"La Condición Humana" - читать интересную книгу автора (Malraux André)Una de la mañana Compró una botella de agua mineral y llamó a un taxi -un coche cerrado- donde se lavó el brazo y se lo vendó con un pañuelo. Los rieles desiertos y los charcos de los aguaceros de la tarde relucían débilmente. El cielo luminoso se reflejaba en ellos. Sin saber por qué, Chen lo contempló. ¡Cuánto más cerca de él había estado antes, cuando había descubierto las estrellas! Se alejaba de él, a medida que su angustia se debilitaba y volvía a encontrar a los hombres… En el extremo de la calle, las autoametralladoras, tan grises como los charcos, y los trazos claros de las bayonetas, llevadas por sombras silenciosas; el puesto, el final de la concesión francesa. El taxi no podía ir más lejos. Chen mostró su pasaporte falso, de electricista empleado en la concesión. El funcionario examinó el papel con indiferencia («Decididamente lo que acabo de hacer no se nota») y lo dejó pasar. Delante de él, perpendicular, la avenida de las Dos Repúblicas, frontera de la ciudad china. Abandono y silencio. Cargadas con todos los ruidos de la mayor ciudad de China, las ondas zumbadoras se perdían allí, como en el fondo de un pozo los sonidos procedentes de las profundidades de la tierra: todos los de la guerra, y las últimas sacudidas nerviosas de una multitud que no quiere dormir. Pero era lejos donde vivían los hombres; allí, nada quedaba del mundo, como no fuese una noche, en la cual Chen se ponía de acuerdo con su instinto, como adquiriendo una amistad súbita: aquel mundo nocturno, inquieto, no se oponía a su crimen. Mundo en que los hombres habían desaparecido; mundo eterno. ¿Volvería el día, acaso, sobre aquellas tejas podridas, sobre todas aquellas callejuelas, en el fondo de las cuales una linterna iluminaba un muro sin ventanas o un nido de hilos telegráficos? Existía un mundo del crimen, y él se hallaba en ese mundo, como en el calor. Ninguna vida; ninguna presencia; ningún ruido próximo. Ni siquiera los gritos de los modernos comerciantes; ni siquiera los ladridos de los perros abandonados… Por fin, una tienda mugrienta: Al cerrarse de nuevo, la puerta hizo que oscilase la lámpara. Los semblantes desaparecieron y volvieron a aparecer. A la izquierda, muy orondo, Lu-Yu-Shuen y la cabeza de boxeador inutilizado de Hemmelrich, rapado, con la nariz rota y los hombros hundidos. Detrás, en la sombra, Katow. A la derecha Kyo Gisors; al pasar por encima de su cabeza, la lámpara marcó exageradamente las comisuras caídas de su boca de estampa japonesa; al alejarse, apartó la sombra, y aquel rostro mestizo casi pareció europeo. Las oscilaciones de la lámpara se fueron haciendo cada vez más cortas. Los dos semblantes de Kyo fueron apareciendo alternativamente, cada vez menos diferentes el uno del otro. Invadidos por la necesidad de interrogar, todos miraban a Chen con una intensidad idiota, pero no decían nada. Él contempló las baldosas, acribilladas de semillas de girasol. Podía informar a aquellos hombres; pero jamás podría explicarse. Le obsesionaba la resistencia opuesta por el cuerpo al cuchillo, mucho mayor que la de su brazo: sin el impulso de la sorpresa, el arma no habría penetrado profundamente. «Nunca hubiera creído que fuese tan duro…» – Eso es -dijo. En la habitación, ante el cuerpo, pasada la inconsciencia, no había dudado: había Tendió la orden de la entrega de armas. Su texto era largo. Kyo lo leía. – Sí; pero… Todos esperaban. Kyo no aparecía impaciente ni irritado; no se había movido; apenas se había contraído su semblante. Sin embargo, todos comprendían que lo que acababa de descubrir lo trastornaba. Se decidió: – Las armas no están pagadas. – Creo que se podrá arreglar con los hombres de las secciones de combate -dijo Kyo. – Con tal que podamos subir a bordo -respondió Katow-, todo marchará. Silencio. La presencia de aquellos hombres arrancaba a Chen de su terrible soledad, suavemente, como una planta a la que se arranca de la tierra donde sus raíces más finas la retienen aún. Y al mismo tiempo que, poco a poco, volvía hacia ellos, parecíale que los reconociese -como a su hermana, la primera vez que había vuelto de una casa de prostitución-. Allí se sentía la tensión que se experimentaba en las salas de juego, al final de la noche. – ¿Qué tal? -preguntó Katow, dejando, por fin, su disco y avanzando hacia la luz. Sin responder, Chen contempló aquella hermosa cabeza de Pierrot ruso -ojillos burlones y nariz al aire- que ni siquiera aquella luz podía hacer dramática. Él, sin embargo, sabía lo que era la muerte. Se levantaba. Fue a ver el grillo dormido en su jaula minúscula: Chen podría tener sus razones para callar. Éste observaba el movimiento de la luz, que le permitía no pensar: el grito tembloroso del grillo, despierto por su llegada, se unía a las últimas vibraciones de la sombra sobre los rostros. Siempre la obsesión de la dureza de la carne, aquel deseo de apoyar el brazo con fuerza sobre la primera cosa que encontrase. Las palabras sólo servían para turbar la familiaridad con la muerte, que se había albergado en su corazón. – ¿A qué hora saliste del hotel? -preguntó Kyo. – Hace veinte minutos. Kyo consultó su reloj; la una menos diez. – Bien. Acabemos aquí, y larguémonos. – Quiero ver a tu padre, Kyo. – ¿Sabes que – Tanto mejor. Todos sabían lo que era – Tanto mejor -repitió Chen. Como todas las sensaciones, la del crimen y el peligro, al alejarse, le dejaban completamente vacío. Aspiraba a recuperarlas-. Sin embargo, quiero verlo. – Ve esta noche; nunca duerme antes del alba. – Iré a eso de las cuatro. Por instinto, cuando se trataba de ser comprendido, Chen se dirigía a papá Gisors. Que su actitud le era dolorosa a Kyo -tanto más dolorosa cuanto que ninguna vanidad intervenía en ella- lo sabía; pero no podía hacer nada; Kyo era uno de los organizadores de la insurrección; el comité central tenía confianza en él; Chen también, pero no mataría nunca a nadie, como no fuera combatiendo. Katow estaba más cerca de él; Katow, condenado a cinco años de presidio en 1905, cuando, siendo estudiante de medicina, había tratado de derribar la puerta de la cárcel de Odesa. Y, sin embargo… El ruso comía caramelos, uno a uno, sin dejar de contemplar a Chen; y Chen, de pronto, comprendió su glotonería. Ahora que había matado, tenía derecho a sentir deseo de algo. Derecho. Aquello era hasta pueril… Extendió su mano cuadrada. Katow creyó que quería marcharse y se la estrechó. Chen se levantó. En efecto: quizá ya no tuviese que hacer nada allí; Kyo estaba prevenido, y a él le correspondía obrar. Y él, Chen, sabía lo que quería hacer ahora. Se dirigió a la puerta; volvió, no obstante. – Dame unos caramelos. Katow le dio la bolsa. Él quiso repartir el contenido. No tenía papel. Se llenó el hueco de la mano, tomó unos cuantos con la boca, salió. – No ha debido ir completamente solo -dijo Katow. Refugiado en Suiza desde 1905 a 1912, fecha de su regreso clandestino a Rusia, hablaba el francés sin ningún acento ruso, pero tragándose cierto número de vocales, como si hubiera querido compensar así la necesidad de articular rigurosamente cuando hablaba el chino. Casi debajo de la lámpara ahora, su rostro estaba poco iluminado. Kyo lo prefería así; la expresión de ingenuidad irónica que los ojillos y, sobre todo, la nariz saliente -pájaro de cuenta, le decía Hemmelrich- daban al semblante de Katow, era tanto más viva cuanto más se oponía a sus propias facciones, y le molestaba con frecuencia. – Acabemos -dijo-: ¿Tienes los discos, Lu? Lu-Yu-Shuen, sonriendo y como dispuesto a doblar mil veces el espinazo, colocó sobre dos «fonos» los dos discos examinados por Katow. Había que ponerlos en movimiento al mismo tiempo. – Una, dos, tres -contó Kyo. El silbido del primer disco cubrió al segundo. De pronto, se detuvo -se oyó: – Perfectamente -dijo Kyo. Detuvo el movimiento, y puso en marcha el primer disco solo. Silbido: silencio; silbido. Parada. Bien. Etiqueta de los discos de desecho. En el segundo: Aquellos falsos discos para la enseñanza de idiomas eran excelentes. La etiqueta estaba imitada a maravilla. Kyo se hallaba inquieto, sin embargo. – ¿Mi impresión era mala? – Muy buena; perfecta. Lu se esponjaba en una sonrisa. Hemmelrich parecía indiferente. En el piso de arriba, un niño gritó de dolor. Kyo no comprendía. – ¿Entonces, por qué la han cambiado? – No la han cambiado -dijo Lu-. Es la misma. Es raro que reconozca uno su propia voz, ¿sabe?, cuando se oye por primera vez. – ¿El «Fono» la desfigura? – No es eso; es que todos reconocen sin trabajo la voz de los demás; pero uno, ¿sabe?, no está acostumbrado a oírse a sí mismo… Lu se sentía lleno de júbilo chino de explicar una cosa a un espíritu distinguido que la ignora. «Lo mismo ocurre en nuestro idioma…» – Bueno. ¿Tienen que venir a buscar los discos esta noche? – Los barcos partirán mañana, al amanecer, para Han-Kow… Los discos silbadores eran expedidos por un barco; los discos de texto, por otro. Éstos eran franceses o ingleses, según que la misión de la región fuese católica o protestante. Los revolucionarios empleaban algunas veces verdaderos discos impresionados por ellos mismos. «El día -pensaba Kyo-. ¡Cuántas cosas, antes de que llegue el día!…» Se levantó. – Se necesitan voluntarios para las armas. Y algunos europeos, si es posible. Hemmelrich se acercó a él. El niño arriba gritó de nuevo. – Te responde el muchacho -dijo Hemmelrich-. ¿Basta eso?… ¿Qué harías tú, con el chico que va a reventar y la mujer que gime arriba… no lo bastante fuerte para molestamos?… La voz, casi rencorosa, era precisamente la de aquel rostro de la nariz rota, de los ojos hundidos que la luz vertical sustituía por dos manchas negras. – Cada uno a su trabajo -pronunció Kyo-. Los discos también son necesarios… Katow y yo, a lo nuestro. Pasemos a buscar los tipos (entonces sabremos si atacamos mañana o no); y yo… – Pueden descubrir el cadáver en el hotel, ¿comprendes? -dijo Katow. – Antes de que amanezca, no. Chen ha cerrado con llave. No hay rondas. – Quizá el intermediario tuviese alguna cita. – ¿A estas horas? Es poco probable. Ocurra lo que ocurra, lo esencial es cambiar el anclaje del barco. Así, si tratan de alcanzarlo, perderán, por lo menos, tres horas antes de encontrarlo. Está en el límite del puerto. – ¿Adónde quieres hacerlo pasar? – Al puerto mismo. No al muelle, naturalmente. Allí hay centenares de vapores. Tres horas perdidas, por lo menos. Por lo menos. – El capitán desconfiará… El semblante de Katow no expresaba casi nunca sus sentimientos: la alegría irónica subsistía en él. Sólo, en aquel instante, el tono de la voz traducía su inquietud, cada vez más intensa. – Conozco a un especialista en negocios de armas -dijo Kyo-. Con él, el capitán adquirirá confianza. No tenemos mucho dinero; pero podemos pagar una comisión… Creo que estamos de acuerdo: nos servimos del papel para subir a bordo, y ya nos las arreglaremos después. Katow se encogió de hombros, como ante la evidencia. Se puso su blusa, cuyo cuello no abotonaba nunca, y alargó a Kyo la chaqueta de sport, que estaba colgada en una silla. Ambos estrecharon fuertemente la mano a Hemmelrich. La lástima sólo conduciría a humillarle más. Salieron. Abandonaron inmediatamente la avenida y entraron en la ciudad china. Unas nubes muy bajas, pesadamente amontonadas, sólo dejaban ya aparecer las últimas estrellas en la profundidad de sus desgarraduras. Aquella vida de las nubes animaba la oscuridad, ora más ligera, ora más intensa, como si inmensas sombras llegasen, a veces, a profundizar la noche. Katow y Kyo llevaban calzado de sport, con suela de goma, y sólo oían sus pasos cuando se deslizaban por el barro. Del lado de las concesiones -el enemigo-, un resplandor bordeaba los tejados. Lentamente henchido por el prolongado grito de una sirena, el viento, que traía el rumor casi extinto de la ciudad en estado de sitio y el silbido de los vapores, que volvían hacia los barcos de guerra, pasó sobre las miserables bombillas eléctricas encendidas en el fondo de los callejones sin salida y de las callejuelas. En torno a ellas, unos muros en descomposición salían de la sombra desierta, develados con todas sus manchas por aquella luz a la que nada hacía vacilar y de donde parecía emanar una eternidad sórdida. Oculto por aquellos muros, había medio millón de hombres: los de las hilanderías, que trabajaban durante dieciséis horas diarias, desde la infancia; el pueblo de la úlcera, de la escoliosis, del hambre. Los vidrios que protegían las bombillas se empañaron, y, durante algunos minutos, la gran lluvia de China, furiosa, precipitada, tomó posesión de la ciudad. «Un buen barrio», pensó Kyo. Desde hacía más de un mes, que, de comité en comité, preparando la insurrección, había dejado de ver las calles; no caminaba ya por el barro, sino sobre terreno llano. La agitación de los millones de modestas vidas cotidianas desaparecía, aplastada por otra vida. Las concesiones, los barrios ricos, con sus verjas lavadas por la lluvia al final de las calles, no existían ya más que como amenazas, como barreras, como los prolongados muros de una prisión sin ventanas. Aquellos barrios atroces, por el contrario -donde las tropas de encuentro eran más numerosas-, palpitaban con el estremecimiento de una multitud en acecho. Al volver una callejuela, su mirada se abismó de pronto en la profundidad de las luces de una ancha calle; velada por la copiosa lluvia, conservaba en su imaginación una perspectiva horizontal, pues habría sido preciso atacarla con los fusiles y las ametralladoras, que disparan horizontalmente. Después del fracaso de las sublevaciones de febrero, el comité central del partido comunista chino había encargado a Kyo la coordinación de las fuerzas insurrectas. En cada una de aquellas calles silenciosas, donde el perfil de las casas desaparecía bajo el aguacero con olor a humo, el número de los militantes se había duplicado. Kyo había pedido que se le facilitasen de 2 000 a 5 000, y la dirección militar los había conseguido en un mes. Pero no poseía doscientos fusiles. (Y había trescientos revólveres en aquel A los primeros disparos, ocho grupos deberían ocupar los garajes y apoderarse de los autos. Los jefes de aquellos grupos habían visitado ya los garajes, y no se equivocarían. Cada uno de los demás jefes, desde hacía diez días, estudiaba el barrio donde debían combatir. ¡Cuántos visitantes, aquel mismo día, habían penetrado en los edificios principales, habían preguntado por un amigo al que nadie conocía, y habían hablado y ofrecido el té, antes de irse! ¡Cuántos obreros, a pesar del aguacero copioso, reparaban los tejados! Todas las posiciones de algún valor para el combate en las calles estaban reconocidas; las mejores posiciones de tiro estaban señaladas con los trazos rojos en los planos, para la permanencia de los grupos de encuentro. Lo que Kyo sabía acerca de la vida subterránea de la insurrección alimentaba lo que ignoraba; algo que le sobrepasaba infinitamente venía de las grandes alas desgarradas de Tchapei y de Pootung, cubiertas de fábricas y de miseria, para hacer estallar los enormes ganglios del centro. Una invisible multitud animaba aquella noche de juicio final. – ¿Mañana? -interrogó Kyo. Katow vaciló y detuvo el balanceo de sus grandes manos. No; la pregunta no se dirigía a él. Ni a nadie. Caminaba en silencio. Poco a poco, el chaparrón se transformaba en llovizna; el crepitar de la lluvia sobre los tejados se debilitaba, y la calle negra se llenó con el ruido entrecortado de los arroyos. Los músculos de sus semblantes se aflojaron. Al descubrir entonces la calle como aparecía ante su mirada -larga, negra, indiferente-, Kyo la percibió como un pasado: de tal modo la obsesión le impulsaba hacia adelante. – ¿Adónde crees tú que habrá ido Chen? -preguntó-. Dijo que no iría a casa de mi padre hasta eso de las cuatro… ¿A dormir? Había en su pregunta una admiración incrédula. – No sé… Al burdel, quizá… Él no se emborracha… Llegaron a una tienda: – ¿Qué hay? -pronunció Kyo. Shia le contemplaba y se frotaba las manos con unción. Se volvió sin decir nada, dio algunos pasos y hurgó en algo oculto. El roce de su uña doblada sobre una hoja de lata hizo rechinar los dientes de Katow; pero ya volvía, con los tirantes a la izquierda y a la derecha… Leyó el papel que llevaba, con la cabeza iluminada por debajo, casi pegada a una de las lámparas. Era un informe de la organización militar que trabajaba con los obreros ferroviarios. Los refuerzos que defendían Shanghai contra los revolucionarios de Nankín: los obreros ferroviarios habían decretado la huelga, los guardias blancos y los soldados del ejército gubernamental obligaban a los que cogían a que condujesen los trenes militares, bajo pena de muerte. – Uno de los obreros ferroviarios detenido ha hecho descarrilar el tren que conducía -leyó el chino-. Muerto. Otros tres trenes militares descarrilaron ayer; los rieles habían sido levantados. – Que se generalice el sabotaje y se indique en los misinos informes el medio de reparar los daños en el plazo más breve -dijo Kyo. – Por todo acto de sabotaje, los guardias blancos fusilan. – Otra cosa: ¿no hay trenes de armas? – No. – ¿Se sabe cuándo estarán los nuestros en Tcheng-Tcheu? [1] – No tengo aún las noticias de medianoche. El delegado del Sindicato cree que será esta noche o mañana… La insurrección comenzaría, pues, al día siguiente o al otro. Había que esperar las informaciones del Comité Central. Kyo tenía sed. Salieron. Ya no estaban lejos del sitio donde tenían que separarse. Una nueva sirena de barco llamó tres veces, a intervalos, y, luego, una vez más, prolongada. Parecía que su grito se esparciese en aquella noche saturada de agua. Por último, retumbó, como un cohete. «¿Comenzarían a inquietarse, en el – Con tal que encuentre a ese tipo -dijo Kyo-. Quedaría, no obstante, más tranquilo si el Sus rutas no eran ya las mismas. Se dieron cita y se separaron. Katow iba a buscar a los hombres. Kyo llegó, por fin, a la puerta enrejada de las concesiones. Dos tiradores anamitas y un agente de la colonial llegaron para examinar sus papeles: tenía su pasaporte francés. Para tantear el puesto, un comerciante chino había ensartado unos pastelillos en las puntas de las alambradas. («Buen sistema para envenenar a un puesto, eventualmente», pensó Kyo.) El agente le devolvió el pasaporte. Kyo encontró pronto un taxi y dio la dirección del El auto, que el chófer conducía a toda velocidad, encontró algunas patrullas de voluntarios europeos. «Las tropas de ocho naciones vigilan aquí», decían los periódicos. Poco importaba; no entraba en las intenciones del Kuomintang atacar a las concesiones. El – ¡De talapuinos, querida amiga! ¡Los vestirán de ta-la-pui-nos! La voz bufonesca, directamente inspirada por Polichinela, parecía llegar de una columna. Gangosa, aunque amarga, no evocaba mal el espíritu de aquel lugar, aislado en un silencio invadido por el entrechocarse de los vasos sobre el Lo descubrió, en cuanto hubo rodeado la columna, en el fondo de la sala, donde, a algunas filas de profundidad, se hallaban dispuestas las mesas que no ocupaban las danzarinas. Por encima de una confusión de espaldas y de pechos, en un montón de trapos sedosos, un Polichinela delgado y sin joroba, aunque con una voz muy apropiada, dirigía un discurso bufonesco a una rusa y a una mestiza filipina, sentadas a su mesa. De pie, con los codos pegados al cuerpo, gesticulando con las manos, hablaba con todos los músculos de su rostro en tensión, molesto por el cuadro de seda negra, estilo Pied-Nickelé, que protegía su ojo derecho, magullado, -sin duda. De cualquier manera que fuese vestido -llevaba un smoking, aquella noche-, el barón de Clappique parecía ir disfrazado. Kyo estaba decidido a no abordarle allí; a esperar a que saliese. – ¡Perfectamente, querida amiga, perfectamente! Chiang Kaishek entrará aquí con sus revolucionarios y gritará, en estilo clásico, le digo, ¡clá-si-co!, como cuando se toman las ciudades: «¡Que me vistan de talapuinos a esos negociantes y de leopardos a estos militares (como cuando se sientan en los bancos recién pintados)!» Semejante al último príncipe de la dinastía Leang, perfectamente, subamos sobre los juncos imperiales y contemplemos a nuestros sujetos vestidos, para distraemos, a cada uno del color de su profesión, azul, rojo, verde, con trenzas y pompones. ¡Ni una palabra, querida amiga, ni una palabra le digo! Y confidencial: – La única música permitida será la del sombrero chino. – ¿Y usted, qué hará allá? Quejumbroso, sollozando: – ¿Cómo, querida amiga? ¿No lo adivina? Seré el astrólogo de la corte, y moriré al ir a coger la luna en un estanque, una noche en que esté borracho… ¿Esta noche?… Científico: – … como el poeta Thu-Fu, cuyas obras La sirena de un buque de guerra llenó el salón. Inmediatamente, un golpe furioso de platillos se unió a ella, y se reanudó la danza. El barón se había sentado. A través de las mesas y de las parejas, Kyo ocupó una mesa libre, un poco detrás de la suya. La música había cubierto todos los ruidos; pero, ahora que se había aproximado a Clappique, oía su voz de nuevo. El barón toqueteaba a la filipina; pero continuaba hablando hacia el rostro demacrado, todo ojos, de la rusa. – … la desgracia, querida amiga, consiste en que ya no hay fantasía. De vez en cuando… Índice levantado: – … un ministro europeo envía a su mujer un paquetito postal; ella lo abre… ¡Ni una palabra!… Con el índice sobre la boca: – … es la cabeza de su amante. ¡Todavía se habla de ello, después de tres años! Desconsolado: – ¡Lamentable, querida amiga, lamentable! ¡Míreme! ¿Ve usted mi cabeza? He aquí a dónde conducen veinte años de fantasía hereditaria. Se parece a la sífilis… ¡Ni una palabra! Pleno de autoridad: – ¡Mozo! Champaña para estas dos señoras y para mí… De nuevo confidencial: – … un pequeño Martini… Severo: – … muy seco. («Admitiendo lo peor, aun con esa política, tengo una hora por delante -pensó Kyo-. Sin embargo, ¿durará esto mucho tiempo?») La filipina reía o lo aparentaba. La rusa, abriendo mucho los ojos, trataba de comprender. Clappique continuaba gesticulando, con el dedo índice vivo, estirado, con expresión de autoridad, llamando la atención hacia la confidencia. Pero Kyo apenas le escuchaba; el calor le entorpecía, y, además, una preocupación que aquella noche había rondado en su camino se expandía en un confuso cansancio: aquel disco; s – … en una palabra -gañía el barón, guiñando el ojo que llevaba al descubierto y volviéndose hacia la rusa-: tenía un castillo en Hungría del Norte… – ¿Es usted húngaro? – De ningún modo. Soy francés. (¡Y me fastidia, por cierto, querida amiga, lo-ca-men-te!) Pero mi madre era húngara. »Pues bien, mi bisabuelo vivía allí en un castillo, con unos salones grandes (muy grandes), con unos cofrades muertos debajo y unos abetos alrededor; muchos a-be-tos. Viudo. Vivía solo, con un gi-gan-tes-co cuerno de caza colgando de la chimenea. Pasa un circo ambulante. Con una amazona. Preciosa… Doctoral: – Ya digo: pre-cio-sa. Guiñando de nuevo el ojo: – … La rapta… No es difícil… La conduce a una de aquellas grandes habitaciones… Llamando la atención, con la mano levantada: – ¡Ni una palabra! Vive allí. Continúa. Se aburre. Tú también, pequeña mía -haciendo cosquillas a la filipina-; pero, paciencia… Él no se divertía tampoco, por cierto: se pasaba la mitad de la tarde haciendo que le arreglase su pedicuro las uñas de las manos y de los pies (además había un barbero contratado en el castillo), y mientras su secretario, hijo de un siervo asqueroso, le leía (y le releía) en voz alta la historia de la familia. ¡Encantadora ocupación, querida amiga; vida perfecta! Por otra parte, generalmente estaba borracho… Ella… – ¿Ella se enamoró del secretario? -preguntó la rusa. – ¡Magnífica! ¡Esta pequeña es magnífica! ¡Querida amiga, es usted magnífica! ¡Notable perspicacia! Le besó la mano. – … pero se acostó con el pedicuro, no estimando tanto como ustedes las cosas del espíritu. Entonces se dio cuenta de que mi bisabuelo le pegaba. ¡Ni una palabra! Fue inútil. Se escaparon. »El abandonado, que era muy malo, recorre sus vastos salones (siempre con sus cofrades debajo), se declara burlado por los dos galopines, que se dislocaban los riñones en la capital, en una posada a lo Gogol, con un cacharro de agua desportillado y unas berlinas en el patio. Descuelga el gi-gan-tes-co cuerno de caza, no para soplar en él, y encarga al intendente que haga un llamamiento a sus campesinos. (Entonces se tenía derecho a hacerlo, en aquellos tiempos.) Los arma: cinco escopetas de caza y dos pistolas. ¡Pero, querida amiga, eran demasiados! »Entonces, mudanza del castillo: he aquí a mis harapientos en marcha (imagíneselos; i-ma-gí-ne-se-los, le digo), armados de floretes, arcabuces, mosquetes… ¡qué sé yo…!, espadones y otras zarandajas, el abuelo a la cabeza, hacia la capital: la venganza persiguiendo al crimen. Los anuncian. Llega el guardia rural, con los gendarmes… ¡Magnífica plancha! – ¿Y después? – Nada. Les habían ganado la partida. El abuelo llegó a la ciudad; pero los culpables habían abandonado la posada Gogol en una de las berlinas polvorientas. Sustituyó a la amazona por una campesina y al pedicuro por otro y se emborrachó en compañía del secretario. De vez en cuando, trabajaba en uno de sus pequeños testamentos… – ¿A quién le dejó el dinero? – Cuestiones sin interés, querida amiga. Pero, cuando murió… Con los ojos desorbitados: – … se supo todo; todo lo que había ido cociendo, a fuego lento, el noble ebrio… Se le obedeció; se le enterró debajo de la capilla, en una inmensa bóveda, de pie sobre su caballo muerto, como Atila… El barullo del – Cuando murió Atila, le irguieron sobre su caballo encabritado por encima del Danubio; el sol poniente proyectó tal sombra sobre la llanura, que los caballeros se hicieron humo, espantados.. Desvariaba, invadido por sus sueños, por el alcohol y por la calma súbita. Kyo sabía qué proposiciones debía hacerle; pero lo conocía mal, aunque su padre lo conocía bien; y peor aún en aquel papel. Le escuchaba con impaciencia (hasta que se encontrara libre una mesa delante del barón, donde se instalaría y le haría seña de que saliese; no quería abordarlo ni llamarlo ostensiblemente), pero no sin curiosidad. Era la rusa la que hablaba ahora, con voz lenta, desgarrada -ebria, tal vez, de insomnio: – Mi bisabuelo tenía también muchas tierras… Nos marchamos a causa de los comunistas, ¿verdad? Para no estar con todo el mundo; para ser respetadas. ¡Y aquí somos dos por mesa y cuatro por habitación! Cuatro por habitación… Y hay que pagar el alquiler. Respetadas… ¡Y si el alcohol no me pusiera enferma!… Clappique miró su vaso: la rusa apenas había bebido. La filipina, por el contrario… Tranquilamente, se calentaba como un gato al calor de la semiembriaguez. Inútil contar con ella. Se volvió hacia la rusa: – ¿No tiene usted dinero? Ella se encogió de hombros. El barón llamó al camarero, pagó con un billete de cien dólares. Cuando recibió el cambio, tomó diez dólares y dio el resto a la mujer. Ella le miró, con una precisión cansada. – Bien. Se levantaba. – No -dijo él. Tenía un aspecto lamentable, de buen perro. – No, esta noche la aburriría. Le tenía cogida la mano. Ella le miró otra vez. – Gracias. Vaciló. – Sin embargo… Si le causa placer… – Me causaría más placer un día que no tenga dinero… Polichinela reapareció: – Que no tardará… Le juntó las manos y se las besó varias veces. Kyo, que ya había pagado, le alcanzó en el pasillo vacío. – ¿Quiere que salgamos juntos? Clappique le miró y le reconoció. – ¿Usted aquí?… ¡Es inaudito! Pero… Aquel balido fue detenido por el levantarse de su índice: – ¡Se pervierte usted, joven! – ¡Bah!… Ya salían. Aunque la lluvia había cesado, el agua estaba tan presente como el aire. Dieron algunos pasos por la arena del jardín. – En el puerto -dijo Kyo- hay un vapor cargado de armas. Clappique se había detenido. Kyo había dado un paso más; tuvo que volverse. El rostro del barón apenas era visible; pero el gran gato luminoso, insignia del La oscuridad y su posición -a contraluz- le permitían no expresar nada; y no añadía nada. – Hay una proposición -prosiguió Kyo-, a 30 dólares por revólver, del gobierno. Todavía no tiene respuesta. Yo tengo comprador a 35 dólares, más 3 de comisión. Entrega inmediata, en el puerto. Donde el capitán quiera, pero en el puerto. Que recoja el ancla en seguida. Se recibirá la entrega esta noche mediante el dinero. De acuerdo con su delegado: aquí está el contrato. Le alargó el papel y encendió su mechero, protegiéndolo con la mano. «Quiere raspar al otro comprador -pensaba Clappique, contemplando el contrato-. – Bueno -dijo, en voz alta-. Por supuesto, me dejará usted el contrato. – Sí. ¿Conoce usted al capitán? – Amigo mío, hay otros a quienes conozco mejor; pero, en fin, lo conozco. – Podría desconfiar (y más aún, desde luego por el sitio donde está la garantía). El gobierno puede hacer que se recojan las armas, en vez de pagar. ¿No? – ¡Ni mucho menos! Otra vez polichinela. Pero Kyo esperaba la continuación: ¿de qué disponía el capitán para impedir que los suyos (y no los del gobierno) se apoderaran de las armas? Clappique continuó, con voz más sorda: – Esos objetos son enviados por un proveedor regular. Lo conozco. Irónico: – Es un traidor… Voz regular en la oscuridad, cuando ya no la acompañaba ninguna expresión del rostro. Subió, como si hubiese pedido un cocktail. – ¡Un verdadero traidor, muy seco! Porque todo esto pasa por una legación que… ¡Ni una palabra! Voy a ocuparme de eso. Pero, desde luego, va a costarme un gasto serio de taxi: el barco está lejos… Y me queda… Se registró el bolsillo, sacó un solo billete y se volvió, para que la insignia lo iluminase. – … Diez dólares, amigo mío. No hay bastante. Sin duda, pronto compraré los cuadros de su tío Kama para Ferral; pero, mientras… – ¿Habrá bastante con cincuenta? – Es más de lo que necesito. Kyo se los dio. – Me avisará usted a mi casa cuando eso quede terminado. – Entendido. – ¿Dentro de una hora? – Más tarde, supongo; pero en cuanto pueda. Y con el mismo tono con que la rusa había dicho: «Si el alcohol no me pusiera enferma…»; casi con la misma voz, como si todos los seres de aquel lugar se encontrasen sumidos en el mismo abismo de desesperación, dijo: – Todo esto no tiene maldita la gracia… Se alejó, con la nariz baja, la espalda encorvada, la cabeza al descubierto y las manos en los bolsillos del smoking. Kyo llamó un taxi y se hizo conducir al límite de las concesiones, a la primera callejuela de la ciudad china, donde había citado a Katow. Diez minutos después de haber abandonado a Kyo, Katow, una vez atravesados los corredores y pasadas las rejas, había llegado a una habitación blanca, desnuda, bien iluminada por unas lámparas de tormenta. No había ventana. Bajo el brazo del chino que le abrió la puerta, cinco cabezas que estaban inclinadas sobre la mesa dirigieron la mirada hacia él, hacia la elevada silueta conocida de todos los grupos de encuentro: piernas separadas, brazos colgantes, blusa sin abrochar, nariz prominente, cabellos mal peinados. Manejaban granadas de diferentes modelos. Era un – ¿Cuántos hombres hay inscritos? -preguntó en chino. – Ciento treinta y ocho -respondió el chino más joven, un adolescente de cabeza pequeña, con la nuez muy marcada y los hombros caídos, vestido de obrero. – Necesito imprescindiblemente doce hombres para esta noche. «Imprescindiblemente» pasaba a todos los idiomas que hablaba Katow. – ¿Cuándo? – Ahora. – ¿Aquí? – No; delante del pontón Yen Tang. El chino dio instrucciones. Uno de los hombres salió. – Estarán allí antes de las tres -dijo el jefe. Por sus mejillas hundidas, su gran cuerpo delgado, parecía muy débil; pero la resolución del tono, la fijeza de los músculos del rostro denotaban una voluntad apoyada sobre los nervios. – ¿La instrucción? -preguntó Katow. – Respecto a las granadas, se conseguirá. Todos los camaradas conocen ahora nuestros modelos. En cuanto a los revólveres (los Nagan y los Máuser, al menos) se conseguirá también. Los hago trabajar con los cartuchos vacíos; pero convendría, por lo menos, poder tirar al blanco… Me han propuesto facilitarnos una cueva completamente segura. En cada una de las cuarenta habitaciones donde se preparaba la insurrección se había presentado el mismo problema. – No hay pólvora. Quizá se reciba. Por lo pronto, no hablemos de eso. ¿Y los fusiles? – Se manejarán. Lo que me inquieta es la ametralladora, si no se ejercita un poco el tiro al blanco. Su nuez ascendía y descendía bajo la piel, a cada una de las respuestas. Continuó: – Además, ¿no habría medio de conseguir unas cuantas armas más? ¡Siete fusiles, trece revólveres, cuarenta y dos granadas cargadas! De cada dos hombres, uno no tiene arma de fuego. – Iremos a tomárselas a los que las tienen. Quizá tengamos revólveres muy pronto. Si fuera para mañana, ¿cuántos hombres no sabrían servirse de sus armas de fuego en su sección? El hombre reflexionó. La atención le dio una actitud de ausencia. «Un intelectual», pensó Katow. – ¿Cuándo nos hayamos apoderado de los fusiles de la policía? – Indudablemente. – Más de la mitad. – ¿Y las granadas? – Todos sabrán servirse de ellas, y muy bien. Aquí tengo treinta hombres, parientes de los supliciados de febrero… A menos, no obstante… Vaciló, y terminó la frase con un ademán confuso. Mano deformada, pero fina. – ¿A menos?… – Que esos cochinos no empleen los tanques contra nosotros. Los seis hombres miraron a Katow. – Eso no importa -respondió-. Tomas tus granadas, unidas de seis en seis, y las colocas bajo el tanque: a partir de cuatro, salta. En rigor, podéis abrir unos fosos. ¿Tenéis herramientas? – Muy pocas. Pero yo sé dónde tomarlas. – Procura también tomar bicicletas: en cuanto se comience será preciso que cada sección tenga su agente de unión, además del centro. – ¿Tú estás seguro de que los tanques saltarán? – ¡En absoluto! Pero no te preocupe eso: los tanques no abandonarán el frente. Si lo abandonan, acudiré con un equipo especial. De eso me encargo yo. – ¿Y si somos sorprendidos? – Los tanques se ven: tenemos observadores al lado. Coges tú mismo un paquete de granadas, se las das a cada uno de los tres o cuatro individuos de quienes estés seguro… Todos los hombres de la sección sabían que Katow, condenado, a causa del asunto de Odesa, a permanecer en uno de los presidios menos duros, había solicitado, para instruirlos, acompañar voluntariamente a los desdichados enviados a las minas de plomo. Confiaban en él, pero estaban inquietos. No tenían miedo a los fusiles ni a las ametralladoras, pero tenían miedo a los tanques: se consideraban desarmados contra ellos. Hasta en aquella habitación, adonde no habían ido más que voluntarios, casi todos parientes de supliciados, el tanque heredaba el poder de los demonios. – Si llegan los tanques, no hagan nada; nosotros iremos allá -pronunció Katow. ¿Cómo salir de aquella vana promesa? Por la tarde, había inspeccionado una quincena de secciones, pero no había encontrado el miedo. Aquellos hombres no eran menos valerosos que los otros, sino más calculadores. Sabía que no los sustraería a su temor, que, con excepción de los especialistas que él mandaba, las formaciones revolucionarias huirían ante los tanques. Era probable que los tanques no abandonasen el frente; pero si llegaban a la ciudad, sería imposible detenerlos a todos por medio de fosos en los barrios donde se entrecruzaban tantas callejuelas. – Los tanques no abandonarán, ni mucho menos, el frente -dijo. – ¿Cómo hay que unir las granadas? -preguntó el chino más joven. Katow se lo enseñó. La atmósfera quedó algo menos pesada, como si aquella manipulación hubiese sido el presagio de una acción futura. Katow aprovechó la ocasión para irse, muy inquieto. La mitad de los hombres no sabría servirse de sus armas. Al menos, podría contar con aquellos con quienes había formado los grupos de combate, encargados de desarmar a la policía. Al día siguiente. Pero ¿y al otro?… El ejército avanzaba, se aproximaba de hora en hora. Quizá estuviese tomada ya la última estación. Cuando Kyo estuviese de regreso, sin duda lo sabrían ya en alguno de los centros de información. El comerciante de lámparas no había recibido información desde las diez. Katow esperó algún tiempo en la callejuela, sin dejar de andar. Por fin llegó Kyo. Cada uno dio a conocer al otro lo que había hecho. Reanudaron la marcha por el lodo, sobre sus suelas de goma, al paso; Kyo, menudo y flexible, como un gato japonés; Katow, balanceando los hombros, pensando si las tropas que avanzaban con los fusiles brillantes de lluvia, hacia Shanghai, rojizo en el fondo de la noche… También Kyo hubiera querido saber si aquel avance se habría detenido. La callejuela por donde caminaban -la primera de la ciudad china- era, a causa de la proximidad de las casas europeas, la de los comerciantes de animales. Todas las tiendas estaban cerradas: ni un animal fuera, ni un solo grito turbaba el silencio entre las llamadas de las sirenas y las últimas gotas que caían de los cuernos de los tejados en los charcos. Las bestias dormían. Entraron, después de haber llamado, en una de las tiendas: la de un comerciante de peces. Por única luz, una bujía colocada en una guindola se reflejaba en las vasijas fosforescentes, alineadas como las de Alí Baba y donde dormían, invisibles, los ilustres cípridos chinos. – ¿Mañana? -preguntó Kyo. – Mañana; a la una. En el fondo de la estancia, detrás de un mostrador, dormía, sobre su codo replegado, un personaje indistinto. Apenas había levantado la cabeza para responder. Aquel almacén era una de las ochenta pertenencias del Kuomintang por las que se transmitían las noticias. – ¿Oficial? – Sí. El ejército está en Tcheng-Tcheu. Huelga general a las doce. Sin que nada cambiase en la sombra; sin que el comerciante, adormilado en el fondo de su alvéolo, hiciese un movimiento, la superficie fosforescente de todas las vasijas comenzó a agitarse débilmente: blandas oleadas negras, concéntricas, se levantaban en silencio. El ruido de las voces despertaba a los peces. De nuevo se perdió, a lo lejos, una sirena. Salieron y reanudaron la marcha. Otra vez por la avenida de las Dos Repúblicas. Un taxi. El coche arrancó a una velocidad de film. Katow, sentado a la izquierda, se inclinó y contempló al chófer con atención. – Está – Pues Clappique va a hacer venir el barco -dijo Kyo-. Los camaradas que están en el almacén de ropas del gobierno pueden suministrarnos unos trajes de policías. – No hace falta. Tengo más de quince en la permanencia. – Sería mejor sin ti… Kyo le miró sin decir nada. – No es muy peligroso, aunque tampoco en extremo fácil, ¿sabes? Más peligroso resulta que este endemoniado chófer se halla dispuesto a reanudar la velocidad. Y no es este el momento de hacer que te apees. – Ni a ti tampoco. – No es lo mismo… A mí se me puede sustituir ahora, ¿comprendes?… Preferiría que tú te ocupases del camión, que estará esperando, y de la distribución. Vacilaba, preocupado, con la mano sobre el pecho. «Hay que dejarle que se dé cuenta», pensaba. Kyo no decía nada. El coche continuaba deslizándose por entre las líneas de luz esfumadas en la bruma. Que él fuese más sutil que Katow, era indudable; el Comité Central conocía al detalle todo cuanto él había organizado, aunque en fichas, y él lo vivía; tenía la ciudad en la piel, con sus puntos débiles como heridas. Ninguno de sus camaradas podía reaccionar tan de prisa como él ni con tanta seguridad. – Bien -dijo. Luces, cada vez más numerosas… De nuevo los camiones blindados de las concesiones, y luego, una vez más, la sombra. El auto se detuvo. Kyo se apeó. – Voy a buscar los trastos -dijo Katow-; te los entregaré cuando todo esté dispuesto. Kyo vivía con su padre en una casa china de un solo piso: cuatro naves alrededor de un jardín. Atravesó la primera, luego el jardín, y entró en el – Buenas noches, padre. Chen va a venir a verte. – Bien. Las facciones de Kyo no eran las de su padre. Parecía, sin embargo, que había bastado la sangre japonesa de su madre para dulcificar la máscara de abate ascético del viejo Gisors -máscara cuyo carácter acentuaba aquella noche una bata de pelo de camello- para crear la cara de samurai de su hijo. – ¿Le ha ocurrido algo? – Sí. No le hizo otra pregunta. Ambos se sentaron. Kyo no tenía sueño. Relató el espectáculo que Clappique acababa de proporcionarle, sin hablar de las armas. No, por cierto, porque desconfiase de su padre, sino porque se consideraba demasiado ser el único responsable de su vida para hacerle conocer algo más que el conjunto de sus actos. Aunque el antiguo profesor de sociología de la Universidad de Pekín, sustituido por Chang-Solin, a causa de sus enseñanzas, había formado el mejor de los grupos revolucionarios de la China del Norte, no participaba en la acción. Desde que Kyo hubo entrado allí, su voluntad se transformaba en inteligencia, lo cual no le agradaba mucho: se interesaba por los seres, en lugar de interesarse por las fuerzas. Y, cuando hablaba de Clappique a su padre, que lo conocía bien, el barón le pareció más misterioso que antes, cuando lo contemplaba. – … acabó sacándome cincuenta dólares… – Es desinteresado, Kyo… – Pues acababa de gastar cien dólares: yo lo vi. La mitomanía es siempre una cosa bastante inquietante. Quería saber hasta dónde podía continuar sirviéndose de Clappique. Su padre, como siempre, buscaba lo que había en aquel hombre de profundo, de singular. Pero lo que hay de más profundo en un hombre, rara vez es aquello por lo cual se le puede hacer obrar inmediatamente, y Kyo pensaba en sus pistolas. – Si tiene necesidad de considerarse rico, ¿qué no intentará para enriquecerse? – Ha sido el primer anticuario de Pekín… – ¿Para qué se gasta todo su dinero en una noche, si no es para hacerse la ilusión de que es rico? Gisors entornó los ojos y se echó hacia atrás los cabellos, algo largos; su voz de hombre entrado en años, a pesar de su timbre debilitado, adquirió la claridad de una línea: – Su mitomanía es un medio de negar la vida, ¿no?; de negar y no de olvidar. Desconfía de la lógica, en estas materias… Extendió confusamente la mano; sus ademanes angostos casi nunca se dirigían hacia la derecha o hacia la izquierda, sino hacia el frente; sus movimientos, cuando prolongaban una frase, no parecían apartar, sino asir algo. – Es como si hubiese querido demostrarte ayer que, aunque haya vivido durante dos horas como un hombre rico, la riqueza no existe. Porque entonces Gisors sonrió. La sonrisa de sus labios, de comisuras abatidas, adelgazadas ya, expresaba las ideas con más complejidad que sus palabras. Desde hacía veinte años dedicaba su inteligencia a hacerse querer de los hombres justificándolos, y ellos le estaban reconocidos ante una bondad cuyas raíces no adivinaban nacidas en el opio. Se le atribuía la paciencia de los budistas; era la de los intoxicados. – Ningún hombre vive de negar la vida -respondió Kyo. – Se vive mal… Necesita vivir mal. – Y está obligado a ello. – La parte de la necesidad está determinada por los corretajes de las antigüedades y quizá de las drogas y por el tráfico de armas… De acuerdo con la policía, a la que detesta, sin duda, pero con la que colabora en esos pequeños trabajos, a cambio de una justa retribución… Poco importaba; la policía sabía que los comunistas no tenían dinero bastante para comprar armas a los importadores clandestinos. – Todo hombre se parece a su dolor -dijo Kyo-. ¿Qué es lo que le hace sufrir? – Su dolor no tiene importancia, ni tampoco sentido, ¿no?; no roza nada más profundo que su mentira o su goce; no tiene verdadera profundidad, y eso es, quizá, lo que le retrata mejor, porque es raro. Hace lo que puede para conseguirlo, pero le faltan facultades… Cuando tú no estás ligado a un hombre, Kyo, piensas en él para prever sus actos. Los actos de Clappique… Señaló el acuarium, donde los cípridos negros, blandos y dentados como oriflamas, subían y bajaban. – Ahí los tienes… Bebe, pero estaba hecho para el opio; se engaña, también, respecto al vicio; muchos hombres no encuentran el que los salvaría. Lástima, porque está lejos de carecer de valor. Pero su dominio no te interesa. Era verdad. Si Kyo, aquella noche, no pensaba en su acción, no podía pensar más que en sí mismo. El calor le penetraba poco a poco, como antes en el Su pulgar frotaba suavemente los otros dedos de su mano derecha, como si deshiciese un polvo de recuerdos. Hablaba para sí; proseguía un pensamiento que suprimía su hijo. – Es sin duda una cuestión de medios: oímos la voz de los demás con los oídos. – ¿Y la nuestra? – Con la garganta; porque, con los oídos tapados, tú oyes tu voz. El opio también encierra un mundo que no oímos con nuestros oídos… Kyo se levantó. Apenas le vio su padre. – Tengo que volver a salir en seguida. – ¿Puedo serte útil cerca de Clappique? – No. Gracias. Buenas noches. – Buenas noches. Acostado, para tratar de debilitar su cansancio, Kyo esperaba. No había encendido la luz, no se movía. No era – Sí. May era médica de uno de los hospitales chinos, pero venía de la sección de mujeres revolucionarias, cuyo hospital clandestino dirigía. – Siempre la misma cosa, ¿sabes? Acabo de ver a una muchacha de dieciocho años que ha intentado suicidarse con una hoja de afeitar en el palanquín del matrimonio. La obligaban a casarse con un bruto respetable… La han llevado con su vestido rojo de novia, todo él manchado de sangre. La madre iba detrás: una sombra minúscula, desmirriada, que sollozaba como es natural… Cuando le hice saber que la muchacha no se moriría me dijo: «¡Pobrecilla! Sin embargo, casi sería una suerte para ella que se muriera…» Una suerte… Eso dice más que nuestros discursos acerca del estado de las mujeres aquí… Alemana, aunque nacida en Shanghai; doctora en Heidelberg y de París, hablaba el francés sin acento extranjero. Arrojó su boina sobre la cama. Sus cabellos ondulados estaban echados hacia atrás, para que fuese más fácil peinarlos. Él sintió deseos de acariciarlos. La frente, muy despejada, tenía también algo de masculino; pero, desde que había cesado de hablar, se feminizaba -Kyo no apartaba de ella los ojos-, a la vez porque el abandono de la voluntad dulcificaba sus facciones, porque el cansancio las distendía, y porque estaba sin boina. Aquel rostro vivía por su boca sensual y por sus ojos muy grandes, transparentes y lo bastante claros para que la intensidad de la mirada no pareciese producida por la pupila, sino por la sombra de la frente en las órbitas alargadas. Llamado por la luz, entró un pequinés blanco, corriendo. Ella lo llamó, con voz fatigada. – ¡Perro velloso, perro musgoso, perro peludo! Lo cogió con la mano izquierda y lo levantó hasta su rostro, acariciándolo. – Conejo -dijo, sonriendo-; conejo, conejovich… – Se parece a ti -pronunció Kyo. – ¿No es verdad? Contemplaba en el espejo la cabeza blanca, arrimada a la suya, por encima de las patitas unidas. La encantadora semejanza nacía de sus altos pómulos germánicos. Aunque ella no era muy bonita, él pensó, modificándola, en la frase de Otelo; «¡Oh querida guerrera mía!…» Soltó el perro y se levantó. El capuchón, a medio abrir, ponía de manifiesto, a la sazón, los senos, muy altos, que hacían pensar en los pómulos. Kyo le contó lo que había hecho aquella noche. – En el hospital -dijo ella- han entrado esta noche unas treinta mujeres jóvenes de la propaganda, escapadas de las tropas blancas… Heridas. Cada vez ocurre esto con más frecuencia. Dicen que el ejército está muy cerca. Y que hay muchos muertos… – Y la mitad de las heridas morirán… El sufrimiento no puede tener sentido más que cuando no conduce a la muerte, y conduce a ella casi siempre. May reflexionó. – Sí -dijo, al fin-. Y, sin embargo, quizá sea ésa una idea masculina. En mi opinión, para la mujer, el sufrimiento (resulta extraño) más hace pensar en la vida que en la muerte… A causa de los partos, quizá… Reflexionó de nuevo. – Cuanto más heridos hay, cuanto más se aproxima la insurrección, más se copula. – Se comprende. – Es preciso que te diga una cosa que acaso te moleste un poco… Apoyado en el codo, él la interrogó con la mirada. May era inteligente y valiente; pero, con frecuencia, torpe. – Acabé por acostarme con Langlen, esta tarde. Kyo se encogió de hombros, como para decir: «¡Allá tú!» Pero su gesto y la expresión violenta de su rostro se compaginaban mal con aquella indiferencia. Ella le contemplaba, extenuada, con los pómulos acentuados por la luz vertical. También él contemplaba sus ojos sin mirada, sumidos en la sombra, y no decía nada. Se preguntaba si la expresión de sensualidad de su semblante vendría de lo que aquellos ojos ahogados y la ligera hinchazón de sus labios acentuaban con violencia por, contraste con sus facciones, con su feminidad… Ella se sentó en la cama y luego le tomó una mano. A él le faltó poco para retirarla, pero la dejó. May notó, sin embargo, su movimiento. – ¿Te disgusto? – Ya te he dicho que eres libre… No pido demasiado -añadió, con amargura. El perrito saltó sobre el lecho. Él retiró su mano para acariciarlo quizá. – Eres libre -repitió-. Lo demás, poco importa. – En fin, – Sí. Que ella debiera decírselo, no hacía al caso, ni para el uno ni para el otro. Kyo quiso, de pronto, levantarse: así acostado, y ella sentada sobre el lecho, como un enfermo cuidado por ella… Pero, ¿para qué? Todo era igualmente inútil. Continuaba, sin embargo, contemplándola, para darle a entender que ella podía hacerle sufrir, pero que, desde hacía unos meses, la contemplase o no, ya no la veía; algunas expresiones, a veces… Aquel amor, frecuentemente crispado, que los unía como un niño enfermo; aquel sentido común de su vida y de su muerte; aquella correspondencia camal entre ambos, nada de todo aquello existía frente a la fatalidad que decolora las formas de que están saturadas nuestras miradas. «¿La amaré menos de lo que creo?», pensó. No. Hasta en aquel momento estaba seguro de que, si ella muriese, él no serviría ya a su causa con esperanza, sino con desesperación, como un muerto. Nada, no obstante, prevalecía contra la decoloración de aquel rostro sepultado en el fondo de su vida común como en la bruma, como en la tierra. Se acordó de un amigo que había visto morir la inteligencia de la mujer que amaba, paralizada durante unos meses; le parecía ver morir a May así; ver desaparecer absurdamente, como una nube que se reabsorbe en el cielo gris, la forma de su felicidad. Como si hubiese muerto dos veces: por efecto del tiempo y de lo que le decía. May se levantó y fue hasta la ventana. Andaba con soltura, a pesar de su cansancio. Decidiendo, por temor y pudor sentimental mezclados, no volver a hablar de lo que acababa de decir puesto que él callaba; deseando huir de aquella conversación, a la que ella, no obstante, comprendía que no escaparía, trató de expresar su ternura diciendo cualquier cosa, y recurrió, por instinto, a un animismo que a él le agradaba: frente a la ventana, uno de los árboles de Marte se había cubierto de brotes durante la noche; la luz de la habitación iluminaba sus hojas, todavía abarquilladas, de un verde tierno sobre el fondo oscuro. – Ha ocultado sus hojas en el tronco durante el día -dijo-, y las descubre esta noche, mientras no se le ve. Parecía hablar para sí misma; pero, ¿cómo Kyo habría podido sustraerse al tono de su voz? – Hubieras podido elegir otro día -pronunció, no obstante, entre dientes. También él se veía en el espejo, apoyado sobre el codo; con máscara tan japonesa entre sus sábanas blancas. «Si yo no fuese mestizo…» Hacía un esfuerzo intenso para rechazar los pensamientos odiosos o bajos, listos para justificar y alimentar su cólera. Y la miraba; la miraba, como si aquel semblante hubiera debido volver a encontrar, por el sufrimiento que infligía, toda la vida que él había perdido. – Pero, Kyo, precisamente era hoy cuando eso no tenía importancia… y… Iba a añadir: «él lo deseaba tanto». Frente a la muerte, aquello suponía tan poco… Pero solamente dijo: – … yo también, mañana, puedo morir… Tanto mejor. Kyo sufría con el dolor más humillante: el que se desprecia experimentar. Realmente, ella era libre para acostarse con quien quisiese. ¿De dónde procedía, pues, aquel sufrimiento sobre el cual no se reconocía ningún derecho y que se reconocía tantos derechos sobre él? – Cuando tú comprendiste que yo… contaba contigo, Kyo, me preguntaste un día, no en serio (un poco, no obstante), si yo creía que iría contigo a la cárcel, y yo te respondí que no sabía nada; que lo difícil, sin duda, era permanecer en ella. Sin embargo, tú pensaste que sí, puesto que me poseíste a mí también. ¿Por qué no creerlo ahora? – Siempre son los mismos los que van a la cárcel. Katow iría, aunque no me quisiera profundamente. Iría por la idea que tiene de la vida y de sí mismo. No es por alguien por lo que se va a la cárcel. – Kyo, cómo son de hombre esas ideas… Él pensaba. – Y, sin embargo -dijo-, amar a los que son capaces de hacer eso y ser amado por ellos, quizá, ¿qué más esperar del amor? ¡Qué rabia que le pregunten a uno semejantes cosas!… Hasta si lo hacen por su… moral. – No es por moral -dijo ella, con lentitud-. Por moral seguramente yo no sería capaz de ello. – Pero -él también hablaba con lentitud- ese amor no te impediría el acostarte con un tipo, cuando tú pensabas (acabas de decirlo) que eso… me molestaría… – Kyo, voy a decirte algo singular, y que es verdadero, sin embargo… Hasta hace cinco minutos, creí que te sería igual. Quizá eso me hacía creerlo… Hay llamadas, sobre todo cuando se está tan cerca de la muerte (es de las otras de las que yo tengo costumbre, Kyo…) que no tienen nada que ver con el amor… Sin embargo los celos existían, tanto más turbios cuanto que el deseo sexual que ella le inspiraba descansaba sobre la ternura. Con los ojos cerrados, todavía apoyado sobre el codo, trataba -triste oficio- de comprender. No oía más que la respiración oprimida de May y el roce de las patas del perrito. Su herida venía en primer lugar (luego las consecuencias, ¡ay!, las sentía emboscadas en él, como sus camaradas detrás de las puertas, aún cerradas) de que atribuía al hombre que acababa de acostarse con May (¡sin embargo, no puedo llamarle su amante!) desprecio hacia ella. Era uno de los antiguos camaradas de May; apenas él lo conocía. Pero conocía la misoginia fundamental de casi todos los hombres. «La idea de que, habiéndose acostado con ella, porque se ha acostado con ella, pueda pensar: “Esta gallinita”, me dan ganas de pegarle. ¿No se estará siempre celoso, sino de lo que se supone que supone el otro? Triste humanidad…» Para May, la sexualidad no comprometía a nada. Era preciso que aquel tipo lo supiese. Que se acostase con ella, bueno; pero que no se imaginara que la poseía. «Estoy hecho una calamidad…» Pero no podía hacer nada, y aquello no era lo esencial: lo sabía. Lo esencial; lo que le trastornaba hasta producirle angustia, era que, de pronto, se había separado de ella, no por odio -aun cuando existiese el odio en él-; no por los celos (¿o es que, precisamente, aquello eran celos?), sino por un sentimiento sin nombre, tan destructor como el tiempo o la muerte: no acertaba con ello. Había vuelto a abrir los ojos. ¿Qué ser humano era ese cuerpo deportivo y familiar, ese perfil perdido: un ojo amplio, que comenzaba en la sien, hundido entre la frente despejada y el pómulo?… ¿La que acababa de copular?… Pero, ¿no era, también, la que soportaba sus debilidades, sus dolores, sus irritaciones; la que había cuidado con él a sus camaradas heridos, velado con él a sus amigos muertos?… La suavidad de su voz todavía en el aire… No se olvida lo que se quiere. Sin embargo, aquel cuerpo recobraba el misterio punzante del ser conocido, transformado de pronto -o mudo o ciego o loco-. Y era una mujer. No una especie de hombre. Otra cosa… Se le escapaba por completo. Y, a causa de ello, quizá, la llamada rabiosa de un contacto intenso con ella le cegaba; cualquiera que fuese; espanto, gritos, golpes. Se levantó, se acercó a ella. Sabía que se hallaba en un estado de crisis; que al día siguiente, tal vez, ya no comprendería nada de cuanto experimentaba; pero estaba frente a ella como ante una agonía; y, como hacia una agonía, el instinto le impulsaba hacia ella: tocar, palpar, retener a los que nos abandonan, aferrarse a ellos… ¡Con qué angustia le contemplaba ella, detenido a dos pasos!… La revelación de lo que quería cayó, por fin, sobre él; acostarse con ella; refugiarse allí, contra aquel vértigo, en el cual la perdía toda entera; no tenían que conocerse cuando empleaban todas sus fuerzas en apretar sus brazos sobre sus cuerpos. Ella se volvió de pronto: acababan de llamar. Demasiado pronto para Katow. ¿Estaría descubierta la insurrección? Lo que habían dicho, sentido, amado, odiado, zozobraba brutalmente. Llamaron de nuevo. Kyo extrajo su revólver de debajo de la almohada, atravesó el jardín y fue a abrir, en pijama. No era Katow; era Clappique que continuaba vestido de smoking. Se quedaron en el jardín. – ¿Qué hay? – Ante todo le devuelvo su documento: aquí está. Todo marcha bien. El barco ha salido. Va a anclar a la altura del consulado de Francia. Casi al otro lado del río. – ¿Dificultades? – Ni una palabra. Antigua confianza; si no, se pregunta cómo hay que hacerlo. En estos asuntos, joven, la confianza es tanto mayor cuanto menos razón de ser tiene… – ¿Alusión? Clappique encendió un cigarrillo. Kyo no vio más que la mancha del cuadro de seda negra sobre el rostro confuso. Fue a buscar la cartera -May esperaba-, volvió, pagó la comisión convenida. El barón se guardó los billetes en el bolsillo, arrugados, sin contarlos. – La bondad da felicidad -dijo-. Amigo mío, la historia de mi noche es una no-ta-ble historia moral: ha comenzado por la limosna y acaba con la fortuna. ¡Ni una palabra! Con el índice levantado, se inclinó hacia el oído de Kyo. – ¡Fantomas le saluda! Dio media vuelta y salió. Como si Kyo sintiese temor de entrarse, le contemplaba irse, con el smoking agitándose a lo largo del muro blanco. «Mucho se parece a Fantomas, en efecto, con ese traje. ¿Habrá adivinado, o supuesto, o…?» Tregua de lo pintoresco: Kyo oyó una tos, y la reconoció tanto más pronto cuanto que la esperaba: Katow. Todos se apresuraban, esa noche. Tal vez para hacerse menos visible, caminaba por en medio de la calzada. Kyo adivinaba su blusa, más que verla, en alguna parte, arriba, en la sombra, una nariz saliente… Sobre todo, apreciaba el balanceo de sus manos. Salió a su encuentro. – ¿Qué hay? -le preguntó, como había preguntado a Clappique. – Todo va bien. ¿Y el barco? – Frente al consulado de Francia. Lejos del muelle. Dentro de media hora. – El vapor y los hombres están a cuatrocientos metros de allí. ¿Vamos? – ¿Y los trajes? – No se necesitan. Los tipos están completamente listos. Volvió a entrar y se vistió en un instante: pantalón y tricota. Alpargatas (quizá hubiera que trepar). Estaba listo. May le tendió los labios. El espíritu de Kyo quería besarla; su boca, no -como si, independiente, ella le guardase rencor-. La besó, por fin, mal. Ella le miró con tristeza, con los párpados abatidos; sus ojos plenos de sombra, se tornaban poderosamente expresivos, puesto que la expresión procedía de los músculos. Kyo salió. Caminaba al lado de Katow, una vez más. No podía, sin embargo, librarse de ella. «Ahora mismo, me parecía una loca o una ciega. No la conozco. No la conozco. No la conozco más que en la medida en que la amo, en el sentido en que la amo. No se posesiona uno de un ser, sino de lo que cambia en él, dice mi padre… ¿Y después?» Se sumergía en sí mismo, como en aquella callejuela, cada vez más oscura, donde hasta los aisladores del telégrafo no brillaban ya sobre el cielo. Volvía a experimentar angustia y se acordó de los discos. «Se oye la voz de los demás con los oídos; la de uno mismo, con la garganta.» Sí. La vida de uno también se oye con la garganta. ¿Y la de los demás?… En primer término, allí había soledad; soledad inmutable, tras la multitud mortal, como la gran noche primitiva detrás de aquella noche densa y pesada, bajo la cual acechaba la ciudad desierta, llena de desesperación y de odio. «Pero yo, para mí, por la garganta, ¿qué soy? Una especie de afirmación absoluta, de afirmación de loco: una intensidad más grande que la de todo el resto. Para los demás, yo soy lo que he hecho.» Sólo para May no era lo que había hecho; sólo para él, ella era otra cosa completamente distinta de su biografía. El abrazo, mediante el cual el amor mantiene a los seres unidos el uno al otro contra la soledad, no era al hombre al que proporcionaba su ayuda; era al loco, al monstruo incomparable, preferible a todo, que todo ser es para sí mismo y al que elige en su corazón. Desde que su madre había muerto, May era el único ser para quien él no era Kyo Gisors, sino la más estricta complicidad. «Una complicidad consentida, conquistada, elegida», pensó, extraordinariamente de acuerdo con la noche, como si su pensamiento ya no estuviese hecho para la luz. «Los hombres no son mis semejantes; son los que me ven y me juzgan; mis semejantes son aquellos que me aman y no me miran; los que me aman contra todo; los que me aman contra la decadencia, contra la bajeza, contra la traición; a mí, y no lo que yo haya hecho o haga; quienes me amen tanto como yo me amo a mí mismo; hasta el suicidio, incluso… Sólo con ella tengo en común este amor, desgarrado o no, como otros, juntos, tienen hijos enfermos y que pueden morir…» Aquello no era, por cierto, la felicidad; era algo primitivo que concordaba con las tinieblas y hacía subir hasta él un calor que acababa en una opresión inmóvil, como de una mejilla contra otra mejilla -la única cosa en él que era fuerte como la muerte. Sobre los tejados, ya había sombras en su puesto. |
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