"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)Capítulo IV Tal vez para cumplir con los deberes de esa misión, hubiera ido a presenciar la partida de las tropas. A no dudarlo, el número siguiente de El Porvenir describiría el acontecimiento; pero su director, recostado sobre el landó, no daba muestras de prestar atención a ninguna cosa. La compañía de infantería, que, alineada de tres en fondo, cerraba el paso al muelle, al venírsele encima la gente, simulaba cargar a la bayoneta con un temeroso chocar de aceros; y entonces la multitud de curiosos retrocedía en masa hasta meterse debajo de los hocicos de los enormes mulos blancos. A pesar del gran gentío, sólo se oía un sordo y prolongado murmullo. Una parda bruma de polvo enturbiaba el ambiente, donde los jinetes, rodeados de pelotones de paisanaje aquí y allá, descollaban sobre los de a pie, de las caderas para arriba, vueltos a mirar en la misma dirección. Casi todos llevaban a la grupa un amigo, que se sostenía asido con ambas manos a los hombros del compañero; y las alas de sus sombreros al tocarse formaban una especie de disco con dos conos de agudo vértice encima, y dos caras debajo. De cuando en cuando un mozo dirigía con voz ronca ciertas palabras a un conocido de las filas, o una mujer gritaba de pronto un ¡Adiós!, seguido de un nombre de pila. El general Barrios, que por todo uniforme usaba una especie de blusa azul de color desvaído, sujeta al talle por un cinto, y pantalones blancos, muy anchos de arriba y estrechos de abajo, que caían sobre unas extrañas botas rojizas, permanecía con la cabeza descubierta y algo inclinado, apoyándose en un grueso bastón. "¡No! El se había conquistado gloria militar suficiente para saciar a cualquiera", le había repetido a la señora de Gould, intentando a la vez presentar una figura galante. Un bigote raquítico, que apenas merecía tal nombre, compuesto de unos cuantos pelos negrísimos, le sombreaba ligeramente el labio superior; tenía nariz prominente, mandíbula inferior puntiaguda y larga, y un parche de seda negra sobre un ojo. El otro, pequeño y hundido, miraba errante en todas direcciones con vaguedad afable. Los pocos espectadores europeos, hombres todos, que, como es natural, habían ido reuniéndose cerca del carruaje de los Gould, dejaban traslucir en la seriedad de sus rostros la impresión de que el general debía de haber ingerido demando ponche (ponche sueco importado en botellas por Anzani) en el Club Amarillo, antes de encaminarse con su estado mayor al puerto, galopando furiosamente. La señora de Gould se inclinó con gravedad y manifestó su convicción de que al general le aguardaba dentro de breve tiempo una gloria todavía mayor. – ¡Señora! -replicó aquél con gran vehemencia- ¡Reflexione usted en nombre de Dios! ¿Qué gloria puede haber para un hombre como yo en vencer a ese calvo Pablo Ignacio Barrios, hijo de un alcalde de aldea, general de división, comandante en jefe del distrito militar occidental, no frecuentaba el trato de la alta sociedad de Sulaco. Prefería las reuniones familiares de hombres solos, donde pudiera referir historias de la caza del jaguar; alardear de su destreza para ejecutar con el lazo suertes difíciles, inaccesibles del todo "para los casados," según el dicho de los Andaba siempre abrumado de deudas; aun en los períodos de esplendor, entre sus variadas vicisitudes de general de Costaguana, tenía siempre sus uniformes, galonados de oro, empeñados en casa de algún negociante. Y, al fin, para evitar las incesantes dificultades de vestuario a que le condenaba la ambición de logreros, empezó a mostrar su desdén por el atavío militar, usando unas excéntricas blusas, generalmente muy usadas; costumbre que llegó a ser en él una segunda naturaleza. Pero el partido a que Barrios se uniera no tenía que temer ninguna traición política. Su temple de soldado neto no se avenía con el innoble tráfico de comprar y vender victorias. Un miembro extranjero del cuerpo diplomático de Santa Marta expresó el juicio que había formado de él con estas palabras: "Barrios es un hombre de inmaculada honradez y algún talento para la guerra, El reducido grupo de ingenieros oyó esta exhortación sin proferir una palabra, y después de agitar la mano despidiéndose de ellos con aire autoritario, habló a la señora de Gould en los siguientes términos: – Eso es lo que debemos hacer, según dice don José. ¡Ser emprendedores! ¡Trabajar! ¡Enriquecernos! A mi me toca meter a Montero en una jaula, y, cuando este asuntillo esté terminado, entonces se cumplirán los deseos de don José, y llegaremos a ser ricos, todos sin excepción, como tantos ingleses, porque el dinero es el que salva a un país, y… Pero en este momento un joven oficial, de uniforme flamante, llegando apresurado del muelle, interrumpió la interpretación que el general estaba haciendo de las aspiraciones del señor Avellanos. El general hizo un movimiento de impaciencia; el otro siguió hablándole insistentemente con aire de respeto. Los caballos del estado mayor estaban ya embarcados, la lancha de vapor aguardaba al general en la escalera del embarcadero; y Barrios en vista de ello, tras una fiera mirada de su ojo único, empezó a despedirse. Don José se levantó y pronunció mecánicamente una frase apropiada a las circunstancias. Hallábase quebrantado por la agitación de sus vehementes sentimientos de esperanza y temor, y parecía economizar las últimas chispas de su fogosa elocuencia para los esfuerzos oratorios, que habían de tener eco en la lejana Europa. La grave Antonia, firmemente apretados los rojos labios, volvía la cara a un lado al abrigo del levantado abanico, y Decoud, no obstante sentir sobre él los ojos de la joven, persistía en mirar a lo lejos, apoyado en el codo con aire de la más completa indiferencia. La señora de Gould ocultaba heroicamente su desencanto ante la presencia de hombres y sucesos, que tan mal se avenían con sus convencionalismos de raza; desencanto tan hondo, que no hallaba términos adecuados en que confesarle a su mismo esposo. Ahora comprendía mejor su muda reserva. Las verdaderas confidencias íntimas entre ambos consortes se efectuaban, no al quedar solos en casa, sino en público, cuando al encontrarse rápidamente sus miradas, comentaban con ellas algún nuevo sesgo de los acontecimientos. Emilia había aprendido en la escuela de Carlos a encerrarse en un silencio incondicional, único posible, ya que tantas cosas, a su juicio, repulsivas, absurdas y grotescas, debían ser aceptadas como normales en aquel país para realizar sus propósitos. Indudablemente la grave y severa Antonia mostraba mayor madurez y una calma imperturbable; pero en cambio, no acertaba a reconciliar sus repentinos desfallecimientos con una afable movilidad de expresión. La señora de Gould dio un adiós sonriente a Barrios, hizo una venia a los europeos diciéndoles en tono afectuoso: "Espero verles a ustedes pronto en casa", y luego añadió, nerviosamente vuelta a Decoud: "Suba usted, don Martín." Los europeos contestaron descubriéndose, y Decoud abrió la portezuela del carruaje, mientras murmuraba para sí en francés: " A lo lejos sonaron aclamaciones, voces de mando, y un redoble de tambores que saludaba la partida del general. Algo parecido a un leve síncope asaltó a la señora de Gould, y miró inexpresivamente al tranquilo semblante de Antonia, preguntándose qué sería de su querido Carlos si aquel hombre absurdo fracasaba. – – Si, sí, niña. Sí, a la casa. El carruaje rodó silencioso en el blando camino. Las sombras se prolongaban sobre el polvoriento llano, que presentaba aquí y allá oscuras masas de arbustos, montones de tierra excavada, construcciones achatadas de madera con cubiertas de chapa de hierro acanalada, pertenecientes a la Compañía del Ferrocarril; y la hilera rala de postes de telégrafos se alejaba oblicuamente de la ciudad, llevando un solo alambre, casi invisible, al interior del gran campo, a modo de vibrante tentáculo de aquel progreso, que aguardaba a la puerta un momento de paz para penetrar y arrollarse al fatigado corazón del país. La ventana del Decoud, acurrucado en el rincón de su asiento, observaba con aire tétrico al viejo revolucionario y de pronto le disparó a quema ropa: – Bien, y ¿qué piensa usted de las fuerzas que acaban de salir? El veterano, mirándole con cierta curiosidad, manifestó cortésmente que la tropa había marchado muy bien. El tuerto Barrios y sus oficiales habían hecho maravillas con los reclutas en poco tiempo. "Esos indios, cazados ayer, como quien dice, han evolucionado a paso redoblado como Su animación decayó de pronto, y el leve gesto que hizo con la mano expresó desaliento; pero añadió que, a petición suya, un sargento le había enseñado el nuevo fusil. No se conocía tal arma en sus días de lucha; y si con ella Barrios no era capaz de… – Sí, sí, seguramente -interrumpió don José, casi temblando de ansiedad-. No tenemos nada que temer. El bueno del señor Viola es hombre de experiencia. Poseemos un fusil de una eficiencia terrible, ¿no es así? Usted, mi querido Martín, ha cumplido admirablemente su misión. Decoud, echándose atrás con aire tétrico, se puso a mirar al viejo Viola. – ¡Ah! Sin duda tenemos aquí un hombre de experiencia. Y ¿se puede saber por quién está usted allá en su interior? La señora de Gould se inclinaba en este momento sobre las niñas. Linda había traído en una bandeja un vaso de agua con pulcritud extrema: y Gisela presentó a su bienhechora un ramo de flores, cogidas a prisa. – Por el pueblo -contestó con firmeza el garibaldino. – Por el pueblo estamos todos… en resumidas cuentas. – Sí -replicó en tono destemplado el viejo- Y entre tanto ese pueblo pelea por ustedes. ¡Ciegos! ¡Esclavos! En aquel momento un joven del cuerpo de ayudantes, que trabajaban en el trazado de la vía, llamado Scarfe, salió por la puerta del grupo de habitaciones reservadas para los – Es para mi una deliciosa sorpresa el verla a usted, señora de Gould. Llego en este momento. Bien, como de ordinario; pero he llegado tarde a todo, por supuesto. La despedida de las tropas terminó hace unos quince minutos, y según mis noticias, en casa de don Justo López ha habido un gran baile la noche pasada. – Efectivamente -intervino Decoud en correcto inglés-, los jóvenes patricios han estado bailando antes de marchar a la guerra con el gran Pompeyo. El joven Scarfe se le quedó mirando atónito. – No he tenido el honor de conocer a usted… Pero la señora de Gould se apresuró a hacer la presentación: – El señor Decoud…, el señor Scarfe. – ¡Ah! Pero nosotros no vamos a Farsalia -protestó don José con nervioso apresuramiento también en inglés-. Déjese usted de esas bromas, don Martín. La anhelosa respiración de Antonia denunciaba la turbación que le causaban aquellos temores de derrota envueltos en una alusión histórica. El joven ingeniero no entendía una palabra. – ¿Farsalia? ¿Gran Pompeyo? -murmuró vagamente. – Por fortuna Montero no es un César -continuó Decoud- ni los dos Monteros juntos harían una decente parodia de César. -Se cruzó de brazos y miró al señor Avellanos, que había vuelto a su inmovilidad-. Únicamente usted, don José, es un viejo romano de cuerpo entero -vir Romanus-, elocuente e inflexible. Desde que oyó pronunciar el nombre de Montero, el joven Scarfe se sintió aguijado del deseo de manifestar ingenuamente su opinión. Y así lo hizo con voz vibrante y fresca. Esperaba que al tal Montero le dieran el golpe de gracia acabando con él de una vez. Holgaba decir lo que sería del ferrocarril si la revolución triunfaba. Probablemente habría que abandonarlo. No sería el primer caso que ocurriera en Costaguana. "Porque, ¿sabe usted?, es una de sus cosas nacionales", añadió haciendo ademán de olfatear, como si la expresión anterior tuviera un olor sospechoso para su profunda experiencia de los asuntos sudamericanos. Y, por supuesto, siguió charlando con animación, había sido para él una fortuna inmensa que a su edad le incluyeran en el personal técnico "de un proyecto tan importante como aquel, ¿sabe usted?" Esto le aseguraba un gran ascendiente por toda la vida entre sus compañeros. "Por consiguiente…, ¡abajo Montero, señora de Gould!" Su cándida jovialidad se desvaneció lentamente ante la unánime seriedad de los rostros vueltos hacia él en el carruaje, únicamente el bueno de don José, cuyo céreo semblante permanecía inmóvil, seguía con la vista fija en la lejanía, como si nada hubiera oído. Scarfe conocía poco a los Avellanos. No daban bailes, y Antonia nunca aparecía en la ventana del piso bajo, según solían hacerlo otras señoritas, acompañadas de mujeres de edad, para pelar la pava con los señores a caballo en la calle. Por lo visto las miradas de tales criollos no decían nada a su corazón. Pero ¿qué le pasaba a la señora de Gould para portarse tan fríamente? "Siga usted, Ignacio", dijo al cochero, y al pobre Scarfe sólo le contestó con una lenta inclinación de cabeza. Para mayor confusión del muchacho, el individuo carirredondo y afrancesado prorrumpió en una carcajada sarcástica. Scarfe se ruborizó hasta lo blanco de los ojos, y volviéndose a Giorgio Viola, que había retrocedido con las niñas, sombrero en mano, le dijo con alguna aspereza: – Necesito un caballo para dentro de poco. – Lo tendrá usted, señor. Los hay en abundancia -murmuró el garibaldino, acariciando con sus rudas manos la cabellera de las dos muchachas, una negra con reflejos bronceados, y otra rubia de tinte cobrizo. La muchedumbre que regresaba de presenciar la partida de las tropas levantaba una gran polvareda en el camino. Los de a caballo fijaron la atención en el grupo. – Id al lado de vuestra madre -dijo hablando con sus hijas- Se están haciendo mozas al paso que yo me voy haciendo viejo, y no hay nadie… Miró al joven ingeniero y se quedó cortado como si despertara; luego, cruzando los brazos sobre el pecho, tomó su postura acostumbrada, apoyando la espalda en la jamba de la puerta y la mirada fija en la cima del Higuerota. En el carruaje, Martín Decoud, revolviéndose en el asiento, como si no lograra postura cómoda, murmuró, aproximándose a Antonia: "Supongo que usted me odia." Y a continuación en voz alta empezó a felicitar a don José porque todos los ingenieros del ferrocarril en construcción eran convencidos riveristas. Sin duda había que felicitarse por el interés de todos aquellos ingenieros. – Ya ha oído usted a éste mostrar su ilustrada benevolencia. Agrada pensar que la prosperidad de Costaguana sirva de alguna utilidad al mundo. – Scarfe es muy joven, un chiquillo todavía -observó tranquilamente la señora de Gould. – Y muy cuerdo para su edad -replicó Decoud- Pero aquí se nos presenta la verdad desnuda saliendo de la boca de ese muchacho. Tiene usted razón, don José. Las riquezas naturales de Costaguana son de importancia para la progresiva Europa, representada por ese mozalbete; ni más ni menos que la de nuestros antepasados españoles lo fue, hace tres siglos, para las demás naciones del antiguo mundo, representadas por los atrevidos filibusteros. Sobre nuestro carácter pesa una maldición esterilizadora: Don Quijote y Sancho Panza, el espíritu caballeresco y el materialismo, sentimientos de visionaria idealidad y un zafio sentido de la moral, violentos esfuerzos por elevarnos a un régimen de justicia y una aceptación sumisa de todas las formas de corrupción. Después de poner en conflagración un continente para conquistar nuestra independencia, vinimos a parar en ser presa rendida de una parodia democrática, víctimas impotentes de granujas y matones, con instituciones de ridícula comedia y leyes de pura farsa, y ¡con un amo como Guzmán Bento! Y a tal extremo ha llegado nuestra abyección, que cuando un hombre como usted ha despertado la conciencia cívica del país, un bárbaro tan estúpido como Montero -¡cielos, un Montero!- nos hace temblar con sus amenazas, y un indio tan sandio y fanfarrón como Barrios es nuestro defensor. Pero don José, sin darse por enterado de aquella virulenta filípica -como si nada de ella hubiera oído-, emprendió la defensa de Barrios. El hombre, a su juicio, poseía capacidad suficiente para la empresa que se le había confiado en el plan de campaña. Su actuación se reducía a un movimiento ofensivo, tomando por base a Cayta, contra el flanco de las fuerzas revolucionarías, que avanzaban desde el Sur hacia Santa Marta, defendida por otro ejército en cuyas filas se contaba el presidente-dictador. Don José hablaba con animación y facundia, inclinado ansiosamente ante la mirada atenta de su hija. Decoud, reducido al silencio por la fogosa perorata del anciano, no profirió una palabra. Las campanas de la ciudad tocaban al Ángelus cuando el carruaje penetró por la vieja puerta, que se abría frente al puerto, presentando el aspecto de un monumento informe de follaje y piedra. El sordo estruendo de las ruedas bajo del arco sonoro fue taladrado por un grito extraño y penetrante. Decoud vio desde su asiento al gentío, que regresaba a pie detrás del coche por el camino, volver las cabezas, envueltas en embozos y cubiertas por sombreros, para mirar a la locomotora. Esta se alejaba, como una flecha, oculta tras la casa de Viola, bajo de una blanca faja de vapor, que parecía diluirse en el prolongado alarido, histérico y anheloso, de la máquina, alarido con dejos de triunfo bélico. Fue a modo de una visión de ensueño la que ofreció aquel clamoroso fantasma de la locomotora al cruzar el pasaje abovedado y hacer sobresaltarse a la multitud que volvía de presenciar un espectáculo militar hollando con pasos silenciosos el camino polvoriento. Era un tren de material ferroviario que regresaba del Campo a los cercados de empalizadas. Los vagones vacíos rodaban ligeros sin estrépito de ruedas ni temblor del suelo. El maquinista al pasar por la casa de Viola saludando con el brazo levantado, dio contravapor antes de entrar en la estación; y cuando se extinguió el agudo silbido del vapor que accionaba los frenos, una serie de choques violentos y bruscos, mezclados con tintineos de las cadenas de acoplamiento formó un tumulto de martillazos y hierros sacudidos bajo de la bóveda de la entrada. |
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