"Rudy Rucker - Software" - читать интересную книгу автора (Rucker Rudy)

Cobb asintió con una risita. Debería haberlo sabido. Al principio, el público había
acogido con agrado que los robots lunares de Cobb hubieran evolucionado hasta
convertirse en máquinas inteligentes. Eso fue antes de que Ralph Números les condujera
a la revuelta del dos mil uno. Cobb fue procesado por traición después de la revuelta.
Volvió a concentrarse en el presente.
-Si eres un autónomo, ¿cómo es posible que estés... aquí? -Cobb trazó un vago círculo
con la mano que incluía la arena recalentada y el sol en su ocaso-. Hace demasiado calor.
Todos los robots que conozco están basados en circuitos superrefrigerados. ¿Escondes
una unidad de refrigeración en el estómago?
-No te lo voy a decir. -Anderson2 hizo otro gesto familiar con la mano-. Más tarde lo
averiguarás. De momento toma esto... -El robot rebuscó en un bolsillo y sacó un fajo de
billetes-. Veinticinco de los grandes. Queremos que cojas el vuelo de mañana a Disky.
Ralph Números será tu contacto allí. Te encontrarás con él en la sala Anderson del
museo.
El corazón de Cobb dio un vuelco ante la perspectiva de ver a Ralph Números otra vez.
Ralph, su primer y mejor modelo, el que había liberado a los otros. Pero...
-No puedo conseguir un visado -dijo Cobb-. Ya lo sabéis. No se me permite abandonar
el territorio Gimmi.
-Deja que nosotros nos ocupemos de ello -le apremió el robot-. Alguien te ayudará con
las formalidades. Estamos trabajando en el asunto ahora mismo. Y yo ocuparé tu lugar
mientras estés fuera. Nadie se dará cuenta.
La intensidad de su tono ambiguo levantó las sospechas de Cobb. Bebió un poco de
jerez y trató de aparentar suspicacia.
-¿Cuál es la finalidad de todo esto? En primer lugar, ¿por qué querría ir yo a la luna?
¿Y por qué quieren los autónomos que vaya?
Anderson2 paseó la mirada por la playa y se acercó un poco más.
-Queremos hacerte inmortal, doctor Anderson. Después de todo lo que hiciste por
nosotros, es lo menos que podemos hacer.
¡Inmortal! La palabra era como una ventana abierta de par en par. Nada importaba si la
muerte estaba cercana. Pero si había una salida...
-¿Cómo? -preguntó Cobb. La excitación le impulsó a ponerse en pie-. ¿Cómo lo
haréis? ¿También me volveréis joven?
-Tranquilo -dijo el robot, levantándose-, no te pongas nervioso. Sólo confía en nosotros.
Con nuestras reservas de órganos cultivados en tanques podemos reconstruirte por
completo, y tendrás tanta interferona como necesites.
La máquina miró a los ojos de Cobb con expresión honesta. Observándolo con
detenimiento, Cobb advirtió que los iris no estaban conseguidos del todo. El pequeño
círculo azul era demasiado mate y uniforme. A fin de cuentas, los ojos sólo eran de cristal,
cristal ilegible.
-Toma el dinero y sube a la lanzadera mañana. -El doble apretó el dinero en la mano
de Cobb-. Haremos que un joven llamado Sta-Hi te ayude en el puerto espacial.
Sonaba música cerca: un camión del Señor Helado, el mismo que Cobb había visto
antes. Era de color blanco, con un gran congelador en la parte trasera. Había un sonriente
y gigantesco cono de helado de plástico sobre la cabina. El doble de Cobb le dio una
palmadita en el hombro y salió corriendo de la playa.
Cuando llegó el camión, el robot miró hacia atrás y le dirigió una sonrisa: dientes
amarillos entre una barba blanca. Por primera vez en muchos años, Cobb se amó, amó su
manera de andar erguido, los ojos asustados.
-¡Adiós! -gritó, agitando el dinero-. ¡Y gracias!
Cobb Anderson2 saltó sobre el mullido helado junto al conductor, un tipo gordo, con el