"Nostromo" - читать интересную книгу автора (Conrad Joseph)

Segunda Parte Las Isabeles

Capítulo Primero

Objeto de elogios y maledicencias en las variadas vicisitudes de aquella lucha, cuya gravedad y peligros expresó de una manera gráfica don José con la frase "la suerte del honor nacional oscila temblorosa en la balanza", la Concesión Gould, "Imperiun in Imperio", había seguido sus trabajos; la montaña de forma prismática fue vertiendo su precioso mineral por los canalones de madera en las infatigables baterías de bocartes; las luces de Santo Tomé parpadearon, noche tras noche, sobre la sombría e inmensa extensión del Campo; cada tres meses continuaron bajando al mar los convoyes de plata, como si ni la guerra ni sus consecuencias pudieran afectar al antiguo Estado Occidental, aislado del resto de la República por el alto murallón de la Cordillera.

Todos los combates se trababan del otro lado de aquella colosal barrera de aserrados picos, dominada por el blanco domo del Higuerota, y no surcada hasta entonces por el ferrocarril, del que sólo se había construido la primera parte, eso es, el fácil trayecto del Campo desde Sulaco hasta el Valle de Ivie al pie del desfiladero.

Tampoco la línea telegráfica cruzaba a la sazón las montañas; sus postes, que aparecían clavados como jalones en el llano, penetraban en la faja de bosque de las alturas menores, cortada por la profunda avenida de la vía, y sus alambres terminaban bruscamente en el campo de construcción sobre una blanca mesa de madera que sostenía un aparato Morse, dentro de una larga barraca de tabla con techo de chapa acanalada, a la sombra de gigantes cedros -residencia del ingeniero encargado de la sección avanzada.

El puerto hervía de actividad con el tráfico del material del ferrocarril y con los movimientos de tropas a lo largo de la costa. La Compañía O.S.N. halló abundante ocupación para su flota. Costaguana no tenía marina; y, fuera de algunos cúters guardacostas, los barcos nacionales se reducían a un par de vapores mercantes usados como transportes.

El capitán Mitchell, sintiéndose cada vez más rodeado de "acontecimientos históricos", dedicaba una hora de la tarde a la tertulia de la casa Gould, donde, con una extraña ignorancia de las verdaderas fuerzas que trabajaban a su alrededor, se mostraba complacido de poder rehuir el contacto con las complicaciones de los negocios. Según decía, se habría visto en trances apurados a no ser por el habilísimo Nostromo. Los políticos endiablados de Costaguana le daban más que hacer de lo que él había podido figurarse. Así se lo manifestó en confianza a la señora de Gould.

Don José Avellanos había desplegado en servicio del gobierno de Rivera, amenazado de muerte, una actividad organizadora y una elocuencia, cuyos ecos llegaron a la misma Europa. Porque esta parte del mundo, después del nuevo empréstito hecho al gobierno Rivera, empezó a fijar la atención en Costaguana. La sala de la Diputación provincial (en los edificios municipales de Sulaco), con sus retratos de los libertadores en las paredes y una antigua bandera de Cortés, conservada en urna de cristal sobre la silla del presidente, había oído todos sus discursos -el primero de los cuales contenía la fogosa declaración: "El militarismo: he ahí el enemigo ", y el famoso, en que pronunció la frase: "La suerte del honor nacional tiembla en la balanza ", al apoyar el voto para que se reclutara un segundo regimiento en Sulaco en defensa del gobierno reformista. Y, cuando las provincias enarbolaron de nuevo sus antiguas banderas (proscritas en tiempo de Guzmán Bento), don José, en otra de sus grandes arengas, saludó aquellos viejos emblemas de la independencia, que salían otra vez a la luz del sol en nombre de nuevos ideales. La antigua idea del federalismo había desaparecido. Por su parte no deseaba resucitar doctrinas políticas de tiempos pasados. Eran perecederas. Mueren. Pero la doctrina de la rectitud política era inmortal. El segundo regimiento de Sulaco, a quien se hacía entrega de la bandera, iba a demostrar su valor en una lucha por el orden, la paz, el progreso; por la consolidación de la dignidad nacional, sin la que -declaró con energía- "somos la vergüenza y el oprobio de las naciones civilizadas".

Don José Avellanos amaba a su país. Le había servido con pródigo desprendimiento y pérdida de intereses durante su carrera diplomática; y sus oyentes conocían la historia posterior del cautiverio y bárbaras vejaciones, sufridas bajo el poder de Guzmán Bento. Por milagro se había librado de contarse entre las víctimas de las feroces y sumarias ejecuciones que señalaron el curso de aquella tiranía; porque el terrible dictador había gobernado el país con la sombría imbecilidad del fanatismo político. El poder del Supremo Gobierno llegó a ser, en el concepto de su menguada inteligencia, un objeto de adoración sanguinaria y feroz, como si se tratara de una deidad cruel. Esa deidad había encarnado en la persona de Bento; y sus adversarios, los federalistas, eran los peores criminales del mundo, merecedores del odio, aborrecimiento y temeroso recelo, como el que inspirarían los herejes a un inquisidor convencido. Por espacio de años el tirano llevó por todo el país, a la zaga del ejército de pacificación, una banda de esos atroces criminales, como cautivos, sometidos a tan inhumanos tratamientos, que con razón consideraban una suprema desdicha el no haber sido ejecutados sumariamente. Era un grupo, que la muerte diezmaba sin cesar, de esqueletos animados en desnudez casi completa, cargados de cadenas, cubiertos de suciedad, parásitos y heridas en carne viva; hombres todos de posición, de carrera, de fortuna, que, acosados del hambre, llegaron a luchar unos con otros por las piltrafas de carne asada que los soldados arrojaban a su alcance, o a pedir con acento lastimero al negro encargado de cocinar la comida de la tropa un sorbo de agua sucia. Don José Avellanos, arrastrando su cadena entre los demás, sólo parecía continuar viviendo para probar hasta qué punto el cuerpo humano puede resistir el dolor, el hambre, la degradación y los más crueles ultrajes, sin exhalar el último aliento. De cuando en cuando los prisioneros eran sometidos a interrogatorios, en los que se aplicaba algún procedimiento primitivo de tortura, por una comisión de oficiales, reunidos a toda prisa en una cabaña de palos y ramaje, resueltos a emplear todo el rigor posible para no comprometer sus propias vidas. En tales casos, uno o dos afortunados de la compañía de escuálidos, que se arrastraban con pasos vacilantes, solían ser conducidos detrás de un arbusto y fusilados por unos cuantos soldados en fila. Un capellán de ejército, cuyo uniforme de teniente, marcado con una cruz blanca en el lado del corazón, y cuyo aspecto general reflejaba el desaliño de la vida de campaña, solía seguir a los reos con una banqueta en la mano para confesarlos y darles la absolución; porque el Ciudadano Salvador del País (así se denominaba a Guzmán Bento oficialmente en los memoriales y solicitudes) no era contrario al ejercicio de una clemencia racional. Oíase una descarga irregular del pelotón ejecutor, seguida a veces de un tiro final aislado; una nubécula azulada de humo flotaba sobre el ramaje verde, y el Ejército de Pacificación seguía su marcha por las sabanas, al través de los bosques y de los ríos, invadiendo pueblos rurales, devastando las haciendas de odiosos aristócratas, ocupando las ciudades del interior en cumplimiento de su misión patriótica, y dejando tras sí un territorio sometido al régimen unitario, donde no volvería a descubrirse la maligna semilla del federalismo entre el humo de las casas incendiadas y el olor de la sangre vertida.

Don José Avellanos había sobrevivido a esos tiempos terribles.

Quizá, cuando el Ciudadano Salvador del País comunicó al extraviado aristócrata, en términos despectivos, que se le concedía la libertad, le creyó reducido a la impotencia por verle quebrantado de salud, de ánimos y de hacienda. O tal vez la concesión de tal gracia fuera un mero capricho. Guzmán Bento, aunque dominado casi siempre por temores imaginarios y sospechas cavilosas, padecía repentinos accesos de irracional confianza en su propia seguridad, al verse elevado sobre un pináculo de poder, alejado de todo riesgo, fuera del alcance de los simples mortales que conspiraban. En esas ocasiones ordenaba a raja tabla la celebración de una misa solemne de acción de gracias, que era cantada con gran pompa en la catedral de Santa Marta por el sumiso y tímido arzobispo nombrado por él. Bento asistía a la función religiosa ocupando un sillón dorado, dispuesto en el centro del presbiterio, entre otros asientos a derecha e izquierda donde se colocaban los jefes civiles y militares de su gobierno. El mundo no oficial de Santa Marta acudía en masa a la catedral, porque para toda persona de viso era peligroso permanecer alejada de aquellas manifestaciones de la piedad presidencial. Después de haber reconocido así el único Poder que admitía como superior al suyo, dispensaba gracias de perdón político con sardónica ufanía de clemencia. Por entonces no le quedaba otro modo de saborear las delicias del mando que ver a sus abatidos adversarios arrastrarse inermes a la luz del día, recién salidos de las oscuras y hediondas celdas del Colegio. La impotencia de los presos libertados daba pábulo a su vanidad insaciable, que se complacía en poder encarcelarlos de nuevo. Era cosa corriente que las mujeres de los agraciados se presentaran después a dar gracias en una audiencia especial. La encarnación de aquella extraña deidad, el Gobierno Supremo, las recibía de pie con el tricornio de airón en la cabeza, y las exhortaba, murmurando amenazas, a mostrar su gratitud, educando a sus hijos en la fidelidad a la forma democrática de gobierno "establecido por mí para la prosperidad de nuestro país". Pronunciaba las palabras con un sonido sibilante y confuso por haber perdido los dientes de en medio en un accidente de su primera vida de vaquero. "Había venido trabajando por Costaguana, solo, rodeado de traidores y enemigos. Preciso era que acabara de una vez tal estado de cosas, o, cuando no, ¡se cansaría muy luego de perdonar!"

Don José Avellanos era uno de los agraciados con ese perdón.

Tan quebrantado se hallaba de salud y fortuna al salir de la cárcel, que no podía presentar un espectáculo más grato al jefe supremo de las instituciones democráticas. La primera determinación de aquél fue retirarse a Sulaco. Su mujer poseía una hacienda en la provincia y con sus cuidados le restituyó a la vida, sacándolo de la casa de la muerte y el cautiverio. Cuando la fiel y amante esposa murió, dejó una hija de bastante edad para seguir asistiendo con abnegada solicitud al "pobre papá".

La señorita Avellanos, nacida en Europa y educada en parte en Inglaterra, era una joven alta, grave, con modales que indicaban gran dominio de sí propia, frente despejada y blanca, opulenta mata de cabello castaño y ojos azules.

Las demás señoritas de Sulaco la miraban con respeto a causa de su carácter y conocimientos. Gozaba fama de ser terriblemente instruida y seria. En cuanto a orgullo, ya se sabía que los Corbelanes se daban boato de grandes señores, y a esa familia pertenecía por parte de madre. Don José Avellanos era objeto constante de incontables sacrificios que su amada Antonia se imponía por él, y los aceptaba sin advertirlos con esa ciega inconsciencia de muchos hombres que, aunque hechos a imagen de Dios, son como insensibles ídolos de piedra ante el humo de ciertos holocaustos. El pobre Avellanos había quedado arruinado en todas las formas, pero un hombre dominado apasionadamente por una idea no es un fracasado en la vida. El antiguo representante diplomático amaba ardientemente a su país y le deseaba paz, prosperidad y (como dice al final del prefacio de su obra Cincuenta Años de Desgobierno) "un puesto honroso en el consorcio de las naciones civilizadas." En esta última frase el ministro plenipotenciario, cruelmente humillado por la mala fe de su gobierno para con los tenedores extranjeros de la deuda nacional, se retrata como patriota.

La desatentada lucha de facciones ambiciosas que siguió a la tiranía de Guzmán Bento pareció preparar la anhelada realización de su deseo. Era ya demasiado viejo para descender a la arena en Santa Marta; pero los hombres de mayor influencia política le consultaban en todas sus resoluciones. Además, él mismo se persuadió de que sería más útil permaneciendo a distancia en Sulaco.

El ascendiente de Avellanos creció cuando se supo que, no obstante vivir con pobreza dignificada en la residencia ciudadana de los Corbelán (frente a la casa Gould), podía disponer de medios materiales en apoyo de la causa que defendía. Su llamamiento a las fuerzas vivas del país en forma de manifiesto en tiempo de elecciones fue el que decidió la candidatura de don Vicente Rivera para la presidencia. Otro de esos documentos políticos compuestos por don José (esta vez con el carácter de alocución en nombre de la provincia) indujo a aquel escrupuloso constitucionalista a aceptar los poderes extraordinarios que se le confirieron por cinco años por un voto abrumador del Congreso en Santa Marta. Era un mandato específico para establecer la prosperidad del pueblo sobre la base de una paz estable en el interior y de redimir el crédito nacional mediante la satisfacción de las justas reclamaciones del exterior.

La tarde que llegó a Sulaco la noticia de aquel voto por la vía postal indirecta de Cayta, siguiendo en vapor a lo largo de la costa, don José, que había estado aguardando el correo en la sala de los Gould, se levantó de la mecedora dejando caer de las rodillas el sombrero. Frotóse con ambas manos el pelo cano, recortado, que cubría su cabeza, y se quedó sin poder articular palabra por el exceso de alegría.

– Emilia, hija mía -exclamó al fin-, ¡déjame darte un abrazo! Permite…

Si el capitán Mitchell hubiera estado allí, habría hecho sin duda una observación sobre el alborear de una nueva era; pero, aunque a don José le ocurrió algo semejante, su elocuencia le falló en esta ocasión. El inspirador de la reviviscencia del partido blanco vaciló en el sitio donde permanecía de pie; y la señora de Gould se le acercó presurosa, y fingiendo ofrecerle la mejilla con una sonrisa, se ingenió para sostenerle con su brazo que realmente necesitaba.

El anciano se recobró al punto, pero por algún tiempo sólo pudo balbucir: "¡Mis queridos patriotas! ¡Mis queridos patriotas, los dos!", mientras dirigía la vista cuándo al uno, cuándo al otro de los dos esposos. Por la mente del escritor vagaron planes de otra obra histórica, en la que se expondrían a la reverente veneración de la posteridad todos los sacrificios dedicados a la regeneración del país por él tan amado. Como historiador, había tenido bastante elevación de sentimientos para escribir sobre Guzmán Bentos: "No obstante lo anteriormente expuesto, este monstruo, empapado en la sangre de sus compatriotas, no debe ser entregado sin reserva a la execración de las futuras edades. Parece cierto que también él amaba a su país. Le había dado doce años de paz; y habiendo sido dueño absoluto de vidas y haciendas, murió pobre. Tal vez su falta más grave no fue la ferocidad, sino la ignorancia." El hombre que pudo escribir tales palabras sobre un cruel perseguidor suyo (el pasaje citado se contiene en la Historia del Desgobierno) experimentaba, al ver apuntar el término de sus aspiraciones, un sentimiento de caridad casi ilimitado a los dos jóvenes esposos de allende el Atlántico que le habían ayudado en la empresa.

Así como, años antes, Enrique Gould, sin obedecer a ningún arrebato pasional, por sola la convicción de la necesidad práctica, más poderosa que todas las doctrinas políticas abstractas, había desenvainado la espada en favor del orden; así ahora, mudada la condición de los tiempos, Carlos Gould había intervenido en la contienda con la plata de Santo Tomé. El inglés de Sulaco o el "inglés de Costaguana" de la tercera generación distaba tanto de ser un intrigante político, como distó su tío de ser un matón revolucionario. El comportamiento de ambos fue hijo de la reflexión y estuvo inspirado por la instintiva rectitud de sus temperamentos. Vieron la oportunidad, e hicieron uso del arma que hallaron a mano.

El papel desempeñado por Carlos Gould -preeminente detrás de bastidores en la tentativa encaminada a restablecer la paz y el crédito de la República- era muy claro. En principio tuvo que acomodarse a la corrupción dominante. El mismo descaro ingenuo e impudencia cínica con que era confesada, en vez de despertar su enojo, le movieron a no retroceder ante aquella fuerza irresponsable, que destruía todo lo que tocaba. No era odio lo que merecía, sino desprecio. Así, pues, no vaciló en valerse de la venalidad de los funcionarios públicos, pero lo hizo con el frío e impávido desdén que se traslucía, antes que se disimulaba, en las formas de rígida cortesía usadas al tratar con ellos. Esas formas encerraban una especie de protesta muda que le eximía ante su conciencia de la ignominia de la complicidad. Con todo, en el fondo padecía, porque su genio no se avenía a cobardes condescendencias. Pero rehusaba discutir con su esposa el lado moral de tal intervención. Confiaba en que, si bien algo desencantada, tendría bastante inteligencia para comprender que el carácter de su esposo, tanto o más que su política, constituía la salvaguardia de la empresa a que habían consagrado sus vidas. El extraordinario desenvolvimiento de la mina había puesto en manos de Carlos Gould un gran poder. Le era cada vez más molesto contemplar aquella prosperidad a merced de codicias insensatas. A la señora de Gould le parecía humillante. Como quiera que se mirara, era peligroso. En las comunicaciones confidenciales, cambiadas entre Carlos Gould -Rey de Sulaco- y el jefe de los grandes negocios de plata y acero, residente en California, fue arraigándose la convicción de que convenía apoyar discretamente toda tentativa regeneradora, dirigida por personas de instrucción e integridad. "Puede usted decir a su amigo Avellanos que pienso como él", había escrito míster Holroyd en el momento oportuno desde su inviolable santuario, recluido en el interior del alto edificio de once pisos, donde se fraguaban los negocios colosales. Poco después, el partido riverista de Costaguana, disponiendo de un crédito abierto por el Tercer Banco del Sur (situado en la segunda puerta desde la del Edificio Holroyd), tomó una forma práctica a los ojos del administrador de la mina de Santo Tomé. Y don José, el amigo hereditario de la familia Gould, pudo decir: "Tal vez, mi querido Carlos, no ha sido vana mi fe en la regeneración del país."