"Rudy Rucker - Software" - читать интересную книгу автора (Rucker Rudy)pelo corto, descamisado. Y entonces el camión del Señor Helado viró en redondo y la
música enmudeció. Había llegado el crepúsculo. El rumor del océano borró el sonido del motor. Si tan sólo fuera cierto... ¡Y tenía que serlo! Cobb tenía en la mano veinticinco mil dólares en billetes. Los contó dos veces para asegurarse. Escribió la cifra sobre la arena y la contempló. Menudo montón. Terminó el jerez mientras oscurecía y, guiado por un súbito impulso, puso el dinero en la botella y la sepultó bajo un metro de arena, al lado de su árbol. La excitación iba desapareciendo y el temor la reemplazaba. ¿Podían realmente los autónomos proporcionarle la inmortalidad con cirugía e interferona? Parecía poco plausible. Un engaño. Pero, ¿por qué le mentirían los autónomos? Seguro que se acordaban de todo lo bueno que había hecho por ellos. Tal vez sólo deseaban facilitarle un poco de diversión. Por Dios que la aprovecharía. Y sería fantástico ver a Ralph Números de nuevo. Mientras caminaba a lo largo de la playa, Cobb se detuvo varias veces, tentado de regresar y desenterrar la botella para ver si el dinero continuaba en su interior. La luna estaba alta, y podía ver los pequeños cangrejos del color de la arena saliendo de sus escondrijos. Podrían hacer trizas esos billetes en un instante, pensó, y se paró de repente. Su estómago gruñó de hambre. Y quería más jerez. Paseó un trecho por la playa plateada. La arena chirriaba bajo sus pesados tacones. Había la misma claridad como si fuera de día, sólo que en blanco y negro. La luna llena iluminaba la tierra a su derecha. Luna llena significa marea alta, reflexionó con inquietud. Decidió que en cuanto hubiera conseguido un bocado compraría más jerez y desenterraría el dinero. escuchó los rítmicos pasos de Annie Cushing al doblar la esquina de su vivienda. Estaba agazapada, dispuesta a cortarle el paso en la calzada. Se desvió a la derecha y llegó a su casa por detrás, manteniéndose fuera de su campo de visión. 2 Dentro del bloque de hormigón rosado que era la casa de Cobb, Stan Mooney se removía incómodamente en una butaca que se hundía bajo su peso. Rumiaba si la mujer gorda de pelo canoso que vivía al lado habría advertido al viejo de su presencia. La noche había llegado mientras esperaba sentado. Sin abrir la luz, Mooney fue al rincón de la cocina y buscó algo de comer. Había un trozo de filete de atún envasado en plástico grueso, pero no le apeteció. Toda la comida de los colgueras se esterilizaba con cobalto-60 para que se conservara durante mucho tiempo. Los científicos Gimmis decían que era inocua pero, en cualquier caso, sólo los colgueras comían esa bazofia. No tenían otro remedio: era todo lo que podían conseguir. Mooney se inclinó para ver si encontraba una gaseosa debajo de la pica. Su cabeza golpeó contra una esquina aguda y sus ojos se llenaron de estrellitas. -Jodida mierda -masculló Mooney. Tambaleándose se dirigió hacia la única habitación de la casa. El golpe había hecho caer su peluquín. Regresó a la desastrada butaca, gruñendo y ajustándose el postizo. Odiaba salir de la base y merodear en territorio de los colgueras, pero había visto a Anderson meterse en un hangar de carga del puerto espacial la pasada noche. Hallaron dos cajones vacíos, dos |
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