"Ecue-Yamba-O" - читать интересную книгу автора (Carpentier Alejo)

11 Temporal (d)

Usebio corría a campo traviesa, sostenido por la sola voluntad de llegar. Saltaba sobre los restos de cercas derribadas. Sus tobillos estaban cubiertos de heridas, causadas por los alambres de púas. Los troncos tumbados se le atravesaban en el camino. Caía en fangales y rodaba a veces a lo largo de las cuestas. Avanzaba en zig-zag, con la cabeza baja, embistiendo el aire. Sus mangas rotas, los jirones de su camisa tremolaban a sus espaldas como cintas batidas por los monzones marítimos… Al fin. cubierto de tierra, jadeante, con los dientes apretados y la boca seca, creyó divisar las paredes blancas de la casa vivienda. Aligeró el paso, haciendo un postrer esfuerzo.

De la casa sólo quedaban tres murallas hundidas, un cementerio de camas y armarios cubierto por un millar de tejas quebradas. Al caer, un bloque de piedra había aplastado a un ternero, cuyas patas se agitaban todavía, convulsivamente, en un inmundo hervor de intestinos morados… ¡Nadie! Los habitantes habían huido, sin duda, ante el temor de perecer bajo los escombros de la casa, que aún tenía la audacia de erguirse hacia el cielo implacable.

Usebio andaba extraviado. Su voluntad de antes había cedido lugar a un desaliento doloroso. Una bandada de auras imposibles ponía sombras de cruces en el fondo de sus retinas. Dos velas, un sombrero sobre su ataúd. Lo bailarían y se acabó. Lo bailarían, sí; lo bailarían, no. Lo bailarían, sí; lo bailarían, no.

Lo bailarían, Lo bailarían, Que sí, Que no. Lo bailarían, Y se acabó. Se a- ca- bó…

La fiebre había anclado un ritmo absurdo en su cerebro y sus oídos. Un coro de rumberos fantasmales, de los que zarandeaban ataúdes en funerales ñáñigos, se alzaba ahora desde el macizo central de su ser. Lo bailarían. Lo bailarían. ¡Lo bailarían y se acabó…! Sin convicción, intentó volver hacia el bohío, brincando, corriendo, gateando. Tenía la sensación de no llegar jamás. Los guías -árboles, cercas, veredas- que hubieran podido conducirlo, estaban tan arruinados que sus ojos no lograban reconocerlos en la penumbra. Un alba de ejecución capital se hizo sentir a través del velo vertiginoso de la tormenta. Usebio cayó de bruces, vencido. ¡Se acabó! ¡Se a-ca-bó…! Estaba muy lejos del batey, y lo sabía. ¿Tití? ¿Barbarita? ¿Menegildo? ¿Ambarina? ¿Rupelto? ¿Andresito? ¿Salomé? ¿El viejo…? La evocación de la fosa encharcada lo hizo levantarse una vez más. Ahora le obsesionaba, menos el recuerdo de los suyos que el deseo desesperado de no saberse tan solo, tan miserable, sobre esta tierra agotada, arada por el trueno, surcada de estrías sanguinolentas como el cerebro de un buey degollado… Entonces el prodigio vino a su encuentro. Alzando los ojos, se vio de pronto ante una construcción de piedra, larga como hangar, con ventanas claveteadas, que el ciclón parecía haber respetado. Era un barracón del ingenio antiguo, cuyos restos, veteranos de tormentas, se alzaban un poco más lejos. Estaba habitado por algunos haitianos que se habían quedado en la colonia después de la última zafra… Usebio anduvo a lo largo del edificio. En el costado contrario al viento había una puerta cerrada. Asiendo una estaca, golpeó furiosamente las tablas de madera dura. Golpeó sin tregua hasta oír un ruido que provenía del interior. La puerta se movió apenas y una cara oscura se mostró en el intersticio. Intentaron cerrar. Pero Usebio se precipitó con todo su peso contra la hoja, cayendo cara al suelo, en el interior del barracón, entre unos negros que blandían mochas. Uno de ellos, singularmente ataviado, llevaba una larga levita azul sobre un vestido blanco de mujer. Su cara estaba desfigurada por anchos espejuelos ahumados. Un gorro tubular, de terciopelo verde, le ceñía la frente.

Usebio se incorporó. Lo bailarían, sí; lo bailarían, no… En el fondo del barracón había una suerte de altar, alumbrado con velas, que sostenía un cráneo en cuya boca relucían tres dientes de oro. Varias cornamentas de buey y espuelas de aves estaban dispuestas alrededor de la calavera. Collares de llaves oxidadas, un fémur y algunos huesos pequeños. Un rosario de muelas. Dos brazos y dos manos de madera negra. En el centro, una estatuilla con cabellera de clavos, que sostenía una larga vara de metal. Tambores y botellas… Y un grupo de haitianos que lo miraban con malos ojos. En un rincón, Usebio reconoció a Paula Macho, luciendo una corona de flores de papel. Su semblante, sin expresión, estaba como paralizado.

– ¡Lo’ muelto! ¡Lo’ muelto! ¡Han sacao a lo’ muelto! -aulló Usebio.

Barrido por una resaca de terror, por un pánico descendido de los orígenes del mundo, el padre huyó del barracón sin pensar ya en la tormenta. ¡Lo’ muelto! ¡Lo’ muelto del sementerio! ¡Y Paula Macho, la bruja, la dañosa, oficiando con los haitianos de la colonia Adela…!

Usebio corría aún, cuando una luz glauca, luz de acuario, invadió los campos arruinados… Salomé, los niños y el viejo estaban todavía acurrucados en el fondo de la fosa. Lloraban, con los nervios rotos, sin que se supiera de quién eran realmente las lágrimas que rodaban por sus mejillas. El viento había cesado… Del bohío sólo quedaban tres horcones de jagüey, un taburete patas arriba y el colador del café.

Cerca de allí, milagrosamente perdonado, un rosal se mantenía enhiesto. En la gota de agua que brillaba sobre su única flor, apenas deshojada, había nacido un diminuto arco iris.