombre tan sagaz como Capman muriera tan estúpidamente. Larsen se encogió de hombros. —Todos tienen sus puntos débiles, Bey. Nadie es tan listo. —Pero Capman nos dijo que siempre supo que lo descubrirían. No sabía cuándo, pero estaba alerta. Tenía un complejo sistema de vigilancia para ver si alguien descubría sus planes, y cuando supo que lo estábamos investigando se preparó para desaparecer. —En efecto —convino Larsen—. Tenía todo preparado, pero no tuvo en cuenta la trampa de ese monstruo en la Ciudad Vieja. Wolf meneaba la cabeza. —John, Robert Capman tenía en cuenta —Tal vez, Bey. Pero no esperaba encontrarse con esa forma ilegal en el túnel. —¿De veras, John? Nos dejó seguir el rastro mientras estaba caliente… sólo nosotros dos, sin equipo especial ni preparativos. Y como un par de héroes tontos, fuimos detrás. Wolf miró las calles de la Ciudad Vieja, donde se extendía una luminosidad verde y fosforescente; los depredadores callejeros salían en busca de las últimas presas. —Tendríamos que haberlo sospechado —continuó— en cuanto nos topamos con ese campo de inducción. ¿Quién habría preparado semejante cosa? Alguien quería que alcanzáramos a Capman sin luces ni pistolas. Y, por cierto, Larsen y Wolf llegan a la escena sin luces ni pistolas. —Pero vimos al monstruo, Bey, y vimos la muerte de Capman. ¿Insinúas que todo formaba parte del plan? Wolf miró a Larsen escépticamente. —¿De veras lo vimos? ¿Qué vimos? Una forma enorme y difusa. Luego Capman soltó la linterna y todo se oscureció. Echamos a correr. En realidad no vimos nada que probara que Capman murió allí. ¿Cuándo fue la última vez que huíste presa del pánico? Larsen cabeceó. —No estoy orgulloso de eso, Bey. Hace mucho tiempo que no huyo de nada. No sé qué nos pasó. —Yo sí creo saberlo. Huimos, pero con un poco de ayuda. Apuesto a que había un proyector subsónico y algunos otros objetos cerca de ese foso, todo preparado para matarnos de miedo en cuanto tuviéramos el carrete de microfilme. Capman nos dijo dos veces que debíamos llevar el carrete al hospital, con lo cual podíamos justificar nuestra huida ante nosotros mismos. Capman dijo que «olvidó» dejarlo en el hospital, pero se habría requerido un acto consciente para llevárselo. Y aquí todos dicen que nunca olvidaba nada, por trivial que fuera. Wolf suspiró y miró por la ventana. —John, fue una trampa. Nos llevaron allí como un par de títeres. Capman está tan muerto como nosotros. Larsen calló un par de minutos, digiriendo las palabras de Wolf. Al fin se acercó a la ventana y también miró. —Conque piensas que está vivo en alguna parte. ¿Cómo podemos probarlo? Wolf miró su propio reflejo en el vidrio. Vio a un hombre con el ceño fruncido y la boca apretada. Morris no había logrado contagiarle su satisfacción y entusiasmo ante los descubrimientos de Capman. —Eso es lo peor, John. No podemos probarlo. Nadie creerá esta versión de los hechos. Si informamos de lo ocurrido, y tenemos que hacerlo, declararán muerto a Capman. No habrá más persecución. Quedará más libre que si no lo hubiéramos seguido. Larsen también fruncía el ceño. —Parte de lo que dices es difícil de aceptar, Bey. Capman vivía para su trabajo. Aquí nos lo han dicho muchas personas. Ahora lo ha perdido. ¿Qué iba a hacer con su vida? Bey Woíf lo miró inquisitivamente. —¿Lo ha perdido, John? Recuerda que hay veinte tanques en esa bóveda, y sólo catorce estaban ocupados. ¿Qué sucedió con los experimentos que había en los otros seis? Ahora sabemos a qué se referían dos códigos del índice, Proteo y Regulación Temporal. Pero también encontré otros dos allí. ¿Qué me dices del Proyecto Jano y el Proyecto Pez Con Pulmones? No sabemos qué eran ni qué ocurrió con ellos. »Creo que Robert Capman tiene otro laboratorio. Tiene consigo esos otros seis experimentos, y todavía está trabajando en ellos. Apuesto a que esas seis formas son además las más interesantes. —¿Insinúas que tiene un laboratorio en la Ciudad Vieja, Bey? —Quizá, pero no lo creo. Si quisiéramos, podríamos seguirlo hasta la Ciudad Vieja. Declaró ante el Comité de Construcción que esperaba contar con veinte años productivos más. Creo que buscaría un sitio donde pudiera trabajar tranquilo, sin peligro de interrupción. Piensa en las formas de vida que podría crear en veinte años. No creo que la Ciudad Vieja pudiera albergarlas. —Aunque él no esté allí, Bey, tendríamos que cerciorarnos. —Larsen se apartó de la ventana—. Permíteme presentar un informe sobre esto… Supongo que no iremos a la Luna, tal como esperaba Steuben. Solicitaré que envíen un grupo de exploración por la zona que recorrimos anoche. Quizás hallen alguna pista. Se fue, dejando solo a Wolf. Impulsivamente, Bey fue a apagar todas las luces y regresó a la ventana que daba al lado este de la ciudad. «Busca si quieres, John —pensó—. Estoy seguro de que no encontrarás rastros de Robert Capman. ¿Cómo decía su mensaje? “Será necesario que Robert Capman desaparezca de la faz de la Tierra.” Me inclino a interpretarlo literalmente.» Wolf empezó a sentir abatimiento y frustración. Tras la excitación del descubrimiento y la persecución, llegaba a otro callejón sin salida, otro rastro que terminaba en el crimen y la futilidad. ¿O no? Algo no congeniaba. Bey miró la oscura ciudad, permitiendo que el instinto le guiara los pensamientos. «Si Capman es lo que creo que es —y si yo soy lo que él cree que soy—, debo dar por sentado que él esperaba que yo entendería que no había muerto. ¿Y qué esperaba que hiciera? Que lo siguiese. Entonces también debe saber que tiene un escondrijo adonde yo no puedo seguirlo.» Era otro callejón sin salida. Sólo quedaba la exhortación de Capman: aprender más sobre la teoría del cambio de forma. Tenía que haber una razón para ello. Capman no era hombre de dar consejos vagos. Y aún quedaba esa gran incoherencia. Por una parte, Capman realizaba experimentos monstruosos con niños humanos; por la otra, era un gran humanitario que se preocupaba más que nadie por los seres humanos. Ambas afirmaciones eran inconciliables. Lo cual planteaba otra pregunta: ¿qué estaba haciendo Capman con sus experimentos? Wolf no lo sabía, y Capman no quería revelarlo. Todavía no. Pero si alguna vez llegaba el momento de las explicaciones, Bey quería estar preparado para comprenderlas. ¿Sería ése el sentido del mensaje de Capman? Wolf siguió pensando, preguntándose cuándo volvería a ver a Robert Capman. Los primeros rayos del alba atravesaban la alta ventana del hospital. Debajo, aún envuelta en la oscuridad, se extendía la imponente masa de la Ciudad Vieja. Behrooz Wolf miró en silencio hasta que el nuevo día iluminó las calles, luego se marchó del cuarto. Capman había desaparecido, pero los bancos de datos aún podían responder a algunas preguntas. Wolf estaba dispuesto a hacerlas. |
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