"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)

5

—Estoy seguro, señor Larsen. —El estudiante de medicina era joven y obviamente se sentía incómodo, pero su holoimagen mostraba una mandíbula firme y ojos enérgicos—. A pesar de lo que haya dicho el doctor Morris, cuyas opiniones creo adivinar, le aseguro que no cometí un error. La identificación que le di ayer era correcta. Además puedo probarlo.

Larsen frunció los labios y miró a Wolf, que estaba de pie a un lado.

—Lo lamento, Luis, pero ya lo revisamos todo en detalle. En nuestra presencia, sometieron el hígado de la paciente que recibió el trasplante a una microbiopsia. Estábamos allí, y presenciamos cada etapa del proceso. Encontramos otra identificación, y está en los archivos del banco central de datos.

Rad-Kato se sorprendió, pero se negó a ceder.

—Quizá se hayan equivocado de paciente, o quizás ellos cometieron un error.

—Imposible, Luis. —Larsen meneó la cabeza—. Te digo que presenciamos todo el procedimiento.

—Aun así, puedo demostrar que tengo razón. Verá usted, no mencioné esto anoche porque no creí que tuviera importancia, pero quería realizar un análisis de enzimas de la muestra que tomé, además de hacer la identificación cromosómica. No tuve tiempo para hacer todo el trabajo anoche. Así que guardé parte de la muestra en el refrigerador del hospital. Iba a terminar el trabajo esta noche.

Wolf aplaudió exaltado.

—¡Eso es, John! Era hora de tener un respiro. Hasta ahora sólo hemos tenido mala suerte con este asunto. Mira —le dijo a Rad-Kato—, ¿puedes quedarte donde estás hasta que lleguemos allí? Necesitamos parte de esa muestra.

—Claro. Estoy en Fertilidad. Pediré al recepcionista que los envíe a este departamento.

—No, no hagas eso. No digas a nadie, ni siquiera a tu madre, que tienes esa muestra. No hagas nada que sugiera que Control de Formas está interesado en ella. Alguien estará allí dentro de veinte minutos.

Wolf cortó y se volvió a Larsen.

—John, ¿puedes ir allí y traer la muestra de tejido? Trae también a Rad-Kato y haremos la prueba en nuestras propias instalaciones. Yo iría contigo, pero empiezo a tener ciertas ideas sobre lo que está ocurriendo. Necesito ir a un terminal y trabajar con los ordenadores. Si estoy en lo cierto, alguien se ha movido muy deprisa en las últimas veinticuatro horas. Quiero averiguar quién es.

Larsen aún no se había ido cuando Wolf ya se había sentado ante el terminal para invocar archivos de datos. Sería un trabajo largo y tedioso aunque estuviera en lo cierto… sobre todo si estaba en lo cierto. Aún se abría paso a través de las marañas de programación que protegían los archivos de toda interferencia exterior cuando Larsen regresó con los nuevos resultados. Rad-Kato tenía razón. No había cometido errores en su análisis anterior; la identificación del hígado no se correspondía con nada que constara en el banco central de datos. Wolf asintió satisfecho, agitó la mano y continuó su lenta y penosa búsqueda.

En las dieciocho horas siguientes se levantó de la silla una sola vez, para ir al botiquín del cuarto de baño y tragar cortamina suficiente para mantenerse despierto y despejado toda la noche. No sería tan malo. Volvía a sentir ese cosquilleo de excitación y ansiedad. Eso ayudaría más que las drogas.


En el laboratorio subterráneo clandestino que había a cinco kilómetros de la oficina de Wolf, dos luces rojas parpadearon en la sección de control mientras sonaba un zumbido suave e intermitente. Cuando el hombre solitario sentado a la consola invocó los mensajes de monitorización, la inferencia fue fácil. Se estaban utilizando ciertas secuencias para interrogar los archivos de datos médicos centrales. Los programas que él usaba para tales averiguaciones tenían más de cinco años y nunca habían sido invocados. Dio gracias por su espíritu previsor.

Había otra táctica disponible, pero quizá sólo sirviera para demorar las cosas, y no demasiado. La figura de chaqueta blanca suspiró y canceló los mensajes del monitor. Era el momento que había previsto, el punto en que una fase terminaba y otra empezaba. Necesitaba llamar a Ciudad Tycho para acelerar la transición. Afortunadamente, el hombre que necesitaba había regresado a la Luna.


—Siéntate, John. Cuando oigas esto necesitarás estar apoyado en algo.

Wolf tenía ojeras y barba crecida. Se movía de aquí para allá. Estaba descalzo, y lo rodeaban pilas de impresos de ordenador. Larsen se acomodó en uno de los pocos lugares desocupados que había cerca del terminal.

—Por lo que veo, quien necesita apoyo eres tú. Por Dios, Bey, ¿qué has estado haciendo? Parece que no hayas dormido en una semana. ¿Has trabajado sin parar?

—No es para tanto. Sólo un día. —Wolf se reclinó, exhausto pero satisfecho—. John, ¿qué pensaste cuando descubriste que Rad-Kato tenía razón?

—Estuve ocupado con otro caso todo el día de ayer y esta mañana, así que no pensé demasiado en ello. Llegué a sospechar que Morris había sustituido la muestra por otra. Cuanto más lo pensaba, más absurdo me parecía.

Wolf asintió.

—No seas tan exigente contigo mismo. Yo también lo sospeché. Ambos lo observábamos a él, así que era difícil ver cómo podría haberlo hecho, ni por qué. Por eso pensé en otra posibilidad. Empecé a preocuparme de nuevo por ese fallo informático y la pérdida de todos los archivos que necesitábamos la primera noche del caso. Hace dos días, ¿verdad?

De nuevo Wolf se reclinó en la silla.

—Parecen dos semanas —dijo—. De todos modos, usé el terminal para pedir las estadísticas sobre pérdida de registros médicos a causa de fallos de máquina. Allí tuve mi primera sorpresa. Había ochenta ejemplos. Eso significaba que la pérdida de datos médicos tenía un promedio diez veces mayor que la pérdida de otros datos.

—¿Quieres decir que los bancos de datos médicos son menos fiables que los demás, Bey? No parece plausible.

—De acuerdo, pero eso indicaban las estadísticas. Tampoco yo podía creerlo. Así que pedí las estadísticas médicas, año por año, yendo hacia atrás. Había una elevada pérdida de datos médicos todos los años, hasta que llegué a veintisiete años atrás. De pronto, la tasa de pérdida de datos médicos bajaba al nivel de todo lo demás.

Wolf se había levantado de la silla y caminaba por la atestada oficina.

—¿Cuál era la conclusión? Parecía que algunos registros médicos eran destruidos intencionadamente. Pedí al terminal una lista de las zonas específicas que se habían perdido en los registros médicos, año por año. El problema era, por definición, que la información sobre las zonas que faltan tenía que ser incompleta. De todos modos, obtuve lo que pude y traté de deducir cuáles eran los datos perdidos en los archivos.

Larsen meneó la cabeza dubitativamente.

—Bey, no parece un método muy fiable. No hay modo de confirmar las deducciones. Necesitarías una copia de los archivos que faltan, y han desaparecido para siempre.

—Lo sé. Sigue mi consejo, John, y nunca lo intentes. Es como tratar de deducir lo que piensa un hombre a partir de la forma de su sombrero. Es casi imposible, y sólo pude obtener generalidades. Obtuve cuatro referencias clave con veintidós horas de trabajo.

Calló para recobrar el aliento.

—Bien, aquí tienes un interesante tema de reflexión, John. ¿Alguna vez has oído hablar de proyectos de investigación con estos nombres: Proteo, Pez Con Pulmones, Jano y Regulación Temporal? ¿Puedes sugerir algo?

Larsen hizo una mueca y negó con la cabeza.

—No sé qué significan, pero te aseguro que nunca oí hablar de ellos.

—Bien, no me sorprende. Yo estoy en la misma situación. Obtuve los nombres yendo a los archivos que definen los contenidos de las zonas de datos, y preguntando luego por los archivos que faltan. Aparte de los nombres que descubrí, sólo averigüé otra cosa. Los cuatro tienen una característica común, el mismo investigador médico.

—¿Morris?

—No me habría sorprendido que fuera así, John. Pero es más alto: Capman. Creo que Robert Capman eliminó ciertos registros de los archivos y se las apañó para que la pérdida pareciera producto de un fallo. Te advertí que necesitarías estar sentado.

Larsen meneó la cabeza enérgicamente.

—No puede ser, Bey. No puede ser. Estás fuera de tus cabales. Capman es el director del hospital. Es lógico que su nombre figure en todas las referencias médicas.

—Claro que sí. Pero no es sólo el administrador de esos proyectos, John. Es el único investigador clave.

—Aun así, Bey, me cuesta creerlo. Se supone que Capman es una de las lumbreras del siglo… de todos los siglos. ¿De acuerdo? Es consejero de los coordinadores generales. Es asesor técnico de la FEU. Tendrás que presentar un motivo. ¿Por qué querría él destruir los datos, aun si pudiera hacerlo? ¿Puedes darme una razón?

Wolf suspiró.

—Ése es el problema. No te puedo dar una sola razón irrebatible. Sólo puedo darte una serie de datos que remiten a Capman. Si crees en la idea de las pruebas convergentes, el cuadro es bastante persuasivo. Primero… —Empezó a contar con los dedos—: Capman es un experto en informática. La mayoría de los médicos no lo son. Conoce mejor que nadie las máquinas y los programas que se usan en el Hospital Central. Te pregunté cómo podíamos tener una identificación errónea del hígado cuando Morris hizo el test. Sólo se me ocurre un modo. Morris puso la muestra correcta, pues lo vimos, pero los procedimientos de búsqueda de datos que se encargan de la identificación estaban alterados. Alguien puso una interferencia de programación que nos presentó una identificación errónea. Morris no tuvo nada que ver con ello. Bien, admito que eso no nos lleva a Capman… es mera conjetura.

«Segundo: Capman ha estado largo tiempo en el hospital, ocupando un alto cargo. Lo que ocurre, sea lo que fuere, ha empezado hace por lo menos veintisiete años.

—Bey —le interrumpió Larsen con impaciencia—, no puedes acusar a un hombre sólo porque ha ocupado un puesto mucho tiempo. Si trataras de presentar esto a otras personas, te aseguro que te echarían a carcajadas. No tienes una sola prueba.

—No para presentar en un tribunal. Pero déjame continuar. Todo es coherente.

Wolf mostraba una expresión que John Larsen había aprendido a respetar, una convicción interior que sólo se manifestaba tras un largo período de riguroso pensamiento analítico.

—Tercero: Capman tiene pleno acceso a los bancos de trasplante de órganos. No tendría problemas para poner órganos allí, o para sacarlos cuando quisiera. Podría haber eliminado órganos no deseados, con pocas probabilidades de que lo descubrieran. Se necesitaría un accidente insólito, como el análisis de Luis Rad-Kato la otra noche. Una mera coincidencia.

»Dos detalles más, y luego me darás tu opinión. Oficialmente, Robert Capman en persona hace la revisión final de los resultados de los tests de humanidad que se realizan en el Hospital Central. Sólo Capman podría falsificar esos resultados y salir bien librado del asunto, pues todos los demás correrían el riesgo de ser descubiertos por el mismo Capman. Por último: mira el gráfico de organización del hospital. Todas las actividades que he mencionado conducen a Capman.

Wolf desplegó un gráfico en la pantalla, con rayas rojas añadidas para mostrar los vínculos con Capman. Larsen lo miró con pétreo escepticismo.

—¿Y qué hay con eso, Bey? Claro que todas conducen a él. Demonios, es el director. Tienen que conducir a él. En definitiva, es responsable de todo lo que se hace allí.

Wolf meneó la cabeza fatigosamente.

—Estamos andando en círculos. Las rayas que añadí llevan a Capman, sí, pero no en su capacidad de director. Terminan muy por debajo de eso, en el nivel de proyectos. Parece que tuviera un interés directo y personal en esas actividades. ¿Por qué sólo en ésas?

»Y hay un par de cosas más que aún no he tenido tiempo de explorar. Una de ellas requeriría una nueva visita al hospital. Al parecer Capman tiene allí un laboratorio privado en el primer piso, cerca de su habitación. Nadie sabe qué hace allí, y nadie cuida el lugar salvo los limpiadores robot. Capman es un insomne que duerme dos o tres horas por noche, así que habitualmente trabaja a solas en el laboratorio hasta las tres o cuatro de la mañana. ¿Qué hace allí?

Wolf miró sus notas.

—Eso es todo, excepto un par de cosas que son menos tangibles.

—!Menos tangibles! —protestó Larsen, pero Wolf no estaba dispuesto a callar.

—¿No te pareció raro, John, que Capman «pasara por allí» cuando hablábamos con Morris? No tenía razones para hacerlo, a menos que quisiera comprobar personalmente para qué realizábamos la investigación. No sé si lo notaste, pero nos examinó como si nos tuviera bajo un microscopio. Nunca he tenido tal sensación de ser medido y evaluado por alguien.

»Una cosa más y termino. Hace cuarenta años que Capman tiene control absoluto del hospital. Allí todos saben que es un genio, y obedecen sus órdenes sin cuestionarlas demasiado. Si algo entiendo de psicología humana, a estas alturas él debe creer que está por encima de las leyes comunes.

Larsen lo miraba inquisitivamente.

—Todo eso es muy bonito, Bey. Ahora dame una prueba concreta. Sólo tienes argumentos circunstanciales. Con una sola prueba sólida, hasta podrías convencerme. Pero no has expuesto más que conjeturas e intuiciones. Soy el primero en admitir que rara vez te equivocas con estas corazonadas, pero…

Lo interrumpió el suave zumbido del intercomunicador. Wolf pulsó el control remoto de la muñeca y calló unos segundos, escuchando la línea privada que se conectaba con sus implantes telefónicos. Luego cortó la comunicación y se volvió a Larsen.

—¿Pruebas, John? Aquí tienes un dato sólido, incuestionable. El que llamó era Steuben, y retransmitía un mensaje que venía de dos niveles más arriba. Requieren nuestros servicios, los de nosotros dos, específicamente, para contribuir a la investigación de un problema de cambio de forma en la base Tycho de la FEU.

—¿Cuándo?

—De inmediato. Tenemos órdenes de abandonar cualquier otro caso en que estemos trabajando. Steuben no mencionó cuáles eran, y dudo que lo sepa. Debemos salir mañana para la Luna. En apariencia la solicitud vino directamente de la oficina de los coordinadores generales. ¿Cuándo llega una coincidencia a resultar increíble?

—Yo no conozco a nadie en la oficina de coordinadores generales, Bey, y estoy seguro de que ellos no me conocen a mí. ¿Tú conoces a alguien?

—En absoluto. Pero uno de ellos, o uno de sus consejeros especiales, como ya sabes quién, quiere que abandonemos este caso. Así que alguien sabe lo que estamos haciendo. ¿Quieres apostar?

Larsen tenía la cara roja. Miró de nuevo el gráfico con la organización del Hospital Central, cuyas líneas relucientes conducían a Capman, y soltó un juramento en voz baja.

—Bey, no voy a aguantarlo dos veces. El episodio de la Cúpula del Placer fue la última vez en que permití que me sacaran de un caso. Pero esta vez nos tienen atrapados. No podemos rechazar una asignación válida, y por lo que sabemos el trabajo en la base de Tycho es real. Si tan sólo tuviéramos más tiempo aquí… ¿Qué podemos hacer en un día?

Wolf palideció, pero estaba dispuesto a pelear. Se puso de pie.

—Al menos una cosa, John, antes de que nos detengan. Podemos echar un vistazo al laboratorio privado de Capman.

—Pero necesitamos una orden de registro de la jefatura.

—Déjalo de mi cuenta. Revelará en qué andamos, pero no se puede evitar. Tenemos que ir allá esta tarde, mientras Morris está de servicio. No sé lo lejos que llegaremos, pero quizá necesitemos alguna ayuda.

—¿Qué esperas encontrar, Bey?

—Si pudiera decírtelo, no tendríamos que ir. Me siento igual que tú… No estoy dispuesto a que esta vez me saquen del caso tan fácilmente, no importa de dónde venga la orden. Quiero saber cómo esos proyectos de los archivos que faltan, Proteo y todo lo demás, se relacionan con ese hígado no identificable del Departamento de Trasplantes. No tenemos mucho tiempo. Tratemos de salir dentro de media hora.