"Un Asunto Pendiente" - читать интересную книгу автора (Katzenbach John)Capítulo 3. DuncanSu secretaria tocó suavemente en el vidrio de la puerta de su despacho y después asomó la cabeza: – Señor Richards, ¿necesita que me quede hoy hasta tarde? Puedo quedarme pero tendría que llamar a mi compañera de piso para que haga la compra… Duncan Richards levantó la vista de la hoja de cálculo que tenía delante y sonrió. – Aún tengo para un rato, Doris, pero no hace falta que se quede. Quiero terminar el papeleo de la solicitud de la compañía Harris. – ¿Está seguro, señor Richards? No tengo problema… Él negó con la cabeza. – Llevo demasiados días trabajando hasta tarde -dijo-. Somos banqueros. Deberíamos hacer horario de banco. La secretaria sonrió. – Estaré aquí hasta las cinco, de todas formas. – Muy bien. Pero en lugar de volver a sus papeles, Duncan Richards se reclinó en su silla y se colocó las manos detrás de la cabeza, girándose de modo que pudiera mirar por la ventana. Era casi de noche y los coches que abandonaban el estacionamiento habían encendido los faros, cortando la oscuridad con pequeñas ráfagas blancas. Apenas podía distinguir la silueta de los árboles de Main Street contra los últimos rayos grisáceos de luz del día. Por un instante deseó estar aún en el viejo edificio del banco, calle arriba. Era demasiado pequeño y en los despachos faltaba espacio, pero estaba apartado de la carretera, y en un piso alto, por lo que tenía más vistas. En cambio el edificio nuevo era de arquitectura sólida e impersonal. Nada de vistas, salvo de coches, mobiliario moderno y seguridad de última generación. Desde que el banco inició su actividad las cosas habían cambiado mucho. Greenfield había dejado de ser una pequeña ciudad universitaria y ahora se habían trasladado a ella hombres de negocios, promotores, gente rica de Nueva York y Boston. La ciudad está perdiendo su anonimato, pensó. Tal vez todos lo estemos haciendo. Pensó en la solicitud que tenía delante, la misma que había visto una docena de veces en los últimos seis meses; una pequeña empresa constructora que quería comprar un terreno agrícola con vista a las Green Mountains; diez hectáreas que se convertirían en seis bloques de viviendas. A un precio de trescientos mil dólares cada una, esta empresa constructora pasaría automáticamente de pequeña a mediana empresa. Las cifras parecían correctas, pensó; redactaremos el contrato de préstamo para la compra y probablemente tendremos las hipotecas sobre las casas cuando éstas empiecen a venderse. No necesitaba hacer números para calcular los beneficios de esa operación para el banco. Le preocupaban más los constructores. Suspiró pensando en que ahora debían de estar sin un centavo. Arriésgate, hipoteca todo lo que tienes. El estilo americano. Siempre ha sido así. Pero un banquero debe ser infinitamente cauteloso y decidir sin prisas, sin presiones. Eso está cambiando también. Pequeñas entidades como el First State Bank de Greenfield estaban siendo presionadas por los megabancos. El Baybanks de Boston acababa de abrir una sucursal en Prospect Street y Citicorp había comprado Springfield National, antes su principal competidor. Tal vez a nosotros nos compren también, somos un objetivo atractivo y las cifras del próximo cuatrimestre revelarán un gran crecimiento. Decidió ejercer su opción sobre acciones, por si acaso. No ha habido rumores, y generalmente los hay. Se preguntó si debería hablar con el viejo Philips, el presidente del banco, y luego decidió no hacerlo. Siempre me ha protegido, desde el primer día. No va a dejar de hacerlo ahora. Recordó cuando, dieciocho años atrás, había cruzado el umbral del banco por primera vez. El padre de Megan le había sujetado la puerta mientras él dudaba. Su nuevo corte de pelo lo incomodaba y no hacía más que pasarse la mano por la cabeza, sintiéndose igual que si le acabaran de amputar un brazo o una pierna. Se le encogió el estómago al recordar su miedo y los esfuerzos por ocultarlo durante todo el día. ¿Por qué pienso en eso ahora? Volvió a mirar por la ventana y, aunque trataba de apartarlos, más recuerdos le venían a la cabeza. Era una mañana luminosa y en el banco había mucha actividad. Gente, luz y actividad suficientes para que mi nerviosismo pasara inadvertido. Entonces pensaba que nunca podría entrar otra vez en un banco. Philips dijo que empezaría de cajero, puesto que el juez Pearson me avalaba; eran compañeros de golf. Me temblaron las manos la primera vez que toqué el dinero y cada vez que se abría la puerta delantera. Pensaba que era el fin. Entrarían hombres con semblante serio y trajes grises que vendrían por mí. ¿Cuánto le había durado aquel estado de ansiedad? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Por qué pienso en eso ahora? Ya pasó. Hace dieciocho años de ello y ya pasó. No recordaba cuándo fue la última vez que había pensado en sus comienzos en el mundo de los bancos. Desde luego hacía años. Se preguntó por qué le venía ahora ese recuerdo y se pasó la lengua por los dientes, como quien borra un mal sabor. Y no volveré a hacerlo, se prometió. Todo es distinto ahora. Tomó la hoja de cálculo y miró las cifras. Aprobación condicionada, pensó. Lo pasaré al comité a ver qué dicen. Las compañías ya no quebraban como en la década de 1980, pero la Reserva Federal había subido la tasa prima medio punto aquella mañana, así que tal vez que tuviera que dedicar tiempo al asunto en la siguiente reunión de directivos. Que los analistas hagan su trabajo. Hizo un apunte en su agenda. El teléfono de su mesa sonó y se encendió en intercomunicador. Era su secretaria. – Señor Richards, su esposa al teléfono. – Gracias. Levantó el auricular. – Escucha, Meg. No llegaré tarde. Estoy a punto de terminar… – Duncan, ¿te dijo mi padre si iba a llevar a Tommy a algún sitio? No han vuelto todavía y he pensado que quizá te dijo algo a ti. – ¿No han vuelto? Duncan miró su reloj: casi una hora tarde. Midió la preocupación en la voz de su esposa. Mínima. No estaba asustada, sólo molesta. – No. – ¿Has llamado al colegio? – Sí. Me han dicho que papá llegó a la hora, como siempre. Esperó un ratito mientras Tommy terminaba un trabajo y después se fueron. – Bueno, yo no le daría demasiada importancia, seguramente lo ha llevado al centro comercial a jugar a los videojuegos. De hecho, hace un par de semanas que no van, así que me imagino que estarán allí. – Le pedí que no lo llevara. Tommy se excita demasiado. – Vamos, mujer, si lo pasan muy bien. Y de todas formas creo que a quien le gusta jugar realmente es a tu padre. La voz de Megan sonaba más relajada. – Pero le he preparado una cena especial, y seguramente estará comiendo una hamburguesa grasienta. – Bueno, habla con tu padre, pero no creo que sirva de nada. Le encanta la comida basura. Quién lo diría, con setenta y un años. Megan rio. – Seguramente tienes razón. Duncan colgó el teléfono, sacó una libreta y empezó a anotar algunas ideas para presentar el préstamo al comité. Oyó que tocaban en el vidrio y vio a su secretaria diciéndole adiós con la mano. Llevaba puesto su abrigo. Le devolvió el saludo y pensó: mañana terminaré esto. El teléfono de su mesa sonó otra vez y descolgó, esperando oír la voz de su mujer. – Hola. Estoy prácticamente saliendo -dijo sin más preámbulos. – ¿Ah, sí? -respondió una voz al otro lado de la línea-. Me parece que no. Me parece que no vas a ninguna parte. Ya no. Era como si con esas pocas palabras, esos sonidos que le resultaban horriblemente familiares, todo lo que lo rodeaba se desmoronara y de pronto se encontrara violentamente arrastrado por un fuerte vendaval. Se agarró a la mesa para tratar de recobrar el equilibrio, pero la cabeza le daba vueltas y más vueltas y lo supo al instante: Está todo perdido. Todo. |
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