"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Capítulo V

El carruaje de los Gould fue el primero que volvió del puerto a la desierta ciudad. Al llegar al antiguo pavimento de mosaico, roto y deshecho por roderas y hoyos, el grave Ignacio había puesto el tiro al paso a fin de que no se estropearan los muelles del landó parisiense; y Decoud en su asiento contemplaba con aire sombrío el aspecto interior de la entrada. Dos torres laterales, gruesas y bajas, sostenían una masa de masonería, coronada por matas de hierbas. Encima de la clave del arco sobresalía un escudo de piedra gris, cuyos bordes se enrollaban en gruesas volutas, con las armas de España casi borradas, como para recibir una nueva divisa, característica del progreso iniciado.

El estruendo percutiente de los topes de los vagones pareció aumentar la irritación de Decoud, y después de murmurar entre sí algunas palabras, empezó a hablar alto en frases secas e iracundas que caían sobre el silencio de las dos mujeres. Ellas no le miraban. Don José, con su céreo semblante de tez semitransparente, protegido por el ala de su sombrero gris flexible, se mecía un poco, por efecto de las sacudidas del carruaje, al lado de la señora de Gould.

– Este ruido hace resaltar el sentido de una verdad muy antigua. Decoud habló en francés, tal vez para que no se enterara Ignacio, sentado en el pescante, a corta distancia de él. El viejo cochero, cuya espaciosa espalda aparecía cubierta por una chaqueta corta galonada en plata, tenía enormes orejas de gruesos pabellones, separados de su rapada cabeza.

– Sí: el ruido que ha sonado fuera del muro de la ciudad es nuevo, pero el principio es viejo.

Durante un rato desahogó en murmullos su descontento, y luego empezó de nuevo, mirando de soslayo a Antonia.

– Yo me imagino a nuestros antepasados, con morriones y corazas, apostados fuera de esta puerta, y a una banda de aventureros que acaban de desembarcar en el puerto. Ladrones por supuesto. Y especuladores también. Sí, todas y cada una de sus expediciones eran negocio de graves y respetables personajes de Inglaterra. Eso es historia, como repite sin cesar ese absurdo capitán Mitchell.

– Las providencias de Mitchell para el embarque de las tropas han sido excelentes -protestó don José.

– ¡Bah! En realidad son cosas del marino genovés. Pero, volviendo a mis ruidos, en tiempos pasados solía oírse fuera de esa puerta sonido de trompetas, de trompetas guerreras. Estoy seguro de que eran trompetas. He leído no sé dónde que el principal de esa cuadrilla de aventureros, Drake, solía comer solo en su camarote del barco al son de las trompetas. En aquellos días nuestra ciudad poseía abundantes riquezas. Los filibusteros venían a robarlas. Ahora el país entero se ha convertido en una especie de tesorería, y una turbamulta de extranjeros la invaden, mientras nosotros nos entretenemos en degollarnos. Lo único que les contiene un poco es la envidia mutua, pero llegarán a entenderse algún día, y para cuando nosotros hayamos arreglado nuestras diferencias el país estará del todo esquilmado. Siempre ha sucedido lo mismo. Somos un pueblo admirable, y, no obstante eso, parecemos destinados sin remedio a ser -no dijo "robados", pero añadió después de una pausa- "explotados".

La señora de Gould dijo:

– ¡Oh! Eso es injusto.

Y Antonia interpuso apresuradamente:

– No le conteste usted, Emilia. Todo lo que habla va contra mí.

– Seguramente no creerá usted que aluda para nada a don Carlos -repuso Decoud.

En aquel momento el carruaje se detuvo ante la puerta de la casa Gould. El joven ofreció la mano a las señoras, que entraron juntas delante. Don José las siguió al lado de Decoud, y el viejo portero gotoso se arrastró detrás con pasos vacilantes, llevando en el brazo algunas ligeras prendas de abrigo.

Don José deslizó la mano por debajo del brazo del periodista del partido gobernante.

– Es necesario que El Porvenir publique un artículo largo y entusiasta acerca de Barrios y el poder irresistible de su ejército de Cayta. Hay que sostener la moral del país. Además debemos cablegrafiar extractos alentadores a Europa y a los Estados Unidos, a fin de dar en el extranjero una impresión favorable.

Decoud musitó:

– ¡Oh!, sí, tenemos que confortar a nuestros amigos, los especuladores.

La prolongada galería se hallaba sepultada en la sombra proyectada por la espesa hilera de plantas, que erguían a lo largo de la balaustrada sus corolas inmóviles; y todas las salas de recepción tenían abiertas sus puertas vidrieras. En el extremo más lejano se extinguió un leve retiñir de espuelas.

Basilio, de pie junto a la pared, dijo en voz sumisa al pasar las señoras:

– El señor administrador acaba de llegar de la montaña.

En el amplio salón, bajo de la blanca superficie del alto cielo raso, los grupos de antiguos muebles españoles y de otros modernos europeos se contraponían con cierto aire hostil; y aparte brillaba un servicio de té, de plata y porcelana, entre un grupo de sillas minúsculas, como un remedo de boudoir femenino, que daba al conjunto un sello de intimidad y delicadeza.

Don José se acomodó en su mecedora con el sombrero entre las rodillas, y Decoud empezó a ir y venir todo a lo largo de la estancia, pasando por entre las mesas cargadas de chucherías, y desapareciendo casi tras de los elevados respaldos de los sofás de cuero. Pensaba en el enojo que había observado en la cara de Antonia y confiaba en lograr hacer las paces con ella. No se había quedado en Sulaco para enajenarse el cariño de la joven.

Martín Decoud estaba irritado consigo mismo. Todo lo que veía y oía a su alrededor chocaba violentamente con las ideas que él había adquirido en Europa en materia de civilización. Contemplar las revoluciones desde la distancia de un bulevar parisiense no era lo mismo que tocar sus consecuencias. Aquí, sobre el terreno, no cabía desentenderse de la tragedia bufa de tales alteraciones con la expresión: ¡Qué farsa!

La realidad de la acción política le impresionaba más íntimamente y le hería en lo hondo por el hecho de creer Antonia en la causa. La brutalidad de los hechos le sacaban de quicio, y al echarlo de ver, se asombraba de tomar tan en serio cosas que antes miraba como ridículas y despreciables. "Pues, señor -se dijo interiormente-, resulta que soy más costaguanero de lo que pude figurarme."

Pero su escepticismo reaccionó contra la participación política en que le había metido el amor de Antonia, aumentando el desdén antiguo por Costaguana, y, al fin, se calmó diciéndose que en realidad no era un patriota, sino un enamorado.

Las señoras volvieron al salón después de quitarse los sombreros y velos; y el ama de la casa se acomodó en un asiento enano ante la mesita de té. Antonia ocupó su sitio acostumbrado de las horas de recepción, que era el ángulo de un canapé de cuero, donde permaneció en una postura de gracia austera con el abanico en la mano. Decoud, torciendo el curso de su paseo, fue a recostarse sobre el alto respaldo del asiento de la joven.

Por un tiempo le habló al oído en voz baja, inclinándose sobre ella desde atrás, medio sonriendo y con cierta familiaridad que ofrecía disculpas por lo pasado. Antonia tenía el abanico sobre las rodillas, asido negligentemente, y no miró a Decoud, cuyas palabras se hacían cada vez más insistentes y acariciadoras. Al fin el último se aventuró a reír, añadiendo: -No, realmente usted debe perdonarme. A veces tiene uno que ser serio.

Siguió una pausa. Ella volvió un poco la cabeza, y dirigió lentamente hacia Decoud sus ojos azules, aplacados e interrogadores.

– ¿Puede usted creerme serio, cuando cada dos días trato de gran bestia a Montero en El Porvenir". Eso no es una ocupación seria, aunque en realidad ninguna lo es, ni aun debiendo pagar el fracaso con un balazo en el corazón.

La mano de Antonia apretó nerviosamente el abanico.

– Es necesario que el hombre cuerdo deje traslucir alguna razón y sensatez en sus discursos, alguna vislumbre de verdad. Me refiero a la verdad real, que no existe en la política ni en el periodismo. Sencillamente he dicho lo que pensaba, y usted se me enoja. Si usted se dignara reflexionar un poco, vería que he hablado como patriota.

La joven abrió por fin los rojos labios para decir sin acritud:

– Sí, pero usted no toma para nada en cuenta el fin a que se aspira. Hay que servirse de los hombres tales como son. Nadie, a mi juicio, trabaja sin esperar alguna remuneración… a no ser quizá usted, don Martín.

– ¡No lo permita Dios! Es lo último que me agradaría que usted creyera de mí.

Estas palabras fueron pronunciadas con cierto deje de ironía, y Decoud hizo una pausa.

La joven empezó a abanicarse lentamente, sin levantar la mano. Tras, unos minutos de silencio, el enamorado murmuró con apasionamiento:

– ¡Antonia!

La joven sonrió y alargó la mano a estilo inglés a Carlos Gould, que se inclinaba ante ella, mientras Decoud, con los brazos apoyados de plano en el respaldo del sofá, bajaba los ojos murmurando:

– Bonjour!

El señor administrador de la mina Santo Tomé dobló el busto sobre su mujer un momento; y ambos esposos cambiaron breves palabras, de las que solo pudo oírse la frase: "El mayor entusiasmo", pronunciada por la señora de Gould.

– Sí -recomenzó Decoud a media voz-. ¡También él!

– Eso es pura calumnia -replico Antonia con templada severidad.

– Pues pídale usted que sacrifique la mina a la gran causa -musitó Decoud.

Don José hablaba entre tanto en voz alta, y se frotaba alegremente las manos. El aspecto excelente de las tropas y la gran cantidad de fusiles, nuevos y mortíferos en los hombros de aquellos bravos parecían haberlo henchido de una confianza sin límites.

Carlos Gould, altaricón y enjuto ante la mecedora del antiguo diplomático, escuchaba, pero en su semblante no podía descubrirse nada, fuera de una atención benévola y deferente.

Antonia, en este intervalo, se había levantado y, cruzando el salón, se puso a mirar al exterior por una de las tres grandes ventanas que daban la calle. Decoud la siguió. Las maderas estaban abiertas de par en par, y él se apoyó en el espesor del muro. Los largos pliegues de la cortina de damasco, al caer rectos desde la ancha cornisa de bronce, le ocultaban en parte a la vista de los que estaban en la sala. Cruzóse de brazos y miró fijamente el perfil de Antonia.

La gente que volvía del puerto llenaba las aceras de ruido de sandalias y murmullo de voces que subían hasta la ventana. De cuando en cuando, un coche rodaba despacio sobre el desunido enlosado de la calle de la Constitución. No había muchos carruajes particulares en Sulaco; en la hora de mayor concurrencia en la Alameda podían contarse de un vistazo. Los grandes trenes de familia oscilaban en sus altas suspensiones de cuero, ocupados por bellos rostros empolvados, en que brillaban ojos negros, de intensa vivacidad.

Primeramente pasó don Justo López, presidente de la Diputación provincial, acompañado de sus tres encantadoras hijas, vestido de gran etiqueta con levita negra y corbata blanca acartonada, como cuando dirigía los debates desde su elevada tribuna.

Aunque todos alzaron los ojos, Antonia no saludó agitando la mano, como de costumbre, y los del carruaje afectaron no ver a los dos jóvenes costaguaneros de modales europeos, cuyas rarezas se discutían tras las enrejadas ventanas de las primeras familias de Sulaco.

Otro de los trenes fue el de la señora viuda de Garcilaso de Valdés, hermosa y respetable, que ocupaba un carruaje de grandes dimensiones. En este enorme vehículo solía viajar desde la ciudad a su casa de campo y de regreso, rodeada de una escolta de criados, con trajes de cuero y sombreros enormes, armados de carabinas, que llevaban en los arzones de las sillas. Era una mujer de ilustre prosapia, altiva, rica y de nobles sentimientos. Su segundo hijo Jaime acababa de partir a la guerra en el estado mayor de Barrios. El mayor, flemático y vicioso, tenía escandalizado a Sulaco con sus disipaciones y jugaba cantidades enormes en el club. En el asiento delantero iban los dos hermanos más jóvenes, ostentando en los sombreros la amarilla escarapela riverista. También la mencionada señora fingió no ver a Decoud en pública conversación a solas con Antonia, pisoteando todas las prescripciones del decoro y la decencia. ¡Ni siquiera era su novio, que se supiera! Pero aun en ese caso no dejaba de haber gran escándalo. La anciana y noble dama, que gozaba del respeto y de la admiración de las principales familias, se habría asombrado aún más si hubiera oído las palabras que entre sí cambiaban los dos jóvenes.

– ¿Dice usted que pierdo de vista el fin? Yo no he tenido más que un fin en la vida.

Ella hizo un movimiento negativo con la cabeza, casi imperceptible, mientras miraba de hito en hito la casa de su familia, gris, deteriorada, y con las ventanas protegidas con barras de hierro, como una cárcel.

– Y por cierto que sería tan fácil de conseguir -continuó Decoud- ese fin, que a sabiendas, o sin saberlo, he guardado siempre en mi corazón, aun desde el día en que usted me maltrató tan horriblemente una vez en París, ¿se acuerda usted?

El enamorado creyó percibir un esbozo de sonrisa en el ángulo de la boca de Antonia.

– Gastaba usted entonces unas despachaderas terribles; era usted una especie de Carlota Corday en traje de colegiala, una patriota feroz. La supuse a usted capaz de clavar un cuchillo en el corazón de Guzmán Bento.

Ella le interrumpió:

– Me hace usted demasiado honor.

– Por lo menos -prosiguió él mudando de pronto el tono por otro de acre ligereza-, sin el menor remordimiento me hubiera usted enviado a darle de puñaladas.

– ¡Ah!, par exemple -murmuró ella en son de protesta.

– Bien -insistió él con acento burlón-, usted me ha hecho quedarme aquí escribiendo necedades mortíferas. Y digo mortíferas, significando que lo son para mi, porque han asesinado mi dignidad. Y ya puede usted figurarse -continuó en tono ligeramente zumbón- que si Montero triunfa, sabrá ajustarme las cuentas en la única forma que un bruto de su laya puede emplear con un hombre de talento que se aviene a llamarle gran bestia tres veces a la semana. Rebajarme a tanto constituye por sí solo una especie de muerte intelectual; pero queda todavía otra en el fondo para un periodista de mis méritos.

– ¡Si triunfa! -exclamó Antonia, pensativa.

– "Usted parece complacerse en ver mi vida pendiente de un hilo -replicó Decoud con franca sonrisa-. Y el otro Montero, "mi leal hermano", como dicen las proclamas, el guerrillero… ¿No he escrito acerca de él que se ocupó en recoger los abrigos de los convidados y mudar los platos en nuestra legación de París, durante las horas no empleadas en espiar a los refugiados de Costaguana en tiempo de Rojas? Esta augusta verdad no pedirá menos que ser lavada con mi sangre. ¡Con mi sangre, señorita! ¿Por qué pone usted esta cara?… Son sencillos apuntes de la biografía de uno de nuestros grandes hombres. Y bien: ¿sabe usted lo que hará conmigo? Hay cierta pared de un convento, al volver la esquina de la Plaza, frente a la puerta de la plaza de toros. ¿La conoce usted? Cae precisamente de cara a la puerta que lleva el rótulo: "Entrada de sombra". ¡Muy propia tal vez! Allí es donde el tío del amo de esta casa entregó su alma anglosudamericana.

"Y advierta usted que a él no le faltó la ocasión de escapar: un hombre que pelea en campo abierto, con armas en la mano, tiene grandes facilidades para huir. Usted me habría dejado partir con Barrios, si sintiera por mí algún interés. Con el mayor gusto habría llevado uno de esos fusiles, en que tanta fe tiene su papá: sí, le habría llevado en las filas de los pobres labriegos e indios, que no entienden nada de razonamientos, ni de política. El sitio más peligroso y desesperado en el ejército más comprometido del mundo hubiera ofrecido mayor seguridad que el puesto en que usted me ha hecho quedarme aquí. El que pelea puede retirarse, pero no el que ha de sostener en pobres ignorantes y tontos el entusiasmo por matar y morir."

Decoud se expresó en un tono matizado de ironía; y la joven permaneció inmóvil, como si no advirtiera su presencia, con las manos un poco crispadas y el abanico colgando de sus dedos entrelazados. Después de una breve pausa, aquél añadió con cierta jocosa desesperación:

– ¡Iré al muro de los fusilamientos!

Pero ni siquiera estas palabras movieron a la joven a volver la cabeza hacia él, y continuó con la vista fija en la casa de los Avellanos, cuyas pilastras carcomidas, cornisas rotas y general deterioro aparecían ahora medio velados por la polvareda levantada en la calle. De toda su persona sólo se movieron los labios para proferir las palabras:

– Martín, usted se ha propuesto hacerme llorar.

El interpelado permaneció silencioso unos instantes, mudo de emoción, agobiado por una especie de dicha pavorosa, rígidas las líneas de la burlona sonrisa en la boca y pintada en los ojos una sorpresa incrédula. El valor de una frase depende de la persona que la pronuncia, porque nada nuevo puede salir de labios humanos; y en sentir de Decoud, aquellas palabras eran las últimas que podía esperar de Antonia. Nunca había llegado a tanta intimidad con ella en todas sus breves conversaciones anteriores; y, sin darle tiempo a que se volviera hacia él, lo que hizo lentamente con austera gracia, empezó a exponer y apoyar sus planes:

– Mi hermana aguarda con ansia el momento de abrazarla a usted. Mi padre está loco de alegría. De mi madre no necesito decir nada, porque ya sabe usted que nuestras madres se querían como hermanas. La semana próxima sale un vapor correo para el sur…: ¿por qué no partir? Ese Moraga es un idiota. A un hombre como Montero se le compra. Es la práctica del país, su tradición, su política. Lea usted la obra de su papá Cincuenta Años de Desgobierno.

– Deje usted en paz al pobre papá. El cree…

– Tengo el mayor cariño a su padre de usted -replicó vivamente Decoud-. Pero a usted la amo, Antonia… Ese Moraga ha llevado desastrosamente el asunto. Y también su padre de usted quizá; no lo sé. Montero podía haber sido sobornado. Supongo que se hubiera contentado con recibir su parte en el famoso empréstito para el desenvolvimiento nacional. ¿Por qué esos estúpidos de Santa Marta no le enviaron a Europa con alguna comisión o cosa parecida? Se hubiera cobrado anticipadamente los honorarios de un quinquenio y marchado a darse la buena vida en París. ¡El grandísimo indio, bruto y feroz a más no poder!

– Es un hombre ebrio de vanidad -replicó Antonia con aire pensativo y sin conmoverse por las vehementes frases de Decoud-. Moraga y otros nos han tenido al corriente de todo. Además había que luchar con las intrigas de su hermano.

– ¡Ah!, si, por supuesto. Usted está enterada: lo sabe todo. Lee usted toda la correspondencia y escribe todos los documentos…, los documentos secretos, redactados aquí mismo, en esta habitación, e inspirados en una ciega diferencia a la pureza política. ¿No tiene usted ahí delante a Carlos Gould? ¡El Rey de Sulaco! El y su mina son la demostración práctica de lo que pudo haberse hecho. ¿Se figura usted que ha triunfado por su fidelidad a la doctrina de la virtud? ¡Y toda esa gente del ferrocarril con su honrada labor! Por supuesto, no discuto la honradez de la empresa. Pero ¿qué adelantamos, si no es posible seguir adelante, a no satisfacer los apetitos de los ladrones? ¿No hubo modo de que alguna persona calificada dijera a ese sir John, o como se llame, que era indispensable comprar a Montero y a toda la pandilla de liberales negros, agarrados a su galonado uniforme? Sí, señorita, no podía prescindirse de comprarle pagando a peso de oro su densa estupidez con botas, sables, espuelas, tricornio de escarapela y todo lo demás.

Ella hizo un leve movimiento de cabeza, y murmuró: -Ha sido imposible.

– ¿Es que lo quería todo, o qué?

La joven le miraba ahora a la cara, de muy cerca e inmóvil en el profundo hueco de la ventana. Sus labios se movían con rapidez. Decoud, apoyada la espalda en el muro, escuchaba con los brazos cruzados, y medio cerrados los ojos. Bebía las inflexiones todas de su voz y observaba el movimiento agitado de su garganta, reflejo del oleaje emocional, que subía del corazón para salir al aire libre en sus palabras llenas de cordura.

El también tenía sus aspiraciones: anhelaba arrancarla de aquellas terribles futilidades de pronunciamientos y reformas. Todo ello era absurdo…, evidentemente absurdo; pero la joven le fascinaba. A veces la aguda sagacidad de una frase rompía el encanto y reemplazaba la fascinación por un involuntario estremecimiento de asombro. Ciertas mujeres (pensaba) se elevaban hasta tocar las regiones del genio. No necesitaba saber, pensar ni comprender. La pasión lo suplía todo. Al oírla expresar algunas observaciones profundas, alguna evaluación de caracteres, algún juicio sobre los acontecimientos, se inclinaba a creer en lo milagroso. En la Antonia mujer hecha veía con extraordinaria viveza la austera colegiala de días no lejanos. Le tenía absorto, pendiente de sus labios; a veces no podía reprimir un murmullo de asentimiento, o bien proponía con toda claridad una objeción. Poco a poco la plática degeneró en discusión, que sostuvieron medio ocultos a las miradas de las personas del salón por los pliegues de la cortina.

Había anochecido. De la profunda zanja sombría, abierta entre las casas, apenas iluminada por los faroles públicos, ascendía el silencio nocturno de Sulaco; el silencio de una ciudad en que sólo transitaban muy pocos carruajes, caballos sin herraduras, gente calzada de sandalias. Las ventanas de la casa Gould arrojaban sus brillantes paralelogramos sobre la de Avellanos. De cuando en cuando se oía ruido de pasos, acompañado del intermitente resplandor de un cigarrillo en la parte baja de los muros; y el aire de la noche, como si se hubiera filtrado por las nieves del Higuerota, refrescaba los rostros de los enamorados.

– "Nosotros, los occidentales -decía Martín Decoud empleando la denominación que a sí propios se daban los provincianos de Sulaco-, hemos vivido siempre separados y de un modo distinto de los demás. Mientras conservemos Cayta, nada puede llegar hasta nosotros. En la prolongada historia de nuestros disturbios no ha habido ejército que franqueara esas montañas. Cualquier revolución en las provincias centrales nos deja enteramente aislados. ¡Vea usted, si no, lo completo que es hoy nuestro aislamiento! La noticia de la expedición de Barrios se cablegrafiará a los Estados Unidos, y sólo por esa vía llegará A Santa Marta, siendo reexpedida por el cable del Atlántico.

"Poseemos las mayores riquezas, la mayor fertilidad, la mayor pureza de sangre en nuestras principales familias, la población más laboriosa. La provincia occidental debe tener gobierno independiente y aparte. El federalismo de otros días se amoldaba muy bien a nuestra situación y modo de ser. La unión, contra la que peleó don Enrique Gould, es la que abrió el camino a la tiranía; y desde entonces el resto de Costaguana pende de nuestros cuellos, como una rueda de molino. El territorio occidental es bastante extenso para constituir una nación capaz de satisfacer las más ambiciosas pretensiones. Además, ¡mire usted esas montañas! La misma Naturaleza nos está gritando: '¡Separaos!'"

Ella hizo un gesto enérgico de protesta, al que siguieron breves momentos de silencio.

– ¡Oh! No se me oculta que la separación es contraria a la doctrina expuesta en la Historia de Cincuenta Años de Desgobierno. Pero yo procuro colocarme en el terreno práctico, y lamento que mi buen sentido le dé a usted siempre motivo para ofenderse. ¿Le ha parecido a usted execrable una aspiración tan sensata?

La interrogada negó con un movimiento de cabeza. No, no le parecía execrable, pero el proyecto hería las convicciones de toda su vida. Su patriotismo era más amplio y no admitía la posibilidad de la separación.

– Pues pudiera muy bien ser el único medio de salvar algunas de sus convicciones -repuso él proféticamente.

Antonia no respondió: parecía fatigada. Los dos jóvenes permanecieron apoyados sobre el antepecho del balcón, uno junto a otro, muy amigablemente, después de agotar el tema político, entregándose a saborear el silencioso sentimiento de su proximidad en una de esas profundas pausas que sobrevienen en el ritmo de la pasión. Al extremo de la calle, contigua a la plaza, las vendedoras del mercado preparaban sus cenas en braseros encendidos, que proyectaban un resplandor rojo sobre el borde de la acera. Un hombre pasó calladamente por el círculo iluminado de un farol, mostrando el triángulo coloreado e invertido de su ribeteado poncho, que caía recto de sus hombros hasta debajo de las rodillas. De la parte del puerto y por la calle que a él conducía se acercaba un desconocido caballero en una montura de andar silencioso y pelo plateado que brillaba a la luz de cada farol bajo de la negra silueta del jinete.

– Aquí tenemos al ilustre capataz de cargadores, que viene muy ufano después de terminar su labor -dijo Decoud a media voz-. El segundo personaje de Sulaco después de Carlos Gould. Pero es un bello sujeto, que se ha dignado admitirme a su amistad.

– ¿De veras? -preguntó Antonia-. Y ¿a propósito de qué?

– Un periodista necesita tener puesto el dedo en el pulso de la multitud, y este hombre es uno de los jefes del populacho. El que escribe para el público debe conocer a los hombres de gran relieve, y el capataz lo es a su modo.

– ¡Ah!, sí -asintió Antonia, pensativa-. Dicen que ese italiano goza de mucho ascendiente.

El jinete había pasado por debajo de ellos; y los anchos lomos de la yegua gris, el brillante y enorme estribo del que salía la gran espuela plateada reflejaron un instante la débil luz del farol más cercano; pero aquel amarillento resplandor tan fugaz fue impotente para desvanecer el misterio de la sombría figura, cuyo rostro quedaba oculto por el gran sombrero.

Decoud y Antonia continuaron inclinados sobre el balcón muy cerca uno de otro, tocándose los codos, con las miradas hundidas en la oscuridad de la calle, y las espaldas vueltas a la brillante iluminación de la sala. Era un tête-à-tête sumamente indecoroso, que en toda la República no se hubiera permitido nadie más que la singular Antonia -la pobre muchacha, huérfana de madre, nunca acompañada por un padre descuidado, ¡que sólo había pensado en hacerla una sabia!

El mismo Decoud comprendió que no podía prometerse una intimidad más completa hasta que, terminada la revolución, se la llevara consigo a Europa, lejos de las interminables guerras civiles, cuya insensatez le parecía más insoportable que su ignominia. Después de un Montero vendría otro, y a éste seguiría la anarquía de un populacho de todos los colores y razas, la barbarie y de nuevo una tiranía necesaria. "América es ingobernable", como había dicho Bolívar con profunda amargura. "Los que han luchado por su independencia han perdido el tiempo lastimosa mente, han machacado en hierro frío." Pero a él no se le daba un ardite de eso -declaró sin rodeos, y aprovechó todas las ocasiones para decir a su amada que, si bien había logrado hacer de él un periodista del partido blanco, pero no un patriota. En primer lugar, la palabra no tenía ningún sentido para toda persona verdaderamente ilustrada, y, como tal, escéptica; y, en segundo lugar, el uso que del vocablo se había hecho en la serie de trastornos de aquel desdichado país le había despojado de toda dignidad. El patriotismo se había utilizado como grito de reclutamiento para la barbarie, como mando de la ilegalidad, del crimen, de la rapacidad, del pillaje.

Decoud se maravillaba del calor puesto en su perorata. No había necesitado bajar el tono, porque desde el principio su conversación había sido un mero murmullo en el silencio de la calle oscura cuyas casas tenían cerrados los postigos desde el oscurecer por temor al aire de la noche, según la costumbre de Sulaco. Únicamente la sala de la casa Gould arrojaba con aire provocador la viva claridad de sus cuatro ventanas, clamoroso grito de luz en la muda oscuridad de la noche. Y el murmullo prosiguió en el pequeño balcón después de una breve pausa.

– Pero estamos trabajando para cambiar todo eso -objetó Antonia-. Tal es precisamente la meta de nuestras aspiraciones; el fin que anhelamos conseguir; nuestra gran causa. Y la palabra "patriotismo", que usted desprecia, ha inspirado también sacrificios, valor, constancia, sufrimientos. Papá, que…

– Machaca en hierro frío -interrumpió Decoud mirando al fondo de la calle, donde sonaban pasos acelerados y fuertes.

– "Su tío de usted, el vicario de la catedral, acaba de entrar por la puerta -observó Decoud-. Esta mañana dijo la misa de tropa en la plaza, en un altar levantado sobre tambores, rodeado de imágenes de santos. Los sacaron, sin duda, a tomar el aire, y los colocaron militarmente en fila en el rellano superior de las escaleras. Parecían una suntuosa escolta dando guardia al vicario general. Presencié la función religiosa desde las ventanas de El Porvenir. Me admira su tío de usted, último representante de la familia Corbelán. Estaba deslumbrador con su casulla bordada de oro, en la que resaltaba una gran cruz de terciopelo carmesí, a lo largo de la espalda. Y durante todo ese tiempo nuestro salvador Barrios permanecía sentado en el Club Amarillo bebiendo ponche junto a una ventana abierta.

"¡Ah! Nuestro Barrios es un esprit fort. Yo esperaba a cada instante que su señor tío de usted lanzara una excomunión contra algunos irreverentes de la plaza y luego contra el sacrílego tuerto que escandalizaba en la ventana del lado opuesto al altar. Pero no hubo nada de eso. Últimamente, cuando las tropas se disponían a marchar, bajó Barrios, desabrochado el uniforme, con algunos de sus oficiales, y pronunció una arenga al borde de la acera.

"De improvisto apareció su tío en la puerta de la catedral, no con resplandecientes ornamentos, sino en traje talar negro, con el amenazador aspecto que le caracteriza, semejante a un espíritu vengador. Echa una mirada, avanza en derechura al grupo de uniformes, y tomando por la manga al general, se lo lleva aparte. Durante un cuarto de hora paseó con él a la sombra del muro, sin soltar un momento el brazo del general, hablando sin cesar con exaltación y gesticulando con su largo brazo negro.

"Fue una escena curiosa, y los oficiales la contemplaron mudos de estupor. Es un hombre notable su tío de usted, el misionero. Odia menos a los infieles que a los herejes, y suele dar la preferencia a un pagano sobre un infiel."

Antonia escuchaba con la mano sobre el antepecho del balcón, abriendo y cerrando con lentitud el abanico; y Decoud hablaba con cierta nerviosidad, como si temiera que la joven se retirara a la primera pausa que hiciera. Su relativo aislamiento, la sabrosa sensación de intimidad, y el sutil contacto con sus brazos, le tenían dulcemente encantado; y de cuando en cuando se deslizaba una inflexión de ternura en el raudal de su irónico murmullo.

– "Acojo del mejor grado cualquiera demostración favorable de uno de sus más próximos parientes de usted, Antonia. Y al fin y al cabo, su tío me comprende tal vez. Pero yo también le conozco a él, a nuestro padre Corbelán. A su juicio, el honor político, la justicia y la honradez se cifran en que el Estado restituya los bienes confiscados a la Iglesia. Ninguna otra consideración hubiera podido arrancar de los bosques vírgenes a este valeroso catequizador de indios salvajes, para venir a trabajar por la causa riverista. ¡Nada fuera de esa absurda esperanza! Capaz seria de organizar un pronunciamiento para tal fin contra cualquier gobierno, con tal de hallar gente pronta a seguirle.

"¿Qué piensa de todo esto don Carlos Gould? Aunque, claro está, dada su impenetrabilidad inglesa, no es posible saber lo que piensa. Probablemente sólo se cuida de su mina, 'Imperiun in Imperio'. En cuanto a la señora de Gould tiene bastante que hacer con atender a sus escuelas, sus hospitales, las madres cargadas de criaturas y los enfermos de los tres poblados. Si volviera usted ahora la cabeza, la vería quizá tomando nota de algún informe redactado por ese siniestro doctor de la camisa de cuadros -¿cómo se llama? Monygham-, o catequizando a don Pepe, o bien escuchando al padre Román. Todos han bajado hoy aquí…, todos sus ministros de Estado.

"Bien, es una mujer de seso; y probablemente don Carlos también. Una parte de la sólida sensatez inglesa se funda en no pensar demasiado, y examinar sólo aquello que puede ser útil por el momento. Esa gente no es como nosotros. Aquí en Costaguana no nos guiamos por razones políticas… a veces. ¿Qué es una convicción? Un modo de ver particular, hijo de nuestro personal interés, práctico o afectivo. Nadie es patriota sin más que porque sí. La palabra viste bien, pero yo veo las cosas con claridad, y no la emplearé hablando con usted, Antonia. Yo no tengo ilusiones patrióticas; sólo tengo la suprema ilusión de un enamorado."

Calló un instante, y luego musitó imperceptiblemente:

– Aunque eso puede llevarle a uno muy lejos.

A su espalda, el flujo de la marea política, que inundaba una vez por día el salón de los Gould, levantaba en crescendo un zumbido de voces. Los hombres habían ido llegando de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres: altos funcionarios de la provincia, e ingenieros del ferrocarril, tostados del sol y en traje de tela, presididos por su jefe, de cabello cano y sonrisa jovial e indulgente, que formaba notable contraste con las caras jóvenes y vivaces de sus subordinados.

Scarfe, el aficionado a los fandangos, había escabullido el bulto en busca de algún baile, aunque fuera en los arrabales de la ciudad. Don Justo López, después de regresar del puerto con sus hijas y dejarlas en casa, había entrado en la tertulia con toda solemnidad, luciendo su traje negro, con frecuentes arrugas, abrochado hasta debajo de su amplia barba de color castaño. Los pocos miembros de la Diputación provincial, allí presentes, se agruparon al punto en torno a su presidente para discutir las noticias de la guerra y la última proclama del rebelde Montero, el miserable Montero, que se dirigía, en nombre de "una democracia justamente encendida en ira, a todas las Diputaciones provinciales ordenando la suspensión de sesiones hasta que su espada hubiera hecho la paz y pudiera ser consultada la voluntad del pueblo". Prácticamente era una invitación a disolverse: un atrevimiento inaudito, sólo concebible en un loco y malvado como el rebelde general.

La indignación era intensa en el corro de diputados, colocados detrás del señor Avellanos. Don José, levantando la voz, les gritó por encima del alto respaldo de su silla: "Sulaco le ha respondido dignamente, enviando hoy un ejército contra su flanco. Si todas las demás provincias demostraran la mitad del patriotismo que sentimos los occidentales…"

Una explosión de aclamaciones ahogó la vibrante y temblorosa voz del anciano, que era la vida y el alma del partido. ¡Sí!, ¡sí! ¡Era cierto! ¡Una gran verdad! ¡Sulaco aparecía a la cabeza, como siempre! Aquello fue un tumulto de alborotada presunción, el arrebatado desahogo de las esperanzas inspiradas por el acontecimiento del día a los hidalgos del Campo, que pensaban en sus rebaños, en sus tierras y en la seguridad de sus familias. Todo estaba en peligro… ¡No! Era imposible que Montero triunfara. ¡El gran criminal! ¡El indio sinvergüenza! El vocerío se prolongó por algún tiempo; y todas las miradas se dirigían al grupo en que don Justo se mostraba revestido de imparcial solemnidad, como si estuviera presidiendo una sesión de la Asamblea de diputados.

Decoud, que se había vuelto hacia la sala al oír el ruido, apoyando la espalda en el antepecho del balcón, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: "¡Gran Bestia!"

Este grito inesperado produjo el efecto de acallar el ruido. Todos los ojos se dirigieron a la ventana reflejando curiosidad y aprobación; pero Decoud había recobrado ya su primera postura, y continuó inclinado sobre la tranquila calle.

– Esta es la quintaesencia de mi periodismo, el supremo argumento -le dijo a Antonia-. He inventado esta definición, esa palabra definitiva en una gran contienda. Pero en cuanto a patriota no lo soy más que el capataz de los cargadores de Sulaco, el genovés que ha hecho tantas maravillas por nuestro puerto, el introductor activo de los elementos materiales de nuestro progreso. Usted ha oído confesar una y mil veces al capitán Mitchell que, mientras no tuvo la ayuda de este hombre, nunca pudo decir cuánto tiempo llevaría la descarga de un barco. He ahí un gran obstáculo para el progreso. Usted le ha visto pasar después de terminar su tarea, montado en su famosa yegua, para ir a deslumbrar a las muchachas en algún salón de baile con piso de tierra apisonada. Es hombre de suerte. Su trabajo consiste en ejercer su influencia personal; sus ocios se dedican a recibir pruebas de adulación extraordinaria. Y que no le desagradan por cierto. ¿Se puede ser más afortunado? Verse temido y objeto constante de admiración…

– ¿Y en eso cifra usted sus supremas aspiraciones, don Martín? -interrumpió Antonia.

– Estaba hablando de un hombre de esa clase -replicó Decoud concisamente-. Los héroes del mundo fueron siempre temidos y admirados. ¿Qué más puede desear él?

Decoud había sentido a menudo embotarse la punta acerada de sus ironías contra la gravedad de Antonia. Además le irritaba pensar que su amada padeciera esa inexplicable falta de aguda penetración, propia de su sexo, y que suele alzarse como una barrera entre un hombre y una mujer vulgar. Pero dominaba al punto su desagrado, porque distaba mucho de tener a Antonia por una mujer ordinaria, independientemente del juicio que su escepticismo le hubiera hecho formar de sí propio. Con acentos de penetrante ternura en la voz aseguró a la joven que su única aspiración tenía por objeto una felicidad demasiado sublime para ser asequible en la tierra.

Ella se puso encendida en la oscuridad, sintiendo su rostro invadido de una oleada de calor, como si la repentina fusión de las nieves del Higuerota hubiera despojado a la brisa de su virtud refrigerante. La declaración amorosa del joven no pudo causar mayor efecto, si bien se explica porque en el tono de su voz había ardor bastante para derretir un corazón de hielo. Antonia se volvió con viveza en ademán de entrar en la sala, como para llevar la secreta confidencia que acababa de oír al interior de la estancia, llena de luz y animadas conversaciones.

La marea de la discusión política alcanzaba una altura excesiva en el recinto del vasto salón, como si una violenta ráfaga de esperanza la hubiera empujado hasta rebasar los límites ordinarios. La barba en abanico de don Justo seguía siendo el centro alrededor del cual se sostenían ruidosas y apasionadas discusiones. En todas las voces se percibía una nota de confianza.

Hasta algunos europeos que rodeaban a Carlos Gould -un dinamarqués, dos franceses y un alemán discreto y sonriente, de mirada modestamente recogida, representantes de intereses materiales, nacidos al amparo de la mina de Santo Tomé- salpimentaban sus acostumbradas deferencias con chistes y ocurrencias. Carlos Gould, a quien hacían la corte, era la representación visible de la estabilidad asequible en el terreno movedizo de las revoluciones; y eso les daba esperanzas para proseguir sus diversas empresas. Uno de los dos franceses, bajo, muy moreno, con ojos brillantes perdidos en una profusa y enmarañada barba, agitaba sus manos pardas y menudas, de muñecas delicadas. Había estado viajando por el interior de la provincia por cuenta de un sindicato de capitalistas europeos; y el énfasis con que repetía a cada minuto el tratamiento de Monsieur l'Administrateur hacía resaltar estas palabras sobre el constante murmullo de las conversaciones. El hombre refería con gran entusiasmo sus descubrimientos a Carlos Gould, que le contemplaba con atenta cortesía.

La señora de Gould tenía la costumbre, en estas recepciones obligatorias, de retirarse disimuladamente a un saloncito de su exclusivo uso, en comunicación con la habitación mayor. Se había levantado, y mientras aguardaba a Antonia, escuchaba, con cierta complacencia cansada, al ingeniero jefe del ferrocarril, que inclinado sobre ella, refería con calma una historia divertida, según parecía indicar la expresión regocijada de sus ojos. Antonia, antes de entrar en la sala para reunirse con el ama de la casa, volvió la cabeza por encima del hombro hacia Decoud sólo por un momento.

– ¿Por qué ha de creer uno cualquiera de nosotros irrealizables sus aspiraciones? -preguntó rápidamente.

– Yo proseguiré las mías hasta el fin, Antonia -respondió el interrogado con firmeza, y luego hizo una profunda inclinación con cierta frialdad.

El ingeniero jefe no había acabado de contar su chistoso sucedido. Las extrañas vicisitudes que acompañaban la construcción de ferrocarriles en Sudamérica chocaban a su perspicaz percepción de lo absurdo, y trajo a colación los casos de prejuicios y marrullerías ignorantes, que a él se le habían presentado. La señora de Gould le escuchaba con gran atención mientras él la acompañaba a ella y a Antonia hasta la salida de la sala. Al fin todos los tres pasaron por la puertas vidrieras a la galería, sin que nadie lo notara. Únicamente un sacerdote alto, que paseaba silencioso en medio del ruido de la habitación, se detuvo para verlos retirarse.

El padre Corbelán, a quien Decoud había reconocido desde el balcón cuando entraba por la puerta de la casa de Gould, se hallaba en el salón hacía rato sin hablar con nadie. Su sotana larga y estrecha le hacían parecer de mayor talla; andaba con el poderoso busto echado adelante; y la línea recta y negra de sus cejas unidas, el batallador perfil de su rostro huesudo, la mancha blanca de una cicatriz sobre la mejilla afeitada de tez azulina (testimonio otorgado a su celo apostólico por una banda de indios salvajes) sugerían la idea de un carácter rudo, franco e intrépido.

Separó las manos nudosas de recia contextura, que llevaba cogidas a la espalda, para apuntar con el dedo a Martín. Este había pasado a la sala detrás de Antonia, pero sin avanzar mucho, quedándose junto a la cortina, con expresión de gravedad algo fingida, como la de una persona mayor que toma parte en un juego de niños. Cuando el padre Corbelán le apuntó, miró tranquilamente al dedo amenazador.

– He visto a vuestra reverencia predicar al general Barrios en la plaza para traerle al buen camino -dijo sin hacer el más leve movimiento.

– ¡Traerle al buen camino! ¡Qué disparate! -replicó el padre Corbelán con un vozarrón profundo que resonó en todo el salón haciendo volver la cabeza a los circunstantes- Es un borracho, señores. ¡El dios de vuestro general es la botella!

El tono despectivo y autoritario con que fueron pronunciadas estas palabras dejaron la estancia sumida en un silencio intranquilo, como si la confianza que animaba a los allí reunidos hubiera sido destruida de un golpe. Nadie protestó contra la declaración del padre Corbelán.

Sabíase que había dejado las selvas pobladas de salvajes para defender los sagrados derechos de la Iglesia con el celo ardiente que había desplegado en catequizar a indios sanguinarios, ajenos a toda compasión humana y al conocimiento del verdadero Dios. Circulaban rumores legendarios sobre sus triunfos de misionero en regiones no visitadas jamás por cristianos. Había bautizado tribus enteras de indios, con los que hizo vida salvaje, la imaginación de la plebe indígena no vaciló en suponer como indudable que el padre habría cabalgado con los indios días enteros, medio desnudo, embrazando un escudo de piel de toro y armado de luenga lanza. -¿Como no?- Añadíase que había andado errante, vestido de pieles buscando prosélitos cerca de las nieves eternas de la Cordillera. De tales hazañas nada se había oído decir al padre Corbelán. Pero en cambio no se mordía la lengua para declarar que los políticos de Santa Marta eran más duros de corazón y más corrompidos que los paganos a quienes había llevado la palabra de Dios. Su celo inconsiderado por el bienestar temporal de la Iglesia estaba perjudicando a la causa riverista. Era voz pública que había rehusado el nombramiento de obispo de la diócesis occidental hasta que se hiciera justicia a la Iglesia despojada de sus bienes. El jefe político de Sulaco (salvado del furor popular más tarde por el capitán Mitchell), insinuaba con franco cinismo que, a no dudarlo, sus excelencias los ministros habían gestionado el envío del padre Corbelán al través de la Cordillera en la peor estación del año con la esperanza de que pereciera helado al exponerse a los vientos glaciales de los altos páramos. Todos los años sucumbían de ese modo algunos atrevidos mulateros. "Pero, ya ve usted, sus excelencias no comprendieron tal vez que un misionero de tan seria contextura era capaz de resistir todos los horrores de la más cruda intemperie. Entre tanto empezaba a cundir entre los ignorantes la especie de que las reformas riveristas se reducían a enajenar territorios nacionales. Parte de ello se vendían a los extranjeros que construían el ferrocarril; y otra parte se entregaría a las comunidades religiosas por vía de restitución. Esto último provenía del celo del vicario."

Aun en la breve alocución dirigida a las tropas en la plaza (que seguramente entendieron muy bien las primeras filas) no pudo abstenerse de aludir a una Iglesia ultrajada, que aguardaba la reparación condigna de una nación contrita. El jefe político lo había oído exasperado. Pero no le era fácil meter al cuñado de don José en la cárcel del Cabildo. Era primer funcionario de la provincia, a quien el pueblo creía pacato y benévolo; pasó de la Intendencia a la casa Gould, después de ponerse el sol, sin acompañamientos, recibiendo con grave continente los saludos de altos y bajos, para susurrar al oído de Carlos, como la cosa más natural, que desearía deportar de Sulaco al vicario general enviándole a alguna isla desierta, a Las Isabeles, por ejemplo. "Preferible una que no tenga agua…, ¿eh, don Carlos?", añadió medio en broma. Este sacerdote, de fortaleza indomable, que había desdeñado el ofrecimiento del palacio episcopal, prefiriendo colgar su astrosa hamaca entre los escombros y telarañas del secuestrado convento de Dominicos, estaba empeñado en obtener un perdón incondicional para Hernández, el salteador de caminos. Y no paró ahí, pues, al parecer, se había puesto en relación con el criminal más audaz que el país había conocido en muchos años. Por supuesto, la policía de Sulaco estaba al corriente de todo. El padre Corbelán, después de procurarse la ayuda del temerario italiano, capataz de cargadores, único hombre a propósito para tal diligencia, envió por su medio un mensaje al famoso bandido. Para entenderse con el antiguo marino genovés le sirvió de mucho al padre la circunstancia de haber aprendido italiano cuando hizo sus estudios en Roma. Súpose que el capataz visitaba por la noche el antiguo convento de Dominicos. Una vieja que servía al vicario general hubo de oír pronunciar el nombre de Hernández; y precisamente el último sábado, al caer la tarde, no faltó quien viera al capataz salir galopando de la ciudad, a la que no volvió en dos días. La policía no se atrevió a seguir la pista al italiano por miedo a los descargadores del puerto, tropa turbulenta, siempre pronta a promover tumultos. En aquel tiempo no era tarea fácil mantener el orden en Sulaco, adonde afluían perdidos y facinerosos de todas clases, atraídos por el dinero que ganaban los operarios de la vía. Las peroratas del padre Corbelán mantenían en constante agitación al populacho; y el gobernador explicaba a Carlos Gould que la provincia, desprovista de tropas, se hallaba expuesta a un levantamiento de la gente maleante, que las autoridades no tendrían medio de sofocar.

Después se retiró cariacontecido a sentarse en un sillón, fumando un largo y delgado puro, no lejos de don José, con quien, inclinándose a un lado, cambiaba algunas palabras de cuando en cuando. No había advertido la entrada del padre, y cuando éste alzó la voz detrás de él, se encogió de hombros con impaciencia.

El padre Corbelán había permanecido enteramente inmóvil por algún tiempo con aquella quietud vindicativa que parecía caracterizar todas sus posturas. El austero fuego de sus hondas convicciones imprimía un sello peculiar a la negra figura. Pero su rigor se suavizó cuando, fijando los ojos en Decoud, levantó el brazo con solemne lentitud y le dijo con voz profunda y moderada:

– Y usted… usted es un perfecto pagano.

Avanzó un paso y apuntó con el dedo al pecho del joven. Este, muy tranquilo, apoyó la cabeza en la pared detrás de la cortina, y sonrió con la barbilla muy levantada.

– Sin duda alguna -asintió con la indiferencia algo aburrida del hombre acostumbrado a oír calificativos análogos-; pero ¿acaso no ha descubierto usted aún la deidad a que rindo culto? La de nuestro Barrios le ha costado a usted menos cavilaciones.

El sacerdote reprimió un gesto de desaliento.

– Usted no cree ni en Dios, ni en el diablo.

– Ni en la botella -añadió Decoud sin moverse-. En lo cual imito a uno de los confidentes de vuestra reverencia. Me refiero al capataz de cargadores, que no prueba el vino ni los licores. El juicio que le merezco hace honor a su perspicacia. Pero ¿por qué me llama usted pagano?

– Es cierto -replicó el padre Corbelán-. Y aun me quedo corto; es usted cien veces peor. Ni un milagro podría convertirle a usted.

– ¡Claro! Como que no creo en los milagros -repuso Decoud con gran flema.

El sacerdote se encogió de hombros, algo perplejo.

– Un agabachado…, ateo…, materialista -añadió pronunciando con lentitud, como si analizara el sentido de las palabras-. Ni hijo de su país, ni de ningún otro -añadió con aire pensativo.

– Apenas ser racional, en resumen -comentó Decoud en voz baja, la cabeza pegada a la pared, y los ojos fijos en el techo.

– Víctima de esta edad descreída -resumió el padre en tono sumiso.

– Pero que sirvo de algo como periodista -dijo Decoud mudando la postura y hablando con mayor animación-. ¿No ha leído vuestra reverencia el último número de El Porvenir? Pues le aseguro que no es indigno de los anteriores. En materia de política general sigue llamando a Montero gran bestia y aplica a su hermano el guerrillero los estigmas infamantes de lacayo y espía. ¿Puede darse nada más eficaz? Y por lo que hace a la política local, recomienda con urgencia al gobierno de la provincia que incorpore al ejército nacional a la banda entera de Hernández, el ladrón…, que al parecer es un protégé de la Iglesia… o al menos del vicario general. Es lo más seguro y acertado.

– Hernández es una oveja descarriada que quiere volver al redil de los hombres honrados. Empujado al crimen por un brutal atropello.

El sacerdote giró sobre los cuadrados tacones de sus zapatos bajos con enormes hebillas de acero. Púsose de nuevo las manos a la espalda y empezó a pasear yendo y viniendo con paso firme. Cuando daba la vuelta, el escaso vuelo de su sotana se inflaba con la brusquedad de su movimiento.

El salón se había ido vaciando poco a poco. Cuando el jefe político dejó su asiento para retirarse, la mayoría de los presentes se levantó de pronto en señal de respeto, y don José Avellanos interrumpió el balanceo de su mecedora. Pero la primera autoridad de la provincia, persona afable y llana, hizo un gesto rogando que no se molestaran, y despidiéndose de Carlos Gould con la mano, salió discretamente.

En la relativa tranquilidad de la estancia, las palabras Monsieur l'Administrateur del barbudo y delicado francés, pronunciadas con voz chillona, parecieron adquirir una agudeza preternatural. El explorador del sindicato capitalista conservaba todo el fuego de su entusiasmo.

– Diez millones en cobre a la vista, Monsieur l'Administrateur. ¡Diez millones que se tocan con la mano! Y un ferrocarril en perspectiva… ¡todo un ferrocarril! No van a creer mi informe. C'est trop beau.

El hombre no podía reprimir sus alharaquientos transportes de satisfacción entre las muestras de aprobación de los circunstantes. Pero Carlos Gould le escuchaba con calma imperturbable.

Entre tanto el padre Corbelán continuaba sus paseos, haciendo ondear en giro la falda de su sotana a cada vuelta que daba. Decoud le dijo en voz baja con sorna:

– Esos señores están hablando de sus dioses.

Paróse en seco el sacerdote, contempló fijamente al periodista de Sulaco un momento, y encogiéndose de hombros reanudó su firme andar de viajero obstinado.

El grupo de europeos que rodeaba a Carlos Gould empezó ahora a desfilar, hasta dejar visible de pies a cabeza la figura larguirucha del administrador de la gran mina de plata, que al bajar la marea de sus huéspedes quedó desamparado en la gran alfombra cuadrada, semejante a un chal multicolor de flores y arabescos, tendido bajo de sus pardas botas.

Llegóse entonces el padre Corbelán a la mecedora de don José Avellanos, y tocándole en el hombro con la impaciencia que se siente al final de una ceremonia inútil, le dijo en tono afectuoso y brusco:

– ¡A casa! ¡A casa! Esto no ha sido más que charlar. Vamos a meditar seriamente la situación y a pedir luces al cielo.

Al pronunciar las últimas palabras, alzó a lo alto sus negros ojos. Junto al encanijado diplomático -vida y alma del partido- descollaba como un gigante con cierto brillo de exaltación en la mirada. Pero el órgano del partido, o más bien, su portavoz, el "Decoud hijo" llegado de París y convertido en periodista por obra y gracia de los ojos de Antonia, sabía muy bien que el poder del Padre no correspondía a su apariencia física, pues en realidad era sólo un sacerdote valeroso con una idea fija, temido de las mujeres y execrado por los políticos y sus secuaces del pueblo. Martín Decoud, el diletante profesional, el escéptico inflado de vana supereminencia, se imaginaba hallar un placer artístico en observar los típicos extremos de ofuscación a que un convencimiento sincero y casi sagrado puede arrastrar a un hombre. "Es una especie de locura; forzosamente ha de serlo, porque tiene tendencias suicidas", se había dicho a menudo. Para el infatuado parisiense toda convicción, tan luego como llega a ser real, se convierte en esa forma de demencia que los dioses envían a los que quieren destruir. Pero ya es sabido que los que tal piensan de los demás suelen encontrarse en el mismo caso. Con todo eso, Decoud se deleitaba en paladear el acre sabor de aquel ejemplo con la fruición del que conoce a fondo su arte predilecto. Y, así las cosas, los dos hombres se toleraban, como si creyeran que en las tortuosas vías de acción política una convicción poderosa puede llevar tan lejos como un absoluto escepticismo.

Don José obedeció al contacto de la mano fuerte y vellosa; y Decoud siguió a los dos cuñados.

En el vasto salón vacío, donde flotaba una azulada neblina de humo de tabaco, sólo quedó un visitante, tipo de gruesos párpados, carirredondo, con lacio bigote, comerciante en pieles, establecido en Esmeralda, que había venido por tierra a Sulaco, cabalgando en compañía de algunos criados a pie al través de la Cordillera. Estaba muy ufano de su viaje, emprendido principalmente con el fin de hablar al señor administrador de la mina de Santo Tomé sobre alguna ayuda que necesitaba para la exportación de su mercancía. Esperaba ampliarla mucho, ahora que el país iba a inaugurar una era de tranquilidad. Porque indudablemente se consolidaría la paz, repetía varias veces, envileciendo con un extraño y ansioso tonillo de queja la sonoridad de la lengua española, que chapurreaba rápidamente, como una especie de jerga aduladora. Un hombre honrado podría ahora continuar su pequeño negocio en el país, y aun pensar en ampliarlo… con seguridad. ¿No era así?

Parecía pedir a Carlos Gould una palabra de confirmación, un murmullo de asentimiento, una sencilla inclinación de cabeza.

Pero nada de eso obtuvo. Creció su alarma, y en las pausas de su charla, dirigía la mirada a un lado o a otro; y no resignándose a terminar la entrevista, trajo a cuento los peligros que había corrido en su viaje. El atrevido Hernández, dejando sus guaridas habituales, había cruzado el Campo de Sulaco, y andaba oculto en las quebradas de la Siena. El día anterior, cuando sólo distaban pocas horas de Sulaco, el negociante en pieles y sus criados habían visto a tres hombres de aspecto sospechoso, parados en el camino, tocándose las cabezas de sus caballos. Dos de ellos partieron al punto y desaparecieron en un barranco poco profundo a la izquierda.

– "Nos detuvimos -continuó el hombre de Esmeralda- y yo intenté esconderme detrás de un arbusto. Pero ninguno de mis mozos quiso adelantarse a ver lo que era, y el tercer jinete se quedó aguardándonos al parecer. De nada servía ocultarse. Nos habían visto; y así proseguimos caminando despacio y temblando de miedo. El del caballo, con el sombrero hundido sobre los ojos, nos dejó pasar sin la menor palabra de saludo; pero a poco le oímos galopar a nuestra espalda. Volvimos la cara, pero eso no pareció intimidarle. Llegó corriendo, y tocándome el pie con la punta de la bota, me pidió un cigarro, riendo de un modo que helaba la sangre. En un principio le creí desarmado, pero al llevarse la mano atrás para sacar una caja de fósforos, le vi un enorme revólver, sujeto a la cintura. Temblé de pies a cabeza. Tenía unos bigotes terribles, don Carlos, y como no daba señales de partir, no nos atrevíamos a movernos. Al fin, echando el humo del cigarro por las narices, dijo: 'Señor, tal vez les convenga más que yo vaya detrás de ustedes. Están ya cerca de Sulaco. Anden con Dios.'

"¿Qué hacer? Seguimos adelante. No podíamos negarnos. Sospeché que fuera el mismo Hernández, pero uno de mis criados, que había ido muchas veces a Sulaco por mar, me aseguró que le había reconocido con toda certeza por el capataz de cargadores de la Compañía de Vapores Oceánicos. Después, el mismo día al anochecer, divisé al mismo hombre en la esquina de la plaza, hablando con una moza, una morenita, que estaba junto al estribo con la mano puesta en la crin de la yegua entrecana."

– Le aseguro a usted, señor Hirsch -murmuró Carlos Gould-, que no ha corrido usted el menor riesgo en esta ocasión.

– Bien puede ser, señor, pero todavía tiemblo al recordar el encuentro. Un tipo de aspecto feroz. Y ¿qué significa eso? Un empleado de la Compañía de Vapores conversando amistosamente con bandidos…, nada menos, señor, porque los otros jinetes eran bandidos…, en un lugar solitario, y ¡portándose además como un salteador! Un cigarro puro no es nada, pero ¿no pudo antojársele pedirme la bolsa?

– No, no, señor -insistió Carlos Gould en voz baja, apartando la vista distraído de la cara redonda con nariz aguileña, que se mantenía levantada hacia él con expresión suplicante y casi infantil-. Si realmente era el capataz de cargadores -y ¿qué duda cabe de que lo era?- estaban ustedes bien seguros.

– Gracias. Es usted muy bueno, don Carlos, pero créame que tenía una facha feroz. Me pidió un cigarro con la mayor familiaridad. ¿Qué hubiera ocurrido, si no llego a tener el cigarro? Me estremezco aún al pensarlo. ¿Qué asunto tenía que tratar con ladrones en un lugar solitario?

Pero Carlos Gould, muy pensativo ahora, no contestó ni con una palabra ni con un gesto. La impenetrabilidad del hombre que personificaba la concesión Gould tenía sus matices expresivos. El mutismo es sencillamente una afección lamentable; pero el rey de Sulaco pronunciaba las palabras necesarias para darle la autoridad misteriosa de un poder taciturno.

Sus silencios, reforzados por el don de la palabra, representaban tantas variantes de sentido como vocablos proferidos en forma de asentimiento, duda, negación, y aun simple comentario. Algunos parecían decir claramente: "Piénselo usted bien"; otros significaban de un modo indudable: "Siga usted adelante"; y la sola frase: "Comprendo", proferida en voz baja con una venia afirmativa, después de escuchar con paciencia durante media hora, equivalía a un contrato verbal, que inspiraba una secreta confianza. Porque se presentía que detrás de aquella aprobación estaba la mina de Santo Tomé que figuraba al frente de los intereses materiales, tan sólidamente establecida que en toda la provincia occidental no dependía de la benevolencia de nadie, esto es, de ninguna voluntad que no pudiera ser comprada diez veces a peso de oro.

Pero al hombrecillo de nariz corva, llegado de Esmeralda, tan ávido de desenvolver su negocio de pieles, el silencio de Carlos Gould le significó el anuncio de un fracaso. Evidentemente no era la ocasión oportuna para ampliar el comercio de un hombre modesto. Así, pues, envolvió en una rápida maldición mental a todo el país con su población entera, tanto a la que seguía a Rivera, como a la que favorecía el levantamiento de Montero.

En su mudo despecho sintió afluirle las lágrimas a los ojos al pensar en las innumerables pieles que se echarían a perder en la soñolienta extensión del Campo, con sus palmeras aisladas que se alzaban como barcos en el mar dentro del círculo perfecto del horizonte, con sus grupos de árboles frondosos, semejantes a islas sólidas de follaje sobre el undoso movimiento de la hierba. Allí había pieles pudriéndose, sin provecho para nadie -pudriéndose donde las habían dejado los hombres llamados con urgencia a atender las necesidades de las revoluciones políticas. El alma práctica y mercantil del señor Hirsch se revelaba contra aquella locura, mientras, desconcertado y respetuoso, se despedía del poder y majestad de la mina de Santo Tomé en la persona de Carlos Gould. No pudo menos de expresar su pesadumbre con un murmuro, arrancado del corazón.

– Todo esto es una gran insensatez, una locura inmensa, don Carlos. El precio de las pieles en Hamburgo sube incesantemente. Por supuesto, el gobierno riverista pondrá fin a este estado de cosas… cuando logre establecerse con firmeza. Entre tanto…

Y se interrumpió con un suspiro.

– Sí, entre tanto… -repitió Carlos Gould con reserva inescrutable.

El otro se encogió de hombros, pero no estaba dispuesto a retirarse. Había un asuntillo, que anhelaba vivamente tratar, si se le permitía. Explicó, en efecto, que tenía algunos buenos amigos en Hamburgo (y citó el nombre de la sociedad), muy deseosos de hacer negocio con dinamita. Un contrato con la mina de Santo Tomé para surtirla del explosivo, y después con otras minas, que seguramente… El hombrecillo de Esmeralda iba a extenderse en explicaciones, pero Carlos le interrumpió. La paciencia del señor administrador parecía haberse agotado al fin.

– Señor Hirsch -le dijo-. Tengo almacenada en la montaña dinamita bastante para hacerla rodar al valle y -añadió alzando la voz- para volar, si se me antoja, la mitad de Sulaco.

Y sonrió al observar el sobresalto reflejado en los ojos del tratante en pieles, que musitó apresurado:

– Lo creo, lo creo.

Ahora se resolvió a partir. Imposible hacer negocio de explosivos con un administrador tan bien provisto y de tan bruscas despachaderas. Había sufrido horrores en su penosa cabalgada a través de la Sierra y corrido el peligro de ser despojado de todo por el bandido Hernández para no sacar provecho alguno. ¡Ni pieles, ni dinamita! El continente del israelita expresó el más profundo desencanto. Al llegar a la puerta, hizo una gran inclinación al ingeniero en jefe; pero en el patio, cuando hubo bajado la escalera, puesta la regordeta mano sobre los labios con aire meditabundo y asombrado, murmuró:

– ¿Para qué querrá tanta dinamita almacenada? Y ¿porqué me habrá hablado de ese modo?

El ingeniero en jefe, echando desde la puerta de la sala una mirada al interior, de donde había desaparecido enteramente la marejada política, dirigió una venia familiar al dueño de la casa, plantado sobre la alfombra como una baliza entre los desiertos arrecifes del mueblaje.

– Buenas noches. Me voy. Tengo a mi gente aguardándome en la planta baja. La empresa del ferrocarril sabrá dónde ha de acudir por dinamita cuando nos falte. Hasta ahora hemos venido trabajando en roturaciones y desmontes; pero en breve tendremos que abrirnos camino a fuerza de barrenos.

– Pues no me pidan ustedes a mí el explosivo -replicó Carlos Gould muy sereno-. No tengo ni una onza disponible para nadie. Ni para mi hermano, suponiendo que le tuviera, y que fuera ingeniero en jefe del ferrocarril más prometedor del mundo.

– Y eso ¿qué significa? -preguntó el ingeniero jefe con calma-. ¿Malevolencia?

– No -respondió Gould con firmeza- Política.

– Radical, a mi juicio -comentó el otro desde la puerta.

– ¿Cree usted haber usado la palabra propia? -interrogó Carlos desde el centro de la sala.

– Quiero decir que llega a las raíces, ¿sabe usted? -explicó el ingeniero en tono de broma.

– ¡Ah! Esto sí -afirmó el otro con aplomo-. La concesión Gould ha echado tan hondas raíces en el país, en esta provincia, en la garganta de la montaña, que sólo la dinamita será capaz de desalojarla de allí. En ella se cifra mi suprema aspiración. Es la última carta que jugaré.

– Bonito juego -replicó el ingeniero jefe con un retintín de inteligencia y silbando suavemente-. Y ¿le ha hablado usted a Holroyd de ese triunfo extraordinario que tiene usted en la mano?

– Carta de triunfo sólo cuando se juegue, cuando se eche al final de la partida. Hasta entonces puede usted llamarla un…, un…

– ¿Arma? -sugirió el hombre del ferrocarril.

– No; puede usted llamarla más bien un argumento -corrigió con afabilidad Carlos Gould-. En ese sentido se la he presentado a míster Holroyd.

– Y ¿qué ha dicho acerca de ello? -preguntó el ingeniero con franco interés.

– Ha dicho -manifestó el administrador, tras una breve pausa- que era necesario mantenerse firme hasta el último extremo y poner nuestra confianza en Dios. Supongo que los acontecimientos han de haberle sorprendido un poco -prosiguió Gould-, pero, dado que así suceda, él está muy lejos de aquí, ¿sabe usted?, y, como dicen en este país, Dios está muy alto.

La risa de aprobación del ingeniero se extinguió al pie de la escalera, donde la Madona con el Niño en brazos parecía mirar, desde su nicho, la espalda del que se alejaba.