"Reencuentro" - читать интересную книгу автора (Vincenzi Penny)Capítulo 7 Tal como (o eso dicen algunos) la actividad real de la Cámara de los Comunes no se encuentra en la cámara de debate sino en las salas de las comisiones, los pasillos y los salones, los negocios reales en los congresos políticos de los partidos no se realizan en la sala de conferencias ni en la plataforma, sino en los bares o en el sinfín de reuniones marginales que se celebran durante el día. Se disimulan sin demasiado entusiasmo como grupos de discusión, están patrocinadas por asociaciones no desinteresadas, y los que remueven y agitan a los partidos y los grupos de presión se trasladan de hotel en hotel, de salón en salón, desde el desayuno hasta bien entrada la noche, aireando y compartiendo puntos de vista con la prensa y con miembros interesados de los partidos del distrito. Con gran enfado de los organizadores del partido, las reuniones marginales suelen llenar muchas más columnas en la prensa que los aburridos discursos desde el podio. También hay mucho sexo. Un ambiente cargado de adrenalina, el poder y la intriga al descubierto y la embriagadora liberación de las limitaciones del día a día son, como escribió Nick Marshall en una ocasión, más poderosos que un océano lleno de ostras. Aquel otoño, en el congreso del Partido Conservador en Bournemouth, donde Iain Duncan Smith dio su primer discurso deslucido a los fieles del partido, y una encuesta de You Gov mostró que sólo el tres por ciento del electorado había reconocido a muchas de las denominadas nuevas estrellas, se celebró una reunión marginal muy concurrida y deslumbrante. La penúltima noche, en una velada subvencionada por Gideon Keeble, el empresario de cadenas de tiendas billonario, se había planteado la pregunta del estado niñera y su siniestro y creciente poder sobre la familia. Entre los oradores estaban el carismático y muy televisivo lord Collins, profesor de psiquiatría infantil en Cambridge, la televisiva consultora sentimental Victoria Ranysnford y Janet Frean, quien, además de ser una prominente conservadora, tenía la relevante distinción de ser madre de cinco hijos. Chad Lawrence también había asistido y había hablado de forma apasionada en el consiguiente debate. La reunión había ocupado casi todos los titulares del día siguiente. El departamento de imagen estaba furioso. – Y la gente no para de felicitar a Janet -había dicho Nick a Jocasta durante el desayuno-. Se diría que tiene a Keeble de su parte. Ese Gideon es un hombre muy influyente. Influyente y rico. Justo lo que se necesita. – ¿Para el nuevo partido? – Claro. A principios de esa misma semana, se había celebrado otra importante reunión marginal, patrocinada por el banco AngloWelsh, sobre la brecha económica del país. Jack Kirkland, portavoz de economía de la oposición, habló con vehemencia de sus orígenes tristemente pobres, de su heroica «lucha por ascender», no sólo por huir de aquel mundo, «sino para elevarse por encima de él», y de la necesidad de lo que llamamos una «inversión sincera en las personas», «no sólo otra inyección de dinero, sino una distribución cuidadosa y cohesiva» Eso le valió muchos centímetros de columna: y con razón, dijo Nick. – Es un orador magnífico de verdad. Llega al corazón de las personas. Será un portavoz maravilloso para el nuevo partido. – Va a ser verdad, entonces. – Yo creo que sí. Es muy emocionante. A Jocasta, que tenía una resaca espantosa, le resultó difícil emocionarse. Nick le sonrió. – Pareces… cansada. Pero tengo que marcharme. ¿Qué vas a hacer? – Me vuelvo a la cama. Jocasta estaba muy contenta de haber ido. Por horrible que hubiera sido ver a Duncan Smith en su primera conferencia, había sido toda una experiencia. Se había quedado atónita ante su falta de ideas, de carisma, con su actuación de aficionado -al fin y al cabo, los congresos no eran más que actuaciones- e incluso con la capa de maquillaje que llevaba en la calva. Se encontró con Nick a la hora del almuerzo en una cafetería cercana a la oficina de prensa. Según él, había sido una mañana de un aburrimiento apabullante. – Deberías haberte quedado conmigo -dijo ella, mordisqueando un bocadillo de lo más soso. – Ojalá hubiera podido. La verdad es que no he parado de pensar en ti mientras ésos parloteaban. Ahora me falta escribir un último artículo y cuando acabe iré a buscarte. – ¿Qué? ¡Nick, llevo todo el día esperándote! ¿No puedo quedarme contigo en la sala de prensa? – Puedes, pero no habrá nadie con quien puedas hablar. Todos están acabando sus trabajos o atendiendo la sesión final y cantando «Tierra de esperanza y gloria». Jocasta se estremeció. – Iré de todos modos. Jocasta le siguió a la sala de prensa, llena de mesas equipadas con ordenadores y teléfonos, y pantallas de televisión continuamente conectadas con lo que sucedía en la sala de conferencias. Nick ya estaba mirando absorto la pantalla, muy lejos de ella. Jocasta suspiró. La trataba como a una mujercita, que no debía cansar su bonita cabeza con cosas complicadas como la política. Decidió dar un paseo. Dio una vuelta por la zona más bien desolada que llevaba a la sala de conferencias principal, donde ya estaban desmontando los stands. Todos parecían cansados. La verdad es que se sentía fatal. La noche anterior, el Sketch había dado una fiesta y ella se había emborrachado y había acabado bailando con un periodista del Sun, un cámara de Canal 4 y alguien de un programa de Today. Tenía la esperanza de que Nick la viera y se pusiera celoso, pero cada vez que le miraba estaba conspirando con hombres de aspecto horrible. Al menos parecían horribles desde donde estaba ella. Cuando al fin terminó cayéndose, o más bien había tropezado, uno de ellos se había acercado con Nick para ayudarla a levantarse y acompañarla a una mesa. Era un hombre bastante agradable, a su estilo de mediana edad. Estaba claro que debía dejar de beber tanto. Debía… – ¿Se encuentra mejor hoy? La voz y la sonrisa penetraron de una manera brumosa en su conciencia. Era Chad Lawrence. – Sí. Sí, gracias. Estoy bien -dijo enseguida. – Me alegro. Ayer se dio un buen batacazo. Creía que esta mañana estaría dolorida. Ella le miró despistada. – ¿Fue usted quien me ayudó? – No, fue Gideon Keeble. – ¿Qué? ¿Gideon Keeble, el magnate de las tiendas? – El mismo. – ¡Oh, no! – Le dio las gracias con mucho encanto.Y también le besó con mucho cariño. – ¡Dios mío! -La cosa se ponía peor-. Fue culpa de los tacones, eran demasiado altos. – Por supuesto. Pero una monada. Me refiero a los zapatos. ¿Se divirtió en la fiesta? Aparte del golpe, claro. – Sí, fue divertido. ¿Y usted? – Oh, sí, supongo que sí. Pero han sido demasiadas fiestas para una semana. Me apetece volver a casa. – A mí también. Éste no es mi sitio favorito en el mundo. Aunque… -Se interrumpió. Al otro lado del vestíbulo vio la horrible figura familiar de Gideon Keeble seguida de un lacayo de hotel empujando un carrito de maletas: al menos cuatro, una bolsa Gladstone, una bolsa de avión y una maleta con ruedas, todas ellas (aparte de la Gladstone, que era vieja y de piel) de Louis Vuitton, como era de esperar. ¡Qué tontería! ¿Quién necesitaba tanto equipaje para cuatro días? Jocasta estaba a punto de largarse con discreción cuando Chad llamó a Keeble. – ¡Hola, Gideon! Esperaba poder verte. Te acordarás de nuestra amiga de anoche. Me estaba contando lo agradecida que te estaba por tu inestimable ayuda en la pista de baile, anoche, cuando se le rompió el tacón. Jocasta miró distraídamente a Gideon Keeble. Era muy alto, medía metro noventa, y robusto, aunque no gordo. Estaba bronceado y parecía en plena forma, como si se pasara la vida al aire libre, y desprendía una energía contagiosa. No era exactamente guapo, pero tenía unos ojos azules grandes y brillantes, y los cabellos oscuros y ondulados eran de la medida exacta que le gustaba a Jocasta, un poco más largos de lo que dictaba la moda, y salpicados de gris. – Sí. Sí, es verdad -dijo sin poder evitar la situación-, muy agradecida. Gracias. – Fue un placer. -Tenía un ligero acento irlandés y su sonrisa era cálida y luminosa-. ¿El zapato está demasiado herido para que lo curen? – Oh, no, no lo creo. Espero que no. – ¿Adónde demonios vas con tanto equipaje, gran farsante? -preguntó Chad. – A Estados Unidos, dos semanas. Te llamaré cuando vuelva. – Perfecto. Esperaré tu llamada. Adiós. – Adiós. Y a usted también, Jocasta. He de decirle que disfruto mucho con sus artículos. – ¿Los ha leído? – Por supuesto. Considero mi obligación leer todo lo que pueda. Sobre todo me gustó el artículo de la semana pasada sobre la chica del hotel de Bournemouth. La que decía que los únicos que le habían dado las gracias de verdad por lo que había hecho por ellos, en cinco años de congresos, habían sido Maggie y los Prescott. Suena a programa de televisión, ¿no? Maggie y los Prescott. Alguien debería encargar ese programa. En fin, era excelente. Su artículo, quiero decir. – Gracias -dijo Jocasta, sonriendo-. Viniendo de usted es un gran cumplido. – Se lo merece. Es una chica lista -añadió-. Y Nicholas es un hombre afortunado. Anoche mismo le decía que debía hacer de usted una mujer honrada. Los ojos azules centellearon. Estaba flirteando con ella. Eso sí subía la moral. Porque era muy atractivo. – Ojalá -dijo ella, riendo. Pero el corazón se le encogió de golpe. Se preguntó qué habría dicho Nick. Si pudiera preguntárselo… Pero no podía. Aunque podía imaginárselo. – Creo que me prefiere deshonesta -dijo, intentando darle un tono frívolo. – Pues está loco. Oh, veo que mi chófer parece muy estreñido. Más vale que me marche. Adiós a los dos. – Es simpático -dijo Jocasta viendo cómo se alejaba. Se sentía un poco tonta. – Pero no se deje engañar -dijo Chad Lawrence-. Ese encanto es muy peligroso. Y su mal genio es legendario. Permita que la invite a un café o una copa. Jocasta estaba de mal humor e irritable cuando llegaron a Londres: Nick se había pasado todo el viaje con un corrillo de periodistas del Sketch, emborrachándose a conciencia. – Bueno -dijo Nick cuando bajaron del tren-, parece que están decididos. Está en marcha. – ¿Hacia dónde? -preguntó ella desorientada. – El nuevo partido. Ahora tienen fondos; Keeble ha aportado un par de millones y Jackie Bragg se va a presentar con una cantidad obscena. Ya la conoces, ¿no? – Oh, sí -dijo ella-. La inteligente Jackie. Jackie Bragg acababa de sacar su muy exitoso invento a bolsa. Hair's to You mandaba una flota de estilistas de alto standing por las oficinas a cualquier hora del día para peinar a las mujeres y los hombres ejecutivos, demasiado ocupados para dejar sus mesas. Hacía cinco años era directora de una pequeña fábrica, con un jefe que se quejaba de que ella no tuviera tiempo para ir a la peluquería. Ahora salía en la lista de ricos del Sunday Times con un segundo proyecto a punto (lo mismo pero diferente, era lo que solía decir). – La misma. Y los dos son buenos nombres comerciales sobre todo cuando se trata de la ofensiva del encanto. Hablo del nuevo partido, claro. – Creía que a estas alturas ya tendrían un nombre -dijo Jocasta. – Pues no lo tienen. A mí no se me ocurre. Si tú puedes, seguro que te nombrarán lady cuando lleguen al poder. Ah, ¿no te lo he dicho? El editor está convencido de que es buena idea. Chad le ha invitado de caza un fin de semana y como él y Keeble son colegas. Y… – Nick, todo esto es muy interesante, pero estoy agotada. Creo que me iré directamente a casa -dijo, esperando que él se lo discutiera, pero él le dio un besito en la mejilla y asintió: – Claro, cariño, pareces exhausta. Llámame mañana. Jocasta le miró con fijeza. – ¡Nick! – ¿Qué? – Nick, no puedo creer que hayas dicho eso. – ¿Decir qué? – Lo que acabas de decir. Él la miró. – Perdón, pero no entiendo nada. Creía que habías dicho que querías irte a Clapham. – Lo he dicho. Pensaba que querrías venir conmigo. Oh, qué más da. Tenía ganas de llorar; de llorar o de pegarle un puñetazo. – Jocasta… – Nick, he ido a Blackpool para estar contigo. – Eso no es cierto -dijo él sin acritud-. Tenías que informar de la fiesta. – Podría haberlo hecho cualquiera. Lo solicité especialmente…, hay que ser estúpida. Pero no se trata de eso. – Sí se trata de eso. Jocasta, lo siento si te he disgustado, pero de verdad que… – Oh, cállate, por favor. -No sabía por qué se sentía tan hostil, pero así era. Él la miró. – De acuerdo. Me callaré. Adiós. Se alejó de ella, y su cuerpo desgarbado se perdió entre la multitud, siempre con el móvil pegado a la oreja. Era necesario que aclararan las cosas, no podían seguir así. Había sucedido ya demasiadas veces. La trataba como si ella fuera una novia cualquiera que le gustaba un poco, y que estaría increíblemente agradecida si él le proponía que pasaran la noche juntos. Jocasta se sentía utilizada, descuidada e infravalorada. No dejaba de oír las palabras de Gideon Keeble: «Debería hacer de usted una mujer honrada». No quería que hicieran de ella una mujer totalmente honrada. No con un anillo de boda. De momento no, al menos. Sin embargo, Nick podría dar un paso, comprometerse con ella, proponer que vivieran juntos. Se durmió por fin hacia las cuatro, y pasó el día como pudo, esperando a que él la llamara de un momento a otro. Lo hizo, sobre las cinco y media. – Llegaré muy tarde. Lo siento. Un gran debate sobre seguridad. – Por mí estupendo -le comentó Jocasta, y colgó el teléfono. Pasó una tarde larga y triste, y otra noche pésima, y se despertó el sábado con la cabeza a punto de estallar. Fue a dar un paseo y dejó a propósito el móvil en casa. Cuando volvió a media mañana, él había llamado y había dejado un mensaje en su contestador. – Hola. Soy yo. ¿Quieres que quedemos? Tengo ganas de verte. Ella le llamó al móvil. Estaba puesto el contestador. – Sí -dijo-. Tenemos que hablar. Nick llegó con una botella de vino tinto y unas flores que estaba claro que procedían de un supermercado, y cuando la besó lo hizo con sumo cuidado. – Hola. -Le dio las flores-. Para ti. – Gracias. ¿Te apetece un café? – Me encantaría. Jocasta, ¿de qué tenemos que hablar? – De mí, Nick. De eso tenemos que hablar. ¿Quieres decirme exactamente adónde crees que vamos? – Bueno, hacia delante, creo. – Y… ¿juntos? – Bueno, es evidente. – ¿Y eso qué significa? – Significa que te quiero… – ¿Me quieres? – Jocasta, sabes que sí. – No lo sé -dijo ella-, francamente. ¿Qué has hecho para que yo lo sepa? Nick, llevamos juntos dos años y medio y no hemos pasado juntos ni unas vacaciones. – Bueno -repuso él con ecuanimidad-. Yo no soporto el sol. Tú odias el campo. ¿Qué íbamos a hacer? – Nick, no se trata de las vacaciones. Se trata de nuestra vida. Ya lo sabes. De planificar un futuro juntos. De estar juntos siempre, no sólo cuando conviene. Decir: sí, Jocasta, quiero estar contigo. Como Dios manda. – Prefiero estar contigo como Dios no manda -dijo, acercándose a ella para besarla. – No intentes encandilarme, por favor, Nick. Ya estoy harta. Quiero que digas o hagas algo que… que… Quiero que te comprometas conmigo -dijo-. Quiero que digas… -Se calló. – ¿Que diga qué? – Te diviertes, ¿no? -dijo, con la voz más aguda por la impotencia-. Te divierte verme sufrir, te divierte verme decir cosas que… que… – Jocasta -dijo él, de repente con una voz más amable-. No me divierto en absoluto. Me pone muy triste verte tan disgustada, pero si quieres que me arrodille y te pida que seas la señora Marshall, no puedo hacerlo. Todavía no. Aún no me siento preparado. – No -dijo ella con tristeza-, no, eso es evidente, pero, Nick, tienes treinta y cinco años. ¿Cuándo vas a tener ganas? – No lo sé -contestó él-. La mera idea me aterroriza. No me siento bastante centrado, no me siento lo bastante bien situado económicamente, no me siento… – ¿Bastante maduro? -dijo ella, con un tono rebosante de ironía. – Sí, supongo que es eso. Lo siento, pero es así. De repente Jocasta se sintió agotada. – Jocasta -dijo él con cariño. Le puso una mano en el brazo-. Lo siento. Ojalá… Ella le interrumpió en un acceso de rabia y desesperación. – Oh, ¿quieres callarte de una vez? Deja de decir que lo sientes cuando sabes perfectamente que no es verdad. -Estaba llorando, dolida en lo más profundo-. Vete, ¿por qué no te vas? Vete y… – Pero… pero ¿por qué? -La voz de Nick era de verdadero desconcierto-. Nos encanta estar juntos. Y yo te quiero, Jocasta. Es una lástima para ti que yo sea un inmaduro con fobia al compromiso. Pero estoy madurando. Tiene que haber esperanza. Mientras tanto, ¿por qué no podemos seguir como hasta ahora? ¿O es que hay otro? ¿Es eso lo que intentas decirme? – Por supuesto que no -dijo ella, sorbiendo por la nariz, y cogiendo el pañuelo que él le tendía-. Ojalá lo hubiera. -Logró esbozar una pequeña sonrisa. – Pues yo no pienso igual. Y en mi caso no hay nadie más. No podría haberla. Después de ti, no. Por favor, Jocasta, dame un poco más de tiempo. Me esforzaré por madurar. Te quiero, te lo prometo -dijo-, yo te quiero. Lo siento si no lo he dejado bastante claro. ¿Por qué no nos echamos un rato y nos recuperamos? Pero durante el sexo que siguió, por agradable y apaciguador que fuera, por cariñoso y tierno que fuera Nick, que esperó a que ella estuviera a punto, mucho tiempo, a que se tranquilizara y se ablandara debajo de él, manipulando su cuerpo de la forma que sabía hacer tan bien, para que alcanzara el placer, incluso cuando sintió que se acercaba el clímax, que crecía y se esparcía convirtiéndose en un alivio estrellado y penetrante, seguía sintiéndose desconfiada y dolida. Echada al lado de él, mientras él le acariciaba el pelo y la miraba a los ojos sonriendo, supo que, por mucho que dijera que la quería, no era suficiente. Y que de nuevo ella amaba más a alguien de lo que ese alguien la amaba a ella. |
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