"Guianeya" - читать интересную книгу автора (Martinov Gueorgui)5La tercera expedición no se celebró en el día señalalado, ni tampoco pudo celebrarse porque los satélites habían desaparecido. Al principio fue observado su alejamiento de la Tierra. Por primera vez, no cambiaron la velocidad al alcanzar el apogeo de su órbita. La espiral cada vez se hacía más ancha y llegó el momento cuando las señales, de por sí débiles, se «apagaron» por completo en las pantallas de los radares. ¿Cuál fue la causa de su marcha? ¿Sería a consecuencia de la persecución por las astronaves terrestres o que habrían cumplido el programa trazado de antemano? Fue sugerido que los satélites no giraban todo el tiempo alrededor de la Tierra, sino que lo hacía periódicamente. Así se podía explicar que no hubieran sido hallados mucho antes. También era posible que se hubieran ido a su base para cargar energía. Fuera lo que fuese, el hecho era que los exploradores de un mundo extraño habían abandonado el cielo de la Tierra temporalmente, y posiblemente, para siempre. Pero ya era tarde si sus amos querían «borrar las huellas». En las manos de las personas se encontraba el hilo seguro que habría de conducirlos al mismo centro del secreto de los satélites. El hilo lo formaban los resultados de las localizaciones. Esta vez triunfó el raciocinio de la Tierra sobre el de un mundo desconocido. El análisis de las grabaciones de las instalaciones de radar de las tres naves, indicaba la dirección exacta de donde procedían las señales de radio o a donde iban dirigidas desde los satélites, lo cual también era posible. Esta dirección era: Luna, región del cráter Tycho. ¡He aquí el lugar donde se encontraba el «dirigente» enigmático de los satélites! ¡He aquí de donde recibían las órdenes de sus amos o adonde enviaban la información obtenida! ¿Qué se encontraba allí? Un cerebro electrónico como pensaban todos o un representante vivo de otra humanidad, como pensaba Murátov. Esto era necesario aclararlo lo antes posible. Hacía tiempo que se realizaban investigaciones sistemáticas del eterno satélite de la Tierra. Pero todavía nadie había visitado todo el enorme espacio de la salvaje superficie lunar, aunque precisamente la región del cráter Tycho era bastante bien conocida, pues ahí estaba ubicada una de las bases lunares, se construía una pista de despegue para las astronaves e instalado un observatorio astronómico. En fin de cuentas, esta región estaba habitada. Resultaba que durante muchos años las personas de la Tierra vivieron y trabajaron cerca de instalaciones traídas de otro planeta, en ve cindad con una base construida por otra civilización. E incluso no sospecharon que no tenían nada más que «alargar la mano», y se descubrirían los seductores secretos de un mundo extraño. ¿Por qué estos secretos hasta ahora no habían sido descubiertos? Probablemente por que se encontraban debajo de la superficie lunar, ocultos en la profundidad del cráter. Esto correspondía completamente al «estilo» de aquellos que enviaron sus exploradores hacia la Tierra. Hicieron todo lo posible para que las personas no pudieran hallar a sus mensajeros; y como es natural ocultaron también escrupulosamente su base. Pero, si la situación de esta base era conocida, sólo era cuestión de tiempo y posiblemente de paciencia y tenacidad el encontrarla. La curiosidad de la opinión pública creció hasta el extremo. El Instituto de cosmonáutica fue virtualmente inundado de innumerables cartas y radiogramas que contenían sólo una exigencia: enviar inmediatamente una expedición especial y encontrar la base. Los dirigentes del servicio cósmico no estaban dispuestos a demorar el asunto aunque no hubieran existido estas cartas. Era necesario golpear el hierro en caliente. Si los dos satélites se marcharon al ser encontrados, entonces la base también podía haber dejado de existir por la misma causa. Hacer conjeturas era inútil. Nadie podía saber el nivel de la técnica del planeta desconocido. La preparación se realizaba a toda marcha. De una forma completamente inesperada corrió por el mundo otra noticia sensacional. De nuevo resonaron por toda la Tierra los nombres de dos modestos científicos, que ya una vez habían obligado a todos a hablar de ellos. A Sinitsin y Murátov les vino a la cabeza una idea que parecía sencilla, pero que resultó muy valiosa: comprobar a dónde conduce la espiral por la que se alejaron de la Tierra los dos satélites exploradores. Era fácil aclarar por qué fueron ellos los que plantearon esta cuestión. Los dos trataron de cerca el secreto de los satélites, y naturalmente sus pensamientos todo el tiempo giraban alrededor de este secreto. No podían pensar en otra cosa. El resultado de los cálculos produjo sensación. Si los satélites no cambiaron su trayectoria, si continuaron alejándose por la misma espiral, ¡entonces en su camino se encontraba la Luna! ¡Es más, la línea espiral del vuelo de los dos satélites terminaba en el cráter Tycho! Esto hubiera sido fácilmente deducido, pero por algo nadie pensó en ello. Entonces, los satélites no salieron del sistema solar, no se marcharon allá, a su patria desconocida, de donde los enviaron. Sencillamente regresaron a su base, y ahora se encontraban allí. Era fácil descender a la Luna sin ser observados por la pequeña colonia de personas que formaba el personal de la estación científica del cráter Tycho, ya que los dos cuerpos eran invisibles a simple vista. Si se encuentra a la base, entonces cae en manos de las personas no sólo el «centro dirigente», sino también ambos satélites, que se creían perdidos para siempre. Esto obligaba a apresurarse todavía más. No se podía perder la propicia ocasión. Los satélites podían en cualquier momento volver a volar alrededor de la Tierra, donde, como ya se habían convencido las personas, «atraparlos» sería mucho más difícil. Si era cierta la hipótesis de la aparición periódica de los satélites alrededor de la Tierra, entonces podrían permanecer en su base mucho tiempo, pero si fueron allí sólo para ser cargados de energía, entonces este tiempo podría ser muy corto. A los científicos les alegró tener la posibilidad inesperada y atrayente de «atrapar» a los satélites, pero esta misma posiblidad trajo consigo más dificultades para preparar la expedición. No se podía dejar en olvido la suerte del robot-explorador que fue una advertencia amenazadora. Los satélites, en el vuelo o en la base, podían «defenderse» de la misma forma de los intentos de acercarse a ellos. En las fábricas de máquinas cibernéticas se construían y creaban, a marchas forzadas, robots especiales que pudieran resistir los ataques de antisubstancia. Confeccionaban trajes defensivos para las personas. Se esforzaron por disminuir todo lo posible la instalación voluminosa para crear los campos magnéticos en torbellino. Esta defensa agrupada se consideraba la más segura. Toda la Tierra participaba en los preparativos de la expedición que prometía ser la más notable en la historia de la humanidad. ¡Se trataba del primer contacto con otro raciocinio! — ¿Entonces, estás firmemente decidido a no participar? — preguntó Sinitsin. — No veo qué beneficio puedo yo aportar a la expedición — contestó Murátov. — El mismo que yo, por ejemplo, y como los demás. ¿Es que en la «Titov» hiciste algo de particular? — Por eso, precisamente. — Tú y yo estamos estrechamente relacionados con este secreto — intentó Sinitsin convencer a su amigo —. Hemos encontrado los satélites, hemos calculado sus órbitas, y por fin hemos descubierto el enigma de su marcha. Por todo esto es natural que precisamente nosotros debamos participar hasta el final. — No me convencen tus palabras. Una cosa son los cálculos, ésta es mi esfera, y completamente otra, las búsquedas. Para esto no son necesarios matemáticos sino científicos… — E ingenieros. — Sí, pero de otra especialidad. — ¿Es decir, quieres que yo me dirija a la Luna sin ti? Esto es más peligroso que la expedición en la «Titov». — Sinitsin puso en juego la última carta —. Allá podemos encontrar a tus «amos». ¿No tienes interés en verlos? — Los veré, lo mismo que las demás personas, ya que los traeréis a la Tierra. Claro está, si ellos quieren — añadió Murátov. Se sentó en el sillón, clavando una mirada pensativa en el techo —. Sabes Serguéi, no sé por qué he dejado de creer que puedan estar en la Luna. ¿Qué pueden hacer allí? ¡Sin aire, sin agua, encerrados en las entrañas de las montañas lunares! ¡Y así años y años! — ¿Entonces, por qué tan tesoneramente has defendido esta hipótesis? — ¿No sé por qué? ¡Yo mismo no lo sé! Me pareció… Y todavía ahora me parece — se le escapó —. No puede comprender de ninguna forma que la información que han recogido los satélites, haya sido transmitida a un sistema planetario vecino. ¡A una distancia tan gigantesca! ¿Para qué? ¿A quién puede ser necesario? ¿Y si se encuentran en la Luna, llevando así decenas de años? Esto es todavía más incomprensible. Me parece que toda nuestra teoría es inestable, nebulosa, carente de sentido. Aquí se encierra algo raro y no la recogida de información sobre nuestra Tierra. Hay algo que incluso no sospechamos, algo maligno, aunque, te parezca un anacronismo. ¡Sí, maligno! ¿Recuerdas la historia de los años sesenta del siglo pasado? Entonces lanzaron al cielo satélites-espías… Figúrate, que todos nos equivocamos, que los satélites no recogían ninguna información, que no estaban destinados para objetivos científicos. Entonces será mucho más fácil comprender la causa del enmascaramiento minucioso de estos satélites. ¿Es cierto o no? — Está bien, supongamos esto — contestó Sinitsin —. Pero, entonces, será de todo punto inconcebible su rotación alrededor de la Tierra durante un siglo e incluso más. — ¿Qué significa un siglo? Esto para nosotros, para las personas, un siglo es toda una vida. Pero desde el punto de vista de la historia de la humanidad esto no es tanto. Vosotros, astrónomos, no conocéis ni un solo sistema planetario en las estrellas próximas al Sol, en el que pueda surgir una vida racional. ¿No es así? ¡Exactamente! Entonces, los amos de los satélites viven muy lejos. Es posible que el camino de ellos hacia nosotros dure muchos años, mientras que en su planeta pasan siglos. Hay para reflexionar. Volaron hacia nosotros hace un siglo y dejaron «algo» cerca de la Tierra. Probablemente este «algo» debía esperar su segundo vuelo. ¿Para qué? Esto no lo sabemos. — Estás en contradicción — dijo Sinitsin —. Unas veces afirmas su presencia cerca de la Tierra. Otras «hace cien años.» — ¿Y si es lo uno y lo otro? — Murátov se inclinó hacia adelante y miró fijamente a los ojos de su amigo —. ¿Y si ellos lanzaron los satélites durante su vuelo hacia nosotros hace cien años, y después ininterrumpidamente, comprendes, ininterrumpidamente los observan, sustituyendo el personal de su base en la Luna? ¿Acaso estos satélites no pueden ser muy importantes para ellos? ¿Es posible que esto sea un eslabón de un plan minuciosamente pensado? — ¿Dirigido contra la humanidad de la Tierra? — ¡En eso estamos! Tú mismo has hecho esa deducción lógica. — Eres maestro en hacer que tu interlocutor piense lo mismo que tú. Pero no por esto tus razonamientos se convierten en la verdad. ¡Oh! Víktor, por lo que veo te has metido en un callejón sin salida. ¿Pero es posible pensar que la humanidad de un planeta creara un complot contra otra humanidad? Esto carece de todo sentido. Perdóname, pero no dices más que tonterías. — Esta bien. Pero os aconsejo que andéis con mucha precaución cuando encontréis esta base. — Entonces, decididamente resuelto… — Sí. No voy con vosotros. Me han propuesto participar en otro asunto más interesante. — ¿No es un secreto? — Ningún secreto. ¿Has oído hablar del proyecto de Jean Leguerier? — ¿El vuelo en un asteroide por el sistema solar? — En Mermes. — ¿Tú quieres volar en él? — Todavía falta mucho para realizar este vuelo. Leguerier propone cambiar la órbita de Hermes, para que el asteroide vuele por todo el Sistema solar, desde Mercurio hasta Plutón. Entonces se puede enviar hacia él una gran nave cósmica y sin ningún gasto de energía recorrer volando todos los planetas. — ¿Para qué vas a intervenir si no eres astrónomo? — Es necesario calcular la órbita futura para que pase cerca de cada planeta durante este raid. Esta es un tarea muy complicada. Y todavía es más difícil obligar a Hermes a pasar a esta órbita por medio de fuerzas de reacción. En esto puedo ayudar a Leguerier como ingeniero y como matemático. Pero no voy a volar con él. — ¡Te deseo suerte! — Murátov comprendió por el tono de su amigo que éste se había ofendido y entristecido —. Ocúpate de Hermes ya que esto es más interesante para ti. — ¡Qué gracioso eres, Serguéi! ¿Para qué me necesitáis? — Para nada nos haces falta — Sinitsin reflejó en su cara completa perlejidad —. Sencillamente yo quisiera terminar este asunto juntos. Y en la expedición… cualquiera será más útil que tú. Murátov se rió. — De ti, Serguéi, saldrá un actor como de mi una bailarina. ¡Deja ya! Yo también estoy apesadumbrado, pero en verdad no puedo perder el tiempo. Te diré en secreto: no me gustó volar en el cosmos. Esto no es de mi agrado. — ¡No hace ninguna falta! Quédate en la Tierra. Es más tranquilo… y seguro. Murátov frunció el ceño. — Esto ya es maldad y es injusto, Serguéi. — ¡Bueno, perdóname! Yo no había pensado esto. Qué vamos a hacer si eres tan terco. Yo no puedo negarme aunque sé que mi aportación no será grande; pero estos satélites me tienen absorbido. — Te comprendo. ¿Cuándo saldréis? — Pasado mañana. — ¿Tan pronto? — Los preparativos han terminado. Entonces repito tus palabras «¡te deseo suerte!» pero en el buen sentido de la palabra, sin ironías. Pasados seis meses Sinitsin y Murátov se encontraron de nuevo en la misma habitación. ¡La expedición regresó con las manos vacías! No fueron coronados por el éxito los esfuerzos para encontrar el refugio secreto de los dos satélites-exploradores. Nada indicó que en las entrañas de los contrafuertes escarpados del cráter Tycho se ocultara la base de un mundo extraño. No se pudo encontrar ningún vacío ni auscultando los terrenos montañosos, ni sondeándolos con ultrasonido, ni haciendo su radiografía, ni con la común y corriente perforación de las rocas. Parecía que nunca mano alguna había alterado la eterna tranquiliadad del cráter. Las búsquedas se llevaron a cabo más allá de sus límites. Durante seis meses los participantes de la expedición exploraron, con los medios técnicos más potentes (desde la Tierra fueron enviadas una tras otra cinco astronaves cargadas de equipos) la superficie de la Luna en un radio de quinientos kilómetros a partir del centro del cráter. ¡Todo fue en balde! Si en realidad existía la base, estaba extraordinariamente enmascarada… — ¿Te acuerdas de mis palabras de que yo no volaría con vosotros porque no quería perder el tiempo? — preguntó Murátov. — Lo recuerdo. Tú quieres decir… — Exactamente. Estaba absolutamente seguro de que no encontraríais esta base, en caso contrario obligatoriamente hubiera ido con vosotros. — ¿Por qué estabas tan seguro? — Porque las medidas de seguridad de que iban dotados los satélites me convencieron de que sus amos tienen motivos muy serios para ocultar sus intenciones a las personas de la Tierra. |
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