"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Cap ítulo III

Nostromo defendió el hotel de Giorgio como si fuera cosa suya. De recién llegado se le había admitido a vivir en la intimidad de la familia del hotelero, que era paisano suyo. El viejo Giorgio Viola, genovés, de cabeza leonina, poblada de blancas greñas -a menudo llamado simplemente "el Garibaldino" (como los mahometanos reciben esta denominación del nombre de su Profeta)-, era, según palabras textuales del capitán Mitchell, el "respetable amigo casado", por cuyo consejo Nostromo había dejado su barco para probar fortuna en las playas de Costaguana.

El viejo, gran despreciador del populacho, como los republicanos austeros de su laya lo son a menudo, no había dado importancia a los ruidos preliminares de la revuelta. Aquel día continuó su acostumbrado trajín por la casa, en zapatillas, refunfuñando entre sí mil denuestos contra la falta de elevados ideales patrióticos del alboroto y encogiéndose de hombros. Al último se vio sorprendido por la embestida de las turbas. Era entonces demasiado tarde para trasladar a otra parte a su familia; y realmente ¿adonde podía huir con la corpulenta signora Teresa y dos muchachas en aquella gran llanura? Así pues, obstruyó con barricadas todas las puertas y ventanas del hotelito y se sentó con austera gravedad en medio del café, puesto a obscuras, con una vieja escopeta sobre las rodillas.

Su mujer se acomodó en otra silla al lado, murmurando piadosas preces a todos los santos del calendario.

El viejo republicano se ufanaba de no creer en los santos, ni en las oraciones, ni en lo que él llamaba "la religión de los curas". La Libertad y Garibaldi eran sus divinidades; pero toleraba la "superstición", como él decía, en las mujeres, guardando en este punto una actitud silenciosa y digna.

Sus dos hijas, la mayor de catorce años, y la otra dos años más joven, se acurrucaron sobre el enarenado piso, a cada lado de la signora Teresa, reposando la cabeza en el regazo materno, ambas medrosas, pero cada una a su modo, la morena Linda, de negra cabellera, con indignación y enojo, y la rubia Gisela, la menor, poseída de un terror resignado. La patrona apartó por un momento los brazos que tenía puestos sobre sus dos hijas para santiguarse, y luego cruzó las manos nerviosamente.

– ¡Oh! Gian Battista ¿por qué no estás aquí? -gimió en tono algo alto-, ¿Por qué no estás aquí?

No invocaba con estas palabras al santo mismo, sino a Nostromo, que le tenía por patrón. Y Giorgio, inmóvil en la silla a su lado, no pudo permanecer indiferente ante aquellos quejosos y desatados llamamientos.

– ¡Tranquilízate, mujer! ¿A qué viene eso? Está donde le llama el deber -murmuró el marido en la oscuridad.

Pero ella replicó anhelante:

– ¡Calla! Que me falta la paciencia. ¡El deber! ¿Y yo, que he sido para él una segunda madre, no soy nada? De rodillas le pedí esta mañana: "No te vayas, Gian Battista…; quédate en casa, Battistino…; ¡pon los ojos en estas dos inocentes criaturas!"

La señora de Viola era también italiana, natural de Spezzia, y, aunque bastante más joven que su marido, entrada ya en los cuarenta. Era de rostro hermoso, que había tomado un tinte amarillo, porque no le probaba bien el clima de Sulaco. Tenía una voz de hermoso contralto, bien timbrada. Cuando, cruzados reciamente los brazos sobre su amplio pecho, reñía a las regordetas chinas, que trabajaban en el arreglo de la ropa blanca, o pelaban las aves destinadas a la cocina, o machacaban maíz en morteros de madera en las casetas de barro situadas detrás de la casa, lo hacía emitiendo una nota de tan apasionada, vibrante y dolorida expresión, que el perro de guarda, atado a su cuchitril, daba un salto sacudiendo rumorosamente su cadena. Y Luis, el mulato, de piel color canela, bigote incipiente y gruesos labios negruzcos, suspendía su faena de barrer el café con una escoba de hojas de palma, sintiendo correr un suave escalofrío a lo largo de su espalda, mientras sus lánguidos ojos de almendra permanecían cerrados en prolongado transporte.

Pero tanto el moreno como las chinas, que formaban la servidumbre de la Casa Viola, habían huido de madrugada al estallar los primeros clamores de alboroto, prefiriendo ocultarse en la llanura antes que fiarse de la protección que les ofrecía el hotel; preferencia nada censurable, dado que fuera o no verdad, se creía generalmente en la ciudad que el Garibaldino tenía dinero enterrado en el piso de greda de la cocina.

El perro, que era un animal peludo y colérico, ora ladraba con furia, rompía en lastimeros aullidos, en la parte trasera del establecimiento, saliendo y entrando en su caseta, según que le dominara la ira o el miedo.

Explosiones de gran vocerío resonaban de pronto y se extinguían, a modo de violentos rafales, en la extensión de la llanura, alrededor de la casa, protegida interiormente por barricadas; y el espasmódico crepitar de las detonaciones creció sobreponiéndose al clamoreo. A veces había intervalos de un silencio solemne y pavoroso; mientras las brillantes líneas de luz solar que, penetrando por las rendijas de las persianas, cruzaban el café sobre las sillas y mesas en desorden, hasta proyectarse en la pared opuesta, parecían dar a la situación una nota extrañamente alegre y apacible.

El viejo patrón había elegido para refugio aquel cuarto de paredes encaladas y desnudas. No tenía más que una ventana y una sola puerta que se habría frente a un camino polvoriento, guarnecido a uno y otro lado por setos de áloes entre el puerto y la ciudad; ruta que solían frecuentar pesadas carretas arrastradas por yuntas de bueyes, que llevaban por guías muchachos montados a horcajadas.

En una pausa de silencio Giorgio amartilló su escopeta. El fatídico tic-tac del gatillo arrancó un ahogado gemido a la rígida figura de su mujer, sentada al lado. Un repentino y amenazador griterío que estalló cerca del hotel, se convirtió un instante después en confuso murmullo de protestas. Alguien pasó corriendo por delante de la casa, y en el momento de acercarse a la puerta se oyó su anheloso respirar; junto a la pared se notaba gente que hablaba en voz baja y bronca con ruido de pisadas; una figura apoyó su espalda contra la ventana, borrando las brillantes franjas de luz trazadas al través del cuarto. Los brazos de la signora Teresa, rodeados a las formas arrodilladas de sus hijas, las estrecharon con un apretón convulsivo.

La turba revolucionaria, arrojada de las inmediaciones de la Aduana, se había dividido en varios grupos, que se retiraban por la llanura en dirección a la ciudad. Al ahogado estruendo de descargas irregulares, hechas a distancia, respondían débiles y lejanos alaridos. En los intervalos sonaban disparos sueltos; y el largo y achatado edificio revocado de blanco, cerrado a piedra y lodo, parecía ser el centro de una estrepitosa barahúnda, que se ensanchaba en un amplio círculo alrededor de su confinado silencio.

De pronto los cautelosos movimientos y cuchicheos de una banda de fugitivos, que buscó refugio momentáneo detrás del muro, pobló la oscuridad de la habitación, franjeada por líneas de apacible luz solar, de rumores maléficos y furtivos. En los oídos de la familia Viola sonaron como si procedieran de fantasmas invisibles que revoloteaban en torno de las sillas, deliberadamente en voz baja sobre la conveniencia de pegar fuego a la casa de aquel extranjero.

Aquello atacaba los nervios. El viejo Viola se levantó despacio, empuñando la escopeta con aire irresoluto, no sabiendo cómo evitar la realización del criminal designio. Oíanse ya las voces de los incendiarios, que conversaban en la trasera de la casa. La signora Teresa se aterrorizó hasta ponerse como loca.

– ¡Ah! ¡El traidor! ¡El traidor! -exclamó con voz apenas perceptible-. Ahora vamos a perecer abrasados. Y eso que me puse de rodillas ante él… ¡No! Tenía que ir corriendo a servir a sus ingleses.

Sin duda creía la pobre señora que la mera presencia de Nostromo en la casa hubiera alejado de ella todo peligro. En este punto estaba dominada por el hechizo de la reputación que el capataz de cargadores había conquistado en el puerto y en toda la línea del ferrocarril, así entre los ingleses como entre la plebe de Sulaco. Sin embargo de eso, en las conversaciones íntimas afectaba invariablemente reírse y hacer chacota, aun contra el sentir de su marido, a veces sin mala intención, pero más a menudo con cierta actitud extraña. Pero, ya se ve, las mujeres son poco lógicas en sus opiniones, como solía advertir tranquilamente Giorgio en ocasiones oportunas. En la presente, con la escopeta preparada y en postura de hacer uso de ella, se inclinó sobre la cabeza de su esposa, y sin apartar los ojos de la puerta, obstruida por una especie de barricada, le susurró al oído que Nostromo no hubiera podido hacer nada en el trance. ¿Qué habían de valer dos hombres, encerrados en una casa, contra veinte o más resueltos a prenderla fuego hasta el tejado? Gian Battista no había dejado de pensar en la casa; él estaba seguro de ello.

– ¡Pensar en la casa! ¡Ya!, ¡ya! -barbotó la signora de Viola con frenética exaltación, golpeándose el pecho-. Le conozco. No piensa en nadie más que en sí mismo.

Una descarga de armas de fuego, que sonó cerca, la sobresaltó, y echando atrás la cabeza, cerró los ojos. El viejo Giorgio apretó los dientes bajo sus blancos bigotes, y dirigió feroces miradas hacia donde habían sonado las detonaciones. Varias balas penetraron en el extremo de la pared; oyóse el ruido de trozos de yeso que caían fuera; una voz gritó; "Que vienen!", y tras un instante de angustioso silencio, resonaron pisadas de gente que corría a lo largo de la fachada.

Entonces se calmó la excitación del viejo Giorgio, y en sus labios se dibujó una sonrisa desdeñosa, propia del soldado de la cabeza leonina, curtido en numerosos combates. Los revolucionarios no eran gente que luchaba por la justicia, sino ladrones. El mero hecho de defender la propia vida contra ellos constituía una especie de degradación para un hombre que se había contado entre los mil inmortales de Garibaldi en la conquista de Sicilia. Sentía un desprecio infinito contra aquella revuelta de pillos y leprosos, que desconocían el significado de la palabra "libertad".

Apoyó en tierra su vieja escopeta y volviendo el rostro, echó una mirada a la litografía de Garibaldi, que, encerrada en negro marco, pendía del blanqueado muro. Sus ojos, habituados a la penumbra lúcida, descubrieron el animado colorido de la cara, el tono rojo de la camisa, el perfil de los cuadrados hombros y la negra mancha del sombrero de bersagliere, coronado por un airón de rizadas plumas. ¡Oh, héroe inmortal! La libertad fue tu ídolo. ¡Ella te dio no sólo la vida, sino también una fama imperecedera!

Su fanatismo por aquel hombre incomparable no había sufrido disminución. No bien dejó de sentirse oprimido por la aprensión del mayor peligro, quizás, a que había estado expuesta su familia en todas sus idas y venidas por el mundo, el principal pensamiento que le asaltó fue volver los ojos al retrato del antiguo caudillo, objeto preferente y especial de su veneración. Tras este desahogo, puso la mano en el hombro de su esposa.

Las muchachas arrodilladas en el piso no se habían movido. La padrona entreabrió los ojos, como si saliera de un profundo sopor, sin ensueños; y antes que Giorgio tuviera tiempo de proferir una palabra de aliento, se levantó de repente, con las niñas asidas a su falda, una a cada lado, acezó anhelante y lanzó un grito estridente, que resonó al mismo tiempo que el ruido de un golpe violento, dado en la parte exterior de la ventana. Oyóse luego el resoplar de un caballo, el inquieto patuleo de cascos en el estrecho y endurecido camino fronterizo a la casa, el choque de la punta de una bota contra el postigo de la ventana; el retiñir de una espuela a cada golpe y una voz alterada que decía:

– ¡Hola! Hola! ¿Conque estamos aquí?