"Guianeya" - читать интересную книгу автора (Martinov Gueorgui)

6

Pasaron dos años.

Los satélites-exploradores no volvieron a aparecer cerca de la Tierra. Pero se podía suponer que habían cambiado el sistema de su «defensa» Y eran invisibles no sólo, como antes, por los telescopios visuales, sino también para los radiotelescopios. Si esto es así entonces ahora son mucho más peligrosos.

Las astronaves salían de la Tierra tomando grandes precauciones y sólo se les autorizaba a desarrollar su velocidad más allá de la órbita de la Luna.

No cesaron las búsquedas de la base secreta pero como antes no hubo resultados efectivos. Y en la opinión pública iba apareciendo, y fortaleciéndose gradualmente, la convicción de que en la Luna no había, y nunca hubo, ninguna base.

Los satélites, razonaban estas personas, no se ocultaron en la región del cráter Tycho, sino que es posible que hayan ido más allá de los límites del sistema solar. Encontrando en su camino espiral a la Luna, la pasaron y siguieron más adelante. Se podían explicar las señales registradas por las tres naves, como una radiación de los mismos satélites, que no tenía ningún sentido y que no era transmisión de radio. Podían haber lanzado ondas extracortas los motores desconocidos de los satélites, ya que nadie sabe su construcción y principios de funcionamiento. Y era una cosa «completamente casual» que las líneas de localización coincidieran en el cráter Tycho, ya que podían haber coincidido en cualquier otro lugar. ¡Tampoco tenía importancia el que estas líneas coincidieran en el mismo punto, donde, según los cálculos de Murátov y Sinitsin, terminaba la trayectoria de los dos satélites! ¡Estas casualidades suelen ocurrir!

La salvadora palabra «coincidencia» actuaba como un calmante en la opinión pública.

La mayoría de la población del globo terrestre pronto dejó de pensar en los satélites. La época era agitada. El pensamiento mundial liberado de las enmarañadas ideas seculares tomaba por asalto los secretos de la naturaleza con una energía y tenacidad desconocidas. Se sucedían uno tras otro descubrimientos que dejaban perplejos. El poder del hombre sobre la naturaleza crecía «a ojos vistas».

Pero los trabajadores de la cosmonáutica no podían olvidar, y no olvidaban, a los exploradores del mundo extraño. El secreto no descubierto continuaba pendiendo sobre la seguridad de las vías interplanetarias. El caso con la astronave «Tierra-Marte», a finales del siglo pasado, continuaba preocupando a los dirigentes del «Servicio del Cosmos». De ninguna manera se podía uno tranquilizar con la idea de que los satélites habían decidido no encontrarse con las naves terrestres. Aquella vez uno de ellos no sólo no se apartó, sino que chocó con la astronave. Esto podía repetirse en cualquier momento.

Si antes se empleaban las instalaciones de localización para notar a su debido tiempo el encuentro con los meteoritos, ahora los gravímetros eran una parte imprescindible del puesto de navegación de las astronaves. Pues cualquiera que fuera la defensa que utilizaran los amos de los satélites, sus masas sería imposible destruirlas o hacerlas «invisibles».

El trabajo en el cosmos se realizaba con todo orden, pero los astronautas sentían diariamente la incertidumbre de algún hecho inesperado. Era una necesidad perentoria descubrir el secreto, pero los científicos no encontraban el camino para ello.

¿Se encontraban todavía los satélites en el sistema solar?

Esta pregunta que era la fundamental y más importante, quedaba sin responder.

El personal de las estaciones científicas de la Luna, y en particular de la estación del cráter Tycho, observaba constantemente el espacio adyacente. La vigilancia por radio se realizaba de día y de noche. Si los satélites a pesar de todo se hubieran ocultado en la base lunar, tarde o temprano volverían a volar de nuevo alrededor de la Tierra. Esto podía tener lugar en cuanto recibieran la correspondiente señal y, ésta era necesario captarla, costara lo que costase.

Pero el tiempo pasaba y todo estaba tranquilo. No aparecían ni los satélites, ni las señales de radio dirigidas o que partieran de ellos.

Los miembros del consejo científico del Instituto de cosmonáutica mantenían la opinión de que la causa era el descanso correspondiente en el trabajo de los satélites, y que casualmente coincidió con el tiempo en que se realizó la expedición en la «Titov». Estas interrupciones sin duda alguna existieron antes. La aparición periódica de los satélites alrededor de la Tierra lo explicaba claramente el hecho de que no fueron hallados mucho antes.

¿Pero cuánto duraban estas interrupciones? Esto no lo podía saber nadie. Era necesario, posiblemente durante muchos años, tomar medidas contra el peligro desconocido y posiblemente inexistente. Y el medio único y radical era encontrar la base.

El desarrollo impetuoso de la técnica ofrecía nuevas y nuevas posibilidades para las búsquedas. Se utilizaban inmediatamente pero todo era en vano. Como antes las entrañas de la cumbre circular del cráter Tytfho y de los otros próximos parecían que no habían sido tocados nunca por nadie.

Pero entre los científicos se mantenía con firmeza el criterio de que la base existía a pesar de los sistemáticos fracasos. La comprobación reiterada de los cálculos de Murátov y Sinitsin conducía, incontrovertiblemente, a la conclusión de que las trayectorias de los dos satélites se aproximaban, según se acercaban a la Luna, y en el punto del espacio donde se encontraba el cráter Tycho ¡coincidían!

Esto de ninguna manera podía ocurrir si los satélites hubieran rodeado a la Luna y seguido adelante.

Creer en tal «casual coincidencia», podía creerlo cualquiera, pero no los matemáticos, los astrónomos ni los físicos, por eso las búsquedas continuaban tenaz e insistentemente.

Víktor Murátov conoció todo esto sólo por las poco frecuentes conversaciones radiofónicas con Sinitsin. Estaba completamente enfrascado en su trabajo, y en estos dos años no se ocupó de otra cosa. Los cálculos matemáticos del proyecto de Jean Leguerier eran una cosa difícil. Recordaba los satélites y sus secretos sólo después de las conversaciones con Sinitsin. Víktor ya hacía tiempo que consideraba inconsistente su hipótesis sobre la estancia en la Luna de representantes vivos de otra humanidad, ya que numerosas consideraciones estaban en contra, y además él nunca fue terco.

El proyecto de Leguerier dejó de ser tal. Había sido aprobado y entró en la fase de su realización práctica. Los cálculos demostraban la posibilidad de su realización y su conveniencia. Los gastos de energía necesarios para el cambio de la órbita de Hermes eran considerablemente menores que los que se exigían para un viaje de este tipo en una astronave por el sistema solar. Ni hablar de que la realización de observaciones astronómicas desde el asteroide serían de un volumen mucho mayor que desde una nave. Perfectamente se podía instalar en Hermes un observatorio.

Hermes, que es un asteroide relativamente pequeño, de medio kilómetro de diámetro, tendría que pasar dentro de algunos meses cerca de la Tierra, a una distancia de quinientos setenta y tres mil kilómetros, y se decidió utilizar este momento para comenzar el viaje sin precedente del científico francés.

Según el plan de Leguerier, aprobado por el Instituto de cosmonáutica, debía descender en el asteroide el satélite artificial de la Tierra, construido y puesto en órbita hace veinte años, especialmente destinado para realizar trabajos astronómicos. Por muchas razones este satélite artificial era ya anticuado, pero valía para los fines que quería Leguerier. En él había todo lo necesario, y sólo exigía reequiparlo un poco para que el grupo de astrónomos pudiera realizar, sin privaciones, un vuelo de muchos años.

No se podía perder tiempo y el trabajo se comenzó a realizar. Precisamente ahora los planetas del Sistema solar se encontraban en una posición muy favorable, y la nueva órbita de Hermes puede pasar cerca de cada uno de ellos en el tiempo necesario para realizar una sola vuelta. Una situación tan ventajosa podía no repetirse en mucho tiempo.

Simultáneamente con el observatorio astronómico se enviaría a Hermes una escuadrilla de potentes astronaves con todas las instalaciones necesarias para trasladar el asteroide de la vieja órbita a la nueva.

Ya que Murátov había realizado todos los cálculos, le fue propuesto que se hiciera cargo de la dirección de este trabajo, que exigía una exactitud extraordinaria.

Era un honor la proposición y Murátov no podía negarse.

— En contra de mi voluntad me convierto en cosmonauta — dijo bromeando al encontrarse con Sinitsin —. Y en esto tienes una parte considerable de culpa.

— ¿Qué tengo que ver aquí? — s”asombró Serguéi.

— ¿Cómo que no tienes nada que ver? Tú fuieste el primero que me arrastraste al cosmos. Si no hubiera participado en la expedición de la «Titov», no sería tan «famoso» y a nadie se le hubiera ocurrido encargarme de los cálculos para Leguerier.

Sinitsin se sonrió.

— Esta culpabilidad — dijo Sinitsin — con mucho gusto la acepto. ¿Vas a volar para mucho tiempo?

— No, unas dos semanas. Cuando termine el trabajo nuestra escuadrilla regresará a la Tierra. Podríamos regresar antes de dos semanas, pero tenemos que esperar en Hermes algunos días para convencernos de que se ha hecho bien el cambio de la trayectoria del vuelo del asteroide.

— Es una expedición peligrosa — dijo pensativo Sinitsin —. Yo, claro está, no hablo de ti, sino de Leguerier y sus acompañantes. En un viaje tan largo pueden tener lugar toda clase de cosas inesperadas que no se pueden prever de antemano. Una aproximación tan grande a Júpiter, Saturno y otros planetas gigantes…

— ¿No tienes fe en mis cálculos?

— ¿Y tú estás completamente seguro de ellos?

— Yo, sí. No son peligrosos ni Júpiter, ni Saturno. Peligrosos, incluso teóricamente, son los asteroides entre Marte y Júpiter. Es más, no se puede uno fiar, de que ahora todos son conocidos por los astrónomos. Pero la influencia de aquellos que son desconocidos, como es natural, no puedo tenerla en cuenta en los cálculos.

— ¿Lo comprendes ahora?

— No comprendo nada. Hasta ahora cualquier vuelo cósmico tiene riesgo y Leguerier y sus seis camaradas se exponen a ello. Por si acaso dejaremos en Hermes una de nuestras astronaves, y además todas las instalaciones por medio de las cuales cambiaremos la órbita del asteroide podrán ponerse en funcionamiento en cualquier momento y corregir el curso si algo no previsto lo cambiara.

— ¿Es decir, allí deberá quedarse alguien del personal técnico de tu escuadrilla?

— ¿Mía? — sonrió Murátov —. ¿Qué expresión es esa, Serguéi?

— Quiero decir «dirigida por ti.»

— ¡Claro! El ingeniero William Weston está conforme en quedarse en Hermes durante todos los años del vuelo.

— ¡Pobrecillo! Se va a aburrir de lo lindo.

— Es astrónomo aficionado, por eso no es tan terrible. ¿Qué, ya te has tranquilizado?

— Sí, por lo que veo todo se ha pensado bien.

— ¿Y tú estarías dispuesto a participar? Sinitsin se encogió de hombros.

— ¡Qué astrónomo no sueña con observar los planetas del sistema solar a una distancia tan cercana! — respondió suspirando.

— Si quieres, pídelo.

— Leguerier ha recibido centenares de estas peticiones y se ha visto obligado a rechazarlas todas. Es limitada la capacidad del satélite-observatorio, y fuera de él, en Mermes no hay dónde instalarse. No queda entonces más que envidiar a los siete participantes — respondió Sinitsin.

Llegó el día del vuelo.

Se reunieron centenares de personas para despedir a las naves de la escuadrilla auxiliar que despegarían del cohetódromo en los Pirineos. A pesar de que los vuelos cósmicos ya eran una costumbre y no provocaban una curiosidad especial, sin embargo era particularmente extraordinario el objetivo de la expedición que dirigía Víktor Murátov.

Hermes era un pequeño asteroide que no tenía nada de particular, pero por primera vez en la historia las personas se preparaban para cambiar a su gusto la órbita de un cuerpo estelar, a obligarle a salir del eterno camino trazado por la naturaleza y recorrer otro que fuera necesario para la ciencia terrestre.

El audaz proyecto de Leguerier era el umbral del tiempo ya próximo en el que la poderosa mano del hombre se iba a inmiscuir en el orden cósmico del Sistema solar, orden que por muchas cosas no satisfacía a las personas de la Tierra. El éxito de la tarea de Murátov marcaría el comienzo de una nueva era en la historia de la humanidad, era de la transformación no sólo de su planeta, sino también de todo el espacio que lo rodeaba, comienzo de un grandioso trabajo, cuyo fin se perdía en la lejanía nebulosa de los siglos.

La historia conoce muchos de hechos que se hicieron famosos por haber sido la primera vez que se entraba en lo desconocido: la expedición de Colón, la navegación de Magallanes, el primer intento de llegar al Polo Norte, el vuelo de Yuri Gagárin, la primera expedición a la Luna, y después a todos los planetas. Y cada uno de estos días está escrito en la historia con letras de oro.

La expedición de Murátov de por sí no representaba nada extraordinario: las personas muchas veces habían visitado otros cuerpos estelares. Su importancia histórica consistía precisamente en que era el comienzo, en que era la colocación de la primera piedra del trabajo gigantesco para reconstruir la «Gran Casa» de las personas de la Tierra: el sistema solar.

Por esto no tenía nada de asombroso que esta expedición ocupara la mayor atención de todos los pueblos del globo terráqueo.

A Murátov le despidieron sólo dos personas: Serguéi y Marina. Víktor hacía un año que no había visto a su hermana menor y su llegada a la península Ibérica fue para él una sorpresa agradable.

Marina transmitió a su hermano los deseos de que realizara con éxito la expedición de parte de los familiares que no habían podido venir a despedirle.

— Papá ha pedido — dijo ella — que no te olvides de recoger muestras del terreno de Hermes para su colección.

— ¡Cómo me puedo olvidar de esto! — dijo Murátov sonriéndose.

El viejo Murátov fue un conocido geólogo. Ya en los días de la juventud, en la época de los primeros vuelos del hombre a los planetas del sistema solar, comenzó a reunir una colección de minerales de otros mundos, y ahora su colección original era casi la mejor del mundo y una joya del museo geológico de Leningrado.

— Yo tengo grandes deseos de volar contigo — dijo Marina, mirando con interés la enorme silueta de las naves de la escuadrilla, que brillaban opacamente en el centro del gigantesco cohetódromo bajo los rayos del Sol poniente —. ¡Pensar que no he estado ni una vez en el cosmos!

— ¿Cómo? ¿Y en la Luna?

— ¡Bah! — La muchacha se rió despreciativamente —. ¡La Luna! Esto no es el cosmos.

— ¡Qué cosas se oyen! — exclamó Sinitsin y se rió con toda el alma —. Ella considera que no es cósmico el vuelo a la Luna. Pronto se llegará a decir que el cosmos es sólo un espacio más allá de los límites de nuestro sistema.

— ¿Dónde está Leguerier? — preguntó Marina.

— Ya hace tiempo que no se encuentra en la Tierra — contestó Víktor.

Los siete participantes del vuelo a Mermes hace dos semanas que salieron para la Luna, con el objeto de trasladarse desde ésta al satélite-observatorio, y en él realizar el vuelo al asteroide cuando se acerque a la Tierra.

Mermes ya estaba cerca. Comenzaban los últimos días de la existencia de Hermes como un cuerpo estelar, ajeno a la Tierra y a sus habitantes. De ahora en adelante se convertiría en un observatorio volante, en una filial cósmica del instituto astronómico, en una astronave enorme por sus dimensiones que se movería en el espacio según el deseo de las personas.

Resonó en el campo el ulular alargado de una sirena.

— ¡Ya ha llegado la hora! — dijo Murátov —. ¡Adiós! Si tú — dijo dirigiéndose a su hermana — me hubieras antes manifestado tu deseo te habría llevado conmigo.

— ¡Qué le vamos a hacer! — Marina besó a su hermano —. Ahora me da lo mismo, de todas las maneras no tengo tiempo.

— Recuerdo bien tus palabras de que no te gusta volar al cosmos — dijo Sinitsin al despedirse de su amigo —. Será interesante lo que digas cuando regreses.

— Puedes estar seguro de que diré lo mismo.

— Lo dudo. El cosmos atrae.

En el cohetódromo resonó la sirena llamando por segunda vez.

— Deberá regresar dentro de dos semanas — dijo Marina, mirando fijamente al cielo en el que ya no había nada —. Estaré muy intranquila durante todo este tiempo, y no sólo yo — añadió, pensando en sus padres, hermanas y hermanos —. A pesar de todo el vuelo es peligroso.

— No, no hay ningún peligro — contestó Sinitsin —. Las astronaves son seguras.

¡Vamos, Marinilla! Si no, perderemos el avión.

Una vez más miró la lejanía diáfana del cielo, como esperando ver las ya lejanas naves de la escuadrilla.

— Es necesario que pase tiempo, y no poco — dijo ella — para que las personas se acostumbren a las astronaves como a los aviones. Y hubo un tiempo incluso hace relativamente poco que se consideraba peligrosos a los aviones.

— ¡Clavo está! Esto siempre ocurre. Después aparecerá algo nuevo, desconocido por nosotros ahora, y entonces las personas empezarán a hablar de las astronaves como tú hablas de los aviones. Y así por los siglos de los siglos — terminó Serguéi.