"La justicia de Selb" - читать интересную книгу автора (Schlink Bernhard, Popp Walter)

10. RECUERDOS DEL ADRIÁTICO AZUL

Cuando volví a la sala todos estaban en retirada. Al pasar la señora Buchendorff me preguntó cómo pensaba ir a casa, puesto que evidentemente no podía conducir con aquel brazo.

– Antes he venido en taxi.

– Le llevo con mucho gusto, y además somos vecinos. ¿En un cuarto de hora en la salida?

Las mesas estaban vacías, se formaban y se disolvían grupos de gente de pie. La pelirroja tenía todavía dispuesta una botella, pero todos habían bebido ya suficiente.

– Hola -le dije.

– ¿Le ha gustado la recepción?

– El buffet ha estado bien. Me sorprende que todavía sobre algo. Pero aprovechando que sobra, ¿podría encargar para mí una bolsita para mi picnic de mañana?

– ¿Para cuántas personas sería? -Esbozó una reverencia irónica.

– Si tiene usted tiempo, para dos.

– Oh, no es posible. Pero a pesar de todo encargaré que le preparen un paquete para dos. Un momento. -Desapareció por las puertas oscilantes. Cuando reapareció, llevaba un cartón grande-. Tenía que haber visto usted la cara de nuestro cocinero jefe. He tenido que decirle que usted es raro, pero importante. -Rió entre dientes-. Como ha estado comiendo con el señor director general, ha puesto también una Forster Bischofsgarten cosecha tardía.

Cuando la señora Buchendorff me vio con el cartón, enarcó las cejas.

– He empaquetado a la experta china en seguridad. ¿Ha visto usted lo pequeña y delicada que era? El jefe de la delegación no la hubiera dejado marcharse conmigo.

Con ella sólo se me ocurrían bromas estúpidas. Si me hubiera ocurrido eso treinta años antes, habría tenido que confesarme que estaba enamorado. Pero ¿qué pensar de ello a una edad en que ya no me enamoro?

La señora Buchendorff conducía un Alfa Romeo Spider viejo sin el desagradable spoiler trasero.

– ¿Cierro la capota?

– Normalmente voy en moto en bañador, incluso en invierno. -Las cosas se ponían cada vez peor. Para colmo además se produjo un malentendido, puesto que se disponía a cerrar la capota. Y todo porque no me había atrevido a decir que para mí no hay cosa más bella que viajar en una noche tibia de verano al volante de un Cabriolet con una mujer hermosa-. No, déjelo, señora Buchendorff, me gusta viajar en un deportivo abierto en las noches tibias de verano.

Pasamos por el puente colgante nuevo, bajo nosotros el Rin y el puerto. Miré hacia arriba, al cielo y a los cables. La noche era clara y estrellada. Al doblar desde el puente y antes de sumergirnos en las calles, por un momento Mannheim, con sus torres, sus iglesias y sus bloques de vivienda elevados, se ofreció ante nosotros. Tuvimos que esperar en un semáforo; una moto pesada se detuvo junto a nosotros. «Venga, seguimos hasta el Adriático», gritó la muchacha desde atrás junto al casco de su amigo para hacerse oír por encima del ruido del motor. En el cálido verano de 1946 fui a menudo al lago artificial, resultado de unas excavaciones, al cual los habitantes de Mannheim y Ludwigshafen le han dado el nombre de Adriático por su nostalgia del sur. Entonces mi mujer y yo todavía éramos felices, y yo disfrutaba del sentimiento de solidaridad, de la paz y de los primeros cigarrillos. Así que todos iban siempre allí, hoy es más rápido y más fácil, después del cine para darse un breve chapuzón. No habíamos hablado en todo el viaje. La señora Buchendorff había conducido con rapidez y concentración. Ahora encendía un cigarrillo.

– El Adriático azul…, cuando era pequeña fuimos allí algunas veces con el Opel Olympia. Llevábamos café de malta en el termo, chuletas frías y además un tarro de conservas con natillas. Mi hermano mayor era lo que se llamaba un gamberro; con su Victoria Avanti ya andaba por su cuenta. Entonces empezó la moda de los chapuzones nocturnos. Todo me resulta tan idílico, cuando pienso en ello ahora, pero de niña siempre sufría durante aquellas excursiones.

Habíamos llegado ya frente a mi casa, pero yo quería saborear todavía un poco la nostalgia que nos había embargado a los dos.

– ¿Por qué sufría?

– Mi padre quería enseñarme a nadar, pero no tenía paciencia. Dios mío, la de agua que tragué yo entonces.

Le agradecí que me hubiera llevado a casa.

– Ha sido un hermoso paseo nocturno.

– Buenas noches, señor Selb.