"Rudy Rucker - Software" - читать интересную книгу автора (Rucker Rudy)

esperaba para pagar. El sexo parecía ser cada vez más extravagante. Observó entonces
al hombre que tenía delante, que llevaba un sombrero azul con una malla de plástico.
Si Cobb se concentraba en el sombrero podía ver un cilindro irregular de color azul.,
pero si miraba a través de los agujeros de la malla podía ver la suave curva de la cabeza
calva que cubría. Nariz descarnada y cabeza de bombilla agarrando su cambio. Un
amigo.
-Eh, Farker.
Farker terminó de reunir las monedas y se volvió. Echó un rápido vistazo a la botella.
-La Hora Feliz se ha adelantado hoy -le dijo con tono de reproche.
A Farker le preocupaba Cobb.
-Es viernes. Colguéame esto.
Cobb tendió el periódico a Farker.
-Siete con ochenta y cinco -dijo la cajera a Cobb.
Llevaba el pelo blanco rizado y salpicado de flores. Exhibía un espléndido bronceado.
Su piel tenía el agradable aspecto de algo usado y aceitoso.
Cobb se sorprendió. Ya tenía la cantidad exacta en la mano.
-Me parece que son seis con cincuenta.
Una retahíla de números bailó en su cabeza.
-Me refiero a mi apartado -dijo la cajera con un gesto brusco-. En el Besa y Habla.
Sonrió con coquetería y tomó el dinero de Cobb. Se sentía orgullosa de su anuncio del
mes. Se había hecho la foto en un estudio especializado.
Una vez fuera, Farker le devolvió el periódico a Cobb.
-No puedo mirar esto, Cobb. Todavía soy un hombre felízmente casado, gracias a Dios.
-¿Quieres un cacahuete?
-Gracias.
Farker extrajo una esponjosa cáscara de la bolsa. Como no había forma de que sus
viejas, temblorosas y pecosas manos pudieran pelar el cacahuete, se lo llevó a la boca
entero. Al cabo de un minuto escupió la cáscara.
Caminaron hacia la playa, comiendo cacahuetes pastosos. Iban sin camisa, sólo con
tos pantalones cortos y sandalias. El sol de la tarde caía agradablemente sobre sus
espaldas. Un silencioso camión del Señor Helado les adelantó.
Cobb rompió el precinto de su botella marrón oscuro y tomó un sorbito. Le habría
gustado recordar el número del apartado que la cajera acababa de indicarle. Ya no era
capaz de memorizar los números. Cualquiera diría que había sido un experto en
cibernética. Su memoria retrocedió hacia sus primeros robots y cómo habían aprendido a
independizarse...
-La entrega de comida se ha retrasado otra vez -estaba diciendo Farker-. Y dicen que
ha surgido un nuevo culto dedicado al asesinato en Daytona. Les llaman los Pequeños
Bromistas.
Se preguntó si Cobb le escuchaba. Cobb estaba justo ahí, con los ojos vacíos e
inexpresivos y un amarillento reguero de jerez cayéndole por el espeso bigote.
-Entrega de comida -dijo Cobb, regresando bruscamente al presente. Tenía un modo
especial de reintegrarse a una conversación, que consistía en repetir en voz alta la última
frase que había oído-. Aún me queda una buena provisión.
-Pero no dejes de probar un poco de la nueva comida cuando llegue -le previno Farker-
. Por las vacunas. Le diré a Annie que te lo recuerde.
-¿Por qué está todo el mundo tan interesado en seguir vivo? Abandoné a mi esposa y
vine aquí a beber y morir en paz. No puede esperar que la eche a patadas. Entonces,
¿por qué...?
La voz de Cobb enmudeció. El centro de la cuestión era que la muerte le aterrorizaba.