"Reencuentro" - читать интересную книгу автора (Vincenzi Penny)

Capítulo 11

Finalmente se presentó el Partido Progresista de Centro: en las Connaught Rooms, la misma sede que había usado el Partido Socialdemócrata, el SDP, algo menos de veinte años antes. No había ninguna intención oculta en esa coincidencia: era un lugar muy céntrico, lo bastante grande, famoso y espléndido. El trío KFL -como se les conoció enseguida- que lo había hecho posible, eran Jack Kirkland, Janet Frean y Chad Lawrence.

Afirmaban tener 21 diputados en sus filas, y casi todas sus circunscripciones habían aceptado permitirles trabajar para los nuevos colores hasta las siguientes elecciones. La circunscripción de Chad Lawrence fue de las pocas que forzaron unas elecciones y él las ganó con facilidad.

Su calendario era perfecto: con el eslogan «Las personas primero, la política después», habían arrasado sobre una lista más bien de pacotilla, y al menos por un momento histórico todo les había ido de cara. No sólo el momento era perfecto -el presupuesto era en abril y había poco tiempo para preparar las elecciones locales de mayo- sino afortunado. Las luchas internas y la desesperación habían hecho mella en el Partido Conservador, y las historias de horror sobre hospitales, escuelas y delincuencia habían acosado al Nuevo Laborismo.

El funeral de la Reina Madre había encendido una ola de patriotismo. La población estaba predispuesta para algo inspirado y nuevo. En un nuevo partido político, dijo Kirkland, podrían pensar que lo habían encontrado.

Tres periódicos se habían puesto de su parte, el Sketch, el Independent y el News. Otros fueron más escépticos, pero eran receptivos con lo que todos denominaban una brisa fresca en la política. El nombre fue un enorme éxito y los cronistas lo pasaron en grande comparando la primera conferencia de prensa con una sesión fotográfica de la Copa del Mundo y con la meta de los corredores en el Grand National.

Corrieron muchas historias feas sobre los tres y hubo también rumores infundados sobre quién iba a abandonar qué partido para ingresar en el nuevo, y el más disparatado fue que Gordon Brown era uno de ellos, y el más fundamentado que lo era Michael Portillo. Ninguno de los dos lo hizo. Tanto Tony Blair como Iain Duncan Smith dijeron -evidentemente apretados- que eso era la democracia, aunque lamentaran (por parte de Iain Duncan Smith) la deslealtad que había engendrado, y que Tony Blair recordara que el SDP había tenido un nacimiento igual de triunfal y un funeral siete años después.

Todos los protagonistas principales, Lawrence, Frean y Kirkland, salieron en las primeras páginas y muchos también en las interiores. Todos tenían familias atractivas y saludables, que sonreían obedientes por si les sacaban una foto. Gideon Keeble afirmó que estaba orgulloso de participar, lo mismo que Jackie Bragg, que dijo que sabía distinguir una buena idea, y estaba orgullosa de formar parte de ésta. La City había analizado las fortunas de Keeble, Bragg y otros simpatizantes ricos, y hasta qué punto estaban dispuestos a poner su dinero en el proyecto. Se habló mucho también de donantes anónimos.

Viniera de donde viniera, había dinero: unos veinte millones. Un gran porcentaje procedía de personas anónimas, más de cincuenta mil, que habían aportado sumas que iban de las 2.5 a las 1.000 libras con la tarjeta de crédito. Chad Lawrence dijo repetidamente en las entrevistas que eso decía más de la popularidad de su causa que cualquier otra cosa. Más de un comentarista observó que era un equipo que incluía a personas ajenas al mundo de la política, empresarios de éxito que tenían una posibilidad por encima de la media de hacer realidad sus objetivos. Muchas de las personas dedicadas a poner en marcha el partido conservaban sus empleos, y no tenían experiencia personal en política: ése era un factor decisivo para la frescura de las ideas. Y ese grupo, por supuesto, incluía a Martha Hartley.

El viernes 19 de abril, se celebró una gran fiesta en Centre Forward House, un edificio nuevo de Admiralty Row. En parte era una muestra de agradecimiento a todos los trabajadores, en parte una iniciativa de relaciones públicas. Aparte de los políticos y los simpatizantes, un puñado de hombres de la City y tantas celebridades como la combinación de agendas y directorios de correo del equipo central fue capaz de invitar, estaban todos los periodistas del mundo de la prensa escrita, la radio y la televisión. Si no te habían invitado y eras un contendiente obvio, te ibas volando de la ciudad.

Jocasta Forbes estaba en la fiesta. Habría ido de todos modos, acompañando a su novio, pero su editor (que también estaba) le había encargado que escribiera una breve crónica para la columna de chismorreos del día siguiente.

– A ver si encuentras gente rara, no quiero leer nada de Hugh Grant, por favor.

Varias personas habían comentado que Jocasta no estaba tan deslumbrante últimamente, había adelgazado y desprendía un aire de cansancio. Sin embargo, sus crónicas eran mejores que nunca. Ese mismo día había escrito dos: una sobre una mujer que había demandado a la empresa de su tarjeta de crédito -«Si la gente puede demandar a las tabacaleras, por qué no; no deberían prestarnos el dinero con tanta facilidad»-, y otra sobre un científico que había clonado con éxito a su gato y ofrecía sus servicios a dueños de mininos ancianos en Internet.

Sin embargo esa noche sí estaba deslumbrante, con una falda de piel muy corta y chaqueta a juego y un top de lentejuelas muy escotado y con la cintura al aire.

Llegó con Nick, pero enseguida se apartó de él y, al cabo de una hora, tenía comentarios de invitados tan dispares como Will Young, la sensación de Pop Idol educado en un internado privado, la duquesa de Carmarthen, resplandeciente con sus diamantes, que dijo que era la primera reunión política a la que asistía desde la guerra, y Alan Titchmarsh, tan encantadoramente humilde como siempre, que dijo que siempre había querido construir un jardín en la terraza de la Cámara de los Comunes y si Jocasta podía ayudarle con algún contacto. Después de eso se bebió una copa de champán, cogió otra y empezó a deambular por la sala.

– Vaya, mi reportera favorita. Esta noche está preciosa. No sabe cuánto he deseado encontrarla aquí.

Era Gideon Keeble, sonriéndole. Tan atractivo como siempre, y con una botella de champán en la mano.

– Hola, señor Keeble -dijo Jocasta un poco insegura, permitiéndole que le llenara la copa-. Ya sabe que hay camareros para eso.

– Lo sé, pero es una forma excelente de apartarme de las personas aburridas y acercarme a las interesantes y hermosas, como usted. Por favor, no me llame señor Keeble, me hace sentir viejo. Gideon, por favor. ¿Dónde está su encantador novio?

– Vete a saber -dijo Jocasta-, pero esté donde esté, está hablando. Y seguro que no de mí.

No quería que sonara resentido, pero así fue. Gideon Keeble la miró a los ojos.

– Ese chico es un poco tonto. Esperaba que hubiera seguido mi consejo y le hubiera puesto un anillo.

– Ni por asomo -dijo Jocasta sonriendo con determinación-, pero de haberlo hecho, una cosa es segura: no me habría gustado. Su gusto en joyas es execrable.

– Ése es un defecto muy grave en un joven. Yo estoy orgulloso de mi gusto. Las joyas son como el perfume, deben complementar el estilo de la portadora.

– ¿Y cuál diría que es mi estilo?

– Veamos, déjeme pensar. -Sus brillantes ojos azules la escrutaban, medio en serio, medio en broma-. Creo que es una chica de diamantes. Relucientes y brillantes. Pero no diamantes grandes. Nada vulgar. Pequeños e intensos. Con oro blanco.

– Suena de maravilla -dijo Jocasta-, pero Nick no está en el nivel de los diamantes. Una pena.

– No pensaba en Nick -dijo él-. Pensaba en usted. A mí me gustaría ponerte unos diamantes aquí -se tocó una oreja ligeramente- y, veamos…, sí, aquí. -Le cogió una mano y la posó en el valle de su escote. Era un gesto curiosamente erótico, bastante más que si la hubiera tocado él mismo.

Hubo un silencio y después ella reaccionó enseguida.

– Sería estupendo. Mucho. Pero tal vez podría contarme cosas de algunas personas que hay aquí. Y de las que habrá. Estoy medio de guardia, ¿sabe?

– Qué lástima. Pensaba pasar un rato con usted.

– Puede, si quiere. Acompáñeme a dar una vuelta y presénteme a algunas personas famosas. O personas importantes, si lo prefiere.

– Muy bien. ¿Conoce a Dick Aoki, presidente del banco Jap-Manhat, como se le llama de manera irrespetuosa?

– No. ¿Qué diablos tiene él que ver con un nuevo partido político británico?

– Nada. Sin embargo… Venga. Se lo presentaré.

Aoki le cayó bien. Medio japonés, medio estadounidense, era divertido y humilde.

– Voy a comprarme una casa en Wiltshire -le dijo-. ¿Crees que la tribu inglesa rural me aceptará?

– Por supuesto -contestó ella-. Si gastas dinero para entretenerlos. En realidad son unas furcias.

– ¿De verdad? Es interesante. Pero es una casa preciosa y si me veo obligado a vivir en ella en total aislamiento, no me importará. Supongo que conocerás la casa de Gideon en Cork.

– No -dijo Jocasta-, no he estado.

– Qué lástima. Gideon, deberías invitarla. Se compenetrarían.

Gideon la miró pensativo.

– Tienes razón. Muy bien, Jocasta, debes venir en cuanto pueda organizarlo. ¿Te gustaría? Puedes traer a Nick, por supuesto, no pretendo comprometerte.

– Me gustaría mucho -dijo ella. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa, sosteniéndole la mirada un poco más de la cuenta.

– ¿Qué vais a hacer tú y Nick, después de la fiesta? Voy a llevarme a algunos a cenar, ¿os apetece apuntaros?

Sin duda le apetecía, pensó Jocasta contenta. Sin Nick, a poder ser.


Martha Harley llegó a la fiesta muy tarde. La había retrasado una llamada de Ed, que quería saber qué iban a hacer el fin de semana. Estaba disgustado porque ella no quería llevarle a la fiesta: tan disgustado que al principio ella había pensado que estaba tomándole el pelo. La relación no mejoró mucho cuando ella no pudo verle en toda la semana. Estaba realmente ocupada. Él se había enfadado y le había puesto morros. Lo de poner morros era una de las pocas cosas que hacía Ed que le recordaban a Martha lo joven que era.

Sólo la promesa de un fin de semana juntos le había ablandado.

– Y no quiero que me escatimes ni cinco minutos del fin de semana.

Ella le prometió no hacerlo.

Había elegido un traje pantalón negro de crepé de Armani, muy sencillo, al que se le daba dinamismo con unos pendientes largos de diamantes muy extremados. Se recogió a un lado el pelo castaño liso con un clip a juego, y sus nuevos Jimmy Choos -peligrosamente altos, con tiras de diamantes en el tobillo- la hicieron sentir sexy y atrevida.

Cuando llegó, la habitación estaba tan abarrotada de personas que parecía imposible moverse.

Jack Kirkland la saludó con la mano, pero estaba absorto en una conversación con Greg Dyke, y una pareja de la agencia de publicidad la saludó pero enseguida se alejó. Entonces oyó una voz conocida.

– Martha. Hola. Me alegro de verte. Estás guapísima.

Era Nick Marshall. Había coincidido con él un par de veces, pero nunca habían hablado más de un par de minutos. Como ella, siempre iba con prisas. A Martha le había gustado lo que había visto.

– Menudo día -dijo Martha-. Habéis hecho un trabajo estupendo para nosotros. Para ellos -se apresuró a corregir.

– Martha, querida, hola. -Gideon Keeble le dio un abrazo enorme-. Por Dios, qué guapa estás. Esta sala está llena de bellezas. Los pobres machos no podemos hacer más que mirar y desearos.

– Gideon, dices muchas tonterías, pero son tonterías muy agradables. Gracias.

– Gideon. -Era Marcus, resoplando ligeramente, con la cara rosada por el champán y el calor-. Quentin Letts del Mall quiere hablar contigo. ¿Puedes?

– Qué remedio. Martha, querida, nos vemos luego. Marcus, quédate con esta hermosa mujer y cuídamela.

– Lo haré -dijo Marcus-. Pero tengo malas noticias. Hemos perdido a uno de nuestros más fervientes simpatizantes, de los páramos de Suffolk; un infarto, pobre. Tendrá que retirarse.

– Oh -dijo Martha-, te refieres a Norman Brampton.

– Sí, Norman. ¿Le conoces?

– Mis padres viven en su distrito. Prácticamente me senté en sus rodillas. Mi padre, ya te lo habré dicho, es el vicario, y le conoce muy bien.

– Ya.

Hubo un largo silencio y Marcus se quedó mirándola.

– Marcus, ¿qué pasa? ¿Tengo espinacas en los dientes o qué?

– No, no, es que estaba pensando… ¿Puedo pedirte que hables con un par de trabajadores de la circunscripción? Están un poco perdidos, y no quiero que piensen que no nos preocupamos por ellos.

– Por supuesto que no me importa -dijo Martha.

Chad, que tiró de ella por el brazo, la ayudó a salir del paso.

– ¿Podemos hablar un rato después?

– ¿Podría ser ahora? Tengo que marcharme pronto.

– ¿Y eso por qué?

– Digamos que tengo que retorcer algún brazo. Cosas de los clientes. Lo siento, Chad, pero es muy importante.

– ¿No paras nunca? Deberías tener otro trabajo, uno que te permita un poco de tiempo libre. Nos encantaría tenerte a bordo. Queremos que te presentes por una circunscripción. Piénsatelo.

– Ya lo he pensado. De hecho ya he terminado de pensarlo. Lo siento. Mira, tengo que irme. De vuelta al trabajo diurno. O mejor dicho nocturno.

Levantó la cabeza para darle un beso y, por encima de su hombro, vio la sala como si acabara de llegar, vio a la gente que la llenaba como si no la hubiera visto antes: poderosa, brillante, todos metidos en asuntos importantes, realmente importantes, algo de lo que ya se sentía parte, y sintió que alguna cosa cambiaba en su cabeza. Y él lo notó, avezado estratega siempre, e insistió.

– Oye, ¿podríamos quedar mañana? ¿Para desayunar tarde quizá?

– Sí, quizá sí -dijo ella lentamente.

Él le dio un beso rápido.

– Bien. En Joe Allen's a las once, ¿eh?

– Bien.

Se alejó. Martha hizo como si no viera a Marcus gesticulando hacia ella desde el otro extremo de la sala, porque no podía retrasarse más.

No tenía ni idea de que lo que quería era presentarle a la novia de Nick Marshall, que era periodista en el Sketch. O que la novia estuviera en la fiesta o que Jocasta Forbes se moviera en la misma órbita que ella.


Jeremy trabajó hasta tarde la noche de la presentación. Clio vio la noticia en la tele, intentando distraerse, viendo cómo les entrevistaban hasta el aburrimiento. Envidiaba a la mujer, ¿cómo se llamaba? Frean. Janet Frean. Su marido no le había dicho que dejara de trabajar cuando tuvo un hijo. Tenía cinco, por Dios. Hasta Clio pensaba que eso era ir un poco demasiado lejos. Sus hijos no debían recibir mucha atención materna. Pero al menos tenía hijos.

La entrevista con Janet Frean acabó y Clio se levantó para prepararse una taza de té. La atacó una nueva oleada de depresión. Aquella mañana le había venido la regla y el dolor era peor que nunca. Jeremy todavía no lo sabía. Aquello era una pesadilla: tenía que decírselo, no tenía más remedio. Pero ¿cómo iba a hacerlo? ¿Ahora? Cuando cada mes, cada regla, lo empeoraban. Lo empeoraban y lo hacían más imposible. ¿Por qué no lo había hecho antes, por Dios santo?

Pero por ese camino no llegarás a ninguna parte, Clio. No se lo has dicho. Y ahora era demasiado tarde. Al menos era imposible que nadie lo supiera. Excepto el ginecólogo, claro. Todos los ginecólogos.

Suerte que existía la ética médica.


Jocasta fue a cenar con Gideon Keeble. En Langans. Por supuesto no ella sola. Con una docena de personas más. Sólo que entre ellas no estaba Nick. Y ella se sentó al lado de Gideon.

Chad estaba, y su señora. No la conocía, sólo la había visto en revistas del corazón. Abigail Lawrence. Alta, morena, hermosa, muy elegante, muy compuesta.

Marcus estaba, con su esposa, una mujer bonita y llena de vida, que estaba claro que le adoraba. Jack Kirkland se quedó sólo a tomar una copa. Parecía agotado.

– ¿Existe una señora Kirkland? -preguntó Jocasta a Gideon.

– Ya no, por desgracia -dijo él-. Era una mujer inteligente, se conocieron en Cambridge. Dijo que no podía competir con su amante…

– ¿Su amante?

– Sí. De hecho, ha habido dos. Primero el Partido Laborista, y ahora el Progresista de Centro.

Jackie Bragg estaba con su nuevo marido, mucho mayor que ella. Era su asesor financiero.

– Le gustó tanto la empresa que se casó con ella -le comentó Gideon riendo-, y ahora la trata como un tren de juguete.

– ¿Y tú qué, Gideon? -dijo ella-. ¿Tienes muchos juguetitos para entretenerte?

– Oh, un montón -respondió, sonriéndole-. Tengo mis coches…

Tenía una flota de coches antiguos de carreras que exhibía una vez al año para beneficencia.

– Me encantaría verlos -dijo ella, sinceramente-. Me encantan los coches antiguos. Mi abuelo tenía una colección maravillosa, pero mi padre los vendió todos. Una pena.

– Para mí no -dijo Gideon-. Le compré un par.

– ¿En serio? ¿Cuáles?

– El Phantom Rolls. Y el Allard. Fue una subasta maravillosa. No lograba entender cómo podía deshacerse de ellos tu padre. Esos coches tienen alma.

– Sí, bueno, a mi padre no le importa nada, excepto el dinero -dijo Jocasta-, y no reconocería un alma aunque tropezara con ella en la calle. Perdona, mi padre y yo no nos llevamos muy bien.

– Sí, eso me han dicho.

– ¿Quién? -dijo ella con curiosidad.

– Oh, algunas personas me han hablado de ti.

– ¿Y quién podría haberte hablado de mí?

– Yo les animé a hacerlo -dijo, y la cabeza y el corazón de Jocasta dieron un tumbo al unísono.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Me pareces muy interesante. Y guapa. Quería saber más de ti. Dime, ¿es cierto que tu hermano ha dejado a su inteligente mujer?

– No exactamente. Ella le ha echado. Y con razón.

– ¿Por qué con razón?

– Porque le pilló jugando fuera de casa más de la cuenta. Prefiero no hablar de eso si no te importa.

– Por supuesto. Perdóname. Venga, no estás comiendo nada. Seguro que tu madre te decía que había que acabarse toda la comida del plato.

– Mi madre jamás decía esas cosas. Comíamos casi siempre con la niñera. Pero la niñera sí lo decía. ¿Y tú qué? Te enseñaron a comer bien.

– Crecí en un ambiente bastante abarrotado, en Dublín. Éramos nueve y comíamos en dos turnos. Eso me enseñó a comer con rapidez. Y a terminarme todo lo que había en el plato. Que no siempre era suficiente.

No parecía en absoluto amargado, ni buscar su compasión. Más bien feliz. Volvió a sonreírle.

– Tengo abandonada a mi querida amiga de la izquierda. Pero volveré contigo enseguida. Cómete la verdura.

Habían seguido así, con una serie de conversaciones breves y seductoras, y poco a poco la mesa se había vaciado hasta que quedaron ella, los Lawrence y los Denning. Y Gideon. Quien no dejó de repetir que era una lástima que Nick no estuviera con ellos, y que Jocasta debería llamarle otra vez. Ella mintió diciendo que lo había hecho cuando había ido al servicio.

– A lo mejor se ha fugado con Martha -dijo Marcus riendo-. Han desaparecido los dos al mismo tiempo.

– ¿Con Martha? ¿Qué Martha?

– Martha Hartley. Es un encanto de chica. Es abogada. Ha colaborado con nosotros. Y su empresa nos ha representado.

– ¿Martha Hartley trabaja para el Partido Progresista de Centro? -dijo Jocasta-. Qué curioso. La conocí hace tiempo. Mucho tiempo. Cuando éramos unas jovencitas. ¿Cómo ha acabado mezclada con vosotros?

– Su empresa nos representa -dijo Marcus-. Es encantadora. Muy inteligente y muy atractiva, además.

– ¿Y está… casada o algo?

– Que yo sepa, no. Como trabaja sin parar, al menos siete días a la semana, creo que sentiría mucha pena por él.

– Oh, Marcus, qué actitud más anticuada -exclamó Jocasta-. Las zapatillas y las camisas planchadas y a punto son historia. Te delata la edad.

– Entonces tendré que delatar la mía apoyando a Marcus -dijo Gideon, sonriéndole con los ojos-. Y ya que estás sentada junto a un viejo como yo, deberías ir con cuidado con lo que dices.

Ella se volvió a mirarle.

– Tú eres especial -dijo-. No puedo situarte en ninguna edad. Para mí no eres ni joven ni viejo. Eres… eres tú.

– Bueno -dijo él-. Me alegro de saberlo. Ha sonado muy bien, si se me permite decirlo.

La acompañó a casa porque dijo que no podía dejarla en un taxi de ninguna de las maneras.

Su coche era una maravilla, un Mercedes de antes de la guerra, negro reluciente, con ruedas de radios y estribo. Jocasta esperaba que tuviera chófer, pero no lo tenía. Gideon dijo que no le gustaba que le llevaran, que prefería conducir él mismo.

– Además, no le dejaría este coche a mucha gente.

Jocasta subió al vehículo y echó un vistazo.

– Es una preciosidad.

– Gracias. Bien, ¿adónde vamos?

– A Clapham, por favor.

Dios santo, era realmente asombroso. Sola con él en aquel coche increíble. Y cuando llegaran, ¿qué? ¿Debía invitarlo a subir? ¿Se le estaba insinuando o sólo era un hombre cortés que la acompañaba a casa? Por fin llegaron a su calle y se dio cuenta de que no habían hablado de él en ningún momento y se lo dijo.

– Oh -dijo-, prefiero hablar de ti.

– Gracias. Y también por acompañarme. Y por la cena, por supuesto. Yo… -vaciló. No, se lo preguntaría. ¿Qué mal había?-. ¿Quieres subir a tomar una copa?

– Oh, eso sería muy peligroso, ¿no te parece? No lo creo sensato en absoluto. Eres demasiado guapa y demasiado seductora para que pueda estar solo contigo en una habitación. A menos, claro, que algunas cosas fueran distintas. En cuyo caso no desearía otra cosa. Obviamente.

– Sí…, supongo que sí -dijo ella-. Sí. Pero… -Se calló y se quedó mirándole indefensa.

– En fin, es tarde y estás muy cansada. -Se inclinó y la besó muy ligeramente en los labios-. Vete. Que duermas bien. Y dile a Nick que creo que es el hombre más afortunado del mundo cristiano. Buenas noches y felices sueños.

Ella le observó alejarse por la calle en ese coche tan hermoso y deseó con fervor que siguiera a su lado.

A la mañana siguiente se sentía fatal; no sólo por la resaca, sino por la culpabilidad. Al menos debería habérselo dicho a Nick. Debería haberle llamado. Él sin duda la habría llamado. Seguramente un montón de veces. Se preparó un té flojo, se recostó en los almohadones y se obligó a escuchar los mensajes.

«¡Jocasta! Hola, cielo, ¿dónde estás? Estoy en sala de prensa. Esperaré hasta que me llames.»

Vale. Ése era el primero.

«Señora Cocinera, hola. Me voy al Shepherds. Chris ha reservado una mesa grande. Ven a cenar con nosotros.»

Dos.

«Jocasta, ¿dónde te has metido? Son las once y estoy en el Shepherds. Llámame.»

Tres.

«Jocasta, llámame. Por favor. No sé dónde estás, pero estoy preocupado por ti.»

Cuatro.

«Jocasta, es casi la una. Me voy a casa. Me han dicho que te has ido con Gideon y otra gente. Gracias por decírmelo. Tal vez quieras llamarme mañana.»

Eso había estado muy mal. Dejar que se preocupara por ella. Debería haberle llamado.

Insegura, casi nerviosa, marcó el número de Nick. Por suerte salió el contestador.

«Hola, Nick, soy yo. Estoy bien y siento lo de anoche. Me entretuve en la cena de Gideon y él me dijo que te dejarían un mensaje. Es evidente que no lo hicieron. Siento que te preocuparas. Estuve bien. Ya hablaremos.»

Eso podría…, sólo podría, resultar. Podría creérselo. Y si no…, mala suerte. Los dos podían jugar al no compromiso.


– No -repetía Martha-. No, no, no.

– ¿Pero por qué no?

– Bueno, no podría hacerlo. Ésa es la razón principal. Y no tengo tiempo.

Se quedó mirándoles. Cuando llegó al Joe Allen's, Marcus también estaba. Eso la sorprendió mucho.

– Ser parlamentaria no te roba tanto tiempo -le dijo Chad-, sobre todo si no estás en el gobierno.

– ¡Oh, Chad, por favor! Ahora ya trabajo seis días a la semana. Anoche trabajé hasta la madrugada.

– Entonces podrías reducirlo a cinco días. O trabajar sólo en la circunscripción.

– No quiero trabajar a nivel local. Me gusta lo que hago.

– ¿En serio? -preguntó Marcus-. El otro día me dijiste que empezabas a desenamorarte del trabajo.

– Lo sé. Pero no lo decía en serio.

Se sentía como si estuviera cayendo por un profundo agujero. Sentía pánico, terror.

– Mira, Martha, saldrías elegida seguro -dijo Chad-. Eres una candidata de ensueño. De la zona, de familia muy conocida, joven, dinámica…

– Mujer -añadió Marcus.

– Bien pensado.

– ¿Esto es lo que llamáis un lanzamiento relámpago?

– Lo es. Pero como somos un partido nuevo y limpio como una patena, no puede parecer que hacemos algo tan manipulador. Insistiremos en que eres una más de una larga lista, una lista muy igualada. Aunque evidentemente no será así.

Chad volvió a sonreírle.

– ¿Qué te parece?

– Ya os he dicho mil veces que no es lo que quiero. No lo entiendo, Norman Brampton es conservador.

– Pero desilusionado. Ya ha firmado el documento de nuevas políticas, y ha convencido a un buen porcentaje de la comisión de distrito para que haga lo mismo. Estás en una estrella ascendente. Y no quieren arriesgarse a convocar elecciones anticipadas. Tienen a un candidato del Nuevo Laborismo muy activo.

– Oh, por Dios, Dick Stephens.

– ¿Le conoces?

– Personalmente no. Mi madre y sus amigas querrían mandarlo a Siberia. Anticacerías, por supuesto, y sin ninguna preocupación por la comunidad de agricultores. Cuando llegó a la parroquia, incomodó a todos sus simpatizantes llamándoles por el nombre sin que le dieran permiso.

Martha sintió, más que vio, a Chad y a Marcus intercambiando una mirada.

– Martha -dijo Chad-, ¿no te gustaría ser parlamentaria?

– Tal vez algún día. Ahora no. No tengo formación política.

– Ahora la tienes. Y trabajó seis meses en la Oficina de Asesoramiento Ciudadano, ¿lo sabías, Chad? -preguntó Marcus.

– Vaya por Dios -exclamó Chad-, tú no eres de verdad. Por favor, Martha. Por lo menos, piénsatelo. Sé que lo harías bien. Y sé que te gustaría.

Ella se quedó callada: pensando. Pensando de verdad, por primera vez, en lo que eso representaría. En lo que podía representar.

Una nueva vida. Un nuevo objetivo en la vida. La posibilidad de hacer algo, de marcar la diferencia. Un intento de obtener algo importante, de atisbar el poder de verdad, el éxito de verdad. Ya había conocido a bastantes políticos para saber que era posible que tuviera lo que hacía falta.

Con mucha tranquilidad, Chad Lawrence dijo:

– No estamos siendo justos. Exigiéndote, metiéndote prisas. Piénsatelo un par de días. Aunque sólo te lo plantees, llámame, y sondearé a Norman Brampton.

– ¿Y luego qué?

– Luego puedes mandar tu currículum y él podría aconsejar a los miembros del partido que te adopten. Y con tus habilidades particulares de presentación, creo que arrasarías. Martha, tienes todo lo que se necesita. Es un don de Dios.

– ¿De verdad crees que Dios tiene algún interés por la política? -dijo Martha con una débil sonrisa.

– Por supuesto que lo tiene -contestó Marcus rápidamente-. Y encima tú le tendrías a tu favor, siendo tu padre el vicario. En fin, Chad tiene razón. No deberíamos apremiarte así. Ve a casa y piénsatelo. Y no te apresures.

– Sí -dijo Chad-, con que nos respondas antes del lunes, estará bien.


– ¿Así que crees que debería hacerlo? -preguntó Martha.

– Sí, lo creo. ¿Quieres un poco? Ten cuidado, es muy picante.

Estaban sentados a su mesita de comedor, contemplando las luces de Londres y comiendo unos platos tailandeses que habían pedido a domicilio.

– ¡Ed! ¿Eso es todo?

– Pues sí.

– Pero si apenas lo hemos hablado.

– Está bien -dijo él, apartando el plato y uniendo las manos en una pantomima exagerada, mirándola a los ojos-, perdóname. Veamos. Desde el principio. Repasémoslo todo. No hay nada de qué hablar, Martha. Es una buena idea. ¿De acuerdo?

– Oh -dijo Martha. Estaba bastante confundida. Había querido una disección completa y cuidadosa de todo el asunto: los riesgos, las ventajas, su capacidad para llevarlo adelante-. Bien, si eso es lo que piensas…

– ¡Por supuesto que eso es lo que pienso! Pero empieza a aburrirme, si te he de ser sincero.

– Perdona -dijo ella, un poco indignada-. ¿De qué te gustaría hablar? ¿De ti?

– Pues no estaría mal, para variar-contesto él.

Ella le miró.

– Eso no es justo.

– Es muy justo. Hace casi quince días que no te veo y ¿cuánto hemos tardado en hablar de lo que a ti te interesa? Ni un minuto. Que si la maldita fiesta, que si fue maravillosa, que si tuviste que marcharte temprano para ir a una reunión, para acordarte de repente de tus modales y preguntarme qué había hecho. Y luego de vuelta a lo tuyo, y qué pienso yo de este asunto de Chad o como se llame, si debes hacerlo, y venga y venga. No sé por qué, pero creo que no lo harás. Tendrías que encontrar tiempo para hacerlo. Dedicarle algo de tu preciosa energía, interrumpir tu sagrada rutina. Tendrías que intentar pensar en algo más que en ti misma para variar, Martha. A lo mejor te iría bien.

Martha se sintió como si la hubiera pegado.

– Míranos, comiendo esta comida bien preparada y con la mesa puesta, la tele apagada porque no te gusta mirarla mientras comes, aunque a mí sí, y tú sólo picoteando como un cuervo melindroso. Está todo tan ordenado, maldita sea. Mira, Martha, si te hubieras atiborrado y hablaras con la boca llena, puede que me gustara más debatir tu futuro contigo. Tengo mi vida, por si no lo sabías -dijo-, tengo mis propios problemas.

– ¿Como cuáles? -preguntó ella. Estaba bastante descolocada, porque no le había visto nunca así.

– Oh, que más da.

– No, cuéntame.

– Mira, Martha -dijo-, puede que hace un rato tuviera ganas de hablar, pero ahora no. No estoy de humor, ¿vale? ¿No podrías comer algo, por el amor de Dios? De todos modos, será mejor que me vaya. Mañana tengo que trabajar. No eres la única que tiene que hacer horas extra.

Se levantó, cogió la chaqueta del sofá, se inclinó y le dio un beso rápido.

– Adiós. Ya nos veremos.

Cerró de un portazo. Se había ido. Y Martha se quedó mirando por la ventana, sin saber exactamente lo que sentía, y siguió picoteando despacio, concentrada, como si todavía estuviera comiendo su plato tailandés, como había dicho él, colocándolo en hileras y montones ordenados e intentando digerir lo sucedido.


– Bueno, ya hemos llegado… -Jilly paró frente a la casa. Llovía-. Coge la comida, cariño, y yo abriré la puerta. Camina con cuidado porque el sendero se pone muy resbaladizo.

Kate la miró caminar por el sendero sobre sus altos tacones. Había oído decir que cuando ocurría un accidente todo pasaba a cámara lenta y nunca se lo había creído, pero vio a su abuela volverse para comprobar que la seguía, y después, muy, muy lentamente y con elegancia, hacer casi una pirueta y resbalar hacia un lado, con la falda flotando hacia arriba y luego hacia abajo, envolviéndola en una especie de manta al caer, también muy despacio, al suelo, y quedarse allí, completamente inmóvil.


Jocasta apagó el móvil y sonrió a Josh.

– Lo siento.

No estaba muy segura de lo que sentía. ¿Culpabilidad? Un poco. ¿Preocupación? Era probable. ¿Y qué más? Bueno, ya sabes qué más, Jocasta. Excitación. Mucha excitación.

Estaba cenando con Josh, con un Josh bastante apagado, porque era su cumpleaños y Jocasta había pensado que no podía dejarlo solo. Nick no había querido ir. Cuando por fin habló con él sobre su desaparición de la noche anterior, estaba furioso.

– Habría sido un detalle que intentaras hablar conmigo. Estuve muy preocupado por ti, Jocasta.

Ella le dijo que no recordaba la cantidad de veces que él no la había llamado en circunstancias parecidas, y él dijo que de acuerdo, que no siguiera por ese camino, pero que no le apetecía cenar con Josh.

– Es que está muy solo, Nick.

– Se lo merece. Es un estúpido. ¿Cumple tres años? ¿O son cuatro? En fin, acabo de tener una entrevista en exclusiva con Iain Duncan Smith, con comentarios sobre el nuevo partido y el futuro que él le ve. El periódico del domingo lo quiere a primera hora.

– Bien. Perfecto. No te preocupes por mí.

– Te llamaré mañana.

– ¿Qué crees que podemos hacer mañana? ¿Leer tu artículo? ¿Leer el artículo de otro y después releer el tuyo y decir que es mucho mejor que el otro?

– Oh, Jocasta, no seas tonta. Te llamaré por la mañana. Almorzaré con David Owen, pero aparte de eso estoy libre.

– Uau -dijo ella-, suena de maravilla, el domingo por la noche, a lo mejor, cuando hayas acabado tu artículo. No te molestes, Nick. -Colgó, consciente de que en cierto modo había provocado una pelea y del porqué. Iniciar peleas era uno de sus talentos. O eso decía Nick.

Entonces fue cuando empezó a preguntarse qué sentía. Y en aquel momento estaba en pleno debate. Había sido culpa de Gideon Keeble, que la había llamado al móvil. ¿Les apetecía a ella y a Nick almorzar con él al día siguiente?

– Nick no podrá -dijo ella, con la cabeza a cien por la excitación-. O sea que…

– O sea… -comentó él, y calló un momento-. ¿Y tú qué? Si te arriesgas a pasar un domingo aburrido con un viejo, por mí encantado. Tú decides.

– Me gustaría mucho -dijo ella-. Gracias.

– Excelente. Te recogeré, ¿a qué hora? ¿A las once y media?

– Estupendo. Estaré a punto. Adiós, Gideon.

En realidad se sentía culpable, eso lo tenía claro mientras jugueteaba con los calamares en el plato: muy culpable…


– Tengo que pedirte que apagues inmediatamente el teléfono.

La voz resonó en la sala de espera: una voz áspera y aburrida.

– Es que quiero llamar a mi madre. Esa es mi abuela… -Señaló el cubículo donde tenían a Jilly.

– Pues utiliza el teléfono público. Los móviles interfieren con el equipo del hospital. Ahí lo dice bien claro.

– ¿Dónde hay un teléfono público?

– Hay uno en la entrada principal.

– Sí, uno que no funciona. ¿Alguna sugerencia?

Todos la miraban: Urgencias estaba atiborrado. Familias jóvenes con bebés y la cara pálida; niños llorando; uno que no paraba de vomitar en una caja de bocadillos de plástico; un borracho que sangraba por la cabeza; varios borrachos más acurrucados contra la pared; una jovencita asiática que daba lástima, muy embarazada, cogida de la mano de su marido; al menos tres parejas de ancianos; una pareja de hombres de mediana edad, uno con un pie vendado de cualquier manera: una ola de tristeza, miseria, dolor y ansiedad que golpeaba contra una costa hostil, esperando con dolorida paciencia. Todos agradecían la distracción de un pequeño drama.

– No hay necesidad de ser grosera -dijo la mujer detrás del mostrador.

– No pretendía ser grosera. Como su sugerencia no me vale le pedía una alternativa.

La angustia y la ansiedad estaban haciendo sentir peor a Kate a cada minuto que pasaba. Esperaba consuelo, atención, una solución rápida a los problemas de su abuela. Quería verla pronto a salvo y cómoda en una cama de hospital, aliviada de su dolor. En cambio, su abuela llevaba más de dos horas metida en un cubículo en una camilla, después de que la ambulancia llegara tras cuarenta largos minutos y la llevara al hospital, esperando para que le hicieran radiografías, sin ninguna mejora visible en su estado. Un médico la había examinado, había dicho que tenía una cadera rota o la pelvis fracturada. No podía hacer nada hasta que le hicieran las radiografías.

Seguía llevando la ropa empapada, a pesar de que una enfermera había prometido tres veces ponerle algo seco, y temblaba violentamente.


Por fin, a la una de la madrugada, le hicieron las radiografías. Tenía fractura de pelvis, pero la cadera no estaba rota.

– Eso significa que no hay necesidad de operar -dijo el médico, cuando pasó de nuevo por el cubículo-. La pelvis se curará sola, con tiempo. Teniendo en cuenta que puede tener conmoción, y en vista de su edad, la ingresaremos, que pase la noche aquí, y le daremos analgésicos.

– Tiene mucho frío -dijo Kate-, no para de temblar.

– Es el shock -dijo.

La enfermera, detrás de él, asintió con connivencia. En cuanto aparecía un médico, aquello se llenaba de enfermeras. El resto del tiempo no se veían por ninguna parte. Incluso habían encontrado un momento para quitarle la ropa mojada.

El médico acarició la manta de Jilly con condescendencia.

– Pobrecilla. Cómo te llamas, oh, sí, Jillian. Enseguida te sentirás mejor, Jillian.

– Me llamo -dijo Jillian, con una voz firme de repente- señora Bradford. Así es como quiero que me llamen.

El doctor y la enfermera se miraron.


Cuando llegaron Helen y Jim eran las dos de la madrugada. Finalmente Kate había salido fuera y les había llamado, después de que el médico pasara a ver a su abuela.

– ¿Dónde está? -dijo Helen-. ¿Está en una cama?

– No -contestó Kate-, está en una camilla. Son un hatajo de inútiles. Estaba muerta de frío hasta que he conseguido que le pusieran una manta. Sólo ha tomado una taza de té que le he llevado yo. Ni analgésicos ni nada. ¡Gilipollas! -añadió en voz alta.

– Kate, hija, no hables así -dijo Helen-. ¿Podría ver a mi madre? -preguntó con voz insegura a la mujer que estaba en el mostrador.

– Por supuesto que puedes -respondió Kate-. No preguntes, sólo saben decir que no.

Una anciana sin dientes soltó una risotada.

– Es buena, ¿eh? -dijo a Helen-. Tiene más agallas que el resto de nosotros juntos. Debería estar orgullosa.

Helen sonrió con nerviosismo y siguió a Kate hasta el cubículo de Jilly.

Kate se despertó sobresaltada. Tenía la cabeza apoyada en el regazo de su madre. Ella también se había dormido con la cabeza apoyada en el hombro de Jim. Kate miró el reloj, eran más de las seis.

Se sentó y después fue al cubículo. Por favor, por favor, que ya no estuviera.

Sí estaba. Seguía allí, muy despierta, y afiebrada.

– ¡Kate! Oh, creía que os habíais marchado.

– No nos hemos marchado, abuela. Lo siento. ¿Cómo estás?

– Duele -dijo Jilly-. Duele muchísimo. ¿Puedes volver a pedirme un analgésico? No podré soportarlo mucho rato más. ¿Y podrías traerme otra taza de té, Kate?

A las diez todavía no había ninguna cama libre. Kate estaba deprimida en Urgencias, mordiéndose las uñas. Aquello era increíble. Estaba agotada: ¿cómo se sentiría su abuela? Se paseó por la sala, con los brazos cruzados, esforzándose por no gritar. Su madre estaba en el cubículo, angustiada. Su padre había ido a dar una vueltecita, según había dicho. No soportaba los hospitales.

Alguien se había dejado un periódico. Kate lo recogió distraídamente. Era el Sketch. Había un gran artículo en la página interior sobre una anciana que había estado en una camilla de hospital sin comer ni beber durante doce horas y había muerto. Era una vergüenza, decía el Sketch, que esas cosas sucedieran en un país que era pionero de la seguridad social. La hija de la anciana decía que demandaría al hospital, al médico y a la seguridad social.

Al menos tenían agallas, pensó Kate. No se limitaban a decir sí doctor, no doctor, a la mierda doctor.

Aquello era horrible. ¿Qué podía hacer? ¿Quién podía ayudarla?

Y entonces se acordó de la simpática médico de su abuela. La que había ido a la tienda el otro día. Seguro que ella podría hacer algo.

Fue al cubículo donde Jilly dormitaba agitada.

– ¿Abuela?

– ¿Sí? -Se despertó de golpe.

– Abuela, ¿cómo se llama tu doctora? Aquella que vino el otro día a la tienda.

– Ah, la doctora Scott. Sí. Es muy simpática.

– ¿Tienes su teléfono? He pensado que podía llamarla. A ver si puede ayudarnos.

– Está en mi agenda. En mi bolso. -Su voz era un poco pastosa-. Pero es domingo, no vendrá. ¿Qué podría hacer ella?

Kate se encogió de hombros.

– No lo sé, pero puedo intentarlo.

Salió a la calle y llamó a la consulta.