"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)

6

Camino del hospital, Larsen guardó un obstinado silencio. Wolf notó que escuchaba atentamente su implante telefónico y adivinó la razón.

—¿Algún cambio en la situación de tu hogar, John? —preguntó cuando Larsen cortó la comunicación. Creía saber la respuesta.

—Sólo el cambio que podrías esperar —dijo sombríamente Larsen—. Mi abuelo todavía está con ella. Se va deprisa, y lo sabe. Le quedan uno o dos días. Demonios, Bey, tiene ciento seis años… ¿Qué puedes esperar? Todavía usa las máquinas, pero no le sirven de nada.

Suspiró profundamente.

—Amamos a la abuela, ¿pero qué podemos decirle? ¿Cómo le dices a alguien que amas que lo atinado es irse airosamente?

Wolf no supo darle una respuesta. Era un problema temido por todas las familias. Así como el trabajo de la CEB había dado una solución al viejo problema de definir la humanidad, también daba una definición de la vejez. La expectativa de vida aún era de un siglo para la mayoría de la gente, años fértiles y saludables en óptimas condiciones físicas. Hasta que un día el cerebro perdía la capacidad para seguir el perfil de los regímenes de biorrealimentación. Entonces se producía un rápido deterioro físico y mental, y cada uno reforzaba al otro. La mayoría optaba por visitar el Club de la Eutanasia en cuanto advertía lo que ocurría. Unos pocos infortunados, temerosos de las incógnitas de la muerte, continuaban el viaje hasta el final.

Al fin Larsen rompió el silencio.

—¿Sabes, Bey? Nunca antes había visto la vejez. ¿Te imaginas cómo debía ser cuando la mitad del mundo era viejo? La pérdida del pelo, los dientes, la vista, el oído. —Se estremeció—. Supongo que era así hace un par de siglos. ¿Cómo lo soportaban? ¿Por qué no se volvían locos?

Wolf lo miró de hito en hito. Les esperaba una situación difícil en el Hospital Central, y quería estar seguro de que Larsen estuviera a la altura de las circunstancias.

—Tenían otra actitud en esos días, John —dijo—. El envejecimiento se consideraba algo normal, no una enfermedad degenerativa. De hecho, algunos síntomas se consideraban como ventajas, prueba de la experiencia. Si te quieres asustar de veras, imagina cómo sería la vida dos siglos antes de eso. Una expectativa de vida que promediaba los treinta años, sin anestesia, sin analgésicos decentes, sin cirugía eficaz.

—Claro, pero en cierta forma no puedes concebirlo. Sólo lo entiendes de verdad cuando lo ves. Es como si te dijeran que antes la gente vivía toda la vida ciega, con un defecto cardíaco congénito o con un miembro menos. No lo pones en duda pero no puedes imaginar cómo era.

Continuaron el viaje, y al fin Wolf habló de nuevo.

—Y no sólo había problemas físicos. Si tu cuerpo y tu apariencia se fijaban en el nacimiento, piensa cuántos problemas emocionales y sexuales podías tener.

El perfil del Hospital Central se erguía nuevamente ante ellos. Abandonaron las aceras móviles para detenerse ante las macizas columnas de granito que bordeaban la entrada principal. Cada vez que entraban, viejos temores parecían despertar. Ambos habían hecho allí sus tests de humanidad, aunque desde luego eran demasiado pequeños para tener un recuerdo. Larsen cogió a Wolf del brazo y avanzó hacia la puerta.

—Vamos, Bey. No nos volverán a hacer el test. Pero no sé si en tal caso aprobarías. Mucha gente de Control de Formas dice que en algo no eres humano. ¿Dónde obtuviste ese don para olfatear así las formas prohibidas? Todos me preguntan, pero nunca tengo una buena respuesta.

Wolf miró severamente a Larsen antes de relajarse y soltar una carcajada.

—Podrían hacerlo tan bien como yo si usaran los mismos métodos y trabajaran con el mismo empeño. Busco rarezas en el aspecto de la gente, en su voz, su ropa, sus movimientos y su olor… cosas que no concuerden. Al cabo de unos años se convierte en una evaluación subconsciente. A veces no sé qué detalle delató una forma prohibida. Tendría que pensarlo demasiado, una vez descubierta.

Atravesaron las grandes puertas con remaches. El recepcionista era el mismo de la vez anterior. Les saludó alegremente.

—Parece que el doctor Capman les tiene simpatía. Me dio este código para ustedes. Pueden usarlo en cualquier parte del hospital… Dijo que ustedes lo necesitarían al llegar aquí.

Sonriendo, entregó un código de ocho dígitos a Wolf, quien miró sorprendido a Larsen.

—John, ¿tú llamaste para decir que veníamos?

—No. ¿Y tú?

—Claro que no. ¿Cómo diablos…?

Wolf se interrumpió y se dirigió deprisa a una pantalla de pared. Tecleó el código, y un breve mensaje titiló de inmediato en la pantalla. EL SEÑOR WOLF Y EL SEÑOR LARSEN TENDRÁN ACCESO A TODAS LAS UNIDADES DEL HOSPITAL. SE REQUIERE A TODO EL PERSONAL QUE COLABORE PLENAMENTE CON LAS INVESTIGACIONES DE LA OFICINA DE CONTROL DE FORMAS. POR ORDEN DEL DIRECTOR, ROBERT CAPMAN.

Larsen frunció el ceño, desconcertado.

—No ha podido saber que vendríamos. Lo hemos decidido hace apenas media hora.

Wolf ya caminaba hacia el ascensor.

—Créase o no, John, lo sabía. En otra ocasión averiguaremos cómo. Vamos.

Estaban a punto de entrar en el ascensor cuando se toparon con el doctor Morris, quien de inmediato se puso a parlotear.

—¿Qué está pasando aquí? Capman canceló todos sus compromisos para hoy, hace sólo media hora. Me dijo que los esperara a ustedes aquí. Esto no tiene precedentes.

Wolf lo miró con ojos inquietos y turbados.

—Ahora no tenemos tiempo para dar explicaciones, pero necesitamos ayuda. ¿Dónde está el laboratorio privado de Capman? Está en este piso, ¿verdad?

—Sí, por este corredor. Pero usted no puede entrar allí, señor Wolf. El director ha dado órdenes estrictas de que no le molesten. Es una pauta de…

Se interrumpió cuando Wolf abrió la puerta, que daba a un estudio vacío. Los otros dos lo siguieron.

—¿Dónde está el laboratorio privado? —le preguntó Wolf a Morris.

—Por aquí.

Los condujo a un cuarto contiguo que estaba equipado como un pequeño pero sofisticado laboratorio. También estaba vacío. Examinaron deprisa ambos cuartos. Larsen descubrió un ascensor en un rincón del laboratorio.

—Doctor, ¿adonde lleva esto? —preguntó Wolf.

—Pues… no lo sé. Ni siquiera sabía que existía. Debe ser anterior a la instalación de los tubos ascensores. Pero hace más de treinta años de eso.

El ascensor tenía un solo botón. Larsen lo apretó, y los tres bajaron en silencio. Morris contaba en voz baja. Cuando se detuvieron, reflexionó un instante y cabeceó.

—Ahora estamos cuatro pisos bajo tierra, si he contado correctamente. No sé de ninguna instalación del hospital a esta profundidad. Tiene que ser muy vieja, anterior a mis tiempos.

Sin embargo, el cuarto donde entraron no revelaba indicios del paso del tiempo. Estaba recién pintado y no había polvo. En un extremo había una enorme puerta con una llave de combinación. Wolf la miró unos segundos y se volvió hacia Larsen.

—No tenemos muchas opciones. Por suerte no es un modelo nuevo. ¿Crees que podrás abrirla, John?

Larsen se acercó a la puerta y la estudió en silencio unos minutos, luego asintió. Movió delicadamente las llaves enjoyadas, deteniéndose en cada una. Al cabo de veinte minutos de intenso trabajo y frecuentes consultas a su ordenador personal, suspiró profundamente y tecleó una combinación. Tiró de la puerta, abriéndola de par en par. Entraron en un cuarto largo y oscuro.

Morris señaló la hilera de grandes tanques que había a lo largo de ambas paredes.

—¡Esos tanques no tendrían que estar aquí! Son tanques para cambios de forma especiales. Son como los que usamos para los niños con defectos de nacimiento, aunque diez veces más grandes. No tendría que haber unidades como éstas en este hospital.

Recorrió rápidamente la habitación, inspeccionando cada tanque y examinando los monitores. Luego regresó hacia Wolf y Larsen con los ojos desorbitados.

—Veinte unidades, y catorce de ellas ocupadas. —Le temblaba la voz—. No sé quiénes están dentro, pero estoy seguro de que esta unidad no forma parte del hospital. Es un laboratorio totalmente ilegal.

Wolf miró a Larsen con sombría satisfacción.

—¿Puede explicarnos qué clase de cambio de forma se está realizando aquí? —le preguntó a Morris.

Morris reflexionó un instante antes de responder.

—Si se trata del diseño habitual, tiene que haber una sala de control en alguna parte. Allí deberían estar todos los registros de trabajo: programas informáticos, diseños experimentales, todo. No está en este extremo.

Atravesaron juntos la larga habitación. Morris murmuró satisfecho cuando vio la sala de control. Fue hasta la consola y pidió los registros de cada puesto experimental. Mientras trabajaba, palidecía cada vez más. Tenía la frente perlada de sudor. Al fin habló, despacio y con voz queda:

—Faltan registros, pero puedo decirles que aquí ha sucedido algo terrible, y totalmente ilegal. Hay humanos en catorce de esos tanques. Se los está programando para que se adapten a formas especificadas previamente, incorporadas en los programas de control. Y puedo decirles algo más. Los sujetos de los tanques no tienen edad legal para el cambio de forma. Estimo que tienen entre dos y dieciséis años, todos ellos.

Tardaron unos segundos en digerir la novedad. Al fin Larsen dijo en voz baja:

—¿Nos dice usted que hay niños humanos en esos tanques? Eso es monstruoso. ¿Cómo puede un niño evaluar los riesgos del cambio de forma?

—No puede. En este caso, no se presenta la cuestión de conocer el riesgo. El arreglo es muy especial, y nunca se usa legalmente. Hace muchos años que sabemos cómo aplicarlo, en principio. El estímulo para alcanzar un cambio de forma programado se aplica directamente a los centros de placer del cerebro. De hecho, ellos no tienen ninguna opción. Se obliga a estos niños a alcanzar los cambios programados mediante fuertes estímulos.

Se reclinó en la silla de la consola de control y se llevó ambas manos a la transpirada frente. Al fin habló de nuevo, arrastrando la fatigada voz.

—No puedo creerlo. Simplemente no puedo creerlo, aunque lo esté viendo. En el Hospital Central, y con la complicidad de Capman. Él ha sido mi ídolo desde que me licencié como médico.


Parecía más interesado que nadie en los individuos y en el conjunto de la humanidad. No le interesaban el dinero ni los bienes materiales. Y ahora está involucrado en esto. No tiene sentido…

Se le quebró la voz, y se quedó inmóvil y arqueado en la silla. Al cabo de unos segundos, Wolf interrumpió sus turbadas reflexiones.

—Doctor, ¿hay algún modo de averiguar qué cambios de forma se usaban aquí?

Morris se irguió un poco y sacudió la cabeza.

—No sin los registros que faltan. Capman los habrá guardado en otra parte. Puedo obtener los listados informáticos desde aquí, pero deducir el propósito de los listados sería una tarea abrumadora. Uno puede tardar horas aun para comprender las subrutinas cortas. Aquí hay un código, por ejemplo, que se repite una y otra vez en dos de los experimentos. Pero su empleo es oscuro.

—¿Qué cree usted que es, doctor? —preguntó Bey—. Sé que no puede decirlo con exactitud, ¿pero puede darnos una idea aproximada?

Morris titubeó.

—Lo leeré fuera de contexto, desde luego. Parece un bucle de demora. El efecto consiste en que cada instrucción del programa se ejecuta un número predeterminado de veces antes de pasar a la siguiente. Así que todo se demoraría según el mismo factor, fijado por el usuario.

—¿Pero qué haría?

—Dios sabrá. Todos estos programas son interactivos y de tiempo real, así que no tendría sentido desacelerarlos. —Hizo una pausa y añadió—: Pero recordemos que estos programas deben ser obra de Robert Capman. Él es un genio de primera, y yo no. El hecho de que yo no entienda lo que se hace aquí no significa nada. Necesitamos las notas de Capman y el diseño experimental para saber qué se proponía.

Wolf se paseaba enérgicamente por la sala de control, los ojos turbios.

—Eso no será fácil. Apostaría mi cerebro a que Capman se ha ido del hospital. ¿Por qué otra razón nos ha permitido tener acceso a todo? No entiendo por qué lo hizo, aunque supiera que le seguíamos el rastro. De algún modo se enteró de nuestro propósito y supo que no podía detenernos. Pero a menos que lo encontremos, quizá nunca sepamos qué hacía aquí. —Se volvió hacia Larsen con súbita resolución—. John, consigue un sensor de rastros. Estoy seguro de que Capman estuvo en esta habitación en la última hora. Tenemos que encontrarlo, aunque sea por su propia seguridad. ¿Imaginas la reacción del público si la gente se entera de que ha robado bebés humanos para someterlos a experimentos en cambio de forma? Lo harían trizas. Se debió de adueñar de los niños falseando los tests de humanidad. Por eso sus identificaciones no figuran en los archivos.

Larsen se marchó deprisa. De pronto Morris pareció esperanzado.

—Un momento —dijo—. Supongamos que Capman estuviera trabajando con sujetos que no habían aprobado los tests de humanidad. Eso no sería tan grave como usar bebés humanos.

Wolf meneó la cabeza.

—Yo también lo pensé, pero la idea no funciona. Recuerde que el test de humanidad se basa en que los no humanos no pueden realizar cambios de forma. Así que Capman está usando humanos, por definición. No sólo eso, recuerde que el hígado que encontramos pertenecía a un niño de doce años. Capman no sólo tenía experimentos, sino también experimentos fallidos. Los bancos de órganos eran un modo conveniente de deshacerse de ellos con poco riesgo de que lo descubrieran.

Continuó caminando por la sala, mientras Morris se quedaba sentado, agobiado por la desesperación y el desconcierto.

—Por Dios, espero que John se dé prisa —dijo al fin Wolf—. Necesitamos el sensor. Si no averiguamos adonde fue Capman, estamos atascados.

Siguió caminando, mirando las instalaciones de la sala de control. El comunicador que había junto a la consola de control parecía una unidad de propósito específico, un modelo viejo. Todos los códigos de respuesta para organizar mensajes habían cambiado mucho, con lo cual cualquier código podía activar respuestas diferentes. Bey pensó un instante, luego tecleó el código de ocho dígitos que Capman le había dejado en el vestíbulo. Esta vez, en lugar del mensaje que requería colaboración con las investigaciones de Control de Formas, un mensaje mucho más largo se desplegó en la pantalla. Bey lo leyó con creciente asombro.

QUERIDO SEÑOR WOLF: SI USTED ESTÁ LEYENDO ESTO, SE ENCUENTRA EN MI LABORATORIO Y HA DEDUCIDO, COMO TEMÍ EN NUESTRO PRIMER ENCUENTRO, LA NATURALEZA DE MI LABOR. HACE MUCHOS AÑOS QUE SÉ QUE ESTE DÍA LLEGARÍA ALGUNA VEZ, Y ME HE RESIGNADO A LA IDEA DE QUE QUIZÁS ESTA LABOR NO SE COMPLETE BAJO MI DIRECCIÓN. SEÑOR WOLF, AUNQUE USTED NO LO SEPA TODAVÍA, USTED Y YO SOMOS ESPECÍMENES DE UNA RAZA MUY RARA. ADVERTÍ ENSEGUIDA QUE SU INVESTIGACIÓN PODRÍA FIN A ESTA LABOR. LO LAMENTO, PERO LO ACEPTO.

HACE MUCHO TIEMPO DECIDÍ QUE PREFERIRÍA VIVIR MI VIDA EN LA SERENIDAD DEL ANONIMATO, SI ESTE TRABAJO SE DESCUBRÍA, ANTES QUE SOPORTAR EL PROLONGADO Y BIEN INTENCIONADO PROGRAMA DE REHABILITACIÓN QUE SE ME INFLIGIRÍA COMO CASTIGO POR MIS ACTOS CRIMINALES. PARA LA MAYORÍA DE LA GENTE, ESTOS ACTOS RESULTARÁN ABORRECIBLES. PERMÍTAME DECIRLE QUE MI TRABAJO SIEMPRE HA PERSEGUIDO EL BENEFICIO DE LA HUMANIDAD. CON ESA FINALIDAD SE HA SACRIFICADO, LAMENTABLEMENTE, UN PEQUEÑO NÚMERO DE VIDAS HUMANAS. CREO PLENAMENTE QUE EN ESTE CASO EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS.

PARA ALCANZAR EL ANONIMATO QUE DESEO, SERÁ NECESARIO QUE ROBERT CAPMAN DESAPAREZCA DE LA FAZ DE LA TIERRA. ES IMPROBABLE QUE NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR. PARA MÍ HABRÍA UN RIESGO DEMASIADO GRANDE, PUES SOSPECHO QUE USTED Y YO SIEMPRE NOS RECONOCERÍAMOS. COMO SEÑALA HOMERO, TALES GENTES SIEMPRE SE RECONOCEN. SEÑOR WOLF, APRENDA USTED MÁS SOBRE LA TEORÍA DEL CAMBIO DE FORMA. TIENE USTED UN ASOMBROSO DON PARA LO PRÁCTICO, PERO SU POTENCIAL SE DESPERDICIARÁ MIENTRAS NO DOMINE USTED LO TEÓRICO. HÁGALO, Y TODO ESTARÁ A SU ALCANCE.

ESTA MAÑANA CONCLUÍ LOS PLANES PARA MI PARTIDA, Y AHORA DEBO IRME. CRÉAME, LLEGA UN MOMENTO EN QUE LA FAMA ES UN CONTRAPESO, Y UNA VIDA TRANQUILA ENTRE MIS GRABACIONES Y HOLOCINTAS SE CONVIERTE EN EL MAYOR ANHELO. PARA Mí HA LLEGADO ESE MOMENTO. SINCERAMENTE, ROBERT CAPMAN.

Allí terminaba. Wolf y Morris miraron la pantalla intensamente, pero no apareció nada más.

—Empiezo a entender por qué en el hospital lo consideran omnisciente —dijo Wolf—. Pero comprenderá usted que no puedo dejarlo escapar. Si puedo rastrearlo, lo haré. En cuanto llegue aquí John Larsen, trataremos de seguirlo, no importa adonde haya ido.


Morris no respondió. Parecía haber sufrido más conmociones de las que podía resistir en un solo día. Se quedó sentado ante la consola, la boca abierta y el cuerpo flojo, hasta que Larsen atravesó la gran puerta.

—Lamento haber tardado tanto, Bey —dijo—. Decidí pasar primero por el apartamento de Capman y preparar el sensor con sus ropas. Así ha sintonizado su química corporal. Podemos ir en cualquier momento, en cuanto obtengamos un aroma tenue. El sensor apuntaba hacia aquí, así que Capman tiene que habérselas ingeniado para irse de este lugar. ¿Has visto indicios de una salida oculta?

Ambos registraron atentamente la pared, mientras Morris los miraba aturdido y sin comprender. Finalmente John Larsen encontró un panel flojo en una pared, detrás de una unidad de aire acondicionado. Lo corrieron a un lado y descubrieron que daba a un corredor largo y angosto, tenuemente iluminado por una fluorescencia verde. Larsen acercó el sensor a la apertura, y el monitor emitió una luz verde y brillante. La flecha viró señalando hacia el corredor.

—Fue por allí, Bey —dijo Larsen. Se volvió hacia Morris—. ¿Adonde conduce esto?

Morris recobró la compostura y miró alrededor.

—Tendré que pensarlo. El ascensor estaba en el rincón oeste del estudio. Eso significaría que usted está ahora orientado hacia el este.

Bey Wolf se pellizcó pensativamente el labio inferior.

—Lo que esperaba —dijo—. ¿A qué otra parte iba a ir? —Se volvió hacia Larsen—. Tendremos que ir por allí, John, si queremos capturar a Capman. ¿Ves adonde se dirige? Al corazón de la Ciudad Vieja.