"El Segundo Anillo De Poder" - читать интересную книгу автора (Castaneda Carlos)

4 LOS GENAROS

Desperté alrededor de las ocho de la mañana siguiente y descubrí que la Gorda había asoleado mis ropas y preparado el desayuno. Lo tomamos en la cocina, en el lugar que hacía las veces de comedor. Una vez que hubimos terminado, le pregunté por Lidia, Rosa y Josefina. Parecían haberse esfumado de la casa.

– Están ayudando a Soledad -dijo-. Se está preparando para partir.

– ¿A dónde va?

– A algún lugar, lejos de aquí. Ya no tiene razón alguna para quedarse. Estuvo esperándote y tú ya has llegado.

– ¿Las hermanitas se van con ella?

– No. Sólo que hoy no quieren estar aquí. Todo hace pensar que para ellas no es un buen día para andar por el lugar.

– ¿Por qué no es un buen día?

– Los Genaros vienen a verte hoy y las muchachas no congenian con ellos. Si se encuentran aquí, se lanzarán a la lucha más espantosa. La última vez estuvieron a punto de matarse.

– ¿Luchan físicamente?

– Ya lo creo. Son todos muy fuertes y ninguno quiere el segundo puesto. El Nagual me advirtió que ello ocurriría, pero no tengo poder para detenerlos; y no solo eso, sino que he tenido que tomar partido, de modo que es un lío.

– ¿Cómo sabes que los Genaros vendrán hoy?

– No he hablado con ellos. Sólo sé que hoy estarán aquí, eso es todo.

– ¿Lo sabes porque ves, Gorda?

– Así es. Veo que vienen. Y uno de ellos viene directamente hacia ti, porque le estás atrayendo.

Le aseguré que no atraía a nadie en particular. Le dije que no había revelado a nadie el propósito de mi viaje, pero que estaba relacionado con algo que deseaba preguntar a Pablito y a Néstor.

Sonrió con coquetería y sostuvo que el destino me había unido a Pablito, que éramos muy parecidos, y que, a no dudarlo, él iba a ser el primero en verme. Agregó que todo lo que le sucedía a un guerrero debía interpretarse como un presagio; así, mi encuentro con Soledad era un presagio de aquello que iba a descubrir en mi visita. Le pedí que me explicara ese punto.

– Los hombres te darán poco esta vez -dijo-. Son las mujeres las que te harán trizas, como lo hizo Soledad. Eso es lo que te diría, si leyera el presagio. Tú esperas a los Genaros, pero son hombres, como tú. Y considera ese otro presagio: están un poco atrasadillos. Yo diría que llevan un atraso de un par de días. Ese es tu destino, al igual que el de ellos: llevar siempre un par de días de atraso.

– ¿Atraso con respecto a qué, Gorda?

– Con respecto a todo. Respecto de las mujeres, por ejemplo.

Rió y me acarició la cabeza.

– Por testarudo que seas -prosiguió-. Tendrás que admitir que tengo razón. Espera y verás.

– ¿Te dijo el Nagual que los hombres estaban atrasados respecto de las mujeres? -pregunté.

– Desde luego -replicó-. Todo lo que tienes que hacer es mirar a tu alrededor.

– Lo hago, Gorda. Pero no veo tal cosa. Las mujeres se hallan siempre detrás. Dependen de los hombres.

Se echó a reír. Su risa no revelaba desdén ni amargura; sonaba más bien a clara alegría.

– Conoces mejor el mundo de la gente que yo -dijo con firmeza-. Pero en este momento yo no tengo forma y tú sí. Te digo: las mujeres son mejores brujas que los hombres, porque hay una grieta ante sus ojos.

No parecía enfadada, pero me sentí obligado a explicarle que yo formulaba preguntas y hacía comentarios, no para atacar ni defender ningún punto en particular, sino porque quería que hablara.

Me replicó que no había hecho más que hablar desde el momento de nuestro encuentro, y que el Nagual la había preparado para hablar porque su tarea era idéntica a la mía: estar en el mundo de la gente.

– Todo lo que decimos -prosiguió-, es un reflejo del mundo de la gente. Descubrirás antes de que tu visita haya terminado que hablas y actúas como lo haces porque sigues unido a la forma humana, así como los Genaros y las hermanitas siguen unidos a la forma humana cuando luchan a muerte entre ellos.

– ¿Pero acaso no se esperaba que todas colaborasen con Pablito, Néstor y Benigno?

– Genaro y el Nagual nos dijeron que debíamos vivir en armonía y ayudarnos y protegernos mutuamente, porque estábamos solos en el mundo. Pablito quedó a cargo de nosotras cuatro, pero es un cobarde. De ser por él, nos dejaría morir como perros. No obstante, cuando el Nagual estaba aquí, Pablito era muy amable y cuidaba muy bien de nosotras. Todo el mundo solía tomarle el pelo y decirle, bromeando, que nos trataba como si fuésemos sus esposas. No mucho antes de su partida, el Nagual y Genaro le confiaron que tenía una buena oportunidad de llegar a ser el Nagual algún día, por cuanto era posible que nosotras llegáramos a ser sus cuatro vientos, sus cuatro lados del mundo. Pablito entendió esto como una misión, y cambió a partir de entonces. Se puso insufrible. Comenzó a darnos órdenes, como si realmente fuésemos sus esposas.

Le pregunté al Nagual por las posibilidades de Pablito y me respondió que todo en el mundo de un guerrero, como yo debía saber, dependía de la impecabilidad. Si Pablito fuera impecable, tendría una oportunidad. Me eché a reír cuando me dijo eso. Conozco bien a Pablito. Pero el Nagual me explicó que no debía tomarlo a la ligera. Dijo que los guerreros siempre tenían una oportunidad, no importa cuán pequeña sea. Me hizo ver que yo también era un guerrero y no debía estorbar a Pablito con mis pensamientos. Que debía desecharlos y dejar en paz a Pablito; que lo impecable, en mi caso, consistía en ayudar a Pablito sin preocuparme por lo que sabía de él.

»Comprendí sus palabras. Además, tengo una deuda personal con Pablito, y recibí con gusto la ocasión de tenderle una mano. Pero no ignoraba que, por muchos esfuerzos que hiciese en su favor, iba a fracasar. Siempre supe que él carecía de lo que hace falta para ser como el Nagual. Pablito es muy pueril y no aceptará su derrota. Es desdichado porque no es impecable, y, sin embargo, en su pensamiento sigue intentando ser como el Nagual.

– ¿Cómo fracasó?

– Tan pronto como el Nagual partió, Pablito tuvo una fatal discusión con Lidia. Años atrás, el Nagual le había encomendado la misión de ser el marido de Lidia, para cubrir las apariencias. La gente de por aquí creía que ella era su esposa. Esto a Lidia no le agradaba en lo más mínimo. Es muy dura. Lo cierto es que Pablito siempre le tuvo un miedo mortal. Nunca se llevaron bien, y se toleraron recíprocamente debido a la presencia del Nagual; pero cuando éste se fue, Pablito se volvió más loco de lo que ya estaba y se convenció de que poseía el suficiente poder personal para tomarnos por esposas. Los tres Genaros se reunieron y discutieron lo que Pablito debía hacer. Decidieron que primero tenía que tomar a Lidia, la más fuerte de las mujeres. Aguardaron a que estuviera sola y entonces los tres entraron a la casa, la cogieron por los brazos y la arrojaron sobre la cama. Pablito se puso encima de ella. Al principio, Lidia creyó que los Genaros estaban jugando. Pero cuando comprendió que sus propósitos eran serios, propinó a Pablito un cabezazo en el medio de la frente que lo puso al borde de la muerte. Los Genaros huyeron y Néstor pasó meses cuidando a Pablito a causa del golpe.

– ¿Hay algo que yo pueda hacer para ayudarles a entender?

– No. Desgraciadamente, su problema no es de comprensión. Los seis entienden muy bien. La verdadera dificultad no estriba en eso; se trata de otra cosa, algo muy feo en lo que nadie puede ayudarles. Se complacen en no tratar de cambiar. Desde que saben que no lo lograrán por mucho que lo intenten, o lo deseen, o lo necesiten, han abandonado por completo la parda. Eso es tan malo como sentirse desalentado por los fracasos. El Nagual les advirtió a todos ellos que los guerreros, tanto hombres como mujeres, deben ser impecables en su esfuerzo por cambiar, con el objeto de asustar a la forma humana y deshacerse de ella. Al cabo de años de impecabilidad llegará un momento, al decir del Nagual, en que la forma no soporte más y parta, como ocurrió conmigo. Al hacerlo, por supuesto, lastima el cuerpo y hasta puede llegar a matarlo, pero un guerrero impecable sobrevive, siempre.

El discurso de la Gorda se vio interrumpido por un golpe en la puerta delantera. La Gorda se puso de pie y fue a alzar el pestillo. Era Lidia. Me saludó con gran formalidad y le pidió a la Gorda que fuese con ella. Salieron juntas.

Me alegré de estar solo. Trabajé en mis notas durante horas. En el lugar al aire libre que se empleaba como comedor hacía fresco y había muy buena luz.

La Gorda regresó cerca del mediodía. Me preguntó si quería comer. Yo no tenía hambre, pero insistió en que lo hiciera. Me aseguró que los contactos con los aliados debilitaban mucho, y que ella misma no se sentía muy fuerte.

Después de comer, me senté junto a la Gorda, y estaba a punto de comenzar a interrogarla sobre el «soñar», cuando se abrió la puerta delantera estrepitosamente y entró Pablito. Jadeaba. Era evidente que había corrido y se le veía en un estado de gran agitación. Se detuvo un instante junto a la puerta para recobrar el aliento. No había cambiado mucho. Parecía un poco más viejo, o más pesado, o, tal vez, sencillamente, más fornido. No obstante, seguía siendo muy delgado y nervudo. Tenía la tez pálida, como si hubiese pasado mucho tiempo sin ver el sol. El castaño de sus ojos se veía acentuado por ligeras huellas de fatiga en su rostro. Recordaba a Pablito como dueño de una seductora sonrisa; al verle allí, ésta me resultó tan encantadora como de costumbre. Corrió hacia el lugar en que yo me encontraba y me cogió por los antebrazos durante un momento, sin decir palabra. Me puse de pie. Entonces me sacudió suavemente y me abrazó. Yo también experimentaba un enorme gusto al verle, y saltaba de un lado para otro con alegría infantil. No sabía qué decirle y fue él quien finalmente rompió el silencio.

– Maestro -dijo dulcemente, inclinando la cabeza como si se sometiese a mí.

El que me llamase «maestro» me cogió por sorpresa. Me volví como si buscase a alguien detrás de mí. Exageré mis movimientos para permitirle comprender que estaba perplejo. Sonrió, y lo único que se me ocurrió fue preguntarle cómo sabía que yo estaba allí.

Me dijo que él, Néstor y Benigno se habían visto forzados a volver a causa de un extraño temor, que les hizo correr día y noche, sin detenerse. Néstor se había dirigido a su casa, con el fin de averiguar si había allí algo que justificase el sentimiento que les había guiado. Benigno había ido a la de Soledad y él a la de las muchachas.

– Tú has sacado el gordo, Pablito -dijo la Gorda, y rió.

Pablito no respondió. La miró.

– Apostaría a que estás elaborando un medio para echarme -dijo, con gran enfado.

– No te metas conmigo, Pablito -dijo la Gorda, imperturbable.

Pablito se volvió hacia mí y se disculpó; agregó, en voz bien audible, como si deseara que todo aquel que se encontrase en la casa le oyera, que había traído su propia silla para sentarse, y que podía colocarla donde quisiera.

– No hay aquí nadie más que nosotros -dijo la Gor da con suavidad, y sofocó una risita.

– De todos modos, traeré mi silla -dijo Pablito-. A ti no te importa, Maestro, ¿no?

Miré a la Gorda. Me hizo con el pie una seña casi imperceptible, autorizándome a seguir adelante.

– Tráela. Trae todo lo que quieras -dije.

Pablito salió de la casa.

– Todos ellos son así -dijo la Gorda-, los tres.

Pablito regresó sin tardanza, cargando a hombros una silla de aspecto insólito. La silla estaba trabajada de modo que se adaptase perfectamente al contorno de su espalda; al traerla, con el asiento hacia abajo, daba la impresión de ser una mochila.

– ¿Puedo dejarla en el suelo? -me preguntó.

– Desde luego -repliqué, corriendo el banco para hacer espacio.

Rió, con exagerada soltura.

– ¿No eres el Nagual? -me preguntó; y agregó, tras mirar a la Gorda -: ¿O tienes que esperar órdenes?

– Soy el Nagual -dije, en tono burlón para complacerlo.

Intuí que estaba a punto de iniciar una riña con la Gorda; ella debió presentir lo mismo, porque se excusó y salió por la puerta trasera.

Pablito puso su silla en el piso y, lentamente, dio una vuelta a mi alrededor, como si estuviese inspeccionando mi cuerpo. Luego cogió su silla, estrecha y de respaldo bajo, con una mano, la situó en el sentido opuesto a aquél en que se hallaba y se sentó, dejando que sus brazos, cruzados, descansaran sobre el respaldo, lo cual le proporcionaba la mayor comodidad al ponerse a horcajadas. Me senté frente a él. Su talante había variado por completo al instante de irse la Gorda.

– Debo pedirte que me perdones por actuar del modo en que lo hice -dijo sonriendo-. Pero tenía que deshacerme de esa bruja.

– ¿Tan mala es, Pablito?

– No tengas la menor duda -replicó.

Para cambiar de tema, le dije que se le veía muy elegante y próspero.

– También a ti se te ve muy bien, Maestro -dijo.

– ¿Qué es ese disparate de llamarme Maestro? -pregunté en tono de broma.

– Las cosas ya no son como antes -replicó-. Estamos en un nuevo reino, y el Testigo dice que ahora tú eres un maestro; y el Testigo no puede equivocarse. Pero él mismo te contará toda la historia. Estará aquí dentro de poco, y se alegrará de volver a verte. Supongo que ya ha de haber percibido que estabas aquí. Mientras nos dirigíamos hacia aquí, todos teníamos la convicción de que estabas en camino, pero ninguno supo que ya habías llegado.

Le hice saber entonces que había ido con la única finalidad de verle a él y a Néstor, que eran las únicas personas en el mundo con las cuales podía hablar acerca de nuestro último encuentro con don Juan y don Genaro, y que necesitaba por sobre todo aclarar las incertidumbres que esa reunión final había suscitado en mí.

– Estamos unidos -dijo-. Haré todo lo que pueda por ti. Lo sabes. Pero debo advertirte que no soy tan fuerte como tú querrías. Tal vez fuese mejor que no conversáramos. No obstante, si no conversamos nunca entenderemos nada.

De modo cuidadoso y lento, formulé mi interrogatorio. Expliqué que había un solo punto en el centro de la cuestión que intrigaba mi razón.

– Dime, Pablito -pregunté-, ¿saltamos realmente, con nuestros cuerpos, al abismo?

– No lo se -respondió-. Francamente, no lo sé.

– Pero estuviste allí conmigo.

– Ese es el asunto. ¿Estuve realmente allí?

Su enigmática réplica me fastidió. Tuve la sensación de que, si lo sacudía o lo apretaba, algo de él se liberaría. Me resultaba evidente que ocultaba algo de gran valor. Afirmé enérgicamente que me guardaba secretos cuando había una absoluta confianza entre nosotros.

Pablito sacudió la cabeza como si, en silencio, se opusiese a mi acusación.

Le pedí que me narrara toda su experiencia, comenzando por el período anterior a nuestro salto, cuando don Juan y don Genaro nos prepararon para la embestida definitiva.

El relato de Pablito fue desordenado e inconsistente. Todo lo que recordaba acerca de los últimos momentos, previos a nuestro arrojarnos al abismo, era que, una vez que don Juan y don Genaro se hubieron despedido de nosotros para perderse en la oscuridad, le faltaron fuerzas, estuvo a punto de caer de bruces, yo le sostuve por el brazo y le llevé hasta el borde de la sima y allí perdió el conocimiento.

– ¿Y qué sucedió luego, Pablito?

– No lo sé.

– ¿Tuviste sueños, o visiones? ¿Qué viste?

– Por lo que sé, no tuve visiones o, si las tuve, no les presté atención. Mi falta de impecabilidad me impide recordarlas.

– ¿Y entonces qué ocurrió?

– Desperté en la que había sido casa de Genaro. No sé cómo llegué allí.

Permaneció inmóvil, en tanto yo hurgaba frenéticamente en mi mente en busca de una pregunta, un comentario, una observación crítica o cualquier cosa que agregara cierta amplitud a sus declaraciones. En realidad, nada en el relato de Pablito servía para confirmar lo que me había sucedido. Me sentía decepcionado. Casi enfadado con él. En mí se mezclaban la piedad por Pablito y por mí mismo y una profundísima desilusión.

– Lamento resultarte un chasco -dijo Pablito.

Mi inmediata reacción ante sus palabras consistió en disimular mis sentimientos; le aseguré que no me sentía defraudado.

– Soy un brujo -dijo riendo-; un brujo no muy lúcido, pero sí lo bastante como para interpretar los mensajes de mi propio cuerpo. Y ahora me dice que estás enfadado conmigo.

– ¡No estoy enfadado, Pablito! -exclamé.

– Eso es lo que indica tu razón, pero no tu cuerpo -dijo-. Tu cuerpo está enojado conmigo, pero tu razón no halla motivo alguno para ello; de modo que te hallas en medio de un fuego cruzado. Lo menos que puedo hacer por ti es aclararlo. Tu cuerpo está enfadado porque sabe que yo no soy impecable y que sólo un guerrero impecable puede prestarte ayuda. Está enfadado además porque siente que me estoy desperdiciando. Lo comprendió todo en el momento en que traspuse esa puerta.

No sabía qué decir. El recuerdo de algunos hechos me invadió como un torrente y entendí muchas de las cosas que habían tenido lugar. Posiblemente él tuviese razón al sostener que mi cuerpo ya lo sabía. En alguna medida, su franqueza al colocarme frente a mis propios sentimientos había embotado el filo de mi frustración. Empecé a preguntarme si Pablito no estaría jugando conmigo. Le dije que el ser tan directo y atrevido no era fácilmente conciliable con la imagen de debilidad que había dado de sí mismo.

– Mi debilidad consiste en que estoy hecho para el anhelo -dijo, casi en un susurro. Soy así hasta el punto en que suspiro por la vida que hacía cuando era un hombre ordinario. ¿Lo puedes creer?

– ¡No hablas en serio, Pablito! -exclamé.

– Sí -replicó-. Ansío el gran privilegio de andar por la faz de la tierra como un hombre corriente, sin esta tremenda carga.

Encontré su declaración sencillamente ridícula, y me encontré repitiendo una y otra vez que no era posible que hablase en serio. Pablito me miró y suspiró. Fui presa de una repentina aprensión. A juzgar por las apariencias, se hallaba al borde de las lágrimas. La aprensión dio paso a una mutua comprensión. Ninguno de los dos podía ayudar al otro.

La Gorda volvió a la cocina en ese momento. Pablito pareció experimentar una repentina revitalización. Se puso de pie de un salto y pisó el suelo con todas sus fuerzas.

– ¿Qué demonios quieres? -aulló con voz nerviosa y estridente-. ¿Por qué fisgoneas?

La Gorda se dirigió a mí, como si él no hubiese existido. Me informó cortésmente que iba a la casa de Soledad.

– ¿A quién le importa adónde vas? -chilló-. Puedes irte al infierno.

Dio una patada en el suelo como un niño malcriado, mientras la Gorda reía.

– Vámonos de esta casa, Maestro -dijo a voz en cuello.

Su súbito paso de la tristeza a la cólera me fascinó. Estaba absorto observándolo. Uno de los rasgos que siempre había admirado en él era su agilidad; aun en el momento en que había pegado contra el piso, sus movimientos habían sido gráciles.

De pronto estiró el brazo por encima de la mesa, y estuvo a punto de arrebatarme la libreta de las manos. La cogió con los dedos pulgar e índice de su mano izquierda. Tuve que aferrarla con ambas manos, haciendo uso de toda mi fuerza. Era tan extraordinaria la potencia de su tirón, que no le hubiera sido difícil, de proponérselo verdaderamente, quitármela. Lo dejó estar y en el momento en que retiraba la mano percibí una imagen fugaz de una prolongación de la misma. Fue tan veloz que podía habérmela explicado como una distorsión visual de mi parte, un producto de la violencia con que me había visto obligado a ponerme de pie a medias, arrastrado por su tirón. Pero ya había aprendido, que ante aquella gente ni mi actuación ni mi manera de explicarme las cosas podían ser las habituales, de modo que ni siquiera lo intenté.

– ¿Qué tienes en la mano, Pablito? -pregunté.

Retrocedió sorprendido y escondió la mano tras de sí. Me dio una mirada inexpresiva y murmuró que quería que abandonáramos esa casa porque estaba comenzando a sentirse mareado.

La Gorda se echó a reír a carcajadas y dijo que Pablito era tan buen impostor como Josefina, o quizás mejor, y que si insistía en saber qué tenía en la mano se desmayaría y Néstor tendría que cuidar de él durante meses.

Pablito empezó a ahogarse. Su rostro se puso casi púrpura. La Gorda le dijo en tono despreocupado que dejase de actuar porque carecía de público; ella se iba y yo no tenía mucha paciencia. Luego se volvió y me dijo con tono autoritario que me quedara allí y no fuese a casa de los Genaros.

– ¿Por qué diablos no? -gritó Pablito, y se plantó de un salto ante ella, como si su intención fuese impedirle partir-. ¡Qué descaro! ¡Indicarle al Maestro lo que debe hacer!

– Anoche tuvimos un encuentro con los aliados en tu casa -dijo la Gorda a Pablito, en tono indiferente-. El Nagual y yo nos sentimos aún débiles a causa de ello. Si yo fuera tú, Pablito, me preocuparía por trabajar. Las cosas han cambiado. Todo ha cambiado desde su llegada.

La Gorda salió por la puerta delantera. Fue en ese instante que tomé conciencia de que también a ella se la veía muy cansada. Sus zapatos parecían demasiado ajustados; o, tal vez, arrastraba un poco los pies debido a su debilidad. En apariencia, era pequeña y frágil.

Pensé que mi aspecto debía ser semejante. Puesto que no había espejos en aquella casa, sentí la necesidad de salir a mirarme en el retrovisor de mi coche. Lo hubiera hecho, de no habérmelo impedido Pablito. Me pidió fervorosamente que no creyera una sola de las palabras que ella había pronunciado acerca de su condición de impostor. Le dije que no se preocupara por ello.

– La Gorda no te gusta nada, ¿verdad?

– Es cierto -replicó con una mirada salvaje-. Sabes mejor que nadie la clase de monstruos que son esas mujeres. El Nagual nos dijo un día que ibas a venir para caer en su trampa. Nos rogó que estuviésemos alerta y te pusiéramos sobre aviso de sus designios. El Nagual dijo que tenías una de cuatro posibilidades: si nuestro poder era grande, nosotros mismos te traeríamos hasta aquí, te advertiríamos y te salvaríamos; si tu poder era poco, arribaríamos a tiempo de ver tu cadáver; la tercera posibilidad consistía en hallarte convertido en esclavo de la bruja Soledad o esclavo de estas mujeres repugnantes y hombrunas; la cuarta y más remota era que te encontrásemos sano y salvo. El Nagual nos dijo que, en caso de que sobrevivieras, serías el Nagual y deberíamos confiar en ti porque eras el único que nos podía ayudar.

– Haré cualquier cosa por ti, Pablito. Lo sabes.

– No sólo por mí. No estoy solo. El Testigo y Benigno están conmigo. Estamos juntos y tú debes ayudarnos a los tres.

– Desde luego, Pablito. Ni siquiera hace falta decirlo.

– La gente de por aquí nunca nos ha molestado. Sólo tenemos problemas con esos monstruos horribles. No sabemos qué hacer con ellas. El Nagual nos ordenó permanecer junto a ellas, seas cuales fuesen las circunstancias. Me encomendó una misión personal, pero fracasé en el cometido. Antes era muy feliz. Lo recuerdas. Ahora me parece imposible arreglar mi vida.

– ¿Qué sucedió, Pablito?

– Esas brujas me echaron de mi casa. Tomaron posesión y me arrojaron como a un trasto viejo. Ahora vivo en casa de Genaro, con Néstor y Benigno. Hasta tenemos que prepararnos las comidas. El Nagual sabía que eso podía suceder y encargó a la Gorda la tarea de mediar entre nosotros y esas tres perras. Pero la Gorda sigue respondiendo al nombre con el cual el Nagual solía llamarla: Cien Nalgas. Ese fue su mote durante años y años, porque llevaba las básculas a cien kilos.

Pablito sofocó una risilla al recordar a la Gorda.

– Era la bestia más gorda y maloliente del mundo -prosiguió-. Hoy su tamaño real se halla reducido a la mitad, pero sigue siendo la misma mujer gorda y mentalmente lenta que otrora. Pero ahora estás aquí, Maestro, y nuestras preocupaciones se han desvanecido. Ahora somos cuatro contra cuatro.

Quise interponer un comentario, pero me detuvo.

– Déjame terminar lo que debo decirte antes de que esa bruja vuelva para echarme de aquí -dijo, en tanto miraba la puerta nerviosamente-. Sé que te han dicho que ustedes cinco son lo mismo porque tú eres el hijo del Nagual. ¡Eso es una mentira! También eres como nosotros los Genaros, porque también Genaro ayudó a construir tu luminosidad. También eres uno de nosotros. ¿Comprendes lo que quiero decir? De modo que no debes creer lo que te digan. También nos perteneces. Las brujas no saben que el Nagual nos lo contó todo. Creen que son las únicas que saben. Costó dos toltecas hacernos como somos. Somos hijos de ambos. Esas brujas…

– Espera, espera, Pablito -dije, tapándole la boca.

Calló, aparentemente asustado por lo súbito de mi movimiento.

– ¿Qué me quieres dar a entender con eso de que costó dos toltecas hacernos?

– El Nagual nos hizo saber que éramos toltecas. Todos nosotros somos toltecas. Según él, un tolteca es un receptor y conservador de misterios. El Nagual y Genaro son toltecas. Nos dieron su luminosidad y sus misterios. Recibimos sus misterios y ahora los conservamos.

Su empleo de la palabra «tolteca» me desconcertó. Yo estaba familiarizado únicamente con su significado antropológico. En ese contexto, refiere siempre a la cultura de un pueblo de lengua nahuatl del centro y sur de México, ya extinguido en tiempos de la Conquista.

– ¿Por qué nos llamaba toltecas? -pregunté, sin saber qué otra cosa decir.

– Porque eso es lo que somos. En vez de decir qué éramos brujos o hechiceros, él decía que éramos toltecas.

– Si ese es el caso, ¿por qué tú llamas brujas a las hermanitas?

– Oh… es que las odio. Eso no tiene nada que ver con lo que somos.

– ¿Les dijo el Nagual eso a todos?

– Claro, por supuesto. Todos lo saben.

– Pero a mí nunca me lo dijo.

– Oh… es que tú eres un hombre muy educado y siempre estás discutiendo cosas estúpidas.

Rió, en un tono forzado y agudo, y me dio unas palmaditas en la espalda.

– ¿Les dijo el Nagual en alguna oportunidad que los toltecas eran un pueblo antiguo que vivió por esta parte de México? -pregunté.

– ¿Ves a dónde vas a parar? Por eso a ti no te dijo nada. Lo más probable es que el viejo cuervo no supiera que se trataba de un pueblo antiguo.

Se mecía en la silla mientras reía. Su risa era muy agradable y contagiosa.

– Somos toltecas, Maestro -dijo-. Ten la seguridad de que lo somos. Eso es todo lo que sé. Pero puedes preguntarle al Testigo. Él sabe. Yo he perdido el interés por la cuestión hace mucho.

Se puso de pie y se dirigió al fogón. Lo seguí. Examinó una olla llena de comida que se cocía a fuego lento. Me preguntó si sabía quién lo había preparado. Estaba casi seguro de que había sido la Gorda, pero le respondí que no sabía. La olió cuatro o cinco veces, en cortas inhalaciones, como un perro. Luego anunció que su nariz le informaba que lo había hecho la Gorda. Me preguntó si yo lo había probado; cuando le hice saber que había acabado de comer exactamente antes de que él llegara, cogió un tazón de un estante y se sirvió una enorme ración. Me recomendó, en términos imperativos, que sólo comiera cosas preparadas por la Gorda y que usara únicamente su tazón, tal como él lo estaba haciendo. Le conté que la Gorda y las hermanitas me habían servido de comer en un tazón oscuro que guardaban en un estante separado de los demás. Me informó que ese tazón pertenecía al Nagual. Regresamos a la mesa. Comió con la mayor lentitud y no pronunció una sola palabra. Su absoluta concentración en el comer me llevó a tomar conciencia de que todos ellos hacían lo mismo: tragaban en completo silencio.

– La Gorda es una gran cocinera -dijo, al terminar-. Solía alimentarme. Hace siglos de ello, antes de odiarme, antes de convertirse en una bruja; quiero decir, en una tolteca.

Me miró con un expresivo destello y me guiñó un ojo.

Sentí la obligación de comentar que la Gorda me había dado la impresión de ser incapaz de odiar a nadie. Le pregunté si sabía que ella había perdido la forma.

– ¡Eso es una sarta de tonterías! -exclamó.

Me observó como si estuviese midiendo la sorpresa de mis ojos, y luego escondió la cara tras un brazo y sofocó una risa tonta al modo de un niño confundido.

– Debo admitir que realmente lo ha hecho -agregó-. Es fantástica.

– Entonces, ¿por qué te desagrada?

– Te diré algo, Maestro, porque confío en ti. No me desagrada en lo más mínimo. Es realmente la mejor. Es la mujer del Nagual. Sólo que procedo así con ella porque me gusta que me mime, y lo hace. Nunca se irrita conmigo. A veces me dejo llevar y me trabo en lucha con ella. Cuando esto sucede, se limita a quitarse de en medio, como hacía el Nagual. Al minuto siguiente ni siquiera recuerda lo que hice. Ahí tienes a un verdadero guerrero sin forma. Hace lo mismo con todos. Pero los demás somos unos despojos lamentables. Somos malos. Esas tres brujas nos odian y nosotros las odiamos.

– Ustedes son brujos, Pablito. ¿No pueden cesar esas riñas?

– Claro que podemos, pero no lo deseamos. ¿Qué esperabas que hiciésemos? ¿Que nos comportáramos como hermanos y hermanas?

No supe qué decir.

– Ellas eran las mujeres del Nagual -prosiguió-. Y, sin embargo, todo el mundo esperaba que me hiciese con ellas. ¡Cómo, en nombre de Dios, voy a hacerlo! Lo intenté con una y, en vez de apoyarme, la bruja estuvo a punto de asesinarme. De modo que ahora cada una de esas mujeres anda tras mi escondite como si hubiese cometido un crimen. Lo único que hice fue seguir las instrucciones del Nagual. Él me ordenó tener relaciones íntimas con todas ellas, una por una, hasta lograr tenerlas con todas a la vez. Pero no lo conseguí con ninguna.

Deseaba preguntarle por su madre, doña Soledad, pero no se me ocurrió ningún modo de traerla a la conversación. Callamos por un momento.

– ¿Las odias por lo que trataron de hacerte? -preguntó de pronto.

Vi mi oportunidad.

– No, en absoluto -dije-. La Gorda me explicó sus razones. Pero el ataque de doña Soledad fue aterrador. ¿La ves a menudo?

No respondió. Miró al techo. Repetí mi pregunta. Advertí que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cuerpo tembló, convulsionado por silentes sollozos.

Declaró que una vez había tenido una hermosa madre, a la cual, sin duda, yo recordaría. Su nombre era Manuelita, una santa mujer que crió dos niños, trabajando como una mula para mantenerlos. Sentía la más profunda veneración por aquella mujer, que les había alimentado y amado. Pero un horrible día su destino se había cumplido y se había encontrado con Genaro y el Nagual, y, entre los dos, habían destruido su vida. Con tono muy emotivo, Pablito aseveró que los dos demonios se habían llevado su alma y el alma de su madre. Asesinaron a Manuelita y dejaron en su lugar a Soledad, esa horrenda hechicera. Me clavó los ojos bañados en lágrimas y sostuvo que esa espantosa mujer no era su madre. No era posible que fuese su Manuelita.

Sollozaba de una manera incontrolable. Yo no sabía qué decir. Su estallido emocional era a tal punto auténtico, y sus argumentos tan verosímiles, que me vi dominado por una oleada de sentimentalismo. Pensando como lo haría la mayoría de los hombres civilizados, tuve que estar de acuerdo con él. A juzgar por la apariencia, era una verdadera desgracia para Pablito haberse cruzado en el camino de don Juan y de don Genaro.

Pasé el brazo por sobre sus hombros y estuve a punto de echarme a llorar. Tras un largo silencio, se puso de pie y salió por la puerta trasera. Le oí sonarse la nariz y lavarse la cara en un cubo de agua. Volvió más sereno. Hasta sonreía.

– No me interpretes mal, Maestro -dijo-. No culpo a nadie de lo que me ha sucedido. Fue mi destino. Genaro y el Nagual actuaron como impecables guerreros que eran. Soy débil; eso es todo. Y fracasé en mi misión. El Nagual decía que la única posibilidad que tenía de evitar el ataque de esa horrible bruja consistía en acorralar a los cuatro vientos, y hacerlos soplar desde mis cuatro lados. Pero no lo conseguí. Esas mujeres estaban de acuerdo con la hechicera, Soledad, y no me prestaron ayuda. Buscaban mi muerte.

»El Nagual me dijo también que si yo fallaba, tú tampoco tendrías posibilidad alguna. Aseguró que, si ella te mataba, yo debía huir y tratar de salvar la vida. Dudaba de que consiguiera siquiera alcanzar el camino. Sostenía que tu poder más lo que la bruja ya sabía, la harían insuperable. De modo que, cuando comprendí que no lograría acorralar a los cuatro vientos, me consideré muerto. Y, como era de esperar, odié a esas mujeres. Pero hoy, Maestro, me has llenado de nuevas esperanzas.

Le dije que sus sentimientos hacia su madre me habían llegado muy profundamente. Me encontraba en realidad horrorizado por todo lo sucedido, pero dudaba intensamente de mi capacidad para traerle esperanzas de ninguna clase.

– ¡Lo has hecho! -exclamó con gran certidumbre-. Me sentí terriblemente mal todo este tiempo. Ver a la propia madre corriendo tras uno con un hacha es algo que no puede hacer feliz a nadie. Pero ahora ella está fuera de la cuestión, merced a ti y a todo lo que has hecho.

»Esas mujeres me odian porque están convencidas de que soy un cobarde. No hay lugar en sus endurecidas mentes para comprender que somos diferentes. Tú y esas cuatro mujeres son diferentes de mí y del Testigo y de Benigno en muy amplio grado. Ustedes cinco estaban considerablemente más cerca de la puerta antes de que el Nagual los hallara. Él nos contó que en una oportunidad habías llegado a tratar de suicidarte. Nosotros no éramos así. Estábamos bien, vivos y felices. Éramos todo lo contrario de ti. Ustedes eran personas desesperadas; nosotros no. Si Genaro no se hubiese cruzado en mi camino, yo sería un carpintero satisfecho. O estaría muerto. Eso no importa. Habría dado lo mejor de mí y me encontraría a gusto.

Sus palabras suscitaron en mí un estado de ánimo singular. No pude dejar de admitir que tenía razón cuando decía que tanto aquellas mujeres como yo éramos individuos desesperados. De no haber conocido a don Juan, seguramente habría muerto; pero no podía decir, como Pablito, que me hubiese ido bien de otra manera. Don Juan había dado vida y vigor a mi cuerpo y libertad a mi espíritu.

Las afirmaciones de Pablito me hicieron recordar algo que don Juan me había dicho una vez, hablando de un anciano, amigo mío. Don Juan había asegurado, de modo tajante, que el hecho de que el viejo viviese o muriese no tenía la menor importancia. Me enfadé un tanto ante lo que me parecía una redundancia de parte de don Juan. Le respondí que no hacía falta señalar que la vida o la muerte de aquel hombre carecía de importancia, por cuanto nada en el mundo podía tener trascendencia alguna, salvo para cada uno personalmente.

– ¡Tú lo has dicho! -exclamó, y rió-. Eso exactamente es lo que quiero decir. La vida y la muerte de ese viejo no significan nada para él mismo. Podía haber muerto en mil novecientos veintinueve, o en mil novecientos cincuenta, o vivido hasta mil novecientos noventa y cinco, Eso no importa. Es absurdamente igual para él.

Así había sido mi vida antes de conocer a don Juan. Nada me había importado. Solía actuar como si ciertas cosas me afectasen, pero no dejaba de ser una estratagema para parecer un hombre sensible.

La voz de Pablito interrumpió mis reflexiones. Quería saber si había lastimado mis sentimientos. Le aseguré que no había nada de eso. Con el objeto de reiniciar el diálogo, le pregunté dónde había conocido a don Genaro.

– Mi destino era que mi patrón se enfermase -dijo-. Debido a ello hube de ir al mercado a construir una nueva serie de tiendas de ropa. Trabajé en ese lugar durante dos meses. Allí conocí a la hija del propietario de una de las tiendas. Nos enamoramos. Hice la tienda de su padre ligeramente más grande que las demás, de modo de poder hacer el amor con ella tras el mostrador mientras su hermana atendía a los clientes.

Un día Genaro llevó un saco de plantas medicinales a un comerciante del otro lado de la nave, y, mientras conversaba con él, notó que el puesto de ropas vibraba. Observó con atención el lugar, pero vio solamente a la hermana, dormitando en una silla. El hombre informó a Genaro de que cada día el puesto vibraba así alrededor de esa hora. Al día siguiente, Genaro llevó al Nagual, para que viese vibrar la construcción, y consiguió su propósito. Regresaron al otro día y volvió a vibrar. De modo que esperaron hasta que salí. Fue entonces que trabé relación con ella, y poco después Genaro me contó que era herborista y me propuso preparar para mí una poción merced a la cual ninguna mujer se me resistiría. Me gustaban las mujeres, así que piqué. Ciertamente me preparó la poción, pero ello le llevó diez años. En el ínterin llegué a conocerlo muy bien, y a quererlo más que si fuese mi propio hermano. Y ahora lo extraño como no te puedes imaginar. Como puedes ver, me hizo trampa. A veces me alegro de que lo haya hecho; no obstante, las más de las veces me irrita.

– Don Juan me dijo que los brujos debían contar con un presagio antes de decidirse por algo. ¿Hubo algo de eso contigo, Pablito?

– Sí. Genaro me contó que el ver temblar el puesto despertó su curiosidad y entonces vio que dos personas hacían el amor tras el mostrador. De modo que se sentó a esperar que salieran; quería ver quiénes eran. Al cabo de un rato apareció la muchacha, pero a mí no me vio. Pensó que resultaba muy extraño, tras estar tan decidido a ponerme los ojos encima. Al día siguiente regresó en compañía del Nagual; Genaro fue a pasearse por la parte de atrás del puesto, en tanto el Nagual aguardaba delante. Tropecé con Genaro cuando salía a gatas. Creí que no me había visto porque yo me hallaba aún detrás del trozo de tela que cubría la abertura que había dejado en la pared lateral. Comencé a ladrar, para hacerle pensar que debajo del trapo había un perrito. Gruñó y me ladró y me llevó a la convicción de que al otro lado había un enorme perro enfurecido. Me asusté tanto que salí corriendo por el lado opuesto y me di de bruces con el Nagual. Si hubiese sido un hombre corriente, lo hubiera derribado, dado que lo cogí enteramente de frente; en cambio, me alzó como a un niño. Me quedé absolutamente pasmado. Para ser un hombre tan viejo, era verdaderamente fuerte. Pensé que un hombre tan fuerte me podía servir para acarrear maderas. Además, no quería desprestigiarme ante la gente que me había visto salir corriendo de debajo del mostrador. Le pregunté si le gustaría trabajar para mí. Me dijo que sí. En esa misma jornada fue al taller y comenzó a hacer las veces de mi asistente. Trabajó allí cada día durante dos meses. No tuve una solo oportunidad frente a esos dos demonios.

Lo incongruente de la imagen del Nagual trabajando para Pablito me resultaba extremadamente cómico. Pablito empezó a remedar el modo en que don Juan se echaba los maderos sobre los hombros. Tuve que coincidir con la Gorda en que Pablito era tan buen actor como Josefina.

– ¿Por qué se dieron todas esas molestias, Pablito?

– Tenían que engañarme. No creerás que yo estaba dispuesto a irme con ellos así como así ¿no? Había pasado la vida oyendo hablar de brujas y curanderos y hechiceros y espíritus, sin creer jamás una palabra de ello. Quienes hablaban de esas cosas no eran más que ignorantes. Si Genaro me hubiese dicho que él y su amigo eran brujos, me hubiera alejado de ellos. Pero eran demasiado inteligentes para mí. Los dos zorros eran realmente astutos. Hicieron las cosas sin prisa. Genaro decía que hubiese esperado por mí así pasaran veinte años. Es por eso que el Nagual entró a trabajar para mí. Yo se lo pedí, de modo que le entregué la llave.

»El Nagual era un trabajador diligente. Yo era un tanto pícaro por entonces, y creía ser quien le tendía una trampa a él. Estaba convencido de que el Nagual no era más que un viejo indio estúpido, de modo que le comuniqué que pensaba decir al patrón que era mi abuelo, para que lo contratara; a cambio, debía entregarme un porcentaje de su salario. El Nagual me respondió que era muy amable por mi parte el hacerlo así. Me daba una parte de los pocos pesos que ganaba cada día.

»Mi patrón estaba impresionado por la capacidad de trabajo de mi abuelo. Pero los demás se burlaban de él. Como sabes, tenía la costumbre de hacer crujir todas sus articulaciones de tanto en tanto. En el taller lo hacía toda vez que acarreaba algo. Naturalmente, la gente creía que era tan viejo que siempre que se echaba algo a la espalda su cuerpo chirriaba.

»Con el Nagual como abuelo me sentía bastante desdichado. Pero para entonces Genaro ya había seducido mi avaricia, diciéndome que proporcionaba al Nagual una mezcla de plantas especial que lo hacía ser fuerte como un toro. Cada día acostumbraba llevarle un pequeño montón de hojas maceradas. Aseveraba que su amigo no era nada sin el brebaje, y, para demostrármelo, pasó dos días sin dárselo. Sin las hojas el Nagual parecía ser un viejo común y corriente. Genaro me convenció de que a mí también me era posible utilizar su pócima para que las mujeres me amasen. Ello despertó todo mi interés, sobre todo cuando me dijo que podíamos ser socios si le ayudaba a preparar la fórmula y dársela a su amigo. Un día me mostró unos dólares y me contó que había vendido su primer lote a un norteamericano. Eso me terminó de atraer y me convertí en socio suyo.

»Mi socio Genaro y yo teníamos grandes planes. Él sostenía que yo debía tener mi propio taller, porque con el dinero que íbamos a hacer con su fórmula podría comprar lo que quisiera. Compré un local y mi socio pagó por él. De modo que me entusiasmé. Sabía que hablaba en serio y comencé a trabajar en la preparación de su mezcla de hojas.

A esa altura, yo tenía la seguridad de que don Genaro había empleado plantas psicotrópicas en su receta. Razoné que debía de haber dado a Pablito su producto para garantizarse su sumisión.

– ¿Te dio plantas de poder, Pablito? -pregunté.

– Desde luego -replicó-. Me dio su preparado. Tragué toneladas de él.

Describió y realizó la imitación del modo en que don Juan se sentaba junto a la puerta de la casa de don Genaro, profundamente aletargado, y volvía a la vida tan pronto como la pócima tocaba sus labios. Pablito me dijo que, a la vista de tal transformación, se vio obligado a probarla.

– ¿Qué había en esa fórmula? -pregunté.

– Hojas verdes -respondió-. Todas las hojas verdes que podía recoger. Así de demonio era Genaro. Solía hablar de su fórmula y me hacía reír hasta que me elevaba como una cometa. ¡Dios, cómo disfruté en aquellos días!

Reí para aplacar los nervios. Pablito sacudió la cabeza de uno a otro lado y se aclaró la garganta dos o tres veces. Parecía estar haciendo un esfuerzo por no llorar.

– Como ya te he dicho, Maestro -prosiguió-, me impulsaba la codicia. Secretamente planeaba deshacerme de mi socio tan pronto como aprendiera a preparar la fórmula por mí mismo. Genaro no ha de haber ignorado nunca mis designios; poco antes de partir, me abrazó y me dijo que era hora de cumplir mi deseo; era hora de deshacerme de mi socio, porque ya había aprendido a hacer la poción.

Pablito se puso de pie. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

– El hijo del diablo de Genaro -dijo con dulzura-, El maldito demonio. Le quise realmente, y, si no fuese tan cobarde, estaría preparando su brebaje.

No quise escribir más. Para disipar mi tristeza, recordé a Pablito que debíamos ir a buscar a Néstor.

Estaba recogiendo mis notas para partir cuando la puerta de entrada se abrió de un fuerte golpe. Pablito y yo dimos un salto instintivamente y nos volvimos a mirar. Néstor estaba de pie en el vano. Corrí hacia él. Nos encontramos en medio de la habitación delantera. Se abalanzó sobre mí y me aferró por los hombros. Me pareció más alto y fuerte que en nuestra anterior reunión. Su cuerpo, largo y delgado, había adquirido una elegancia casi felina. Por una u otra razón, la persona que tenía frente a mí, que me miraba fijamente, no era el Néstor que había conocido. Le recordaba como un hombre tímido, al que avergonzaba sonreír a causa de sus dientes torcidos, un hombre que había sido confiado a Pablito para que éste cuidase de él. El Néstor que estaba viendo era una mezcla de don Juan y don Genaro. Era nervudo y ágil como don Genaro, pero tenía el poder de fascinación de don Juan. Quise complacerme en mi perplejidad, pero todo lo que logré hacer fue echar a reír como él. Me dio unas palmaditas en la espalda. Se quitó el sombrero. Recién entonces me percaté de que Pablito no lo llevaba. Y también advertí que Néstor era mucho más moreno y más recio. A su lado, Pablito se veía casi frágil. Ambos llevaban tejanos, chaquetas gruesas y zapatos con suela de crepé.

La presencia de Néstor en la casa disipó instantáneamente lo opresivo del ambiente. Le propuse reunirnos en la cocina.

– Llegas en buen momento -dijo Pablito a Néstor con una enorme sonrisa cuando nos sentamos-. El Maestro y yo estábamos aquí sollozando, recordando a los demonios toltecas.

– ¿Es cierto que llorabas, Maestro? -preguntó Néstor con una sonrisa maliciosa.

– No te quepa duda -replicó Pablito.

Un suave crujido en la puerta delantera hizo callar a Pablito y a Néstor. Se pusieron de pie y yo hice lo mismo. Miramos a la puerta. Estaba siendo abierta con sumo cuidado. Pensé que tal vez la Gorda hubiese regresado y abriera la puerta poco a poco para no molestarnos. Cuando finalmente se abrió lo suficiente para dejar paso a una persona, entró Benigno, como si lo hiciese furtivamente en una habitación a oscuras. Tenía los ojos cerrados y andaba de puntillas. Me hizo pensar en un niño que tratase de entrar sin ser visto en un cine, por la puerta de salida, para asistir a una función, sin atreverse a hacer ruido y sin distinguir nada en la oscuridad.

Todos contemplábamos a Benigno en silencio. Abrió un ojo sólo lo necesario para echar una mirada fugaz y orientarse y se dirigió, siempre en puntillas, a la cocina. Pablito y Néstor se sentaron y me indicaron que hiciese lo mismo. Entonces Benigno se deslizó por el banco hasta llegar a mi lado. Me dio un leve cabezazo en el hombro, tan sólo un suave golpecito, para que me corriese y le hiciese lugar en el banco. Se sentó cómodamente, con los ojos aún cerrados.

Vestía tejanos, como Pablito y Néstor. Su rostro había engordado desde nuestro anterior encuentro, años atrás, y su pelo se veía diferente, aunque yo no supiera explicar por qué. Tenía una tez más clara que la que yo recordaba, dientes muy pequeños, pómulos altos, nariz breve y orejas grandes. Siempre me había dado la impresión de ser un niño cuyos rasgos no hubieran madurado.

Pablito y Néstor, que habían callado en el momento de la entrada de Benigno, siguieron conversando mientras éste se sentaba, como si nada hubiese ocurrido.

– Claro, lloraba conmigo -dijo Pablito.

– Él no es un llorón como tú -le replicó Néstor.

Entonces se volvió hacia mí y me abrazó.

– Me alegra muchísimo que estés vivo -dijo-. Acabamos de hablar con la Gorda y nos dijo que eras el Nagual, pero no nos explicó cómo te las arreglaste para salvar tu vida. ¿Cómo fue, Maestro?

Entonces se me presentó una curiosa elección. Hubiera podido seguir por el camino de lo racional, como siempre, y decir sin mentir que no tenía la más vaga idea. También podía haber dicho que mi doble me había librado de aquellas mujeres. Estaba estimando el probable efecto de cada una de las alternativas cuando Benigno me distrajo. Abrió ligeramente un ojo y me miró y sofocó una risilla y ocultó la cabeza entre los brazos.

– Benigno, ¿no quieres hablar conmigo? -pregunté.

Negó con la cabeza.

Me sentía cohibido con él allí a mi lado, y opté por preguntar qué problema había conmigo.

– ¿Qué hace? -pregunté a Néstor en voz alta.

Néstor frotó la cabeza de Benigno y lo sacudió. Benigno abrió los ojos y los volvió a cerrar.

– Es así, ya lo conoces… -me dijo Néstor-. Es extremadamente tímido. Tarde o temprano abrirá los ojos. No le hagas caso. Si se aburre, se quedará dormido.

Benigno hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, siempre con los ojos cerrados.

– Bueno, ¿cómo fue que te zafaste? -insistió Néstor.

– ¿No nos lo quieres decir? -preguntó Pablito.

Expliqué que mi doble había salido de mi coronilla por tres veces. Les hice un relato de lo sucedido.

No se mostraron en absoluto sorprendidos y tomaron mi narración como una cuestión de rutina. Pablito quedó encantado al considerar la posibilidad de que doña Soledad no lograra recuperarse y, a la larga, muriera. Quiso saber si también había golpeado a Lidia. Néstor le ordenó, mediante un gesto perentorio, que callara. Pablito dócilmente se interrumpió en mitad de la frase.

– Lo siento, Maestro -dijo Néstor-, pero no fue tu doble.

– ¡Pero si todo el mundo dijo que había sido mi doble!

– Sé a ciencia cierta que has interpretado mal a la Gorda, porque cuando Benigno y yo nos dirigíamos a la casa de Genaro, ella nos alcanzó y nos informó que tú y Pablito estabais aquí. Al referirse a ti, te llamó Nagual. ¿Sabes por qué?

Reí y le respondí que creía que ello era debido a su idea de que yo había recibido la mayor parte de la luminosidad del Nagual.

– ¡Uno de nosotros es un imbécil! -dijo Benigno con voz tronante, sin abrir los ojos.

El sonido de su voz era tan extraño que me aparté de él de un salto. Su declaración, completamente inesperada, sumada a mi reacción ante ella, hizo reír a todos. Benigno abrió un ojo, me observó un instante y luego enterró la cabeza entre los brazos.

– ¿Sabes por qué llamábamos el Nagual a Juan Matus? -me preguntó Néstor.

Le confesé que siempre había pensado que era un modo delicado de llamarle brujo.

La carcajada de Benigno fue tan estrepitosa que su sonido apagó las voces de todos los demás. Parecía estar divirtiéndose inmensamente. Apoyó la cabeza en mi hombro cual si se tratase de un objeto cuyo peso le resultara ya insoportable.

– Le llamábamos el Nagual -prosiguió Néstor- porque estaba escindido en dos partes. Dicho en otros términos, toda vez que lo necesitaba, le era posible salir por un camino con el que nosotros no contábamos; algo surgía de él, algo que no era un doble sino una sombra horrenda, amenazante, de aspecto semejante al suyo, pero del doble de su tamaño. Llamamos Nagual a esa sombra y todo aquel que la tiene es, por supuesto, el Nagual.

»El Nagual nos dijo que, si lo deseábamos, todos podíamos disponer de esa sombra que surge de la cabeza, pero lo más probable es que ninguno de nosotros lo desee. Genaro no lo quería, de modo que supongo que nosotros tampoco lo queremos. Por lo que parece, eres tú quien carga con ello.

Se desternillaron de risa. Benigno me rodeó los hombros con el brazo y rió hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas.

– ¿Por qué dices que cargo con ello? -pregunté a Néstor.

– Consume mucha energía -dijo-, demasiado trabajo. No sé cómo puedes mantenerte en pie.

»El Nagual y Genaro te dividieron en el bosquecillo de eucaliptus. Te llevaron allí porque los eucaliptos son tus árboles. Yo estaba allí, y presencié el momento en que te abrieron y sacaron tu nagual. Lo hicieron tirándote de las orejas hasta que tu luminosidad estuvo separada en dos y dejaste de ser un huevo, para convertirte en dos largos trozos de luminosidad. Luego te volvieron a unir, pero cualquier brujo que vea puede decir que hay un enorme agujero en el centro.

– ¿Cuál es la ventaja de haber sido dividido?

– Tienes un oído que lo oye todo y un ojo que lo ve todo y siempre te será posible sacar un kilómetro de ventaja en caso de necesidad. A esa división obedece también el que nos hayan dicho que tú eras el Maestro.

»Intentaron también dividir a Pablito, pero aparentemente fracasaron. Es demasiado consentido y siempre se ha gratificado como un cerdo. Es por ello que tiene tantas arrugas.

– Entonces, ¿qué es un doble?

– Un doble es el otro, el cuerpo que se obtiene mediante el soñar. Tiene exactamente el mismo aspecto que uno.

– ¿Tienen todos un doble?

Néstor me miró con la sorpresa reflejada en sus ojos.

– ¡Eh, Pablito, háblale de dobles al Maestro! -dijo riendo.

Pablito pasó al otro lado de la mesa y sacudió a Benigno.

– Háblale tú, Benigno -dijo-. Mejor aún, muéstraselo.

Benigno se puso de pie, abrió los ojos tanto como pudo y miró al techo; luego se bajó los pantalones y me mostró el pene.

Los Genaros estallaron en risotadas.

– ¿Tu pregunta fue hecha en serio, Maestro? -me preguntó Néstor, inquieto.

Le aseguré que había expresado con absoluta autenticidad mi deseo de conocer todo lo relativo a su saber. Me lancé entonces a una larga aclaración acerca de cómo don Juan me había mantenido apartado de su mundo por motivos que no alcanzaba a desentrañar, impidiéndome una relación más estrecha con ellos.

– Piensen en esto -dije-: hasta hace tres días ignoré que esas cuatro muchachas fuesen aprendices del Nagual, y que Benigno lo fuera de Genaro.

Benigno abrió los ojos.

– Y tú piensa en esto -dijo-: hasta hoy ignoré que fueses tan estúpido.

Volvió a cerrar los ojos y los tres echaron a reír como locos. No me quedó más remedio que sumarme a ellos.

– Te estábamos tomando el pelo, Maestro -dijo Néstor a modo de disculpa-. Creíamos que tú nos lo estabas tomando a nosotros, con tu insistencia en el tema. El Nagual nos dijo que veías. Si es así, te darás cuenta de que somos un grupo ridículo. Carecemos del cuerpo del soñar. No tenemos doble.

Del modo más grave y formal, Néstor me hizo saber que algo se interponía entre ellos y su deseo de tener un doble. Entendí que lo que me quería decir era que, desde la partida de don Juan y don Genaro, se había creado una barrera. Él pensaba que probablemente fuese producto del fracaso de Pablito en su tarea. Pablito agregó que, desde que el Nagual y Genaro se habían ido, algo les perseguía; incluso Benigno, que por entonces vivía en el punto más meridional de México, había tenido que regresar. Sólo al estar los tres juntos se sentían seguros.

– ¿Y de qué crees que se trate? -pregunté a Néstor.

– Hay algo allí fuera, en esa inmensidad, que nos atrae -replicó-. Pablito considera que la culpa es suya, por ponerse a malas con las mujeres.

Pablito se volvió hacia mí. Había un brillo intenso en sus ojos.

– Me han echado una maldición, Maestro -dijo-. Sé que soy la causa de todas nuestras dificultades. Quise desaparecer de estos alrededores tras mi pelea corn Lidia, y a los pocos meses me fui a Veracruz. Allí me encontré realmente feliz, junto a una muchacha con la que pretendía casarme. Conseguí trabajo y todo me iba bien, hasta que un día llegué a casa y me encontré con esos cuatro monstruos hombrunos que, como animales de presa, me habían seguido el rastro por el olfato. Estaban en mi casa, atormentando a mi mujer. La bruja de Rosa puso la mano sobre el vientre de mi mujer y la hizo cagar en la cama; como lo oyes. Su jefe, Cien Nalgas, me dijo que habían cruzado el continente buscándome. Me cogió por el cinturón y me arrancó de allí. Me empujó hasta la estación de autobuses para traerme aquí. Yo estaba enloquecido porque no podía enfrentarme con Cien Nalgas.

Me hizo subir al autobús. Pero en el camino huí. Corrí por entre arbustos y sobre colinas hasta que los pies se me hincharon al punto de no poder quitarme los zapatos. Estuve al borde de la muerte. Pasé nueve meses enfermo. Si el Testigo no me hubiese encontrado, no estaría vivo.

– Yo no le encontré -me dijo Néstor-. Fue la Gor da. Me llevó hasta el lugar en que se hallaba y entre los dos lo ayudamos a llegar al autobús y lo trajimos aquí. Deliraba y pagamos un suplemento del billete para que el conductor le permitiera permanecer en el vehículo.

Con acentos sumamente dramáticos, Pablito dijo que él no había cambiado de parecer; aún deseaba morir.

– Pero, ¿por qué? -le pregunté.

Benigno respondió por él, con voz estruendosa.

– Porque no le funciona la picha -dijo.

El resonar de su voz fue tan extraordinario que tuve la fugaz impresión de que hablaba desde dentro de una caverna. Era a la vez aterradora y absurda. Reí, casi fuera de control.

Néstor contó que Pablito había tratado de cumplir su misión de establecer relaciones sexuales con las mujeres, de acuerdo con las instrucciones del Nagual. Éste le había dicho que los cuatro lados de su mundo estaba ya situados en la posición adecuada y que todo lo que tenía que hacer era exigirlos. Pero cuando Pablito fue a exigir su primer lado, Lidia, ella estuvo a punto de darle muerte. Néstor agregó que, en su opinión personal como testigo del evento, la razón por la cual Lidia le había dado el cabezazo era su imposibilidad para cumplir su función como hombre; en vez de sentirse azorada por las circunstancias, le había golpeado.

– ¿Estuvo Pablito realmente enfermo como consecuencia de ese golpe, o tan sólo lo fingió? -pregunté, casi chanceando.

Volvió a responder Benigno, con la misma voz retumbante.

– ¡Sólo fingía! -dijo-. ¡No fue más que un chichón!

Pablo y Néstor rieron agudamente y chillaron

– No culpamos a Pablito por temer a esas mujeres -dijo Néstor-. Son todas como el propio Nagual, guerreros temibles. Son viles y locas.

– ¿Las crees tan malas? -le pregunté.

– Decir que son malas es omitir una parte de la verdad -dijo Néstor-. Son exactamente como el Nagual. Son decididas y tenebrosas. Cuando el Nagual estaba aquí, solían sentarse cerca de él y mirar a lo lejos con los ojos entornados durante horas, a veces durante días.

– ¿Es cierto que Josefina estuvo rematadamente loca hace tiempo? -inquirí.

– No me hagas reír -replicó Pablito-. No hace tiempo; es ahora cuando está loca. Es la más demente de la pandilla.

Les conté lo que me había hecho. Suponía que iban a apreciar el aspecto cómico de su magnífica actuación. Pero mi relato pareció caerles mal. Me escucharon como niños asustados; hasta Benigno abrió los ojos para atender a mis palabras.

– ¡Es tremendo! -exclamó Pablito-. Esas brujas son realmente horrorosas. Y sabes que su jefe es Cien Nalgas. Es ella quien arroja la piedra y esconde la mano y finge ser una niña inocente. Ten cuidado con ella, Maestro.

– El Nagual preparó a Josefina para que fuese capaz de hacerle todo en cualquier momento -explicó Néstor-. Puede fingir lo que se te ocurra: llanto, risa, ira… cualquier cosa.

– Pero, ¿cómo es cuando no hace comedia? -pregunté a Néstor.

– Está loca de remate -respondió Benigno con voz suave-. Conocí a Josefina el día de su llegada. Tuve que arrastrarla hacia la casa. El Nagual y yo solíamos tenerla atada a la cama. Una vez se echó a llorar por su amiga, una pequeña con la que en otros tiempos había jugado. Lloró tres días. Pablito la consolaba y le daba de comer como a un bebé. Ella es como él. Ninguno de los dos sabe cómo detenerse una vez que ha comenzado.

De pronto, Benigno empezó a olisquear el aire. Se puso de pie y fue hasta el fogón.

– ¿Es realmente tímido? -pregunté a Néstor.

– Es tímido y excéntrico -fue Pablito quién replicó-. Será así hasta que pierda la forma. Genaro nos dijo que tarde o temprano perderíamos la forma, de modo que no tiene sentido amargarnos la vida tratando de cambiar como nos indicó el Nagual. Genaro nos aconsejó divertirnos y no preocuparnos por nada. Tú y las mujeres se inquietan y se esfuerzan; nosotros, por el contrario, lo pasamos bien. Tú no sabes disfrutar de las cosas y nosotros no sabemos amargarnos la vida. El Nagual llamaba al amargarse la vida ser impecable; nosotros le llamamos estupidez, ¿no es así?

– Hablas únicamente por ti mismo, Pablito -dijo Néstor-. Benigno y yo no compartimos tu oposición.

Benigno trajo un tazón de comida y me lo puso delante. Sirvió a todos. Pablito examinó los recipientes y preguntó a Benigno de dónde los había sacado. Benigno le informó que estaban en una caja, en el lugar que la Gorda le había dicho que los tenía guardados. Pablito me dijo en confianza que aquéllos habían sido sus tazones antes de la ruptura.

– Debemos tener cuidado -comentó Pablito en tono nervioso-. Es indudable que estos tazones están hechizados. Esas brujas les ponen algo. Yo preferiría usar el de la Gorda.

Néstor y Benigno empezaron a comer. En ese momento advertí que Benigno me había dado el tazón marrón. Pablito parecía confundido. Quise tranquilizarle, pero Néstor me detuvo.

– No lo tomes en serio -dijo-. Le gusta ser así. Se sentará y comerá. Es allí donde tú y las mujeres fallan. No hay modo de hacerles entender que Pablito es así. Esperan que todo el mundo sea como el Nagual. La Gorda es la única que no se inmuta por él; no porque lo comprenda, sino porque ha perdido la forma.

Pablito se sentó a comer, y entre los cuatro dimos buena cuenta de toda la olla. Benigno lavó los tazones y volvió a ponerlos en la caja cuidadosamente. Luego, nos sentamos cómodamente en torno a la mesa.

Néstor propuso que, tan pronto como oscureciera, fuésemos a dar un paseo por un barranco cercano al que yo solía ir con don Juan y don Genaro. Por una u otra razón, me sentía poco dispuesto a ir. No tenía la suficiente confianza en ellos. Néstor afirmó que estaban acostumbrados a andar en la oscuridad y que el arte de un brujo consistía en pasar desapercibido aun en medio de la multitud. Le conté lo que en cierta ocasión me había dicho don Juan, antes de dejarme en un lugar desierto de las montañas, no lejos de allí. Me había pedido que me concentrase en tratar de no ser evidente. Decía que los lugareños conocían a todo el mundo de vista. No había mucha gente, pero quienes allí vivían andaban siempre de un lado para otro y eran capaces de distinguir a un extraño a varios kilómetros. Algunos de ellos poseían armas de fuego y no tenían el menor reparo en disparar.

– No te preocupes por los seres del otro mundo -había dicho don Juan riendo-. Los peligrosos son los mexicanos.

– Eso sigue siendo válido -dijo Néstor-. Siempre fue cierto. Esa es la razón por la cual el Nagual y Genaro eran artistas tan consumados. Aprendieron a pasar inadvertidos por en medio de todo eso. Conocían el arte del acecho.

Aún era demasiado temprano para nuestro paseo por lo oscuro. Quería aprovechar el tiempo para formular a Néstor mi problema crucial. Lo había estado posponiendo hasta ese momento; cierta extraña sensación me había impedido hacerle la pregunta. Era como si la respuesta de Pablito hubiese agotado todo mi interés. Pero el propio Pablito vino en mi ayuda: de pronto, trajo a colación el tema, como si hubiera leído mis pensamientos.

– Néstor también saltó al abismo él mismo día que nosotros -dijo-. Y así fue como se convirtió en el Testigo, tú te convertiste en el Maestro y yo en el tonto del pueblo.

Con tono despreocupado pedía Néstor que me hablara de su salto al vacío. Traté de aparentar poco interés. Pablito era consciente de la verdadera naturaleza de mi forzada indiferencia. Rió y comentó con Néstor que yo procedía con cautela porque su propio relato de los hechos me había decepcionado profundamente.

– Yo lo hice después de ustedes -dijo Néstor, y se quedó mirándome como si esperara otra pregunta.

– ¿Saltaste inmediatamente detrás de nosotros? -inquirí.

– No. Me llevó bastante rato disponerme -respondió-. Genaro y el Nagual no me habían dicho qué hacer. Ese era un día de prueba para todos nosotros.

Pablito parecía desalentado. Se levantó de la silla y echó a andar por la habitación. Volvió a sentarse, sacudiendo la cabeza en un gesto de desesperación.

– ¿Realmente nos viste arrojarnos al abismo? -pregunté a Néstor.

– Soy el Testigo -replicó. En el presenciar estaba mi camino al conocimiento; contarte impecablemente lo que presencié es mi deber.

– ¿Pero qué es lo que viste en verdad? -insistí.

– Los vi aferrarse el uno al otro y correr hasta el límite del abismo. Y luego los vi, como a dos cometas, recortados contra el cielo. Pablito se alejó en línea recta y luego cayó. Tú ascendiste un poco y te alejaste un corto trecho del borde, antes de caer.

– Pero, ¿saltamos con nuestros cuerpos? -quise saber.

– Bueno… no creo que haya otra forma de hacerlo -dijo, y rió.

– ¿No pudo haberse tratado de una ilusión? -pregunté.

– ¿Qué es lo que estás tratando de decir, Maestro? -preguntó a su vez en tono seco.

– Quiero conocer la verdad de lo ocurrido -dije.

– ¿Acaso padeces amnesia, como Pablito? -inquirió Néstor con un destello en la mirada.

Intenté explicarle la naturaleza de mi dilema respecto del salto. No se pudo contener y me interrumpió. Pablito intervino para llamarle al orden y se lanzaron a una discusión. Pablito la eludió mediante el expediente de comenzar a pasearse, semisentado, arrastrando la silla alrededor de la mesa.

– Néstor no ve más allá de sus narices -me dijo-. Benigno es igual. No obtendrás nada de ellos. Al menos cuentas con mi simpatía.

Pablito soltó una risilla aguda que hizo temblar sus hombros y se cubrió la cara con el sombrero de Benigno.

– Por lo que a mí se refiere, ambos saltaron -dijo Néstor en un súbito estallido-. Genaro y el Nagual no les habían dejado otra salida. En eso consistía su técnica: en acorralarlos y guiarlos hacia la única puerta abierta. Por eso ustedes dos se arrojaron al vacío. Eso es lo que yo presencié. Pablito dice que él no sintió nada; eso es discutible. Sé que era perfectamente consciente de todo, pero él prefiere negar su experiencia.

– Yo no era verdaderamente consciente -me aseguró Pablito en tono de disculpa.

– Puede ser -dijo Néstor secamente-. Pero yo sí, y vi sus cuerpos haciendo lo que debían hacer: saltar.

Las afirmaciones de Néstor me pusieron de un humor singular. Hasta ese momento había estado en busca de confirmaciones para lo que había percibido por mí mismo. Pero, una vez logrado mi propósito, comprendía que no tenía la menor importancia. Saber que había saltado y temer lo que había percibido era una cosa; buscar para ello validaciones consensuales era otra. Entendí entonces que no había una correlación necesaria entre ambas. Había creído que el hecho de que alguien corroborase el salto liberaría a mi intelecto de dudas y temores. Estaba equivocado. Contra lo esperado, me sentía más inquieto, más inmerso en la cuestión.

Empecé por comunicar a Néstor que, si bien había ido a verlos con la finalidad específica de obtener de ellos la confirmación de mi salto, había cambiado de idea y no quería hablar más del asunto. Los dos se pusieron a hablar a la vez, de modo que la conversación se generalizó. Pablito sostenía que él no había sido consciente, Néstor gritaba que Pablito era un consentido y yo decía que no quería oír mencionar el salto ni una vez más.

Por primera vez, me resultó absolutamente ostensible que los tres carecíamos de serenidad y de dominio de sí. Ninguno de nosotros estaba dispuesto a prestar toda su atención al otro, como lo hacían don Juan y don Genaro. Puesto que me era imposible mantener un orden mínimo en nuestro intercambio de opiniones, me sumí en mis propias cavilaciones. Siempre había pensado que el único de mis defectos que me había impedido entrar de lleno en el mundo de don Juan era mi insistencia en racionalizarlo todo; pero la presencia de Pablito y de Néstor me acababa de dar una nueva visión de mí mismo. Otro de mis defectos era la timidez. Una vez apartado de los seguros rumbos del sentido común, me faltaba confianza en mí mismo y me dejaba intimidar por el terrible peso de aquello que tenía lugar ante mis ojos. Así consideré imposible creer que yo había saltado al vacío.

Don Juan había afirmado en numerosas ocasiones que en la brujería todo consistía en una cuestión de percepción; fieles a ese criterio, él y don Genaro habían montado un drama enorme, catártico, destinado a nuestro último encuentro en aquella cima arrasada. Cuando me hicieron expresar en palabras claras y audibles mi agradecimiento a cuantos alguna vez me habían ayudado, me embargó la alegría. En ese instante había captado toda mi atención, permitiendo a mi cuerpo percibir el único acto posible dentro de su marco de referencia: el salto al abismo. Ese salto era la realización práctica de mi percepción, no como hombre corriente, sino como brujo.

Estaba tan absorto poniendo por escrito mis pensamientos que no advertí que Néstor y Pablito habían dejado de hablar y los tres me estaban mirando. Les expliqué que, para mí, no había modo de comprender qué había ocurrido en ese salto.

– No hay nada que comprender -dijo Néstor-. Las cosas suceden y nadie puede decir cómo. Pregúntale a Benigno si quiere comprender.

– ¿Quieres comprender? -pregunté a Benigno en broma.

– ¡Puedes estar seguro de ello! -exclamó con voz de bajo profundo, haciendo reír a todos.

– Te complaces en afirmar que quieres entender -prosiguió Néstor-. Como Pablito se complace en afirmar que no recuerda nada.

Miró a Pablito y me guiñó un ojo. Pablito bajó la cabeza.

Néstor me preguntó si algo me había llamado la atención en el talante de Pablito en el momento previo al salto. Tuve que admitir que no me había visto en situación de reparar en cosas tan sutiles como el talante de Pablito.

– Un guerrero debe advertirlo todo -dijo-. Esa es su peculiaridad y, como decía el Nagual, en ello radica su ventaja.

Sonrió y fingió turbación, cubriéndose la cara con el sombrero.

– ¿Qué es lo que omití tomar en cuenta respecto del talante de Pablito? -le pregunté.

– Pablito había saltado antes de acercarse al abismo -respondió-. No tenía que hacer nada. Lo mismo hubiera dado que se sentase en el borde en vez de arrojarse.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Pablito ya se estaba desintegrando -replicó-. Es por eso que cree haber perdido el conocimiento. Pablito miente. Oculta algo.

Pablito comenzó a hablar, dirigiéndose a mí. Murmuró algunas palabras ininteligibles; luego se dio por vencido y se desplomó en la silla. Néstor también empezó a decir algo. Le hice callar. No estaba seguro de haber entendido correctamente.

– ¿Se estaba desintegrando el cuerpo de Pablito? -pregunté.

Pasó un largo rato mirándome fijamente, sin decir palabra. Estaba sentado a mi derecha. En silencio, se fue a sentar al banco de enfrente.

– Debes tomar en serio lo que digo -sostuvo-. No hay modo de hacer retroceder la rueda del tiempo hasta antes de ese salto. El Nagual decía que es un honor y una satisfacción ser un guerrero, y que la fortuna del guerrero consiste en hacer lo que debe hacer. Te he comunicado impecablemente lo que presencié. Pablito se estaba desintegrando. Cuando corrieron hacia el borde del abismo, sólo tú eras sólido. Pablito era como una nube. Él cree que estuvo a punto de caer de bruces, y tú crees que lo sostuviste por el brazo para ayudarle a llegar al borde. Ambos se equivocan, y yo no dudo que hubiese sido mejor para los dos que no lo recogieses.

Me sentía más confundido que nunca. Le creía sincero en sus afirmaciones, pero recordaba tan sólo haber cogido a Pablito por el brazo.

– ¿Qué hubiera sucedido de no intervenir yo? -inquirí.

– No puedo contestar a eso -replicó Néstor-. Pero sé que cada uno de ustedes perjudicó la luminosidad del otro. En el momento en que le rodeaste el brazo, Pablito cobró cierta solidez, pero tú desperdiciaste tu precioso poder por nada.

– ¿Qué hiciste tú una vez que hubimos saltado? -pregunté a Néstor tras un largo silencio.

– Tan pronto como hubieron desaparecido -dijo- quedé con los nervios tan destrozados que no podía respirar, y también me desmayé; no sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Creo que fue tan sólo un instante. Al recobrar el sentido miré a mi alrededor en busca de Genaro y del Nagual; se habían ido. Corrí de un lado para otro por aquella cima, llamándoles hasta enronquecer.

Entonces comprendí que estaba solo. Fui hasta el borde del precipicio en busca del signo con que la tierra indica que un guerrero no va a regresar, pero ya era demasiado tarde. En ese momento, tomé conciencia de que Genaro y el Nagual habían partido para siempre. No me había dado cuenta antes de que, tras haberse despedido de ustedes, mientras corrían hacia el vacío, se habían vuelto hacia mí y me habían dicho adiós con la mano.

»Encontrarme solo a esa hora, en aquel lugar desértico, era más de lo que podía soportar. De un solo golpe había perdido a todos los amigos que tenía en el mundo. Me senté y lloré. Y según iba sintiendo más y más pánico iban aumentando en volumen mis chillidos. Grité el nombre de Genaro con toda voz. Para entonces todo estaba negro como boca de lobo. No alcanzaba a distinguir un solo accidente conocido. Sabía que como guerrero no tenía derecho alguno a ceder a mi aflicción. Para serenarme, comencé a aullar como un coyote, a la manera en que el Nagual me había enseñado a hacerlo. Al cabo de un rato de aullar me sentí mucho mejor; tanto, que olvidé mi tristeza. Olvidé la existencia del mundo. Cuanto más aullaba, más fácil me resultaba percibir el calor y la protección de la tierra.

»Deben haber pasado horas. De pronto sentí un golpe en mi interior, detrás de la garganta, y el sonido de una campana en los oídos. Recordé lo que el Nagual había dicho a Eligio y a Benigno antes de que saltaran. Que esa sensación en la garganta se presentaba en el instante inmediatamente anterior a aquel en que uno se dispone a cambiar de velocidad, y que el sonido de la campana era el vehículo del que era posible valerse para lograr cualquier cosa que uno deseara. Lo que yo deseaba era ser un coyote. Me miré los brazos, apoyados en el suelo frente a mí. Habían cambiado de aspecto y semejaban los de un coyote. Vi piel de coyote en ellos y en mi pecho. ¡Era un coyote! Ello me hizo tan feliz que lloré como debe llorar un coyote. Sentía mis dientes de coyote, mi hocico largo y puntiagudo y mi lengua. De algún modo, sabía que había muerto; pero no me importaba. No me importaba haberme convertido en un coyote, ni estar muerto, ni estar vivo. Anduve como un coyote, en cuatro patas, hasta el borde del precipicio, y me arrojé a él. No me quedaba otra cosa por hacer.

»Sentí que caía y que mi cuerpo de coyote daba vueltas en el aire. Entonces volví a ser yo, girando rápidamente en el espacio. Pero antes de llegar al fondo cobré tal ligereza que dejé de caer para empezar a flotar. El aire me pasaba de lado a lado. ¡Era tan liviano! Creí que por fin la muerte me penetraba. Algo agitaba mi interior y me desintegraba como arena seca. El lugar en que me hallaba era pacífico y perfecto. Por alguna razón sabía que estaba allí y, sin embargo, no estaba. Yo era nada. Eso es todo lo que puedo decir sobre ello. Luego, bruscamente, lo mismo que me había reducido a arena seca volvió a reunirme. Retorné a la vida y me encontré sentado en la cabaña de un viejo brujo mazateca. Me dijo que se llamaba Porfirio. Aseguró que estaba contento de verme y comenzó a enseñarme ciertas cosas referidas a plantas de las que Genaro nunca me había hablado. Me llevó al lugar en que se hacían las plantas y me mostró el molde de las plantas, especialmente las marcas de los moldes. Me explicó que si buscaba esas marcas en las plantas podría determinar para qué servían, aun cuando se tratase de una especie que nunca hubiese visto. Una vez seguro de que había aprendido a diferenciar las marcas, me despidió; pero me invitó a volver a verle. En ese momento sentí un violento tirón y me desintegré, como antes. Me dividí en un millón de trozos.

»Luego fui nuevamente atraído hacia mí mismo y volví a ver a Porfirio. Después de todo, me había invitado. Sabía que podía ir a donde quisiera, pero escogí la cabaña de Porfirio porque era amable conmigo y me enseñaba. Además, no quería correr el riesgo de encontrarme con cosas horrorosas. Esa vez Porfirio me llevó a ver el molde de los animales. Allí vi mi propio nagual animal. Nos reconocimos a primera vista. Porfirio quedó encantado con nuestra amistad. También vi el nagual de Pablito y el tuyo, pero no quisieron hablar conmigo. Parecían tristes. No insistí en trabar conversación. No conocía las consecuencias del salto de ustedes. Yo me suponía muerto, pero mi nagual me dijo que no lo estaba; y que ustedes dos también vivían. Le pregunté por Eligio, y mi nagual aseveró que se había marchado para siempre. Recordé que al presenciar el salto de Eligio y Benigno había oído al Nagual dar instrucciones a Benigno en el sentido de no buscar visiones estrafalarias ni mundos fuera del propio. El Nagual le aconsejó aprender tan sólo acerca de su mundo porque al hacerlo así hallaría la única forma de poder adecuada a él. El Nagual le indicó específicamente la conveniencia de permitir que sus trozos volasen lo más lejos posible, con la finalidad de restaurar su fuerza. Lo mismo hice yo. Pasé del tonal al nagual y viceversa once veces. Cada una de ellas, no obstante, era recibido por Porfirio, quien se encargaba de seguir instruyéndome. En cuanto mis fuerzas disminuían, me restablecía en el nagual; hasta que, en una ocasión, las recobré hasta el punto de volver a hallarme sobre la tierra.

– Doña Soledad me dijo que Eligio no había saltado al abismo -acoté.

– Saltó con Benigno -dijo Néstor-. Pregúntaselo; te lo contará con su voz favorita.

Me volví hacia Benigno y le pregunté.

– ¡No tengas duda de que saltamos juntos! -replicó con voz de trompeta-. Pero nunca hablo de ello.

– ¿Qué te dijo de Eligio doña Soledad? -preguntó Néstor.

Les conté que doña Soledad me había dicho que Eligio había sido envuelto por un viento y abandonado el mundo cuando trabajaba en campo abierto.

– Está completamente confundida -dijo Néstor-. Eligio fue llevado por los aliados. Pero él no quería a ninguno de ellos, de modo que le dejaron ir. Eso no tiene nada que ver con el salto. La Gorda nos dijo que tuviste un encuentro con los aliados anoche; no sé qué hiciste, pero si hubieras querido atraparlos o seducirlos para que se quedasen contigo, habrías debido girar con ellos. A veces ellos llegan por propia decisión hasta el brujo y le envuelven y le hacen girar. Eligio era el mejor guerrero que había, así que los aliados fueron a él por su cuenta. Si alguno de nosotros quisiera a los aliados, tendríamos que rogarles durante años; aun así, dudo que accedieran a ayudarnos.

»Eligio tuvo que saltar como todo el mundo. Yo presencié su salto. Lo hizo en compañía de Benigno. Buena parte de lo que nos sucede como brujos depende de lo que haga nuestro compañero. Benigno está un poco trastornado porque su compañero no regresó. ¿No es así, Benigno?

– ¡No lo dudes! -respondió Benigno con su voz predilecta.

En ese momento sucumbí ante una gran curiosidad que había hecho presa de mí desde la primera vez que había oído hablar a Benigno.

Le pregunté cómo hacía su voz tonante. Se volvió para mirarme. Se sentó tieso y se señaló la boca como si deseara que fijara mis ojos en ella.

– ¡No lo sé! -tronó- ¡Me limito a abrir la boca y esta voz sale de ella!

Contrajo los músculos de la frente, curvó los labios y produjo un profundo sonido. Vi entonces que tenía poderosos músculos en las sienes, responsables del singular contorno de su cabeza. No era su peinado lo que había cambiado, sino el conjunto de la porción frontal superior de su cráneo.

– Genaro le legó sus sonidos -me aclaró Néstor-. Espera a que se tire un pedo.

Intuí que Benigno se estaba preparando para demostrar sus habilidades.

– Espera, espera, Benigno -dije- no es necesario.

– ¡Oh, mierda! -exclamó Benigno decepcionado-. Reservaba el mejor para ti.

Pablito y Néstor rompieron a reír con tal fuerza que hasta Benigno se unió a ellos.

– Cuéntame qué más le sucedió a Eligio -pedí a Néstor cuando se hubieron calmado.

– Cuando Eligio y Benigno saltaron -replicó Néstor-, el Nagual me hizo ir a toda prisa hasta el borde del abismo para ver el signo con que la tierra indica que se han arrojado guerreros al vacío. Si se aprecia algo semejante a una nube, a una ligera ráfaga, es porque el tiempo del guerrero sobre la tierra aún no ha tocado a su fin. El día en que Eligio y Benigno saltaron sentí una corriente de aire procedente del lado del cual lo había hecho Benigno y comprendí que su tiempo no había expirado. Pero en el lado de Eligio no hubo sino silencio.

– ¿Qué crees que le ocurrió a Eligio? ¿Murió?

Los tres me miraron. Estuvieron inmóviles un momento. Néstor se rascó las sienes con ambas manos. Benigno sofocó una risilla y sacudió la cabeza. Intenté explicarme, pero Néstor me detuvo con un gesto.

– ¿Las preguntas que nos haces son serias? -quiso saber.

Benigno respondió por mí. Cuando no hacía el payaso, su voz era profunda y melodiosa. Dijo que el Nagual y Genaro nos habían reunido porque cada uno de nosotros poseía fragmentos de información de los cuales carecían los demás.

– Bien; si ese es él caso, te diremos cómo son las cosas -dijo Néstor sonriendo como si acabara de quitarse un gran peso de encima-. Eligio no murió. Nada de eso.

– ¿Dónde está? -pregunté.

Volvieron a mirarme. Tuve la impresión de que estaban haciendo verdaderos esfuerzos por no reír. Les dije que lo único que sabía acerca de Eligio era lo que me había contado doña Soledad. Me había dicho que Eligio había ido al otro mundo a reunirse con el Nagual y con Genaro. A mí eso me sonaba a que los tres estaban muertos.

– ¿Por qué hablas así, Maestro? -preguntó Néstor en un tono que revelaba profunda preocupación-. Ni siquiera Pablito habla así.

Pensé que Pablito iba a protestar. Estuvo a punto de ponerse de pie, pero pareció cambiar de opinión.

– Sí, es cierto -dijo-. Ni siquiera yo hablo así.

– Bueno, si Eligio no murió, ¿dónde está? -pregunté.

– Soledad ya te lo ha dicho -respondió Néstor suavemente-. Eligio fue a reunirse con el Nagual y con Genaro.

Consideré conveniente no hacer más preguntas. No quiero decir con ello que mis indagaciones fuesen agresivas, sino que ellos siempre las tomaban como tales. Además, sospechaba que no sabían mucho más que yo.

De pronto, Néstor se puso de pie y empezó a andar de un lado para otro delante de mí. Finalmente, me apartó de la mesa cogiéndome por las axilas. No quería que escribiera. Me preguntó si era cierto que me había desmayado como Pablito en el momento del salto y no recordaba nada. Le dije que había tenido buen número de sueños vívidos o visiones que no podía explicar y les había ido a ver en busca de una aclaración. Me pidieron que les contara todas las visiones que hubiese tenido.

Tras escuchar mi relato, Néstor comentó que eran de un tipo muy extraño y que sólo las dos primeras eran de gran importancia y de esta tierra. Las demás eran visiones de mundos ajenos. Explicó que la primera tenía un especial valor porque se trataba de un presagio propiamente dicho. Agregó que los brujos consideraban el primero de los sucesos de toda serie como el anteproyecto del mapa de lo que iba a producirse a continuación.

En aquella visión en particular me encontraba delante de un mundo estrafalario. Había una enorme roca ante mis ojos, una roca que había sido partida en dos. A través de un ancho boquete en ella, alcanzaba a ver una llanura fosforescente y sin límites, una especie de valle, bañado en una luz amarillo verdosa. En un lado del valle, a la derecha, parcialmente oculto a mi vista por la enorme roca, había una increíble estructura en forma de cúpula. Era oscura, de un gris semejante al de la carbonilla. Si mi tamaño hubiese sido el mismo que en el mundo de mi vida corriente, su altura habría llegado a quince mil metros y su ancho a muchos kilómetros. Tal enormidad me deslumbró. Sentí vértigo y caí a plomo en un estado de desintegración.

Volví a experimentar el mismo rechazo y fui a dar sobre una superficie sumamente desigual y, sin embargo, lisa. Era una superficie brillante, interminable, tal como la llanura que había visto antes. Se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No tardé en darme cuenta de que podía mover la cabeza en cualquier dirección que deseara sobre un plano horizontal, pero no hacia mí mismo. No obstante, me era posible inspeccionar los alrededores rotando la cabeza de izquierda a derecha y viceversa. Pero cuando pretendía volverme para mirar detrás de mí, no conseguía desplazar mi volumen.

La llanura se extendía monótonamente, igual a mi derecha que a mi izquierda. No había a la vista más que un infinito resplandor blanquecino. Quería ver el suelo que pisaba, pero no podía bajar los ojos. Alcé la cabeza para mirar al cielo; vi otra superficie ilimitada y blanquecina, que parecía unida a aquélla sobre la cual me hallaba. Experimenté una súbita aprensión e intuí que algo estaba a punto de serme revelado. Pero el repentino y devastador asalto de la desintegración lo impidió. Cierta fuerza me arrastró hacia abajo. Fue como si aquella superficie me tragase.

Néstor sostuvo que el haber visto una cúpula era de tremenda importancia porque esa forma en particular había sido referida por el Nagual y por Genaro como imagen del lugar en que se suponía que todos nos íbamos a reunir algún día con ellos.

Llegados a ese punto, Benigno se dirigió a mí, diciendo que había oído las instrucciones recibidas por Eligio en el sentido de dar con esa cúpula. Agregó que el Nagual y Genaro habían insistido en la cuestión, de modo que Eligio la entendiese cabalmente. Ellos siempre habían considerado a Eligio el mejor; por lo tanto, le prepararon para hallar esa cúpula y entrar a su bóveda blanquecina una y otra vez.

Pablito dijo que los tres habían sido instruidos para encontrar esa cúpula, si les resultaba posible, pero ninguno lo había logrado. Comenté en tono de queja que ni don Juan ni don Genaro me habían mencionado jamás nada semejante. Yo no había recibido enseñanza alguna relacionada con una cúpula.

Benigno, que se encontraba sentado a la mesa frente a mí, se puso de pie y vino a mi lado. Se situó a mi izquierda y me susurró al oído que tal vez los dos viejos me hubiesen instruido y yo no lo recordara, aunque también era probable que no me hubieran dicho nada para que no fijase mi atención en ella una vez encontrada.

– ¿Cuál era la importancia de la cúpula? -pregunté a Néstor.

– Allí es donde están el Nagual y Genaro -replicó.

– ¿Y dónde se encuentra esa cúpula? -inquirí.

– En alguna parte, sobre esta tierra -dijo.

Tuve que explicarle detenidamente la imposibilidad de que una estructura de esas dimensiones existiese en nuestro planeta. Le dije que mi visión había sido algo muy semejante a un sueño y que cúpulas de esa altura sólo eran concebibles como producto de la fantasía. Rió y me palmeó delicadamente la espalda, como si le siguiese la corriente a un niño.

– Tú quieres saber dónde está Eligio -dijo Néstor de pronto-. Pues bien: está en la bóveda blanquecina de esa cúpula con el Nagual y Genaro.

– Pero esa cúpula fue una visión -protesté.

– Entonces Eligio está en una visión -dijo Néstor-. Recuerda lo que Benigno acaba de decirte. Ni el Nagual ni Genaro te ordenaron hallar esa cúpula y regresar a ella. Si lo hubieran hecho, no estarías aquí. Estarías donde Eligio, en la cúpula de esa visión. Como ves, Eligio no murió como muere un hombre en las calles. Simplemente, no regresó de su salto.

Su declaración me resultó asombrosa. No podía apartar de mi memoria la intensidad de las visiones que había tenido, pero por alguna razón desconocida deseaba discutir con él. Néstor, antes de que me fuese posible decir nada, llevó la cosa aún más allá. Me recordó una de mis visiones: la penúltima. Había sido la más angustiosa de todas. En ella me perseguía una extraña criatura oculta. Sabía que estaba allí, pero no alcanzaba a verla, no porque fuese invisible, sino porque el mundo en que me encontraba era tan increíblemente nuevo que no podía determinar qué era cada cosa en él. Fueran lo que fueran los elementos que tenía a la vista, ciertamente no eran de esta tierra. La angustia que experimenté al saberme perdido en un lugar así estuvo a punto de superar mi capacidad emocional. En cierto momento, la superficie sobre la cual estaba parado comenzó a sacudirse. Percibí que cedía bajo mis pies y me aferré a una especie de rama, o un apéndice de algo que me hacía pensar en un árbol, que colgaba, exactamente sobre mi cabeza, en un plano horizontal. En el instante en que la toqué, la cosa me rodeó la muñeca, como si hubiese estado llena de nervios que lo captaran todo. Fui alzado a una tremenda altura. Miré hacia abajo y vi un animal increíble; comprendí que se trataba de la criatura que me había estado persiguiendo. Surgía de una superficie que parecía ser suelo. Distinguí su enorme boca, abierta como una caverna. Oí un rugido estremecedor, completamente sobrenatural, algo semejante a un grito estridente, metálico, sofocado, y el tentáculo que me había cogido me soltó para dejarme caer en aquella boca de aspecto cavernoso. La vi en todos sus detalles en el curso de la caída. Entonces se cerró, conmigo dentro. Inmediatamente, la presión redujo mi cuerpo a una pasta.

– Ya has muerto -dijo Néstor-. Ese animal te comió. Te aventuraste más allá de este mundo y diste con el horror mismo. Nuestra vida y nuestra muerte no son más ni menos reales que tu corta vida en ese lugar y tu muerte en la boca de ese monstruo. Esta vida que tenemos no es sino una larga visión. ¿Te das cuenta?

Espasmos nerviosos recorrieron mi cuerpo.

– No fui más allá de este mundo -prosiguió-, pero sé de qué hablo. No protagonicé cuentos de horror, como ustedes. Lo único que hice fue visitar a Porfirio diez veces. Si hubiese dependido de mí, habría vuelto allí siempre que me fuera posible; pero mi undécimo rebote fue tan violento que cambió mi dirección. Percibí que dejaba atrás la cabaña de Porfirio. En lugar de encontrarme ante su puerta, me hallé en la ciudad, muy cerca de la casa de un amigo mío. Me pareció divertido. Sabía que estaba viajando entre el tonal y el nagual. Nadie me había dicho que los viajes debían serlo de una clase especial. Así que sentí ganas de ver a mi amigo y decidí hacerlo. Comencé a preguntarme si realmente lograría verlo. Llegué a su casa y golpeé la puerta, tal como lo había hecho numerosas veces. Su mujer me hizo pasar como siempre; en efecto, mi amigo estaba en casa. Le dije que había ido a la ciudad por cuestiones de trabajo, e incluso me pagó un dinero que me debía. Me lo puse en el bolsillo. No ignoraba que mi amigo, y su esposa, y el dinero, y su casa, eran una visión, como la cabaña del Porfirio. No ignoraba que una fuerza superior a mí me iba a desintegrar en cualquier momento. De modo que me senté para pasarlo bien con él. Reímos y bromeamos. Y me atrevo a decir que estuve gracioso y brillante y encantador. Pasé allí un largo rato, esperando la sacudida. Como no se producía, decidí marchar. Me despedí y le agradecí el dinero y la hospitalidad. Me fui. Quería ver la ciudad antes de que la fuerza me llevara de allí. Vagué toda la noche. Recorrí el camino que llevaba a las colinas que dominaban la ciudad; en el momento en que el sol se alzó, caí en la cuenta de algo cuya realidad me golpeó como un rayo. Estaba de regreso en el mundo y la fuerza que me iba a desintegrar se había disipado y me permitía quedarme. Iba a ver mi maravillosa tierra natal por mucho tiempo. ¡Qué gran alegría, Maestro! No obstante, no podría decir que la amistad de Porfirio no me haya agradado. Ambas visiones tienen un mismo valor, pero yo prefiero la de mi forma y mi tierra. Tal vez ello se deba a mi tendencia a la comodidad.

Néstor calló y todos me miraron. Me sentí amenazado como nunca lo había estado. Una parte de mí experimentaba un temor reverencial por lo que había dicho; otra deseaba enfrentarse a él. Comencé una discusión sin sentido alguno. Ese absurdo estado de ánimo me duró poco; entonces tomé conciencia de que Benigno me observaba con expresión vil. Unía los ojos fijos en mi pecho. Algo espantoso empezó de pronto a pesar sobre mi corazón. El sudor me corría por el rostro como si tuviese una estufa delante de mí. Los oídos me zumbaban.

La Gorda se acercó a mí en ese preciso momento. Su presencia era completamente inesperada para mí. Estoy seguro de que también lo era para los Genaros. Dejaron de lado lo que estaban haciendo para mirarla. Pablito fue el primero en sobreponerse a la sorpresa.

– ¿Por qué tienes que entrar así? -preguntó en tono plañidero-. Estabas escuchando en la otra habitación, ¿no?

Ella afirmó que había permanecido en la casa tan sólo unos minutos y luego había salido a la cocina. Y la razón por la que se había quedado en silencio nada tenía que ver con el fisgoneo; su actitud obedecía a un deseo de ejercitar su capacidad para pasar inadvertida.

Su presencia había dado lugar a una extraña tregua. Quise volver a seguir el curso de las revelaciones de Néstor; pero, antes de que me fuera posible decir nada, la Gorda aclaró que las hermanitas estaban en camino a la casa y traspondrían el umbral en cualquier momento. Los Genaros se pusieron de pie a la vez, como si hubieran sido levantados por una misma cuerda. Pablito cargó con su silla a la espalda.

– Vamos a caminar en la oscuridad, Maestro -me dijo Pablito.

La Gorda aseveró, en tono imperativo, que yo no podía ir con ellos porque no había terminado de decirme todo lo que el Nagual le había encargado comunicarme.

Pablito se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.

– Te lo he dicho -dijo-. Son brujas tiránicas, tenebrosas. Espero sinceramente que tú no seas así, Maestro.


Néstor y Benigno se despidieron y me abrazaron. Pablito salió con su silla a hombros, como si fuese una mochila. Salieron por la puerta trasera.

Unos pocos segundos más tarde, un golpe horriblemente fuerte en la puerta delantera hizo que la Gorda y yo nos pusiéramos de pie de un salto. Pablito volvió a entrar, cargando su silla.

– Pensaste que no me iba a despedir, ¿verdad? -comentó, y se alejó riendo.