"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)Capítulo VI Por entonces Nostromo llevaba ya bastante tiempo en el país para elevar al grado más alto la opinión del capitán Mitchell sobre el extraordinario valor de su hallazgo. A no dudarlo era uno de esos subordinados inapreciables, de los que sus jefes se ufanan con justicia. El capitán Mitchell blasonaba de tener buen ojo para conocer a los hombres; pero no era egoísta reservándose para sí los servicios del habilidoso y capaz italiano, y en la inocencia de su orgullo, iba cayendo en la manía de "ofrecer con frecuencia a su "Es un hombre que daría la vida por mí", solía afirmar el capitán Mitchell; y aunque tal vez nadie pudiera explicarse la razón de tal hecho, si se observaba atentamente las relaciones que entre ellos mediaban, no había modo de poner en tela de juicio aquel aserto, a no tener el genio agrio y estrafalario del doctor Monyghan, por ejemplo, cuya risa acre y escéptica expresaba de ordinario una inmensa desconfianza de los individuos todos del linaje humano. Y no es que el doctor fuera pródigo ni de risas ni de palabras, sino, al contrario, tétrico y taciturno, aun estando del mejor talante. Cuando le dominaba el mal humor, eran terribles los crudos sarcasmos de su lengua de hacha. Únicamente la señora de Gould podía mantener dentro de los debidos límites la incredulidad del maldiciente en la nobleza de los móviles humanos; pero aun ella (en una ocasión no relacionada con Nostromo, y en un tono que a él le pareció afable) le había dicho también: "Realmente es absurdo exigir a un hombre que forme de los demás mejor concepto que el que tiene de sí mismo." Y la señora de Gould había abandonado el tema sin dilación. Corrían extraños rumores sobre el doctor inglés. Años atrás, en tiempos de Guzmán Bento, anduvo mezclado, según se susurraba, en una conspiración, que fue denunciada por uno de sus miembros y, al decir de la gente, ahogada en sangre. El cabello se le había vuelto entrecano; su rostro barbilampiño y cruzado por costurones tenía color rojizo, y su costumbre de usar ancha camisa de franela, a cuadros de diversos colores, y panamá teñido era una provocación constante a los usos establecidos en Sulaco. A no ser por la inmaculada limpieza de su atavío, se le hubiera tomado por uno de esos europeos pendularios, que desacreditan a cualquier colonia de su patria en casi todos los países del mundo. Las señoritas de Sulaco, que adornaban con grupos de lindas caras los balcones de la calle de la Constitución, cuando le veían pasar renqueando, cabizbajo, la corta chaqueta de hilo vestida con desgarbo sobre la abigarrada camisa de franela, se decían unas a otras: "Aquí tenemos al El doctor, hombre de lenguaje incorregiblemente mordaz y escéptico, no sabía expresar de otro modo el respeto profundo que le inspiraba la mujer conocida en el país con la denominación de "la señora inglesa". El cínico pesimista le rendía ese homenaje con entera sinceridad; lo cual no era poco para un tipo de su condición. La señora de Gould lo echaba de ver claramente; y por su parte nunca le hubiera pasado por las mientes obligarle a una prueba tan señalada de deferencia. La esposa del administrador de la mina de Santo Tomé tenía su casa española (que era uno de los mejores ejemplares de Sulaco) abierta siempre para dispensar a sus visitantes las menudas finezas de la hospitalidad. Y lo hacía con llaneza y gracia especiales, guiándose por una atenta percepción de los distintos valores. Poseía en alto grado el don del trato social, que consiste en olvidarse de sí mismo en una infinidad de delicados pormenores y en adaptarse al genio de los demás. Carlos Gould no había reparado bastante en esa notable cualidad de su consorte. Siguiendo las tradiciones de su familia, que, aunque establecida en Costaguana por tres generaciones, acudía siempre a Inglaterra para efectuar allí los estudios y el casamiento, creía haberse enamorado de la joven que ahora era su mujer, en atención a la amable sensatez de que le había dado tantas pruebas; pero no era precisamente esa dote la que le granjeaba la estimación de cuantos visitaban la casa Gould; como había ocurrido, por ejemplo, con todo el cuerpo de ingenieros de la vía, desde el más joven hasta el veterano jefe, que no se cansaban de recordar los excelentes ratos pasados en casa de la señora Gould, mientras sufrían las inclemencias de la intemperie en los altos picos de la Sierra. Lo más curioso era que la interesada no daba muestras de advertirlo; y si alguien le hubiera hablado de la sentida gratitud con que se citaba su nombre al borde de las nieves en las alturas visibles desde Sulaco, con una sonrisa y la sorpresa reflejada en sus ojos grises muy abiertos, habría protestado de que no había hecho nada de particular por los ingenieros. Y a continuación, tomando cierta expresión reflexiva, habría hecho como que aguzaba su ingenio para hallar la explicación de aquel agradecimiento: "No tenía nada de extraño, porque a los pobres muchachos no podía menos de causarles viva impresión cualquier amable acogida que hallaran en tan remoto país. En ello, sin duda, tenia que entrar por mucho la nostalgia. Todos, a lo que creo, padecemos algo del mismo achaque". Siempre la movían a compasión los que se sentían tristes por estar fuera de su patria. Carlos, nacido como su padre en la República de Costaguana, enjuto y alto, con su bigote cobrizo, barbilla de neto perfil, ojos claros de color azul, cabello de ébano y rostro fino, fresco y rubicundo, presentaba todo el aspecto de un extranjero, recién llegado a Inglaterra. Su abuelo había peleado por la causa de la Independencia a las órdenes de Bolívar en aquella famosa legión inglesa, cuyos valientes merecieron, en la batalla Carabobo, ser saludados por el gran Libertador con el dictado de "Salvadores del país". Uno de los tíos de Carlos Gould había sido Presidente electo de la misma provincia de Sulaco (llamada a la sazón Estado) en los tiempos de la Federación, y más tarde había muerto fusilado, de pie junto al muro de una iglesia, por orden del bárbaro general unionista Guzmán Bento. Era éste el Guzmán Bento que, habiendo llegado a ser después Presidente perpetuo, famoso por su implacable y cruel tiranía, alcanzó su apoteosis en la leyenda popular, la cual hizo de él un espectro sanguinario condenado a vagar por los campos, después de haber sido robado su cuerpo, por el diablo en persona, del mausoleo de ladrillo erigido en la nave de la iglesia de la Asunción en Santa Marta. Así al menos se explicó su desaparición a la muchedumbre desarrapada que acudió en tropel, presa de terror, a contemplar el agujero, abierto en un lado del deforme sarcófago de ladrillo, situado frente al altar mayor. El nombre del cruel Guzmán Bento evocaba el recuerdo de numerosas víctimas, además del tío de Carlos Gould; pero a éste siempre le ayudó la circunstancia de tener un pariente martirizado por la causa de la aristocracia, para que los oligarcas de Sulaco, que eran las familias de pura sangre española, le consideraran como uno de los suyos. He dicho oligarcas usando la fraseología de la época de Guzmán Bento; ahora se llamaban blancos y habían abandonado la idea federal. Con tal recuerdo de familia nadie mejor que don Carlos Gould podía reclamar el título de costaguanero; pero tenía un tipo tan característico, que para la gente ordinaria era siempre el Maravillaba oírle hablar español (castellano dicen allí) o el dialecto indio de la gente del campo con tanta naturalidad. Su acento no tuvo nunca nada de inglés; pero había algo tan indeleble en toda la generación de los Gould -soldados de la independencia, exploradores, plantadores de café, comerciantes y revolucionarios de Costaguana-, que Carlos, el único representante de la tercera generación en un país que se jactaba de poseer un estilo peculiar de equitación, continuaba siendo inglés, aun a caballo. Y esto último no lo digo en el sentido burlón de los Solía hacer su viaje a lo largo del viejo camino español (el La efigie ecuestre del monarca, afeada por las injurias de la intemperie, con su vaga indicación de un gesto de saludo, sugería la idea de que guardaba en su pecho secretos inescrutables sobre los cambios políticos que le habían despojado hasta de su propio nombre. Pero también el otro jinete, el de rostro fino y perspicaz, que cabalgaba sobre su airoso y bien proporcionado bridón, de color tostado y ojo vivo, tenía el aspecto de no dejar traslucir sus opiniones sobre los hombres y las cosas de la República. El ánimo de este segundo Carlos, conocido del pueblo con el nombre del "inglés de Sulaco", se mantenía en la serena estabilidad, propia de las conveniencias públicas y privadas, que imperaba en Europa. No mostraba sentir desagrado por la manera estrafalaria con que las señoritas de Sulaco se empolvaban los rostros hasta parecer mascarillas de escayola, animadas por bellos y expresivos ojos, ni por las hablillas y murmuraciones de la ciudad, ni por los continuos cambios políticos y revueltas, promovidas siempre invocando "la salvación del país". Todo parecía aceptarlo con impasible ecuanimidad. Su mujer, en cambio, no acertaba a ver en aquellas luchas más que un drama pueril y sangriento de asesinatos y rapiñas, representado con terrible seriedad por gente sin juicio y depravada. Durante los primeros días de su vida en Costaguana, la pobre señora solía cruzar las manos con desesperación por no poder tomar los asuntos públicos del país en su genuina significación, concediéndoles la importancia que requería la atrocidad de los procedimientos empleados. Veía en ellos una comedia de ficciones cándidas, en la que apenas había nada de sincero, como no fuera la indignación y terror que a ella le producían. Carlos, muy tranquilo, retorciéndose los largos bigotes, solía rehusar la discusión de tales asuntos. Una vez, empero, la hizo observar con tono afable: – Pero, hija mía, pareces olvidarte de que yo he nacido aquí. Estas breves palabras, como si hubieran sido una repentina revelación, la impusieron silencio. Tal vez el hecho de haber nacido en el país obligaba a ver las cosas de una manera muy diferente. Tenía y había tenido siempre una confianza grandísima en su marido. Desde el primer momento la imaginación de la futura señora de Gould había sido impresionada por la ausencia de sentimentalismo y la quietud de ánimo que caracterizaban a Carlos, considerando estas cualidades como indicadoras de cabal competencia en los negocios de la vida. Don José Avellanos, su vecino de la casa de enfrente, estadista, poeta, hombre de cultura, que había representado a su país en varias cortes europeas (y sufrido indignidades indecibles como prisionero de Estado en la época del tirano Guzmán Bento), solía declarar en la sala de tertulia de La señora de Gould, alzando los ojos al fino, rubio y tostado semblante de su esposo, no lograba descubrir el más leve temblor de sus facciones, al oír las anteriores palabras sobre su patriotismo. Quizá en tal ocasión acabara de regresar de la mina a caballo; porque era bastante inglés para no hacer caso de las horas más calurosas del día. Basilio, con librea de fina tela blanca de hilo y ceñidor rojo, se habría agachado detrás de sus talones en el patio, para desatarle las pesadas y romas espuelas; y a continuación el El Al ver a Carlos Gould entrar en la sala, saludaba con una venia provisional, y proseguía hasta el fin su período oratorio. Después solía decir: – Amigo Carlos, ha venido usted a caballo desde Santo Tomé con el calor del día. Siempre la verdadera actividad inglesa, ¿no? ¿Qué hay? Bebía de un trago lo que restaba del té, dando invariablemente después un ligero respingo seguido de un "¡brrr!" involuntario, que no quedaba disimulado por la apresurada exclamación: – ¡Excelente! Luego poniendo la taza vacía en la mano de su joven amiga, extendida con una sonrisa, continuaba discurseando sobre la índole patriótica de la mina de Santo Tomé, por el mero placer de hablar con facundia, a lo que parecía, mientras su cuerpo reclinado oscilaba con suave vaivén en una mecedora traída de los Estados Unidos. El cielo raso del salón de la casa Gould tendía su blanca superficie a gran altura sobre la cabeza del anciano visitante. Aquella desmedida elevación empequeñecía el ajuar de la espaciosa pieza, en el que se mezclaban antiguos sillones españoles de nogal y cuero, con respaldos rectos, y asientos europeos de diversas formas, bajos y enteramente almohadillados, semejantes a pequeños monstruos gordinflones, henchidos hasta reventar de muelles de acero y de crin. Veíanse chucherías en mesitas y veladores, espejos incrustados en el muro sobre consolas de mármol, alfombras cuadradas al pie de dos grupos de butacas, presididos cada uno por un profundo sofá; esterillas diseminadas sobre el piso de rojas baldosas; tres grandes ventanas, abiertas desde el techo al suelo, que daban salida a un balcón corrido, y estaban flanqueadas del lado de la habitación por los pliegues perpendiculares de obscuros cortinajes. La magnificencia de tiempos pasados perduraban entre las cuatro altas y lisas paredes, teñidas de un delicado color de vellorita; y la señora de Gould, con su cabecita de lucientes rizos, sentada entre una nube de muselina y encaje ante una esbelta mesa de caoba, parecía un hada, que se le había posado junto a los vasos de plata y porcelana repletos de delicadas golosinas para regalar el gusto de los moradores del salón. La señora de Gould conocía la historia de la mina de Santo Tomé. Su laboreo databa del tiempo de la conquista y se había efectuado principalmente a latigazos en las espaldas de los esclavos; el rendimiento de plata se había pagado con su peso en huesos humanos. Tribus enteras de indios habían perecido en la explotación; y al cabo la mina se abandonó, en vista de que aquel método primitivo no rendía un beneficio apreciable, a pesar de cuantos cadáveres se arrojaran a las fauces del monstruo. Posteriormente llegó a quedar olvidada. Fue descubierta de nuevo después de la guerra de la independencia. Una compañía inglesa obtuvo el derecho de beneficiarla, y halló un filón tan rico, que ni las exacciones de los sucesivos gobiernos, ni las incursiones periódicas de los oficiales de reclutamiento sobre la colonia de mineros, convenientemente retribuidos, creada por aquélla, pudieron desalentar su perseverancia. Pero al fin, durante la prolongada barahúnda de pronunciamientos que siguió a la muerte del famoso Guzmán Bento, los mineros indígenas, incitados a la rebelión por emisarios enviados desde la capital, se habían levantado contra sus jefes ingleses, asesinándolos a todos sin dejar uno vivo. El decreto de confiscación que apareció inmediatamente después en el Y durante muchos años así quedó la mina de Santo Tomé. Qué ventajas esperara sacar el Gobierno de semejante expoliación es imposible decirlo ahora. Con grandes dificultades se logró que Costaguana pagara una mísera indemnización a las familias de las víctimas, y después se dejó de prestar consideración al asunto en los despachos diplomáticos. Pero, andando el tiempo, otro gobierno se acordó de aquella valiosa partida de activo. Era uno de los gobiernos normales de Costaguana -el cuarto en seis años-,y supo aprovechar la oportunidad que se le ofrecía. Estaba secretamente convencido de que la mina de Santo Tomé carecía de todo valor en su poder, pero comprendió con sagaz penetración las variadas aplicaciones a que puede adaptarse una mina de plata, prescindiendo del tosco procedimiento de extraer el metal por medio de excavaciones. El padre de Carlos Gould, uno de los más ricos comerciantes de Costaguana por largo tiempo, había perdido ya una parte muy grande de su fortuna en empréstitos forzosos hechos a gobiernos sucesivos. Era un hombre de genio reposado, que nunca pensó en reclamar sus créditos con apremiante insistencia; y, cuando inesperadamente le fue ofrecida la mina de Santo Tomé con los terrenos colindantes y obras anejas a la misma, se sobresaltó lo indecible. Tenía larga experiencia de cómo las gastaban los gobiernos. Realmente la secreta intención de la oferta, aunque sin duda se había procurado mantenerla oculta con meditada capciosidad, se mostraba patente en el texto mismo del documento que le presentaron, con urgencia, a la firma. En la tercera cláusula, que era la más importante, se estipulaba que el concesionario debería pagar al punto al gobierno las regalías o derechos de un quinquenio, calculados sobre el probable rendimiento de la mina. El señor Gould, padre, se esforzó en declinar aquel fatal favor con repetidas razones e instancias; pero todo en vano. Alegó que no entendía nada de minería; que no tenía medios para poner la concesión en el mercado europeo; que la mina, como negocio en marcha, no existía. Los edificios, destinados al personal y operaciones de la explotación, habían sido quemados; la planta de las excavaciones, destruida; la población de obreros, ahuyentada del lugar hacía muchos años; el camino, borrado por la invasión desbordada de la vegetación tropical, que lo había hecho desaparecer tan completamente como si se lo hubiera tragado el mar; y la galería principal, dormida y cegada en un trayecto de cien metros desde la entrada. Aquello no era ya una mina abandonada, sino una bravía garganta rocosa e inaccesible de la Sierra, donde sólo podían hallarse vestigios de madera carbonizada, montones de ladrillos rotos y algunos trozos informes de hierro comido de orín, todo ello cubierto por la espesa urdimbre de chaparros espinosos que allí vegetaban. Natural era que el señor Gould, padre, no deseara la posesión perpetua de tan desolada localidad; de hecho, al surgir su mera visión en la mente del concesionario durante las silenciosas horas de vela nocturna, tenía la maléfica virtud de exasperarle y causarle febriles y agitados insomnios. Pero ocurrió que el ministro de Hacienda de entonces era un hombre a quien, años antes, el señor Gould por desgracia había rehusado conceder una pequeña ayuda pecuniaria, fundando su negativa en el hecho de ser el peticionario un jugador y petardista notorio, con la agravante de pesar sobre él la sospecha de un robo con violencia perpetrado en la persona de un acaudalado Así pues, afirmó una y otra vez este propósito en su despacho de Santa Marta, con voz tan suave e implacable y con guiños tan maliciosos, que los mejores amigos del Así opinó también una señora francesa, de gran corpulencia y vibrante voz, hija, según decía, de un oficial de elevada categoría – Es un cochino asunto que no tiene compostura -había respondido con la entonación bronca y viril que le era natural y empleando frases más propias de una hospiciana que de una huérfana de familia decente. -Es cosa perdida. Por un momento, mordiéndose su rojo labio inferior, debió de deplorar allá en su interior la tiranía de los rígidos principios que gobernaban la venta de su influencia en elevadas esferas. Luego añadió con un tonillo intencionado, en que se traslucía un dejo de impaciencia: Después de semejante advertencia, allí no había más que hacer sino firmar y pagar. El señor Gould se tragó la píldora, y su efecto fue como si hubiera tomado un veneno sutil que afectara directamente al cerebro. Inmediatamente la mina fue su obsesión constante; y esa obsesión tomó la forma del Viejo del Mar irremediablemente montado sobre sus hombros, como el que, según se cuenta en Aun las cartas del señor Gould a su hijo Carlos, muchacho de catorce años, que a la sazón se estaba educando en Inglaterra, dejaron con el tiempo de tratar otros asuntos que el de la mina. El autor de las mismas se quejaba amargamente en ellas de la injusticia, los perjuicios incesantes y la violencia de la forzada adquisición. Dedicaba párrafos larguísimos en exponer las fatales consecuencias anejas a la concesión de la mina por cualquier lado que se la mirase, y a los males futuros, fáciles de prever, expresando su horror ante el carácter al parecer eterno de aquella maldición. Porque la propiedad de la mina se le había otorgado a él y a sus descendientes a perpetuidad. Por tanto rogaba con gran encarecimiento a su hijo que no volviera nunca a Costaguana, ni reclamara allí ninguna parte de su herencia, que a su juicio estaba toda comprometida por la infame concesión; que no la tocara, ni se acercara a ella jamás; que se olvidara de que existía América y emprendiera cualquier profesión mercantil en Europa. Y todas las cartas terminaban dirigiéndose a sí propio las recriminaciones más amargas por haber permanecido tanto tiempo en aquella madriguera de ladrones, intrigantes y bandidos. A los catorce años no suele haber discernimiento bastante para comprender cómo la posesión de una mina de plata puede acarrear la desgracia irremediable de la vida; pero una afirmación de tal naturaleza es sin duda muy a propósito para excitar el interés y el asombro de un adolescente, dotado de alguna inteligencia. Con el tiempo el muchacho, sumergido al principio en un mar de perplejidades por las indignadas lamentaciones de su papá, y un tanto apenado de que se hallara en tal situación, empezó a dar vueltas al asunto en su cerebro, durante las horas que le dejaban libres sus juegos y estudios. Al cabo de un año aproximadamente vino a sacar de la lectura de las cartas la persuasión concreta de que su papá se hallaba irremediablemente disgustado por causa de una mina de plata que había en la provincia de Sulaco de la República de Costaguana, donde su pobre tío Harry había muerto fusilado por la tropa, muchos años antes. Estrechamente relacionada con esa mina, existía además una cosa, llamada la "inicua concesión Gould", escrita al parecer en un documento que su padre deseaba ardientemente "rasgar en mil pedazos y arrojarlos a los rostros" de los presidentes, magistrados y ministros de aquella nación. Y ese deseo persistía, no obstante haber advertido el muchacho que rara vez los nombres eran los mismos en el transcurso de un año. Le parecía natural que su padre alimentara tales propósitos (ya que el asunto era inicuo), pero no sabía por qué lo era. Posteriormente, al alcanzar mayor madurez de juicio, logró sacar en limpio la verdad del caso, desenmarañándola de las fantásticas intrusiones del Viejo del Mar, de los vampiros y de los vestiglos sanguinarios, que daban a la correspondencia de su padre el sabor de un cuento horripilante, parecido a los más espantables de Refería el padre que varias veces le habían hecho pagar fuertes multas por tener abandonada la explotación de la mina, además de otras cantidades que le habían sacado a cuenta de regalías futuras, y para ello se fundaban en que un hombre poseedor de una concesión tan valiosa no podía rehusar su ayuda financiera al gobierno de la República. Lo que restaba de su fortuna -escribía con desesperación- tenía que irlo entregando a cambio de recibos sin valor, y entre tanto se le señalaba como un individuo que se había enriquecido explotando las necesidades de su país. Con todo lo cual el joven Gould, que estudiaba en Europa, fue interesándose más y más en un asunto capaz de motivar semejante tumulto de palabras y de pasión. Todos los días pensaba en él, pero sin hostilidad ni acrimonia. Sin duda debía de ser un desdichadísimo negocio para su pobre papá; y toda la historia del mismo arrojaba una luz extraña sobre la vida social y política de Costaguana. Con todo eso, el estado de ánimo en que el joven le consideraba era de filial compasión, pero serena y reflexiva. Sus sentimientos personales no habían sido heridos; y es difícil conmoverse con indignación genuina y duradera por los padecimientos físicos o mentales de otra persona, sintiéndolos como propios, aunque esa persona sea nuestro mismo padre. Cuando Carlos Gould cumplió los veinte años, se halló sin saberlo fascinado por el hechizo de la mina de Santo Tomé, y presa de su mágica influencia, como el autor de sus días. Pero era un encantamiento distinto, más en consonancia con su juventud, y en cuya fórmula de conjuro entraban la esperanza, el vigor y la confianza en sí mismo, en lugar del desaliento, el despecho y la desesperación. Facultado por su padre, desde que llegó a la edad mencionada, para elegir su camino en la vida y gobernarse en ella con independencia (sin otra restricción que la orden terminante de no volver a Costaguana), prosiguió sus estudios en Bélgica y Francia con la idea de adquirir el título de ingeniero de minas. Pero el lado científico de sus trabajos no le interesaba sino de una manera vaga e imperfecta; las minas se le ofrecían como objetos revestidos de un carácter dramático. Y además estudió sus pormenores y cualidades peculiares, según cierto aspecto personal, como el que estudia los diversos caracteres de los hombres. Las visitaba con la curiosidad que mueve a conocer y tratar a personas notables. Así lo hizo en Alemania, España y Cornualles. Las explotaciones abandonadas ejercían sobre él una fascinación poderosa; su exterior desolado le conmovía, como el espectáculo de la desgracia humana, cuyas causas son variadas y profundas. Tal vez carecieran de valor, pero también quizá se hubiera cometido algún error en el modo de beneficiarlas. Su futura esposa fue la primera y acaso la única persona que descubrió esta secreta disposición de ánimo que gobernaba el fondo sensible casi inexpresivo de este hombre con respecto al mundo de las cosas materiales. E inmediatamente el amor a Carlos, que se mantenía lánguido moviéndose a ras de tierra con las alas entreabiertas, como esas aves que no pueden levantar el vuelo fácilmente desde una superficie plana, halló un pináculo desde donde remontarse hasta los cielos. Se habían conocido en Italia, mientras la futura señora de Gould moraba con una tía anciana y descolorida, que años atrás se había casado con un marqués italiano cuarentón y empobrecido. A la sazón llevaba duelo por su esposo, muerto en la lucha por la independencia y unidad de su país con el entusiasmo y generosidad de los más jóvenes partidarios de la misma idea. La causa en cuyas aras había sacrificado su vida era la misma por la que Giorgio Viola había peleado sobreviviendo a la derrota y siendo arrastrado por el oleaje de los tiempos a la deriva, a modo de mástil que flota abandonado después de una victoria naval. La marquesa hacía una vida de callado y quieto retiro, semejando una monja con su traje de luto y una banda blanca ceñida a la frente, en el ángulo del primer piso de un antiguo y ruinoso palacio, cuyos espaciosos salones de la planta baja cobijaban bajo de sus pintados techos las cosechas de grano y legumbres, las aves de corral y hasta el ganado vacuno, junto con la familia entera del agricultor, arrendatario de las tierras del difunto marqués. Los dos jóvenes se habían encontrado en Luca. Después de esa primera entrevista Carlos no visitó más minas, si bien en una ocasión fueron juntos en carruaje a ver unas canteras de mármol, donde el trabajo se parece al de la minería en que extrae de las entrañas de la tierra una primera materia. Carlos Gould no abrió su corazón a la joven en una serie de discursos; sencillamente se limitó a obrar y pensar ante ella. Es el procedimiento de la verdadera sinceridad. Una de sus frecuentes reflexiones era: "A veces pienso que mi pobre padre considera el negocio de la mina de Santo Tomé con una disposición de ánimo enteramente equivocada." Y ambos discutieron con calor por largo tiempo aquella opinión, como si sus comentarios y razones pudieran influir en el espíritu del anciano Gould a la distancia de media circunferencia del globo; pero en realidad la discutían, porque el sentimiento del amor puede entrar en cualquier asunto y vivir ardientemente en frases que en sí mismas no se refieren a él en nada. Por tan natural razón, tales controversias le eran gratísimas a la señora de Gould, cuando sostenía relaciones amorosas con Carlos. Este temía que su padre estaba derrochando su vigor y destruyendo su salud con los esfuerzos que hacía para librarse de la concesión. "Se me figura que no es ese el modo de manejar un negocio de tal índole", afirmó meditando en voz alta, como hablando consigo mismo. Y cuando ella declaró con franqueza que se maravillaba de ver a un hombre serio y honrado dedicar sus energías a intrigas y negociaciones secretas para salir con su intento, Carlos le explicaba con afabilidad, mostrando comprender su extrañeza: "No debe usted olvidar que papá ha nacido allí." Ella aplicó su ágil inteligencia a meditar sobre ello, y luego formuló la siguiente réplica, no del todo lógica, pero que él aceptó como perfectamente sagaz, porque realmente era tan… – Bien, ¿y usted? También usted ha nacido allí. Carlos tenía prevenida la contestación. – Es distinto. Yo hace diez años que falto del país. Papá no estuvo ausente tanto tiempo; y de entonces acá ha transcurrido cerca de un tercio de siglo. Cuando nuestro joven recibió la noticia de la muerte de su padre, ella fue la primera persona a quien la comunicó. – El asunto de la Concesión le ha matado -dijo. Había salido de la ciudad inmediatamente y seguido, bajo del ardiente sol del mediodía, el polvoriento camino que conducía en derechura al arruinado El visitante se presentó blanco del polvo del camino que le cubría las botas, los hombros y la gorra, chorreando sudor por todos los poros de su rostro y empuñando un grueso garrote de roble en la mano derecha, que llevaba desenguantada. Acercándose ella muy pálida, tocada con un sombrero de paja de ala tendida, cuyo adorno de rosas hacía resaltar el color descolorido de su tez, calzados los guantes, columpiando una sombrilla de color claro, tomada precisamente para encaminarse al sitio en que solía encontrarse con él, al pie de una colina, donde se alzaban tres álamos junto a la cerca de una viña. – ¡Le ha matado! -replicó Carlos-. Debía haber vivido todavía muchos años, porque en toda nuestra familia ha sido cosa común la longevidad. La honda emoción que dominaba a la joven no le permitió articular una palabra. Quedóse él contemplando con mirada penetrante y fija la rajada urna de mármol, como si hubiera resuelto grabar eternamente su forma en la memoria; y luego, volviéndose de repente a su interlocutora, repitió con vehemencia dos veces: – He venido a ver a usted… Sí…, derechamente a ver a usted… Y se interrumpió embargado por el dolor que le asaltó al pensar en la solitaria y atormentada muerte que su pobre padre había tenido en Costaguana. Tras esto, le tomó la mano y se la llevó a los labios; y al verlo ella, dejó caer la sombrilla para darle unas palmaditas en la mejilla, murmurando: – ¡Pobre chico! Mientras se enjugaba los ojos bajo del ala de su sombrero, que caía describiendo una curva honda, su breve estatura, realzada por la sencilla falda blanca que vestía, le daba el aspecto de una chicuela que llorara al verse perdida en la decaída magnificencia del inmenso y nobiliario salón, mientras él seguía de pie a su lado, del todo inmóvil en la contemplación de la urna de mármol. Poco después salieron para dar un largo paseo, que fue silencioso, hasta que él exclamó de súbito: – Sin duda la situación de papá era horrible. Pero ¡ah!, ¡si él hubiera sabido tomarla por el verdadero lado!… Y entonces se detuvieron. Por todas partes se tendían largas sombras sobre las colinas, sobre los caminos, sobre los cercados olivares; las sombras de los erguidos álamos, de los frondosos castaños, de las casas y edificios de labor, de las paredes de piedra; y en el aire vibraba el tañido de una campana, delgado y vivo, semejando el percutiente palpitar de la tornasolada puesta del sol. Los labios de la joven se entreabrieron ligeramente, como reflejando la sorpresa de que él no la mirase con la expresión acostumbrada. Esta expresión era de aprobación incondicional y de afabilidad atenta. Cuando platicaba con ella, lo hacía con autoridad en extremo solícita y deferente; comportamiento que a ella le agradaba infinito, porque respetaba su independencia, sin abdicar él de su dignidad. Aquella jovencita de corta estatura, con sus menudas manos y pies, y su carita encuadrada airosamente por espesa y abundante cabellera, con su boca un tanto grande, que al entreabrirse parecía aromatizar el ambiente con la fragancia de la franqueza y de la generosidad, tenía el alma fastidiosa de una mujer de experiencia. Ante todas cosas y por encima de todos los cumplidos lisonjeros atendía a que el objeto de su elección la satisficiera en términos de enorgullecerse de él. Carlos ahora no la miraba, y su expresión presentaba cierto dejo violento e impropio, como ocurre siempre que un hombre tiende la vista con fijeza distraída por encima de la cabeza de la mujer con quien habla. – Bien, sí. Aquello fue inicuo. Le trastornaron del todo al pobre anciano: le quitaron la vida. ¡Oh! ¿Por qué no me permitiría volver a su lado? Pero ahora yo sabré habérmelas con el asunto de la mina. Después de pronunciar estas palabras con insuperable aplomo, bajó los ojos para mirar a su interlocutora, y al punto se sintió presa del desaliento, la incertidumbre y el temor. Lo único que al presente le importaba, dijo, era aclarar la duda de si ella le amaba lo bastante y tendría el valor necesario para acompañarle a un país tan remoto. Formuló esta indagación con voz temblorosa de ansiedad… por lo mismo que era hombre de gran resolución. Sí, le amaba hasta ese punto. Iría con él, aunque fuera al otro lado del mundo. E inmediatamente de hacer estas declaraciones, la futura ama de la casa Gould de Sulaco, que había de dispensar en ella su amable hospitalidad a todos los europeos, sintió que la tierra huía debajo de sus pies, desvaneciéndose del todo junto con el tañer de la campana. Cuando se sintió de nuevo en el suelo, la campana seguía difundiendo sus vibraciones por el valle; llevóse las manos al cabello respirando aceleradamente y registró con la mirada la vereda pedregosa en toda su longitud. Estaba desierta indudablemente. Entretanto Carlos, echando un pie al fondo de una zanja sin agua y polvorienta, recogió la abierta sombrilla, que había caído dando saltos con un marcial tamborileo. Alargósela con seriedad, un poco amilanado. Emprendieron el regreso, y, después de deslizar ella su mano bajo del brazo de Carlos, las primeras palabras que éste pronunció fueron: – Es una fortuna que podamos establecernos en una ciudad de la costa. Ya conoces su nombre -prosiguió, mudando desde ahora el tratamiento-. En Sulaco. Me satisface lo indecible que mi pobre padre comprara la casa en ese punto. Es muy espaciosa y la adquirió hace años, a fin de que hubiera siempre una casa Gould en la ciudad más importante del territorio, llamado ordinariamente Provincia Occidental. He vivido en ella, de niño, con mi querida madre, durante un año entero, mientras mi padre estuvo ausente en los Estados Unidos por asuntos del negocio. Tú serás la nueva ama de la Casa Gould. Y después, en el ángulo habitado del Palazzo, que se levanta sobre los viñedos, las colinas de canteras de mármol, y los pinos y olivos de Luca, le dijo también: – El nombre de Gould ha sido siempre muy respetado en Sulaco. Mi tío Harry fue prefecto de ese Estado por algún tiempo en la época de la federación y dejó un gran nombre entre las principales familias. Al decir esto, me refiero a las familias netamente criollas, que no intervienen en la miserable farsa de los gobiernos. El tío Harry no era un aventurero. En Costaguana los Goulds no somos aventureros. Era hijo del país y le amaba, pero continuó siendo esencialmente inglés en el modo de pensar. Siguió la bandera política de su tiempo, que era la del sistema federal, pero no era político. Sencillamente se declaró a favor del orden social por puro amor a una libertad bien entendida y por odio a la opresión. No fue hombre de ideas exaltadas o absurdas. Se portó como lo hizo, porque lo creyó justo; de igual suerte que yo voy a tomar posesión de esa mina, porque me parece que debo hacerlo. Le habló en tales términos, movido por los recuerdos de la niñez pasada en su país natal, por la perspectiva de felicidad doméstica que vislumbraba en compañía de la joven y por la meditada y firme resolución de probar lo que podía hacerse con la Concesión de Santo Tomé. Añadió que necesitaba separarse de ella por algunos días para buscar a un americano de San Francisco, que se hallaba viajando por Europa. Le acompañaba su mujer, pero parecían dos seres extraños el uno al otro, y poco amigos del trato social, pues se pasaban el día entero tomando apuntes de portadas antiguas y esquinas de casas medievales, coronadas por torrecillas. Carlos Gould esperaba hallar en él un valioso apoyo y un socio seguro para la explotación de la mina. El americano se interesaba en esa clase de empresas, conocía algo de Costaguana y tenía alguna noticia de los Gould. Habían hablado del proyecto con cierta intimidad, que contribuía a facilitar la diferencia de edades. Carlos necesitaba ahora hallar a ese capitalista, hombre de entendimiento sagaz y genio comunicativo. La fortuna de su padre en Costaguana, que él suponía considerable aún, parecía haberse fundido en el encanallado crisol de las revoluciones. Fuera de unas diez mil libras, depositadas en Inglaterra, lo que restaba se reducía, al parecer, a la casa de Sulaco, a un vago derecho sobre una explotación forestal en un distrito remoto y salvaje y a la concesión de Santo Tomé que había acompañado a su infeliz padre hasta el borde mismo de la tumba. Carlos explicó a su compañera todas esas cosas. Era tarde cuando se separaron. La joven nunca le había ofrecido una visión tan fascinadora de sí propia. Todo el entusiasmo de la juventud por una vida extraña, por las grandes distancias, por un porvenir en que había algo de aventura, de combate…, un pensamiento sutil de restauración y conquista la había llenado de una excitación intensa que remuneró al autor de la misma con la demostración de un cariño mas franco y de una ternura más exquisita. La dejó partir por la colina abajo, y tan luego como se vio solo, se puso triste. El cambio inevitable que la muerte de un ser querido introduce en nuestros pensamientos cotidianos se manifiesta a veces en un vago y penoso malestar interior. Carlos sentía el alma traspasada por el sentimiento de que jamás podría, por más esfuerzos de voluntad que hiciera, pensar, de allí en adelante, en su padre, como lo había hecho cuando estaba vivo. Ya no le sería dable volver a contemplar su imagen animada. Esta consideración, afectando el fondo mismo de su personalidad, encendía en su pecho un deseo, triste e irritado a la vez, de poner en juego su actividad. En lo cual su instinto no le engañaba. La acción es consoladora: ahuyenta los pensamientos atormentadores y fomenta las ilusiones halagüeñas. Sólo en el ejercicio de nuestra actividad podemos hallar el secreto de dominar las adversidades del Hado. Para desplegar sus energías, la mina era evidentemente el único campo. A veces se le imponía la necesidad de saber de qué modo desobedecería los solemnes deseos del finado; y abrazó al fin la firme resolución de que a su desobediencia siguieran los resultados más satisfactorios que podían concebirse, para que esto sirviera de reparación. Ya que la mina había sido la causa de un absurdo desastre moral, precisaba que la explotación de la misma fuera un triunfo moral de verdadera importancia. Era un tributo que debía a la memoria del muerto. Tales eran -hablando con verdad- las emociones de Carlos Gould. Venía meditando la manera de interesar en el negocio a un multimillonario de San Francisco o de cualquier otro punto; e incidentalmente le ocurrió también la reflexión general de que los consejos del hombre, víctima de la preocupación de la mina, no debían servirle de guía saludable. Además es fácil prever los cambios que la muerte de un individuo determinado puede producir en el aspecto general de cualquier suceso. Algunos años después, la señora de Gould llegó a conocer por experiencia propia la historia de la mina. En sustancia era la historia de su vida de casada. El ascendiente de la elevada posición que los Goulds ocupaban en Sulaco se había comunicado a su menuda persona; pero ella no consintió que las peculiares circunstancias de esa posición ahogaran la vivacidad de su carácter, expresión de una inteligencia penetrante. Con todo eso, sería erróneo suponer que la señora de Gould tenía un temperamento varonil. Las mujeres de tal condición no son seres de superior eficiencia, sino meros fenómenos de diferenciación imperfecta -interesantes por su esterilidad y desprovistos de importancia. La inteligencia de doña Emilia, precisamente por ser femenina, la condujo a realizar la conquista de Sulaco, allanando todos los obstáculos con su abnegación y afabilidad. Sabía conversar deliciosamente, pero no era locuaz. La cordura que se funda en las intuiciones del sentimiento, y no halla interés en erigir o demoler teorías, ni en defender prejuicios, carece de verbosidad insubstancial. Las palabras que pronuncia tienen el valor de actos de integridad, tolerancia y compasión. La verdadera ternura de una mujer, como la verdadera virilidad de un hombre, se expresan por un comportamiento que se conquista generales simpatías. Las señoras de Sulaco la adoraban. "Todavía me miran como un ser extraordinario, como algo excepcional", había dicho la señora de Gould en tono de buen humor a uno de los tres señores de San Francisco, a quienes había agasajado en su nueva residencia de Sulaco, al año de su casamiento poco más o menos. Fueron los primeros huéspedes extranjeros llegados para ver la mina de Santo Tomé. Estos señores hallaron en la señora de la casa un trato afable y jovial, y en Carlos Gould un hombre conocedor del negocio que traía entre manos, y dotado además de gran energía y actividad. Todo ello les predispuso a favor de su mujer. Un entusiasmo genuino, matizado por un leve dejo de ironía, hizo que su conversación sobre la mina les pareciera a sus visitantes absolutamente fascinadora, moviéndolos a corresponder con graves e indulgentes sonrisas, en las que había no poca deferencia. Quizá si hubieran descubierto que se hallaba inspirada por consideraciones idealistas en lo relativo al éxito, se hubieran asombrado de tan singular estado de ánimo, de igual modo que las señoras de Sulaco se maravillaban de su incansable actividad física. Les hubiera parecido "algo monstruoso", para decirlo con las propias palabras de la aludida. Pero los esposos Gould no dejaban traslucir fácilmente los secretos móviles que les impulsaban a tomar con tanto ahínco la antigua y ahora abandonada explotación; y sus huéspedes partieron sin sospechar que hubiera en ello propósito alguno fuera de las ganancias probables en beneficiar una mina de plata. La señora de Gould tuvo preparado su propio carruaje, tirado por dos mulas canas, para conducirlos al puerto, desde donde el vapor La esposa de Carlos Gould estaba encantada con el patio de su casa española. Un anchuroso tramo de escalones de piedra aparecía custodiado en silencio, desde un nicho abierto en el muro, por una Madona, vestida de azul, con el Niño, coronado, en brazos. En las primeras horas de la mañana ascendían, desde el enlosado piso del cuadrángulo inferior, voces apagadas, confundiéndose con el patuleo de caballos y mulos, que eran conducidos en parejas a beber a la cisterna. Sobre el cuadrado pilón de agua una enmarañada vegetación de finos tallos de bambú inclinaba sus estrechas hojas gladiformes entre las que se sentaba el gordo cochero sobre el borde de la pila sosteniendo perezosamente en la mano los cabos de los ronzales. Criadas descalzas iban y venían, saliendo de las achatadas puertas de la planta baja: dos lavanderas, mozas, con canastas de ropa blanca lavada; la panadera, que llevaba en una azafata el pan hecho para el día; Leonarda, la camarera de la señora, con una porción de enaguas planchadas, de blancura deslumbradora a los reflejos del sol mañanero, que ondulaban al ser sostenidas en alto por la mano de la portadora, alzada sobre su cabeza, de cabello negro como el ala del cuervo. Luego el viejo portero renqueaba de un lado a otro barriendo el enlosado; y la casa quedaba lista para el resto del día. En el piso alto las espaciosas habitaciones que ocupaban tres lados del cuadrángulo comunicaban entre sí y con el Había seguido con la vista la partida de su carruaje llevándose los tres visitantes del norte, y sonreído al ver alzarse simultáneamente los tres brazos hacia los sombreros. El capitán Mitchell, que los acompañaba, inició la conversación con ellos en el pomposo tono que solía. Entonces la señora retrocedió moviéndose con gran morosidad. Andaba despacio acercando la cara aquí y allá a los racimos de flores, como para dar tiempo al desarrollo de sus reflexiones, mientras recorría con lento paso la prolongada extensión del corredor. Una franjeada hamaca india, procedente de Aroa, con caireles de plumas de colores, había sido colgada de intento en un ángulo que recibía los rayos del sol saliente, porque las mañanas son frías en Sulaco. Las corolas apiñadas de la Carlos Gould, con el pie apoyado en un taburete de madera, estaba ya poniéndose las espuelas. Necesitaba volver precipitadamente a la mina. Su señora, sin entrar, echó una mirada escudriñadora por la estancia. Un estante de amplias dimensiones, con vidrieras, aparecía lleno de libros; mientras en otro armario sin anaqueles, forrado de bayeta roja, se veían, colocadas con orden, varias armas de fuego: carabinas Wíschester, revólveres, un par de escopetas y dos pares de pistolas de dos cañones, de las de arzón. Entre ellas pendía solitario un viejo sable de caballería, propiedad en otro tiempo de don Enrique Gould, el héroe de la Provincia Occidental, y regalado por don José Avellanos, el amigo hereditario de la familia. En lo demás las paredes enlucidas se mostraban del todo desnudas, sin otro adorno que un boceto a la acuarela de la montaña de Santo Tomé, obra de la misma Y cerrando a medias los párpados, añadió con intención: – ¿Qué piensas tú de esto, Carlitos? El interrogado no contestó al punto; y sorprendida ella, le miró con ojos muy abiertos, que tenían el encanto de las flores pálidas. Carlos había acabado de calzarse las espuelas, y, retorciéndose los bigotes con ambas manos horizontalmente, la contempló desde la altura de su elevada talla mostrando examinar con atención la figura de su mujercita. A ésta le gustaba ser contemplada de ese modo. – Son personas de cuenta -dijo. – Ya lo sé. Pero ¿te has enterado de lo que hablaron? No parecen haber entendido nada de lo que han visto aquí. – Han visto la mina, y han entendido lo que puede prometer -replicó Carlos Gould en defensa de los visitantes extranjeros; y entonces su esposa citó el nombre del principal de los tres, figura de primer orden en la banca y en la industria, que gozaba de inmensa popularidad. El papel que representaba en el mundo de los negocios era de tal importancia que, sin duda, no se habría alejado tanto del centro de su actividad si los médicos no hubieran insistido, con veladas amenazas, en que necesitaba tomar una larga temporada de descanso. – El sentimiento religioso de míster Holroyd ha encontrado motivo de ofensa y disgusto en los abigarrados colores que ostentan las vestiduras de los santos en la catedral; y como no entiende que su veneración se dirige a lo que representan y no a las meras imágenes materiales, la ha llamado adoración de la madera y del oropel. Pero me parece que él mira a su Dios como una especie de socio influyente, que tiene su parte en los beneficios con las subvenciones concedidas para fundar iglesias. Eso sí que es una especie de idolatría. Me dijo que todos los años dotaba templos. – Los dota sin término -confirmo el señor Gould, admirando en secreto la movilidad de la fisonomía de su esposa-. Y en todo el territorio de los Estados Unidos. Es famoso por esa clase de munificencia. – ¡Oh!, pero no se ufana de ello -declaró la señora con escrúpulo-. Creo que en realidad es una buena persona, pero ¡tan estúpido! Cualquier pobre – Se halla al frente de inmensos intereses en negocios de plata y hierro -comentó Carlos Gould. – ¡Ah!, sí. La religión de la plata y el hierro. En el trato es atentísimo. Cuando vio por primera vez la Madona de la escalera, se puso horriblemente serio; pero no me dijo nada… Oye, Carlos querido, me ha sorprendido el asunto que trataban en su conversación. ¿Es posible que realmente tengan el proyecto de llegar a ser los proveedores de agua y madera de construcción en todos los países y naciones de la tierra? – Todo hombre debe proponerse algún ideal en la vida -respondió Carlos de un modo vago. Emilia se quedó mirándole de pies a cabeza. Con sus calzones de montar, polainas de cuero (prenda de indumentaria caballera no conocida anteriormente en Costaguana), chaqueta Norfolk de franela gris y los grandes bigotes rojos hacía pensar en un oficial de caballería, convertido en noble hacendado. Esta combinación halagaba el gusto de la señora de Gould. "¡Qué delgado está el pobre chico! -pensó-. Trabaja con exceso". Pero no cabía negar que su fino y rubio semblante de perfil distinguido y el conjunto entero de su figura enjuta y estirada tenía un sello de nobleza señoril. Ella mudó de tono, mostrándose más afectuosa. – Únicamente deseaba saber cuáles son tus sentimientos ahora -murmuró afablemente. Durante los últimos días, en atención a las circunstancias, Carlos Gould había estado ocupadísimo pensando dos veces las cosas antes de hablar; así que no había prestado gran atención al estado de sus sentimientos. Pero ahora no tenía que guardar recelo alguno, porque se las había con su mujercita, y no halló por tanto dificultad en responder. – Mis mejores sentimientos los tengo depositados en ti, querida -manifestó al punto-; y esta frase vaga encerraba tanta verdad, que al pronunciarla sintió sobreexcitársele la gratitud y cariño que le inspiraba la compañera de su vida. Ella no pareció encontrar la menor vaguedad en la respuesta precedente. Esperó con delicadeza a que le expusiera con toda claridad lo que sentía después de la entrevista con los americanos; y entonces él prosiguió en tono serio: – Hay hechos positivos. El valor de la mina, en cuanto tal, está fuera de duda. Nos hará inmensamente ricos. La explotación es cuestión de competencia técnica, que yo poseo, como tantos otros ingenieros en el resto del mundo. Pero su seguridad, su existencia continuada, como empresa remuneradora para los extraños -relativamente extraños- que ponen en ella su dinero, queda confiada enteramente a mi persona. He logrado inspirar confianza a un hombre acaudalado y de posición. A ti te parece muy natural, ¿no es así? Bien, yo no sé. Ignoro por qué le he merecido esa confianza, pero es un hecho. Y este hecho allana todas las dificultades, y es de tal importancia, que, a no concurrir él, jamás hubiera pensado en hacer caso omiso de los deseos de mi padre. Nunca hubiera transferido la concesión -especulando con su valor- a una compañía, mediante dinero contante y acciones, con el fin de enriquecerme eventualmente en lo posible, o en todo caso, meterme desde luego algún dinero en el bolsillo. No. Aunque me hubiera sido factible -que lo dudo-, no lo hubiera hecho. Mi pobre padre padeció una grave ofuscación. Temió ver ligada mi suerte futura a un negocio ruinoso, y que yo me decidiera a esperar inactivo una ocasión favorable para desentenderme de él, gastando mi vida lastimosamente. Ese es el verdadero sentido de su prohibición, de la que he prescindido después de meditarlo con todo detenimiento. Los dos esposos paseaban yendo y viniendo por el corredor. La cabeza de ella le llegaba a él precisamente al hombro. El brazo caído de Carlos alcanzaba apenas a la cintura de su consorte. Las espuelas dejaban oír un suave retiñido. – Hacía diez años que no me veía. No me conoció. Me envió a Inglaterra, separándome de su lado, atento sólo a mi bien, y no me permitió regresar. En sus cartas me hablaba siempre de salir de Costaguana, de abandonarlo todo y escapar en cualquier forma. Pero era una presa demasiado valiosa. A la primera sospecha le hubieran metido en la cárcel. Sus pies calzados de espuelas hacían oír de tiempo en tiempo un sonido metálico. Paseaban despacio, inclinándose él sobre su esposa. Y el enorme loro volvía la cabeza, ya a un lado, ya a otro, siguiendo el pausado movimiento de las dos figuras con su ojo redondo, fijamente abierto. Carlos continuó: – Era un hombre retraído y de genio algo raro. Desde que tuve diez años solía hablarme como si yo fuera una persona mayor. Cuando hacía mis estudios en Europa, me escribía cada mes. Diez, doce páginas todos los meses por espacio de un decenio. Y, a fin de cuentas, no llegó a conocerme… Hazte cargo…: diez años de ausencia, y precisamente el período en que me hacía hombre. No pudo conocerme. ¿Crees que pudo? La señora de Gould hizo signos negativos con la cabeza, según lo que su marido esperaba de la contundente razón que había alegado. Pero si Emilia había movido la cabeza asintiendo, era únicamente porque creía que nadie podía conocer a su Carlos, excepto ella misma -se entiende conocerle en realidad tal como era. Evidentemente. Había que sentirlo. No se explicaba con palabras. Y en cuanto al padre de su esposo, muerto antes de tener noticia de su casamiento, era para ella una figura demasiado borrosa, a la que no podía atribuir el conocimiento a que Carlos se refería, ni otro alguno. El último prosiguió: – No. Mi padre se había formado un concepto erróneo de la mina. A mi juicio, no se puede pensar en venderla. ¡Eso nunca! A pesar de la mísera herencia que me ha dejado, yo no hubiera tocado la mina por el mero deseo de sacar algún dinero. La señora de Gould apoyó la cabeza en el hombro de su marido en señal de aprobación. Después, los dos jóvenes esposos comentaron el deplorable fin de la vida del anciano señor Gould, en el tiempo mismo en que ellos entraban con la suya en los esplendores de un amor rico de esperanzas, de ese amor que aun a los caracteres más sensatos se les presenta como el triunfo del bien sobre todos los males de la tierra. El plan que habían concebido contenía una vaga idea de rehabilitación; y la circunstancia de ser tan vaga, que no permitía apoyarla en ningún género de razonamientos, contribuía a robustecerla. Se les había ocurrido en el momento en que el instinto de abnegación propio de la mujer y el instinto de actividad peculiar del hombre reciben su impulso más fuerte de la más poderosa de las ilusiones. La misma prohibición del finado imponía la necesidad de triunfar a todo trance. Era como si se hubieran obligado solemnemente a sacar verdadero su animoso concepto de la vida contra el error antinatural de entregarse al desaliento y a la desesperación. Si buscaban la riqueza, era en cuanto que se relacionaba con la obtención del triunfo moral, a que aspiraban. La señora de Gould, huérfana desde muy niña y pobre, educada en un ambiente de intereses intelectuales, no había pensado nunca en los esplendores de las grandes fortunas. Las miraba como cosas lejanas, y no deseables, según lo que había aprendido. Por otra parte, no había padecido las privaciones de la pobreza extrema. La situación poco holgada de su tía la marquesa no tenía, sin embargo, nada de intolerable, aun para una persona de gustos refinados; parecía estar en consonancia con un gran duelo; tenía la austeridad de un sacrificio ofrecido en aras de un noble ideal. De esta suerte el carácter de la señora de Gould estaba limpio de todo resabio de ambiciones materiales, por más legítimas que fueran. El finado, en quien pensaba con cariño (por ser el padre de Carlos) y con cierto enojo (porque se había mostrado tan pusilánime), debía ser considerado como víctima de una completa equivocación. Era indispensable hacerlo así, para que la prosperidad del joven matrimonio se mantuviera incólume y limpia de toda mancha, tanto en su aspecto real como en el inmaterial. Carlos Gould, por su parte, se había visto obligado a hacer figurar en su proyecto como aspiración principal la de enriquecerse; pero en realidad el deseo de riqueza manifestado era un medio, no un fin. Si la mina no era un buen negocio, no había que tocarla. De intento insistió en ese aspecto de la empresa, y le sirvió de palanca para mover a los capitalistas. Pero Carlos Gould creía en el valor de la mina; sabía de ella cuanto podía saberse; su fe en el éxito era contagiosa, a pesar de no estar secundada por una gran elocuencia; y en la realización de sus planes le ayudaba la circunstancia de que los hombres de negocios son a veces tan vehementes y soñadores como los enamorados. Se dejan sugestionar por el vigor de una personalidad, más a menudo de lo que vulgarmente se cree; y la seguridad y firmeza de Carlos Gould inspiraba una convicción absoluta. Además, los capitalistas a quienes había acudido sabían como cosa corriente que la explotación de minas en Costaguana era un negocio capaz de remunerar con beneficios considerables los desembolsos que se hicieran. Los hombres de negocios estaban muy al tanto de aquello. La verdadera dificultad en decidirse a acometer la empresa provenía de otra parte; pero contra ese obstáculo se alzaban, con grandes probabilidades de victoria, la calma y la resolución inquebrantable de Carlos Gould, que las reflejaba aun en el tono de la voz. Los grandes negociantes se aventuran a veces en empresas que el juicio común del mundo calificaría de absurdas; toman sus resoluciones fundándose, al parecer, en motivos emocionales y caprichosos. – Muy bien -había dicho el eminente financiero a quien Carlos Gould, de paso por San Francisco, había expuesto con lucidez su opinión sobre la mina de Santo Tomé-. Supongamos que se emprende la explotación de esa mina de Sulaco. En el negocio tendríamos: en primer lugar, a la razón social Holroyd, de absoluta confianza; después al señor Carlos Gould, ciudadano de Costaguana, que también es persona de completa satisfacción; y, por último, al gobierno de la República. Hasta aquí las cosas se presentan como cuando se inició la explotación de los yacimientos de nitrato de Atacama, donde intervinieron: una casa financiera, un tal señor Edwards y… un gobierno, o, por mejor decir, dos -dos gobiernos sudamericanos. Y ya sabe usted lo que resultó. Sobrevino la guerra con tal motivo; una guerra devastadora y prolongada, señor Gould. Aquí, en cambio, tenemos la ventaja de que no media más que un solo gobierno sudamericano, espiando la ocasión de entrar al saqueo, además de tomarse su parte como socio. Es una ventaja; pero hay grados de maldad, y ese gobierno es el gobierno de Costaguana. Así habló el importante personaje, el millonario que costeaba la erección de iglesias con una munificencia acomodada a la grandeza de su país natal -el mismo a quien los médicos prescribían una temporada de descanso con velados y terribles anuncios de ser inminente, en caso contrario, un accidente fatal. Era un hombre robusto y de expresión resuelta, cuya tranquila corpulencia comunicaba a una holgada levita con solapas de seda una dignidad opulenta. Su cabello era de color gris acerado; sus cejas se conservaban aún negras; y el enérgico perfil de su semblante recordaba el del busto de César en una moneda romana. Por sus venas corría sangre alemana, escocesa e inglesa con alguna mezcla remota de danesa y francesa; y, como consecuencia quizá de tan compleja prosapia, unía al temperamento de un puritano una ambición insaciable de conquistas. Se dignó entrar en una franca y completa discusión del negocio con su visitante, a causa de la encarecida y calurosa recomendación que había llevado de Europa y también por la influencia irresistible que sobre él ejercían la seriedad y la resolución dondequiera que tropezara con ellas, y fuera el que fuere el fin a que se enderezaran. – El gobierno de Costaguana hará sentir su poder en todo lo que vale -no lo olvide usted, señor Gould. Ahora bien, ¿qué es Costaguana? El abismo sin fondo adonde han ido a sepultarse préstamos del diez por ciento y otras insensatas inversiones de dinero. Los capitalistas europeos lo han venido arrojando en él a dos manos. Pero no los de mi país. Nosotros sabemos quedarnos en casa cuando llueve. Podemos permanecer sentados y acechar la ocasión. Por supuesto, algún día llevaremos allí nuestra actividad financiera. Estamos obligados a hacerlo. Pero no hay prisa. Cuando le llegue su hora al mayor país del universo, tomaremos la dirección de todo; industria, comercio, legislación, prensa, arte, política y religión desde el cabo de Homos hasta el estrecho de Smith… y más allá, si hay algo que valga la pena en el polo norte. Y entonces tendremos tiempo de extender nuestro predominio a todas las islas remotas y a todos los continentes del globo. Manejaremos los negocios del mundo entero, quiéralo éste o no. El mundo no puede evitarlo… y nosotros tampoco, a lo que imagino. Con lo dicho quiso expresar su fe en el destino en términos acomodados a su mentalidad, del todo inexperta en la exposición de ideas abstractas y generales. Su inteligencia se había nutrido de hechos; y Carlos Gould, cuya imaginación se hallaba dominada de un modo estable por el único gran hecho de la mina de plata, no tuvo objeción ninguna que oponer a esa teoría sobre la suerte futura del mundo. Si por un momento le había parecido desagradable, era porque la afirmación de tan vastas eventualidades empequeñecía, reduciéndolo casi a la nada, el asunto que traía entre manos. Sus planes, su persona y toda la riqueza minera de la Provincia Occidental aparecían de pronto despojadas de todo vestigio de magnitud. La impresión era molesta; pero Carlos Gould no tenía pelo de tonto. Ya había echado de ver que en el ánimo de Mr. Holroyd estaba causando favorable efecto; y la conciencia que tenía de este hecho tan halagüeño contrajo sus labios con una vaga sonrisa. Su corpulento interlocutor la interpretó por un signo de asentimiento discreto y de admiración. Sonrió él a su vez con sosiego; y al punto Carlos Gould, con la agilidad mental que suele desplegarse en defensa de una esperanza acariciada, reflexionó que la misma insignificancia aparente de su designio contribuiría a facilitarle la consecución de su fin. Se tomarían en consideración su persona y proyecto, porque al fin y al cabo no eran cosa de gran trascendencia para un nombre que aspiraba a realizar un destino tan prodigioso. Y Carlos Gould no se sintió humillado por ese pensamiento, porque a sus ojos la mina seguía conservando el valor de siempre. Ninguna concepción del destino, por vasta que fuera, era bastante poderosa a mermar su vehemente deseo de redimir la mina de Santo Tomé. En comparación con la juiciosa viabilidad de su empresa, definida en el espacio y perfectamente realizable en un tiempo limitado, el norteamericano se le representó por un momento como un soñador idealista sin importancia. El gran hombre, robusto y afable, le contempló unos momentos con aire pensativo; y, cuando rompió el silencio, fue para comentar que las concesiones abundaban en Costaguana como la mala hierba. Cualquier pelafustán que lo deseara, podía obtener una concesión al primer intento. – A nuestros cónsules les tapan la boca con ellas -continuó con un guiño de genial desdén en los ojos; pero; recobrando al punto su seriedad, añadió-: Un hombre concienzudo y recto, que desprecie los chanchullos, y se mantenga alejado de intrigas, conspiraciones y levantamientos, no tarda en recibir los pasaportes. ¿Ha reparado usted en ello, señor Gould? Inclinóse hacia adelante para clavar la mirada en los ojos impasibles del interrogado, el cual, recordando la gran caja llena de cartas de su padre, puso en el tono de su respuesta todo el desprecio y encono acumulados durante largos años: – En lo que se refiere al conocimiento de esos hombres y de sus procedimientos y política, puedo asegurar que lo poseo. He venido adquiriéndolo desde que era un muchacho. No es probable que incurra en errores por exceso de optimismo. – ¿Conque no es probable, eh? Perfectamente. Tacto y medir las palabras es lo que va usted a necesitar. Puede usted fanfarronear un tanto sobre los millones de la casa financiera que le guarda las espaldas. Pero no demasiado. Le secundaremos a usted mientras las cosas sigan un curso regular. Pero no queremos enredarnos en grandes conflictos. Ese es el ensayo que estoy dispuesto a hacer. Hay algún riesgo y le correremos; pero, si usted no puede sostenerse hasta el fin, soportaremos las pérdidas, por supuesto, y… nos retiraremos. Esa mina puede esperar; anteriormente ha estado abandonada, como usted sabe. Debe usted comprender que en ningún caso consentiremos en cambiar moneda buena por otra mala. Así habló a la sazón el gran personaje, en su despacho particular de una ciudad populosa, donde otros hombres (de mucha influencia a los ojos del vulgo) aguardaban con avidez un mero gesto amistoso de su mano. Y algo más de un año después, durante su inesperada aparición en Sulaco, había expresado con énfasis su resolución de apoyar la empresa con la franqueza y sinceridad propias de un hombre tan serio e influyente. Y lo hizo en términos más expresivos, tal vez porque se había efectuado una visita de inspección a la mina, y sobre todo porque el modo con que se habían dado los pasos sucesivos a fin de preparar la explotación le habían infundido la convicción de que Carlos Gould poseía las cualidades necesarias para sacar adelante su proyecto. "Este individuo -se dijo interiormente- puede llegar a ser una potencia en el país." Este juicio le halagaba, porque hasta entonces los únicos informes que había podido dar a sus íntimos acerca de Carlos fueron: – Mi cuñado se encontró con él en una de esas viejas ciudades alemanas de poco fuste, situada cerca de unas minas, y me lo envió con una carta. Es uno de los Goulds de Costaguana, inglés de pura sangre, pero nacido en el país, como sus otros antecesores. Su tío se metió en política, fue el último gobernador del estado de Sulaco y murió fusilado después de una batalla. El padre del recomendado figuró entre los primeros comerciantes de Santa Marta, procuró aislarse de la política y murió arruinado después de una porción de revoluciones. Y ahí tienen ustedes el asunto de Costaguana en dos palabras. Por supuesto, el ascendiente de que gozaba era tal, que ni los amigos de mayor confianza se propasaban a preguntarle por los motivos de sus determinaciones. Los demás quedaban en libertad para entregarse a respetuosas conjeturas sobre los secretos designios que le animaban en sus empresas. Ocupaba un puesto tan elevado en la consideración pública, que la protección dispensada con ilimitada prodigalidad a las "formas de Cristianismos más puras" (hecho comentado burlonamente por la señora de Gould en lo relativo a construir templos de paredes desnudas y sin imágenes) era, no obstante, considerada por sus conciudadanos como la expresión de un espíritu piadoso y humilde. Pero en los círculos financieros a que pertenecía, se comentaba con discreta jovialidad, aunque sin traspasar las lindes del respeto, el asunto de la mina de Santo Tomé. Era un capricho del gran hombre. En el colosal edificio Holroyd (enorme mole de hierro, cristales y bloques de cemento armado, en la esquina de dos calles, coronado en lo alto por una red de hilos telegráficos que irradiaban en todas direcciones) los jefes de los principales departamentos cambiaban entre sí miradas maliciosas; lo que significaba que no se les permitía intervenir en el secreto del negocio de Santo Tomé. El correo de Costaguana -nunca grande; un paquete algo pesado- se llevaba cerrado al despacho particular del gran hombre, sin que de allí salieran jamás instrucciones ni órdenes relacionadas con tal correspondencia. Entre los escribientes se cuchicheaba que el principal la contestaba personalmente -no ya dictando, sino escribiendo la respuesta de su puño y letra- y se suponía que todas esas cartas eran pasadas a su copiador particular, inaccesible a los ojos profanos. Algunos jóvenes lenguaraces, piezas insignificantes de la pequeña maquinaria en aquella fábrica de grandes negocios, que contaba quince pisos, manifestaron sin rebozo su opinión de que el gran jefe había hecho al fin alguna tontería y se avergonzaba de su locura; otros empleados, de mayor edad y también poco importantes, dominados por el sentimiento de veneración romántica al negocio que había devorado sus mejores años, solían murmurar, con misterio, mostrando estar enterados, que aquello era una señal portentosa, y que la firma Holroyd tenía intención de posesionarse en breve de la República de Costaguana toda entera, con almas, vidas y haciendas. De hecho, los que acertaban eran los que suponían ser todo ello un capricho del eminente financiero. Había sentido el antojo de interesarse personalmente por el asendereado asunto de la mina de Santo Tomé con la historia de depredaciones y matanzas; y tanto interés llegó a cobrarle que le dedicó preferentemente la primera temporada de vacaciones que había disfrutado en un período larguísimo de años. Aquí no se trataba de realizar una gran empresa; no era cuestión de negociar con una compañía de ferrocarriles o una corporación industrial. Míster Holroyd quería probar lo que daba de sí la firmeza de carácter de un hombre. Le agradaría ver coronada por el éxito esta su intervención en un terreno nuevo, por vía de descanso reconfortante; pero junto con ese sentimiento alimentaba el propósito de abandonar totalmente el negocio al primer síntoma de fracaso. Al fin, todo se reducía a dejar en la estacada a un hombre. Por desgracia la prensa había propalado a los cuatro vientos su viaje a Costaguana. Aunque estaba satisfecho de la manera con que Carlos Gould llevaba el asunto, se confirmó en la idea de conceder su apoyo financiero. En la última entrevista, media hora o cosa así antes de cruzar el patio, sombrero en mano, detrás del tronco plateado que arrastraba el carruaje de la señora de Gould, había dicho en la habitación de Carlos: – Siga usted adelante con entera libertad de acción, y yo me encargo de ayudarle, mientras sepa sostenerse. Pero esté usted seguro de que, si surgen graves contingencias, sabremos retiramos a tiempo. A lo cual Carlos se había limitado a contestar: – Puede usted empezar a expedir la maquinaria tan luego como guste. Y al gran hombre le había caído en gracia la calma imperturbable de su consocio. El secreto de esa impasibilidad estaba en que a Carlos le satisfacían aquellas condiciones. De ese modo la mina conservaba el carácter mismo con que él la había concebido siendo muchacho, esto es, un negocio rodeado de fatídicas amenazas: y además continuaba dependiendo sólo de él mismo. Era una empresa seria, y también él la tomaba con ahínco. – Por supuesto -le dijo a su mujer, aludiendo a la última conversación con el huésped que acababa de partir, mientras paseaban despacio yendo y viniendo por el corredor, seguidos de la mirada hostil del loro-, por supuesto, un hombre de su condición puede tomar o dejar, cuando le place, cualquier asunto. No tolerará verse derrotado. Puede ocurrir que lo deje, o que se muera mañana; pero los grandes intereses de plata y hierro le sobrevivirán y algún día se apoderarán de Costaguana junto con el resto del mundo. Habíanse parado junto a la jaula. El loro, cogiendo el sonido de una palabra perteneciente a su vocabulario, se sintió impulsado a intervenir. Los loros son a veces muy humanos. "¡Viva Costaguana!", gritó con intensa obstinación, y al instante siguiente, erizando las plumas, tomó un aire de somnolencia esponjosa tras los dorados y brillantes alambres. – ¿Y crees tú en el fundamento de esos proyectos de dominar las riquezas del mundo? -interrogó la señora Gould. – A mi me parece el más odioso materialismo, y… – Hija mía, eso no me importa -interrumpió su marido en tono de blanda reconversión-. Yo me limito a utilizar su apoyo pecuniario. En cuanto a los demás, ¿qué se me da a mí de que ese modo de hablar sea la voz del destino o un simple trozo de elocuencia hueca y estruendosa? Por cierto que de esa clase de elocuencia se produce bastante en ambas Américas. El clima de Nuevo Mundo parece favorable al arte de la declamación. ¿Recuerdas cómo el querido Avellanos perora durante horas seguidas en sus visitas? – ¡Oh, pero es distinto! -protestó la señora Gould, casi enfadada. El ejemplo no venía al caso. Don José era una excelente persona que hablaba divinamente y ponderaba con entusiasmo el gran valor de la mina de Santo Tomé. – ¿Cómo puedes compararlos, querido? -increpó recriminándole-. El ha sufrido… y tiene aún esperanzas. A la señora le sorprendía que realmente fueran personas muy entendidas en negocios -cosa que no discutía- los extranjeros recién salidos de su casa, porque en muchos asuntos clarísimos se habían mostrado extrañamente estúpidos. Carlos Gould, con una calma circunspecta y vigilante, que le granjeaba al punto la viva simpatía de su mujer, aseguró a ésta que no había pretendido establecer ninguna comparación. El mismo era también americano, y quizá pudiera desplegar ambas clases de elocuencia… "si fuera cosa que mereciera intentarse", añadió con firmeza. Había respirado el aire de Inglaterra por más tiempo que ninguno de los suyos en el transcurso de tres generaciones; y esta circunstancia le hacía ver las cosas con un criterio que en ocasiones tal vez necesitara ser disculpado. Su pobre padre fue hombre de palabra fácil y abundante, con sus ribetes de elocuencia. Y a propósito de esto preguntó a su mujer si se acordaba de cierto pasaje contenido en una de las últimas cartas del finado, en el que éste expresaba su convicción de que "Dios parecía mirar airado a estos países, porque a no ser así, habría dejado brillar un rayo de esperanza por algún resquicio abierto en la terrible noche de intrigas, muertes y crímenes que se cernía sobre la Reina de los Continentes". La señora de Gould no lo había olvidado. – Sí, me lo leíste, Carlitos -murmuró-. Y por cierto que me impresionó mucho. ¡Que pena tan desgarradora debió de atormentar a tu padre! – No se resignaba a ser robado. Eso le exasperaba -explicó Carlos Gould-. Pero el pasaje mencionado no dejaba de contener un gran fondo de verdad. Lo que aquí se necesita es legalidad, buena fe, orden, seguridad. Todo el mundo puede discursear sobre ese tema; pero yo prefiero poner mi confianza en promover el desenvolvimiento de los intereses materiales. Con sólo que lleguen a adquirir estabilidad en los comienzos, ellos mismos impondrán las únicas condiciones en que pueden continuar existiendo, esto es, el orden, la paz, la justicia. En este sentido es como está justificado el que yo pretenda hacer dinero frente a la ilegalidad y el desorden. Y digo que está justificado, porque la seguridad exigida para la índole misma de la explotación se extenderá necesariamente a un pueblo oprimido. Un estado social en que impere una justicia más perfecta vendrá después. Ese es nuestro rayo de esperanza. (El brazo de Carlos tocó un momento a la menuda figura que tenía a su lado.) Esperemos, pues, que la mina de Santo Tomé sea el resquicio abierto en las tinieblas, que mi pobre padre desesperó de ver jamás. Ella le contempló con admiración. Carlitos entendía a fondo el asunto y concretaba en una elevada y vasta aspiración la vaguedad de sus ambiciones generosas. – Carlos querido -le contestó-, tu desobediencia tiene una finalidad espléndida. De pronto se separó de ella en el – Una cosa hay perfectamente clara para nosotros, y es el hecho de que no es posible retroceder. ¿Adonde iríamos a comenzar una nueva vida? Por tanto aquí estamos con todo lo que somos y valemos. Luego se inclinó con cariño, no exento de compasión, sobre el rostro levantado de su esposa. Carlos poseía las cualidades necesarias para salir triunfante en su empresa, porque no se forjaba ilusiones y tomaba la realidad tal cual era. La concesión Gould tenía que luchar a vida o muerte, utilizando por el momento las armas que pudiera hallar en el pantano de una corrupción que, por ser tan general, llegaba casi a parecer cosa normal y corriente. Estaba resuelto a doblegarse a las circunstancias, para procurarse los medios de combatir. Por su mente cruzó la idea de que la mina de plata que había matado a su padre acaso le hubiese fascinado a él arrastrándole a ir mis allá de lo que pensaba, y con la vivaz lógica de las emociones dedujo que todo el valor de su vida se hallaba comprometido en sacar triunfantes sus designios. No era posible retroceder. |
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