"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Cap ítulo V

Tal era el único modo con que vindicaban el ejercicio del poder las autoridades locales entre el numeroso gremio de robustos extranjeros, que cavaban la tierra, hendían las rocas y guiaban las máquinas en beneficio de la gran "empresa patriótica y progresiva". Con estas mismas palabras, dieciocho meses antes, el Excelentísimo Señor don Vicente Rivera, Dictador de Costaguana, había designado la obra del Ferrocarril Central Nacional en su gran discurso, pronunciado al inaugurar los trabajos.

De intento había venido para ello a Sulaco; y con tal motivo hubo entonces una gran comida, un convite, ofrecido por la Compañía Oceánica de Vapores, a bordo del Juno, después de la función celebrada en la playa. El capitán Mitchell en persona se había puesto al timón de la gabarra, toda empavesada con paños y banderolas, que a remolque de la lancha de vapor del Juno trasladó al Jefe del Estado desde el muelle al barco. Habíase invitado a todas las personas de viso, residentes en Sulaco -uno o dos comerciantes extranjeros; los representantes de las antiguas familias españolas, a la sazón en la ciudad; los grandes propietarios de estancias en la llanura, caballeros de neta prosapia, llanos, graves, corteses, sencillos, de manos y pies pequeños, conservadores, hospitalarios y bondadosos. La Provincia Occidental constituía su baluarte; al presente había triunfado el partido blanco, y su Presidente-Dictador era un blanco de los blancos, que ocupaba su sitio sonriendo cortésmente entre los representantes de dos potencias extranjeras amigas. Habían venido con él desde Santa Marta para patrocinar con su presencia la empresa, en que se hallaba comprometido el capital de sus naciones.

La única figura femenina de la reunión era la señora Gould, esposa de don Carlos, el administrador de la mina de plata de Santo Tomás. Las señoras de Sulaco no habían progresado bastante para intervenir en la vida pública en tanto grado. No tuvieron reparo en acudir al gran baile dado en la Intendencia la noche anterior; pero ahora sólo se veía a la señora de Gould, cuyo traje claro y ligero resaltaba en el grupo de negros fracs, detrás del Presidente-Dictador sobre la tribuna tapizada de carmesí, erigida al pie de un frondoso árbol, en la playa del puerto, donde se había celebrado la ceremonia de dar la primera azadonada. Había llegado en el lanchón, lleno de notabilidades, sentada entre el flotar de alegres banderolas en el sitio de honor al lado del capitán Mitchell, que empuñaba el timón; y su elegante atavío daba la única nota verdaderamente festiva en el sombrío grupo del largo y suntuoso salón del Juno.

El presidente del consejo del ferrocarril (procedente de Londres), de rostro afable y pálido, orlado por plateada aureola de cabello blanco y barba recortada, se volvía hacia la señora de Gould, atento, sonriente y fatigado.

El viaje desde la capital de Inglaterra a Santa Marta en vapores correos y en coches especiales del ferrocarril costero de Santa Marta (único construido hasta entonces) había sido tolerable -hasta ameno-, perfectamente tolerable. Pero la travesía de las montañas para llegar a Sulaco, viajando con una antigua diligencia por caminos intransitables, que bordeaban espantosos precipicios…, era mejor no recordarla.

– Dos veces hemos volcado en un día, en la ceja misma de simas profundísimas -refería a la señora de Gould en voz baja-. Y cuando por fin nos vimos aquí, ignoro que hubiera sido de nosotros, a no haber encontrado la hospitalidad de ustedes. ¡Qué lugar más inaccesible es este Sulaco! ¡Puerto y todo como es!… ¡Asombroso!

– ¡Ah! Pero nosotros estamos muy orgullosos de nuestra ciudad. Tiene importancia histórica. Aquí estuvo establecido antiguamente, durante dos virreinatos, el supremo tribunal eclesiástico -le hizo saber la señora expresándose con animación.

– Me sorprende la noticia. No lo hubiera imaginado. Pero mi intención no ha sido rebajar… Usted parece muy patriota.

– La ciudad es deliciosa, aunque sólo sea por su situación. Tal vez no sepa usted que llevo muchos años residiendo aquí.

– ¿Cómo muchos años? No lo comprendo -murmuró mirándola con una ligera sonrisa.

La señora Gould aparecía rejuvenecida por la inteligente movilidad de sus facciones.

El hombre de negocios londinense, positivista de tomo y lomo, que consideraba como fruslerías despreciables todo lo que no significara progreso material, prosiguió:

– Nosotros no podemos devolverles a ustedes su tribunal eclesiástico; pero en cambio les daremos más vapores, un ferrocarril, un cable telegráfico…, un porvenir en el gran mundo, todo ello de valor infinitamente superior a las pasadas magnificencias. Se pondrán ustedes en contacto con algo más grande que dos virreinatos. Pero yo no tenía idea, repito, de que una ciudad de la costa pudiera permanecer tan aislada de las demás partes del globo. Nada: como si hubiera estado escondida un millar de kilómetros tierra adentro, sin linaje alguno de comunicación… ¡Es notabilísimo! Y ¿ha ocurrido aquí algo importante en los últimos cien años?

Mientras el gran personaje financiero hablaba en tono bajo y humorístico, la señora le escuchaba sonriente. Abundando en el mismo sentir irónico, le aseguró que no indudablemente…, nada había ocurrido nunca en Sulaco. Ni siquiera las revoluciones -y ella había conocido dos- habían perturbado en lo más mínimo el sosiego de la ciudad. Habían tenido por teatro las regiones más pobladas del mediodía de la República y el gran valle de Santa Marta, que era como el gran campo de batalla de los partidos. Ese valle ofrecía un lugar apropiado para disputarse el dominio de la capital y permitía además buscar salida al otro océano.

Allí estaban más adelantados. A Sulaco sólo llegaban los ecos de esas grandes contiendas, y, por supuesto, los nuevos funcionarios oficiales, que cambiaban cada vez, salvando las mismas montañas, atravesadas por él en una vieja diligencia con tanto riesgo de perecer o quedar estropeado.

El presidente de la empresa del ferrocarril había gozado de la hospitalidad de la señora Gould varios días, y realmente se sentía agradecido. Hasta después de partir de Santa Marta no echó de menos el ambiente de la vida europea, del que se vio de repente aislado al penetrar en sus exóticos alrededores. En la capital se había hospedado en la legación, viviendo absorbido por las activas negociaciones realizadas con los miembros del gobierno de don Vicente, personas cultas, nada ajenas a las condiciones de los negocios en los países civilizados.

Lo que más le interesaba por entonces era la adquisición de terrenos para la vía. En el valle de Santa Marta, donde existía ya otra línea, la gente se mostraba bien dispuesta; y el asunto era sólo cuestión de precios. Habíase nombrado una comisión que fijara el valor de las tierras; y la juiciosa influencia de los tasadores resolvió la dificultad.

Pero en Sulaco -precisamente la Provincia Occidental, cuyo desenvolvimiento se intentaba con el proyectado ferrocarril- hubieron de surgir obstáculos. Por espacio de siglos había yacido aislada tras de sus naturales barreras, rechazando la invasión de los adelantos modernos con los despeñaderos de su sierra, su somero puerto emplazado frente a las eternas calmas de un golfo lleno de nubes y el retrógrado espíritu de los dueños de su fértil territorio -todas las familias aristocráticas de antigua ascendencia española, los don Ambrosio de Tal y don Fernando de Cual, que parecían mirar con disgusto y recelo el paso del ferrocarril por sus posesiones.

De esta animadversión era buena prueba el hecho de haber sido prevenidas con amenazas de violencia algunas de las cuadrillas que trabajaban en el trazado y explanación de la vía, diseminadas por toda la provincia.

En otros casos se habían manifestado pretensiones irritantes en cuanto al precio de los terrenos. Pero el hombre de los ferrocarriles se preciaba de sentirse con ánimos para hacer frente a todas las contingencias. Puesto que se veía combatido en Sulaco por un sentimiento hostil de rutinarismo ciego, él se procuraría el apoyo de otro sentimiento, el del amor al progreso y prosperidad del país, antes de hacerse fuerte tan sólo en su derecho. El gobierno se había comprometido a ejecutar la parte que le correspondía en el contrato hecho con la junta superior de la compañía del nuevo ferrocarril, aunque para ello tuviera que apelar al empleo de la fuerza.

Sin embargo, el presidente de esa junta deseaba el desenvolvimiento tranquilo de sus planes, evitando en lo posible las violencias de la intervención armada. La empresa era demasiado vasta y trascendental y encerraba promesas demasiado halagüeñas, para que la compañía se resolviera a no dejar piedra sin mover.

Por lo mismo discurrió hacer intervenir al mismo Presidente-Dictador en persona en una gira de festivales y discursos, que culminaron en una gran función al celebrarse la ceremonia de dar la vuelta al primer trozo de césped junto a la plaza del puerto. Al fin y al cabo Don Vicente era criatura suya. Este personaje representaba el triunfo de los mejores elementos de la República. Tales eran los hechos; y a menos que los hechos no significaran nada (se argüía a sí mismo Sir John), la influencia de un hombre así debía ser positiva, y su intervención personal no podía menos de producir el efecto conciliador que él necesitaba. Había conseguido arreglar el viaje con la ayuda de un abogado muy listo, bien conocido en Santa Marta como agente de la mina de plata Gould, la empresa y negocio más importantes de Sulaco y aun de toda la nación. Realmente era una mina de incalculable riqueza.

El tal agente, hombre de cultura y habilidad notorias, parecía, aun sin desempeñar ningún cargo oficial, poseer una influencia extraordinaria en las más elevadas esferas gubernamentales. Ello es que pudo asegurar a Sir John la asistencia del Presidente-Dictador a la inauguración solemne de las obras. Añadió que, a pesar suyo, también se había empeñado en venir a la ceremonia el general Montero.

Este jefe militar era al principio de la última guerra un oscuro capitán de ejército, empleado en la frontera salvaje del oriente del Estado, y se había decidido a favor del partido de Rivera en circunstancias que dieron a su adhesión una importancia fortuita. Las vicisitudes de la lucha le favorecieron de un modo admirable; y la victoria de Río Seco (tras un día de pelea desesperada) consagró definitivamente su elevación. Al fin salió nombrado general ministro de la Guerra y jefe militar del partido blanco, aunque en su linaje no había nada de aristocrático. Al contrario, decíase que él y un hermano suyo, huérfanos de una familia del pueblo, habían sido criados y educados merced a la munificencia de un famoso viajero europeo, en cuyo servicio el padre de aquéllos había perdido la vida. Otra versión le daba por padre a un carbonero, que quemaba madera en el bosque, y por madre a una india bautizada, procedente de una región remota del interior.

Sea de ello lo que fuere, la prensa de Costaguana tenía la costumbre de designar la marcha de Montero por los bosques, desde su comandancia hasta unirse con las fuerzas del partido blanco, con el hiperbólico calificativo de "la hazaña militar mas heroica de los tiempos modernos". Por la misma época su hermano había regresado de Europa, adonde había ido, al parecer, como secretario de un consulado. Pero habiendo logrado reunir una pequeña banda de forajidos y dado pruebas de poseer cierto talento de guerrillero, se le premió al efectuarse la pacificación con el cargo de comandante militar de la capital.

El ministro de la Guerra acompañó, según queda indicado, al Dictador. El consejo de la Compañía O.S.N., trabajando de acuerdo con el personal del ferrocarril por el bien de la República, había mandado en esta ocasión solemne al capitán Mitchell poner a disposición de los elevados funcionarios y su acompañamiento el vapor correo Juno.

Don Vicente, viajando hacia el sur desde Santa Marta, había embarcado en Cayta, puerto principal de Costaguana, y llegado a Sulaco por mar. Pero el presidente de la compañía del ferrocarril hubo de resolverse a cruzar las montañas en una destartalada diligencia, con el principal propósito de hablar a su ingeniero jefe, ocupado en el trazado definitivo de la vía.

A pesar de la insensibilidad que los hombres de negocios suelen demostrar ante las magnificencias de la Naturaleza, sobre todo si tienen puesto el pensamiento en vencer su hostilidad con recursos financieros, no pudo sustraerse a la impresión causada por el paisaje que le rodeaba, durante el alto hecho en el campo de mediciones, establecido en el punto más alto de la futura línea. Pasó allí la noche, habiendo llegado con algunos instantes de retraso para contemplar los últimos esplendores tornasolados del sol poniente sobre el nevado flanco del Higuerota. Masas de pilares de negro basalto encuadraban, como un pórtico abierto, una parte de la blanca extensión, tendida en declive hacia el oeste. En el aire transparente de aquellas grandes alturas todo parecía muy cercano, flotando en una serena quietud, como en un líquido imponderable. El jefe del personal, encargado de las mediciones, a la puerta de una choza de toscas piedras, atento el oído a percibir el primer rumor de la esperada diligencia, había observado con mucha admiración los matices cambiantes de la enorme ladera de la montaña, antojándosele que en este espectáculo, como en inspirada pieza musical, podían combinarse la suprema delicadeza expresiva de sombras y matices con una estupenda magnificencia de efecto.

Sir John llegó demasiado tarde para saborear la grandiosa y callada sinfonía, ejecutada por el sol poniente entre los altos picos de la Sierra. Se había extinguido en la muda pausa de una profunda oscuridad, antes que aquél se apeara por la parte delantera de la diligencia, con los miembros entumecidos, y cambiara un apretón de manos con el ingeniero.

Sirviéronle la cena en una choza de piedra, que tenía la forma de un peñasco cúbico, sin puerta ni ventanas en sus dos aberturas; una brillante hoguera de palos secos (llevados a lomo de mulo desde el valle inferior inmediato) ardía fuera, despidiendo un resplandor ondulante; y dos velas en candeleros de hojalata -encendidas, según se le explicó a Sir John, en su honor- se erguían sobre una especie de tosca mesa de campo, a la que el presidente del ferrocarril se sentaba a la derecha del ingeniero jefe.

El gran financiero sabía allanarse a tratar a sus subordinados con sencilla cordialidad; y los jóvenes del cuerpo de ayudantes, para quienes los trabajos del trazado de la vía tenían el encanto de los primeros pasos dados en la senda de su carrera, permanecían sentados también, escuchando en postura modesta, con los lampiños rostros curtidos por la intemperie, muy complacidos de hallar tanta afabilidad en un hombre tan eminente.

Después, a hora avanzada de la noche, yendo y viniendo en el llano donde se alza la choza, tuvo una larga conversación con el ingeniero. Le conocía bien de muy atrás. No era la primera empresa en que sus talentos, tan substancialmente distintos como el fuego y el agua, habían colaborado en inteligente armonía. Del contacto de estas dos especialidades, que no tenían la misma visión del mundo, surgía un poder altamente beneficioso para el mundo -una fuerza sutil, capaz de poner en movimiento máquinas gigantes y músculos humanos, despertando además sentimientos de entusiasta adhesión a la empresa.

Algunos de los jóvenes, que en ella inauguraban su vida profesional, morirían antes de verla concluida. Pero la obra tenía que ser ejecutada: la fuerza motora poseía casi el impulso irresistible de la fe. No del todo, sin embargo. En el silencio del dormitorio vivaque, establecido sobre la meseta que formaba la cima del paso, semejante a un vasto circo, rodeado de escarpados muros de basalto, dos figuras que paseaban con lentitud a la luz de la luna, envueltas en gruesos abrigos rusos, se detuvieron un momento; y la voz del ingeniero pronunció distintamente la siguiente declaración:

– Nosotros no podemos trasladar las montañas.

Sir John, que había alzado la cabeza para seguir el gesto indicador, comprendió en toda su plenitud la fuerza de la frase. El nevado Higuerota resaltaba sobre la masa sombría de rocas y tierra, como una colosal burbuja helada, bruñida por la luz de la luna.

Todo yacía en silencio; y de pronto sonó un repetido choque de cascos. Era una de las acémilas, que había coceado dos veces contra las paredes del corral, destinado a las bestias de carga, toscamente construido con piedras sueltas en forma de círculo.

El ingeniero jefe había dicho las palabras anteriores respondiendo a una velada indicación del presidente sobre la probable posibilidad de alterar el trazado de la línea, defiriendo a los perjuicios de los grandes terratenientes de Sulaco. El primero creía que la obstinación de los hombres era el menor obstáculo. Además, para combatirla, contaban con la gran influencia de Carlos Gould, mientras que la perforación del Higuerota por un túnel era una empresa colosal.

– ¡Ah!, sí, Gould. ¿Qué clase de persona es?

Sir Jonh había oído hablar mucho de él en Santa Marta y deseaba ampliar sus noticias. El ingeniero jefe le aseguró que el administrador de la mina de plata de Santo Tomé gozaba de un ascendiente inmenso entre todos los Dones españoles. Poseía una de las mejores casas de Sulaco, y su hospitalidad superaba a todo encomio.

– A mí me recibieron como si me hubiesen conocido por largos años -añadió. La amita de la casa es la misma bondad personificada. Viví con ellos un mes; y Carlos Gould me ayudó a organizar las cuadrillas de ayudantes que habían de ejecutar las mediciones y demás trabajos del trazado. La circunstancia de ser prácticamente el amo de la mina de plata de Santo Tomé le granjea una consideración especialísima. Es evidente que todas las autoridades de la provincia le atienden; y, como he dicho, con el dedo meñique puede hacer bailar a todos los hidalgos de la comarca. Si usted sigue su consejo, las dificultades desaparecerán; él necesita el ferrocarril. Por supuesto, debe usted reparar bien en lo que dice, al hablar con él, porque es inglés e inmensamente rico además. La casa Holroyd entra a la parte con Gould en esa mina; de modo que ¡figúrese usted lo que con tan poderosa ayuda financiera…!

Interrumpióse, y en aquel momento, frente a una de las pequeñas hogueras que ardían junto a la baja pared del corral surgió la figura de un hombre, cubierto por un poncho hasta el cuello. La silla que le había servido de almohada formó una mancha negra en el suelo, que resaltaba al rojo resplandor de las ascuas.

– Pienso ver al mismo Holroyd al regresar por los Estados Unidos -manifestó Sir John-. He averiguado que también él necesita el ferrocarril.

El hombre, que, molestado tal vez en la proximidad de las voces, se había levantado, hizo arder un fósforo para encender un cigarrillo. La llama iluminó su rostro moreno con bigotes negros y un par de ojos, que miraban de frente; luego, volviendo a arreglar sus ropas, se tendió a la larga y apoyó su cabeza sobre la silla de montar.

– Es el mayoral de la impedimenta, a quien mandaremos volver a Sulaco, ahora que vamos a emprender nuestros trabajos en el valle de Santa Marta – dijo el Ingeniero-. Un sujeto utilísimo, que puso a mi disposición el capitán Mitchell, de la Compañía O.S.N. Ha sido un rasgo generosísimo de Mitchell. Carlos Gould me dijo que lo mejor que podía hacer era aprovechar el ofrecimiento. Parece poseer el secreto de gobernar a todos esos acemileros y peones. No hemos tenido el menor tropiezo con ellos. Escoltará la diligencia que le conduzca a usted hasta Sulaco, secundado por algunos obreros nuestros de la vía. El camino es malo; y la vigilancia de ese hombre puede evitarle a usted algunos vuelcos. Me ha prometido que cuidará de la persona de usted en todo el trayecto, como si se tratara de su propio padre.

El mayoral mencionado no era otro que el marinero italiano, a quien todos los europeos de Sulaco, sobre todo ingleses, siguiendo la defectuosa pronunciación del capitán Mitchell, tenían la costumbre de llamar Nostromo. Y, en efecto, taciturno y alerta, veló excelentemente por la vida del viajero en las partes peligrosas del camino, según el mismo presidente manifestó después agradecido a la señora de Gould.