"Reencuentro" - читать интересную книгу автора (Vincenzi Penny)Capítulo 10 – ¿Qué? ¿Vamos a un chino? Mi madre me ha dado dinero. – Qué suerte tienes, Sarah -dijo Kate, envidiosa-. Nadie te da la lata todo el día para que hagas los deberes y arregles la habitación o bajes la música. Y puedes comer donde te da la gana. Nosotros tenemos que sentarnos cada noche a la mesa, y conversar educadamente. Es un asco. Mi padre lo llama comunicarse. ¡No fastidies! No sabe lo que significa esa palabra. – Sí, bueno, a veces está bien -dijo Sarah-. Otras no tanto. Como tener que cuidar de los pequeños a menudo. Mi madre no está nunca en casa por las noches. – ¿Adónde va? – Sale. Cuando acaba en el pub. A tomar una copa. A un club. – ¡A un club! ¿A su edad? – Ya lo sé. Es patético. Y también se queda en casa de Jerry a menudo. – ¿Con el tío de la moto? – Sí, es su novio. ¿No lo sabías? – La verdad es que no. -Kate lo digirió en silencio-. ¿Crees que ellos…? – Sí, por supuesto -dijo Sarah-. ¿Qué crees tú que hacen? – No lo sé… -contestó Kate. Miró a Sarah en silencio un momento y añadió-: Tú no lo has hecho todavía, ¿no? – No, claro que no. Pero lo estoy pensando. – ¿Con Darren? – Sí, es el adecuado. – Pero… ¿para qué? ¿Por qué? – Porque me apetece -dijo Sarah-. Al menos creo que me apetece. La mitad de la clase lo ha hecho. Empiezo a sentirme marciana. ¿Tú no? – No -dijo Kate con firmeza-. Yo no. – ¿Aunque al final te enrolles con Nat Tucker? – ¡Ni hablar! Nat Tucker iba un curso por delante de ellas y había sido objeto del deseo de muchas chicas. Era alto, moreno y, aunque no era demasiado guapo y a veces le salían granos, era muy sexy. Había dejado la escuela y trabajaba de aprendiz en el taller de su padre; se había comprado un coche con el que paseaba por el barrio, con la música a todo volumen, y un brazo colgando fuera de la ventanilla, sosteniendo un cigarrillo. Le había dicho a Kate un par de veces que la llevaría a dar una vuelta, pero hasta entonces no lo había hecho. – Escucha -dijo Kate-, he tenido otra idea. Había visto un anuncio en un periódico local. «Agencia de detectives privados -decía-. Investigaciones de empresa, matrimonios, personas desaparecidas, etc. Discreción y confidencialidad.» Y después las palabras mágicas: «Si no obtenemos resultados no cobramos». Valía la pena intentarlo. Con la voz temblorosa, Kate había llamado a la agencia. Una mujer de voz alegre y despreocupada atendió la llamada. – ¿Sí? – Quiero hablar con alguien para encontrar a una persona. Por favor. – Sí. ¿Puede decirme algo más? ¿Se trata de un familiar? – Sí. Un familiar. Quiero… encontrar a… a mi… -Se interrumpió. Por Dios, cómo le costaba siempre decirlo-. A mi madre -dijo con voz firme. – Ya. -La voz continuaba siendo tranquila-. Bien, haremos todo lo posible. Pero antes de seguir adelante, debo saber algunos detalles. – No… no sé su nombre. Ningún nombre… – Eso lo hace más difícil, pero no imposible. Hemos resuelto casos parecidos. Llovía, era un día gris y deprimente. A Kate, de repente, le pareció que había salido el sol. – ¿Puede darnos alguna idea de su situación, de dónde podría estar? Se avecinaron algunas nubes. – No. Ninguna idea, lo siento. – Bien, ¿tiene algún punto de partida? Por ejemplo, ¿dónde nació usted? ¿Y cuándo? – Oh, sí. -Eso era fácil. Muy fácil-. Nací en el aeropuerto de Heathrow. El 15 de agosto de 1986. Un largo silencio y después: – ¿En el mismo aeropuerto? – Pues sí. Y entonces ella… El caso es que me encontraron poco después. – Creo que debería venir a vernos. Es evidente que tenemos que hablar de esto con calma -dijo la voz. Sarah se ofreció a ir con ella, pero Kate pensaba que debía ir sola. – Parece más… más adulto. Fue al día siguiente, después de la escuela. La oficina estaba encima de una joyería, y era bastante lujosa, no miserable, como esperaba Kate, y el señor Graham tampoco era el vejestorio tristón que había imaginado. Era apuesto, bastante guapo y bien educado. Era bastante mayor, pensó, pero no tanto como sus padres, probablemente rondaba los cuarenta. Le ofreció una taza de café espantoso y le pidió que le explicara lo que quería. Después de cinco minutos, el señor Graham levantó una mano. – Veamos. Es posible que pudiéramos encontrarla, a tu madre… – ¿Podrían? ¡Oh, Dios mío! Le dijo cosas que la animaron: que sabían dónde había nacido, el hospital al que la habían llevado, que los rastros podían recuperarse incluso cuando parecían fríos. Era como un maravilloso cuento de hadas. Y entonces llegó el golpe: que no podían hacerlo sin cobrar. Que sería un trabajo a largo plazo, con una gran inversión de tiempo. Quería al menos un adelanto de trescientas libras. Kate se sintió fatal: la seductora y brillante visión de que le entregaban a su madre se desvaneció lentamente. – Mira -dijo Richard Graham, que no era mala persona-. Habla con tus padres, con los que te adoptaron. A ver si pueden ayudarte. Y diles que vengan contigo. Era imposible que sus padres pagaran trescientas libras. No para eso. Le dirían que todo era muy endeble, le advertirían que acabaría siendo mucho más dinero, y que alguien de la Organización Nacional de Asesoramiento a Adoptados y Padres la ayudaría gratis cuando cumpliera los dieciocho. Cuando cumpliera los dieciocho. Faltaban más de dos años. Se sintió fatal. Era como si le hubieran dicho que su madre estaba a la vuelta de la esquina y que, si se apresuraba, aún la atraparía. Pero alguien la sujetaba en la calle y no podía moverse. ¡No era justo! ¡No era justo! |
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