"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Capítulo VIII

Aquellos de nosotros a quienes el negocio o la curiosidad llevó a Sulaco en los años anteriores a la construcción del primer ferrocarril podrán recordar el efecto de estabilidad y orden que la mina de Santo Tomé causó en tan remota provincia. Las apariencias exteriores no habían cambiado entonces, como ha ocurrido después según me dicen. Ahora, según parece, los tranvías recorren las calles que parten de la plaza de la Constitución; y las carreteras penetran en el interior del país hasta Rincón y otras poblaciones, donde los comerciantes extranjeros y los ricos suelen tener quintas modernas; y hay un gran depósito con material y talleres, perteneciente al ferrocarril, junto al puerto, que tiene un muelle complementario, una larga serie de almacenes, y también sus quebrantos de huelgas, serias y organizadas.

En aquella época nadie había oído hablar de huelgas de esa clase. Los cargadores del puerto formaban ciertamente una hermandad indisciplinada, en la que entraban perdularios y gentuza de todas las calañas, sin que por eso dejara de tener su santo patrón. Pero sólo se declaraban en huelga con indeficiente regularidad los días de toros, no con miras socialistas, sino de mera diversión. Este trastorno del servicio no pudo ser corregido eficazmente ni por el mismo Nostromo. Las fiestas de guardar también traían cola de holganza, si no se acudía a tiempo con mano enérgica; mas en tales casos, a la mañana siguiente, antes que las vendedoras indias del mercado hubieran abierto sus quitasoles, cuando la nieve del Higuerota enviaba a la plaza su pálido resplandor, que resaltaba sobre un cielo todavía oscuro, la aparición de un jinete fantasma, caballero en una yegua cana, resolvía infaliblemente el problema del trabajo. La cabalgadura se metía por los callejones de los barrios bajos, y salvando las cercas de maleza dentro de los antiguos baluartes, avanzaba por entre los grupos de negras chozas a oscuras, que semejaban establos de vacas o perreras. El jinete daba terribles martillazos con la culata de su grueso revólver en las puertas de pulperías ruines, de tugurios obscenos, apoyados en el destartalado trozo de un noble paredón, de barracas de tabla, cuyos delgados tabiques dejaban oír ronquidos y murmullos somnolientos durante las pausas del atronador golpeteo. Llamaba por sus nombres a los trabajadores, amenazándoles desde la silla de la yegua una y dos veces. Las respuestas de los dormilones -regañonas, conciliadoras, salvajes, joviales o deprecatorias- salían a la silenciosa oscuridad exterior, en la que el jinete aguardaba tranquilo, y, a poco, un bulto hacía notar su presencia con repetidas toses. A veces una mujer de voz gruesa respondía con humildad por el hueco de la ventana: "Ahora mismo va, señor"; y el de la yegua permanecía quieto hasta que el anuncio se cumplía. Pero si por acaso tenía que apearse, entonces, al poco rato, de la puerta de la barraca o de la pulpería, entre un violento patuleo y ahogadas imprecaciones, salía disparado un cargador con la cabeza adelante y las manos tendidas yendo a caer entre las patas delanteras de la yegua cana, que se limitaba a poner erectas sus puntiagudas y menudas orejas. Echábase de ver que estaba acostumbrada a tales escenas; y el hombre, levantándose, huía del revólver de Nostromo y se alejaba por la calle entre traspiés y maldiciones.

Al salir el sol, el capitán Mitchell, que aparecía ansioso en traje de dormir, en el balcón larguísimo, tendido todo a lo largo del solitario edificio de la Compañía O.S.N. cerca de la playa, veía ya a los cargadores en su camino, moviéndose activamente junto a las grúas de carga, y tal vez oía al incomparable Nostromo, ahora en pie, con su camisa de color y faja roja de marino mediterráneo, dando órdenes desde el extremo del muelle con voz estentórea. Como él, había pocos en el mundo. ¡Uno entre millares!

El refinamiento material de una civilización madura, que borra la individualidad de las viejas ciudades con el barniz de las estereotipadas conveniencias de la vida moderna, no había invadido aún el recinto de Sulaco; pero sobre su mugrienta antigüedad tan característica, con sus casas estucadas y ventanas de rejas, con los grandes muros amarillentos de conventos abandonados, tras monótonas hileras de sombríos cipreses, el hecho -modernísimo en su espíritu- de la mina de Santo Tomé había proyectado ya su influencia sutil. También había modificado el aspecto de las multitudes en los días festivos, cuando se reunían en la plaza, fronteriza al pórtico abierto de la catedral, por el número de ponchos blancos con una franja verde, ostentados como prenda dominguera por los mineros de Santo Tomé. Estos habían adoptado además sombreros blancos con cordón y cinta verde, artículo, como el anterior, de buena calidad, que podía obtenerse por poquísimo dinero en el almacén de la administración.

Cualquier pobre cholo que usara estos colores (no llevados en Costaguana) era rara vez molestado a pretexto de haber faltado al respeto a la policía de la ciudad, y tampoco corría mucho peligro de ser cazado a lazo por sorpresa, yendo de camino, por algún escuadrón de lanceros de reclutamiento -sistema considerado casi como legal en la República.

Aldeas enteras habían sido incorporadas al ejército en esa forma; pero, como solía decir don Pepe a la señora de Gould, con un encogimiento de hombros que expresaba lo irremediable: "¿Qué se le ha de hacer? ¡Pobre pueblo! ¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos! No se puede menos. El Estado necesita su ejército."

Así se explicaba profesionalmente el veterano militar de bigotes colgantes, cara enjuta avellanada y barbilla redonda y maciza, que recordaba el tipo del vaquero característico de los grandes Llanos del Sur. "¡Ah!, señores; si ustedes hubieran oído a un viejo oficial de Páez…" era el exordio de todos sus discursos en el Club Aristocrático de Sulaco, donde se le admitía en atención a los servicios prestados en otro tiempo a la causa de la Federación. El club, que databa de los días en que se proclamó la independencia de Costaguana, se ufanaba de contar entre sus fundadores a muchos héroes de la libertad. Fue suprimido arbitrariamente por varios gobiernos, sus miembros habían sido objeto de proscripciones, y hasta (una vez al menos) de una matanza general, después de haberlos congregado en un banquete por orden de un fanático comandante militar -la chusma desgarró luego los vestidos de las víctimas y arrojó sus cuerpos a la plaza por los balcones del edificio;- pero se organizó de nuevo y a la sazón florecía pacíficamente. Hacía extensiva a los extranjeros la amplia hospitalidad de los fríos y enormes aposentos, situados en la parte correspondiente a la fachada del edificio, donde tenía su residencia, que en lo antiguo lo fue de los supremos funcionarios del Santo Oficio. Las otras dos alas, enteramente desiertas, se desmoronaban detrás de sus puertas claveteadas, y la especie de bosquecillo de tiernos naranjos que crecía en el suelo desnudo del patio ocultaba la completa ruina de la parte interior de la entrada. Cuando se penetraba en él desde la calle, creía uno entrar en un huerto cerrado. Llegábase al pie de una escalera destartalada, sobre la que parecía tender su protección la mohosa efigie de un santo obispo con mitra y ornamentos, soportando con mansedumbre evangélica el sacrílego ultraje de su nariz rota, y con las finas manos de piedra cruzadas sobre el pecho. Atezados rostros de criadas asomaban desde arriba, medio envueltos en desgreñadas matas de negro cabello; oíase el choque de bolas de billar; y luego de subir las escaleras y poner los pies en la primera sala, se tropezaba tal vez con don Pepe, sentado rígidamente en un sillón de respaldo vertical, a buena luz, moviendo sus largos bigotes al leer con suave mosconeo un antiguo diario de Santa Marta, tendido ante los ojos a la distancia del brazo. Su caballo -flemático, pero resistente ejemplar de cabos negros y cabeza de martillo- se inmovilizaba en la calle, dormitando bajo de una silla inmensa, con la nariz tocando casi el bordillo de la acera.

Don Pepe, "cuando estaba de vuelta de la montaña," según solía decirse en Sulaco, era uno de los contertulios de la casa Gould. Sentado con modesta compostura a cierta distancia de la mesa de té, las rodillas juntas, y un bondadoso guiño de jovialidad en sus ojos hundidos, intercalaba de cuando en cuando en el curso de la conversación sus chascarrillos irónicos. Había en aquel hombre cierta agudeza sana y alegre, y una vena de esa nobleza de sentimientos tan frecuente en simples soldados veteranos, de probado valor, que han pasado por mil peligros de muerte. Por supuesto, no entendía nada de minería, pero su empleo era de un género especial. Estaba encargado de mantener el orden en la población entera del territorio de la mina, el cual se extendía desde el arranque de la garganta hasta el sitio en que el camino carretero penetra en el llano, partiendo del pie de la montaña y cruzando un riachuelo por un puentecillo de madera, pintada de verde, que, por ser el color de la esperanza, lo era también de la mina.

Referíase en Sulaco que "en toda esa extensión de la montaña" don Pepe caminaba por senderos rodeados de precipicios, ciñendo un espadón sobre su maltrecho uniforme con desvaídas charreteras doradas de primer comandante. Los mineros de Costaguana, indios en su mayor número, le miraban con ojazos espantados y le llamaban Taita (padre), como suele hacerlo la gente descalza del país al hablar con cualquiera que lleve zapatos. Mayor tratamiento aún le daba Basilio, el mozo particular del señor Gould y jefe de la servidumbre, quien con la mayor buena fe y creyendo cumplir con lo que pide la cortesía, le anunció en una ocasión con las solemnes palabras: "El señor Gobernador ha llegado."

A don José Avellanos, que a la sazón estaba en la sala, le cayó en gracia de un modo extraordinario la propiedad del título, y con él saludó pomposamente a la bizarra figura militar de su homónimo, tan luego como apareció en la puerta. Don Pepe se limitó a sonreír al amparo de sus luengos bigotes, como diciendo: "Acaso no pudiera usted hallar otro nombre que peor le sentara a un viejo soldado."

Y el señor Gobernador continuó bromeando sobre sus funciones y dominio, en el que, según aseguraba con festiva exageración a la señora Gould:

– No chocan dos piedras en ninguna parte, sin que el gobernador oiga el ruido, señora.

Palabras que profería golpeándose la oreja con la punta del índice de un modo significativo. A pesar de que el número de mineros solamente pasaba de seiscientos, parecía conocer individualmente a los interminables Josés, Manueles, Ignacios de las aldeas primera, segunda y tercera (tres eran los poblados mineros) que tenía bajo de su gobierno. Sabía reconocerlos no sólo por su caras achatadas y tristes, que a la señora de Gould le parecían iguales, como vaciadas en el mismo molde ancestral de sufrimiento y paciencia, sino, al parecer, también por los matices, graduados hasta lo infinito, de los torsos morenos recargados o cobrizos, cuando las dos tandas de obreros, quedándose en calzoncillos y con casquetes de cuero en la cabeza, se mezclaban en una confusión de miembros desnudos, picos al hombro, lámparas colgantes entre un confuso patuleo de pies calzados con chátaras en el llano fronterizo a la boca del túnel principal.

Era un período de descanso. Los muchachos indios se tumbaban perezosamente a lo largo de la prolongada línea de vagonetas vacías; los cernedores y rompedores de mineral se ponían en cuclillas y fumaban largos cigarros; los canalones de madera en plano inclinado sobre el borde de la plazoleta a la entrada del túnel yacían vacíos y mudos, oyéndose sólo el violento rodar del agua en los canalizos, y el estrellarse con furia contra las turbinas junto con el sordo golpear de los bocartes que pulverizaban la roca argentífera en la plataforma inferior. Los capataces, caracterizados por las medallas de bronce, pendientes sobre sus pechos desnudos, se ponían poco después al frente de sus cuadrillas, y al fin la montaña se tragaba una mitad de la silenciosa multitud, mientras la otra mitad se movía descendiendo en largas filas por los serpeantes senderos que conducían al fondo de la garganta.

Era profunda; y allá en el fondo una línea de vegetación que ondulaba entre las lustrosas superficies de las rocas semejaba un delgado cordón verde, en el que tres nudos terrosos con bananos, palmeras y copudos árboles mercaban la Aldea Una, la Aldea Dos y la Aldea Tres, que servían de morada a los mineros de la Concesión Gould.

Familias enteras habían emprendido la marcha, tan luego como se difundió la noticia del comienzo de los trabajos por el campo de pastizales, en dirección a la garganta de la cordillera del Higuerota, abriéndose camino, como las aguas de una gran diluviada, por los vericuetos y grietas de las azulinas laderas de las Sierras. Primero el padre con sombrero de paja cónico, luego la madre con los hijos mayores y generalmente también un asnillo; todos cargados, excepto el cabeza de familia, y acaso alguna muchacha talluda, orgullo de sus progenitores, que avanzaba, descalza y derecha como el astil de una lanza, con flotantes guedejas de azabache, perfil lleno y altivo, sin otra carga que el guitarrillo del país y un par de blandas sandalias de cuero, atadas con aquél a la espalda. Al ver grupos de esta clase siguiendo, como regueros de hormigas, los senderos cruzados de los pastizales o vivaqueando junto al camino real, los viajeros a caballo se decían:

– Más gente que va a la mina de Santo Tomé. Mañana veremos nuevos grupos.

Y espoleando sus cabalgaduras en la oscuridad del crepúsculo, discutían las noticias de la provincia relativas a la mina de Santo Tomé. Un inglés rico había emprendido su explotación… y acaso no fuera inglés, ¡quien sabe! Un gringo con mucho dinero. Era cierto; los trabajos habían comenzado. Los vaqueros, últimamente llegados a Sulaco con una manada de toros negros para la próxima corrida, al pasar por Rincón, pudieron ver desde el portal de la posada, distante de la ciudad media legua escasa, las luces de la montaña que parpadeaban entre los árboles. Y se había observado también que entre los acompañantes del gringo había una mujer cabalgando no en silla de posta, sino en una especie de arzón y con un sombrero de hombre en la cabeza. Algunos la habían visto caminar a pie por los senderos que conducen a lo alto de la montaña. Parece que era ingeniera.

– ¡Qué disparate! ¡Imposible, señor!

– ¡Sí! ¡Sí! Una americana del Norte.

– ¡Ah! Bien. Si vuestra merced lo sabe de buena tinta, me callo. Una yanqui. Por fuerza tenía que ser algo así.

Y subrayaban este comentario riendo un poco con cierta extrañeza despectiva, mientras su mirada recelosa escudriñaba las sombras del camino, porque se está expuesto a tropezar con mala gente viajando de noche por el campo.

Volviendo a don Pepe, éste no sólo conocía individualmente a los hombres, mas parecía capaz de clasificar también a las mujeres, muchachas y mozalbetes de su dominio con sólo echarles una mirada atenta y reflexiva. Únicamente la chiquillería era la que le tenía perplejo. Con frecuencia se les veía a él y al padre paseando juntos con aire meditabundo por la calle de alguna de las aldeas, poblada de niños morenos y pacíficos, y los contemplaban haciéndose preguntas en voz baja, como si intentaran averiguar la procedencia de cada uno; o bien, cuando tropezaban en el camino con algún arapiezo vagabundo, desnudo y serio, con un cigarro en la boca y tal vez el rosario de su madre sustraído a la vigilancia de ésta para adornarse con él, llevándolo pendiente del cuello en una sola vuelta que descendía hasta su redondeado abdomen, entraban en vivas discusiones sobre quién podría ser el padre de tal criatura. Los pastores espiritual y temporal de la grey de la mina eran excelentes amigos. No estaban en tan íntimas relaciones con el doctor Monygham, que había aceptado de la señora Gould el cargo de médico de la colonia minera y vivía en el edificio dedicado a hospital. Pero en realidad no había nadie que tratara en amistosa confianza al señor Doctor, cuya gibosa espalda, cabeza gacha, boca burlona y agresiva mirada aviesa le daban un aspecto reservado y arisco. Las otras dos autoridades trabajaban en buena armonía. El padre Román, enjuto, pequeño, vivaracho, con rostro arrugado, grandes ojos redondos, barbilla aguda, y casi siempre una gran caja de rapé en la mano, era un veterano de los campos. Había ayudado en sus últimos momentos a muchas almas sencillas, arrodillado junto a los moribundos en las laderas de los cerros, entre los altos herbales, en la umbría espesura de los bosques, para oír la postrera confesión, medio asfixiado por el humo de la pólvora que le cegaba ojos y narices, y aturdido por el estruendo de las descargas y el silbido y golpeteo de los proyectiles. Y ¿qué mal había en pasar un rato jugando con una grasienta baraja en la casa parroquial, al caer la tarde, antes que don Pepe girara su última ronda para ver si los vigilantes de la mina -cuerpo organizado por él- ocupaban sus puestos? Para cumplir ese deber, que ponía término a la labor del día, don Pepe se ceñía su vieja espada en la galería exterior de una casa de madera, revocada de blanco, de estilo norteamericano inconfundible, a la que el padre Román llamaba casa parroquial. Cerca de ella un edificio largo, negruzco y achatado, sobre cuya cubierta se alzaba una espadaña, semejante a un vasto granero con una cruz de madera en el gablete, constituía la capilla de los mineros. Allí el padre Román decía misa diariamente ante el sombrío retablo de un altar, que representaba la Resurrección, mostrando la gran losa del sepulcro volcada en un ángulo, la imagen del Redentor, defectuosamente pintada, suspendida en el aire en el centro de un óvalo de luz pálida, y en primer término un legionario de tostado rostro, con un yelmo en la cabeza, derribado en el bituminoso suelo. "Este cuadro, hijos míos, muy lindo y maravilloso -solía decir el padre a sus feligreses-, que contempláis aquí, gracias a la munificencia de la esposa de nuestro Señor Administrador, ha sido pintado en Europa, país de santos y milagros, mucho mayor que nuestra Costaguana." Y luego tomaba con unción un polvo de rapé. Pero en una ocasión un oyente curioso quiso saber hacia qué parte caía Europa, si costa arriba o costa abajo; y como el padre Román no había salido nunca de su patria, ni se cuidaba de otra cosa que de cumplir los deberes de su ministerio, se encontró desarmado ante la pregunta, y para disimular la perplejidad, se puso muy grave y severo. "Indudablemente es un país muy distante del nuestro, pues los grandes veleros tardan meses en llegar. Pero a vosotros los mineros de Santo Tomé, pescadores ignorantes, lo que os importa es pensar seriamente en libraros de las penas eternas, en vez de meteros a averiguar la magnitud de la tierra con sus países y ciudades, cosas que no están a vuestro alcance."

Con un "¡Buenas noches. Padre!", contestado por "¡Buenas noches, don Pepe!", el "Gobernador" partía, llevando su sable al lado, el cuerpo echado hacia adelante y avanzando a grandes y afanosas zancadas en la oscuridad. La expresión jovial, propia de un inocente juego de cartas en el que se perdían o ganaban algunos cigarros o un atadito de hierba mate, era reemplazada al punto por el austero continente del oficial que sale a visitar las avanzadas de su ejército acampado. Una aguda y prolongada nota del silbato que pendía en su cuello suscitaba inmediatamente la respuesta de numerosos silbidos, mezclados con ladridos de perros, que al fin se extinguían yendo a perderse en la boca del desfiladero; y en la calma de la noche dos serenos, de guardia junto al puente, aparecían acercándose a él calladamente. En un lado del camino se alzaba un edificio largo, de tablas -el almacén-, que permanecía cerrado y trancado de un extremo a otro; frente a él un segundo edificio del mismo material, más largo aún que el anterior, pintado de blanco, ceñido exteriormente por una galería abierta -el hospital-, tenía luz en las dos ventanas de las habitaciones del doctor Monygham. No se movía ni aun el delicado follaje de un grupo de pimenteros: tan completa era la calma del ambiente, enrarecido por la radiación de las rocas recalentadas. Don Pepe se detenía un momento con los dos serenos inmóviles ante él, y de pronto en la escarpada ladera de la montaña, a gran altura, empezaba el sordo matraqueo de la descarga de mineral de los planos inclinados entre los puntos luminosos de las antorchas diseminadas en la extensión contigua y que parecían gotas de fuego caídas de dos grupos deslumbradores de luces que brillaban encima. El estruendoso bataneo, creciendo en intensidad y volumen, chocaba contra las paredes de la garganta y era despedido hacia el llano, adonde llegaba con el fragor confuso de un trueno lejano. El posadero de Rincón juraba que en las noches serenas, escuchando atentamente, podía oírlo desde su puerta como el rumor de una tempestad en las montañas.

A Carlos Gould se le antojaba que aquel ruido debía llegar a los últimos límites de la provincia. Cuando cabalgaba de noche en dirección a la mina, empezaba a oírse a la entrada de un bosquecillo poco más allá de Rincón. Aquel inconfundible mugir de la montaña que vertía la corriente del precioso mineral en los pilones resonaba en su corazón con la fuerza peculiar de una proclama que se difundía atronadora por todo el país y con el encanto fascinador de un hecho consumado que satisfacía un deseo audaz. Lo había oído en su imaginación en cierta noche lejana, acompañado de su mujer, cuando, después de un tortuoso cabalgar por una faja de bosque, hicieron alto cerca de la corriente y contemplaron por vez primera la selvática soledad de la garganta. Aquí y allá se alzaba una empenachada palmera. En una barranca que cortaba a gran altura de la montaña de Santo Tomé (de forma cuadrada como un blocao) brillaba con destellos cristalinos, al través de las espesas y verdeoscuras frondas de helechos arborescentes, una cascada raquítica. Don Pepe, que los acompañaba, se adelantó a caballo, y extendiendo el brazo hacia la garganta, dijo con cómica solemnidad: "Ahí tiene usted, señora, el verdadero paraíso de los reptiles."

Y después habían hecho girar los caballos y regresado para dormir en Rincón. El alcalde -un tal Moreno, viejo arrugado, que había sido sargento en la época del dictador Guzmán- tuvo entonces la amabilidad de desalojar su casa con sus tres lindas hijas, a fin de que pudieran descansar en ella la señora extranjera y sus mercedes los caballeros. Por toda recompensa no pidió otra cosa a Carlos Gould (a quien tomó por un misterioso personaje oficial) sino que recordara al Supremo Gobierno la pensión de un dólar mensual aproximadamente, a que creía tener derecho. Se le había prometido, aseguró, enderezándose marcialmente, "hacía muchos años, por mi valor en las guerras con los indios bravos, en mi juventud, señor".

La cascada dejó de existir. Los helechos gigantes que se habían desarrollado lujuriosamente con la rociada de aquélla, se secaron todo alrededor del álveo de la charca madre, y la barranca se redujo a una enorme trinchera, medio llena de desechos y tierra de las excavaciones. Pero se captó más arriba el torrente; y el embalse formado por un sólido dique envió su agua precipitándose por canalizos, abiertos en troncos de árboles y sostenidos en soportes de tres pies, a las turbinas que hacían funcionar los bocartes o trituradores del rellano inferior -la mesa grande de la montaña de Santo Tomé. De la antigua cascada, con su estupenda vegetación de helechos, semejante a un jardín colgado de las rocas de la garganta, sólo quedó un recuerdo en el boceto de la acuarela, pintado por la señora de Gould; lo había hecho apresuradamente un día desde un claro del monte bajo, sentada a la sombra de un sotechado de paja, construido de intento sobre tres palos toscos bajo de la dirección de don Pepe.

La señora de Gould había visto los trabajos todos desde el principio: el desmonte de bravíos arbustos, la apertura del camino y de nuevos senderos hasta el farallón mismo de Santo Tomé. Semanas seguidas había pasado en aquel sitio con su esposo; y tan poco tiempo permaneció aquel año en Sulaco, que la aparición del carruaje de Gould en la Alameda era un acontecimiento que daba lugar a demostraciones de alegre sorpresa entre la alta sociedad. Respetables señoras y señoritas de ojos negros, sentadas en grandes carrozas que rodaban majestuosas en la umbrosa avenida, agitaban sus blancas manos saludando a la recién llegada. "Doña Emilia había bajado de las montañas."

Pero no por mucho tiempo. Al cabo de un día o dos, doña Emilia "volvía a subir a la montaña"; y el tronco de su bonito coche gozaba con ello de una larga temporada de descanso. Había presenciado la construcción de la primera casa de madera, sobre la mesa o rellano inferior, para servir de despacho y residencia a don Pepe; oído con un estremecimiento de grata emoción el estrepitoso rodar de la carga de una vagoneta por el único canalón en plano inclinado que a la sazón había; permanecido en silencio junto a su esposo, y temblado de emoción al romper a funcionar la primera batería de solos quince trituradores de roca argentífera. Cuando los hornos de la primera serie de retortas hubieron ardido hasta hora avanzada de la noche, no se retiró a descansar sobre el tosco catre, reservado para ella en la casa, todavía desamueblada, hasta que vio la primera pella esponjosa de plata, cedida para correr los azares del mundo por las tenebrosas profundidades de la concesión Gould; con ansiedad temblorosa había puesto sus manos, ajenas a toda labor mercenaria, sobre el primer lingote de plata sacado del molde, caliente aún; y formulado en su mente una apreciación justa del poder que encerraba aquel trozo de metal, considerándolo no como un mero hecho material, sino como algo impalpable y de especial trascendencia, como la expresión verdadera de una emoción o la emergencia de un principio.

Don Pepe, interesado también en extremo, miraba por encima del hombro de la señora con una sonrisa que, llenándole el rostro de arrugas longitudinales, le daba el aspecto de una máscara coriácea con expresión benignamente diabólica.

– Por Dios que se parece muchísimo a un trozo de estaño, ¿no es así? -comentó en tono de broma-. Pero si los muchachos de la banda de Hernández supieran el valor que tiene, les gustaría echarle la zarpa.

Este Hernández era un capitán de bandoleros. Vivió primero pacíficamente cultivando un pequeño rancho, pero secuestrado de su casa con circunstancias de especial barbarie, durante una de las guerras civiles, y forzado a servir al ejército, observó como soldado un comportamiento ejemplar, espiando la ocasión de matar a su coronel, como en efecto lo hizo, logrando después escurrir el bulto. Al frente de una cuadrilla de desertores que le eligieron por jefe, se refugió más allá del árido y bravío Bolsón de Tonoro. Las haciendas le pagaban rescate en vacas y caballos; contábanse extraordinarias historias de su valor y admirable astucia para eludir la captura. Solía entrar sólo a caballo, con dos revólveres al cinto, y llevando delante una acémila, en las aldeas y pequeñas poblaciones del Campo; íbase derecho a la tienda o almacén, escogía lo que necesitaba, y se retiraba sin que nadie le saliera al paso: tal era el terror que inspiraba con sus hazañas y temerario atrevimiento.

No molestaba a los campesinos pobres; pero las personas de la clase rica se veían a menudo detenidas y robadas en los caminos. ¡Desgraciado del funcionario civil o clase del ejército que cayera en sus manos! No se libraba de una terrible paliza. En el elemento armado los jefes torcían el gesto cuando alguien le nombraba en su presencia. Sus secuaces, jinetes en caballos robados, se burlaban de la persecución de la caballería regular, enviada a darles caza, y se complacían en prepararle emboscadas ingeniosas en las quebradas del terreno sometido a su dominio. Preparáronse expediciones; púsose a precio su cabeza, y hasta se hicieron tentativas, traidoras por supuesto, para entrar en negociaciones con él, sin que en lo más mínimo alterasen el rumbo de su carrera.

Al fin, según el genuino uso de Costaguana, el fiscal de Tonoro, que ambicionaba la gloria de haber reducido al famoso Hernández, le ofreció una suma de dinero y un salvoconducto para salir del país si entregaba a su cuadrilla. Pero evidentemente Hernández no era de la pasta de que estaban hechos los ilustres políticos y conspiradores de Costaguana. El mencionado expediente, ingenioso, pero burdo (que a menudo posee la mágica virtud de dar al traste con las revoluciones), fracasó al aplicarlo en un jefe de salteadores vulgares. En un principio el asunto se presentó bien para el fiscal, pero acabó de una manera desastrosa para el escuadrón de lanceros, apostados, según las instrucciones de aquél, en un repliegue del terreno, al que Hernández había prometido conducir a sus descuidados e ignorantes hombres. Llegaron, en efecto, a la hora señalada, pero arrastrándose a gatas por entre los arbustos, y, cuando estuvieron a la distancia conveniente, hicieron notar su presencia por una descarga general de armas de fuego, que derribó a numerosos jinetes. Los que resultaron ilesos o levemente heridos volvieron grupas ya todo galope se internaron en Tonoro.

Según cuenta, el comandante de la fuerza (que por tener mejor caballo sacó gran ventaja en la huida a los demás) se puso después en un estado de furiosa embriaguez y dio una bárbara paliza con el sable de plano al entremetido fiscal delante de su mujer e hijas por haber acarreado tamaña desgracia al ejército nacional. El jefe militar, herido profundamente en su pundonor, cuando la primera autoridad civil de Tonoro cayó al suelo desmayado, le pateó todo el cuerpo y le pasó las agudas espuelas por la cara y el cuello.

Esta historia, que se contaba entre los campesinos del interior con sus pormenores de tiranía, ineptitud, procedimientos necios, traición y brutalidad salvaje, era perfectamente conocida por la señora de Gould. Y el que personas cultas, de exquisita educación y excelente carácter, la aceptaran sin un comentario indignado, como algo inherente a la naturaleza de las cosas, era uno de los síntomas de degradación que la exasperaban, poniéndola casi al extremo de perder toda esperanza en la regeneración del país.

Con todo, fijando la vista en el lingote de plata, hizo una seña con la cabeza a don Pepe, para advertirle:

– A no ser por la desenfrenada tiranía de los gobiernos de ustedes, don Pepe, muchos facinerosos que ahora siguen a Hernández vivirían pacíficos y felices con el honrado trabajo de sus manos.

– ¡Verdad como un templo, señora! -exclamó don Pepe con entusiasmo-. Dios le ha dado a usted talento para comprender el verdadero sentir de los hijos del pueblo. Usted los ha visto a su alrededor, doña Emilia -mansos como corderos, sufridos como sus burros, bravos como leones. Aquí donde usted me ve, señora, los he mandado en los combates y me han seguido hasta la boca misma de los cañones… en tiempo de Páez, hombre de extraordinaria generosidad y valor, al que sólo se pareció algo el tío de don Carlos, en lo que yo sé. No es extraño que merodeen bandidos en el campo cuando en el gobierno de la capital no hay más que ladrones, petardistas y macacos sanguinarios. Pero, así y todo, un bandido es un bandido, y necesitamos una docena de buenas carabinas Winchester para bajar con la plata a Sulaco.

El viaje a caballo de la señora de Gould con el grupo que escoltó la primera remesa de plata a Sulaco fue el episodio que cerró lo que ella llamaba "mi vida de campo", antes de establecerse en la ciudad de un modo permanente, según cumplía y hasta le era necesario a la esposa del administrador de una institución tan importante como la mina de Santo Tomé. Porque llegó a ser una verdadera institución, un foco de resurgimiento general en la provincia, necesitada de orden y estabilidad para vivir. De la garganta de la montaña parecía fluir la seguridad y derramarse por todo el territorio. Las autoridades de Sulaco llegaron a comprender que la mina de Santo Tomé imponía la necesidad de no molestar al pueblo ni perturbar la marcha de las cosas. Esto era la mayor aproximación al gobierno de sensatez y justicia que Carlos Gould creyó posible obtener en los comienzos.

Realmente la mina, con su organización, su colonia que crecía, sostenida por una situación de seguridad privilegiada, con su equipo de pertrechos y bastimentos, con su don Pepe, con su cuerpo armado de serenos (en el que, según se susurraba, habían hallado empleo muchos criminales y desertores… y aun algunos miembros de la banda de Hernández), la mina era un poder en el país. Así lo proclamó con risa sarcástica e indignada cierto prohombre del gobierno de Santa Marta, al discutirse en cierta ocasión el comportamiento observado por las autoridades de Sulaco durante una crisis política.

– ¿Usted llama a esos hombres funcionarios del gobierno? ¿Del gobierno? ¡Nunca! Funcionarios de la mina…, funcionarios de la concesión… Eso es lo que son.

El eminente personaje (que a la sazón estaba en el poder, tipo de rostro amarillento y pelo corto, ensortijado, por no decir lanoso) llegó en su momentáneo enojo a amenazar con el puño a su contrincante, mientras vociferaba:

– ¡Sí! ¡Todos! Y no se me contradiga. ¡Todos! El jefe político, el jefe de policía, el jefe de aduanas, el general, todos, sí, señor, todos son funcionarios de ese Gould.

Palabras que fueron recibidas con un intrépido, pero ahogado murmullo de protesta, que se prolongó por algún tiempo en el gabinete ministerial; y la furia del eminente personaje acabó en un cínico encogimiento de hombros. Al fin y al cabo, pareció decir, ¿qué importa, mientras no se relegue al olvido al ministro mismo durante el breve período de su autoridad? Mas el agente no oficial de la mina de Santo Tomé, que trabajaba por una buena causa, tenía sus momentos de ansiedad, que se reflejaban en las cartas escritas a don José Avellanos, de quien era sobrino carnal por parte de madre.

Don Pepe, para tranquilizar a la señora de Gould, solía asegurarle:

– Ningún macaco sanguinario de Santa Marta pondrá los pies en la parte de Costaguana que cae del otro lado del puente de Santo Tomé, a no ser, por supuesto, que se trate de algún invitado por nuestro señor administrador, que es un gran político.

Pero a Carlos Gould, en su habitación particular, el veterano sargento mayor solía advertirle con militaresca jovialidad, preñada de siniestros recelos:

– En este negocio nos estamos jugando la cabeza.

Don José Avellanos murmuraba con aire de profunda satisfacción:

– Imperium in imperio, Emilia, hija mía.

Expresión que por extraño modo parecía contener cierta mezcla de malestar físico. Este pormenor, no obstante, tal vez sólo podía ser notado por los que estaban en el secreto.

Y para los iniciados en el mismo era un lugar maravilloso la sala de confianza de la casa Gould. Los verdaderamente íntimos formaban un grupo poco numeroso. En primer lugar, el amo -el señor administrador-, envejecido, imperturbable, encerrado en misterioso silencio, ahondadas las líneas de su rubia tez inglesa, dejándose ver sólo momentáneamente, cruzando con sus larguiruchas piernas de incansable caballista las puertas de la casa, recién llegado "de la montaña", o con sonantes espuelas y la fusta bajo del brazo, a punto de partir "para la montaña". Después del amo, don Pepe, sentado en su silla con modesta marcialidad, el llanero, que parecía haber adquirido, sin saber cómo, su buen humor de soldado aguerrido, su conocimiento del mundo, y sus modales propios del puesto que ocupaba, en medio de las feroces peleas con sus compatriotas. El tercero era Avellanos, cortés y afable, diplomático, cuya locuacidad encerraba delicados consejos de cautelosa prudencia, con su manuscrito de un trabajo histórico sobre Costaguana, intitulado "Cincuenta Años de Desgobierno", que por entonces no creía prudente (aun caso de ser posible) "dar a conocer al mundo". Estos tres y doña Emilia entre ellos, graciosa, menuda, con el aspecto de una hada ante el brillante servicio del té, se hallaban poseídos todos del mismo pensamiento dominante, tenían la misma conciencia de la tirantez de la situación, y alimentaba la misma perenne aspiración de conservar el inviolable carácter de la mina a toda costa. También solía verse allí al capitán Mitchell, un poco aparte, junto a, una de las largas ventanas, envuelto en cierto aire de viejo solterón acicalado a la antigua usanza; un poco aparatoso, con su chaleco blanco; un tanto desatendido, pero sin percatarse de ello; del todo a oscuras en muchos asuntos e imaginándose estar enterado a fondo. El buen hombre, que se había pasado treinta años largos de su vida navegando en alta mar, antes de obtener lo que él llamaba un "billete de playa", se asombraba de que en tierra firme pudiera haber otros negocios y sucesos de importancia que los relativos a embarque. De modo que todos los hechos que se salían del curso normal diario, para él "señalaban una época" o, por lo menos, constituían "historia". Cuando no encajaban en esas dos clasificaciones, el capitán Mitchell, luchando entre su habitual pomposidad y el desmayo, doblaba la rubicunda y hermosa faz, encuadrada por denso cabello blanquísimo y recortadas patillas, para musitar:

– Ah! Eso, señor, fue una equivocación.

La llegada de la primera consignación de la plata de Santo Tomé para ser embarcada con destino a San Francisco en uno de los vagones correos de la Compañía O.S.N., como era natural, "señaló una época" para el capitán Mitchell. Los lingotes empaquetados en cajas de cuero crudo de buey con dobles asideros trenzados, bastante pequeñas para ser transportadas con facilidad por dos hombres, fueron bajadas cuidadosamente por los serenos de la mina en parejas, en un trecho de media milla poco más o menos por senderos escarpados y tortuosos, hasta el pie de la montaña.

Allí eran cargadas en una ristra de carretones de dos ruedas, semejantes a cofres grandes con una portezuela en la parte posterior, y tirados cada uno por dos mulos, que aguardaban bajo de la custodia de serenos a caballo y armados.

Don Pepe cerraba con candado las portezuelas una tras otra, y a la señal dada por su silbato, la hilera de vehículos rompía la marcha, estrechamente rodeada del ruido de espuelas y carabinas, entre el sacudir y restallar de látigos, produciendo un sordo y repentino estrépito al cruzar el puente de madera que formaba el límite entre el territorio ocupado por la población minera y "el país de los ladrones y macacos sanguinarios" (según la expresión de don Pepe). La escolta avanzaba a los lados, apareciendo a la primera luz de la alborada sus figuras envueltas en ropas de abrigo, bajo de sombreros que oscilaban, con las carabinas a la cadera y las manos enjutas y morenas que empuñaban las bridas, asomando por entre los pliegues de los ponchos.

El convoy, después de contornear un bosquecillo, a lo largo de la ruta de la mina entre las chozas de barro y las casas enanas de Rincón, aceleraba el paso en el Camino real; los mozos arreaban los mulos; la escolta galopaba; don Carlos hacía lo propio, permaneciendo solo delante de la nube de polvo levantada por los carros, presentando el conjunto una vaga visión de largas orejas levantadas de flotantes banderitas verdes y blancas, clavadas en los arcones de la plata, de carabinas verticales entre una nube de sombreros, bajo de los que se divisaba blanco brillar de ojos; y detrás de toda aquella polvareda y estrépito, don Pepe, apenas visible, con semblante grave e indiferente, subiendo y bajando a compás sobre un caballo negro, cuelligacho, de belfos blancos y cabeza de martillo.

Los soñolientos moradores de los grupos de chozas en los pequeños ranchos inmediatos al camino, reconocían en el repentino estruendo el cargamento de plata de Santo Tomé, que pasaba escoltado en dirección a los desmoronados muros de la ciudad situada al lado del Campo. A veces salían a las puertas para verle rodar al galope por rutas y pedregales, entre un atronador traqueteo y chasquidos de fustas, con el ímpetu precipitado y dirección precisa de una batería de campaña al entrar en acción, llevando en la vanguardia a gran distancia la solitaria figura inglesa del señor administrador.

En las dehesas cercadas, contiguas al camino, los caballos que pastaban sueltos se lanzaban frenéticos a correr en tropas de docenas; el pesado ganado vacuno alzaba la cabeza sobre el alto hierbal que le llegaba al pecho y unía un sordo mugir al ruido de la veloz carretería; algún indio manso de una aldea echaba una mirada atrás y empujaba su cargado borriquillo contra una pared, sacándolo de la vía seguida por el convoy de Santo Tomé al encaminarse al mar; los mendigos acurrucados al pie del Caballo de Piedra, temblando con el frío de la madrugada, solían exclamar: "¡Caramba!" al verle describir una amplia curva y penetrar a todo correr por la desierta calle de la Constitución, porque los carreros de la mina de Santo Tomé creían que lo correcto y propio era cruzar la medio adormecida ciudad de un extremo a otro sin acortar la velocidad, como si los persiguiera un diablo.

Los primeros fulgores del sol reverberaban sobre las fachadas de delicado tinte amarillo verdoso, rosa y azul pálidos de las casonas, con todas las puertas cerradas aún, y sin rostro alguno tras las rejas de las ventanas.

En toda la hilera de balcones soleados y desiertos a lo largo de la calle, sólo podía verse una figura blanca a gran altura sobre el iluminado piso: era la esposa del señor administrador, con su abundante mata de cabello rubio, recogido al desgaire, y una guarnición de encaje alrededor del cuello de su bata de muselina, que se inclinaba para ver pasar el convoy en dirección al puerto. Contestaba con una sonrisa a la rápida y única mirada de su marido, contemplaba el veloz desfile de los carretones bajo de sus pies con ordenado fragor, y agitaba la mano correspondiendo al saludo de don Pepe, que al llegar frente a ella galopando se inclinaba con ceremoniosa deferencia quitándose el sombrero y abatiéndolo hasta debajo de la rodilla.

Con el transcurso de los años se alargó la serie de arcones cerrados y creció proporcionalmente la escolta. Cada tres meses un tren creciente de cargamento de plata barría como furiosa avenida las calles de Sulaco encaminándose a la cámara fuerte del edificio de la Compañía O.S.N., situado junto al puerto, para aguardar allí el momento de ser embarcado con destino al Norte. El convoy crecía no sólo en volumen, sino en valor -más grande aún en proporción-, porque, según Carlos dijo una vez a su esposa con satisfacción mal disimulada, no había visto en el mundo nada que se acercara a la vena de la Concesión Gould. Para ambos consortes, identificados en sus designios, cada convoy que pasaba por debajo de los balcones de la casa que habitaban representaba una nueva victoria, ganada en la conquista de la paz para Sulaco.

A no dudarlo, la acción inicial de Carlos se había visto secundada en un principio por el período de relativa paz que sobrevino entonces, y también por la general dulcificación de las costumbres, sobre todo si se las comparaba con las de la época de las guerras civiles, de las que emergió la férrea tiranía de Guzmán Bento, de terrible memoria. En las luchas que estallaron al finalizar su gobierno, después de quince años de paz, hubo más fatua ostentación de valentía, abundante crueldad y callado sufrimiento, pero menos ferocidad de fanatismo político. Prevalecieron los procedimientos bajos y ruines, más despreciables que los de época anterior e infinitamente menos violentos y difíciles de contrarrestar utilizando el mismo descarado cinismo de los móviles. Las contiendas revistieron el carácter franco de una rebatiña por apoderarse del botín, cada vez más mermado, porque toda empresa había sido estúpidamente asesinada en el país.

De esta suerte avino que la provincia de Sulaco, teatro en otro tiempo de enconadas venganzas de partidos, llegó a ser una de las que reunían mejores condiciones para galardonar servicios políticos y facilitar el ascenso a los primeros puestos del gobierno. Los amos del poder en Santa Marta reservaban los cargos del Estado Occidental para sus más cercanos parientes y allegados, sobrinos, hermanos, esposos de hermanas predilectas, amigos íntimos, partidarios leales -o poderosos que inspiraban temor. Era la provincia afortunada, donde se ofrecían las ocasiones más ventajosas de medro y se percibían las pagas más crecidas; porque la mina de Santo Tomé tenía su lista extraoficial, cuyas partidas y asignaciones, fijadas en consulta por Carlos Gould y el señor Avellanos, se sometían a la aprobación de un eminente financiero norteamericano, que todos los meses dedicaba unos veinte minutos a los negocios de Sulaco.

Al mismo tiempo, los intereses materiales de todo género, apoyados por la influencia de la mina de Santo Tomé, adquirían tranquilo desenvolvimiento en aquella parte de la República. Y mientras, por una parte, la colecturía de tributos de Sulaco, según se sabía generalmente en el mundo político de la capital, allanaba el camino para llegar al ministro de Hacienda, y así sucesivamente respecto de otros puestos oficiales; por otra, los decaídos círculos de negocios del país llegaron a considerar la Provincia Occidental como la tierra prometida de salvación, en especial si se lograba estar en buenas relaciones con la administración de la mina. "Carlos Gould; excelente persona. Absolutamente indispensable obtener su apoyo antes de dar un solo paso. Procúrese usted una recomendación de Moragas, si le es posible, el agente del Rey de Sulaco, ¿sabe usted?"

Se comprende, pues, que sir John, al llegar de Europa con ánimo de obviar dificultades para su ferrocarril, se encontrara en Costaguana con el nombre (y aun el sobriquete) de Carlos Gould al revolver de cada esquina. Y en vista de la ayuda decisiva, prestada por el agente de la administración de Santo Tomé en la capital (sujeto cortés y bien informado, a juicio de sir John), para la realización de la gira presidencial, el último empezó a creer que había un gran fondo de verdad en los rumores corrientes sobre la inmensa influencia oculta de la Concesión Gould.

Asegurábase en misteriosas confidencias, circuladas en voz baja, que la administración de Santo Tomé había costeado, en parte al menos, la última revolución, que dio por resultado la dictadura quinquenal de don Vicente Rivera, nombre de cultura e intachable carácter, investido con un mandato de reforma por los mejores elementos del Estado. Personas serias y al corriente de la situación parecían creer en el advenimiento de mejores tiempos y esperar con fundados motivos la implantación de la legalidad, de la honradez y el orden en la vida pública. Tanto mejor entonces, pensó sir John; y como le gustaba siempre trabajar en gran escala, contrató un empréstito con el Estado y un proyecto de colonización sistemática de la Provincia Occidental, incluido todo en un vasto plan con la construcción del Ferrocarril Central Nacional. Buena fe, orden, honradez, paz se requerían a todo trance para este gran desarrollo de intereses materiales. Todo el que fuera partidario de tales ideas, en especial si podía cooperar con su ayuda, tenía importancia a los ojos de sir John. Sus esperanzas en el "Rey de Sulaco" no habían quedado defraudadas. Todas las dificultades de carácter local desaparecieron, según había predicho el ingeniero jefe, ante la mediación de Carlos Gould.

El presidente del ferrocarril fue objeto de extraordinarios obsequios, después del Presidente-Dictador; y este hecho explicaba sin duda el evidente malhumor demostrado por el general Montero en el lunch que se celebró a bordo del Juno, poco antes de zarpar llevándose de Sulaco al Jefe del Estado y a los distinguidos huéspedes extranjeros de su séquito.

El Excelentísimo (la "esperanza de los hombres honrados" como le había llamado don José en un discurso público pronunciado en nombre de la Diputación provincial de Sulaco) ocupaba la presidencia de la luenga mesa; el capitán Mitchell, asombrado y todo encendido ante la solemnidad del presente "acontecimiento histórico", se sentaba en la otra cabecera, como representante de la Compañía O.S.N. en Sulaco, teniendo a los lados al capitán del barco y algunos empleados de segunda categoría, que trabajaban en tierra a sus órdenes. Estos caballeretes de tez tostada y genio alegre echaban de soslayo miradas joviales a las botellas de champaña, que empezaron a asomar detrás de las espaldas de los huéspedes en manos del despensero del barco. El licor ambarino cayó sobre las copas haciendo subir la espuma hasta los bordes.

Carlos Gould tenía su sitio junto al de un enviado extranjero, que en tono indiferente le habló a intervalos de caza mayor y menor. El semblante de este caballero, bien nutrido y pálido, con monóculo y lacio bigote amarillo, hacía que el señor administrador apareciera por contraposición dos veces más tostado del sol, más rojo carmesí e incomparablemente más intensa y silenciosamente vivaz. Don José Avellanos se sentaba al lado de otro diplomático extranjero, tipo moreno, de continente reposado, atento y estirado con cierto dejo de reserva.

A pesar de haberse prescindido de toda etiqueta en esta ocasión, el general Montero se presentó de gran uniforme, tan repleto de bordados por delante, que su ancho pecho parecía protegido por una coraza de oro.

Sir John, desde el principio, había dejado los sitios de preferencia por el gusto de conversar con la señora de Gould.

El gran financiero se ocupaba en expresarle lo agradecido que estaba a su hospitalidad y a los buenos oficios de su esposo, cuya "influencia era tan enorme en esta parte del país", cuando se vio interrumpido por un blando siseo. El Presidente iba a decir cuatro palabras.

En efecto se había puesto de pie. Sus breves declaraciones eran a todas luces sinceras y las hacía pensando principalmente en Avellanos -su antiguo amigo-, recomendando la necesidad de no aflojar en el empeño de asegurar un bienestar duradero al país, que salía de su última lucha, según sus esperanzas, para inaugurar un período de paz y prosperidad material.

La señora de Gould, al escuchar la voz suave y algo triste del orador; al contemplar su rostro redondo, moreno, guarnecido de anteojos, el talle bajo y la obesidad que tocaba en enfermiza, pensó que este hombre de espíritu delicado y melancólico, físicamente casi un inválido, que abandonaba su retiro para lanzarse a una lucha peligrosa, respondiendo al llamamiento de sus partidarios, tenía derecho a hablar con la autoridad que da el sacrificio del propio bienestar y aun de la propia vida. Pero a la vez que pensaba esto, no pudo menos de sentirse intranquila. En las palabras dichas por la primera autoridad civil del Estado de Costaguana había más sentida sinceridad que promesas: así lo dejaba traslucir el tono con que pronunció, copa en mano, las consignas de honradez, paz, respeto a la ley, buena fe política en el interior y el exterior -salvaguardias del honor nacional.

Se sentó. Durante el murmullo respetuoso y aprobatorio que siguió al discurso, el general Montero alzó sus pesados párpados y paseó la mirada por las caras de los presentes con una especie de estolidez inquieta. El héroe del partido, el antiguo capitán de la remota región selvática, habitada por indios bravos, aunque secretamente impresionado por las repentinas novedades y esplendores que le rodeaban (nunca había estado anteriormente a bordo de un vapor, y apenas había visto el mar sino a distancia), comprendió, por una especie de instinto, la ventaja que su hosco y descortés comportamiento de rudo militar le daba entre aquellos refinados aristócratas del grupo "blanco". Pero se preguntaba indignado cómo era que nadie fijaba en él la atención. Poseía bastante instrucción para leer los diarios, y no ignoraba que, según ellos, "había realizado la mayor hazaña militar de los tiempos modernos".

– Mi esposo necesitaba el ferrocarril -decía la señora de Gould a sir John entre el murmullo general de las conversaciones reanudadas-. Todo ello aproxima la llegada del próspero porvenir que deseamos para el país, y tan anhelado por él después de las prolongadas penalidades que sólo Dios conoce. Pero debo confesar que el otro día, mientras paseaba en coche por la tarde, al ver salir inesperadamente del boscaje a un muchacho indio con la bandera roja de una cuadrilla de ayudantes, sentí cierta impresión penosa. Lo porvenir significa cambio -un cambio completo; y en el estado actual de Costaguana hay cosas sencillas y pintorescas, que a una le gustaría conservar.

Sir John la escuchaba sonriendo, y ahora le tocó la vez de recomendar silencio a su interlocutora.

– El general Montero va a hablar -musitó; y casi inmediatamente añadió, alarmado de una manera cómica-: ¡Cielos! Me parece que se dispone a brindar a mi salud.

En efecto el personaje citado se había puesto de pie con un retiñir metálico de la vaina del sable y un rebullimiento de reflejos lucientes en su pecho galoneado de oro; el grueso pomo del arma apareció a su lado sobre el borde de la mesa. Con su suntuoso uniforme, cuello de toro, nariz corva aplastada en la punta sobre un bigote teñido de un negro azulado, sugería la imagen de un siniestro vaquero disfrazado. El bronco timbre de su voz tenía un extraño retintín arañante y desalmado. Divagó con algunas generalidades, y luego, levantando de pronto y a la vez la cabezota y la voz, rompió a vociferar con aspereza:

– El honor del país está en manos del ejército. Os aseguro que sabré mantenerme fiel al mismo.

Sus ojos recorrieron los rostros de los comensales hasta encontrar el de sir John, fijando en él una mirada adormecida y tétrica; a su memoria acudió el recuerdo del empréstito últimamente negociado. Alzó la copa, y añadió:

– Bebo a la salud del hombre que nos trae millón y medio de libras.

Apuró su champaña y se dejó caer pesadamente en su asiento echando una mirada medio sorprendida, medio provocadora a los comensales en el silencio profundo y lúgubre que siguió al felicitador brindis. El aludido no se movió.

– No creo que deba levantarme -murmuró hablando con la señora de Gould-. El asunto del empréstito habla por sí mismo.

Pero don José Avellanos acudió a salvar la situación con un breve discurso, en el que aludió con insistencia a los sentimientos amistosos de Inglaterra respecto de Costaguana, "sentimientos (prosiguió con énfasis) de que puedo hablar con perfecto conocimiento de haber sido en mis buenos tiempos ministro acreditado cerca de la corte de San James".

Sólo entonces sir John creyó conveniente contestar, y lo hizo con elegante distinción en mal francés, interrumpido por explosiones de aplausos y las palabras " ¡Atención!, ¡atención!" del capitán Mitchell, que de cuando en cuando entendía alguna palabra. En acabando, el financiero de ferrocarriles se volvió a la señora de Gould y le recordó galantemente:

– Usted ha tenido a bien manifestarme que deseaba pedirme un favor, ¿Qué es ello? Tenga usted la seguridad de que cualquier petición suya hallará en mí la mejor acogida.

Ella le dio las gracias con una graciosa sonrisa. A la sazón todo el mundo se levantaba de la mesa.

– Subamos a cubierta -propuso la señora- y allí podré indicarle a usted la gracia que solicito.

Una enorme bandera de Costaguana, dividida diagonalmente en dos campos, rojo y amarillo, con dos palmeras verdes en el medio, flotaba perezosamente en el palo mayor del Juno. Los fuegos artificiales, dispuestos con profusión en la playa, al borde mismo del agua, en honor del Presidente, levantaron, al ser quemados, un misterioso ruido crepitante todo alrededor del puerto. A intervalos una serie de cohetes, remontándose con un prolongado chirrido, detonaban en lo alto sin otro rastro que una manchita de humo en el despejado y brillante cielo. Entre las puertas de la ciudad y el puerto veíanse apiñadas multitudes, bajo de los manojos de banderas multicolores que flotaban sobre altos postes. De improviso se percibían ráfagas de música militar y el lejano rumor de aclamaciones. Un grupo de negros astrosos, en el extremo del desembarcadero, se ocupaba en cargar y disparar un cañoncito de hierro de tiempo en tiempo. Velando los fulgores del sol, empañaba la transparencia del aire una bruma grisácea, fina e inmóvil, causada por el polvo.

Don Vicente Rivera dio algunos pasos bajo de la toldilla del puente, apoyado en el brazo del señor Avellanos; alrededor de ambos formóse un ancho círculo, en el que podían observarse la sonrisa melancólica y el apagado brillo de los anteojos del Presidente volviéndose con expresión afable de un lado a otro. La fiesta de carácter íntimo, dispuesta de intento a bordo del Juno para procurar al Presidente-Dictador la ocasión de tratar en confianza a sus principales partidarios de Sulaco, se acercaba a su término. A un lado, el general Montero, que ocultando ahora su calvicie bajo un tricornio con pluma, permanecía inmóvil en un asiento al aire libre, con las manazas enguantadas, descansando una sobre otra en la empuñadura del sable, que sostenía vertical entre las piernas. La blanca pluma del sombrero, el tinte cobrizo de su ancho rostro, la aglomeración de bordados de oro en mangas y pecho, las charoladas botas de montar con enormes espuelas, la agitación de las fosas nasales, la mirada imbécil y dominadora del glorioso vencedor de Río Seco formaban un conjunto extraño en el que había algo fatídico e increíble; parecía la exageración de una caricatura cruel, la rudeza atroz de algún ídolo militar, de concepción azteca y atavío europeo, que aguardaba el homenaje de sus adoradores. Don José se acercó diplomáticamente al portento suprahumano e inescrutable; y la señora Gould apartó al fin sus ojos fascinados para mirar a otra parte.

Al llegarse Carlos a sir John para despedirse de él, le oyó decir, mientras se inclinaba sobre la mano de su esposa:

– Seguramente. Por supuesto, mi querida Emilia, en favor de un protegé de usted. No hay la menor dificultad. Délo usted por hecho.

Don José Avellanos regresó a tierra en el mismo bote que los Gould, mostrándose muy taciturno. Ni aún después que estuvieron en el carruaje despegó los labios por largo tiempo. Las mulas trotaban muy despacio, alejándose del desembarcadero entre las manos extendidas de los mendigos, que aquel día parecían haber abandonado los pórticos de las iglesias. Carlos Gould iba sentado atrás tendiendo la vista por el llano. Una multitud de tenduchos, construidos con ramaje verde, juncos, trozos sueltos de tabla, completados con retazos de lona, aparecían diseminados por todas partes; y en ellos se vendía caña, dulces, frutas, cigarros. Sobre montoncitos de carbón encendido, algunas indias, acurrucadas en esteras, guisaban la comida en pucheros negruzcos de barro cocido y hervían el agua para las calabazas del mate, que ofrecían a la gente del pueblo con voces blandas y acariciadoras. En una larga faja del llano había sitio preparado para un certamen de carreras entre los vaqueros: y más lejos, a la izquierda, la muchedumbre se apiñaba alrededor de un pabellón enorme, erigido provisionalmente, en forma de plaza de toros, pero cubierto por una techumbre cónica de hierba. De allí salía un vibrante resonar de cuerdas de arpa, vibrante punteo de guitarras, el monótono mugir de un gombo indio, cuyas broncas pulsaciones se mezclaban con la gritería de los bailarines.

Carlos dijo:

– Toda esta extensión de terreno pertenece ahora a la Compañía del Ferrocarril. No volverá a haber aquí más fiestas populares.

La señora de Gould lo oyó con cierta pena, y aprovechó la ocasión para decir que acababa de obtener de sir John la promesa de ser respetada la casa de Giorgio Viola. Añadió que no había podido comprender nunca el empeño de los ingenieros en demoler aquel antiguo edificio, no estaba en el trayecto del ramal secundario proyectado para el servicio del puerto.

Detuvo el carruaje a la puerta del viejo genovés, que salió descubierto y se quedó de pie junto al estribo, y le dio la noticia para tranquilizarle. Le habló en italiano por supuesto, y Giorgio le expresó su gratitud con grave dignidad. Un veterano garibaldino le quedaba reconocido desde el fondo de su corazón por el favor extraordinario de conservarle el techo que cobijaba a su mujer e hijas. A sus años, no estaba ya para andar de ceca en meca.

– ¿Y es para siempre, señora? -preguntó.

– Por todo el tiempo que usted quiera.

– Bene. Entonces tengo que bautizar la casa. Antes no lo merecía. Una sonrisa ruda cubrió de arrugas los ángulos de sus ojos; y luego añadió:

– Mañana voy a dedicarme a pintar el título.

– Y ¿cuál va a ser, Giorgio?

– Albergo d'Italia Una -respondió el viejo garibaldino, mirando abstraído por un momento-. Más en memoria de los que han muerto (explicó) que en la del país, robado a los soldados de la libertad por la astucia de esa maldita raza piamontesa de reyes y ministros.

La señora de Gould sonrió benévolamente, e inclinándose un poco, empezó a preguntarle por su mujer e hijas. Las había enviado a la ciudad aquel día. La padrona estaba mejor de salud. Muchas gracias por el interés…

La gente pasaba en grupos de dos y de tres, o en numerosas cuadrillas de hombres y mujeres, que llevaban asidos a las faldas niños corriendo al trote. Un jinete, caballero en una yegua entrecana, refrenó su montura parándose a la sombra de la casa, después de saludar descubriéndose a los señores del carruaje, que le correspondían con sonrisas y venias afectuosas. El viejo Viola, ostensiblemente satisfecho de la noticia que acababa de recibir se interrumpió un momento para decirle que la casa estaba asegurada, gracias a los caritativos sentimientos de la signora inglesa, por todo el tiempo que quisiera habitarla. El otro le escuchó atentamente, pero no dijo nada.

Cuando el carruaje reanudó la marcha, el de la yegua se quitó de nuevo el sombrero, que era gris con cordón y borlas de plata. Los brillantes colores de un sarape mejicano arrollado en el borrén del arzón, los enormes botones de plata de la chaqueta de cordobán bordada, en la hilera de botoncitos del mismo metal a lo largo de las costuras de las perneras, la blanquísima pechera de la camisa, la faja de seda con remates bordados, las guarniciones plateadas de la silla y cabeza proclamaban la inimitable galanura del famoso capataz de cargadores -el antiguo marinero mediterráneo-, ataviado con el esplendor mas elegante que cualquier rico ranchero del campo en un día de gran fiesta.

– Es un grandísimo favor para mí -murmuró Giorgio, pensando todavía en la casa, porque a la sazón odiaba los cambios de residencia-. A la signora Gould le ha bastado decir una palabra al inglés.

– ¿Al señor ese, que tiene bastante dinero para pagar la construcción de un ferrocarril? Se marcha dentro de una hora -observó Nostromo con indiferencia-. ¡Buon viaggio! Le he guardado los huesos en todo el trayecto que hay desde el paso de la Entrada hasta el llano y la ciudad de Sulaco ni más ni menos que si hubiera sido mi padre.

El viejo Giorgio se limitó a mover la cabeza a un lado con aire distraído. Nostromo apuntó al carruaje de los Gould, que se acercaba a la puerta herbosa de la antigua muralla de la ciudad, semejante a un seto selvático de espeso y entretejido ramaje.

– Y también he pasado noches y noches sentado solo en el almacén de la Compañía junto al montón de lingotes de plata del otro inglés, custodiándolo cómo si fuera mío.

Viola parecía absorto en sus pensamientos.

– Es un gran favor para mí -repitió obsesionado por la idea de no tener que desalojar la casa.

– Lo es -asistió el magnífico capataz de cargadores tranquilamente-. Oye, Vecchio…, entra y sácame un cigarro puro, pero no lo busques en mi cuarto. Allí no hay nada.

El garibaldino entró en el café y salió al punto, fija aún la mente en el mismo pensamiento, mientras mascullaba caviloso entre sus bigotes:

– Las niñas crecidas ya… y ni un sólo varón. ¡Las dos muchachas!

Suspiró y guardó silencio.

– Hombre, ¿no me traes más que uno? -advirtió Nostromo mirando al distraído viejo con regocijado humor-. Pero no importa -añadió indiferente-; basta con uno hasta que se necesite otro.

Encendió el puro y dejó caer el fósforo de sus dedos inertes. Giorgio Viola alzó la vista y dijo de pronto:

– Mi hijo hubiera sido un mozo tan arrogante como tú, Gian Battista, si hubiera vivido.

– ¿Quién? ¿Tu hijo? ¡Ya lo creo! Tienes razón, padrone. Si se hubiera parecido a mi, no hay duda de que habría sido un hombre.

Hizo girar despacio su cabalgadura y avanzó por entre los tenduchos refrenando hasta pararse de cuando en cuando, a causa de los chiquillos y gente venida de lejanas aldeas del Campo, que se le quedaban mirando de hito en hito con admiración. Los descargadores de la Compañía le saludaban desde lejos; y el envidiado capataz proseguía su marcha hacia el pabellón de baile entre murmullos y frases atentas de los que le reconocían. La aglomeración de gente crecía; las guitarras rasgueaban con más fuerza; otros jinetes permanecían inmóviles, fumando tranquilamente sobre las cabezas de la multitud; ésta se arremolinaba y oprimía ante las puertas del ingente circo, de donde salía ruido de pisadas que caían a un tiempo al compás de la música vibrante y chillona con un ritmo de ingrata monotonía, dominado por el tremendo, insistente y sordo fragor del gombo. El bárbaro y tonante batir del enorme tambor, que posee la magia de enloquecer a las multitudes y de impresionar vivamente a los mismos europeos, pareció atraer a Nostromo al lugar de donde salía el estruendoso ruido.

Mientras allí se encaminaba, un hombre envuelto en un poncho, viejo y roto, se le acercó al estribo, y a pesar de los empujones que recibía por ambos lados, avanzó con el jinete, pidiendo a "su merced" una vez y otra que le diera empleo en el descargadero. Suplicó y rogó en tono quejumbroso ofreciendo al señor Capataz la mitad de su paga diaria por el privilegio de ser admitido en la hermandad de bravos cargadores, protestando de que con la otra mitad tendría bastante. Pero el hombre que era la mano derecha del capitán Mitchell -"de incalculable valor para la buena marcha de nuestro trabajo en el puerto, espejo de integridad"-después de examinar con mirada escudriñadora al harapiento mozo, movió la cabeza sin decir una palabra entre la barahúnda que seguía atronando alrededor.

El pedigüeño retrocedió; y un poco más adelante Nostromo tuvo que tirar del freno a su yegua. De las puertas del circo de baile hombres y mujeres salían con pasos vacilantes, chorreando sudor, temblando de pies a cabeza, para apoyarse acezando, con la boca entreabierta y la vista hipnotizada, contra la pared de tablas del pabellón, donde las arpas y guitarras continuaban resonando con furor creciente produciendo un estruendo tempestuoso. Centenares de manos palmoteaban; oíase un barullo de chillidos, y de repente las voces cesaban en sus gritos para cantar al unísono el estribillo de una tonada amorosa, que acababa en una cadencia desmayada y triste.

De entre la multitud salió disparada con certera puntería una flor roja, que dio en la mejilla al arrogante capataz. Este la cogió al caer con gran limpieza, y por algún tiempo permaneció sin volver la cara. Cuando al fin se dignó echar una mirada alrededor, el pelotón de gente que había junto a él se abrió para dejar paso a una linda morenita, de cabello sujeto con peineta de oro, que avanzó por el espacio libre.

Sus brazos y cuello emergían rollizos y desnudos de una camiseta blanquísima; la falda azul, recogida en todo su vuelo por delante, muy ajustada en las caderas y prieta por detrás, revelaba su andar provocador. Llegóse en derechura al jinete y puso la mano sobre el cuello de la yegua, mirando de lado con expresión tímida y coqueta.

– Di, querido -murmuró en tono acariciador-, ¿por qué te haces el distraído cuando paso?

– Porque ya no te quiero -respondió Nostromo resueltamente, tras un momento de reflexión.

La mano que descansaba en el cuello de la yegua se agitó con un repentino temblor; y la muchacha bajó la cabeza ante el amplio círculo de curiosos, formado en torno del generoso, terrible e inconstante capataz de cargadores y su morenita.

Nostromo miró a la joven y vio que las lágrimas empezaron a correr por su rostro.

– ¿Se acabó todo, pues, amado de mi alma? -murmuró-. ¿Lo dices de veras?

– No -contestó el jinete, mirando a lo lejos indiferente. -Ha sido una broma. Te quiero como siempre.

– ¿Es cierto? -preguntó con zalamería, húmedas aún las mejillas con el llanto.

– Cierto.

– ¿Me lo aseguras por tu vida?

– Te lo aseguro; pero no me pidas que te lo jure por la Madona que tienes en tu cuarto.

Y el capataz se echó a reír, correspondiendo a las bromas de la multitud.

Ella hizo un mohín -muy gracioso- con un leve tinte de desagrado.

– No, no necesito pedirte eso; estoy viendo el amor en tus ojos y en el temblor de tu mano -dijo, mientras el cavernoso tronar del gombo seguía sin parar-. Pero si verdaderamente amas tanto a tu Paquita, debes regalarle un rosario engarzado en oro para el cuello de su Madona.

– Eso, es demasiado -replicó Nostromo, mirándola en el fondo de sus ojos suplicantes, que de pronto se quedaron yertos de sorpresa.

– ¿Demasiado? Pues ¿qué otra cosa ha de obsequiarme su merced en el día de la fiesta? -interrogó enojada la morenita-. ¿O es que su merced ha de dejarme avergonzada ante toda esta gente?

– No hay vergüenza ninguna para ti en que por una vez no recibas nada de tu amante.

– ¿Para mi no? Pero la hay para su merced… que es un amante tacaño. ¡Como el infeliz está tan pobre…! -añadió sarcásticamente.

El tono de zumba con que fueron pronunciadas las últimas palabras excitó la risa de los circunstantes. ¡Qué lengua de víbora y qué atrevimiento! Los que presenciaban la escena llamaban a otros a participar de ella, con lo que se fue estrechando el círculo alrededor de la yegua.

La muchacha se apartó unos pasos haciendo frente a la burlona curiosidad de los ojos, luego volvió al estribo, se alzó de puntillas y volvió hacia Nostromo el semblante enfurecido con los ojos centellantes. El capataz se inclinó sobre ella desde la silla, y la oyó decir:

– Juan, merecerías que te diera una puñalada en el corazón.

El temido capataz de cargadores, ostentoso y desaprensivo en sus relaciones amorosas, sostenidas en público, asió a la morenita al oír aquella amenaza, y gritó:

– ¡Un cuchillo!

Veinte hojas aceradas brillaron a la vez en el círculo. Un joven en traje dominguero, saliendo del grupo, puso una navaja en la mano de Nostromo, y volvió a mezclarse entre la multitud, con aire de orgullosa satisfacción. El capataz ni siquiera le miró.

– Apóyate en mi pie -ordenó a la muchacha, que de pronto se sintió levantada en vilo, y cuando el jinete la tuvo junto a sí, le entregó el arma añadiendo-: Ahora, morenita, puedes cumplir tu deseo… ¿No te atreves?… Pues entonces tampoco has de avergonzarme por mi tacañería. Tendrás tu regalo; y, para que todo el mundo pueda ver quién es tu amante en un día como hoy, corta, para hacerte un rosario, todos los botones de Plata de mi chaqueta.

Aquella guapeza imprevista fue saludada con carcajadas y aplausos, y entre tanto la muchacha fue pasando la cortante hoja por cada botón hasta llegar al último, siendo recogidos sucesivamente por el impasible Nostromo. Pasólos luego a las manos de su querida y la depositó en tierra, cargada con su botín. Después de decirle en voz baja algunas palabras con semblante muy serio, la morenita se alejó mirando con arrogancia y desapareció entre el montón de curiosos. Estos se dispersaron; y el señoril capataz de cargadores, el hombre indispensable, el probado y leal Nostromo, el marino mediterráneo, que dejó su barco y se quedó en Costaguana buscando mejor fortuna, partió en su yegua hacia el puerto.

En aquel momento el Juno borneaba en redondo; y cuando Nostromo refrenó la yegua para contemplar la salida del barco, se izó una bandera sobre un asta improvisada, en un fortín antiguo y desmantelado de la boca del puerto. De las barracas de Sulaco había sido trasladada allí de prisa media batería de cañones para hacer las salvas de ordenanza al Presidente-Dictador y al ministro de la Guerra. Cuando la proa del vapor empezó a surcar aguas libres, las retrasadas detonaciones anunciaron el fin de la primera visita oficial de don Vicente Rivera a Sulaco, y el término de un nuevo "acontecimiento histórico" para el capitán Mitchell.

La vez siguiente que la "Esperanza de los hombres honrados" hubo de volver por aquel lugar, año y medio después, no fue con carácter oficial, sino huyendo por veredas de montaña en una mula coja después de una derrota, llegando a tiempo de ser salvado por Nostromo de una muerte ignominiosa a manos del populacho. Fue un suceso muy diferente, del que solía decir el capitán Mitchell:

– ¡Histórico, señor! ¡Verdaderamente histórico! Y ese mi hombre, Nostromo, ¿sabe usted?, se portó admirablemente. Es pura historia, señor.

Pero aquel hecho, que fue honroso para Nostromo, había de conducir inmediatamente a otro, imposible de ser clasificado ni como "histórico", ni como "equivocación", en la fraseología del capitán Mitchell. Para designarlo halló otra palabra.

– Señor -repetía refiriéndose al mismo-, eso no fue una equivocación, sino una fatalidad. Una desgracia pura y sencillamente, señor. Y ese pobre servidor mío no tuvo la menor culpa…, hizo cuanto podía y debía. Una fatalidad, si es que acaso hay alguna… y, a mi juicio, desde entonces no ha vuelto a ser el mismo hombre.