"La justicia de Selb" - читать интересную книгу автора (Schlink Bernhard, Popp Walter)9. SE METE LA MANO EN EL ESCOTE A LA ECONOMÍAEn el foyer estaba Schmalz. – ¿Cómo le va a su hijo? – Bien, gracias, después me gustaría hablar con usted y darle las gracias. De momento no puedo ausentarme de aquí. Subí la escalera y entré en el Gran Salón por la puerta de dos hojas, que estaban abiertas. Se habían formado pequeños grupos, las camareras y los camareros servían champán, zumo de naranja, champán con zumo de naranja, campari con zumo de naranja y campari con agua mineral. Estuve vagando un poco de un lado a otro. Era como en todas las recepciones antes de que se pronuncien los discursos y de que se abra el buffet. Busqué caras conocidas y encontré a la pelirroja de las pecas. Nos sonreímos. Firner me llevó a un grupo y me presentó a tres chinos cuyos nombres formaban combinaciones variables de San, Yin y Kim, así como al señor Oelmüller, jefe del centro de cálculo. Oelmüller intentaba explicar a los chinos lo que es la protección de datos en Alemania. No sé qué les hacia gracia de ello, en todo caso se reían como chinos de Hollywood en la versión cinematográfica de una novela de Pearl S. Buck. Luego empezaron los discursos. Korten fue fulminante. Pasó de Confucio a Goethe, se saltó la revuelta de los bóxer y la revolución cultural y mencionó la antigua filial de la RCW en Kiaocheu tan sólo para hacerles a los chinos el cumplido de que el último director de filial había aprendido de ellos un procedimiento nuevo de fabricación de azul de ultramar. El jefe de la delegación china contestó con no menor habilidad. Habló de sus años de estudiante en Karlsruhe, se inclinó ante la cultura y la economía alemanas desde Böll hasta Schleyer, tocó aspectos técnicos que no entendí y terminó con la cita de Goethe de que «Oriente y Occidente ya no pueden ser separados». Tras la alocución del presidente de Renania-Palatinado un buffet menos soberbio también habría tenido efectos carismáticos. En la primera ronda elegí ostras al azafrán en salsa de champán. Por suerte había mesas. No puedo soportar las recepciones en que hay que estar de pie: te pasas el rato haciendo malabarismos con el cigarrillo, el vaso y el plato, cuando en realidad deberían darte de comer. En una mesa divisé a la señora Buchendorff y una silla libre. Tenía un aspecto cautivador con su traje de seda cruda y color de anilina. No faltaba ningún botón de la blusa. – ¿Puedo sentarme a su lado? – Tendrá que coger una silla, a menos que ya quiera sentar en sus rodillas a la china experta en seguridad. – Dígame, ¿se han enterado los chinos de la explosión? – ¿De qué explosión? En serio ahora, ayer estuvieron primero en el castillo de Eltz y luego probaron el nuevo Mercedes en las pistas de Nürburgring. Cuando volvieron ya había pasado todo, y la prensa aborda hoy la cuestión básicamente desde el lado meteorológico. ¿Cómo va su brazo? Es usted algo así como un héroe, lástima que eso no haya podido salir en los periódicos; hubiera dado para una bonita historia. La china apareció. Tenía todo lo que hace que un alemán sueñe con asiáticas. Me fue imposible averiguar si realmente era la experta en seguridad. Pregunté si en China existían detectives privados. – No plopiedad plivada, no detectives plivados -contestó, y preguntó si en la República Federal de Alemania había también detectives privadas. Esto condujo a consideraciones sobre el languideciente movimiento feminista-. He leído casi todo los liblos que han apalecido en Alemania soble las mujeles. ¿Cómo es que los hombles en Alemania escliben liblos soble mujeles? Un chino peldelía su leputación. -China, qué fericidad. Un camarero me transmitió la invitación a acercarme a la mesa de Oelmüller. De camino tomé como segundo plato rollitos de lenguado según el acreditado uso de Bremen. Oelmüller me presentó a su compañero de mesa; me impresionó la precisa habilidad con que había dispuesto sus escasos cabellos en el cráneo. Allí estaba el profesor Ostenteich, jefe del departamento jurídico y profesor honorario de la Universidad de Heidelberg. No era casual que esos señores estuvieran en la misma mesa. Ahora se trataba de trabajar. Desde la conversación con Herzog me preocupaba una cuestión. – ¿Podrían explicarme los señores el nuevo plan antipolución? El señor Herzog, de la policía, me hizo una alusión al asunto y también dijo que no está completamente libre de críticas. Por ejemplo, ¿qué debo imaginarme cuando se habla de registro directo de emisiones? Ostenteich se sintió obligado a llevar la voz cantante en la conversación. – Eso es un – ¿Y cómo funciona ahora el nuevo plan antipolución? -Miré provocativamente a Oelmüller. Ostenteich no se dejó marginar tan fácilmente en la conversación. – Está bien que haga usted también preguntas técnicas, señor Selb. Eso se lo puede explicar ahora mismo el señor Oelmüller. El núcleo, Rió fuertemente, y Oelmüller rió también como es debido. Cuando volvió de nuevo la calma o, como diría el francés, – Técnicamente, no hay problema en todo esto. En principio, en protección medioambiental se procede analizando la concentración de elementos nocivos en los portadores de emisiones, que son el aire y el agua. Cuando se sobrepasan los valores admisibles, se intenta localizar y neutralizar la fuente de emisión. La polución solamente puede producirse cuando alguna empresa arroja más emisiones de las debidas. Por otro lado, también puede haber polución cuando las emisiones de las distintas empresas permanecen en los límites de lo admisible, pero las condiciones atmosféricas no pueden con ellas. – ¿Cómo sabe el que tiene atribuciones para declarar la alarma de polución de qué tipo de polución se trata? Probablemente tendrá que reaccionar de forma del todo distinta según el caso. -La cosa empezaba a interesarme, postergué mi siguiente visita al buffet y me puse a manosear un cigarrillo del paquete amarillo. – Correcto, señor Selb, en realidad se debería reaccionar de forma diferente en los dos casos, pero con los métodos convencionales son difíciles de separar. Puede pasar, por ejemplo, que el tráfico se paralice y que las empresas tengan que reducir su producción, aunque sólo haya sido una central eléctrica alimentada por carbón la que haya sobrepasado drásticamente los valores admisibles de emisión; basta con que no haya podido ser identificada y parada a tiempo. Lo seductor en el nuevo plan de medida directa de emisiones es que, por lo menos en teoría, pueden evitarse los problemas que también usted ha visto certeramente. Las emisiones se miden mediante sensores allí donde se producen, y se envían a una central, que de este modo sabe en todo momento qué emisiones tienen lugar y dónde. Y no sólo esto, la central alimenta con los datos de las emisiones una simulación de la situación meteorológica local esperable en las siguientes veinticuatro horas, aquí hablamos de un meteorograma, y puede de alguna manera anticipar la polución. Un sistema de alarma prematura que no ha resultado en la práctica tan bien como suena teóricamente porque la meteorología está todavía en mantillas, así de sencillo. – ¿Cómo ve usted el incidente de ayer en este contexto? ¿Ha resultado eficaz el nuevo sistema o ha fracasado? – Lo que es funcionar, el modelo ayer funcionó. -Pensativo, Oelmüller se retorció la punta de la barba. – No, no, señor Selb, aquí tengo yo que ampliar de inmediato la perspectiva del técnico hasta un – Nuestros químicos están supervisando incluso si los valores de ayer justificaban la alarma de polución -dijo Oelmüller, tomando de nuevo la palabra-. Ya han empezado a evaluar los datos de las emisiones, que también nosotros recogemos en nuestro sistema MBI, de información y gestión. [3] – De todos modos, la industria siempre ha tenido el derecho de recibir on line el resultado de los controles oficiales de las emisiones -dijo Ostenteich. – ¿Le parece posible, señor Oelmüller, que el accidente y los fallos del sistema de ordenadores estén relacionados? – Yo también he pensado en ello. En nuestra empresa como quien dice todos los procesos de producción se realizan electrónicamente, y hay gran cantidad de conexiones transversales entre los ordenadores de procesos y el sistema MBI. No puedo excluir manipulaciones desde el sistema MBI, a pesar de todas las medidas de seguridad incorporadas. En cualquier caso, no sé suficiente sobre el accidente de ayer para poder decir si tiene sentido una sospecha en esa dirección. Si éste fuera el caso, sería terrible lo que se nos vendría encima. La interpretación de Ostenteich del accidente de la víspera casi me había hecho olvidar que todavía llevaba el brazo en cabestrillo. Brindé con los señores y me dirigí al buffet. Iba rumbo a la mesa de Firner con las costillas de cordero con corteza de hierbas en el plato precalentado cuando Schmalz me interpeló. – Señor doctor, a mi mujer y a mí nos gustaría que viniera algún día a casa a tomar café. -Evidentemente Schmalz había averiguado que tengo el título de doctor, y lo utilizaba gustosamente para evitar más sonidos sibilantes. – Muy amable por su parte, señor Schmalz -le agradecí-. Pero entienda por favor que no puedo disponer de mi tiempo hasta que haya terminado el caso. – Bien, quizá en otra ocasión. -Schmalz pareció desdichado, pero entendió que la empresa era lo primero. Busqué a Firner con la mirada y lo vi regresando a su mesa con un plato. Se detuvo un momento. – Se le saluda, ¿ha encontrado algo? -Mantenía el plato torpemente a la altura del pecho para tapar una mancha de vino tinto en la camisa. – Sí -dije sencillamente-. ¿Y usted? – ¿Cómo debo entender eso, señor Selb? – Imagínese que hay un chantajista que quiere demostrar su superioridad primero manipulando el sistema MBI y luego provocando una explosión de gas. A continuación exige diez millones de marcos de la RCW ¿Quién de la empresa sería el primero en recibir esa exigencia en la mesa del despacho? – Korten. Porque sólo él podría decidir sobre un importe de esa magnitud. -Arrugó la frente y miró instintivamente hacia la mesa, algo elevada, donde Korten estaba sentado en compañía del jefe de la delegación china, el presidente del – Bien, mi querido Selb, ¿avanza la cosa? -Korten se plantó ante el otro mingitorio y se llevó los dedos a la bragueta. – ¿Te refieres al caso o a la próstata? Orinó y se echó a reír. Reía cada vez más alto, de forma que se tenía que apoyar con la mano en los azulejos, y entonces me contagié también yo. Ya habíamos estado una vez así juntos en el urinario del Instituto Federico Guillermo. Había sido una medida preparatoria para hacer novillos; Brecher, cuando el profesor advirtiera nuestra ausencia, tenía que ponerse en pie y decir: «Korten y Selb se encontraban mal y están en el servicio, voy corriendo a ver cómo están.» Pero el profesor en persona fue a ver cómo estábamos, nos encontró allí tan alegres y como castigo nos hizo seguir de pie la hora entera, controlados de vez en cuando por el bedel. – Ahora mismo viene el profesor Brecher con el monóculo -dijo Korten reventando de risa. – El Vomiteras, que viene el Vomiteras. -Me vino a la cabeza el mote y nos encontramos de pie con la bragueta abierta y dándonos palmadas en los hombros, y a mí se me saltaron las lágrimas y me dolía la tripa de tanto reír. Aquella vez las cosas estuvieron a punto de acabar mal. Brecher se lo había dicho al rector, y yo estaba viendo ya bramar a mi padre y llorar a mi madre y la beca irse al garete. Pero Korten asumió toda la responsabilidad: lo había provocado él, yo sólo le había seguido. Así que la carta en casa la recibió él, y su padre se limitó a reír. – Tengo que volver. -Korten se abotonó la bragueta. – ¿Ya? -Yo volví a reír. Pero las bromas habían acabado, y los chinos esperaban. |
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