"Un Asunto Pendiente" - читать интересную книгу автора (Katzenbach John)Capítulo 2. Los dos TommysCuando sonó la campana, el juez Thomas Pearson ya estaba en el colegio. A ambos lados del pasillo se abrieron puertas y pronto el vestíbulo se llenó de niños. La marea de jóvenes voces lo inundó, un caos alegre de niños recogiendo mochilas y abrigos, apartándose para dejarlo pasar, después juntándose otra vez. Se hizo a un lado para esquivar un trío de chiquillos que pasaron corriendo a su lado, arrastrando sus abrigos como capas de espadachín y se dio de bruces con una pequeña pelirroja, peinada con colitas y lazos. – Perdón -dijo la niña, con modales de buena colegiala. El juez dio un paso atrás, inclinando la cabeza en un gesto de exagerada cortesía y la niña se rio. Oírla era como estar en la orilla del mar, sintiendo la espuma de las olas rompiéndose bajo los pies. Saludó a algunos conocidos y sonrió a otros, confiando en disimular así su altura, su edad y su aspecto serio, en poder confundirse entre los colores vivos y las luces del pasillo escolar. Vio el aula de Tommy y se abrió camino entre los pequeños cuerpos hacia la puerta, en la que había un globo de colores pintado junto a una placa que decía «Sección Especial A». Se agachó para abrir la puerta, distraído pensando en cómo disfrutaba recogiendo a su nieto y en lo joven que lo hacía sentirse, cuando ésta se abrió de par en par. Vaciló un momento mientras veía asomarse una mata de pelo castaño primero, después una frente y por último un par de ojos azules. Durante un segundo se quedó mirando esos ojos y vio en ellos a su mujer ya fallecida, después a su hija y, finalmente, a su nieto. – Hola, abuelo. Sabía que eras tú. – Hola, Tommy. Yo también sabía que eras tú. – Ya casi he terminado. ¿Puedo terminar mi dibujo? – Si quieres… – ¿Quieres mirarme? – Claro que sí. Mientras su nieto le tomaba la mano el juez pensó en lo firme que era el apretón de un niño. Cómo se aferran a la vida, pensó, no como los adultos. Se dejó arrastrar de nuevo al aula y saludó con la cabeza a la profesora de Tommy, quien le sonrió. – Quiere terminar su dibujo -dijo el juez. – Muy bien. ¿No le importa esperar? – En absoluto. Notó que le soltaban la mano y esperó mientras su nieto se sentaba en una silla frente a una larga mesa en la que había otros cuantos niños dibujando. Todos parecían absortos en su trabajo. Se quedó mirando mientras Tommy tomaba un lápiz rojo y empezaba a colorear. – ¿Qué estás pintando? – Hojas ardiendo. Y el fuego se está extendiendo al bosque. – ¡Vaya! -Acertó a decir. – A veces resulta desconcertante. Se volvió y vio a la profesora de Tommy de pie junto a él. – ¿Cómo dice? – Que es desconcertante. Ponemos a los niños a dibujar o a hacer manualidades y el resultado son escenas de batallas o una casa en llamas o un terremoto arrasando una ciudad. Uno de los otros niños dibujó eso la semana pasada. Muy completo, muy detallado. Hasta aparecía gente cayendo en una grieta. – Resulta un poco… -el juez dudaba. – ¿Macabro? Desde luego. Pero casi todos los niños de esta sección tienen tantos problemas con sus sentimientos que los animamos a que den rienda suelta a todas sus fantasías, si eso les ayuda a identificar lo que los asusta realmente. Es una técnica muy sencilla. El juez Pearson asintió. – Ya -dijo-. Pero apuesto a que preferirían que dibujaran flores. La profesora rio. – Sería un cambio. -Y añadió:- ¿Puede decirles al señor y la señora Richards que me llamen para concertar una cita? El juez miró hacia Tommy, ocupado con su dibujo. – ¿Hay algún problema? La profesora sonrió. – Supongo que es humano pensar siempre en lo peor. Al contrario; Tommy ha hecho grandes progresos este otoño, igual que en verano, y quiero que asista a las clases normales de tercer curso en un par de asignaturas después de las vacaciones de Navidad. Hizo una pausa. – Claro que ésta seguirá siendo su clase principal y es probable que tenga alguna recaída, pero pensamos que podemos estimularlo más. En realidad es muy inteligente, lo que pasa es que cuando algo no le sale… – …pierde los estribos -el juez terminó la frase. – Sí. En eso no ha mejorado, sigue poniéndose muy agresivo. Sin embargo lleva semanas sin tener crisis de ausencia. – Lo sé -dijo el juez recordando cómo se había asustado la primera vez que vio a su nieto, todavía un bebé, mirando fijamente al vacío, ajeno por completo al mundo. Permanecía así durante horas, sin dormir, sin comer, sin hablar ni llorar, casi sin respirar, como si estuviera en otra parte, y después regresaba a la realidad abruptamente, como si nada hubiera pasado. Bajó la vista hacia Tommy, que estaba terminando su dibujo pintando un cielo con grandes trazos de color naranja brillante. Cómo nos asustabas a todos. ¿Adónde vas en esos viajes? – Se lo diré a sus padres y la llamarán enseguida. Parecen buenas noticias. – Crucemos los dedos. Caminaron hasta la puerta principal del colegio y por un momento el juez pensó con asombro en lo rápidamente que se disipaba la algarabía propia del final de la jornada escolar. Ya sólo quedaban unos pocos coches en el estacionamiento. Notó un aire frío que parecía colarse por la pechera de su abrigo, atravesar su suéter y su camisa y helarle la piel. Sintió un escalofrío y se abotonó la chaqueta. – Abróchate, Tommy. Estos viejos huesos ya sienten el frío invernal en el aire. – Abuelo, ¿qué son viejos huesos? – Bueno, tú los tienes jóvenes. Tus huesos todavía están creciendo, haciéndose más grandes y fuertes. Los míos en cambio están viejos y cansados porque tienen muchos años. – No tantos. – Huy sí, casi setenta y un años. Tommy se quedó pensando un momento. – Eso es mucho. ¿Los míos crecerán tanto? – Seguramente más. – ¿Y cómo se sienten cosas con los huesos? Yo siento el viento en la cara y en las manos, pero no en los huesos. ¿Tú cómo lo haces? El juez rio. – Lo sabrás cuando te hagas mayor. – Odio eso. – ¿El qué? – Cuando me dicen que espere. Yo quiero saber ahora. El juez se inclinó y tomó la mano de su nieto. – Tienes toda la razón. Cuando quieras aprender algo no dejes que la gente te diga que esperes. Tú apréndelo. – ¿Huesos? – Bueno, en realidad es una forma de hablar. ¿Sabes lo que significa? Tommy asintió. – Lo que quiere decir en realidad es que cuando te haces mayor tus huesos se vuelven frágiles y no tienen tanta vida. Así que cuando viene un viento frío lo siento dentro de mí. No es que duela, es sólo que lo noto más. ¿Lo entiendes? – Creo que sí. El niño dio unos pasos en silencio. Luego murmuró, casi para sí: – ¡Hay tantas cosas que aprender…! -y suspiró. Su abuelo sintió ganas de reír en voz alta, tan extraordinaria le había parecido la observación. En lugar de ello agarró más fuerte la mano de su nieto y caminaron por la tarde gris hasta el coche. Vio que junto a él había estacionado un Sedan último modelo y, conforme se acercaban, una mujer salió del asiento trasero. Parecía de mediana edad, era alta y robusta y llevaba un enorme sombrero de ala ancha bajo el que caían largos y desordenados mechones de cabello pelirrojo. Llevaba anteojos de sol grandes y oscuros. ¿Cómo vería? Aflojó la marcha y observó a la mujer caminando hacia ellos con paso firme y seguro. – ¿Puedo ayudarla? -preguntó el juez. La mujer se desabrochó la gabardina marrón y buscó algo en su interior. Sonrió. – Juez Pearson -dijo. Bajó la vista hacia el niño-. Y éste debe de ser Tommy. Eres igual que tu padre y tu madre. Clavadito, una mezcla de los dos. – Disculpe -comenzó a decir el juez-. ¿La conozco? – Usted fue juez de lo criminal, ¿no? -siguió la mujer, ignorando la pregunta. Seguía sonriendo. – Pues sí, pero… – Durante muchos años. – Sí, pero, dígame… – Entonces seguro que esto le resultará familiar. Sacó despacio una mano del bolsillo de la gabardina. Empuñaba un gran revólver con el que apuntó al estómago del juez, quien se quedó mirando el arma, asombrado. – Es una Magnum 357 -continuó la mujer. El juez notó que la firmeza de su voz era sólo producto de la rabia-. Le haría un gran agujero a usted, y uno grandísimo a Tommy. Primero le dispararía a él, de forma que sus últimos segundos de vida los pasara sabiendo que ha causado la muerte a su nieto. Así que no me haga tener que poner fin a esto, ahora que acaba de empezar, y suban al asiento trasero de mi coche. – Lléveme a mí, pero… -empezó a decir el juez. Su cabeza empezó a pasar lista automáticamente a todos los casos que había tenido, las sentencias que había dictado, preguntándose cuál de ellas había desencadenado esos hechos que iban más allá de las habituales amenazas, quién podría querer vengarse de él así. Pero no recordaba a ninguna mujer, y desde luego no a ésa, que presionaba suavemente el cañón de un revólver contra sus costillas. – Nada de eso -prosiguió la mujer-. Él tiene que venir también, es esencial en esto. Hizo un ademán con el revólver. – Con mucha calma. Permanezca tan tranquilo como yo. Nada de movimientos bruscos, juez; piense en lo absurdo que sería si murieran aquí los dos. Lo que le estaría robando a su nieto. Su vida, juez. Todos esos años. Claro que usted ya sabe lo que es eso. Robar años a la gente es algo que hace muy bien. ¡Cerdo! ¡Así que ni se le ocurra! El juez vio que se había abierto la puerta del coche y había gente adentro. Le vinieron mil ideas a la cabeza: salir corriendo, gritar, pedir ayuda, defenderse. Pero no hizo ninguna de ellas. – Haz lo que dice, Tommy -dijo-. No te preocupes, estoy aquí contigo. Sintió que unas manos fuertes lo agarraban y lo empujaban bruscamente al suelo del coche. Durante un momento sintió un olor a cuero de zapatos y a suciedad mezclado con sudor agrio. Vio pantalones vaqueros y botas, después alguien le tapó la cabeza con una bolsa de tela negra. De pronto imaginó que era un saco como los que emplean los verdugos para tapar la cara a sus víctimas e intentó resistirse hasta que un par de manos fuertes lo sujetaron y empujaron hacia abajo. Sintió el cuerpecillo de Tommy sobre él y soltó un gruñido. Trató de hablarle, buscando palabras de consuelo: No tengas miedo, estoy aquí, pero sólo consiguió gemir. Oyó una voz masculina que decía con calma, pero también con ironía: – Bienvenido a la revolución. Ahora duérmase, viejo. Sintió que algo pesado le golpeaba la cabeza y después todo se volvió oscuro; se desmayó. |
||
|
© 2026 Библиотека RealLib.org
(support [a t] reallib.org) |