"Ecue-Yamba-O" - читать интересную книгу автора (Carpentier Alejo)10 Temporal (c) Cuando ya parecía haber resistido a lo más recio del huracán, la casa se desarmó como un rompecabezas chino, en gran desorden de pencas y de yaguas. – ¡Ay, Dio mío! ¡Ay, Dio mío! -aulló Salomé en el fragor de la tempestad. El viento corría con furia, sin intermitencias de presión, como una masa compacta que pesara sobre el flanco oeste de todo lo existente. Los árboles, las hierbas, los horcones, todo estaba inclinado en una misma dirección. Los pararrayos caían hacia el Oeste; las tejas volaban hacia el Oeste; las bestias agonizantes rodaban hacia el Oeste. Al Oeste, las planchas de palastro arrancadas a la techumbre del San Lucio; al Oeste, las latas cilíndricas de la lechería; al Oeste, los postes del telégrafo; al Oeste, en un foso de la vía, un vagón frigorífico derribado con su carga de jamones yanquis… Las tinieblas estaban amasadas con agua del mar. Olas del Atlántico, que llegaban en lluvia a las Once Mil Vírgenes, después de pulverizarse sobre el inmenso desamparo de las tierras. De las plantas acosadas, del arroyo hecho torrente, de las hendeduras y de los filos, de las grietas y de los alambres doblados, se alzaba un coro de quejas -quejas de la materia torturada- que esfumaba en su vastedad el bramido del azote. – ¡Ay, Dio mío! ¡Ay, Dio mío! Usebio gateó entre los restos del bohío. Empuñó a Menegildo y Andresito por las piernas y se lanzó corriendo hacia la fosa abierta al pie de la ceiba. Cuatro veces más y, al fin, se dejó rodar en la cavidad que el agua salada había transformado en lodazal. Salomé llegó después, apretando a Ruperto contra su cuello. Las manos del rorro se agarraban desesperadamente a sus orejas. Barbarita apareció con Ambarina entre los brazos. Luí venía detrás de ella, con Tití, arrastrando el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, que el aire le arrancaba a cada paso. Agazapados, revueltos, boca en tierra como los camellos ante la tempestad de arena, grandes y chicos se preparaban a resistir hasta el agotamiento. Vacíos de toda idea, sólo dominaba en ellos un desesperado instinto de defensa. El ancho tronco del árbol los protegía un poco. Sus raíces centenarias mantenían la tierra reblandecida del hueco. Las tinieblas fragorosas amordazaban las bocas, haciendo más trágica la sensación de absoluto abandono. Los niños gemían. Palomo se había escurrido también en la trinchera, ocultando la cabeza bajo las piernas huesudas del abuelo. El temblor del perro se había contagiado a los hombres. Varias horas duró la espera. En la proximidad del alba, el viento comenzó a ceder. La continuidad de su impulso se transformó en una sucesión de latigazos bruscos, escandidos por breves instantes de flaqueza. Sosteniendo a los niños, Salomé y el abuelo estaban hundidos en el lodo tibio hasta el vientre. Sobre ellos no habían cesado de caer hojas, ramas rotas y semillas de palmiche. Empapados, tiritantes, los hombres parecían listos a colaborar con la incipiente podredumbre de los escombros vegetales. Menegildo estaba cubierto de golpes y arañazos. Una mano de Usebio sangraba. Hacía tiempo ya que una imagen se había apoderado de su cerebro con febril insistencia: la casa, tan blanca y nueva, de la colonia, debía haber resistido a la tormenta, gracias a sus fuertes muros de mampostería. Estaba a menos de media legua. Ahí estaba el refugio contra el agua, los palos y las bofetadas de aliento atroz. ¡Pero eran nueve! ¿Cómo emprender esa expedición en la noche terrible, sin estar seguros de hallar el techo deseado? El viento pareció debilitarse una vez más. Usebio tomó una repentina determinación. Saltó fuera de la fosa y echó a correr, doblado sobre sí mismo, en dirección de la colonia. – ¡Usebio! -gritó Salomé-. ¡Usebio…! Una ráfaga, seca como un trallazo, la obligó a agachar la cabeza. |
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