"Inquieta Compañia" - читать интересную книгу автора (Fuentes Carlos)1Me llamo Leticia Lizardi y detesto el gato de mi madre. Insisto en decirle "el gato" a sabiendas de que era una gata, una felina no, aunque genéricamente sí, un felino. Lo indudable es que esta gata, cariñosamente bautizada "Estrellita" por mi madre, me sacaba de quicio. Estrellita -está bien, la dispenso del entrecomillado- era gata de angora. Blanca, felpuda, con una cabecita redonda y un cuerpo corto. Corto el rabo, cortas las patas, un auténtico monstruito, un verdadero leopardo miniaturizado, como si hubiese bajado de las nieves más lejanas para instalarse, indeseado e indeseable, en el hogar de doña Emérita Lizardi y su hija Leticia, en el lejano barrio de Tepeyac en la Ciudad de México, cercano a la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Esta fue la razón por la que mi madre nunca se mudó de su vieja y destartalada casa, fácilmente descrita. Gran puerta cochera anterior al automóvil. Entrada a enorme patio para caballos y carruajes del siglo XIX, establos y graneros, cocinas y lavanderías, en la planta baja. Escaleras metálicas a la segunda planta. Comedor, baños y recámaras sobre el patio. Sala de estar adyacente -la única con vista a la calle y un balcón saboreado por mi madre para ver el paso de un pueblo al que, sin embargo, despreciaba profundamente-. Vista, sobre todo, al Cerro del Tepeyac y a la Basílica de Guadalupe. Escalera de caracol a la azotea con sus tinacos de agua, sus cilindros de gas y la habitación de las sirvientas, en México llamadas "criadas" y como si esto no fuera insulto suficiente, cuando no nos oyen, las llamamos "gatas". – Me gusta sentirme cerca de la Virgencita -decía, muy devota, con el rosario entre las manos, mi madre, una de esas mujeres que parecen haber nacido viejas. No le quedaba un solo rastro de juventud y como era sumamente blanca, las arrugas se le acentuaban más que a la gente morena que, según ella, eran así porque "tenían piel de tambor", comentario que la santa señora acompañaba de un tamborileo de los dedos sobre el objeto más cercano: mesa, plato, espejo de mano, arcaica rodilla o, sobre todo, la masa pilosa y blanca de Estrellita, eternamente sentada sobre el regazo de mi madre, objeto de caricias que atenuaban la feroz inquina de su ama. Porque doña Emérita Labraz de Lizardi no estaba contenta en el mundo o con el mundo. Yo nunca pude averiguar la razón de este permanente estado de bilis derramada. Antes, buscaba con afán algún retrato de su juventud, el retrato de su día de bodas, su primera comunión, algo, lo que fuese. Concluí, resignada, que acaso mi madre no había tenido ni infancia, ni boda, ni juventud. O que había desterrado toda efigie que le recordase los años perdidos y ello, yo no lo negaba, servía para asentarla en su edad actual, sin pasado evocable. Doña Emérita era figura presente, sólo presente, incomparable, arraigada a este lugar y a esta hora con el gato (la gata) en el regazo y la mirada oculta día y noche por gafas negras. Sospeché la razón de esta manía. Osé, una mañana, la muy aventada de mí, entrar a la recámara de mamá, portando el desayuno habitualmente llevado por la sirvienta -la "gata"-, aquejada ese día de "su luna", como decía la campirana – Quiere decir gata en francés -le solté, con una mueca amarga, a la sirvienta, Guadalupe de nombre Lupe, Lupita, cuyo rostro de manzana se iluminó por el solo hecho de que le pusieran nombre gabacho. Doña Emérita mi madre llamaba a la Lupita Éste era un sesentón alto, flaco, tieso y más ciego que un murciélago, que se presentaba a la casa del Tepeyac acompañado siempre de un contador y de una secretaria. Mi mamá lo miraba sin moverse de su balcón. Hacía girar su reposet para darles la cara, pero la mano sólo se la daba al reseco aunque distinguido y cegatón licenciado, sin admitir siempre que, en realidad, allí estaba el secretario, un hombrecito prieto, chaparro y dado a usar camisas moradas con corbatas hawaianas, o a la secretaria, que lucía una escandalosa minifalda a efecto de demostrar la opulencia de sus muslos y contrastar así con la fealdad de su cara de manazo, chata, plana Las visitas del cegatón licenciado y sus dos lazarillos me ponían los nervios de punta. El ruco libidinoso hablaba de números con mi madre, pero su mano se iba como imantada a mi nalgatorio, obligándome a ponerme de pie detrás de un sillón para ocultar lo que las abuelitas púdicas llamaban "con las que me siento". Entonces el licenciado buscaba con la mirada ultramiope mis tetas ansiosas por huir de allí cuanto antes. Sólo que mi madre me lo había prohibido. – Leti, te ordeno que estés presente cuando nos visita el licenciado Pérez. – Mamá, es un viejo verde. ¿No ves cómo me trata? – Vete acostumbrando -decía enigmáticamente, sin explicación, la vieja. La vieja. Eternamente sentada en el reposet viendo detrás de sus espejuelos negros el paso de la vida, animada y numerosa, rumbo a la Basílica de la Vir gen de Guadalupe. Acariciando eternamente a la gata Estrellita y agraviando también a "la gata" Lupita. – ¿Quién te puso nombre de virgencita, indita patarrajada? -le espetaba doña Emérita a la sirvienta. Ésta soportaba la lluvia de insultos de su patrona de manera casi atávica, como si no esperase otro trato, ni de ella ni de nadie. Como si recibir insultos fuese parte de un patrimonio ancestral. – Mira, huilita de pueblo -le decía mi madre a la sirvienta izando al desventurado animal como una peluda pelota de fútbol y enfrentando el culo sonrosado de Estrellita a los ojos de Guadalupe-. Mira, putita, mira. Mi gatita es virgen, no ha perdido la pureza, nunca ha parido en su vida… Tú, en cambio, ¿cuántos mocosos prietos no habrás dejado regados en cuanta casa has trabajado? – Lo que mande la patrona -murmuraba Lupita con la cabeza baja. – Menos mal que en esta casa no hay hombres, rancherita de porquería, aquí no hay quien te preñe… – Como guste la señora -decía Lupita sin dejar de confundirse visiblemente al escuchar esa palabra desconocida, "preñe". – Cuidado -se volteaba a decirme mamá-, cuidado Leti, con llamarla "Lupe", "Lupita" y menos "Guadalupe". – ¿Entonces, mamá? – Mírala. Entonces, sin quererlo, doña Emérita le daba a Estrellita el sopapo que le reservaba a Lupita o sea " La Estrellita la gata no me quería. Me lo decía todo el tiempo su actitud. Yo le devolvía el cariño. Me repugnaba. Su cuerpo corto y felpudo, su rabo corto, sus piernas cortas, su pelo blanco como si fuese vieja canosa, deseablemente decadente (¿qué edad tendría?). Me molestaban sobre todo sus terribles ojos, tan grandes en comparación con el cuerpo, tan apartados y de distintos colores. Un ojo azul, otro amarillo. No nos dábamos ni los buenos días. En cambio, por la otra "gata", Lupita La Chapetes, sentía la compasión que compensara el mal trato de mi madre. Sólo que la sirvienta era indiferente por igual al buen o al mal trato. Tenía que llamarle " La Chapetes " enfrente de mi madre. A solas le decía Guadalupe, Lupe, Lupita. Como digo, ella no mostraba otra reacción que su archisabido estoicismo indígena. El cual podía ser cierto o sólo un invento nuestro. Así pues, digo nuestro y me sitúo en el alto pedestal de la criolliza naca. No podemos evitarlo. Somos superiores. ¿Por qué? Antes, a los blancos nos llamaban "gente de razón", como si los indios fueran de a tiro todos tarados. Ahora, como somos demócratas e igualitarios, los llamamos "nuestros hermanos indígenas". Seguimos despreciándolos. Los ídolos a los museos. Los tamemes a cargarnos bultos. Yo quería tratar bien a la Lupita. Quería quererla. Pero no quería admirarla. Una tarde en que iba a salir al café, fui a su recámara en la azotea para avisarle que mi mamá se quedaba sola. Ahí la vi desnuda. Más bien, no la vi. Había deshecho sus trenzas y el pelo le colgaba hasta debajo del nalgatorio. ¡Dios mío!, qué cabellera no sólo larga sino lustrosa, arraigada, invencible, negra y nutrida de chile, maíz y fríjol. Toda la pinche cornucopia mexicana lucía en esa cascada de pelo admirable. – Lupe -le dije. Se volteó a mirarme con el cepillo en alto, levantándole aún más un busto que nunca había conocido, ni requerido, sostén. Soy púdica virgencita mexicana clasemediera con lenguaje de cine nacional en blanco y negro, de manera que no miré más abajo. – Lupe, voy a salir un rato. Atiende a mi mamá. La Lupe me contestó con un movimiento de cabeza y una mirada altiva que nunca le había visto antes. Es que yo había entrado a su zona sagrada, el espacio privado, el cuartito de criados donde ella -lo supe al verla allí encuerada, peinándose- se mostraba bajo otra luz. Desde entonces supe que había dos Lupitas, pero eso me lo guardé para mí. Nadie más lo entendería. Lo cierto es que me sorprendió. Hasta me agradó. Vivir con alguien como mi madre es el mejor aliciente para la rebeldía. Otra cualquiera menos bruta que yo ya se habría ido de la casa dejando a la miserable vieja sola con sus dos gatas: Estrellita y La Chapetes. No sé, me faltaban ovarios, seguro. Mis razones tenía. O sea, lo que no tenía eran medios visibles de sostenimiento, como dicen en las películas gringas cuando entamban a un vago. Ni siquiera poseía los medios invisibles de La Chapetes. Yo no necesitaba sostenes. Mis chichis eran demasiado escuálidas, abominaba de los brasieres rellenos y prefería conformarme con parecer modelito de los sesentas – la Twiggy del Tepeyac, vamos- con mi busto de adolescente perpetua. Dicen que a algunos hombres les gusta. A saber. Además, mis sentimientos filiales eran ciertos, aunque nadie lo crea. Quería a mi madre a pesar de su mal carácter, que yo me empeñaba en llamar "fuerte personalidad" porque ya sabía que a mí me faltaba. No digo que yo fuese mosca muerta ni que estuviera pintada en la pared. Yo era una mujer tranquila, nada más. Era una hija cariñosa. Mientras mi madre viviese, yo seguiría a su lado, cuidándola. Y por último, cuando doña Emérita se fuera a empujar margaritas, yo la heredaría. Como no tenía más patrimonio que el suyo, no podía darme el lujo de la rebeldía. No podía ser limosnera con garrote. Algo cambió en mi espíritu -y en mi cholla también- esa tarde que me largué a tomarme un O sea que siendo México el país de la chorcha, es decir de gente que no puede pasársela sola y necesita una pandilla de cuates el día entero con la aludida mala costumbre de caerle de sorpresa a cualquier hora a un amigo en su casa sin aviso previo, yo agradezco la soledad que me regala mi aislada vida en el Tepeyac o sea la Villa de Guadalupe con mi mamá y sus dos gatas, la Estrellita y la Lupe. Cuando yo hacía vida social, llegué a ver a un anfitrión negarnos la salida a la cinco de la mañana, tragarse la llave de su casa (envuelta en miga de bolillo, por cierto, ¿cómo la habrá digerido y evacuado?) y compensarlo todo con un sabroso pozole de camarón a las seis. Así se perdona la mala costumbre de no dejarte salir de una fiesta… Pero eso era, ya les cuento, cuando yo salía a pachanguear. Ahora ya no. He cumplido treinta y cinco años. De manera que ¿cuáles fiestas? Una parranda me mandaría al camposanto. Y es que a mí me invitaban las hijas de las amigas de mi mamá. Las amigas ya se murieron toditas. Las hijas ya se casaron y no me volvieron a buscar. Nadie me lo dice por educación: me consideran vieja quedada. Por eso, esa tarde, me fui solita al Sanborns después de un agrio encuentro con mi mamá. -Leticia, quiero que le prestes atención al licenciado Pérez. – Se la presto mamá, cómo que no. Aquí estoy siempre que nos visita, como me lo has pedido… Parada como indio de cigarrería… – No sé de dónde sacas esas expresiones. – Es que leo a Elenita Poniatowska y la Familia Burrón. – No seas de a tiro… Quiero decir atención de a deveras… – O sea, ¿que lo vea románticamente? – Pues sí, pues sí -dijo sin dejar de acariciar a la peluda bestia. – Pues no, pues no -le repliqué-. Está muy viejo, es muy aburrido, está más ciego que un murciélago y tiene halitosis. – Halitosis y mucha lana -me miró sin mirarme, detrás de sus espejuelos negros, doña Emérita-. Hazme el favor de casarte con él. – ¿Qué qué? -casi grité-. Antes la muerte. – No, m'hijita. Antes mi muerte. – ¿Qué quiere usted decir, mamá? – Que antes de rendir el alma, quiero verte casada. – ¿Para qué, si vivimos tan cómodas? – Para que te hagas vieja con la decencia acostumbrada. Nomás. Me mordí la lengua. Miren que hablar de matrimonio y decencia, la vieja solitaria y renegada y sin hombre. Me atreví, con un poquito de vergüenza, a contestarle. – No hace falta, mamacita, Con la herencia me basta. Como nunca, sentí no verle los ojos. Pero su mueca bastaba. – No tendrás herencia si no te casas con el licenciado Pérez. He dicho. Me entraron ganas de ahorcarla allí mismo y de paso darle matarili a la gata de angora. Mejor me fui a tomar un Y en eso estaba, sorbiendo los popotes y papando moscas, cuando lo vi. Lo vi a él. Lo vi de perfil. De galanazo, palabra. Lo vi avanzar entre las mesas. Sin saco, camisa blanca, corbata de moño. Chin… me dije, es mesero. Mas no. Se sentó dándome siempre el perfil y ordenó algo. Me quedé mirándolo, embelesada. Amor a primera vista. Hombre moreno, pelo lacio, melena larga muy cuidada y perfil de ensueño. Digamos, versión totonaca de Benjamin Bratt. Rogué con toda el alma. – Virgencita Santa, que me mire por favor -sintiéndome, pues, la Julia Roberts del Tepeyac. El milagro se hizo. Como suele suceder, cuando se mira con mucha intensidad a una persona, ésta acaba por sentirse vista y voltea buscando el ojo ajeno. Así pasó. "Benjamin" abandonó el perfil perfecto y movió la cabeza. Me miró. Me sonrió. Yo me puse colorada. Ni siquiera le devolví los ojales de los nervios que me entraron. Me concentré en el popote y en sorber la bebida. Cuando acabé de sorber, el muchacho ya se había marchado. Me volví obsesiva. ¿Quién no conoce esa esperanza de volver a encontrar a un ser deseado, accidentalmente visto una vez? Regresé, contra toda probabilidad, tarde tras tarde al Sanborns del Tepeyac. Debía respetar el horario del encuentro inicial. Sólo que ¿cuál encuentro? Un cruce veloz de miradas, nada más… Y ahí nos vidrios. Menos importante que un choque de autos en el Periférico. Nada. Y sin embargo, yo no lograba expulsar de mi recuerdo al hermoso joven de mi recuerdo, de mis amaneceres inquietos y solitarios, de mis sueños en los que el chico de Sanborns fornicaba arduamente con la criada Guadalupe a la que vi encuerada una tarde… Otra tarde no salí porque escuché los gritos de mi madre y acudí al salón donde ella pasaba las horas. Apretaba a la gata Estrellita contra el pecho e insultaba a la "gata" Lupita. – ¿En qué piensas, Salomé de huarache? -le gritaba-. ¿Para qué estás aquí, para cuidar la casa o para bailar el jarabe tapatío? Otro descuido de estos y te corto el sueldo a la mitad. Nótese que no le decía: -Te voy a correr. Porque mi madre necesitaba a la criada y la criada lo sabía. Pero, ¿por qué estaba así de alborotada mi mamá? Al verme entrar me lo dijo. – Mira Leticia, esta gatuperia tarada ha dejado pasar un ratón por mis narices… Miré con escepticismo las fosas nasales de mi progenitora y los pelos blancos que se asomaban allí, inquiriendo. – ¿Un ratón, mami? – Niégalo, esclava del metate -insistió mi madre ante la sirvienta. – No es culpa de La Chapetes -dije con mala leche-. ¿Para qué tiene usted a la gata, madre? Creo que los gatos saben cazar ratones. – ¿Qué qué? -gritó doña Emérita-. ¿Manchar con sangre de rata la trompita de mi micifuz adorada? Me encogí de hombros. – Quiero que me traigas bien muerta, agarrada de la cola, a esa bestia inmunda, tan inmunda como tú -le dijo mi madre a Guadalupe-. ¡Gata, tráeme la rata! – Lo que mande la patrona. La existencia del ratón me llenó de una extraña euforia. Era como si hubiese descubierto un digno contrincante para la gata de mi madre. Como Tom y Jerry, pues. Crucé miradas con la Lupe. Sus ojos eran como de piedra. Digo, más emoción tiene un semáforo en Dios Nuestro señor me oyó, como sin duda dicen que escucha a los desamparados. No sé si yo era de su número, pero así me sentía, de a tiro rascuache, ánima en pena, "vieja quedada", solitaria solterona condenada a vestir santos… Pues he aquí que una noche, de tanto desearlo, se me hizo. Escuché el rumor muy leve, luego el chillido como de cerradura oxidada. Me incorporé en la cama, miré al piso y allí, anidado en una de mis babuchas, estaba el ratoncito. Me observaba con ojos brillantes. Más luminosos que la noche. Se levantaba sobre las patas traseras y juntaba, como en oración, las de adelante. Éstas eran cortas, las de atrás, más largas. Los bigotes, tiesos. La sonrisa, espontánea. Mi ratoncito me enseñó los fuertes incisivos albeantes. Pero lo más notable eran los ojillos vivaces, nerviosos, atentos. La presencia del ratón no era, no podía ser gratuita, de a oquis. Quería decirme algo. Quería introducirme a un misterio. Quería guiarme a un mundo secreto, subterráneo, aquí mismo, en mi casa -o sea, la casa de mi madre. Allí se me iluminó el cocoliso. El ratón se había hecho presente para acompañarme en contra de mi madre y su gata Estrellita. Cada cual -madre e hija- iban a tener su pet, su compañía doméstica, su mascota. Sólo que Estrellita la gata de mi madre podía exhibirse con toda su prepotente vanidad, acurrucada en el regazo emérito, en tanto que mi minúsculo roedor era anónimo y, además, sería secreto. No iba a reposar en mi regazo. Ni siquiera podía mostrarlo, pasearlo, vamos: tutearlo. Sería mi misterio nocturno. Mi compañero ¿O compañera? Como si adivinase mis pensamientos, el ratón se acostó patas arriba y me mostró un diminuto pene, una mínima salchichita escondida entre sus patas traseras pero revelada por su torso pelón, color de rosa. ¿Qué me estaba diciendo? Creo que supe leer su mirada. – Yo veo sin ser visto, Leticia. Yo estoy en todas partes pero nadie me ve. Observo. Se escurrió velozmente. De allí en adelante procuré atraerlo cada noche depositando al pie de mi cama trocitos de queso manchego. Decidí llamarlo " – Tú que vienes del campo -me atreví a preguntarle a la Lupita-, ¿qué le gusta a los ratones además del queso? Ella estaba en la cocina, preparando la comida. Cortaba en pedazos un pollo. Limpió rápidamente de carne una de las patas y me ofreció el hueso. Entendí. El Lirón me agradeció el banquete esa noche. De ahora en adelante sólo los huesos satisfarían la voracidad de sus incisivos. Esto ya lo sabía: un roedor tiene que roer o se muere. Si abandona su vocación, los dientes le perforan el cráneo y le ahogan el gaznate porque el incisivo de un ratón crece hacia arriba y hacia abajo. La alimentación estaba resuelta, pues. No así el hambre sexual. ¿Qué iba yo a hacer? No me veía a mí misma en safari doméstico buscándole hembra a mi Dormouse. No iba a rebajarme pidiéndole a la criada que le encontrase novia a mi roedor. Cavilaba mi pequeño dilema sobre un Luego pagó, se levantó y se fue. Pero abandonó la jaula. Yo me dije: -Córrele, zonza, esta es tu chance. Sólo que tuve el talento de tomar la jaula y no correr detrás del muchacho gritándole como babosa, "Joven, se le olvidó una cosa…" Mejor levanté la cobertura para mirar al pajarillo. Detrás de las rejillas no se asomaba un canario, sino una ratoncita blanca. No lo dudé. Lo confirmé al regresar a casa. Era hembra. ¡Qué sorpresota para el Lirón! Esa misma noche, con la ratoncita en la jaula, esperé la llegada puntual de mi amigo. Se hizo presente, alerta como siempre. Esa tarde pasó algo que yo le agradecí. Estaba tomando el café con mi madre y su inseparable angora. De repente, algo me distrajo. Mi madre hablaba de dinero, soledades, de la lejana muerte de mi padre, de su odio hacia todo, empezando por mi padre (no daba razones), la política, las criadas, los indios, la gente que se salía de su lugar, los nacos que se vestían mal, las taquimecas que se teñían de güero, el cuico mordelón de la esquina, el afrochofer que pasaba a mil por hora rompiendo la tranquilidad de la calle, etcétera. Su lista de odios era interminable. Me distrajo la presencia de mi ratón. Me di cuenta de que lo miraba todo sin ser visto por nadie. Estaba allí como si escudriñara la casa, la gente, las costumbres. Ese solo hecho lo convertía en mi compañía secreta, mi confidente, ya no sólo nocturno, sino diario. Él y yo contra doña Emérita y su gata maldita. La presencia vivaz de Lirón contrastaba con la modorra insultante de Estrellita. Me di cuenta de que los gatos no piensan en nada. Tienen el cerebro vacío. No es que sean misteriosos, como cree la gente. Es que están aislados por su propia estupidez. Esa noche libré a la ratoncita blanca que abandonó mi galán incógnito para entregársela a mi Dejé de sonreír. Igual que yo. – A ver, Cleopatra de los nopales -le espetó mi mamá a la criada la siguiente tarde-. Prepara un té y unas galletas para el licenciado Pérez. Viene a las cinco de la tarde. Es un hombre chic. Tiene costumbres inglesas. ¿Sabes qué es eso? – Lo que diga su merced. – Chic, chic quiere decir refinado, elegante, británico. Todo lo que tú no eres, gatuperia. – Lo que mande la patrona. La Lupe se fue a preparar las cosas y mi madre me pidió que la ayudara a llegar al "inodoro" como púdicamente llamaba al gabinete de los hedores. Se desplazaba con dificultad de manera que la llevé hasta el baño, abrazada a la gata, y la esperé un momento. Sentí asco cuando adiviné que mi madre y su gata orinaban al mismo tiempo. Era inconfundible. Dos chorritos distintos. Salió encorvada, abrazada a la gata. Regresamos al salón a esperar la visita del cegatón halitoso licenciado Pérez. Ya para qué le pedía a mi madre que me excusara. Mi rostro sin sangre revelaba mi fatal destino. O me casaba con el licenciado o no heredaba ni la bacinica de mi mamá. Cuál no sería, pues, mi sorpresa cuando entró al salón el licenciado José Romualdo Pérez, seguido como siempre por la secretaria de flecos laqueados pero ya no por el diminuto contador de caray camisa carmesíes. Santo Niño de las Desamparadas. Detrás del licenciado y de la secretaria entró, con elegante portafolios en la mano, mi ilusorio galán del café, mi Rodolfo Valentino de Sanborns, alto, hermoso, su pelo negro largo y reluciente, su piel morena como azúcar sin refinar, su mirada límpida pero seductora… Por poco me desmayo. El changazo ya lo había dado desde antes. – Doña Emérita, le presento a mi nuevo CPT, don Florencio Corona. Cima del éxtasis. Al darme la mano, Florencio Corona se inclinó y me guiñó un ojo. El licenciado Pérez, ciego como la pared, de nada se enteró. |
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