"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Capítulo III

Cuando el general Barrios se detuvo para hablar a la señora de Gould, Antonia levantó con negligencia su mano que sostenía un abanico abierto en ademán de preservar de los rayos del sol su cabeza, tocada con leve chal de encaje. El animado brillo de sus ojos azules, movibles tras los negros flecos de las pestañas, se posó un momento sobre su padre, y luego voló más allá yendo a caer sobre la figura de un joven que a lo sumo contaría treinta años, de talla media, un tanto metido en carnes, envuelto en fino sobretodo. Apoyado con la palma abierta de la mano sobre el puño esférico de una caña flexible, había estado mirando distraído, pero en cuanto se notó observado se acercó tranquilamente y puso el codo sobre la portezuela del landó.

El cuello de la camisa, de corte bajo, el enorme lazo de su corbata, la forma del traje, desde el sombrero hongo hasta los charolados zapatos, sugerían la idea de la elegancia francesa; pero en lo demás era un bello ejemplar del criollo español. El sedoso bigote y la barba rubia, corta y ensortijada, no ocultaban sus rojos labios, frescos y con cierta expresión de mueca burlona. Su cara llena y redonda tenía el sano y cálido tinte blanco criollo, no curtido por los ardores del sol de su patria. Martín Decoud rara vez había estado expuesto al sol de Costaguana, que le había visto nacer. Su familia estuvo establecida por largo tiempo en París, donde él había estudiado leyes y hecho sus pinitos literarios, esperando a veces en momentos de exaltación llegar a ser un poeta de tanto vuelo como el otro de sangre española, don José María de Heredia. En ocasiones, por vía de pasatiempo, se había allanado a escribir artículos sobre asuntos europeos para el Semanario, principal diario de Santa Marta, que los publicaba con el encabezamiento: "De nuestro corresponsal especial", aunque la paternidad de tal correspondencia era un secreto a voces. Todo el mundo sabía en Costaguana -donde se seguía con vivo interés la historia de los compatriotas residentes en Europa- que el autor era Decoud hijo, joven de talento, relacionado, a lo que se suponía, con la flor y nata de la sociedad parisiense. En realidad Martín Decoud era un ocioso boulevardier o paseante de los bulevares, conocido de algunos periodistas listos, con entrada franca en las redacciones de los diarios, y bien recibido en los sitios de recreo, frecuentados por la gente de la prensa. Esta vida, cuya deplorable superficialidad se disfrazaba con el brillo de una blague universal, al modo que las estúpidas payasadas de un arlequín pretenden disimularse tras las brillantes lentejuelas y abigarrados colorines de un traje charro, le daban un barniz de cosmopolitismo agabachado -soberanamente antifrancés en el fondo-, pues real y verdaderamente era una desoladora indiferencia que se pavoneaba con aires de superioridad intelectual. De Costaguana solía decir a sus compañeros de París: "Imagínense ustedes un ambiente de ópera bufa, en la que todos los incidentes cómicos de la representación, donde intervienen estadistas, bandoleros, etc., etc., y toda la farsa de robos, intrigas y asesinatos se realizan con la más perfecta serenidad. Es horrendamente chistoso, la sangre corre sin cesar, y los actores se imaginan estar torciendo el rumbo de los destinos del universo. Por supuesto, los gobiernos en general, todo gobierno, sea de donde fuere, es un objeto exquisitamente cómico para el hombre que sabe discernir; pero nosotros los hispanoamericanos no conocemos límites. Ningún hombre de mediana inteligencia se aviene a intervenir en las intrigas de une farce macabre. Sin embargo, esos riveristas, de quienes precisamente ahora recibo tantas noticias, trabajan realmente en su estilo cómico por hacer habitable el país y pagar algunas de sus deudas. Amigos míos, harían ustedes bien en poner por las nubes al señor Rivera ante los tenedores de obligaciones de mi país. Si es cierto lo que me escriben, al fin van a tener probabilidades de realizar sus créditos."

Y a continuación explicaba con verbo mordaz lo que representaba don Vicente Rivera -hombrecillo tétrico, abatido por el peso de sus buenas intenciones-; la significación de las batallas ganadas; quién era Montero (un grotesque vaniteux et féroce), y la índole del nuevo empréstito relacionado con el desarrollo del ferrocarril y la colonización de vastos territorios, en un gran plan financiero.

Con lo que sus amigos franceses sacaban la impresión de que el querido compañero Decoud connaissait la question à fond. Una importante revista parisiense le pidió un artículo sobre el estado de cosas en su patria. Estaba escrito en tono serio y con un gran fondo de ligerezas. Después preguntó a uno de sus íntimos:

– ¿Ha leído usted mi articulito sobre la regeneración de Costaguana?: Une bonne blague, hein?

Se tenía por parisiense hasta la punta de los pelos. Pero tan lejos estaba de ello, que antes al contrario corría peligro de permanecer siendo toda su vida un dilettante inclasificado. Había llevado el hábito de burlarse de todo al extremo de atrofiar todos los genuinos impulsos de su naturaleza. El haber sido elegido repentinamente miembro ejecutivo del comité patriótico de Sulaco para la adquisión de armamento le pareció el colmo de lo inesperado, una de esas ocurrencias fantásticas de que únicamente eran capaces sus paisanos.

– Es como si me hubiera caído un ladrillo en la cabeza. ¿Yo miembro ejecutivo? ¿Yo? ¡En mi vida pude imaginar cosa semejante! ¿Qué entiendo yo de fusiles militares? C'est funambulesque!

Con tales exclamaciones se había desahogado ante su hermana predilecta, hablándole en francés, que era el idioma usual en la familia, excepto el padre y la madre, ya ancianos.

– Y tienes que leer la carta confidencial en que se me dan todas las explicaciones. ¡Ocho páginas enteritas! ¡Nada menos!

Esta carta, escrita de puño y letra de Antonia, estaba firmada por don José, que solicitaba el concurso del "joven y valioso costaguanero" en la vida pública de su país, y privadamente hablaba, en tono de la mayor intimidad y sin reservas, a su talentuado ahijado, hombre rico e independiente, con amplias relaciones, digno de absoluta confianza por su linaje y educación.

– Lo que significa -comentó cínicamente Martín hablando con su hermana- que no malversaré los fondos, ni iré a molestar con insubstanciales charlas a nuestro chargé d'affaires de aquí.

Todo el asunto hubo de tramitarse a espaldas del ministro de la Guerra, Montero, miembro sospechoso del gobierno de Rivera, pero del que era difícil deshacerse por el momento. Precisaba que no supiera nada hasta que las tropas que estaban al mando de Barrios tuvieran el fusil en la mano. Tan sólo el presidente-dictador, cuya posición se hallaba rodeada de gravísimas dificultades, estaba en el secreto.

¡Chistosísimo! -exclamó la hermana y confidente de Martín, quien había replicado en el tono de la más perfecta blague parisiense:

¡Es inmenso! ¡Tiene que ver todo un jefe del Estado metido a explotar una mina con ayuda de ciudadanos particulares, bajo la mirada amenazadora del ministro de la Guerra, a quien hay que aguantar, quieras o no! ¡Ah! ¡Somos inimitables!

Y rompió a reír a carcajadas.

Posteriormente su hermana se maravilló de la seriedad y destreza desplegadas por Martín en llevar a cabo su misión, que era delicada por razón de las circunstancias y difícil a causa de requerir conocimientos técnicos. En su vida le había visto molestarse tanto por ninguna cosa.

– Me divierte lo indecible -había explicado brevemente- Estoy acosado por una porción de chalanes y petardistas, que procuran venderme toda clase de carabinas de Ambrosio. Son encantadores; me invitan a espléndidas cuchipandas, y yo les satisfago con buenas palabras; es entretenidísimo. Entre tanto el negocio se está arreglando en otra parte.

Cuando se ultimó el contrato, manifestó de improviso su intención de presenciar la entrega del precioso cargamento en Sulaco. A su juicio, aquel cómico asunto merecía ser proseguido hasta el fin. En tales términos balbució sus excusas ante la sagaz señorita, que después de contemplarle abriendo los ojos asombrada, los cerró, mientras le decía, articulando muy despacio:

– Lo que tú quieres es ver a Antonia.

– ¿Qué Antonia? -replicó el boulevardier de Costaguana en tono de disgusto y desdén.

Y sin más, se encogió de hombros, dio media vuelta y partió. Pero la hermana le gritó con burlón regocijo:

– La Antonia, a quien conociste cuando llevaba el cabello trenzado en dos coletas a la espalda.

La había conocido unos ocho años antes, poco después que Avellanos partió de Europa para volver a su patria, cuando aquélla era una muchacha, más alta y desarrollada de lo que pedían sus dieciséis años, de porte juvenilmente austero y juicio tan maduro, que llegó a dispararle algunas bromas sobre su afectado alarde de hombre desengañado. En cierta ocasión, tuvo un impulso de enojo, en que le echó en cara la vanidad de su vida y la ligereza de sus opiniones. Martín contaba a la sazón veinte años, y como hijo varón único, estaba mimadísimo por su familia que le adoraba. Aquella andanada imprevista le desconcertó de tal modo, que su pose de jovial superioridad vaciló ante la recriminación de la colegiala. Y tan honda impresión le dejó, que desde entonces todas las muchachas amigas de sus hermanas le recordaban a Antonia Avellanos, o por algún leve parecido o por ser el reverso de la medalla. Esto es una fatalidad ridícula, solía decirse a sí propio. Y, por supuesto, en las noticias que los Decoud recibían, con regularidad, de Costaguana, solía mencionarse a sus amigos, los Avellanos, con la historia de la prisión y abominables tratamientos del ex-ministro, los peligros y penalidades sufridos por la familia, su traslado de residencia a Sulaco en la mayor pobreza, el fallecimiento de la madre.

El pronunciamiento monterista se había efectuado antes que Martín Decoud desembarcara en Costaguana. Hizo el viaje con gran rodeo por el estrecho de Magallanes, en el mejor servicio de vapores que había en Europa, y luego en el de la Costa Occidental de la Compañía O.S.N. Su importante consignación llegó precisamente a tiempo de levantar los ánimos consternados, abriéndolos a la resolución y a la esperanza. A Decoud se le consideraba mucho entre las familias principales, y esta estimación era pública. Privadamente, don José, quebrantado y débil aún, le abrazó con lágrimas en los ojos.

– ¡Ha hecho usted el sacrificio de venir! No podía esperarse menos de un Decoud. ¡Ay, amigo! Nuestros temores más graves se han realizado -gimió en tono afectuoso.

Y volvió a dar un abrazo a su ahijado. Era en realidad la hora de que los hombres de inteligencia y corazón se agruparan alrededor de la causa de la salvación del país, puesta en peligro.

Entonces fue cuando Martín Decoud, el hijo adoptivo de la Europa Occidental, sintió el cambio absoluto de ambiente. Dejóse abrazar entre expresiones cariñosas, sin contestar nada, y hasta se conmovió a pesar suyo, al oír aquella nota de pasión y tristeza, desconocida en los centros más refinados de la política europea. Y, cuando la gentil Antonia, avanzando con paso elástico en la penumbra del desguarnecido salón, le alargó la mano (con su libertad y desembarazo habituales) murmurando: "Me alegro de verle a usted aquí, don Martín", comprendió la imposibilidad de decir a padre e hija que tenía pensado partir en el paquebote del mes siguiente. Don José proseguía entre tanto sus elogios. Cada nueva adhesión aumentaba la confianza pública. Y, además, ¡qué ejemplo para la juventud de Costaguana el del ilustre defensor de la regeneración del país, el digno expositor de la fe política del partido ante el mundo civilizado! Todos habían leído el magnífico artículo en la famosa revista parisiense. Esa información había llegado a todas partes; y la aparición del autor en momento tan crítico equivalía a un acto público de fe. El joven Decoud se sintió abrumado por un sentimiento de confusión impaciente. Su plan había sido regresar a Europa por la vía de los Estados Unidos, atravesar California, visitar el Parque de Yellow-Stone, Chicago, Niágara, echar un vistazo al Canadá, detenerse probablemente unos días en Nueva York y varios más en Newport, utilizando sus cartas de recomendación. El apretón de mano de Antonia fue tan franco, y el tono de su voz tan firme al saludarle efusivamente en señal de sincera aprobación, que, después de inclinarse profundamente, sólo acertó a decir:

– No hallo palabras con que expresar a ustedes mi reconocimiento por la cariñosa acogida que me han dispensado; mas ¿por qué se ha de agradecer a un hombre el que vuelva a su país natal? Estoy seguro de que la señorita Antonia no lo cree necesario.

– No, señor, indudablemente no -replicó con aquella franqueza de modales, grave y tranquila, que caracterizaba todas sus manifestaciones-. Pero, cuando ese hombre vuelve, como vuelve usted, hay que felicitarse de ello… por el bien de ambos.

Martín Decoud no dijo nada de lo que últimamente había resuelto. A nadie habló de ello la menor palabra, y hasta después de quince días no lo dejó traslucir, preguntando a la señora Gould (en cuya tertulia, como es de suponer, había sido admitido al punto), inclinada la silla hacia la dueña de la casa con aire de familiaridad distinguida, si no descubría en él, aquel día, un cambio notable -cierta gravedad desusada. A esto, la interrogada se volvió de cara al preguntón mirándole con ojos escudriñadores y esbozando en silencio una sonrisa; gesto peculiar que le comunicaba una gracia fascinadora por cierto dejo de sutil propensión a servir a los demás olvidándose de sí propia, que se revelaba en la prontitud y viveza de su atención. Decoud añadió imperturbable que había dejado de creerse un ser inútil en el mundo, y a continuación le explicó que en aquel momento tenía delante al periodista de Sulaco. La señora de Gould volvió al punto el rostro hacia Antonia, que estaba sentada, erguido el busto, en el ángulo de un sofá español, de alto y vertical respaldo, agitando lentamente un gran abanico negro sobre las curvas de su señoril semblante, cruzados uno sobre otro los pies, cuyo calzado asomaba las puntas bajo de la fimbria de su falda negra. Los ojos de Decoud se fijaron también allí. La señorita Avellanos, según dijo aquél en voz baja, estaba enterada de su nueva e inesperada vocación, que por regla general en Costaguana era una especialidad de negros semiilustrados y de abogados sin un céntimo. Y luego, afrontando con una especie de cortés descaro la mirada de la señora de Gould, que ahora se había vuelto a él con expresión de simpatía, profirió las palabras: "¡Pro patria!"

Lo ocurrido era que había cedido sin demora a los apremiantes ruegos de don José para que tomara a su cargo la dirección de un periódico, destinado a ser el "portavoz de las aspiraciones de la provincia". Era una idea que el viejo diplomático había acariciado de muy atrás. El material de imprenta necesario (en modesta escala) y una abundante consignación de papel se habían recibido de Norteamérica hacía algún tiempo; únicamente faltaba el hombre idóneo. El mismo señor Moraga no había podido hallar ninguno en Santa Marta; y el asunto a la sazón se había hecho urgente; era absolutamente indispensable algún diario que contrarrestara el efecto de las mentiras propagadas por la prensa monterista, en la que se sucedían sin interrupción las calumnias atroces, las proclamas al pueblo, excitándole a levantarse puñal en mano y exterminar de una vez y por siempre a todos los blancos, a los anacrónicos restos de los godos, momias siniestras, paralíticos impotentes que conspiraban con los extranjeros para enajenar los territorios del país y esclavizar a sus habitantes.

El clamor de este Liberalismo Negro asustaba al señor Avellanos. El único remedio era un periódico. Y ahora que se había hallado en Decoud el hombre admirablemente habilitado para tal menester, apareció un rótulo con enormes letras negras pintadas entre las ventanas que se abrían sobre los arcos del piso bajo de una casa situada en la plaza. Era la inmediata al gran bazar de Anzani, donde se vendían zapatos, sedas, artículos de hierro, muselinas, juguetes de madera, figurillas de plata para exvotos (brazos, piernas, cabezas, corazones), específicos y hasta algunos libros polvorientos en rústica, la mayor parte en francés. Los enormes caracteres negros formaban las palabras "Oficinas de El Porvenir". De ahí salía tres veces por semana el periódico de solas dos hojas, escrito por Martín, y el marrullero dueño del bazar, que con su cara amarillenta, holgado traje negro y zapatillas de alfombra, andaba husmeando de aquí para allá por delante de las varias puertas de su establecimiento, saludaba con una profunda inclinación soslayada al periodista de Sulaco, que entraba y salía, ocupado en el desempeño de su augusta misión.