"Los hombres de la guadaña" - читать интересную книгу автора (Connolly John)1Son tantos los asesinatos, tantas las víctimas, tantas las vidas perdidas y arruinadas a diario, que es difícil seguirles la pista a todos, es difícil establecer las relaciones que acaso permitieran cerrar los casos. Algunos son evidentes: el hombre que mata a su novia y luego se quita la vida, ya sea por los remordimientos o por la incapacidad para afrontar las consecuencias de sus actos; o los asesinatos ojo por ojo de matones, gánsteres, traficantes de droga, sucediéndose de manera inexorable uno tras otro en una espiral de violencia. Una muerte invita a la siguiente, la saluda tendiéndole su mano pálida, sonriendo a la vez que el hacha cae, que la hoja corta. Existe una concatenación de hechos fácilmente reconstruible, un rastro claro para la policía. Pero hay otros asesinatos donde es más difícil descubrir la relación, donde los lazos entre unos y otros están oscurecidos por grandes distancias, por el paso de los años, por las sucesivas capas que van añadiéndose a este mundo, un mundo como una colmena, conforme el tiempo se pliega suavemente sobre sí mismo. Este mundo como una colmena no esconde secretos: los almacena. Es el depositario de recuerdos enterrados, de actos medio olvidados. En este mundo como una colmena, todo guarda relación. El St. Daniil se hallaba en Brightwater Court, no lejos de los amplios clubes de Brighton Beach Avenue y Coney Island Avenue, donde parejas de todas las edades bailaban al ritmo de canciones en ruso, español e inglés, comían platos rusos, compartían vodka y vino y veían espectáculos que no habrían estado fuera de lugar en algunos de los hoteles más modestos de Reno o a bordo de un crucero, pero que sin embargo distinguían al St. Daniil (tan lejos de aquellos otros establecimientos) en muchos aspectos. El edificio donde se encontraba tenía vistas al mar y al paseo marítimo y sus tres principales restaurantes, el Volna, el Tatiana y el Winter Garden, ahora estaban rodeados de mamparas para resguardar a la clientela de la fresca brisa marina y de los aguijonazos de la arena. Cerca se hallaba la zona de ocio de Brighton, donde, durante el día, los ancianos se sentaban en torno a mesas de piedra a jugar a cartas mientras los niños retozaban cerca, los más jóvenes y los no tan jóvenes unidos en un mismo espacio. Nuevos bloques de apartamentos habían surgido al este y al oeste, parte de la transformación experimentada por Brighton Beach en años recientes. Pero el St. Daniil pertenecía a un orden de cosas más antiguo, un Brighton Beach distinto, ocupado por la clase de negocios que ganaban dinero a costa de aquellos para quienes la pobreza no era del todo ajena: servicios de cobro de cheques que se quedaban con el veinticinco por ciento de cada talón hecho efectivo y luego ofrecían préstamos poco más o menos a ese mismo interés mensual para cubrir el déficit; tiendas de saldos que vendían adornos de Navidad altamente inflamables durante todo el año y loza barata con el barniz resquebrajado; tiendas de comestibles, antes negocios familiares y ahora en manos de individuos con aspecto de tener, quizá, los restos de la familia pudriéndose en el sótano; lavanderías frecuentadas por sujetos que olían a calle y que por rutina se desnudaban hasta quedar sin más ropa que unos calzoncillos mugrientos y se sentaban así, casi desnudos, a esperar a que la colada estuviese lista para darle una única e inconexa pasada por la secadora (ya que cada centavo contaba), luego se ponían parte de sus prendas, todavía húmedas, y guardaban el resto en bolsas de basura y volvían a aventurarse a las calles, envueltos en el tenue vapor que desprendía la ropa; casas de empeños que hacían un negocio estable con artículos empeñados y desempeñados, ya que siempre había alguien dispuesto a beneficiarse de las desgracias ajenas; y tiendas sin un solo cartel con el nombre encima del escaparate, vacías salvo por un mostrador desportillado, cuyas turbias actividades no incumbían a aquellos a quienes debía explicarse su verdadera naturaleza. La mayoría de esos establecimientos ya habían desaparecido, relegados a calles secundarias, a barrios menos deseables, cada vez más alejados de la avenida y el mar, si bien quienes necesitaban sus servicios siempre sabían dónde encontrarlos. Así y todo, el St. Daniil seguía allí. Resistía. El St. Daniil era un club, aunque estrictamente privado y sin apenas algo en común con sus homónimos más rutilantes de la avenida. Se accedía a él por una puerta de acero enrejada y ocupaba el sótano de un antiguo edificio de piedra rojiza rodeado de otros edificios de piedra rojiza de poco más o menos la misma época; y si bien los bloques vecinos habían sido remozados, no era ése el caso del St. Daniil. En otro tiempo constituía la entrada a un complejo más amplio, pero los cambios en la estructura interna de los edificios lo habían dejado aislado entre dos grupos de apartamentos mucho más atractivos. Ahora el club quedaba comprimido entre ellos como un pariente pobre que se cuela en una foto familiar, sin avergonzarse de su ignominia. Encima del St. Daniil se alzaba un laberinto de pequeños apartamentos, algunos con cabida para una familia entera, otros donde sólo podía acomodarse a un individuo, y uno, además, para quien el espacio importara menos que la intimidad y el anonimato. En esos apartamentos ahora no vivía nadie, no si podía evitarlo. Algunos se usaban como almacenes: de bebida, tabaco, aparatos eléctricos, contrabando diverso. En los demás se instalaban provisionalmente prostitutas jóvenes -a veces muy jóvenes-, y, en caso de necesidad, acudían ahí sus clientes. Uno o dos estaban un poco mejor amueblados y en mejores condiciones que los otros, y contenían cámaras de vídeo y equipo de grabación para el rodaje de películas pornográficas. Aunque lo llamaban St. Daniil, el club no tenía nombre oficial. Una placa junto a la puerta rezaba CLUB SOCIAL PRIVADO, en inglés y en cirílico, pero no era la clase de lugar al que uno acudía para hacer vida social. Allí había un bar, pero la gente no solía quedarse mucho tiempo, y quienes lo hacían se limitaban esencialmente a tomar café mientras esperaban a que les mandasen hacer recados, a recaudar comisiones, a romper huesos. Encima de la barra, un televisor proyectaba DVDs pirateados, viejos partidos de hockey, a veces películas pornográficas o, a altas horas de la noche, cuando la actividad había remitido, imágenes de las tropas rusas en Chechenia participando en represalias contra sus enemigos, reales o supuestos. Reservados semiesféricos de vinilo raído se alineaban contra las paredes, cada uno de ellos con una mesa vieja y rayada en el centro, reliquias de una época en que aquello era realmente un club social, un lugar donde los hombres podían charlar sobre su país de origen y compartir los periódicos que habían llegado por correo o en las maletas de inmigrantes y compatriotas de visita. La decoración se componía principalmente de reproducciones enmarcadas de pósters soviéticos de los años cuarenta, comprados por cinco pavos en el videoclub RBC de Brighton Beach Avenue. Durante un tiempo la policía mantuvo el club bajo vigilancia, pero no se les permitió el acceso al local para colocar un micrófono oculto, y si bien intervinieron los teléfonos, al expirar la orden judicial no habían descubierto nada de provecho. Cualquier asunto de importancia, sospechaban, se trataba ahora a través de teléfonos móviles desechables, aparatos que se sustituían religiosamente cada semana. Dos incursiones de la brigada antivicio en el bloque por la entrada de la planta baja, encima del club, acabaron en un pobre balance: la detención de un puñado de putas cansadas, de las cuales pocas sabían inglés y menos aún tenían papeles, y de un par de clientes. No consiguieron prender a ningún macarra, y a las mujeres, como la policía bien sabía, era fácil sustituirlas. Esas dos noches, las puertas del St. Daniil permanecieron cerradas a cal y canto, y cuando la policía consiguió entrar, sólo encontró a un camarero aburrido y a un par de rusos, viejos y desdentados, jugando al póquer por cerillas. Era una noche de mediados de octubre. Fuera había oscurecido hacía rato y en el club sólo quedaba una persona en uno de los reservados. El hombre allí sentado era un ucraniano a quien se conocía como «el Sacerdote». Había estudiado en un seminario ortodoxo durante tres años antes de descubrir su verdadera vocación, la de proporcionar básicamente la clase de servicios por los que en general los sacerdotes ofrecían la absolución. El nombre oficioso del club, St. Daniil, o San Daniel, daba fe del breve coqueteo del Sacerdote con la vida religiosa. El monasterio de San Daniel era el claustro más antiguo de Moscú, un bastión del credo ortodoxo incluso durante los peores excesos de la era comunista, cuando muchos de sus sacerdotes se convirtieron en mártires y los restos del propio san Daniel fueron trasladados de manera furtiva a Estados Unidos a fin de librarlos de todo mal. A diferencia de muchos de quienes trabajaban para él, el Sacerdote hablaba inglés apenas sin acento. Había formado parte de una primera oleada de inmigrantes de la Unión Soviética, gente que había hecho el esfuerzo de aprender las costumbres de ese nuevo mundo, y aún recordaba la época en que allí sólo vivían viejos en apartamentos de protección oficial, entre casitas vacías en estado de creciente abandono, a años luz de los tiempos en que la zona era un foco de atracción para inmigrantes y neoyorquinos por igual, deseosos de abandonar el hacinamiento de los barrios de Brownsville, Nueva York Este y el Lower East Side de Manhattan en busca de un espacio donde vivir y sentir el aire del mar en los pulmones. El Sacerdote se enorgullecía de su propia sofisticación. Leía el Ése había sido un mal día, uno más en una serie de días malos. Por la mañana había surgido un problema en los lavabos y el local aún apestaba, pese a que, por lo visto, la complicación quedó resuelta en cuanto los fontaneros, de una compañía de confianza, se pusieron manos a la obra. Cualquier otro día, el Sacerdote habría podido marcharse a otra parte, pero tenía asuntos pendientes y cabos sueltos que atar en el club, de modo que estaba dispuesto a soportar el mal olor en el aire todo el tiempo que fuera necesario. Ojeó unas fotografías que había sobre la mesa ante él: policías infiltrados, algunos probablemente hablasen ruso. Eran gente decidida, por decir poco. Intentaría identificarlos y buscaría una forma de presionarlos utilizando a sus familias. La policía estrechaba cada vez más el cerco. Después de años de maniobras inútiles contra él, habían encontrado una brecha. Dos de sus hombres habían muerto en Maine el invierno anterior, junto con dos intermediarios. Con sus muertes se había destapado una parte pequeña pero lucrativa de las actividades del Sacerdote en Boston: la pornografía y prostitución infantiles. Se había visto obligado a interrumpir ambos servicios, y eso, a su vez, había repercutido en la entrada ilegal de mujeres y niños en el país, impidiéndole cubrir las inevitables bajas en su cuadra de putas, y en las cuadras de otros. Perdía dinero a mansalva, y eso no le gustaba. También otros sufrían las consecuencias, y a él le constaba que lo consideraban culpable. Ahora su club apestaba a excrementos y era sólo cuestión de tiempo que por fin se estableciese la relación entre aquellas muertes y él. Pero le había llegado la voz de que al menos uno de sus problemas quizá tuviese solución. Todo aquello empezó porque un detective privado de Maine tuvo que meterse donde no debía. Si lo mataba, no se libraría de la policía -tal vez incluso aumentaría la presión sobre él durante un tiempo-, pero por lo menos serviría como advertencia a sus perseguidores y a aquellos que pudieran sentirse tentados de atestiguar contra él, y de paso le proporcionaría una pequeña satisfacción personal. Desde la puerta, alguien gritó en ruso: – Jefe, ya están aquí. Una semana antes un hombre se había presentado en las oficinas de los Servicios de Limpieza y Desagües Big Earl, S.A., en Nostrand Avenue. En lugar de entrar por el vestíbulo, con su vistosa moqueta y fragante olor, había rodeado el edificio hasta la zona de mantenimiento y tratamiento de residuos. Allí el olor no era ni mucho menos fragante. Entró en el garaje y subió por una escalera hasta un despacho acristalado. Éste contenía un escritorio, varios archivadores disparejos y dos tableros de corcho cubiertos de facturas, cartas y un par de calendarios antiguos con mujeres en paños menores. Sentado detrás del escritorio había un hombre alto y delgado que lucía una corbata de poliéster verde y amarilla, realzada por una camisa blanca. Tenía el pelo del color castaño Grecian 2000 y jugueteaba compulsivamente con su bolígrafo, señal inequívoca del fumador privado de su droga, aunque sólo fuese de manera temporal. Alzó la vista al abrirse la puerta y entrar el visitante. El recién llegado era de una estatura inferior a la media y vestía un chaquetón azul marino abotonado hasta el cuello, vaqueros rotos y descoloridos y zapatillas de color rojo intenso. Tenía barba de tres días, pero, tal y como la llevaba, cabía pensar que siempre era de tres días. Parecía casi cultivada, con cierto desaliño. «Desastrada» era la palabra que a uno le acudía a la mente. – ¿Intenta dejarlo? -preguntó el visitante. – ¿Eh? – ¿Intenta dejar de fumar? El hombre miró el bolígrafo que sostenía en la mano derecha y casi se sorprendió de que no fuese un cigarrillo. – Sí, así es. Mi mujer lleva años dándome la lata. Y el médico también. He pensado que debía probar a ver qué pasa. – Debería usar esos parches de nicotina. – No es posible encenderlos. ¿En qué puedo ayudarlo? – ¿Anda Earl por aquí? – Earl ha muerto. El visitante pareció llevarse un chasco. – ¡No me diga! ¿Cuándo? – Hace dos meses. Cáncer de pulmón. -Tosió, incómodo-. Digamos que por eso me decidí a dejarlo. Me llamo Jerry Marley. Soy el hermano de Earl. Me incorporé al negocio para echar una mano cuando Earl enfermó, y aquí sigo. ¿Earl era amigo suyo? – Conocido. – Pues supongo que ahora está en un mundo mejor. El visitante echó una ojeada al pequeño despacho. Más allá del cristal, dos hombres con mascarillas y monos limpiaban tubos y herramientas. Arrugó la nariz al percibir el hedor. – Cuesta creerlo -dijo el visitante. – No se crea. En fin, ¿en qué puedo ayudarlo? – ¿Ustedes desatascan desagües? – Así es. -Entonces, si saben desatascarlos, también sabrán atascarlos. Aquello desconcertó a Jerry Marley por un momento, y acto seguido el desconcierto dio paso al enojo. Se puso en pie. – Lárguese de aquí antes de que llame a la policía. Esto es una empresa, maldita sea. No dispongo de tiempo para gente que quiere causar problemas a los demás. – Tengo entendido que su hermano no se andaba con tantas manías a la hora de decidir con quién trabajaba. – Eh, cuidado con lo que dice de mi hermano. – No lo decía en el mal sentido. Era una de las cosas que me gustaban de él. Lo hacía útil. – Me importa un carajo. Largo de aquí, pedazo de… – Quizá deba presentarme -dijo el visitante-. Me llamo Ángel. – Me importa un bledo cómo… -Marley se interrumpió al caer en la cuenta de que, en realidad, sí le importaba. Volvió a sentarse. – Es posible que Earl le hablara de mí. Marley asintió, un poco más pálido que antes. – De usted, y de otro. – Ah, ése ronda por aquí cerca. Es… -Ángel buscó la palabra exacta-más limpio que yo. Lleva ropa más cara que la mía, y no se ofenda, pero este olor se pega a la tela, ya me entiende. – Sí, ya -dijo Marley. Empezó a balbucear, pero no pudo contenerse-. Yo ya no lo noto tanto. Mi mujer me obliga a quitarme la ropa en el garaje antes de entrar en casa. Tengo que ducharme en el acto. Incluso así, dice que huelo. – Mujeres -observó Ángel-. Son tan sensibles… Se produjo un breve silencio. Era casi amigable, sólo que el deseo de Jerry Marley de fumar superaba de pronto la capacidad de resistencia de cualquier mortal. – En fin -dijo Ángel-, en cuanto a esos desagües… Marley levantó una mano para interrumpirlo. – ¿Le importa que fume? -preguntó. – Pensaba que quería dejarlo -comentó Ángel. – Y yo también. Ángel se encogió de hombros. – Supongo que el suyo es un trabajo estresante. – A veces -convino Marley. – Bueno, no es mi intención empeorar las cosas. – Dios no lo quiera. – Pero sí necesito un favor, y a cambio yo le haré un favor a usted. – Ya. ¿Y se puede saber cuál es? – Verá, si usted me hace a mí el favor, no volveré por aquí. Jerry Marley no se lo pensó ni medio segundo. – Me parece justo -dijo. Por un momento Ángel adoptó una expresión de cierta tristeza. Le dolía que todo el mundo se precipitara a aceptar el trato cada vez que lo ofrecía. Marley pareció adivinarle el pensamiento. – No es nada personal -añadió a modo de disculpa. – No -contestó Ángel, y Marley tuvo la impresión de que el visitante pensaba en algo muy distinto-. Nunca lo es. Los dos hombres que entraron en la guarida del Sacerdote una semana después no eran lo que él se esperaba, pero bien es cierto que el Sacerdote sabía por experiencia que las cosas nunca se ajustaban del todo a las expectativas. El primero, que era negro, vestía un traje gris que parecía recién estrenado. Sus zapatos negros de charol refulgían y una corbata de seda negra, con el nudo perfecto, le ceñía el cuello de una camisa blanca impecable. Iba bien afeitado y despedía un tenue aroma a clavo e incienso, que al Sacerdote, sumido como estaba en los fétidos efluvios de los excrementos, le resultó especialmente grato. Lo seguía un hombre de menor estatura, tal vez de origen hispano, con una sonrisa afable que captaba la atención y la desviaba por un momento del aspecto de su ropa, la cual sin duda había conocido tiempos mejores: vaqueros sin marca, zapatillas del año anterior y una cazadora enguatada, a todas luces de buena calidad pero más apropiada para una persona veinte años menor y que utilizara dos tallas más. – Están limpios -dijo Vassily en cuanto los dos se hubieron sometido, en apariencia de buena voluntad, a un cacheo. Vassily, hombre de facciones suaves y delicadas, era engañosamente rechoncho. Se movía con rapidez y desenvoltura y era uno de los acólitos de mayor confianza del Sacerdote, otro ucraniano con cerebro y ambición, aunque no tanta como para que su jefe lo considerara una amenaza. El Sacerdote señaló un par de sillas frente a él al otro lado de la mesa. Los dos hombres se sentaron. -¿Les apetece tomar algo? -preguntó. – Yo no quiero nada -dijo el negro. – Yo tomaré algo sin alcohol -contestó el otro-. Una Coca-Cola. Asegúrese de que el vaso no esté sucio -añadió sin alterar la sonrisa de su rostro. Miró por encima del hombro y guiñó el ojo al camarero de la barra, que se limitó a fruncir el entrecejo. – ¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarles? -preguntó el Sacerdote. – La cuestión es más bien en qué podemos ayudarle nosotros a usted -repuso el hombre de corta estatura. El Sacerdote hizo un gesto de indiferencia. – ¿Un servicio de limpieza, quizá? ¿Venta a domicilio? Sus hombres le rieron la gracia. Eran tres en total, aparte del camarero. Dos estaban sentados junto a la barra, ante las omnipresentes tazas de café. Vassily se hallaba detrás a la derecha de los dos visitantes. El Sacerdote lo notó inquieto. Pero Vassily siempre parecía inquieto. Era un pesimista, o quizás un realista, el Sacerdote nunca lo había tenido del todo claro. Suponía que era una simple cuestión de perspectiva. La sonrisa del hombre de baja estatura vaciló por un instante. – Estamos aquí por lo del encargo. – ¿El encargo? ¿Acaso son recaderos? Más risas. – El encargo de matar al detective, a Parker. Ha llegado a nuestros oídos que quiere usted eliminarlo. Preferiríamos que no fuera así. Las risas cesaron. El Sacerdote había sido informado previamente de que los dos hombres querían hablar con él acerca del detective, y su manera de abordar el tema, pues, no lo pilló desprevenido. Por lo regular habría dejado una conversación así en manos de Vassily, pero ésa no era una situación corriente, y aquellos dos, como él bien sabía, no eran hombres corrientes. Según le habían dicho, merecían cierto respeto, pero aquél era su territorio, y le divertía provocarlos. Él respetaba a quienes lo respetaban a él, y la mera presencia de aquellos hombres en su club lo irritaba. No suplicaban por la vida del detective; pretendían explicarle cómo llevar sus asuntos. El camarero puso una Coca-Cola delante del hombre más bajo. Éste tomó un sorbo y arrugó la frente. – No está fría -se quejó. – Dale hielo -ordenó el Sacerdote. El camarero asintió. Uno de los hombres sentados junto a la barra se inclinó por encima de ésta y, sacando hielo con la mano de una cubitera, llenó un vaso vacío. Se lo entregó al camarero, que hundió los dedos en el vaso, extrajo los cubitos y los echó en la Coca-Cola. El líquido salpicó los vaqueros del hombre más bajo. – Joder, tío -protestó-, eso es de mala educación. Y de lo más antihigiénico, incluso para un sitio que apesta como éste. – Sabemos quiénes son ustedes -dijo el Sacerdote. – ¿Cómo dice? – He dicho que sabemos quiénes son ustedes. – ¿Y eso qué quiere decir? El Sacerdote señaló al hombre desaliñado de baja estatura. – Usted es Ángel. -Desplazó un poco el dedo a la izquierda-. Y usted se llama Louis. Su fama los precede, como suele decirse, si no me equivoco, en estas circunstancias. – ¿Deberíamos sentirnos halagados? – Yo diría que sí. Ángel pareció complacido. Louis tomó la palabra por primera vez. – Tiene que retirar el encargo -dijo. – ¿Y eso por qué? -preguntó el Sacerdote. – El detective es coto vedado. – ¿Bajo la autoridad de quién? – La mía. La nuestra. La de otras personas. – ¿Qué otras personas? – Si dijese que no lo sé, y que a usted no le conviene saberlo, ¿me creería? – Es posible -repuso el Sacerdote-. Pero ese hombre me ha ocasionado muchos problemas. Es necesario transmitir un mensaje. – Nosotros también estuvimos allí. ¿Va a encargar que nos liquiden? El Sacerdote lo señaló con el dedo. – Ahora es usted quien está metiéndose en coto vedado. Todos somos profesionales. Ya sabemos cómo van estas cosas. – ¿Ah, sí? Me parece que no trabajamos en el mismo ramo. – Tiene demasiado buen concepto de sí mismo. – Tengo buen concepto de una persona. Si el Sacerdote se había ofendido, lo disimuló. Así y todo, le sorprendió la predisposición de aquellos dos hombres a mantener una actitud hostil yendo desarmados. Lo consideró un comportamiento arrogante y grosero. – No hay nada de qué hablar. No he encargado a nadie la muerte del detective. – ¿Eso qué quiere decir? – Yo mismo me corto el césped. Les saco brillo a mis zapatos. No envío a desconocidos a hacer aquello de lo que puedo ocuparme yo. – Eso nos pone en bandos opuestos. – Será porque ustedes quieren. -El Sacerdote se inclinó-. ¿Es eso lo que pretenden? – Pretendemos vivir tranquilos. El Sacerdote se echó a reír. – Me temo que se aburrirían. Yo desde luego me aburriría. -Desplazó las fotos sobre la mesa con los dedos, reordenándolas. – ¿Esos son amigos suyos? -preguntó Louis. – Policías. – Si va tras el detective, se creará más problemas con ellos, y también con nosotros. Pueden ser muy insistentes. No necesita darles más motivos para que se le echen encima. – ¿Quieren, pues, que deje tranquilo al detective? -preguntó el Sacerdote-. Se preocupan ustedes por mí, por mi negocio, se preocupan por la policía. – Así es -convino Louis-. Nos preocupamos como ciudadanos conscientes que somos. – ¿Y yo qué gano? – Desaparecemos. – ¿Eso es todo? – Eso es todo. El Sacerdote hundió los hombros en un gesto teatral. – Vale, pues. Cómo no. Ya que ustedes me lo piden, dejo en paz al detective. Louis no se movió. A su lado, Ángel se puso tenso. – Así sin más -dijo Louis. – Así sin más. No quiero problemas con hombres de su…, esto…, de su calibre. Tal vez en el futuro puedan hacerme un favor a cambio. – Lo dudo mucho, pero nos halaga que lo piense. – ¿Y ahora quiere tomar algo? – No -contestó Louis-. No quiero tomar nada. – Siendo así, la conversación ha terminado. El Sacerdote se recostó en el asiento y cruzó las manos sobre su apenas prominente barriga. Al hacerlo, levantó un poco el meñique de la mano izquierda. Detrás de Ángel y Louis, Vassily se llevó la mano a la espalda en busca de la pistola metida bajo el cinturón. Los dos hombres de la barra se pusieron en pie y sacaron también sus armas. – Ya te dije que no aceptaría -comentó Ángel a Louis-. Aunque contestara que sí, él no lo aceptaría. Louis le lanzó una mirada de desdén. Alcanzó el vaso de Ángel, hizo ademán de tomar un sorbo y se lo pensó mejor. – ¿Sabe qué es usted? -preguntó-. Es un capo de tres al cuarto. Y mientras hablaba, actuó. Se movió con tal fluidez, tal elegancia, que Vassily, si hubiese vivido el tiempo suficiente, casi lo habría admirado. A la vez que se levantaba, deslizó la mano bajo la mesa y retiró la pistola escondida allí un rato antes por el hombre que había acompañado al equipo de limpieza. En el mismo movimiento, hundió el vaso con la otra mano en la cara de Vassily. A esas alturas Vassily ya había sacado su arma, sin embargo para él era demasiado tarde. Las dos primeras balas lo alcanzaron en el pecho, pero Louis, sujetándolo, no lo dejó caer a fin de escudarse tras su cuerpo y abrió fuego contra los hombres de la barra. Uno logró descerrajar un tiro, pero se precipitó y la bala hizo impacto inocuamente en la moldura de madera por encima de la cabeza de Louis. Pocos segundos después sólo quedaban en la sala cuatro personas vivas: el Sacerdote, el camarero, y los dos hombres que pronto los matarían a ambos. El Sacerdote no se había movido. La segunda pistola oculta bajo la mesa estaba ahora en la mano de Ángel, que mantenía encañonado al Sacerdote. Ángel había permanecido inmóvil mientras se producía el tiroteo a sus espaldas. Confiaba en su compañero. Confiaba en él tanto como lo amaba, es decir, absolutamente. – Todo esto por un detective privado -dijo el Sacerdote. – Es un amigo -aclaró Ángel-. Y no es sólo por él. – ¿Y entonces por qué es? -El Sacerdote habló con serenidad-. Sea lo que sea, podemos llegar a un acuerdo. Han dejado ustedes las cosas muy claras. Su amigo está a salvo. – ¿Espera que nos lo creamos? Si quiere que le sea franco, no parece usted de los que perdonan. – Pero sí soy de los que quieren vivir. Ángel se detuvo a pensarlo. – Está bien tener ambiciones -comentó-. Aunque ésa me parece un poco limitada. – Abarca mucho. – Supongo. -Y en cuanto a lo que ha sucedido aquí… Bueno, si tienen clemencia conmigo, otros la tendrán con ustedes. – Mucho me temo que no va a poder ser -respondió Ángel-. Vi lo que les hacían a esos niños que ustedes iban alquilando por ahí. Es más, sé lo que les hacían. No creo que merezca usted clemencia. – Eran negocios -adujo el Sacerdote-. No era nada personal. – Es curioso -respondió Ángel-. Oigo esa expresión muy a menudo. -Alzando la pistola recorrió lentamente con la mira el vientre del sacerdote, el corazón, el cuello, hasta detenerse en la cara-. Pues esto no son negocios. Esto sí es personal. Disparó al Sacerdote una vez en la cabeza y se puso en pie. Louis miraba por encima del cañón de su pistola al camarero, que estaba tendido en el suelo con las manos separadas. – Arriba -ordenó Louis. Cuando el camarero se disponía a ponerse en pie, Louis le disparó y observó de forma impasible cómo se doblaba y, por fin, quedaba inerte en la moqueta mugrienta. Ángel se volvió hacia su compañero. – ¿Por qué? – Nada de testigos. Hoy no. Louis se encaminó hacia la puerta sin pérdida de tiempo. Ángel lo siguió, abrió, lanzó una rápida mirada a la calle e hizo una señal a Louis con la cabeza. Juntos corrieron en dirección al Oldsmobile aparcado en la otra acera. – ¿Y? -preguntó Ángel mientras ocupaba su asiento y Louis se sentaba al volante. – ¿Crees que ese hombre no sabía lo que se traían ahí entre manos? ¿Cómo se ganaba la vida su jefe? – Supongo que sí. – Entonces debería haber buscado trabajo en otro sitio. El coche se apartó del bordillo. Por encima del club se abrieron unas puertas y asomaron dos hombres armados. Se disponían a abrir fuego cuando el Oldsmobile giró bruscamente a la izquierda y se perdió de vista. – ¿Tendrá esto alguna repercusión para nosotros? – Ese fulano picó demasiado alto. Atrajo la atención. Tenía los días contados. Sólo hemos acelerado lo inevitable. – ¿Estás seguro? – Saldremos de ésta. Hemos hecho un favor a cierta gente, y no sólo a Parker. Se ha resuelto un problema, y ellos tienen que mantener las manos limpias. – Y volverán a meter niños en el país. – Ése es otro asunto, y ya nos ocuparemos de él más adelante. – Prométemelo, prométeme que no nos desentenderemos. – Te lo prometo -dijo Louis-. A su debido tiempo haremos lo que esté en nuestras manos. A cuatro manzanas de allí cambiaron el Oldsmobile por su Lexus. El coche contaba con el servicio de radio satélite Sirius, y, en noches alternas, por mutuo acuerdo uno de los dos elegía emisora y el otro no tenía derecho a quejarse de la elección. Como esa noche le tocaba escoger a Ángel, escucharon First Wave todo el camino de regreso a Manhattan. Y así transcurrió el viaje a casa, en un silencio casi cordial. Más al sur estaba a punto de fraguarse el segundo eslabón en la cadena de homicidios. En el bar sólo había un puñado de personas cuando entró el depredador y, casi de inmediato, detectó a su presa: un hombrecillo triste y obeso con los hombros caídos, tirando a calvo, sudoroso, con un pantalón marrón que no había visto una plancha ni una tintorería durante al menos una semana, y zapatos marrones de cordones que debían de haberle costado un buen dinero en su día pero ahora ya no podía sustituir por otros nuevos. Bebía un bourbon lentamente y un ligero color ámbar apenas teñía el hielo fundido en el fondo del vaso. Por fin, con resignación, lo apuró. El camarero le preguntó si quería otro. El gordo echó una ojeada adentro de la cartera y asintió. El camarero le sirvió una generosa cantidad, pero bien podía permitirse ser generoso: procedía de la botella más barata del estante. El depredador observó al gordo, detalle por detalle: los dedos rechonchos, la alianza incrustada en la carne de uno de ellos; los michelines en los costados; la barriga que se desbordaba por encima del cinturón de cuero barato; el sudor en la cara, la frente, la calva. «Porque siempre estás sudando, ¿verdad? Incluso en invierno sudas. El esfuerzo de arrastrar esa mole fofa y gelatinosa es casi excesivo para tu corazón. Sudas cuando vas en camiseta y pantalón corto en verano, y, cuando nieva, sudas debajo de capas y capas de ropa. ¿Cómo es tu mujer?, me pregunto. ¿Es gorda y repugnante como tú? ¿O ha intentado mantener la línea con la esperanza de atraer a alguien mejor mientras tú estás en la carretera, aunque ese alguien no haga más que utilizarla durante una noche? (Porque sin duda ella también lo utilizará a él.) ¿Te planteas esa posibilidad cuando vas vendiendo de pueblo en pueblo, sacando apenas para vivir, riéndote siempre con más estridencia de la que deberías, pagando copas que no te puedes permitir para congraciarte con la gente, pagando la cuenta en los restaurantes elegidos por otros con la esperanza de que te caiga algún pedido? Te has pasado la vida corriendo, hombrecillo, rogando siempre para que se presente la gran oportunidad, pero nunca llega. Bien, pues tus problemas están a punto de acabar. Yo soy tu salvación.» El depredador pidió una cerveza, pero casi no la probó. No le gustaba que se empañaran sus facultades cuando trabajaba, ni siquiera mínimamente. Se vio por un momento en un espejo que había en la pared: alto, algo canoso, esbelto bajo la cazadora de cuero y el pantalón oscuro. Tenía la tez cetrina. Le gustaba seguir el sol, pero por las exigencias de su vocación, elegida por él mismo, ese lujo no siempre era posible. Al fin y al cabo, a veces había que matar en lugares donde no lucía el sol, y tenía facturas que pagar. Sin embargo, sus ingresos habían disminuido en esos últimos meses. A decir verdad, estaba un tanto preocupado. No siempre había sido así. En otro tiempo gozó de una reputación considerable. Fue un Hombre de la Guadaña, y ese título tenía su peso. Ahora conservaba cierta reputación, pero no del todo buena. Pasaba por ser un hombre con determinados apetitos que sencillamente había aprendido a canalizar por medio del trabajo, pero a veces lo desbordaban. Era consciente de que se había extralimitado al menos una vez en los últimos doce meses. En teoría, aquella muerte debería haber sido rápida y sencilla, no prolongada y dolorosa. Eso había causado cierta confusión y enfurecido a quienes lo contrataron. Desde entonces no abundaba el trabajo, y sin trabajo sus apetitos necesitaban otra válvula de escape. Seguía a la víctima desde hacía dos días. Se trataba tanto de un ejercicio como de una actividad placentera. Siempre los veía como «presas», nunca como objetivos, y jamás empleaba la palabra «potencial». Por lo que a él se refería, en cuanto ponía la mira en alguien, era hombre muerto. Podía haber elegido a otro individuo que representara un reto mayor, una presa más interesante, pero había algo en aquel gordo que le repugnaba, un hedor a tristeza y fracaso que inducía a pensar que no sería una gran pérdida para el mundo. Con sus actos, el gordo había atraído sobre sí a un depredador, del mismo modo que el animal más lento de la manada captaba la atención del guepardo. Y así permanecieron un rato, depredador y presa compartiendo el mismo espacio, escuchando la misma música, durante casi una hora, hasta que el gordo se levantó para ir al servicio, y llegó el momento de acabar con la danza que se había iniciado hacía cuarenta y ocho horas, una danza en la que el gordo ni siquiera sabía que participaba. El depredador lo siguió a diez pasos de distancia. Dejó que la puerta del lavabo de hombres volviera a encajarse en el marco antes de entrar. Dentro sólo vio al gordo, de pie ante un urinario, el rostro contraído por el esfuerzo y el dolor. «Problemas de vejiga. Cálculos renales, quizás. Yo pondré fin a todo eso.» Las puertas de los dos retretes estaban abiertas cuando el depredador se acercó. Dentro no había nadie. Tenía ya la navaja en la mano y oyó un satisfactorio chasquido, el sonido de la hoja al desplegarse. Y luego, un segundo después, volvió a oír el mismo ruido, y cayó en la cuenta de que el primer chasquido no procedía de su navaja, sino de otra. De repente se le secó la garganta y oyó el martilleo de su corazón; aun así, aceleró sus movimientos. Ahora el gordo también se movía, con su mano derecha convertida en una mancha borrosa de color rosado y plata, y de pronto el depredador sintió una opresión en el pecho seguida de un dolor lancinante que se propagó rápidamente por el cuerpo, paralizándolo conforme crecía; y cuando intentó caminar, las piernas no respondieron a las señales del cerebro. Cuando se desplomó en las baldosas frías y húmedas, la navaja se desprendió de los dedos de su mano derecha y, al mismo tiempo, con la izquierda rodeó la empuñadura de carey del arma hundida en su corazón. La sangre manaba a borbotones de la herida y empezaba a extenderse por el suelo. Vio cómo un par de zapatos marrones se apartaban con cuidado para esquivar el creciente charco. Con la poca fuerza que le quedaba, el depredador levantó la cabeza y miró al gordo a la cara, pero éste ya no tenía el mismo aspecto que antes. Ahora la grasa era músculo, los hombros caídos se habían enderezado, y hasta el sudor había desaparecido evaporándose en el aire fresco de la noche. En él sólo había muerte y determinación, y por un instante las dos confluyeron en una única cosa. El depredador vio unas cicatrices en el cuello del hombre y supo que había sufrido quemaduras en algún momento del pasado. Aun mientras moría allí tendido, empezó a asociar ideas, a llenar lagunas. – Tendrías que haberte andado con más cuidado, William -dijo el gordo-. Nunca hay que confundir el trabajo con el placer. El depredador movió los labios y dejó escapar un sonido gutural. Quizás intentaba articular palabras, pero no le salió ninguna. No obstante, el gordo supo qué quería decir. – ¿Quién soy? -preguntó-. Tú me conocías. Los años me han cambiado: la edad, los actos de los demás, el bisturí. Me llamo Ventura. Cuando el depredador empezó a entender, alzó la vista al techo en un gesto de desesperación y arañó el suelo embaldosado en un vano esfuerzo por alcanzar su navaja. Ventura lo observó durante un momento. A continuación se agachó y retorció la hoja en el corazón del depredador antes de extraerla. Después de limpiar la hoja en la camisa del muerto, sacó una pequeña botella de cristal del bolsillo interior de la chaqueta y, acercándola a la herida en el pecho del depredador, ejerció un poco de presión para aumentar la efusión. Cuando la botella se llenó, enroscó el tapón y salió del servicio, su cuerpo alterándose mientras caminaba, convirtiéndose de nuevo en el aletargado y sudoroso portador del alma de un fracasado. Nadie, ni siquiera el camarero, lo miró al marcharse, y cuando descubrieron el cadáver del depredador y avisaron a la policía, hacía mucho tiempo que Ventura se había ido. El último asesinato fue en un campo abierto a unos treinta kilómetros al sur del río St. Lawrence, en la región septentrional de los Adirondacks. Era una tierra a la que el fuego y la sequía, la labranza y el ferrocarril, el viento huracanado y la minería habían dado forma. Durante un tiempo el hierro aportó más ganancias que la madera, y el ferrocarril abrió una franja en el bosque, y más de una vez las chispas de las chimeneas de las locomotoras provocaron incendios que requirieron la intervención de hasta cinco mil hombres para sofocarlos. Una de esas vías de ferrocarril, ahora abandonada, trazaba una curva a través de un bosque de abetos, arces, abedules y hayas pequeñas antes de salir a un claro, reliquia del gran huracán de 1950, que derribó gran cantidad de árboles, nunca replantados. Sólo un abeto sobrevivió al vendaval, y ahora había un hombre de rodillas a su sombra sobre la tierra húmeda. A su lado se alzaba una lápida. El hombre arrodillado había leído el nombre tallado en la piedra cuando lo llevaron allí. Se lo habían mostrado bajo el haz de una linterna antes de la paliza. A lo lejos había una casa con luz en una ventana del piso superior. Le pareció ver una silueta sentada detrás del cristal, observando mientras lo hacían trizas metódicamente con los puños. Lo habían ido a buscar a su cabaña cerca del lago Placid. Con él se encontraba una chica. Les pidió que a ella no le hicieran daño. Atada y amordazada, la dejaron llorando en el baño. No matarla había sido un pequeño acto de misericordia, pero a él no le darían el mismo trato. Ya no veía bien. Un ojo se le había cerrado por completo, y nunca volvería a abrirlo, no en este mundo. Tenía los labios partidos y había perdido dientes. Le habían roto costillas, no sabía cuántas. Había sido un castigo metódico pero no sádico. Buscaban información, y él, al cabo de un rato, se la había dado. En ese momento se interrumpió la paliza. Desde entonces permanecía arrodillado en la tierra blanda, y las rodillas se le hundían poco a poco en el suelo, presagiando su inminente entierro. Desde la casa se acercó una camioneta. Siguió un camino trillado hasta la tumba y allí se detuvo. Tras abrirse las puertas traseras, oyó un ruido mecánico mientras descendían una rampa. El hombre arrodillado volvió la cabeza. Por la rampa bajó lentamente la figura encorvada de un anciano en una silla de ruedas. Iba envuelto en mantas, como un niño marchito, y un gorro de lana rojo le protegía la cabeza del frío nocturno. Ocultaba su rostro casi por completo una mascarilla de oxígeno colocada sobre la boca y la nariz y conectada a una bombona prendida al respaldo de la silla. Sólo se le veían los ojos, castaños y lechosos. Empujaba la silla un hombre de poco más de cuarenta años, que se detuvo a un par de metros de donde esperaba el hombre arrodillado. El viejo se quitó la mascarilla con dedos trémulos. – ¿Sabes quién soy? -preguntó. El hombre arrodillado movió la cabeza en un gesto de asentimiento, pero el otro prosiguió como si no hubiese recibido respuesta. Señaló la lápida con un dedo. – Mi primogénito, mi hijo -explicó-. Tú mandaste matarlo. ¿Por qué? – ¿Y qué importa? -articuló el hombre arrodillado con dificultad. – A mí sí me importa. – Vete al infierno. -Volvieron a sangrarle los labios por el esfuerzo-. Ya les he dicho todo lo que sé. El viejo se llevó la mascarilla al rostro y tomó aire con un estertor antes de hablar otra vez. – He tardado mucho en encontrarte -dijo-. Os habéis escondido bien, tú y los demás responsables. Cobardes, todos vosotros. Creíais que me perdería en el dolor, pero no fue así. Nunca lo olvidé, nunca dejé de buscar. Juré que vuestra sangre se derramaría sobre su tumba. El hombre arrodillado desvió la mirada y escupió en el suelo delante de la lápida. – Acaba ya -dijo-. Tu dolor me trae sin cuidado. El viejo alzó una mano consumida. Una sombra se proyectó sobre el hombre arrodillado y le descerrajaron dos tiros en la espalda. Cayó de bruces sobre la tumba y su sangre empezó a filtrarse en la tierra. El viejo movió la cabeza, satisfecho de sí mismo. – Ya ha empezado. |
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