"Inquieta Compañia" - читать интересную книгу автора (Fuentes Carlos)3Florencio Corona se ocupó con diligencia de todo lo concerniente a la muerte de mi madre. Nos dispensamos de la velación. Ella ya no tenía amistades. Yo tampoco. Una esquela en la prensa era inútil. Le dije a Florencio que no quería misa. Mamá fue trasladada al Panteón Español y de allí a la cripta familiar. Los cipreses crujían de soledad. Los candados, de hollín acumulado. Mi pendiente no era mi madre. Era el testamento y su fatal voluntad: – O te casas con el licenciado José Romualdo Pérez o no te toca ni un miserable peso. ¿Por qué dudé? Hasta eso había arreglado Florencio. – Don José Romualdo, además de estar casi ciego, se ha vuelto algo distraído. Eliminé esa condición del testamento. Falsifiqué las firmas necesarias, Leti. Lo miré con gratitud… y con asombro. -¿Y el licenciado? – Suspiró de alivio. Tu madre le impuso esa obligación contra su voluntad y él aceptó para hacerse de la fortuna que en realidad es tuya. – ¿Se conformó? ¿Cómo? – Vas a tener que darle su partecita. – Con gusto, con tal de no volver a olerlo. Ahora está libre. Va a casarse con la secretaria. – ¿Semejante gata? -dije espontáneamente. – Esa mera. La piernuda de pelo laqueado. Se adoran. Hizo una pausa "preñada", como dicen los que saben inglés. Nos casamos a las dos semanas del deceso. La fortuna de mi mamá era decente, nomás. La casa del Tepeyac. Unas cuantas joyas. Una billetiza de un cuarto de millón de dólares en caja bancaria y cien mil pesos en cuenta corriente. Qué nos importaba. Florencio se mudó a la casa del Tepeyac. Allí pasamos la luna de miel. – La fortuna nos ha sonreído, Leticia -me dijo una mañana durante sus largos aseos, más largos que los de una mujer, adoraba depilarse, hasta el pecho y las axilas, perfumarse, peinarse, primitivamente, con gomina. – No abusemos -decía-. No había tanto dinero como pensamos. Vamos a querernos aquí. Cero luna de miel. Y así fue. Todas las delicias del amor me fueron entregadas por Florencio, multiplicadas porque me llegaban cuando yo ya había perdido toda esperanza. Las saboreaba más porque ya no era una niña, sino una mujer de treinta y cinco años consciente de que recibía los dones del cielo con razonable madurez. Una felicidad consciente. Esa era mi condición como señora Leticia Lizardi de Corona. Mi galán era perfecto, sexy, dúctil, perfumado, tierno, suave, atento. Tiempo le sobraba. El licenciado Pérez se había retirado a vivir con su secre, dejándole la clientela a Florencio. No había prisas. Eso me contaba él. – Vamos a disfrutar la vida juntos, Leti. Ya retomaré el trabajo dentro de un mes. – ¿Y el servicio? -pregunté con naturalidad. El me imantó con su sonrisa de Benjamin Bratt que ya dije. – ¿Qué te parece si hacemos de esta casa nuestra casa, Leticia? Quiero decir, sólo nuestra, sin ningún intruso. Tú y yo solos. Tú y yo aquí… Pensé alarmada en los quehaceres domésticos. Florencio me tranquilizó. – Mereces trato de reina. No te apures. Y es cierto. Florencio se convirtió en el servidor ideal. Sacudía el polvo, fregaba los pisos, lavaba la ropa, hacía las camas, cocinaba rico… Esto era un sueño. Una isla desierta en medio de una ciudad de veinte millones de gentes. – Veinte millones de hijos de la chingada -dijo un día, sorprendiéndome porque nunca le había escuchado palabrotas. No le hice caso. -Y tú y yo, mi amor… Tú y yo, mi amor… Tú y yo a salvo. Un mes, digo. Un mes de perfecta felicidad. El abandono. La confianza. La perplejidad. Nunca había estado con un hombre desvestido, ni los había visto sin ropa más que en una que otra película. Florencio se mostraba ante mí totalmente desnudo. Mi perplejidad venía de que se bañase tantas veces al día y se preocupase por tener un cuerpo tan liso como si fuese de mármol. Me desfasó una noche encontrarlo en el baño cuidadosamente rasurándose el vello del pubis. ¿Debía yo imitarlo? Mi instinto dijo que no, ni madres… Más me preocupaba el olvido que la perplejidad de tantas cosas nuevas al lado de Florencio. El olvido. Mis ratoncitos y sus camadas me habían abandonado, como si adivinasen mi felicidad sin carencia alguna. La gata Estrellita había desaparecido bajo los pies de las devotas multitudes guadalupanas. La otra gata, la criada Lupita, quizás había ascendido al cielo vestida de Virgen María, Florencio y yo, Leticia y él. Nada más. Hasta la noche en que me despertaron los chillidos insoportables. ¿De dónde venían? Florencio dormía. Abrí la puerta de la recámara sobre el patio y lo vi invadido de ratas y ratones. Todo ese espacio, de la puerta a las caballerizas, era un hervidero, una cacofonía de roedores emitiendo chirridos de insatisfacción. Un mar de pelambres grises e incisivos blancos y culitos sonrosados y ojos ávidos, todos mirándome a mí. Me desmayé. Florencio me recogió en la mañana y me cargó al lecho. Le conté lo que vi. Él meneó la cabeza. – Hay una sola cosa que espanta a los ratones. – ¿Qué cosa, Florencio? – Los gatos. Su respuesta me dejó sin aliento. – Necesitamos un gato. – ¡Nunca! -grité, recordando a Estrellita, a mi madre, a la tiranía insípida de ambas y me salieron palabras dignas de doña Emérita: -Recuerda que esta es mi casa. Florencio sonrió, me besó, me dijo: -Entonces, lechuzas. Les encanta exterminar ratones. – ¿Y mis ratones amigos? -dije, sentimentalmente. – Leticia, mi amor. Esta manada de ratas desciende de tus queridos pets. Tienes que escoger. Me acarició la cabeza. – Mejor duerme, mi amor. Estás muy alterada. Traté. Quizás lo logré por algunas horas. Me agitaba inquieta. Adolorida porque veía en sueños a mi adorable pareja de ratones convertida en verdadera manada de ratas. Avergonzada porque desperté con las piernas abiertas, muy separadas, con mi sexo expuesto al aire y la sensación de que un enorme sexo de hombre me penetraba. Me incorporé, decidida a ayudar a mi hacendoso marido en sus tareas domésticas. ¿Por qué me mimaba tanto? ¿Por qué me pedía: Quédate en cama. Descansa. Yo lo hago todo? Y me guiñaba un ojo, con su encanto de ¡Solterona agradecida! Me aventuré por los espacios, tan familiares, de la casa. Evoqué, en contra de mi felicidad actual, los años de mi desgracia bajo la tiranía de mi madre y encontré a Florencio en la sala en cuatro patas, levantando con una pica las baldosas. Afiebrado, intenso. – ¡Florencio! ¿Qué haces? No pudo evitar un sobresalto. – Caray, no me asustes -sonrió enseguida-. Mira, estos ladrillos están muy viejos y quebradizos. Vamos a reponerlos. – Está bien -le dije sin demasiada convicción-. Déjame ayudarte. Una irritación inesperada brotó en la voz y en la mirada de mi esposo. – No me haces falta -dijo con una grosería que me arrancó lágrimas y me devolvió, chillando, a la recámara nupcial. Chillando. Por primera vez desde que nos casamos, Florencio no regresó a la cama. ¿Qué pasaba? No quería averiguarlo. Era mi culpa. Lo había irritado con mi tono posesivo, como si ahora la casa no nos perteneciera a los dos… Yo era una imprudente. No sabía tratar a un hombre. No tenía experiencia. Desde el primer día se lo dije. – Florencio, estoy en tus manos. Enséñame a vivir. Ya sé que esto sonaba a tango de doña Libertad Lamarque, " Me despertó, de nuevo, el chirrido múltiple del patio. Salí en camisón al corredor y vi no sólo a la masa gris de roedores agitándose en el patio, sino a la vanguardia de la ratiza subiendo, amenazante, por los primeros peldaños de la escalinata de fierro. Grité horrorizada. Corrí descalza en busca de Florencio. Lo encontré hincado en la sala. O lo que quedaba de la sala. Todo el piso había sido levantado. El salón de mi madre parecía una de esas calles de la ciudad en estado de perpetua reparación. – Florencio -murmuré. Él dio un salto y tapó con ambas manos un hoyo de la sala. Su rostro culpable era desmentido por la voz ronca. -¿Qué quieres? ¿No te he ordenado que te quedes en tu cama? – Florencio, quiero saber qué pasa. Admito que esta vez me miró con ternura. -Leticia, una casa tan vieja como esta esconde muchos secretos, cuenta muchas vidas. Las casas tienen historias. A veces, no son historias amables… – ¿Vas a contarme qué es mi propia casa? Mi casa, Florencio, no la tuya… -respondí con arrogancia involuntaria. – Desgraciada -me miró ferozmente, hincado. -¿Desgraciada? -repetí, incrédula. – Sí -dijo mi marido asentado sobre el piso en ruinas-. Sin gracia. Insípida. Ignorante. Escuálida. Flaca. Chaparra. Nalgas aguadas. Celulitis. Chichis de limosnera. ¿Qué más quieres saber, pendeja? Lanzó una ofensiva carcajada. -Cabeza de chorlito. Sexo de chisguete. Corrí confusa, amedrentada, humillada, de regreso a mi cuarto. Cerré con llave la puerta. Me arrojé llorando a la cama. Por segunda noche consecutiva me sentí poseída por un intruso invisible y el llanto fue mi canción de cuna. Creó que soñé mi vida, tratando de urdir una trama inteligible, la muerte de mi madre, mi matrimonio con Florencio, la trampa del testamento, Florencio ocultando algo hallado bajo el piso de ladrillo de la sala, indiferente a su ridícula postura, tirado de espaldas, extendiendo las manos y los pies para ocultar algo, algo, algo escondido bajo las baldosas, ridículo y desafiante, cómico e insultante, ¿me merecía yo esto, qué había hecho mal? Como siempre, me culpé a mí misma, dejando que desfilaran por mis sueños todos los incidentes de mi vida, todos los enigmas jamás resueltos, sabiendo allí mismo que nunca sabría la verdad sobre la ausencia de mi padre, los anteojos oscuros de mi madre, sus ojos idénticos a los de la gata Estrellita, uno azul y otro amarillo, los meados compartidos de mi madre doña Emérita y de la gata doña Estrellita, la doble condición de la gata Guadalupe, criada y virgencita, el doble carácter de Florencio, tan cariñoso ayer, tan cruel hoy, poseyéndome carnal pero también espiritualmente, porque era él el invisible fantasma que me visitaba, ahora, en mi soledad de piernas abiertas… eso lo sabía… Vaya, que hasta llegué a soñar con el licenciado José Romualdo Pérez disfrutando en Cancún su luna de miel con la secretaria de los flecos tiesos y los muslos gordos… Quizás era el único feliz. Pérez. Licenciado. Engañado por Florencio. Testamento. Falso. Falsos los testigos, la taquimeca y el reaparecido zotaco de la cara y camisa moradas. Falso. Todo era falso… Esa noche no me despertaron las ratas en el patio. Las ratas no habían logrado ascender a las habitaciones. Di gracias. Amaneció. Tenía hambre. ¿Dónde dormía Florencio? ¿Acaso soñé todos los horrores de anoche? Quería convencerme de esto. El silencio ambiente me reconfortaba. Me sentí a gusto. Un esqueleto vestido de negro -saco, pantalón, corbata, cuello talar- estaba sentado a la cabecera de la mesa. A su lado, Florencio bebía una humeante taza de té. – Te presento a tu padre, Leticia. El grito se me atragantó. – Cuando te digo que una casa antigua guarda muchísimos secretos… Me miró con su nueva insolencia. – ¿Quieres saber la historia? Era un cura renegado, obligado a casarse para no ser fusilado durante la persecución de Calles. Escogió a tu madre por católica… y por rica. Doña Emérita no sabía quién era su marido. Cuando se enteró de que estaba casada con un sacerdote, lo envenenó y lo enterró bajo el piso de la sala. Sorbió el café. -Tú acababas de nacer y el cura se atrevió a decir la verdad. Los huesos no huelen. Tus ratones me guiaron hasta el lugar. Ellos sí tienen el instinto de hallar huesos viejos… Huesos, pero no dinero… Soltó una carcajada mirando mi cara de idiota. -Cuando te cuento que una casa vieja está llena de viejas historias… Salí corriendo de regreso a mi refugio, a mi recámara. Oí la voz burlona de mi marido desde el comedor: – Hay más sorpresas, Leti. Prepara tu ánimo. Esta es sólo la primera… Un gruñido feroz me recibió en el corredor. Por el patio se paseaba con pisadas silenciosas, pero con amenaza en cada movimiento, un leopardo blanco, blanco como la detestada Estrellita, un leopardo infame, con un ojo azul y otro amarillo, dirigiéndome miradas brutas, temibles pero idiotas, cerradas a todo acercamiento doméstico, inmune a toda caricia, un leopardo de fuerza sinuosa, musculatura invencible, nariz corta y concentrada para olerlo todo, desgajado de sus hábitos nocturnos para sorprenderme de mañana, dueño de una garganta profunda que le permite rugir, rugir como lo hace ahora, encaminándose a la escalera del patio, subiendo lentamente, sin dejar de rugir, a mi acecho, a sabiendas de que no tengo dónde esconderme, de que tumbará cualquier puerta con su bruto poder, de que acaso vamos a morir juntos porque el centro del patio estalla en llamas -es mi único consuelo, que la maldita casa se incendie. Miró hacia la puerta cochera de la casa como si, naturalmente, buscase la salida. Allí están los dos, Florencio mi marido y Guadalupe La Chapetes. Me miran. Se abrazan. Se besan sólo para humillarme. No. Me equivoco. Avanzan tomados de las manos al centro del patio donde las llamas arden. No me hablan a mí mientras se acercan al fuego. Él todo verde, cubierto de ramas y hojas que salen de sus orejas pero no logran esconder el bosque de vello animal renacido en todo su cuerpo tan esmeradamente rasurado. Ella con su hábito de virgen, el mismo con que la vimos pasar bajo el balcón de mi madre el 12 de diciembre, pero ahora con un rótulo penitenciario colgándole entre los pechos con la leyenda SOY LA MUJER ANÓMALA Los dos se acercan a las llamas hablando con voces muy serenas que llegan claramente a mi persona inmovilizada en el pasillo por la cercanía del leopardo guardián. Florencio: -Viene el solsticio de invierno. El sol se pone temprano. La Lupe: -¿Dónde estás, Florencio Corona? Florencio: -A Florencio Corona lo quemaron vivo en el gran Auto de Fe de la Ciudad de México. La Lupe: -El 11 de abril de 1649. Florencio: -Lo llevaron amordazado a la hoguera para no escuchar sus blasfemias. La Lupe: -Lo llevaron en una canasta para que sus pies impuros no tocaran la tierra de la Ciudad de México. Florencio: -Vinieron carruajes. Llegaron gentes de mil kilómetros a la redonda. Hubo trompetas y tambores. La Lupe: -A ver la muerte en la hoguera de Florencio Corona, víctima de la Santa Inquisición. Florencio: -¿Éramos herejes? ¿Éramos culpables? La Lupe: -No. Éramos judíos. Nos acusaron y nos condenaron para expropiarnos nuestros bienes. Fuimos víctimas de la codicia eclesiástica. Florencio: -Esta casa. Esta vieja casa. La Lupe: -Nuestra casa del Tepeyac, vecina al altar de la Virgen Florencio: -La mujer anómala. Tú. Quemada hace tres siglos. La Lupe: -Judíos conversos. Nos acusaron para confiscarnos. Florencio: -Bastaba acusar para no regresar a la casa. La Lupe: -Ahora sí. Hemos regresado. El fuego nos purificará una vez más. Y los dos entraron, tomados de las manos, a las llamas. |
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