"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)Capítulo VII El cariño inteligente de la señora Gould la llevaba sin esfuerzos a compartir los sentimientos de su esposo. Los proyectos de éste comunicaban a la vida interés y emociones, y ella era demasiado mujer para no gustar de ambas cosas. Pero a la vez la acobardaban un poco; y cuando don José Avellanos, meciéndose en su silla americana, se propasaba a decir: "Aunque fracasara usted, mi querido Carlos; aunque alguna contingencia adversa diera al traste con todos sus esfuerzos -¡lo que Dios no permita!-, habría usted merecido bien de su patria", la señora Gould alzaba los ojos de la mesa de té y los fijaba profundamente en el impasible semblante de su marido, que seguía agitando la cucharilla en la taza, como si nada hubiera oído. Y no es que don José creyera en la inminencia de un desastre; al contrario, no se cansaba de elogiar la cordura, tino y valor de Carlos. Su carácter inglés, firme como una roca, constituía su mejor salvaguardia, afirmaba don José; y, volviéndose a la señora de Gould, añadía: "Así como la de usted, querida Emilia" (la trataba con la familiaridad autorizada por sus años y antigua amistad); "usted es una patriota tan neta, como si hubiera nacido entre nosotros". Esto último podía ser mas o menos cierto. La señora de Gould, al acompañar a su esposo por toda la provincia en busca de trabajadores, había conocido el país observándolo con mirada más atenta y penetrante que cualquiera costaguanera castiza. Vestida de amazona, con traje deslucido por la brega del viaje, la cara blanca de polvos de tocador como busto de escayola, protegida además por una mascarilla de seda, durante las horas de sol abrasador, cabalgaba en un bonito y ligero Mozos de labor rasgaban la tierra con arados de madera, tirados por yuntas de bueyes, empequeñecidos por la vasta extensión en que se movían, como luchando con la inmensidad misma. A lo lejos galopaban figuras de Junto al camino, una frondosa plantación de algodoneros sombreaban un rancho techado con cañas y bálago; las cansinas hileras de indios cargados se quitaban los sombreros y miraban con ojos tristes y mudos a la cabalgata que levantaba el polvo del Pero si tan lamentable era la condición del pueblo bajo, de los indios reducidos al último grado de miseria, también en las familias de los hacendados había quejas y agravios que oír. Conoció su género de vida y su hospitalidad, otorgada con una especie de dignidad somnolienta en aquellas casonas de largos muros sin ventanas, y pesados portales abiertos frente a tendidos pastizales, barridos por el viento. Con caballerosa cortesanía se le cedía la cabecera de la mesa, donde amos y criados se sentaban a estilo patriarcal. Las señoritas de la casa solían platicar blandamente, a la luz de la luna, bajo de los naranjos de los patios, causando a la sorprendida viajera honda impresión con la dulzura de sus voces y un algo misterioso que había en la quietud de sus vidas. Por la mañana, los dueños de las fincas, caballeros en buenos bridones, con sombreros de ala ancha y trajes de montar bordados, con mucha plata en los arreos de los caballos, salían, escoltando a los huéspedes que partían, hasta los mojones de sus haciendas, donde les daban con gravedad el adiós de despedida. En todas estas familias pudo escuchar historias de atropellos políticos: amigos y parientes, arruinados, encarcelados, muertos en las batallas de insensatas guerras civiles, bárbaramente ejecutados tras feroces proscripciones, como si el gobierno hubiera consistido en una lucha de concupiscencias entre bandos de diablos absurdos, desatados sobre el país con sables, uniformes y frases grandilocuentes. Y de todos los labios oyó el cansancio de tal situación unido al deseo de paz; el temor del funcionarismo con su parodia de administración, enteramente ajena a toda ley, a toda seguridad y a toda justicia, que atormentaba a la población de los campos como una pesadilla. La viajera soportó muy bien dos meses enteros de vagabundo viajar; poseía la resistencia a la fatiga, que de cuando en cuando se notan con sorpresa en mujeres de aspecto endeble, indicio de estar animadas por un espíritu de notable tenacidad. Realmente se estaba haciendo una costaguanera. Habiendo tenido ocasión de conocer en el mediodía de Europa a la gente campesina, se hallaba en condiciones de apreciar el gran valor del pueblo. Vio al ser humano en el estado de bestia de carga, silenciosa y de mirada triste. Le vio en el camino, transportando cargas; solitario en la llanura, bregando bajo de su sombrerón de paja, con los blancos vestidos aleteando al soplo del viento alrededor de su cuerpo; de su paso por las aldeas conservó en su memoria algún grupo de indias junto a una fuente, o el rostro de alguna joven indígena de perfil melancólico y sensual, en ademán de levantar una vasija de barro cocido, llena de agua fresca, a la puerta de una oscura choza con soportal de madera, atiborrada de enormes cántaros negruzcos. Tal cual carreta de bueyes, atascada en el polvo hasta el eje, mostraba en sus toscas ruedas de madera, macizas y sin radios, que en su construcción no había intervenido más instrumento que el hacha. En otro lugar contempló una cuadrilla de portadores de carbón, durmiendo tendidos en fila en la faja de sombra proyectada por sus cargas desde la parte superior de una baja pared de barro. Los amazacotados puentes de piedra y las iglesias recordaban los tiempos en que la población indígena subyugada por los conquistadores había prestado el tributo de su trabajo sin remuneración ninguna. El poder del rey y la influencia dominadora de la Iglesia habían desaparecido; pero al tropezar con algún enorme montón de ruinas descollando en la cima de un cerro sobre las humildes construcciones de barro de una aldea, don Pepe solía interrumpir el relato de sus campañas para exclamar: – ¡Pobre Costaguana! Antes fue toda para los Carlos hablaba con los La Excelencia de provincia tomó un aire de superioridad molestada, inclinando su asiento hacia atrás junto a una ventana abierta, al estilo del país. Ocurrió que precisamente entonces la banda militar interpretaba trozos selectos de ópera en la plaza, y por dos veces el hombre de autoridad alzó la mano imponiendo silencio para escuchar un pasaje favorito. – ¡Exquisito! ¡Delicioso! -murmuró, mientras Carlos Gould aguardaba al lado de pie con paciencia inescrutable-. ¡Lucía, Lucía di Lammermoor! Soy apasionado por la música. Me trasporta ¡Ah! ¡El divino Mozart! [4] Sí, divino… ¿Qué estaba usted diciendo? Por supuesto, ya le habían llegado rumores de los designios del recién llegado. Además, tenía en su poder un aviso oficial de Santa Marta. Aquel comportamiento se enderezaba a disimular su interés y causar impresión al visitante. Pero después de haber guardado bajo de llave algo valioso en el cajón de un gran escritorio, situado en un lugar de la habitación, un poco distante, volvió muy afable a ocupar su asiento con finura. – Si proyecta usted fundar aldeas y reunir población cerca de la mina, necesita usted para esto un decreto del ministerio del Interior -indicó en el tono de quien está al corriente de los trámites administrativos. – He presentado ya una instancia -dijo Carlos Gould con tranquilidad- y ahora cuento confiadamente con el informe favorable de Su Excelencia. La autoridad de tal tratamiento era un hombre de variable humor; y su alma sencilla se sintió dominada por una gran melosidad después de recibir el dinero. De pronto exhaló un profundo suspiro. – ¡Ah, Don Carlos! Lo que necesitamos en la provincia son hombres ilustres y emprendedores como usted. La letargía… ¡la letargía de esos aristócratas! ¡La falta de espíritu público! ¡La ausencia de toda empresa! Yo, dado mis profundos estudios en Europa, ya comprenderá usted… Con una mano metida en su inflada pechera se levantó, y de pie, por espacio de diez minutos sin tomar aliento, continuó asediando con intencionados asaltos el silencio cortés de Carlos Gould; y, cuando al interrumpirse de pronto, volvió a caer sobre su silla, presentaba el aspecto de haber sido rechazado de una fortaleza. Para salvar su dignidad, se apresuró a despedir al hombre silencioso con una inclinación solemne de cabeza y las siguientes palabras, pronunciadas con cierta condescendencia aburrida y descontenta: – Puede usted contar con mi benevolencia, en tanto que lo merezca su comportamiento de buen ciudadano. Y tomando un papel, empezó a abanicarse con él dándose tono de gran señor, mientras Carlos Gould hacia una inclinación y se retiraba. Entonces dejó el improvisado abanico, y se quedó mirando fijamente a la puerta un gran rato. Al fin se encogió de hombros como para confirmarse en su desdén. "Frío, soso… Sin intelectualidad… Pelo rojo… Un verdadero inglés." Le despreció. Su semblante se puso torvo. ¿Qué significaba aquel comportamiento tan retraído e impasible? Fue el primero de los gobernadores enviados sucesivamente desde la capital para regir la Provincia de Sulaco, a quien los modales de Carlos Gould en una entrevista oficial hubieron de desagradar, por su ofensiva independencia. El último tenía por cierto que, si el escuchar con paciencia vaciedades entraba en el precio que tenía que pagar para que no se le molestase, la obligación de proferirlas él mismo personalmente no entraba en el contrato. A eso no llegaría nunca. Estos autócratas de provincia, en cuya presencia la población pacífica de todas las clases estaba acostumbrada a temblar, experimentaban ante la reserva estirada del ingeniero inglés una inquietud, que oscila entre la adulación y la truculencia. Poco a poco fueron descubriendo todos que, sin distinción de partidos turnantes en el poder, el ingeniero continuaba en excelentes relaciones con las primeras autoridades de Santa Marta. Esto era un hecho, y explicaba perfectamente que los Gould se vieran muy mermados en la riqueza que el ingeniero jefe del nuevo ferrocarril podía atribuirles con fundado motivo. El sostenimiento de tales relaciones era una carcoma para la fortuna de Gould. Siguiendo el consejo de don losé Avellanos, persona de buen criterio (aunque influido por el terrible recuerdo de las vejaciones sufridas en tiempos de Guzmán Bento), Carlos se había mantenido alejado de la capital; pero en las hablillas corrientes de la colonia extranjera se le conocía (habiendo un gran fondo de seriedad debajo de la ironía) con el sobriquete del "Rey de Sulaco". Un abogado del colegio de Costaguana, sujeto de reconocida pericia y buen carácter, miembro de la distinguida familia Moraga, que poseía extensas propiedades en el Valle de Sulaco, pasaba, con cierta sombra de misterio y respeto, entre la gente de fuera del país, por el agente de la mina de Santo Tomé -"político, ¿sabe usted?" Era alto, usaba barba negra, y se distinguía por su discreción. Sabíase que tenía fácil acceso a los ministerios, y que los numerosos generales de Costaguana se disputaban el honor de comer en su casa. Los presidentes le concedían audiencia con facilidad. Sostenía activa correspondencia con su tío, don José Avellanos; pero sus cartas (salvo las que se referían a meras relaciones afectuosas de parentesco) rara vez se confiaban a la oficina de correos de Costaguana. En ella se abrían los sobres con la impudencia descarada e infantil, característica de algunos gobiernos hispanoamericanos. Pero haremos constar aquí que por la época en que se recomenzaron los trabajos en la mina de Santo Tomé, el mulatero utilizado por Carlos Gould para sus primeros viajes al Campo añadió su pequeña recua de bestias de carga a la exigua corriente de tráfico que se hacía por los pasos de la montaña entre la altiplanicie de Santa Marta y el Valle de Sulaco. Por tan escabrosa y arriesgada ruta no hay de ordinario quien viaje, a no ser en circunstancias muy excepcionales; y, fuera de eso, el estado del comercio interior no requiere aumento de facilidades de transporte; pero el hombre pareció hallar modo de procurarse encargos. Siempre que emprendía el viaje por la mencionada ruta se agenciaba paquetes. Muy moreno y curado, con calzones de piel de cabra con el pelo hacia afuera, cabalgaba sentado cerca de la cola de su mulo, vuelto contra el sol el enorme sombrero, en el rostro alargado una expresión de bienaventurada holganza, y mosconeando, día tras día, una canción amorosa en tono triste, que interrumpía para lanzar, sin mudar de expresión, un grito a la tropilla de bestias que iba delante. Colgado a la espalda cerca de los hombros llevaba un guitarrillo en el que se había preparado ingeniosamente un hueco a propósito para recibir un rollo de papel bien apretado, y que se tapaba después con una cuña de madera sujetándola a la armazón mediante un clavo. Mientras este mulatero estaba en Sulaco, no hacía otra cosa que fumar y pasar dormitando el día entero (como si para él no hubiera cuidados en el mundo), tendido sobre un banco de piedra junto a la entrada de la casa Gould, frente a las ventanas de la de Avellanos. Muchos años atrás, su madre había sido la encargada de lavar la ropa de la familia de don José, ejecutando con la mayor perfección el planchado de toda clase de prendas finas. El mulatero había nacido en una de sus haciendas. Llamábase Bonifacio, y don José, siempre que cruzaba la calle, a eso de las cinco, para visitar a doña Emilia, correspondía al humilde saludo de su antiguo criado con algún movimiento de la mano o de la cabeza. Los porteros de ambas casas conversaban con él en sus largas horas de ocio, tratándole con la mayor intimidad. Las noches las dedicaba al juego y a visitar, animado de generoso buen humor, a las chicas del |
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