"El ascenso de Proteo" - читать интересную книгу автора (Sheffield Charles)

4

La inesperada pérdida de los datos que contenían esa identificación de hígado lo había acuciado toda la noche como un anuncio publicitario subliminal. Cuando Bey Wolf llegó a las oficinas de Control de Formas la perplejidad se le notaba en la cara. Cuando ambos se dirigieron juntos al Hospital Central, Larsen confundió el mal ceño de Wolf con irritación por su llamada de la noche anterior.

—Son sólo un par de horas más, Bey —dijo—. Luego tendremos pruebas directas.

Wolf reflexionó un instante, mordiéndose el labio.

—Tal vez, John —dijo al fin—. Pero no estés tan seguro. No sé por qué, pero cada vez que consigo un caso interesante algo lo echa a perder. ¿Recuerdas la Cúpula del Placer?

Larsen asintió en silencio. Había sido un caso difícil, y ambos habían estado a punto de renunciar por él. En la Antártida se realizaban cambios de forma ilegales para estimular los ahitos apetitos sexuales de figuras políticas de primer orden. A partir de un segmento de piel de ofidio hallado en Madrid, Wolf y Larsen habían seguido el rastro poco a poco. Se acercaban a la revelación final cuando de pronto la oficina central les quitó el caso. El asunto se había silenciado y olvidado. Debía de haber jugadores muy importantes en esa partida.

Mientras las aceras móviles los trasladaban hacia el hospital, ambos sentían un creciente abatimiento. Era una reacción natural ante el entorno. A medida que la pátina azul de las paredes blindadas de la parte más nueva de la ciudad se volvía menos frecuente, los edificios aparecían lúgubres y derruidos. Los habitantes se movían con mayor sigilo, y la mugre y los desechos se volvían evidentes. El Hospital Central se erguía al borde de la Ciudad Vieja, donde la riqueza y el éxito eran reemplazados por la pobreza y el fracaso. Buena parte del mundo no podía costearse los programas y el equipo de la CEB. En las profundidades de la Ciudad Vieja, las viejas formas de la humanidad convivían con los peores fracasos que habían sobrevivido a los experimentos de cambios de forma.

La mole del hospital se alzó al fin frente a ellos. El viejo edificio de piedra gris parecía una maciza fortaleza destinada a proteger la ciudad nueva de la Ciudad Vieja. Dentro del hospital, los primeros hallazgos de la CEB se habían sometido a aplicaciones prácticas —mucho tiempo atrás, antes de la caída de la India—, pero la importancia de la tarea del hospital aún persistía en la memoria humana. Todos los intentos de derribarlo para reemplazarlo por un edificio nuevo habían fallado. Era casi un monumento al progreso del cambio de forma.

En el vestíbulo principal los dos hombres se detuvieron a mirar alrededor. El hospital funcionaba con el ritmo frenético y la implacable organización de un hormiguero. Las pantallas que había frente al recepcionista fluctuaban constantemente con todos los colores del arco iris, como las consolas del centro de control de un puerto espacial.

El joven sentado ante los controles ignoraba las pantallas. Estaba enfrascado en la lectura de un grueso libro de cubiertas azules, y había sintonizado las consolas en interrupción por audio por si se requería su atención. Alzó los ojos sólo cuando Wolf y Larsen se plantaron frente a él.

—¿Necesitan ayuda? —preguntó.

Wolf asintió y lo miró atentamente. La cara, que ahora no estaba vuelta hacia las páginas del libro, le resultó de pronto conocida, aunque de un modo impersonal. Nunca había visto a ese hombre en persona, pero sí en una holografía.

—Tenemos una cita con el doctor Morris del Departamento de Trasplantes —dijo Larsen—. Lo llamé temprano por la mañana a propósito de ciertas pruebas de identificación. Nos dijo que viniéramos a las diez, pero llegamos antes.

Mientras Larsen hablaba, Wolf se las había ingeniado para echar un vistazo al libro que estaba apoyado en el escritorio. Hacía tiempo que no veía a nadie leyendo un volumen encuadernado. Miró las páginas abiertas; muy viejas, a juzgar por el aspecto, y probablemente hechas de pulpa de madera procesada. Bey leyó el título palabra por palabra, con cierta dificultad porque la página estaba al revés: La trágica historia del doctor Fausto, de Christopher Marlowe. De pronto pudo redondear la asociación. Miró de nuevo al empleado, que había cogido una guía electrónica, había pulsado unas teclas y se la había dado a Larsen.

—Siga las instrucciones a medida que aparezcan. Este aparato lo llevará hasta el consultorio del doctor Morris. Devuélvame la guía al salir, por favor. Para regresar aquí, apriete RETORNO y lo guiará hasta el vestíbulo principal.

Mientras Larsen cogía la guía, Wolf se inclinó sobre el escritorio y preguntó:

—¿William Shakespeare?

El recepcionista lo miró asombrado.

—Vaya, así es. Pero ni un visitante de cada diez mil me reconoce. ¿Cómo lo ha sabido? ¿Es usted poeta o dramaturgo?

Wolf meneó la cabeza.

—Me temo que no. Sólo un estudioso de la historia, y muy interesado en rostros y formas. Supongo que usted recibe una realimentación positiva de esa forma, de lo contrario no la usaría. ¿Le ha servido?

El recepcionista arrugó el ceño reflexivamente, luego se encogió de hombros.

—Es demasiado pronto para saberlo. Me gustaría pensar que da resultado. Pensé que valía la pena intentarlo, aunque sé que los teóricos del cambio de forma son escépticos. A fin de cuentas, los atletas usan las formas corporales de viejas estrellas como modelo. ¿Por qué el mismo método no iba a servirle a un artista? Fue complicado hacer el cambio, pero he decidido conservar la forma al menos por un año. Si para entonces no observo ningún progreso en mi trabajo, volveré a mi forma anterior.

—¿Por qué no conserva la que tiene? —dijo el sorprendido Larsen—. La forma que tiene ahora es buena. Es…

Calló de repente al recibir un puntapié de Bey por debajo del escritorio. Miró a Wolf un segundo, luego se volvió al recepcionista.

—Lo lamento —dijo—. Estoy un poco indiscreto esta mañana.

El recepcionista lo miró entre divertido y embarazado.

—No se disculpe —dijo—. Sólo me sorprende que ustedes se dieran cuenta. ¿Es tan obvio?

Se miró el cuerpo con desánimo.

Bey agitó la mano.

—En absoluto —dijo con voz tranquilizadora—. No olvide que somos de la Oficina de Control de Formas. Es nuestro trabajo. Nos fijamos en las formas más que otras personas. Me di cuenta por los modales de usted. Aún no se ha adaptado del todo, y se portaba más como mujer que como hombre.

—Supongo que aún no estoy del todo acostumbrada a la forma masculina. Es más difícil de lo que parece. Una se acostumbra a las partes adicionales y las partes faltantes en pocas semanas, pero las relaciones humanas lo embarullan todo. Algún día, cuando tengan unas horas libres, les contaré cosas acerca de las adaptaciones de mi vida sexual. Para otros resultan divertidas y ahora, incluso yo las tomo a risa aunque en su momento no les veía la gracia.

La curiosidad de Wolf era muy amplia y a menudo superaba su sentido de la discreción. No pudo evitar una pregunta.

—Las personas que lo han intentado suelen decir que prefieren la forma femenina. ¿Está usted de acuerdo?

—Hasta ahora sí. Todavía estoy aprendiendo a controlar la forma masculina, pero no veo el fruto en mis escritos. Me agradará mucho recobrar mi forma anterior.

Hizo una pausa para mirar el panel, donde luces amarillas y violetas parpadeaban frenéticamente.

—Me gustaría hablar con ustedes acerca de su trabajo, pero ahora tengo que atender el panel. Hay una cinta transportadora atascada en el octavo nivel, y allí no hay mecánicos. Tendré que pedir un par de máquinas a Partenogénesis, que está dos pisos más abajo. —Empezó a pulsar teclas en el control—. Vayan adonde les indica la guía —dijo, ya totalmente absorto en su problema.

—Allá vamos. Buena suerte con sus escritos —dijo Wolf.

Se dirigieron hacia los ascensores. Mientras subían al quinto piso, Larsen vio una vaga sonrisa en el delgado rostro de Wolf.

—Vamos, Bey, ¿de qué se trata? Sólo pones esa cara cuando algo te divierte.

—Oh, nada importante —dijo Wolf, aunque aún estaba muy complacido consigo mismo—. Al menos, espero que no sea importante para nuestro amigo el recepcionista. Me pregunto si sabrá que durante mucho tiempo se han esgrimido teorías afirmando que, aunque la cara que él tiene perteneció a Shakespeare, las obras fueron escritas por otra persona. Quizás haría mejor en adoptar la forma de Bacon.

Bey Wolf era un individuo agradable, pero sólo celebraba las bromas complicadas. Aún parecía complacido consigo mismo cuando llegaron a la ofician del director de trasplantes. Un pequeño detalle que no le había mencionado a John Larsen era que varias teorías sostenían que las obras de Shakespeare habían sido escritas por una mujer.


—El hígado pertenecía a una obrera hidropónica de veinte años. Un accidente laboral le destrozó el cráneo.

El doctor Morris, delgado, intenso y desaliñado, extrajo la respuesta que acababa de leer de la máquina y se la entregó a John Larsen, quien la miró incrédulamente.

—¡Imposible! Ayer los tests de identificación daban un resultado muy distinto. Tiene que haber un error, doctor.

Morris meneó la cabeza.

—Usted vio todo el procedimiento. Estaba allí cuando hicimos la microbiopsia del hígado trasplantado. Usted me vio preparar el espécimen y someter la muestra al análisis de cromosomas. Usted vio el cotejo informático. Señor Larsen, aquí no hay otros pasos ni otras posibles fuentes de error. Creo que usted tiene razón, hubo una equivocación… la del estudiante que le pasó el informe.

—Pero me dijo que lo hizo tres veces.

—Entonces se equivocó tres veces. Repetir un error no es nada nuevo. Confío en que usted no haga lo mismo.

Larsen se sonrojó de furia y turbación. El pálido y demacrado Morris sentía fastidio ante lo que le parecía un desconsiderado derroche de su valioso tiempo. Wolf intervino para aplacar los ánimos.

—Hay algo que me intriga —dijo—. ¿Por qué usó usted un trasplante, doctor Morris? ¿No habría sido más fácil recrear un hígado sano, usando las máquinas de biorrealimentación y un programa adecuado?

Morris se aplacó. No parecía asombrarle que un especialista en cambio de forma hiciera una pregunta tan ingenua.

—Normalmente usted tendría razón, señor Wolf. Usamos trasplantes por dos razones. A veces el órgano original ha sufrido lesiones tan graves y repentinas que no tenemos tiempo para usar los programas de reproducción de órganos. En general es una cuestión de celeridad y comodidad.

—¿Se refiere usted al tiempo de convalecencia?

—Exactamente. Si yo le doy un hígado nuevo a partir de un trasplante, usted pasa un máximo de cien horas trabajando con las máquinas de realimentación. Tiene que adaptar sus reacciones inmunológicas y su equilibrio químico, y eso es todo. Con suerte, podría arreglarse con cincuenta horas de interacción. Si usted quiere regenerar un hígado nuevo, y no está dispuesto a esperar una regeneración natural (lo cual ocurriría eventualmente, en el caso del hígado), tiene que someterse a mil horas de trabajo con las máquinas.

Wolf asintió.

—Eso tiene sentido. ¿Pero no examinó usted la identificación de ese hígado antes de iniciar la operación?

—El sistema no funciona así. —Morris fue hasta una pantalla de pared y activó un gráfico del flujo operativo del hospital—. Lo entenderá mejor si lo sigue aquí. Cuando se reciben los órganos de los donantes, un humano los registra en este punto. Luego, como usted ve, el ordenador se hace cargo. Organiza las pruebas para determinar la identificación, registra los rasgos físicos del donante y el órgano, determina el sitio donde se lo almacenará y demás. Toda esa información va a los bancos de datos permanentes. Luego, cuando necesitamos un órgano, como un hígado, el ordenador compara la información acerca del tipo físico y la condición del paciente con los datos sobre todos los órganos disponibles. Escoge el órgano más adecuado para la operación. Después del registro inicial, todo es automático, así que nunca confirmamos la identificación.

Se apartó de la pantalla y miró inquisitivamente a Wolf, que aún reflexionaba.

—Eso significa, doctor, que en los bancos nunca hay órganos que no se hayan identificado en el momento de la recepción.

—Si son adultos. Desde luego, hay muchos órganos infantiles que no se identifican. Todo aquello que no haya aprobado el test de humanidad no recibe identificación. El ordenador crea otro archivo en el banco de datos para asentar la información sobre esos órganos.

—Conque sí es posible que un hígado esté en los bancos de órganos sin tener identificación.

—Un hígado de bebé, después de haber suspendido el test de humanidad. Mire, señor Wolf, sé adonde va usted, y le aseguro que no dará resultado. —Morris se acercó a la mesa y se sentó, enfrentado a Wolf y Larsen. Se acarició la larga mandíbula con la mano y miró el reloj—. Aunque estoy muy ocupado, les explicaré qué ocurre con este caso. La paciente que recibió el hígado, como usted mismo vio, era una mujer adulta y joven. El hígado que usamos estaba totalmente desarrollado, o casi. Lo vi yo mismo en el momento de la operación. Desde luego no venía de un bebé, y nunca usaríamos órganos infantiles excepto para operar niños.

Wolf se encogió de hombros con resignación.

—Eso es todo, entonces. No le haremos perder más tiempo. Lamento la molestia, pero tenemos que hacer nuestro trabajo.

Se levantaron para irse. No habían llegado a la puerta cuando un hombre canoso entró y saludó a Morris.

—Hola, Ernst —dijo—. No quiero interrumpir. En la lista de visitantes vi que tenías a gente de Control de Formas, así que pasé a ver qué ocurría.

—Estaban por irse —dijo Morris—. El señor Wolf y el señor Larsen. Les presento a Robert Capman, director del Hospital Central. Esta es una visita inesperada. Según el horario, esta mañana tienes una reunión con el Comité de Construcción y Edificios.

—En efecto. Iba hacia allá. —Capman clavó en Wolf y Larsen una mirada rápida y penetrante—. Espero, caballeros, que hayan obtenido la información que buscaban.

Wolf sonrió y se encogió de hombros.

—No era lo que esperábamos conseguir. Me temo que llegamos a un callejón sin salida.

—Lamento saberlo. —Capman también sonrió—. Si les sirve de consuelo, eso ocurre aquí todo el tiempo.

De nuevo clavó en Wolf y Larsen esa mirada fría y deliberada. Bey aguzó la atención. Estudió a Capman unos segundos, hasta que Capman señaló la pantalla de la pared con la cabeza y agitó la mano para despedirse.

—Tengo que irme. Debo hablar ante el comité dentro de cuatro minutos.

—¿Problemas? —preguntó Morris.

—Lo de siempre. Una nueva propuesta para derribar el Hospital Central y ponernos en el cinturón verde, lejos de la parte sórdida de la ciudad. Por si te interesa, emitirán la audiencia en circuito cerrado, por el canal veintitrés.

Dio media vuelta y se fue deprisa. Wolf enarcó las cejas.

—¿Siempre tiene tanta prisa?

Morris asintió.

—Siempre. Tiene una asombrosa capacidad de trabajo. La mejor combinación de teórico y experimentador que he conocido jamás. —Parecía haberse recobrado totalmente de su irritación—. No sólo eso. Tendrían que ver ustedes cómo sabe manejar un comité difícil.

—Me gustaría. —Wolf optó por aceptar la propuesta literalmente—. Siempre que a usted no le moleste que nos quedemos aquí a ver la emisión. Y algo más acerca del hígado —añadió con tono deliberadamente informal—. ¿Qué ocurre con los niños que aprueban el test de humanidad pero tienen alguna deformidad física? Usted mencionó que usan órganos infantiles cuando operan niños. ¿Los toman de los bebés que no aprueban el test?

—Habitualmente. ¿Pero a qué viene la pregunta?

—¿No es cierto que a veces ustedes cultivan los órganos que necesitan, en un medio ambiente artificial, hasta que alcanzan el tamaño requerido para el niño ?

—Tratamos de completar los trabajos de reparación antes de que los niños caminen o hablen. Más aún, comenzamos el trabajo apenas concluyen los tests de humanidad. Pero está usted en lo cierto; a veces cultivamos el órgano de un niño hasta darle el tamaño requerido, y lo hacemos a partir de material reprobado en los tests de humanidad. Sin embargo, todo eso se hace en el Hospital de Niños, en el lado oeste. Allí tienen máquinas de realimentación de tamaño especial. Además preferimos hacerlo allí por razones de control. Como usted sabe, hay penas muy severas por permitir que alguien use una máquina de biorrealimentación si tiene entre dos y dieciocho años… excepto, desde luego, para tareas de reparación médica, las cuales se realizan bajo supervisión estricta. Preferimos que aquí no haya niños, para impedir todo acceso accidental al equipo de cambio de forma.

Morris se volvió hacia la pantalla y pulsó el selector de canales.

—Admiro su perseverancia, señor Wolf, pero le aseguro que no lo llevará a ninguna parte. ¿Por qué enfatiza tanto la cuestión de los niños?

—Había otro dato en el informe de Luis Rad-Kato, el estudiante. Dice que no sólo sometió ese hígado a una prueba de identificación, sino a una prueba de edad. Determinó una edad de doce años.

—Pero eso no demuestra que él sepa lo que está haciendo. Aquí no se usan órganos de donantes infantiles. Ese trabajo se realiza en el Hospital de Niños. El comentario que le hizo usted a Capman fue atinado: ha llegado a un callejón sin salida. Le aconsejo que dedique su tiempo a otra cosa.

Mientras hablaba, el canal veintitrés cobró vida en la pantalla. Los tres hombres callaron para mirar.


—Por opción personal, uso la forma de la madurez temprana.

En los pocos minutos transcurridos desde que se habían marchado del Departamento de Trasplantes, Capman había encontrado tiempo para quitarse el uniforme del hospital y ponerse un traje. Los miembros del comité también usaban atuendos parecidos. La mayoría de ellos parecían hombres de negocios.

—Sin embargo —continuó Capman—, soy bastante viejo… mucho más que todos ustedes. Afortunadamente, soy de linaje longevo, y espero tener por lo menos veinte años productivos por delante. También tengo la suerte de contar con una buena memoria, lo cual da vividez a mis experiencias. Hoy deseo ofrecerles el beneficio de dicha experiencia.

—En plena pompa —murmuró Morris—. Nunca actúa con esa presuntuosidad cuando trabaja en el hospital. Conoce a su público.

—Quizá mi edad exacta sea irrelevante —continuó Capman—, pero aún recuerdo los días en que Lucy está en el agua no era una canción de cuna.

Hizo una pausa para permitir que el público manifestara su sorpresa. Larsen se volvió hacia Wolf.

—¿Cuándo fue eso, Bey?

Wolf parecía sorprendido.

—Si no me equivoco, hace casi un siglo. Sé que fue hace más de noventa años.

Wolf miró con creciente interés al hombre de la pantalla. Capman era viejo de veras. Lucy está en el agua, al igual que la muy anterior Ring-a-Ring-a-Rosy, hablaba de un hecho real. No de la peste negra, como en la otra canción infantil, sino de la matanza de Lucy, cuando los integrantes de la Liga por la Libertad de Alucinógenos —los lucies— habían arrojado drogas en los tanques de suministro de agua de las principales ciudades. Casi mil millones de personas habían muerto en el caos que se produjo mientras la hambruna, la contaminación, la epidemia y las insensatas batallas cobraban su tributo. En cuatrocientos años, era el único momento en que la población había dejado de aumentar, aunque había durado poco.

—Recuerdo los tiempos —continuó Capman— en que el cambio de forma cosmético era desconocido y el cambio de forma médico era aún difícil, peligroso y caro; cuando se tardaban meses de duro trabajo en lograr un cambio que hoy efectuamos en semanas o días; cuando aún se usaban las huellas digitales y de voz como forma legal de identificación, porque la ley aún no había aceptado el hecho elemental de que un hombre a quien le puede crecer un brazo nuevo puede alterarse la laringe o las yemas de los dedos.

Wolf frunció el ceño. El público al que se dirigía Capman parecía tragar el anzuelo, pero Wolf estaba casi seguro de que el orador se permitía ciertas licencias poéticas. Los primeros desarrollos a que se refería Capman habían comenzado aun antes de los lucies. En cierto sentido, se remontaban al siglo XIX, con los primeros experimentos sobre la regeneración de miembros en los anfibios. Muchos animales inferiores tenían la capacidad de regenerar los miembros perdidos. Un hombre no. ¿Por qué?

Nadie pudo responder a esa pregunta hasta que dos especialidades ya maduras y desarrolladas se unieron de manera sorprendente en la década de 1990: la realimentación biológica y el control computerizado de tiempo real.

En la década de 1960 ya se sabía que un humano podía usar dispositivos de realimentación para influir sobre su sistema nervioso autónomo, al extremo de modificar el ritmo de las ondas eléctricas del cerebro. Al mismo tiempo, se habían desarrollado instrumentos controlados por ordenadores, lo cual permitía la realimentación electrónica de señales computerizadas en forma continua y en tiempo real. Ergan Melford había tomado esas dos herramientas básicas y las había hecho trabajar juntas.

Al principio se habían producido éxitos menores, como el reemplazo del cabello y los dientes perdidos. Después de esos comienzos primitivos, los progresos habían sido lentos pero constantes. Al reemplazo de yemas dactilares perdidas pronto siguieron programas para la corrección de disfunciones congénitas, para el tratamiento de enfermedades y para el control de los aspectos degenerativos de la vejez. Eso habría sido suficiente para la mayoría, pero Ergan Melford había visto más allá. Al fundar la Corporación de Equipos Biológicos ya había definido sus objetivos a largo plazo.

El alboroto empezó cuando Melford publicó su primer catálogo general. Se ponían en venta programas que permitían al usuario aplicar el equipo de realimentación biológica para modificar su apariencia: y todos, como bien sabía Melford, querían ser más altos, más bajos, más apuestos o más proporcionados. De pronto se podían comprar programas de cambio de forma para permitir que los hombres y mujeres fueran lo que deseaban ser. Y la empresa de equipos biológicos CEB, propiedad de Ergan Melford en un setenta y cinco por ciento, tenía el monopolio del equipo y los programas, además de las patentes.

En la pantalla, Capman continuaba con su argumentación.

—Yo recuerdo algo que la mayoría de ustedes no recuerdan: los extraños resultados de los primeros días de experimentación en cambio de forma. Eso fue antes de que se definiesen y comprendieran las formas ilegales. Vimos monstruos sexuales, deformaciones físicas, todas las represiones de una generación liberadas en un gran diluvio.

«Ustedes no recuerdan cómo eran las cosas antes de que hubiera una Oficina de Control de Formas. Yo lo recuerdo bien. Era un caos.

Larsen notó que Morris lo miraba.

—En nuestra oficina no estamos lejos del caos. Aún vemos las formas más extravagantes que se puedan imaginar. Supongo que la política actual consiste en sacar el caos de las calles y llevarlo a la Oficina de Control de Formas.

Wolf le pidió silencio, temiendo que Larsen se pusiera a contar anécdotas de la oficina. Capman seguía en la pantalla, construyendo su persuasivo edificio lógico. Tenía gran presencia y convicción. Bey empezaba a comprender el respeto y la reverencia con que Morris y otras personas del hospital hablaban del director.

—Recuerdo todas estas cosas de manera personal, no de oídas. Tal vez ustedes, como miembros de este comité, se pregunten qué tiene que ver todo esto con la propuesta de derribar el Hospital Central y edificar nuevas instalaciones en las afueras de la ciudad. Tiene mucho que ver con ello. En cada uno de los episodios que he mencionado, este hospital, el Hospital Central, este singular edificio, desempeñó un papel clave y crucial. Para la mayoría de la gente este edificio es un monumento al pasado del desarrollo del cambio de forma. Buena parte de ese pasado ha sido inquietante y aterrador, pero debemos recordarlo. Si olvidamos la historia, quizá tengamos que repetirla. ¿Qué mejor recordatorio de nuestro espinoso pasado que la presencia continua de este edificio como centro activo de trabajo? ¿Qué mejor garantía de que el cambio de forma está bajo control y se maneja con prudencia?

Capman hizo una larga pausa y miró a los miembros del comité, enfrentando la mirada de cada hombre y mujer como pidiendo respaldo.

—Concluiré diciendo algo más —dijo—. Para mí, la idea de eliminar semejante monumento al progreso humano es impensable. Por mi parte, no me agradaría trabajar en ningún otro edificio. Gracias.

Capman había ordenado sus papeles y había saludado con un gesto. Ya salía de la sala cuando estallaron los aplausos.

—Ése fue el golpe de gracia —dijo Morris, que también parecía dispuesto a aplaudir—. Me preguntaba si se atrevería a decirlo. Los del comité tiemblan ante la posibilidad de que Capman renuncie si van demasiado lejos. No se atreverán a insistir porque sufrirían presiones de todas partes.

Obviamente había olvidado su irritación con Wolf y Larsen, y cuando se disponían a irse, aseguró a Wolf que colaboraría con él si surgía alguna novedad. Se despidieron cortésmente, pero una vez fuera del hospital manifestaron sus verdaderos sentimientos.

Tohmir! ¿Qué hacemos ahora, John? Eso no nos llevó a ninguna parte.

—Lo sé. Supongo que tendremos que desistir. Rad-Kato cometió un error, y lo hemos seguido hasta el final. ¿No te parece?

—Casi. Lo único que aún no puedo tragar es lo de anoche, la pérdida de esos datos. Es demasiada mala suerte. Admito que las coincidencias son inevitables, pero prefiero examinarlas bien antes de aceptar que sólo se trata del azar. Hagamos un intento más. Llamemos de nuevo a Rad-Kato cuando regresemos a la oficina.