"El Lado Activo Del Infinito" - читать интересную книгу автора (Castaneda Carlos)LA VISTA CLARA Por primera vez en mi vida, me encontré ante el dilema de cómo comportarme en el mundo. El mundo que me rodeaba no había cambiado. Decididamente, había una falla dentro de mí. La influencia de don Juan y todas las actividades que procedían de las prácticas en las que me había involucrado tan profundamente, me estaban afectando y me hacían incapaz de tener trato con mis congéneres. Examiné mi problema y llegué a la conclusión de que mi falla consistía en que compulsivamente comparaba a todos con don Juan. En mi estimación, don Juan era un ser que vivía su vida profesionalmente en todos los aspectos, es decir que cada uno de sus actos, no importaba cuán insignificante fuera, tenía sentido. Yo estaba rodeado de gente que se creía inmortal, que se contradecía a cada paso; eran seres con los que no podía uno contar. Era un juego injusto; las cartas jugaban en contra de la gente que yo conocía. Estaba acostumbrado al comportamiento inalterable de don Juan, a su falta total de importancia personal, y al insondable ámbito de su intelecto; muy poca gente de la que yo conocía era consciente de que existía otro modo de comportamiento que fomentaba estas cualidades. La mayoría sólo conocía el modo de comportamiento del auto-reflejo, que deja al hombre débil y torcido. Por consecuencia, tenía problemas con mis estudios académicos. Se me esfumaban. Traté desesperadamente de encontrar una razón para justificar mis tareas académicas. Lo único que vino a mi ayuda y me dio un contacto, aunque frágil, fue la recomendación que alguna vez me había hecho don Juan, de que los Había definido el concepto del Lo que precipitó la caótica alteración final de mi vida académica fue mi falta de capacidad de enfocar mi interés en temas de asuntos antropológicos que no me interesaban un pepino, no por su falta de interés en sí, sino porque en su mayoría la cuestión era manipular palabras y conceptos, como se hace en un documento legal, para obtener un resultado que establece precedentes. La discusión se basaba en que el conocimiento humano se construye de tal manera, y que el esfuerzo de cada individuo es un ladrillo que contribuye a construir un sistema de conocimiento. El ejemplo que se me presentó fue el del sistema legal por el cual vivimos, y que es de importancia incalculable para nosotros. Sin embargo, mis nociones románticas de aquel momento me impidieron verme a mí mismo como un notario-antropólogo. Estaba totalmente comprometido con el concepto de que la antropología debe ser la matriz de todo empeño humano, la medida del hombre. Don Juan, un pragmatista consumado, un verdadero – No importa -me dijo una vez- qué tan bueno lector seas, y cuántos libros maravillosos puedas leer. Lo importante es que tengas la disciplina de leer lo que no quieres leer. El quid del ejercicio de los chamanes es asistir a la escuela a estudiar lo que rechazas, no lo que aceptas. Decidí dejar los estudios por un tiempo y me fui a trabajar en el departamento de arte de una fábrica de calcomanías. El empleo ocupó mis esfuerzos y mis pensamientos al máximo. Mi desafío era llevar a cabo los deberes que me presentaban, tan perfectamente y tan rápido como podía. El armar las hojas de vinícola con las imágenes para el proceso de serigrafía era un procedimiento común que no permitía ninguna innovación, y la eficacia del trabajador se medía por su velocidad y exactitud. Me volví adicto al trabajo y me divertí enormemente. El director del departamento de arte y yo nos hicimos amigos. Llegó a ser mi protector. Se llamaba Ernest Lipton. Lo admiraba y respetaba inmensamente. Era buen artista y magnífico artesano. Su falla era su blandura; era de una consideración increíble con los demás, consideración que lindaba en la pasividad. Un día, por ejemplo, salíamos del estacionamiento del restaurante donde habíamos almorzado. Muy cortésmente, esperó a que otro auto saliera del espacio delante de él. El chófer obviamente no nos vio y empezó a darle en reversa a extremada velocidad. Ernest Lipton fácilmente pudiera haber sonado la bocina para llamarle la atención. Al contrario, se quedó sentado, sonriendo como idiota mientras que el tipo le dio un tremendo golpe a su auto. Luego me miró y se disculpó conmigo. – Caramba, podría haber sonado la bocina -me dijo-, pero la mierda hace un ruido espantoso y me da vergüenza. El tipo que le había golpeado el auto estaba furioso y lo tuvimos que tranquilizar. – No se preocupe -dijo Ernest-. Su auto no se dañó. Además, sólo acabó con los faroles del mío; los iba a reponer de todas maneras. Otra día en el mismo restaurante, unos japoneses, clientes de la fábrica de calcomanías y sus invitados a almorzar, estaban conversando animadamente con nosotros y haciéndonos preguntas. Vino el mesero con el pedido y quitó de la mesa algunos de los platos de ensalada, haciendo lugar lo mejor que podía en la angosta mesa para el enorme plato principal. Uno de los japoneses necesitaba más espacio. Empujó su plato hacia adelante, haciendo que el de Ernest se moviera y empezará a caerse de la mesa. Nuevamente, Ernest podría haberle avisado al hombre pero no, se quedó allí con una gran sonrisa hasta que el plato terminó en su regazo. En otra ocasión, fui a su casa para ayudarle a poner unos pares sobre su patio, donde iba a plantar una parra para dar un poco de sombra y fruta. Arreglamos los pares de antemano en un enorme bastidor, y luego lo pusimos a un lado y lo atamos a unas vigas. Ernest era un hombre alto y muy fuerte, y usando una viga como soporte, levantó el otro punto para que yo colocara los pestillos en los agujeros que ya habíamos hecho en los soportes. Pero antes de que pudiera colocarlos, alguien tocó a la puerta con gran insistencia y Ernest me pidió que fuera a ver quién era, mientras soportaba el bastidor de pares con su cuerpo. Su mujer estaba en la puerta con la compra. Empezó a conversar conmigo largamente y dejé de pensar en Ernest. Hasta le ayudé a guardar la compra. Estaba colocando el apio, cuando me acordé que mi amigo estaba todavía allí con el bastidor de pares, y como lo conocía, sabía que se guardaría allí, esperando que otra persona fuera tan considerada como él siempre lo era. Desesperadamente, corrí al jardín de atrás y allí estaba, en el suelo. Se había caído, exhausto de haber soportado el pesado bastidor de madera. Parecía un muñeco de hilachas. Tuvimos que llamar a sus amigos para que vinieran a darnos una mano y levantar el bastidor de pares, pues él ya no era capaz de hacerlo. Tuvo que guardar cama. Pensó que en verdad había sufrido una hernia. El relato más clásico acerca de Ernest Lipton tuvo que ver con el día que fue a hacer una excursión de fin de semana a las montañas de San Bernardino con unos amigos. Pasaron la noche acampando en las montañas. Mientras todos dormían, Ernest Lipton se levantó para hacer sus necesidades y se metió entre el matorral, y siendo un hombre tan considerado se alejó de donde dormían. En la oscuridad, se resbaló y rodó por la ladera de la montaña. Más tarde le dijo a sus amigos que estaba seguro de que caería a su muerte, al fondo del valle. Tuvo suerte porque se agarró de la orilla con los dedos; estuvo allí colgado durante horas, buscando vanamente en la oscuridad algún apoyo para los pies y perdiendo fuerza en los brazos; pero iba a agarrarse hasta la muerte. Extendiendo las piernas cuanto pudo, dio con pequeñas protuberancias en la roca que le ayudaron sostenerse. Allí se quedó aplastado contra la roca, como las calcomanías que fabricaba, hasta que aclaró y se dio cuenta de que estaba a treinta centímetros de la tierra. – ¡Ernest, nos podrías haber llamado! -se quejaron sus amigos. – Caramba, no creí que sirviera de nada -respondió-. ¿Quién me hubiera oído? Además, creía que había rodado por lo menos kilómetro y medio hacia el valle. Y todos estaban dormidos. El colmo para mí fue cuando Ernest Lipton, que pasaba dos horas cada día de camino de su casa al trabajo, decidió comprarse un auto económico, un Volkswagen Escarabajo y empezó a medir cuántas millas hacía por galón de gas. Para mi enorme sorpresa, anunció una mañana que había calculado unos ciento cincuenta kilómetros por galón. Como el hombre preciso que era, calificó su pronunciamiento, al decir que no conducía mucho en la ciudad, sino en la autopista, aunque también a las horas de máxima circulación cuando había que acelerar y disminuir de velocidad frecuentemente. Una semana más tarde, anunció que había llegado a trescientos kilómetros por galón. Esta maravilla fue acelerando hasta que llegó a la increíble cifra de setecientos kilómetros por galón. Sus amigos le dijeron que tenía que mandar esa cifra a los archivos de la empresa Volkswagen. Ernest Lipton estaba rebosante y se regocijaba, preguntando en voz alta qué haría si llegaba a la cifra de mil kilómetros. Sus amigos le dijeron que tendría que declarar un milagro. La extraordinaria situación continuó hasta que una mañana encontró a uno de sus amigos, que durante cinco meses andaba tomándole el pelo con la más vieja de las bromas, poniéndole gasolina al tanque sigilosamente. Cada mañana, le había añadido tres o cuatro tazas para que el indicador nunca marcara vacío. Ernest Lipton casi llegó a enfadarse. Su pronunciamiento más duro fue: – ¡Caramba! ¿Andan bromeando, o qué? Durante semanas, sabía yo que sus amigos le andaban tomando el pelo, pero no podía intervenir. Sentía que no era asunto mío. Los que lo hacían eran sus amigos de toda la vida. Yo era recién llegado. Cuando vi la cara de herido y decepcionado que puso, y su incapacidad de enfadarse, sentí una ola de ansiedad y culpa. Me enfrentaba de nuevo a un viejo enemigo. Odiaba a Ernest Lipton y, a la vez, me gustaba inmensamente. Estaba indefenso. La verdad de todo es que Ernest Lipton se parecía a mi padre. Sus lentes gruesos, su calvicie incipiente, su barbita gris que nunca se podía afeitar por completo, me traían a la mente las facciones de mi padre. Tenía el mentón fino y la nariz recta y puntiaguda. Al ver su incapacidad de enfadarse y darles un moquete a los bromistas, vi con toda claridad el parecido que tenía con mi padre, y eso llevó el asunto hacia el peligro. Recordé cómo mi padre se había enamorado locamente de la hermana de su mejor amigo. La vi un día en un pueblo veraniego, tomada de la mano de un joven. Su madre los acompañaba. La joven parecía estar feliz. Se miraban los dos, embelesados. A mi ver, era el amor joven en su mejor momento. Cuando vi a mi padre le conté, gozando cada detalle con toda la malicia de mis diez años, que su novia tenía un novio de verdad. Se sobresaltó. No podía creerme. – Pero, ¿ha hablado usted alguna vez con la chica? -le pregunté atrevidamente-. ¿Sabe ella acaso que usted la quiere? – ¡No seas idiota, bestia enferma! -me espetó-. Con las mujeres no hay que andar con esas mierdas. -Me contempló con aire de niño consentido, el labio temblando de rabia-. ¡Es mía! ¡Debe saber que es mía sin que yo le diga nada! Hizo esta declaración con la certeza de un niño que recibe todo en la vida sin tener que luchar por ello. En la cima de mi forma, le di el golpe final: – Bueno -le dije-. Creo que esperaba que alguien se lo dijera, y alguien acaba de llegar antes que usted. Estaba preparado a saltar fuera de su alcance y echar a correr porque pensé que me iba a golpear con toda la furia del mundo, pero al contrario, sollozando, se desmoronó allí delante de mí. Me pidió con llantos amargos que, como yo era capaz de hacer cualquier cosa, que por favor vigilara a la chica y que le contara todo. Sentí un odio hacia él más allá de las palabras, y a la vez, lo amaba con una tristeza incomparable. Me maldije por haberle precipitado esa humillación. Ernest Lipton me recordaba a mi padre a tal grado que dejé el trabajo, diciendo que tenía que regresar a la universidad. No quería llevar una carga mayor de la que ya llevaba sobre mis espaldas. Nunca había podido perdonarme el haberle causado a mi padre esa angustia y nunca lo había perdonado por ser tan cobarde. Regresé a la escuela y empecé la gigantesca faena de reintegrarme a mis estudios de antropología. Lo que hacía tan difícil esta reintegración era el hecho de que si había alguien con quien hubiera trabajado con deleite y elegancia a causa de su toque admirable, su curiosidad aventurera, y su deseo de ampliar su conocimiento sin confundirse o defender posturas indefendibles, era alguien fuera de mi departamento, un arqueólogo. Fue a causa de su influencia que me interesé desde un principio en el trabajo de campo. Quizá porque iba al campo en verdad, literalmente a desenterrar información, su sentido práctico era un oasis de sobriedad para mí. Fue el único que me estimuló a seguir y hacer el trabajo de campo porque no tenía nada que perder. – Piérdelo todo y lo ganarás todo -me dijo una vez-, el mejor consejo que jamás recibí en el mundo académico. Si seguía el consejo de don Juan y luchaba para corregir mi obsesión conmigo mismo, en verdad no tenía nada que perder y todo era ganancia. Pero esa posibilidad no existía para mí en aquel entonces. Cuando le conté a don Juan la dificultad de encontrar un profesor con quien trabajar, su reacción fue, a mi parecer, violenta. Dijo que era un verdadero pedo y cosas peores. Me dijo lo que ya sabía; que si no fuera tan tieso podría trabajar a gusto con cualquiera en el mundo académico o en el mundo de los negocios. – Los guerreros-viajeros no se quejan -prosiguió don Juan-. Toman todo lo que les da el Le dije que era facilísimo que él lo dijera, pero que llevarlo a cabo era otro asunto y que mis tribulaciones eran insolubles porque se originaban en la incapacidad por parte de mis congéneres de ser consistentes. – Los que te rodean no tienen la culpa -me dijo-. No tienen otra salida. La culpa es tuya, porque puedes contenerte, pero insistes en juzgarlos, desde un profundo nivel de silencio. Cualquier idiota puede juzgar. Si los juzgas, sólo puedes recibir lo peor de ellos. Todos nosotros como seres humanos estamos presos y es esa prisión la que nos hace comportarnos de tan mísera manera. Tu desafío es de aceptar a la gente como es. ¡Déjalos en paz! – Está usted totalmente equivocado esta vez, don Juan -le dije-. Créame, no tengo ningún interés en juzgarlos o en involucrarme con ellos de ninguna manera. – Pero sí comprendes lo que te estoy diciendo -insistió con determinación-. Si no eres consciente de que quieres juzgarlos -continuó-, estás en peor estado de lo que me imaginaba. Ésa es la falla del Tuve que admitir que mis quejas eran de una mezquindad extrema. Eso, por lo menos, lo sabía. Le dije que me enfrentaba con sucesos cotidianos, sucesos que tenían la característica nefaria de quitarme toda mi decisión, y que me daba vergüenza contarle a él los acontecimientos que tanto me pesaban. – Ya -me dijo en tono urgente-. ¡Dilo! No andes con secretos conmigo. Soy un tubo vacío. Lo que me digas saldrá directamente al – Lo único que traigo son míseras quejas -le dije-. Soy exactamente como la gente que conozco. No hay manera de hablarle a ninguno sin oír una queja abierta o velada. Le conté a don Juan la manera en que el diálogo más sencillo mis amigos hacían por introducir innumerables quejas como en este diálogo: – ¿Cómo te va, Jim? – Oh, bien, bien, Cal -seguido por un larguísimo silencio. Me sentía obligado a decir: – Pero, ¿te pasa algo, Jim? – ¡No! Todo está de maravilla. Tengo un problemita con Mel, pero ya sabes cómo es de egoísta, una mierda. Pero hay que aceptar a los amigos tal como son, ¿no? Claro que podría ser un poco más considerado. Pero qué carajo, así es. Siempre te echa la carga encima: acéptame o déjame. Lo ha hecho desde que teníamos doce años, así es que es culpa mía. ¿Por qué carajo lo tengo que aguantar? – Bueno, tienes razón, Jim. Sabes, Mel es muy difícil, no cabe duda. – Pero hablando de jodidos, tú le puedes dar lecciones a Mel, Cal. Nunca puedo contar contigo, etc., etc. Otro diálogo clásico era: – ¿Cómo te va, Alex? ¿Cómo te va en tu vida matrimonial? – Oh, muy bien. Por primera vez, estoy comiendo a tiempo, como comida casera, pero estoy engordando. No hago nada más que ver la tele. Antes parrandeaba con ustedes, pero ahora no puedo. No me deja Teresa. Claro que podría decirle que se vaya al carajo, pero no quiero herirla. Me siento feliz, pero a la vez, miserable. Y Alex había sido el tipo más miserable antes de casarse. Su chiste clásico era decirles a sus amigos cada vez que nos veía: – Oye, ven a mi auto, quiero presentarte a mi perra puta. Estaba encantado cuando nuestras expectativas se fueron por los suelos y vimos que lo que traía en su coche era una perra. Presentaba a su «perra puta» a todos sus amigos. Nos asombramos cuando se casó con Teresa, una atleta de maratón. Se habían conocido en un maratón cuando Alex se desmayó. Estaban en la montaña y Teresa tuvo que revivirlo como podía, y le echó una meada en la cara. Después de eso, Alex era su prisionero. Había marcado su territorio. Sus amigos le decían «mamón meado». Sus amigos creían que era una verdadera perra que había convertido al raro de Alex en un perro gordo. Don Juan y yo nos reímos un rato. Entonces me miró con una expresión seria. – Éstos son los vaivenes de la vida cotidiana -dijo don Juan-. Ganas y pierdes, y no sabes cuándo ganas y cuándo pierdes. Éste es el precio que se paga por vivir bajo el domino del auto-reflejo. No hay nada que te pueda decir, y no hay nada que puedas decirte a ti mismo. Sólo te recomiendo que no te sientas culpable porque eres un culo, pero que trates de terminar con el dominio del auto-reflejo. Regresa a la universidad. No te des por vencido todavía. Mi interés en quedarme en el mundo académico declinó más y más. Empecé a vivir en piloto automático. Me sentía pesado, deprimido. Sin embargo, eso no afectaba mi mente. No hacía cálculos y no tenía metas o expectativas de ninguna índole. Mis pensamientos no eran obsesivos, pero sí mis sentimientos. Traté de conceptualizar la dicotomía entre la mente quieta y los sentimientos alborotados. Fue que con este ánimo de un vacío mental y sentimientos abrumados que salí un día de Haines Hall, donde se encontraba el departamento de antropología, camino de la cafetería, a almorzar. De pronto me acosó algo que sacudió todo mi cuerpo. Pensé que me iba a desmayar y me senté en unos escalones de ladrillo. Delante de mí, vi unas manchas amarillas. Tenía la sensación de que estaba girando. De seguro, pensé, voy a enfermarme del estómago. Se me borró la vista hasta que no pude ver nada. Mi incomodidad física fue tan total y tan intensa que no daba lugar a ningún pensamiento. Sólo sentía sensaciones de terror y ansiedad mezcladas con alegría y un sentimiento de que estaba al borde de un suceso gigantesco. Eran sensaciones sin contrapunto de pensamiento. En un momento dado, no supe si estaba de pie o sentado. Estaba rodeado de la negrura más impenetrable que se pudiera imaginar, y entonces vi energía tal como fluye en el universo. Vi una sucesión de esferas luminosas que caminaban hacia mí o que se alejaban de mí. Las vi, una por una tal como me había dicho don Juan que siempre se Lo más asombroso es que me di cuenta de que había visto estos insectos peludos toda mi vida. Cada ocasión que don Juan deliberadamente me hizo Tal comprensión me abrumó. Me sentí frágil, vulnerable. Busqué acobijarme, esconderme en alguna parte. Era exactamente como uno de esos sueños que todos tenemos en un momento u otro en que nos encontramos desnudos y no sabemos qué hacer. Me sentía más que desnudo; me sentía desamparado, débil y aterrado de regresar a mi estado normal. De manera vaga sentí que estaba acostado. Me esforcé para regresar a la normalidad. Concebí la idea de que me iba a encontrar tirado sobre un camino de ladrillo, en estado convulsivo, rodeado de una rueda de espectadores. La sensación de estar acostado creció. Sentí que podía mover los ojos. Podía ver luz detrás de los párpados, pero me aterraba abrirlos. Lo raro es que no oía a nadie de los que imaginaba que me rodeaban. No oía ningún ruido. Por fin, tuve el valor de abrir los ojos. Estaba en mi cama, en mi despacho-apartamento en la esquina de los boulevares de Wilshire y Westwood. Me puse bastante histérico al encontrarme en la cama. Pero por alguna razón fuera de mi alcance, me tranquilicé casi inmediatamente. Mi histeria pasó a ser una indiferencia corporal, o un estado de satisfacción corporal, semejante a lo experimentado después de una excelente comida. Pero mi mente seguía inquieta. Había sido terriblemente asombroso darme cuenta de que había percibido energía directamente toda mi vida. ¿Cómo era posible que no lo supiera? ¿Qué me había prevenido tener acceso a esa faceta de mi ser? Don Juan había dicho que todo ser humano tiene la potencia de Le presenté esa pregunta a un amigo psiquiatra. No pudo aclarar mi dilema. Pensó que mi reacción era el resultado de la fatiga y de una sobrecarga de estímulos. Me recetó Valium y me dijo que descansara. No me atreví a contarle a nadie que había despertado en mi casa sin poder rendir cuentas de cómo había llegado allí. Por lo tanto, mi ansia por ver a don Juan estaba más que justificada. Volé a la Ciudad de México tan pronto como pude, alquilé un coche y me fui a donde él vivía. – Ya has hecho todo esto antes -me dijo riendo don Juan, cuando le conté mi sobresalto-. Sólo hay dos cosas nuevas. Una es que ahora has percibido energía solo. Lo que hiciste es »Tú bien sabes, sin que yo te lo diga, que todo es posible si uno toma el »Pero la cuestión de suma importancia no es saber que siempre has percibido energía directamente o tu viaje desde el »La segunda parte es que experimentaste la pregunta más enloquecedora para el corazón humano. Lo expresaste tú mismo cuando te preguntaste: ¿Cómo es posible que no supiera que había percibido energía directamente toda mi vida? ¿Qué me había prevenido tener acceso a esa faceta de mi ser? |
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