"La Condición Humana" - читать интересную книгу автора (Malraux André)4 de la mañana El viejo Gisors arrugó el trozo de papel mal cortado en que Chen había escrito su nombre con lápiz, y se lo guardó en el bolsillo. Estaba impaciente por volver a ver a su antiguo alumno. Su mirada se dirigió de nuevo a su interlocutor presente, un chino muy viejo, con la cabeza de mandarín de la Compañía de las Indias, vestido con túnica; se dirigía hacia la puerta, con menudos pasos y con el índice levantado, y hablaba inglés: «Es bueno que existan la sumisión absoluta de la mujer, el concubinato y la institución de las cortesanas. Continuaré la publicación de mis artículos. Porque nuestros antepasados pensaron así, es por lo que existen esas bellas pinturas -mostraba con la mirada el fénix azul, sin mover el rostro, como si le hubiese guiñado el ojo-, de las que usted está orgulloso, y yo también. La mujer está sometida al hombre, como el hombre está sometido al Estado; y servir al hombre es menos duro que servir al Estado. ¿Vivimos para nosotros? No somos nada. Vivimos para el Estado, en el presente; para el orden de los muertos, a través de la duración de los siglos…» ¿Se iría por fin? Aquel hombre, aferrado a su pasado, aun hoy (las sirenas de los navíos de guerra no bastaban para llenar la noche…), frente a la China roída por la sangre como sus bronces de los sacrificios, adquiría la poesía de algunos locos. ¡El orden! Multitudes de esqueletos con túnicas bordadas, perdidos hacia el fondo del tiempo en asambleas inmóviles: enfrente, Chen, los doscientos mil obreros de las hilanderías, la multitud aplastante de los En cuanto oyó que se había vuelto a cerrar la puerta, Gisors llamó a Chen y volvió con él al salón de los fénix. Chen comenzó a pasear. Cada vez que pasaba por delante de él, que era con frecuencia, Gisors, sentado en uno de los divanes, recordaba a un gavilán de bronce egipcio cuya fotografía había conservado Kyo por simpatía hacia Chen, «a causa de su parecido». Era verdad, a pesar de que los gruesos labios aparentaban expresar bondad. «En definitiva, un gavilán convertido por Francisco de Asís», pensó. Chen se detuvo delante de él. – Yo he sido quien ha matado a Tang-Yen-Ta -dijo. Había visto en la mirada de Gisors algo casi afectuoso. Despreciaba los afectos, y los temía. Su cabeza, empotrada entre los hombros, y que la marcha inclinaba hacia adelante, con la arista corta de la nariz, acentuaba el parecido con el gavilán, a pesar de su cuerpo rechoncho; y hasta sus ojos pequeños, casi sin pestañas, hacían pensar en un pájaro. – ¿Era de eso de lo que querías hablarme? – Sí. Gisors reflexionaba. Puesto que no quería responder por medio de prejuicios, no podía hacer otra cosa que aprobarlo. Le costaba, no obstante, algún trabajo hacerlo. «He envejecido», pensó. Chen renunció a caminar. – Estoy extraordinariamente solo -dijo, mirando por fin, de frente a Gisors. Éste estaba turbado. Que Chen recurriese a él, no le extrañaba: había sido, durante algunos años, su maestro, en el sentido chino de la palabra -un poco menos que su padre, más que su madre; desde que ambos habían muerto, Gisors era, sin duda, el único hombre del que tenía necesidad Chen-. Lo que no comprendía era que Chen, que sin duda había vuelto a ver a los terroristas aquella noche, puesto que él acababa de ver a Kyo, pareciese tan lejos de ellos. – ¿Y los demás? -preguntó. Chen volvió a verlos, en la trastienda del vendedor de discos, hundiéndolos en la sombra o sacándolos de ella el balanceo de la lámpara, mientras cantaba el grillo. – No saben. – ¿Que has sido tú? – Eso, lo saben: no tiene importancia. Calló de nuevo. Gisors se guardaba de volver a preguntar. Chen prosiguió, al fin. – … Que es la primera vez. Gisors experimentó, de pronto, la impresión de comprender. Chen lo notó. – No. Usted no comprende. Hablaba el francés con una acentuación de garganta sobre las palabras de una sola sílaba nasal, cuya mezcla con ciertos idiotismos que había aprendido de Kyo sorprendía. Su brazo derecho, instintivamente, había caído a lo largo de la cadera: sentía de nuevo el cuerpo herido que el colchón elástico rechazaba contra el cuchillo. Aquello no significaba nada. Se encontraba dispuesto a repetirlo. Pero, sin embargo, anhelaba un refugio. Aquella afección profunda, que no tenía necesidad de explicar nada, Gisors no la atribuía más que a Kyo. Chen lo sabía. ¿Cómo explicarse? – Usted nunca ha matado a nadie, ¿verdad? – Demasiado lo sabes. Aquello le parecía evidente a Chen; pero, a la sazón, desconfiaba de tales evidencias. Sin embargo, le pareció, de pronto, que algo le faltaba a Gisors. Alzó los ojos. Aquél le contemplaba de arriba abajo, pareciendo más largos sus cabellos blancos a causa del movimiento de su cabeza hacia atrás, intrigado por su ausencia de ademanes. Ésta procedía de su herida, de la que Chen no le había dicho nada; no porque le doliese (un compañero enfermero se la había desinfectado y vendado), pero le molestaba. Como siempre cuando reflexionaba, Gisors daba vueltas entre sus dedos a un invisible cigarrillo. – Quizá… Se detuvo, con los claros ojos fijos en su máscara de templario afeitado. Chen esperaba. Gisors prosiguió, casi brutalmente: – No creo que sea bastante el recuerdo de un crimen para que te alteres así. «Se ve que no sabe de qué habla», intentó pensar Chen. Pero Gisors había acertado en lo justo. Chen se sentó y miró los pies. – No -dijo-; yo no creo, tampoco, que el recuerdo baste. Hay otra cosa, esencial. Quisiera saber qué. ¿Era para saber eso, para lo que había ido? – ¿La primera mujer con quien te acostaste fue una prostituta, como es natural? -preguntó Gisors. – Soy chino -respondió Chen con rencor. No -pensó Gisors-. Salvo por sexualidad, quizá, Chen no era chino. Los emigrados de todos los países, de que rebosaba Shanghai, habían enseñado a Gisors hasta qué punto el hombre se separa de su nación, de una manera nacional; pero Chen no pertenecía ya a China, ni aun por la manera como la había abandonado: una libertad total le entregaba totalmente a su idea. – ¿Qué experimentaste después? -preguntó Gisors. Chen crispó los dedos. – Orgullo. – ¿De ser un hombre? – De no ser una mujer. Su voz ya no expresaba rencor, sino un desprecio completo. – Me parece que quiere usted decir -prosiguió- que he debido sentirme… separado. Gisors se guardaba de responder. – … Sí. Terriblemente. Y tiene usted razón para hablar de mujeres. Quizá se desprecia mucho a aquel a quien se mata. Pero menos que a los otros. – ¿Que a los que no matan? – Que a los que no matan: los vírgenes. Caminaba de nuevo. Las dos últimas palabras habían caído como una carga arrojada al suelo, y el silencio se ensanchaba alrededor de ambos. Gisors comenzaba a experimentar, no sin tristeza, la separación de que Chen hablaba. Recordó, de pronto, que Chen le había dicho tener horror a la caza. – ¿No has sentido horror ante la sangre? – Sí; pero no Pronunció aquella frase mientras se alejaba de Gisors. Se volvió, de pronto, y, contemplando el fénix, aunque tan directamente como si hubiese mirado a Gisors a los ojos, preguntó: – ¿Entonces? Yo sé lo que se hace con las mujeres, cuando quieren continuar poseyéndonos: se vive con ellas. ¿Y la muerte, entonces? Y más amargamente aún, pero sin cesar de contemplar al fénix: – ¿Un concubinato? La pendiente de la inteligencia de Gisors le inclinaba siempre a acudir en ayuda de sus interlocutores; sentía afecto hacia Chen. Pero comenzaba a ver claro: la acción en los grupos de encuentro ya no bastaba al joven; el terrorismo constituía para él una fascinación. Sin dejar de dar vueltas a su cigarrillo imaginario; con la cabeza tan inclinada hacia adelante, como si contemplase la alfombra; con la afilada nariz batida por su mechón blanco, dijo, esforzándose por dar a su voz una entonación de despego: – Crees que ya no saldrás de eso… Pero, ganado por los nervios, terminó tartamudeando: – … y es contra esa… angustia, contra lo que vienes a… defenderte junto a mí. Silencio. – Una angustia, no -dijo, por fin, Chen entre dientes-. ¿Una fatalidad? Nuevo silencio. Gisors comprendía que ningún gesto era posible; que no podía tomarle la mano, como hacía en otro tiempo. Se decidió, a su vez, y dijo, con desfallecimiento, como si hubiese adquirido, de pronto, el hábito de la angustia: – Entonces, hay que pensar en ella y llevarla al extremo. Y, si quieres vivir con ella… – Pronto me matarán. «¿No es eso, sobre todo, lo que quiere? -se preguntó Gisors-. No aspira a ninguna gloria, a ninguna felicidad. Capaz de vencer, pero no de vivir en su victoria, ¿qué puede desear, sino la muerte? Sin duda, pretende darle el sentido que otros dan a la vida. Morir lo más alto posible. ¿Alma de ambicioso, lo bastante lúcida, lo bastante separada de los hombres o lo bastante para despreciar todos los objetos de su ambición y hasta su ambición misma?» – Si quieres vivir con esa… fatalidad, no hay más que un recurso: transmitirla. – ¿Quién sería digno de ella? -preguntó Chen, también entre dientes. El aire se hacía cada vez más pesado, como si todo lo que aquellas frases evocaban de muerte violenta estuviese allí. Gisors ya no podía decir nada: cada palabra habría tenido un sonido falso, frívolo, imbécil. – Gracias -dijo Chen. Se inclinó ante él, con todo el busto, a la usanza china (lo que no hacía nunca), como si prefiriese no tocarle, y salió. Gisors volvió a sentarse y comenzó de nuevo a darle vueltas a su cigarrillo. Por primera vez, se encontraba, no frente al combate, sino ante la sangre. Y, como siempre, pensaba en Kyo. Kyo habría encontrado irrespirable aquel universo en que se movía Chen… ¿Estaba muy seguro de ello? Chen también detestaba la caza; Chen también tenía horror a la sangre -antes-. En esa profundidad, ¿qué sabía él de su hijo? Cuando su amor no podía desempeñar ningún papel; cuando no podía referirse a muchos recuerdos, sabía muy bien que dejaba de conocer a Kyo. Un intenso deseo de volver a verle le invadió -el que se siente por volver a ver a los familiares muertos-. Sabía que se había ido. ¿Adónde? La presencia de Chen animaba aún la habitación. Aquél se había arrojado en el mundo del crimen, y ya no saldría de él: con su encarnizamiento, entraba en la vida terrorista como en una cárcel. Antes de diez años, a lo sumo, sería apresado y torturado o muerto; hasta entonces, viviría como un obseso decidido, en el mundo de la decisión y de la muerte. Sus ideas le hacían vivir; ahora, iban a matarle. Y precisamente por eso era por lo que Gisors sufría. Que Kyo impulsara a matar, estaba en su papel. Y si no, poco importaba: lo que hacía Kyo estaba bien hecho. Pero se hallaba espantado ante aquella sensación súbita, ante aquella certidumbre de la fatalidad del crimen, de una ¿A Chen lo conocía? Apenas creía que los recuerdos permitiesen comprender a los hombres. Conocía la primera educación de Chen, que había sido religiosa; cuando había comenzado a interesarse por aquel adolescente huérfano -los padres habían muerto en el saqueo de Kalgan-, silenciosamente insolente. Chen procedía del colegio tísico, llegado tarde al pastorado, que se esforzaba con paciencia, a los cincuenta años, por vencer, mediante la caridad, una inquietud religiosa intensa. Obsesionado por la vergüenza del cuerpo, que atormentaba a san Agustín; del cuerpo caído en el cual hay que vivir con el Cristo -por el horror de la civilización ritual de la China que le rodeaba y le hacía más imperiosa aún la llamada de la verdadera vida religiosa-, aquel pastor había elaborado con su angustia la imagen de Lutero, del que a veces hablaba a Gisors: «No hay vida más que en Dios; porque el hombre, a causa del pecado, ha caído hasta tal punto; se ha manchado tan irremediablemente, que llegar hasta Dios es una especie de sacrilegio. De aquí el Cristo; de aquí su crucifixión eterna.» Quedaba la Gracia, es decir, el amor ilimitado o el terror, según la fuerza o la debilidad de la esperanza; y este terror era un nuevo pecado. Quedaba también la caridad; pero la caridad no siempre basta para agotar la angustia. El pastor había tomado cariño a Chen. No sospechaba que el tío de éste, que se había encargado de él, sólo lo había enviado con los misioneros para que aprendiese el inglés y el francés, y le había puesto en guardia contra su enseñanza, contra la idea del infierno, sobre todo, de que desconfiaba aquel confucionista. El niño, que reconocía a Cristo, y no a Satanás ni a Dios -la experiencia del pastor le había enseñado que los hombres no se convierten nunca más que a los mediadores-, se abandonaba al amor con el rigor que ponía en todo. Pero experimentaba bastante respeto hacia el maestro -la única cosa que China le había inculcado con fuerza-, para que a pesar del amor aprendido volviese a encontrar la angustia del pastor, y le pareciese un infierno más terrible y más convincente que aquel contra el cual se había intentado prevenirle. Llegó el tío. Espantado ante la clase de sobrino que encontraba, manifestó una delicada satisfacción y envió unos arbolillos de jade y de cristal al director, al pastor y a algunos otros. Al cabo de ocho días, llamaba a Chen a su casa, y a la semana siguiente lo enviaba a la Universidad de Pekín. Gisors, dando vueltas, como siempre, a su cigarrillo entre las rodillas, con la boca entreabierta y absorto ante lo que reflexionaba, se esforzaba por recordar al adolescente de entonces. Pero, ¿cómo separarlo, cómo aislarlo de aquel en el cual se había convertido? «Pienso en su espíritu religioso, porque Kyo jamás lo tuvo, y porque, en este momento, toda diferencia profunda entre ambos me libera… ¿Por qué tendré la impresión de conocerle mejor que a mi hijo?» Era que veía mucho mejor en qué lo había modificado; esta modificación capital, obra suya, era precisa, limitable, y no conocía nada, en los demás seres, mejor que lo que él le había suministrado. Desde que había observado a Chen, había comprendido que aquel adolescente no podría vivir de una ideología que no se transformase inmediatamente en actos. Privado de caridad, no podría ser conducido, por la vida religiosa, más que a la contemplación o a la vida interior; pero odiaba la contemplación, y no había soñado más que con un apostolado al que le impulsaba precisamente su ausencia de caridad. Para vivir, era preciso, pues, en primer término, que se sustrajese a su cristianismo. (Por semiconfidencias, parecía que el trato con las prostitutas y los estudiantes había hecho desaparecer el único pecado, siempre más fuerte que la voluntad de Chen: la masturbación; y, con él, un sentimiento ininterrumpido de angustia y de caída.) En cuanto al cristianismo, su nuevo maestro había opuesto, no argumentos, sino otras formas de grandeza; la fe se le había desvanecido entre los dedos a Chen, poco a poco, sin crisis, como si fuese arena. Apartado por ella de la China; acostumbrado por ella a separarse del mundo, en lugar de someterse a él, había comprendido, a través de Gisors, que todo había pasado como si aquel período de su vida no hubiese sido más que una iniciación en el sentido heroico: ¿qué hacer de un alma, no existiendo ni Dios ni Cristo? Aquí Gisors volvía a encontrar a su hijo, indiferente al cristianismo, pero a quien la educación japonesa (Kyo había vivido en el Japón desde los ocho hasta los diecisiete años) había impuesto también la convicción de que las ideas no debían ser pensadas, sino vividas. Kyo había elegido la acción de una manera grave y premeditada, como otros eligen las armas o el mar: había abandonado a su padre, y vivido en Cantón y en Tientsin la vida de las maniobras y de la excitación de los Todo esto Gisors lo sabía. «Y, sin embargo, si Kyo entrase y me dijese, como Chen hace poco: “yo he sido quien ha matado a Tang-Yen-Ta”; si lo dijese, yo pensaría que “ya lo sabía”. Todo cuanto hay de posible en él resuena en mí con tanta fuerza, que cualquier cosa que me dijese, yo pensaría que “ya lo sabía… ”» Contempló por la ventana la noche inmóvil e indiferente. «Pero, si verdaderamente lo supiera, y no de esta manera incierta y pavorosa, lo salvaría…» Dolorosa afirmación, en la que él no creía, en absoluto. ¿Qué confianza tenía en su pensamiento? Desde la partida de Kyo, no había servido más que para justificar la acción de su hijo, aquella acción entonces íntima, que comenzaba en cualquier parte (con frecuencia, durante tres meses, no sabía siquiera dónde), en la China central o en las provincias del Sur. Si los estudiantes, inquietos, comprendían que aquella inteligencia acudía en su ayuda con tanto calor y con tanta penetración, no era, como creían entonces los idiotas de Pekín, porque se distrajese en jugar con la procuración de las vidas, de las que le separaba su edad; era porque, en todos aquellos dramas semejantes, encontraba el de su hijo. Cuando enseñaba a sus estudiantes, casi todos modestos burgueses, que estaban obligados a unirse a los jefes militares o al proletariado; cuando decía a aquellos a quienes había elegido: «El marxismo no es una doctrina; es una voluntad; es, para el proletariado y los suyos, vosotros, la voluntad de conocerse, de sentirse como tales, de vencer como tales; no debéis ser marxistas para tener razón, sino para vencer sin traicionaros», hablaba para Kyo, lo defendía. Y, si sabía que no era el alma rigurosa de Kyo la que le respondía, cuando al final del curso encontraba, según la costumbre china, su habitación abarrotada de flores blancas por los estudiantes, al menos sabía que aquellas manos que se preparaban para matar, al llevarle unas camelias, estrecharían mañana las de su hijo, que tendría necesidad de ellas. Porque la fuerza del carácter le atraía hasta aquel punto, se había interesado por Chen. Pero, cuando se amistó con él, ¿previo aquella noche lluviosa en la que el joven, hablando de la sangre apenas coagulada, iría a decirle: «No tengo solamente horror…»? Se levantó, abrió el cajón de la mesa baja donde guardaba su platillo de opio, encima de una colección de pequeños cactos. Debajo del platillo, una foto: Kyo. La sacó, la contempló, sin pensar en nada preciso, sumido ásperamente en la certidumbre de que, allí, donde estaba, nadie conocía ya a nadie, y de que la presencia del mismo Kyo, que tanto había anhelado hacía poco, no habría cambiado nada; sólo habría tornado más desesperada su separación, como la de los amigos a quienes se abraza en sueños y que murieron hace años. Contemplaba la foto entre sus dedos: estaba tibia, como una mano. La dejó caer de nuevo dentro del cajón, sacó el platillo, apagó la luz eléctrica y encendió la lámpara. Dos pipas. En otro tiempo, cuando su avidez comenzaba a saciarse, miraba a los seres con benevolencia y consideraba al mundo como una infinidad de posibilidades. Ahora, en lo más profundo de sí mismo, las posibilidades no encontraban cabida: tenía sesenta años, y sus recuerdos estaban llenos de tumbas. Su sentido tan puro del arte chino, de aquellas pinturas azuladas que apenas iluminaba la lámpara, de toda la civilización de sugestión de que la China le rodeaba y que, treinta años antes, había sabido tan finamente aprovechar Su pensamiento vagaba, sin embargo, en torno al mundo y en torno a los hombres con una áspera pasión y que la edad no había extinguido. Que en todo ser, y en él, desde luego, había un paranoico, hacía mucho tiempo que estaba seguro de ello. Había creído, en otro tiempo -tiempo pasado… -, que se soñaba héroe. No. Aquella fuerza, aquella furiosa imaginación subterránea que llevaba en sí mismo (me volvería loco -había pensado- y sólo ella quedaría de mí…) se hallaba dispuesta a adoptar todas las formas, como también la luz. Como Kyo, y casi por las mismas razones, pensó en los discos de que éste le había hablado, y casi de la misma manera, porque las modalidades del pensamiento de Kyo habían nacido de las suyas. Del mismo modo que Kyo no había reconocido su propia voz porque la había oído con la garganta, así la conciencia que él, Gisors, tenía de sí mismo, era, sin duda, irreducible a la que él pudiera adquirir de otro ser, porque no era adquirida por los mismos medios. No debía nada a los sentidos. Se sentía penetrar, con su conciencia intrusa, en un dominio que le pertenecía más que cualquier otro y poseer con angustia una soledad vedada, donde nadie vendría nunca a unírsele. Durante un segundo, experimentó la sensación de que era Cinco bolitas. Desde hacia algunos años, se limitaba a ellas, no sin pena; no sin dolor, a veces. Raspó la cabeza de su pipa; la sombra de su mano pasó de la pared al techo. Apartó la lámpara algunos centímetros; los contornos de la sombra se perdieron. Los objetos también se perdían: sin cambiar de forma, dejaban de ser claros para él, le unían al fondo de un mundo familiar en que una benevolente indiferencia confundía todas las cosas -un mundo más verdadero que el otro, por ser más constante, más semejante a sí mismo; seguro como una amistad, siempre indulgente y siempre recuperado: formas, recuerdos, ideas-. Todo se sumergía con lentitud hacia un universo liberado. Se acordó de una tarde de septiembre en que el gris perfecto del cielo tornaba lechosa el agua de un lago, en los claros de vastos campos de nenúfares; desde los cuernos carcomidos de un pabellón abandonado hasta el horizonte magnífico y sombrío, no le llegaba ya más que un mundo penetrado de una melancolía solemne. Sin agitar su campanilla, un bonzo se había acodado en la rampa del pabellón, abandonando su santuario al polvo, al perfume de las maderas olorosas que ardían; los campesinos pasaban en barcas recogiendo los granos de nenúfar sin producir el menor ruido; cerca de las últimas flores, nacieron del timón dos prolongados pliegues, y fueron a perderse en el agua gris, con una extrema indolencia. Se perdían ahora en él mismo, recogiendo en su abanico todo el agobio del mundo, pero un agobio sin amargura, llevado por el opio a una pureza suprema. Con los ojos cerrados, transportados por las grandes alas inmóviles, Gisors contemplaba su soledad: una desolación que se unía a lo divino, al mismo tiempo que se ensanchaba hasta lo infinito aquella estela de serenidad que recubría suavemente las profundidades de la muerte. |
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