"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Capítulo VI

Profundo silencio reinaba en la casa Gould. Su dueño siguió el corredor, abrió la puerta del cuarto que le estaba reservado y halló allí a Emilia sentada en una enorme poltrona -la usada por él para fumar-, mirándose a los menudos zapatos con expresión meditabunda. Ni siquiera alzó los ojos para mirar a su esposo.

– ¿Cansada? -pregunto Carlos.

– Un poco -respondió la interrogada, y luego añadió en sentido tono, sin levantar la vista-: Hay en todo esto un no sé qué de horrible pesadilla.

Carlos Gould, de pie ante la luenga mesa, cubierta de papeles, sobre los que yacían un látigo de montar y un par de espuelas, se quedó mirando a su mujer.

– El calor y el polvo han debido de ser insoportables esta tarde a la orilla del mar -musitó con acento compasivo-. El reverbero del agua, abrasador y asfixiante.

– Yo puedo no parar mientes en tales molestias, pero me es imposible, mi querido Carlos, cerrar los ojos ante tu situación, ante ese espantoso levantamiento…

Ahora mudó de expresión para contemplar el semblante de su marido, del que había desaparecido toda señal de conmiseración y de cualquier sentimiento.

– ¿Por qué no me dices algo? -le preguntó con acento lloroso.

– Creí que me habías entendido perfectamente desde el principio -dijo Carlos Gould con calma-. Imaginaba que nos habíamos dicho cuanto teníamos que decirnos, mucho tiempo ha. Ahora no hay nada que decir. Había que hacer algunas cosas. Las hemos hecho, y seguimos haciéndolas. No es este el momento de retroceder. Aunque, a mi juicio, no ha sido posible nunca. Y lo que es más, ni siquiera nos es dable permanecer inactivos.

– ¡Ah! ¡Si al menos supiera una hasta dónde piensas llegar! -exclamó ella con fingida jovialidad, pero temblando interiormente.

– Hasta el término de mi proyecto, por lejano que esté -respondió Carlos con una resolución que obligó a su esposa a reprimir con trabajo un estremecimiento.

Emilia se levantó sonriendo con gracia, y su menuda persona parecía empequeñecida más aún por la profusa mata de su cabello y la larga cola de su bata.

– Pero siempre para triunfar -repuso en tono convencido.

Carlos Gould, envolviéndola en la mirada de acero de sus ojos azules, respondió sin vacilar:

– ¡Oh! No hay más remedio. No queda otra alternativa.

Dijo esto poniendo en el acento una seguridad inmensa. En cuanto a las palabras, eran las únicas que su conciencia le permitía pronunciar. La, señora de Gould prolongó su sonrisa algo más de lo debido, y musitó:

– Voy a dejarte. Tengo un pequeño dolor de cabeza. El calor, el polvo eran realmente… Supongo que volverás a la mina antes de amanecer, ¿no es eso?

– A media noche -respondió Carlos Gould-. Bajaremos mañana la plata. Después pasaré contigo en la ciudad tres días de descanso.

– ¡Ah! ¿De modo que vas al encuentro de la escolta? A las cinco estaré en el balcón para verte pasar. Hasta entonces ¡adiós!

Carlos contorneó rápidamente la mesa, tomó las manos de su esposa e, inclinándose, las oprimió contra sus labios. Antes de enderezarse y levantar el rostro a la elevada altura de su talla, Emilia desasió su diestra para darle una palmadita en el carrillo, como si fuera un chiquillo.

– Procura descansar algo un par de horas, -murmuró mirando a la hamaca, colgada en un rincón retirado del cuarto. Su larga cola se arrastró rozando con un suave fru-fru las rojas baldosas. Al llegar a la puerta, volvió la cabeza.

Dos grandes lámparas con globos de vidrio deslustrado bañaban en dulce y abundante luz las cuatro paredes de la habitación, con la vitrina de armas, la empuñadura de bronce del sable de caballería, usada por Enrique Gould, resaltando sobre su cuadro de terciopelo, y la acuarela de la garganta montañosa de Santo Tomé. Y la señora de Gould, fijando la vista en el marco de madera negra de la última, suspiró:

¡Ah! ¡Si hubiéramos dejado en paz todo eso, Carlitos!

¡No! -replicó él con aire tétrico-; ¡era imposible!

– Quizá tengas razón -admitió Emilia resignada. Sus labios temblaron un poco, pero sonrió con exquisita valentía-. Hemos levantado muchas serpientes en ese paraíso, ¿no es verdad, Carlitos?

– Sí, ahora recuerdo que don Pepe llamó a la garganta de la mina el paraíso de las serpientes -confirmó Carlos Gould-. Sin duda hemos hecho salir a muchas de su quietud; pero recuerda, querida, que no es ahora cuando has pintado ese boceto. -Y movió la mano hacia el cuadrito que pendía solo en la gran pared desnuda-. Ya no es un paraíso de serpientes; hemos llevado allí a seres humanos, y no podemos volverles la espalda para ir a empezar en otra parte una nueva vida.

Quedóse contemplando a su esposa con mirada firme y decidida, a la que ella respondió tomando una expresión de valor e intrepidez. Luego salió cerrando la puerta con suavidad.

En contraposición con el cuarto, tan bañado en blanca iluminación, la galería, sumida en suave penumbra, ofrecía la calma misteriosa de un claro de bosque, sugerido por los tallos y hojas de las plantas dispuestas a lo largo de la balaustrada. En los cuadrángulos de luz, proyectados por las puertas abiertas de las salas, las corolas blancas, rojas y lila pálido, brillaban como si recibieran la luz solar; y la señora de Gould, al moverse entre ellas, resaltaba con la viveza de una figura, vista en los trozos de sol que interrumpen en las selvas espesas la sombra de los escampados. Las piedras de los anillos que adornaban su mano, al llevársela a la frente, destellaron a la luz de la lámpara del salón, colocada cerca de la puerta.

– ¿Quién está ahí? -preguntó con sobresalto-. ¿Es usted, Basilio?

Miró al interior y vio a Martín Decoud que andaba de una parte a otra, como si buscara algún objeto perdido entre las sillas y las mesas.

– Antonia se ha dejado olvidado aquí el abanico -respondió Decoud con un aire de distracción desusada-; y he entrado a ver si lo hallo.

Pero, mientras hablaba, abandonó la búsqueda y se fue derecho a la señora de Gould, que le miró con perplejidad y sorpresa.

– Señora -empezó en voz baja…

– ¿Qué es ello, don Martín? -preguntó el ama de casa; y añadió luego con una leve sonrisa, como disculpando la ansiedad de la pregunta-: Estoy tan nerviosa hoy…

– No hay peligro inmediato -respondió Decoud, que no podía disimular su turbación-. La ruego a usted que no se apure. No realmente, no debe usted apurarse.

La señora de Gould, muy abiertos los ojos ingenuos, y en los labios una sonrisa forzada, se apoyó con la menuda mano, guarnecida de joyas, en el batiente de la puerta.

– Quizá no se imagina usted el sobresalto que me ha causado al presentarse así, tan inesperadamente.

– ¡Sobresalto! ¡Yo! -protestó, sinceramente molestado y sorprendido-. Pues le aseguro a usted que yo estoy muy tranquilo. Que se ha perdido un abanico…, bien, ya aparecerá. Creo que no está aquí. Es un abanico lo que busco. No me explico cómo Antonia pudo… ¡Hola! ¿Lo ha hallado usted, amigo?

– No, señor -respondió detrás de la señora la suave voz de Basilio, el mayordomo de casa-. Me parece que la señorita no lo ha dejado aquí.

– Ande usted y vuelva a buscarlo en el patio. Haga el favor, amigo: registre las escaleras, debajo de la puerta, las losas del patio, una por una; no deje usted de mirarlo bien todo, hasta que yo baje… Ese individuo -prosiguió, hablando en inglés a la señora de Gould- anda siempre husmeando detrás de uno con su silencioso andar de gato. Inmediatamente llegar le mandé buscar el abanico para justificar mi reaparición, mi vuelta repentina.

Calló, y la señora le dijo en tono afable:

– Usted será siempre bien recibido en esta casa -y tras breves segundos añadió-: Pero estoy esperando que me diga usted la causa de su regreso.

Decoud afectó de pronto la mayor indiferencia.

– No puedo sufrir que se me espíe. ¡Ah!, ¿la causa? Sí, hay una causa; algo más se ha perdido que el abanico de Antonia. Mientras iba a casa, después de acompañar hasta la suya a don José y Antonia, el capataz de cargadores, que pasaba a caballo, se acercó a hablarme.

– ¿Les ha ocurrido algo a los Viola? -inquirió la señora de Gould.

– ¿Los Viola? ¿Se refiere usted al viejo garibaldino, patrón del hotel donde paran los ingenieros? Allí no hay novedad. El capataz no me habló de ellos; únicamente me dijo que el telegrafista de la Compañía del Cable andaba sin sombrero por la plaza, buscándome. Hay noticias del interior, señora de Gould…, o por mejor decir, rumores de noticias.

– ¿Satisfactorios? -indagó la señora en voz baja.

– Sin importancia, a mi juicio. Pero, así y todo, debo calificarlos de malos. Parece que durante dos días se ha dado una batalla cerca de Santa Marta, y que los riveristas han salido derrotados. De esto debe de hacer ya algún tiempo -tal vez una semana. El rumor acaba de llegar a Cayta, y el encargado de la estación del cable lo ha comunicado a su colega de aquí. Si lo hubiéramos sabido a tiempo, podríamos habernos quedado con Barrios en Sulaco.

– ¿Y se puede hacer algo ahora? -murmuró la señora de Gould.

– Nada. Todavía está en el mar con las tropas. En un par de días llegará a Cayta y allí recibirá la noticia. ¿Quién es capaz de decir lo que hará? ¿Sostenerse en Cayta? ¿Ofrecer su sumisión a Montero? ¿Disolver su ejército?… Esto último es lo más probable; y en tal caso, él partiría en uno de los vapores de la Compañía O.S.N. hacia el sur o hacia el norte…, a Valparaíso o a San Francisco, lo mismo da. Nuestro Barrios es hombre curtido en destierros y repatriaciones, contingencias que marcan los puntos en el juego de la política.

Y cambiando una mirada de inteligencia con su interlocutora, añadió, como aventurando un plan:

– Sin embargo, si tuviéramos aquí a Barrios con sus dos mil fusiles modernos, algo podría haberse hecho.

– ¡Montero victorioso, enteramente victorioso! -musitó con un dejo de incredulidad la señora de Gould.

– Una bola, probablemente. En los tiempos que corren abundan los noticiones falsos. Y, aunque fuera cierto, ¿qué? Pongámonos en lo peor y demos que sea cierto.

– Entonces todo está perdido -afirmó la señora de Gould con la calma de la desesperación.

De pronto pareció adivinar, pareció descubrir la tremenda excitación de Decoud, embozada en el manto de una fingida indiferencia. En realidad se veía el verdadero estado de ánimo de Decoud en su mirada audaz y vigilante, en la curva entre provocadora y despectiva de sus labios. A ellos acudió una frase francesa, como si para este costaguanero del bulevar no pudiera expresarse lo que sentía en otro idioma:

– Non, Madame. Rien n'est perdu.

Estas palabras electrizaron a la señora de Gould, sacándola de su pasmado abatimiento, y así preguntó al punto con viveza:

– ¿Qué piensa usted hacer?

Pero notábase ya algo de irónico en la reprimida excitación de Decoud.

– ¿Qué puede usted esperar de un costaguanero? Otra revolución, claro está. Le aseguro a usted por mi honor, señora, que me creo un verdadero hijo del país, diga lo que quiera el padre Corbelán. Y tampoco soy tan incrédulo que no tenga fe en mis propias ideas, en mis propios remedios, en mis propias aspiraciones.

– ¡Seguramente! -dijo la señora de Gould con acento de duda.

– Usted parece no creerlo -continuó Decoud, volviendo a expresarse en francés-. Por lo menos admita usted que tengo fe en mis pasiones.

La señora aceptó esta adición sin vacilar. Lo comprendía perfectamente, sin que él lo afirmara.

– Estoy dispuesto a todo por el amor de Antonia. No hay nada que no me atreva a emprender, ni peligro que no me sienta con ánimo de arrastrar.

Decoud parecía hallar una revivificación de su osadía en pregonar sus pensamientos; y añadió:

– Seguramente no me creería usted si le dijera que es el amor del país el que…

La señora hizo con el brazo un gesto de protesta desalentada, como expresando que no lo esperaba de nadie.

– Una revolución en Sulaco -prosiguió Decoud en voz baja, pero con vehemencia-. Aquí puede servirse a la Gran Causa, en el mismo sitio donde ha comenzado, en el lugar de su nacimiento, señora de Gould.

Esta frunció el ceño, y se mordió pensativa el labio inferior, retirándose un poco de la puerta.

– No vaya usted a decir nada de esto a su marido -la intimó Decoud con ansiedad.

– ¿Es que no necesitará usted su ayuda?

– Sin duda la necesitaré -admitió Decoud sin vacilar-. Todo gira sobre la mina de Santo Tomé; pero yo preferiría que no supiera nada por ahora de mis planes.

El semblante de la señora de Gould expresó un sentimiento de perplejidad; y Decoud, acercándosele, le explicó confidencialmente.

– Lo digo porque, ¡como es tan idealista…!

La esposa de Carlos Gould se ruborizó, ensombreciéndose a la vez sus ojos.

– ¡Su Carlos un idealista! -exclamó como hablando maravillada consigo misma-. ¿Qué sentido puede usted atribuir a esa palabra tratándose de un hombre eminentemente práctico y positivo?

– Sí -concedió Decoud-; comprendo que le asombre a usted mi expresión, teniendo a la vista la mina de Santo Tomé, el hecho más real de toda la América del Sur. Pero repare usted que aun ese hecho le ha idealizado hasta un punto… -Guardó silencio por un momento- ¿Conoce usted, señora, hasta qué extremo ha idealizado la existencia, el valor, el significado de la mina de Santo Tomé? ¿Está usted enterada de ello?

Sin duda hablaba con conocimiento de causa, y el efecto que esperaba se produjo. La señora de Gould, a punto de exaltarse, se dominó de pronto exhalando un suspiro que parecía una queja.

– ¿Qué es lo que sabe usted? -preguntó con voz débil.

– Nada -respondió Decoud con firmeza-. Pero ¿no se hace usted cargo de que es inglés?

– Y ¿qué quiere usted decir con eso? -preguntó la señora.

– Sencillamente que no sabe hacer nada, ni siquiera vivir sin idealizar sus menores sentimientos, deseos y actos. No creerá en el valor de sus móviles si primero no los hace entrar, como partes integrantes, en algún cuento de hadas. Hombres como él no son para vivir en el mundo. Espero que me perdone usted la franqueza. Además, que la perdone usted o no, mi afirmación no es más que una de tantas verdades que hieren -¿cómo lo diré?- las susceptibilidades anglosajonas, y en este momento no me siento con fuerzas para considerar si tiene alguna base sólida el modo de pensar de su marido, y también el de usted, dicho sea con todo respeto.

La señora de Gould no dio muestras de ofenderse y se limitó a decir:

– Supongo que Antonia le comprenderá a usted perfectamente.

– ¿Comprender? Bien, sí. Pero no estoy seguro de su aprobación. Sin embargo, no importa. Soy bastante honrado para manifestárselo a usted, señora.

– Pero, en resumen, ¿lo que usted pretende es una separación?

– Por supuesto, una separación -declaró Martín-; una separación de toda la Provincia Occidental, arrancándola de un organismo agitado por constantes convulsiones. Pero mi fin principal, el único que me tiene con cuidado, es no separarme de Antonia.

– Y ¿eso es todo? -preguntó la señora de Gould sin severidad.

– Absolutamente todo. Yo no me forjo ilusiones sobre los móviles que me impulsan. Ella no quiere dejar a Sulaco por mí; de consiguiente Sulaco debe dejar abandonado a su suerte al resto de la República. No cabe decirlo con mayor franqueza. A mí me gustan las situaciones claramente definidas. Yo no puedo separarme de Antonia; luego la República una e indivisible de Costaguana debe separarse de su Provincia Occidental. Por fortuna este modo de pensar coincide con una sana política.

»Hay que salvar de la anarquía la parte más rica y fértil del país. Personalmente esto me interesa poco, muy poco; pero es un hecho que el establecimiento de Montero en el poder significaría para mí una sentencia de muerte. En todas las proclamas de amnistía general que he visto, se exceptúa de un modo especial mi persona con algunas otras. Los dos hermanos me odian, como usted puede comprender, señora de Gould; y ahora nos encontramos con que corre el rumor de haber salido victoriosos. Dirá usted que, aun suponiéndolo cierto, me sobre tiempo para huir.

Un leve murmullo de protesta por parte de la señora le hizo detenerse un momento, fijando en ella una mirada sombría y resuelta.

– ¡Oh! Seguramente lo haría, señora de Gould. Huiría, si ello sirviera para lograr lo que por ahora es mi único deseo. Tengo bastante valor para decirlo y hacerlo. Pero las mujeres, aun nuestras mujeres, son idealistas. Antonia es la que no quiere huir. Una nueva especie de vanidad.

– ¿Vanidad, lo llama usted? -replicó la señora de Gould con voz ahogada.

– Llámelo usted orgullo, si le parece, que, según el padre Corbelán, es pecado mortal. Por lo que a mi toca, lo que yo siento no es orgullo, sino un amor bastante fuerte para no permitirme huir. Además quiero vivir. No hay amor para los muertos. Por consiguiente es necesario que Sulaco no reconozca al vencedor Montero.

– Y ¿cree usted que mi marido le prestará su apoyo?

– Se me figura que pudiera resolverse a hacerlo, como buen idealista, al descubrir en mis planes una base sentimental para su acción. Con todo eso, yo no le hablaré de ellos; los hechos por sí solos no le dirán nada. Lo mejor para él es que se convenza a su modo. Y, además, no ocultaré que en mi situación actual no estoy para respetar ni sus razones, ni aun las de usted, señora de Gould. Soy franco.

Era evidente que Emilia estaba resuelta a no darse por ofendida. Sonrió vagamente con aire de meditar lo que había oído. Hasta donde podía juzgar por las confidencias incompletas de Antonia, ésta comprendía a su amante. A todas luces, había en su plan, o por mejor decir, en su idea, un arbitrio que daba lugar a esperanzas de salvación. Además, el proyecto, juicioso o disparatado, no causaría grave daño. Esto sin contar con que cabía muy bien que los rumores de la victoria de Montero carecieran de todo fundamento.

– Y bien, ¿puede usted decir lo que usted intenta?

– Es muy sencillo. Barrios ha partido; dejémosle seguir su viaje; podrá conservar Cayta, que es la puerta de la ruta marítima para venir a Sulaco. Los monteristas no son capaces de enviar por las montañas fuerzas suficientes, ni siquiera para habérselas con la gente de Hernández. Entre tanto, organizaremos aquí la resistencia, y para ello el mismo Hernández nos será útil. Aun siendo un simple bandido, ha sabido derrotar a tropas regulares; mucho mejor lo hará si se le nombra coronel y hasta general. Usted, señora, conoce bastante el país, para no maravillarse de lo que estoy diciendo. La he oído afirmar que ese pobre bandido era un ejemplo vivo y palpitante de la crueldad, la injusticia, la estupidez y la tiranía que arruina las almas y las fortunas de los hombres en Costaguana. Pues bien, habría sin duda una especie de desquite caballeresco en el hecho de que ese hombre se alzara en armas para destruir los males que le arrancaron de su condición de honrado ranchero empujándole a una vida de crimen. ¿No es verdad que se percibe en ello una simpática idea de desquite?

Decoud había pasado sin esfuerzo del castellano al inglés, lengua que hablaba con propiedad y corrección, pero ceceando demasiado.

– Piense usted en sus hospitales, en sus escuelas, en sus madres enfermas y viejos inválidos, en toda esa población que usted y su esposo han reunido en la garganta de Santo Tomé. ¿No pesa sobre la conciencia de ustedes la suerte que va a correr esa gente? ¿No merece eso hacer otro esfuerzo, que no es tan desesperado como parece, antes que…?

Decoud acabó de expresar su pensamiento con un movimiento del brazo, que indicaba destrucción; y la señora de Gould volvió a un lado la cara con expresión de horror.

¿Por qué no le dice usted todo eso a mi esposo? -preguntó sin mirar a su interlocutor, que permanecía observando el efecto de sus palabras.

¡Ah! Pero don Carlos es tan inglés… -empezó, y la señora de Gould le interrumpió diciendo:

– Deje usted eso en paz, don Martín. También es costaguanero… y más que usted.

– Sentimental, sentimental -replicó Decoud en tono de afable y lisonjera cortesía-. Sentimental al uso extraño de la gente de su raza. Vengo observando al Rey de Sulaco desde que llegué aquí con una comisión estúpida y tal vez impelido por alguna traición del hado, que suele acechar oculto en los imprevistos incidentes de nuestra vida. Pero no importa. Yo no soy sentimental. La vida no es para mí una novela sacada de un bonito cuento de hadas. No, señora de Gould; yo soy práctico y no tengo miedo a los móviles que inspiran mi conducta. Pero, perdóneme usted; me dejo arrastrar un tanto. Lo que quiero decir es que he venido observando. Y no le diré a usted lo que he descubierto…

– No; es inútil -musitó la señora volviendo otra vez la cara.

– Lo es, menos el hecho de que su esposo no me mira con buenos ojos. Es una minucia que en las circunstancias presentes parece adquirir una importancia perfectamente ridícula. Ridícula e inmensa; porque, naturalmente, el dinero se necesita para mi plan. -Reflexionó un instante, y luego añadió significativamente-: Y tenemos que habérnoslas con dos sentimentales.

– No le entiendo a usted del todo, don Martín -expuso la señora con frialdad, conservando el tono de reserva- Pero, suponiendo que le entendiera, ¿quién es el otro?

– El gran Holroyd de San Francisco; ¿quién había de ser? -murmuró Decoud-. Creo que me entiende usted muy bien. Las mujeres son idealistas, pero a la vez muy perspicaces.

Fuera la que fuere la razón de este último calificativo, tan lisonjero como malsonante, la señora de Gould no dio muestras de hacer caso. El nombre de Holroyd había despertado en ella nuevas inquietudes.

– El convoy de la plata bajará mañana al puerto; ¡la labor de seis meses, don Martín! -exclamó acongojada.

– Déjele usted que baje -le susurró Decoud muy serio casi al oído.

– Pero si el rumor de la derrota se propaga y, sobre todo, si resulta cierto, estallarán desórdenes en la ciudad -objetó ella.

Decoud reconoció que era posible. Conocía a los hijos de Sulaco y su campo, todos ellos de genio tétrico, ladrones, vengativos y sanguinarios, a pesar de las excelentes cualidades de sus hermanos del llano. Y luego había que contar con el otro sentimental, que atribuía un extraño valor idealista a los hechos concretos. Era menester que no se interrumpiera el curso de la corriente de plata hacia el norte, volviendo después en forma de apoyo financiero de la gran banca Holroyd. Para el proyecto de Decoud las barras de plata, guardadas allá arriba en la montaña en el sólido almacén de la mina, valían menos que si fueran de plomo, porque en este caso servirían para hacer balas. Así pues, que bajaran enhorabuena al puerto, prontas a ser embarcadas.

El primer vapor que saliera con rumbo al norte se las llevaría para salvar la mina de Santo Tomé, fuente de tanta riqueza. Y, además, indicó apresuradamente en tono de gran convicción, tal vez el rumor carezca de fundamento.

– Como quiera que fuere, señora -concluyó Decoud-, podemos mantenerlo secreto por muchos días. He estado hablando con el telegrafista en medio de la Plaza Mayor, sin que hubiera nadie por allí cerca; de modo que estoy seguro de que no nos han oído. Y ahora voy a decirle a usted otra cosa. He trabado amistad con Nostromo, el capataz, y esta misma tarde hemos tenido una conversación, caminando yo al lado de su yegua, mientras salía de la ciudad. Pues bien, me prometió que si sobreviene un alboroto por cualquier motivo -aunque fuera por la mayor de las razones políticas, ¿me entiende usted?-, sus cargadores, que son una parte importante del populacho, se pondrán del lado de los europeos.

– ¿Le ha prometido a usted eso? -inquirió con interés la señora de Gould-. ¿Qué razón le movió a hacerle esa promesa?

– Palabra de honor, señora; lo ignoro -declaró Decoud en tono de ligera sorpresa-. Es cierto que me lo prometió; sin embargo, no puedo decirle a usted la razón de ello. Habló con su habitual indiferencia, que, a no tratarse de un vulgar marino, me hubiera parecido fantochería o fingimiento.

Interrumpióse para mirar con curiosidad a la señora de Gould.

– En resumen -continuó-, supongo que espera sacar de ello alguna ventaja personal. No debe usted perder de vista que, para ejercer el ascendiente de que goza entre la clase baja, necesita poner un tanto en peligro su vida y repartir con profusión su dinero. El prestigio personal, si es sólido, hay que pagarlo en una forma o en otra. Después de hacernos amigos en un baile, dado en la posada de un mejicano al lado mismo de la muralla, me dijo que había venido aquí a hacer su fortuna. De modo que tal vez considere ese prestigio como una especie de capital puesto a lucro.

– Bien pudiera buscar una satisfacción de su amor propio -objetó la señora de Gould con el tono de estar rechazando una acusación inmerecida-. Viola, el garibaldino, con quien ha vivido algunos años, le llama "el incorruptible".

– ¡Ah! ¿Pertenece al grupo de los protégés de usted en la zona esa del puerto? Muy bien, Y el capitán Mitchell le llama "el admirable". No tienen fin las historias que he oído acerca de su valor, audacia y fidelidad. Cuentan y no acaban. ¡Hum! ¡Incorruptible! Sin duda es un título honroso para el capataz de cargadores de Sulaco. ¡Incorruptible! Muy bonito, pero vago. Con todo eso, le tengo por hombre sensato, y en tal supuesto es como he entablado relaciones con él.

– Prefiero creerle desinteresado y, por tanto, persona de toda confianza -replicó la señora de Gould en el tono mas cercano al desabrimiento de que su genio era capaz.

– Bien, si así es, la plata estará más segura. Que baje el convoy, señora, y salga luego para el norte, a fin de que vuelva a nuestro poder convertida en crédito.

La señora de Gould miró a lo largo del corredor hacia la puerta del cuarto de Carlos. Decoud, observándola como si la esposa del hombre que había de manejar ese crédito tuviera en sus manos la suerte que había de correr su soñada unión con Antonia, descubrió una venia de asentimiento, apenas perceptible. Inclinóse él sonriendo, y sacó del bolsillo interior de su chaqueta un abanico de plumas finas montadas sobre varillas de sándalo.

– Lo he traído en el bolso para justificar la supuesta pérdida y mi extemporáneo regreso. ¡Buenas noches, señora!

Y se retiró después de hacer una nueva inclinación.

La dueña de la casa continuó por el corredor, alejándose de la habitación de su esposo. La amenaza que se cernía sobre la mina de Santo Tomé le oprimía el corazón. Hacía ya mucho que había empezado a temer una desgracia. La mina fue primero una idea curiosa. Poco a poco observó con recelo que se iba trocando en un fetiche, y ahora este fetiche se había transformado en un peso enorme y aplastante. Era como si la inspiración que animara los primeros años de vida conyugal hubiera abandonado su corazón, convirtiéndose en un muro de ladrillos de plata, levantado por la silenciosa labor de genios malignos entre ella y su esposo. Éste parecía vivir aislado dentro de una circunvalación del precioso metal, dejándola a ella fuera con su escuela, su hospital, las madres enfermas y los ancianos impedidos, vestigios sin valor de la noble concepción inicial. "¡Qué sería de esa pobre gente!" murmuró para sí.

La voz de Martín Decoud resonó con claridad en el patio diciendo:

– He hallado el abanico de la señorita Antonia, Basilio. Aquí está.