"Guianeya" - читать интересную книгу автора (Martinov Gueorgui)7Andar era difícil. Las suelas magnetizadas de las botas se adherían fuertemente al suelo metálico, y para dar un paso tenía que realizarse un gran esfuerzo muscular. A pesar de esto no existía una completa estabilidad. Se hacía sentir la casi completa inexistencia de peso. Lo mismo que en la cubierta de un barco durante una fuerte tempestad, las personas se balanceaban al andar adoptando las posiciones más extravagantes. Mas la inclinación del cuerpo inconcebible en la Tierra, no conducía a la caída, aquí no había dónde caer. Hermes atraía con una fuerza insignificante. Un pequeño esfuerzo, y la persona se podía poner derecho para al cabo de un segundo comenzar una nueva «caída». Y esto se repetía sin fin. Un andar de esta clase cansaba más que una larguísima marcha a pie por la Tierra. Si se quitaba el calzado la persona podía volar, y no le costaba ningún esfuerzo elevarse al punto más alto de la cúpula esférica del local del observatorio. Para esto bastaba el menor empuje. Pero el descenso, bajo la fuerza de atracción, se realizaba de una forma tan lenta que a Víktor Murátov se le quitaron los deseos de repetirlo cuando por curiosidad probó hacer un «vuelo» de esta clase. Fue muy desagradable al verse impotente colgado en el aire sin tener ni la más pequeña posibilidad de cambiar algo. En general a Víktor no le gustaba la estancia en Mermes, y esperaba con impaciencia el momento de la salida para el viaje de regreso. Miraba asombrado con qué interés, e incluso entusiasmo, observaban sus compañeros todo lo que les rodeaba, y no los llegaba a comprender. El cosmos no ejercía en él ninguna acción «atrayente» como ocurría con otros. El cuadro del firmamento le resultaba monótono y aburrido; la ingravidez penosa; las condiciones de vida, pésimas. Sonriéndose recordó el pronóstico de Serguéi. El viejo amigo se había equivocado. Por ningún cosmos cambiaría Víktor la Tierra natal. ¡Cuatro días más de este tormento y se encontraría en casa! Se realizaban las últimas observaciones de control. Mermes llevaba ya más de cien horas haciendo el recorrido por la nueva órbita y acercándose gradualmente a Venus. Después alcanzaría Mercurio y comenzaría un viaje de muchos años en la profundidad del sistema solar, hacia sus regiones periféricas hacia Plutón, el planeta más lejano. El cambio de la trayectoria del recorrido del asteroide se realizó en completa correspondencia con los cálculos. Víctor estaba orgulloso. Fueron recibidos de la Tierra numerosos radiogramas de felicitación. Todo el planeta se alegraba por el éxito conseguido. ¡Se había realizado una cosa grande y necesaria! Hecho ya todo, se podía, con la conciencia tranquila, abandonar el incómodo cosmos, regresar a la Tierra, y ponerse a realizar un nuevo trabajo, no menos necesario e interesante. ¡En la patria hay miles de cosas que hacer! A Murátov no le intranquilizaron lo más mínimo los últimos cálculos realizados esta vez por el mismo Jean Leguerier. ¡Todo estaba bien! El asteroide marchaba tal como fue calculado en la Tierra. Al llegar a Júpiter, debido a la potente fuerza de atracción del gigante del sistema solar, se dirigiría hacia Saturno, y éste a su vez, cambiaría su trayectoria encaminándolo hacia Urano. Y así sucesivamente. Los planetas se entragarian uno a otro el asteroide-observatorio como si fuera una carrera de relevos. No había ninguna necesidad de comprobar de nuevo. La escuadrilla auxiliar podría ya ayer haber salido para la patria. Pero Murátov aunque estaba atormentado por la impaciencia comprendía perfectamente que era fundamentada y necesaria la precaución de Leguerier. En comparación con la distancia gigantesca que tenía que recorrer Mermes solo se había pasado un trayecto ínfimo. Cuatro exactas comprobaciones, según los cuatro datos observados, realizadas por cuatro matemáticos independientes uno del otro, ¡esto ofrecía una completa garantía! Pero mañana… pero, a propósito, cuál mañana, cuando no existe ni día, ni noche, ni salida, ni puesta del Sol… dentro de dieciocho horas todo habrá terminado. Leguerier pronunciará las palabras tan esperadas: «Todo está en orden» — y Murátov podrá marcharse. ¡Por nada del mundo se retendrá aquí ni un minuto! ¡Si Murátov pudiera saber ahora que iba a estar retenido, en este lugar tan desagradable para él, tres días enteros! ¡Un acontecimiento inexplicable, inverosímil, estaba próximo, muy próximo! Pero el futuro está oculto a las personas por la ley de la casualidad. Sujetándose a las numerosas correas que había en la pared, manteniéndose en posición vertical gracias a un enorme esfuerzo, Murátov se dirigía lentamente hacia la sala de oficiales del satélite. Este viejo nombre, tomado del léxico de la hace tiempo desaparecida marina de guerra, se mantenía sólidamente entre los cosmonautas y a Murátov le parecía absurdo. ¡Qué sala de oficiales iba a ser cuando todos los locales que estaban contiguos al pabellón central formaban habitaciones corrientes! Claro que tenían techos transparentes que no había en los barcos, pero en los camarotes debía haber portillas y aquí, en el satélite, no había ninguna clase de ventana. Víktor, pensando en esto, miró involuntariamente hacia arriba y, claro está, no vio otra cosa que el techo semiesférico. Los corredores no tenían paredes transparentes. Se rió de su distracción porque en dos semanas ya se podía haber acostumbrado. Los relojes, que marchaban por la hora terrestre, marcaban las ocho de la noche según el meridiano de Moscú. Era ya la hora de cenar. Probablemente lo esperaban ya en él comedor («Bueno, que le llamen sala de oficiales», pensó Víktor). Eran ya las ocho y un minuto, y sabía por experiencia que Leguerier y sus seis camaradas eran puntuales en todos sus actos. Los siete miembros de la expedición, el ingeniero Weston y ocho personas de las tripulaciones de la escuadrilla auxiliar estaban «sentados» a la mesa redonda. Había sillas porque en Hermes subsistía una pequeña fuerza de gravedad. Podía uno sentarse, pero para mantenerse en la silla, y no salir volando con cualquier movimiento que se hiciera, había sido necesario poner correas al asiento. Murátov pidió perdón por haber tardado y ocupó su lugar. La sala de oficiales estaba situada en un extremo del enorme cuerpo discoidal del satélite artificial. El techo y la pared que daba al exterior eran transparentes. Sobre sus cabezas se extendía un cielo negro mate con innumerables estrellas. Entre ellas resplandecía un Sol cegador cuyos rayos inundaban la sala de oficiales sin que se sintiese ningún calor. Los «cristales» de plásticos no dejaban pasar los rayos infrarrojos. Fuera del satélite estaba el panorama tenebroso de Hermes, con rocas disformes de un color grisáceo indeterminado. ¡Paisaje sin vida, que oprimía! El observatorio cósmico, antiguo satélite artificial de la Tierra, estaba en el fondo de una depresión poco profunda. Lo rodeaban por todas partes muros de granito que se elevaban gradualmente. El horizonte estaba limitado por un círculo de trescientos metros de diámetro, y como el del satélite era de cien metros, ante los ojos existía un «mundo exterior» ínfimo. Murátov se extremeció al pensar que ocho personas durante muchos años no verían nada más que este triste cuadro. ¡Qué amor tan profundo tenían que tener a su ciencia para pasar voluntariamente por tales pruebas! ¡De ninguna forma él era capaz de tal hazaña! La elección del lugar para el observatorio no fue casual. El relieve del lugar era el que mejor correspondía para su propia defensa. Él peligro de los meteoritos, que existía incluso para las astronaves pequeñas, era mil veces más amenazador para Hermes cuya enorme masa atraía los fragmentos que vagaban en el espacio. Sobre todo cuando tenía que cortar el anillo de los asteroides entre Marte y Júpiter, que era el lugar más peligroso en las vías interplanetarias. Fueron montadas potentes instalaciones en las rocas que formaban un círculo alrededor del observatorio. El campo magnético obligaba a desviarse a los meteoritos del único lugar habitado en el asteroide cualquiera que fuese su velocidad. Por esto era posible la existencia de unas paredes relativamente finas y de una enorme cúpula en la que se encontraban telescopios y otros numerosos aparatos e instrumentos astronómicos. Si los meteoritos que cayeran fueran pétreos, entonces los desviaría el campo antigravital vibrador que completaba al magnético. Los astrónomos podían trabajar tranquilamente. Después de cenar Murátov se quedó en la sala de oficiales conversando con Weston. Decidió no regresar esta noche a su astronave y pernoctar en el satélite, ya que en este mundo sin gravedad se podía dormir donde uno quisiera como si fuera eri el más blando colchón. Formaban la cama cuatro sillas y una fuerte correa, para no despertarse pegado al techo. Las patas magnéticas metálicas de la silla que se adherían al suelo, garantizaban la estabilidad del lecho. Eran las diez de la noche cuando Murátov, antes de echarse a dormir, entró en el camarote de Leguerier. Le gustaba conversar con el jefe de la expedición que era una persona de una cultura enciclopédica. Parecía que no había ni una sola cuestión en la que el científico francés no se encontrara como el pez en el agua. Con él se podía hablar de todo. Así tenía que ser un auténtico astrónomo ya que la astronomía es una ciencia omnímoda. Trata todas las esferas del conocimiento humano, desde la medicina hasta la filosofía. Leguerier se acostaba tarde y Murátov sabía que no era importuno. El «Comandante de Hermes», según alguien le denominó a Leguerier con gran acierto, estaba junto a la pared y miraba atentamente a uno de los aparatos instalados en un cuadro que ocupaba toda la pared. — ¡Mire! — dijo, volviéndose de nuevo a mirar el aparato —. La aguja del gravímetro no está en el cero. No puedo comprender lo que puede significar esto. Murátov se acercó. Conoció el gravímetro durante la expedición en la «Titov». Pero el aparato que había en el camarote de Leguerier se parecía muy poco a aquél, ya que dos años es un espacio enorme para la ciencia. Sólo quedaba la escala y la aguja del aparato que él conocía. Murátov clavó la mirada. — Me parece — dijo — que la aguja no sólo no está en el cero, como usted ha dicho, sino que se mueve. Muy lentamente, pero se mueve. — Sí, sí, tiene usted razón — se sentía intranquilidad en la voz de Leguerier —. Esto es muy raro. El aparato muestra la presencia de una masa que no está lejos ¿Qué puede ser? — Un meteorito que cae… — presupuso indeciso Murátov. Se enfadó consigo mismo. ¡Qué contestación tan ingenua! Esto no hacía falta que se lo dijeran a Leguerier. En vez de contestar el astrónomo indicó sin hablar la pantalla del radar, en la que se veía una línea negra lisa sin ninguna desigualdad o salientes. Los haces de los rayos del radio tanteaban ininterrumpidamente el espacio alrededor del asteroide sin encontrar ningún obstáculo. — Se ha estropeado… Leguerier oprimió uno de los numerosos botones. Se iluminó una pequeña pantalla y se reflejó en ella el interior del camarote que ocupaba Alexandr Makárov, segundo jefe de la expedición. — ¡Alexandr! — dijo Leguerier —. Mira el gravímetro. Se vio como Makárov se acercó al cuadro, exactamente igual que el de aquí. Se oyó una exclamación de asombro. — Presta atención ahora a la pantalla del radar. — ¡Veo! Makárov se volvió. — ¿Qué te parece esto? — preguntó Leguerier. — Muy raro, demasiado raro. ¿Y en los tuyos, lo mismo? — ¡Lo mismo! Pensaba que se había estropeado el gravímetro de mi camarote. Pero no pueden haberse estropeado los dos a la vez. — Entonces ¿qué pasa? — Ven inmediatamente. — ¡Voy! Leguerier y Murátov no apartaban los ojos de la aguja. Ahora no cabía la menor duda de que se movía. Algo, que no reflejaba los rayos de los radares, se acercaba a Hermes. Esto no podía ser un fragmento pequeño, tan pequeño, que no lo «vieran» las potentes instalaciones de localización. En este caso no lo notarían incluso los gravímetros. El cuerpo misterioso tenía una masa considerablemente grande. — ¡Cada vez más cerca y más cerca! — murmuró Leguerier —. Lo más extraño es que vuela muy lentamente. Se oyó el sonido sordo del radiófono. Leguerier no se volvió. La llamada se repitió y Murátov se acercó al aparato. El que estaba de guardia en el puesto de mando de la nave insignia de la escuadrilla informó con voz alterada de la «conducta» rara del gravímetro. — De todas nuestras naves informan lo mismo — dijo. — Lo sé — contestó Murátov —. Continúe haciendo observaciones. Entró Makárov y como hipnotizado se dirigió «n silencio hacia Leguerier. Los dos miraban fijamente el gravímetro. La aguja ya se había separado mucho del cero y continuaba desviándose lenta, extremadamente lenta, pero invariable, cada vez más. La línea en la pantalla del radar era, como antes, inmutablemente recta. Leguerier golpeó con el pie en el suelo. — ¿A fin de cuentas, esto qué es? — dijo irritado —. ¡Alarma general! Makárov oprimió el botón rojo que estaba en el centro del cuadro. Murátov sabía que en este momento se oiría en todos los lugares del satélite-observatorio un sonido estridente anunciando el peligro. No pasaron ni dos minutos, cuando en el camarote del jefe se reunieron todos los tripulantes del satélite. No era necesaria ninguna aclaración. Estas personas comprendían perfectamente el idioma de los aparatos. Reinaba una tensión oculta, un silencio alarmante. El peligro desconocido es la prueba más desagradable para el estado psíquico. La persona más valiente siente involuntariamente un miedo vago. ¿Qué hacer, si no se sabe de quién defenderse? Y de repente el recuerdo acudió a la memoria de Murátov. Veía el rostro intenso de Véresov y Stone, con los ojos clavados en el mismo gravímetro, que les mostraba lo que sucedía. — ¿No sería éste uno de los dos satélites-exploradores que persiguió la «Titov» hace dos años? — dijo Murátov. Leguerier se volvió rápidamente. — ¿Tan lejos de la Tierra? — Todavía nadie sabe por dónde desaparecieron. — ¿Pero los radares en aquel tiempo captaron estos satélites? — Esto fue entonces. Existe la suposición que de alguna forma han cambiado el sistema de su «defensa». — Es posible que usted tenga razón — dijo Leguerier —. ¡Veremos! Si Murátov había dado en el clavo, entonces la aguja del gravímetro tendría que cesar en seguida el movimiento hacia la derecha. Los satélites-exploradores no podían pasar muy cerca de una masa tan grande como la de Hermes. El asteroide tenía un kilómetro y medio de diámetro y ¡esto no era una pequeña astronave! La suposición era tan verosímil que todos se tranquilizaron inmediatamente. Marcharon dos astrónomos, después de haber recibido el permiso de Leguerier (fue dada la alarma en el observatorio y nadie tenía derecho a actuar individualmente), para intentar ver con el gran telescopio el cuerpo que se aproximaba. Makárov regresó a su camarote para realizar observaciones paralelas con sus aparatos. Pero la tranquilidad duró poco. Pasaron cinco, después diez minutos y la aguja continuaba deslizándose hacia la derecha, y amenazaba con acercarse al punto extremo, que señalaba el choque de dos masas: la de Hermes y el cuerpo desconocido. Se aproximaba el choque. Quedaba muy poco para que la aguja llegara a la raya roja de la escala. — Vuela directamente hacia nosotros — dijo alarmado Leguerier. El gravímetro perfeccionado daba la posibilidad de determinar no sólo la masa, sino también la dirección de su movimiento y la distancia. La pantalla del radar como antes no mostraba nada. No obstante que según el gravímetro, el cuerpo que se aproximaba era bastante grande. A Murátov le parecía que el aparato indicaba una masa mucho más grande que cuando la «Titov». Las palabras de Leguerier confirmaron que esto era así. — La masa del cuerpo desconocido — dijo el astrónomo — supera en muchas veces la de los exploradores. Unos cuantos minutos angustiosos más, y se disiparé la duda: un objeto volaba directamente hacia el observatorio. |
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