"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)Cap ítulo IV Durante la mañana entera Nostromo había vigilado sin cesar desde lejos la Casa Viola, aun en lo más recio y ardoroso de la refriega. "Si veo alguna humareda por aquella parte -había pensado para sí-, están perdidos." Apenas la chusma se dispersó, el intrépido capataz, seguido de unos cuantos obreros italianos, arremetió en aquella dirección, que era el camino más breve para la ciudad. La tropa de populacho, que huía ante ellos, pareció intentar hacerse fuerte al abrigo de la casa; pero una descarga, hecha por los hombres de Nostromo desde el resguardo de un seto de áloes, puso en fuga a la chusma. En un escampado, abierto para tender la línea secundaria del puerto, apareció el capataz, montado en su yegua, de piel gris plateado. Increpó con amenazadoras voces a los que huían, disparó contra ellos su revólver y galopó sin detenerse hasta la ventana del Su voz había llegado a la familia, sonando apresurada y anhelosa. – ¡Hola, – Ya estás viendo… -murmuró el apostrofado al oído de su mujer. La – Me parece oír que la – Pero tú has hecho todo lo posible por matarme de miedo -replicó en voz alta la aludida. Quiso decir algo más pero le faltó la voz. Linda miró un instante el rostro de su madre, y Giorgio voceó en son de excusa: – Está un poco trastornada. Desde fuera Nostromo replicó, riendo de nuevo: – Pues a mi no logra trastornarme. La – Es lo que yo digo. No tienes corazón… ni conciencia tampoco, Gian Battista. Oyéronle dar vueltas con la yegua, alejándose del postigo. La cuadrilla que capitaneaba se había puesto a charlar acaloradamente en italiano y español, excitándose unos a otros a la persecución. El se puso a su cabeza, gritando: Entretanto Giorgio había estado desatando la puerta, después de retirar con gran calma los obstáculos que formaban la barricada; cuando la abrió, una oleada de luz envolvió a la El viejo Viola, en la puerta, levantó el brazo, como refiriendo sus rápidos y fugaces pensamientos a la imagen de su antiguo jefe, colgada del muro. Aun en los momentos en que preparaba la comida para los Cuando a veces se quemaba una sartén durante la delicada operación de freír picadura de cebolla, y el viejo salía por el portal huyendo de los acres hedores del humo, jurando y tosiendo con violencia, sacaba a relucir el nombre de Cavour -el archi-intrigante vendido a los reyes y a los tiranos-, envuelto en las imprecaciones que lanzaba contra las criadas del servicio general de la cocina, y contra el bárbaro país en que se veía forzado a vivir por amor a la libertad, estrangulada por aquel traidor. Entonces la – ¡Giorgio! ¡Qué geniazo de hombre! ¡ Mientras así clamoreaba, las gallinas huían ante ella en todas direcciones a grandes zancadas. Si por acaso había en el hotel algunos ingenieros ingleses, de residencia en Sulaco, aparecían una o dos caras jóvenes en la sala de billar, que ocupaba un extremo de la casa; pero en el otro extremo, en el El rumoroso chirrido de la grasa cesaba, el humo subía en parda nube bañada de sol, y un fuerte olor a cebolla quemada se difundía por el ambiente cálido y somnoliento de los alrededores de la casa. Ante la Después de una pausa impresionante, la – Ea, Giorgio, deja en paz a Cavour y cuida un poco más de tu salud, sobre todo ahora que estamos perdidos en este país, solos con dos niñas; y todo porque tú no puedes sufrir el gobierno de un rey. Y mientras miraba a su esposo, se llevaba alguna vez apresuradamente la mano al costado con una leve contracción de sus finos labios y frunciendo las negras cejas de recto trazado, como si un dolor agudo o un impulso de ira perturbaran la hermosa regularidad de sus facciones. Era dolor lo que sentía, y ella dominó sus manifestaciones. La había acometido por primera vez a los pocos años de haber dejado Italia para emigrar a América y establecerse en Sulaco, después de peregrinar de ciudad en ciudad, probando fortuna con tenduchos, y hasta en cierta ocasión con una pesquería establecida en Maldonado, porque Giorgio, como el gran Garibaldi, había sido marino en su mocedad. A veces le faltaba paciencia para soportar el dolor. Por espacio de años sus punzadas la habían robado el sosiego para contemplar el paisaje formado por la masa de agua del puerto, protegida por los fragosos estribos de la sierra, y hasta la habían hecho pesada y tétrica la luz del sol. ¡Cuan distinto era éste del de su juventud, cuando Giorgio, ya en edad madura, la había cortejado con apasionada gravedad en las márgenes del golfo de Spezzia! – Entra ahora mismo, Giorgio -le ordenó-. Es para pensar que no te apiadas de mí, teniendo como tengo que atender a tres – Giorgio obedeció. Los En la fachada de la casa se abrían tres puertas; y todas las tardes podía verse al garibaldino en una u otra, con su profusa melena de cabello blanco, los brazos cruzados, una pierna doblada por delante de la otra, apoyando la leonina cabeza contra el dintel y los ojos fijos en las frondosas vertientes de las colinas, coronadas por la nevada cima cupuliforme del Higuerota. El frontis del hotel proyectaba un negro y prolongado cuadrángulo de sombra, que se ensanchaba gradualmente en el removido camino de carreteras. Por entre los claros, abiertos en los setos de adelfa, el ramal secundario del ferrocarril del puerto, tendido provisionalmente a ras del suelo en la llanura, desplegaba en amplia curva sus brillantes cintas paralelas sobre una faja de hierba seca y agostada, en un espacio de sesenta metros al extremo de la casa. Al caer la tarde los camiones de los trenes contorneaban, vacíos de material, el sombrío y frondoso arbolado de Sulaco, y seguían con una ligera ondulación, lanzando blancos penachos de humo sobre la llanura hacia la casa Viola, en su camino a los cercados del ferrocarril. Los conductores italianos le saludaban desde sus puestos levantando la mano, mientras los negros que hacían de guardafrenos permanecían sentados, fija la mirada en la vía, y las anchas alas de sus sombreros aleteando al impulso del viento. Giorgio correspondía a la amistosa demostración de sus paisanos con un leve movimiento de cabeza, sin descruzar los brazos. No era esa la postura que tenía en el día memorable de la revuelta; su mano empuñaba entonces el cañón de la escopeta, apoyada en el umbral, y ni siquiera una vez dirigió la mirada al blanco domo del Higuerota, cuya fría pureza parecía aislada de la cálida tierra circundante. Los ojos del garibaldino registraban con curiosidad la llanura. Aquí y allá flotaban polvaredas que se disipaban lentamente. En un cielo límpido el sol campaneaba radiante y deslumbrador. Grupos de hombres corrían desenfrenadamente, mientras otros se estacionaban en diversos puntos; y el irregular repiqueteo de los disparos llegaba con intermitencias a sus oídos en el quieto y abrasado ambiente. Veíanse figuras aisladas que se perseguían con furia. Dos jinetes galopaban a veces uno hacía otro, giraban juntos al reunirse y se separaban a todo el correr de sus caballos. Giorgio vio caer a uno: caballo y caballero desaparecieron de repente, como si se hubieran precipitado en un abismo; y los movimientos de la animada escena semejaban los incidentes de un drama violento representado en la llanura por enanos, a caballo y a pie, que lanzaban de sus diminutas gargantas chillidos, al abrigo de la enorme mole montañosa, encarnación colosal del silencio. Nunca había visto tanta agitación y movimiento en aquel trozo de llano; al principio le fue imposible hacerse cargo de todos los pormenores, y prosiguió mirando, puesta la mano en la base de la frente a guisa de pantalla, hasta que de pronto le sobresaltó el atronador estruendo de cascos que hacían temblar el suelo. Una tropa de caballos había escapado por una brecha abierta en la cerca de los terrenos de pasto pertenecientes a la Compañía del Ferrocarril. Venían desbocados como una tromba, y se lanzaron sobre la línea, entre resoplidos, coces y relinchos, con los cuellos tendidos, las fosas nasales rojas, las colas ondeando, en abigarrada masa movediza de lomos bayos, grises y pardos. No bien penetraron en el camino polvoriento, sus cascos levantaron una nube espesa y negruzca, a pocos metros de Giorgio, que ahora sólo pudo distinguir vagas formas de cuellos y grupas moviéndose como un torrente con fragor de terremoto. El viejo tosió, apartó la cara del polvo, y murmuro cabeceando: – Antes de anochecer tendrán que emprender la caza de esos caballos. En el cuadro de luz que penetraba por la puerta, la Las dos muchachas se habían levantado y aparecían una junto a otra, en falda corta, con el cabello suelto cayendo en desorden. La menor cruzó el brazo delante de los ojos, como si temiera mirar cara a cara a la luz. Linda, apoyando la mano en el hombro de su hermana, miraba de hito en hito, con expresión intrépida. Viola contempló a sus hijas. El sol hacía resaltar las profundas líneas y enérgica expresión del rostro, que a la sazón presentaba la inmovilidad de un relieve. Era imposible descubrir lo que pensaba, oculta la sombría mirada por peludas cejas grises. – ¡Bien! ¿Y vosotras no rezáis, como vuestra madre? Linda hizo una mueca de disgusto, frunciendo sus labios de carmín, que eran demasiado rojos; pero tenía admirables ojos pardos con chispas de oro en el iris, llenos de inteligencia e intención, y tan claros, que parecían iluminar su rostro fino y pálido. Había reflejos cobrizos en las oscuras crenchas de su cabello; y las luengas pestañas negras como el azabache contribuían a realzar la palidez del cutis. – Madre piensa ir a ofrecer una porción de candelas en la iglesia. Siempre lo hace cuando Nostromo anda metido en peleas. Yo tengo que llevar algunas a la capilla de la Madona en la Catedral. Todo esto lo dijo de prisa, con gran firmeza, en tono animado y penetrante. Luego añadió, sacudiendo ligeramente el hombro de su hermana: – Y a ésta se le hará llevar también una. – ¿Cómo es eso de que se le hará llevar? -inquirió Giorgio gravemente-. ¿No quiere hacerlo? – Es tímida -respondió Linda con una breve carcajada. – A la gente le chocan sus cabellos rubios, cuando va por la ciudad con nosotros, y se vienen algunos detrás diciendo: " ¡Mira la – ¿Y tú? ¿Tú no te acobardas, eh? -interrogó el padre recalcando las palabras. La muchacha se echó atrás la negra mata de pelo. – A mí nadie me dice piropos. El viejo Viola contempló a sus tiernos retoños con aire pensativo. Se llevaban dos años; y le habían nacido tarde, bastante después de haber muerto el primer hijo, que si viviera, sería casi de la edad de Gian Battista, a quien los ingleses llamaban Nostromo. Pero en cuanto a las hijas, la aspereza de su genio, lo avanzado de la edad, y la influencia absorbente que en él ejercían sus recuerdos le habían impedido cuidarse mucho de ellas. Y no es que dejara de amarlas, pero las muchachas pertenecen especialmente a la madre; y además una buena parte de su afecto se había empleado en el culto y servicio de la libertad. Siendo todavía un mozalbete, había desertado de un barco que hacía el comercio en La Plata, para alistarse en la armada de Montevideo, mandada a la sazón por Garibaldi. Posteriormente en la legión italiana de la República, que luchaba contra la tiranía irritante de Rosas, le cupo la gloria de intervenir en los combates más encarnizados que acaso ha conocido el mundo, peleados en las grandes llanuras y junto a las márgenes de inmensos ríos. Arrastrado por sus vehementes sentimientos liberales, hubo de pasar la mayor parte de su vida entre hombres que habían predicado la libertad, sufrido por la libertad, muerto por la libertad, con exaltación desesperada y con los ojos vueltos a una Italia oprimida. Su entusiasmo tuvo ocasión de nutrirse y fortalecerse en escenas de carnicería, con ejemplos de elevada adhesión, entre el tumulto de la lucha armada, en medio del inflamado lenguaje de las proclamas. Jamás había abandonado a su jefe predilecto -el bravo apóstol de la independencia-, permaneciendo constantemente a su lado, en América y en Italia, hasta después del día fatal de Aspromonte, en que se había revelado al mundo la traición de los reyes, emperadores y ministros en el encarcelamiento de su héroe, sin consideración ninguna a sus heridas -catástrofe que había suscitado en su espíritu la duda sombría de si alguna vez llegaría a comprender los caminos de la Justicia Divina. Con todo eso, no la negaba. Había que tener paciencia, solía decir. Aunque no le gustaban los sacerdotes, y no ponía los pies en la iglesia por nada del mundo, creía en Dios. ¿Acaso las proclamas contra los tiranos no se dirigían a los pueblos en nombre de Dios y de la Libertad? "Dios para los hombres, las religiones para las mujeres" murmuraba a veces. En Sicilia, un inglés, que había vuelto a Palermo después de su evacuación por el ejército del rey, le había dado una Biblia en italiano -publicación de la Giorgio Viola tenía en gran estima a los ingleses. Este sentimiento, nacido en los campos de batalla del Uruguay, databa de hacía lo menos cuarenta años. Varios de aquéllos habían derramado su sangre por la causa de la libertad en América, y el primero que había conocido, llamado Samuel a lo que recordaba, mandaba una compañía de negros a las órdenes de Garibaldi, durante el famoso sitio de Montevideo, y había muerto heroicamente con sus hombres al vadear el Boyana. En aquella campaña Giorgio había sido ascendido a insignia En la marcha sobre Roma se había servido del lazo a estilo de América, cuando guerrearon en la Campaña; combatiendo en defensa de la República Romana, recibió una herida de importancia; fue uno de los cuatro fugitivos que, con el general, trasladaron a la esposa de éste, postrada y sin conocimiento, desde los bosques a una casa-granja, donde expiró agotada por las penalidades de aquella retirada terrible. El fiel garibaldino había sobrevivido a tiempos tan desastrosos para servir de ayudante a su general en Palermo, cuando las granadas napolitanas, disparadas desde el castillo, reventaban sobre la ciudad. Había preparado la cena a su caudillo en el campo de Volturno, después de pelear durante el día entero. Y en todas partes sus ojos habían visto ingleses en las primeras filas del ejército liberal. Viola respetaba a la nación inglesa por el amor que había demostrado a Garibaldi, cuyas manos encallecidas en los combates no se retrajeron de besar con respeto las mismas condesas y princesas de Londres, según se decía. Bien podía creerse, porque la nación era noble, y el hombre un santo. Bastaba mirarle una sola vez a la cara para ver la fuerza divina de fe que le alentaba y su profunda compasión de los pobres, atribulados y oprimidos de este mundo. El espíritu de olvido de sí mismo, la adhesión sincera a la idea de un vasto humanitarismo, sentimientos que inspiraban el pensamiento y aspiraciones de aquel período revolucionario, habían dejado impreso su sello en Giorgio en el austero desprecio de todo medro personal. Este hombre, mirado de sobreojo por el pueblo bajo de Sulaco, por sospechar que guardaba un tesoro enterrado en la cocina, no había dado en toda su vida la menor importancia al dinero. Los que le criaron y educaron en sus primeros años habían vivido pobres y muerto pobres; y él contrajo el hábito de no cuidarse del día de mañana, efecto en parte de una vida de aventuras, excitación y guerrear desenfrenado. Pero su descuido en esta parte era principalmente cuestión de principios. No se parecía al afectado abandono del Esta vehemente adhesión a una causa había proyectado una sombra de tristeza sobre la vejez de Giorgio; de tristeza porque la causa parecía perdida. En el mundo, destinado por Dios para el pueblo, seguían brillando aún muchos reyes y emperadores. El ingenuo sentimentalismo del antiguo garibaldino hallaba en ese hecho un motivo de tenaz melancolía. Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compatriotas, que por su parte le mostraban gran respeto en su vida de destierro (como él la llamaba); pero no podía menos de ver que no les importaban nada las desdichas de las naciones, víctimas de la tiranía. Aunque oían de buen grado los relatos de sus campañas, siempre parecían preguntarse qué había sacado en limpio, a fin de cuentas. Al menos no se le veía que le luciera mucho el pelo. "¡Nosotros no pretendíamos hacer fortuna! ¡Sufríamos por amor de la humanidad!", exclamaba furioso a veces; y el tronar de su voz, el centelleo de sus ojos, el ondear de las blancas melenas y la curtida y nerviosa mano, levantada en alto como poniendo por testigo al cielo, causaban honda impresión en sus oyentes. Mas, cuando el viejo se interrumpía de pronto con un meneo de cabeza y gesto del brazo, que significaban claramente: "¿Qué se saca de hablaros de estas cosas?", los presentes se daban de codos. Reconocían, no obstante, que había en el viejo Giorgio una energía de sentimiento, una firmeza de convicciones, un algo, que ellos llamaban Ahora, en su La aristocracia de los operarios de la vía, tipos de caras enjutas, morenas, bien proporcionadas, rizos negros y lustrosos, ojos brillantes, amplios pechos y espesa barba, ostentando a veces un arillo de oro en el lóbulo de la oreja, le escuchaba atenta, apartando la mirada de los naipes o de las fichas de dominó. Aquí y allá un vasco de color rubio procuraba entretenerse útilmente, aguardando sin protesta que se le sirviera. En aquel retiro no se propasaba a entrar ningún natural de Costaguana: era el Hasta los polizontes de Sulaco, cuando patrullaban por la noche, pasaban de largo por esta parte del |
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