"Relatos De Poder" - читать интересную книгу автора (Castaneda Carlos)

EL DÍA DEL TONAL

Al salir del restaurante, dije a don Juan que había tenido razón en advertirme acerca de la dificultad del tema, y que mi destreza intelectual no servía para captar sus conceptos y explicaciones. Sugerí que tal vez, si fuera yo a mi hotel a leer mis notas, mejoraría mi comprensión del asunto. Trató de tranquilizarme; dijo que me estaba preocupando por palabras. Mientras hablaba, experimenté un escalofrío, y por un instante sentí que, en verdad, había otra zona dentro de mí.

Mencioné a. don Juan mis inexplicables sensaciones. Su curiosidad pareció despertarse. Le dije que había tenido antes dichas sensaciones, y que parecían ser lapsos momentáneos, interrupciones en mi flujo de conciencia. Siempre se manifestaban como una sacudida en mi cuerpo, seguida por la impresión de hallarme suspendido en algo.

Nos dirigimos al centro, caminando pausadamente. Don Juan me pidió relatar todos los detalles de mis lapsos. Me resultaba muy difícil describirlos, más allá de llamarlos momentos de olvido, o distracción, o de no fijarme en lo que hacía.

Con toda paciencia me contradijo. Señaló que yo era una persona exigente, tenía una buena memoria y era muy cuidadoso en mis acciones. En un principio se me había ocurrido que aquellos lapsos peculiares se asociaban con la cesación del diálogo interno, pero también los experimentaba cuando había hablado extensamente conmigo mismo. Parecían brotar de una zona independiente de todo cuanto yo conocía.

Don Juan me dio palmadas en la espalda. Sonrió con deleite visible.

– Por fin empiezas a establecer relaciones reales -dijo.

Le pedí explicar la críptica frase, pero él detuvo abruptamente nuestra conversación y me hizo seña de seguirlo al atrio de una iglesia.

– ,Este es el final de nuestro viaje al centro -dijo, y tomó asiento en una banca-. Aquí tenemos un sitio ideal para observar a la gente. Unos pasan por la calle y otros vienen a la iglesia. Desde aquí podemos verlos a todos.

Señaló una ancha calle de comercios y el sendero de grava que llevaba a los escalones de la iglesia. Nuestra banca estaba a medio camino entre el templo y la calle.

Vista es mi banca favorita -dijo, acariciando la madera.

Me guiñó el ojo y añadió, sonriendo:

– Le caigo bien. Por eso no había nadie sentado aquí. Sabía que yo venía.

– ¿La banca sabia eso?

– ¡No! La banca no. Mi nagual.

– ¿Es el nagual algo consciente? ¿Se da cuenta de las cosas?

– Por supuesto que se da cuenta de todo. Por eso me interesa tu relato. Lo que tú llamas lapsos y sensaciones, es el nagual. Para hablar de él, debemos tomar prestado de la isla del tonal, así que es más conveniente no explicarlo, sino sencillamente contar sus efectos.

Quise decir alguna otra cosa sobre aquellas sensaciones peculiares, pero él me silenció.

– Esto es todo por hoy. Hoy no es el día del nagual, hoy es el día del tonal dijo-. Me puse mi traje porque hoy soy todo tonal.

Se me quedó mirando. Yo iba a decirle que el tema estaba resultando más difícil que cualquier cosa que jamás me hubiera explicado; él pareció anticipar mis palabras.

– Es difícil -dijo-. Lo sé. Pero si se piensa que ésta es la etapa final, la última etapa de lo que te he estado enseñando, no estamos diciendo demasiado al decir que envuelve todo cuanto mencioné desde el primer día en que nos encontramos.

Guardamos silencio un largo rato. Yo sentía que debía esperar la reanudación de las explicaciones, pero tuve un repentino ataque de aprensión y pregunté apresuradamente:

– ¿Están dentro de nosotros el nagual y el tonal?

Me dirigió una mirada penetrante.

– Esa es una pregunta muy difícil -dijo-. Tú mismo dirías que están dentro de nosotros. Yo mismo diría que no lo están, pero ninguno de nosotros estaría en lo cierto. El tonal de tu tiempo te empuja a mantener que todo lo que se trata de tus sensaciones y pensamientos tiene lugar dentro de ti. El tonal de los brujos dice lo contrario: todo está afuera. ¿Quién tiene razón? Ninguno. Adentro, afuera: eso realmente no importa.

Hice una observación. Dije que, cuando hablábamos del tonal y del nagual, parecía que aún hubiera una tercera parte. Él había dicho que el tonal "nos fuerza" a ejecutar acciones, y si era imposible tomar en cuenta al nagual, ¿quién era entonces el ser forzado?

No me respondió directamente.

– Explicar todo esto no es tan sencillo -dijo-. Por muy astutas que sean las aduanas del tonal, el asunto es que el nagual salta a la superficie. Pero su salida a la superficie siempre es inadvertida. El gran arte del tonal es reprimir toda manifestación del nagual, de tal modo que, aunque su presencia sea lo más obvio del mundo, pasa por alto.

– ¿Para quién pasa por alto?

Chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza de arriba a abajo. Lo presioné a responder.

– Para el tonal -dijo-. Estoy hablando exclusivamente del tonal. Por supuesto que ando con rodeos, pero eso no debería sorprenderte ni molestarte. Te advertí la dificultad de comprender lo que tengo que decirte. Me tuve que salir con todas estas bolas porque mi tonal se da cuenta de que está hablando de sí mismo. En otras palabras, mi tonal se usa a sí mismo a fin de entender la información que yo quiero que tu tonal tenga en claro. Digamos que el tonal, puesto que se da tremenda cuenta del esfuerzo que cuesta hablar de sí mismo, ha creado los términos “yo", "yo mismo" y otros así por el estilo, como balance, y gracias a ellos puede hablar con otros tonales, o consigo mismo, acerca de sí mismo.

"Ahora, cuando digo que el tonal nos fuerza a hacer algo, no quiero decir que haya ahí una tercera parte. Por lo visto, el tonal se fuerza a sí mismo a seguir sus propios juicios.

"En ciertas ocasiones, o bajo determinadas circunstancias especiales, algo en el mismo tonal se da cuenta de que hay más en nosotros. Es como una voz que surge de las profundidades: la voz del nagual. Como se ve, la totalidad de nosotros mismos es una condición natural que el tonal no puede aniquilar por entero, y hay momentos, sobre todo en la vida de un guerrero, en que la totalidad se hace aparente. Durante esos momentos, uno puede adivinar y avalorar lo que realmente somos.

"Esas sacudidas que has tenido te resultan muy bien, porque ésa es la forma en que surge el nagual. En esos momentos, el tonal se da cuenta de la totalidad de uno mismo. Siempre es una sacudida porque darse cuenta de esto desbarata el sosiego. Yo llamo a ese sentimiento: darse cuenta de la totalidad del ser que va a morir. La idea es que en el momento de la muerte el otro miembro del par verdadero; el nagual, empieza a operar por completo y el sentir y los recuerdos y las percepciones guardados en nuestras pantorrillas y muslos, en nuestra espalda y hombros y cuello, empiezan a expandirse y a desintegrarse. Como las cuentas de un interminable collar roto, se desparraman sin la fuerza unificadora de la vida."

Me miró. Sus ojos eran apacibles. Me sentí incómodo, estúpido.

– La totalidad de nosotros mismos es un asunto muy peliagudo -dijo-. Necesitamos solamente una porción muy pequeña de esa totalidad para llevar a cabo las tareas más complejas de la vida. Pero, al morir, morimos con la totalidad de nosotros mismos. Un brujo hace la pregunta: "Si vamos a morir con la totalidad de nosotros mismos, ¿por qué no, entonces, vivir con esa totalidad?"

Movió la cabeza para indicarme mirar a las numerosas personas que pasaban.

– Son todos tonal -dijo-. Voy a señalarte algunos para que tu tonal los evalúe, y al evaluarlos se evaluará a sí mismo.

Dirigió mi atención hacia dos ancianas que acababan de salir de la iglesia. Se detuvieron un momento en la cima de los escalones de piedra caliza, y luego empezaron a descender con infinitos cuidados, descansando en cada peldaño.

– Observa con mucho cuidado a esas dos viejas -dijo-. Pero no las veas como personas, ni como rostros que tienen cosas en común con nosotros; velas como tonales.

Las dos mujeres llegaron al pie de los escalones. Se movían como si la áspera grava estuviera hecha de canicas y ellas se viesen a punto de resbalar y perder el equilibrio. Caminaban del brazo, apuntalándose entre sí con el peso de sus cuerpos.

– ¡Míralas! -dijo don Juan en voz baja-. Esas viejas son el mejor ejemplo del peor tonal que puede hallarse.

Noté que las mujeres eran de huesos pequeños, pero gordas. Tendrían poco más de cincuenta años. Sus rostros mostraban una expresión dolorosa, como si descender los peldaños de la iglesia hubiera sido una empresa superior a sus fuerzas.

Estaban frente a nosotros; vacilaron un momento y después se detuvieron. Había otro peldaño más en la senda de grava.

– Tengan cuidado, señoras -gritó don Juan al incorporarse dramáticamente.

Las mujeres lo miraron, al parecer confundidas por su repentina exclamación.

– El otro día, mi mami se rompió la cadera aquí mismo -añadió él mientras acudía a prestarles ayuda.

Le dieron profusamente las gracias, y él les aconsejó que, si alguna vez perdían el equilibrio y caían, permanecieran inmóviles en el sitio hasta que llegara la ambulancia. Las mujeres se santiguaron.

Don Juan volvió a sentarse. Sus ojos resplandecían. Habló con suavidad.

– Esas mujeres no son tan viejas, ni sus cuerpos tan débiles, y sin embargo están decrépitas. Todo en ellas es sombrío y triste: su ropa, su olor, su actitud. ¿Por qué crees tú que son así?

– Quizá nacieron así -dije.

– Nadie nace así. Nos hacemos así. El tonal de esas viejas es débil y tímido.

"Te dije que éste iba a ser el día del tonal; con eso quise decir que hoy quiero tratar exclusivamente con el tonal. También te dije que me había puesto mi traje para ese mismo propósito. Quise mostrarte con mi traje que un guerrero trata a su tonal en forma muy especial. Te hice ver que mi traje fue hecho a la medida, y que todo lo que hoy traigo puesto me queda a la perfección. No es mi vanidad lo que quería mostrar, sino mi espíritu de guerrero, mi tonal de guerrero.

"Esas dos viejas te dieron hoy tu primera visión del tonal. La vida puede ser tan despiadada contigo como es con ellas, si eres descuidado con tu tonal. Yo me pongo de contraparte. Si comprendes correctamente, no será necesario recalcar este punto."

Tuve un repentino ataque de incertidumbre y le pedí descifrarme lo que yo debía de haber entendido. Sin duda, mi voz sonó desesperada. Don Juan rió con fuerza.

– Mira a ese muchacho de pantalones verdes y camisa rosada -susurró, indicando a un joven flaco y muy moreno, de facciones afiladas, parado casi frente a nosotros. Parecía indeciso entre ir hacia la iglesia o hacia la calle. Dos veces alzó la mano en dirección del templo, como si hablara consigo mismo y estuviera a punto de encaminarse a la puerta. Luego me miró con expresión vacía.

– Mira cómo está vestido -dijo don Juan en un susurro- ¡Fíjate en esos zapatos!

La ropa del muchacho se veía andrajosa y arrugada, y sus zapatos estaban cayéndose a pedazos.

– Se ve que es muy pobre -dije.

– ¿Es eso todo lo que puedes decir? -preguntó don Juan.

Enumeré una serie de razones que podrían haber explicado la astrosa apariencia del joven: mala salud, un revés de la suerte, indolencia, indiferencia hacia su apariencia personal, o la posibilidad de que acabara de salir de la cárcel.

Don Juan dijo que yo no hacía sino especular, y que no le interesaba justificar nada sugiriendo que el joven era víctima de fuerzas inconquistables.

– A lo mejor es un agente secreto que se ha disfrazado de vago -dije en son de broma.

El muchacho se alejó hacia la calle con paso incoherente.

– No se ha disfrazado de vago; es un vago -dijo don Juan-. Mira qué débil está su cuerpo. Tiene los brazos y las piernas como, alambres. Apenas puede caminar. Nadie es capaz de fingir esa apariencia. Algo anda muy mal con él, pero sin lugar a duda, no sus circunstancias. Debo insistir de nuevo que quiero que veas a ese hombre como a un tonal.

– ¿Qué implica el ver a alguien como a un tonal?

– Implica dejar de juzgarlo en un sentido moral, o disculparlo con la idea de que es como una hoja a merced del viento. En otras palabras, implica ver a un hombre sin pensar que no tiene ni esperanza ni remedio.

"Tú sabes exactamente lo que yo estoy diciendo. Puedes valorar a ese muchacho sin condenarlo ni perdonarlo."

– Bebe demasiado -dije.

No fue una frase volitiva. Simplemente la enuncié sin saber en realidad por qué. Por un instante, incluso sentí que alguien parado a mis espaldas había dicho las palabras. Me vi impulsado a explicar que la afirmación era, otra de mis especulaciones.

– Ése no fue el caso -dijo don Juan-. El tono de tu voz tenía una certeza que no tenía antes. No dijiste: "A lo mejor es borracho."

Me sentí apenado, aunque sin poder determinar con exactitud el motivo. Don Juan rió.

– Viste a través de ese hombre -dijo-. Eso fue ver. Ver es así. Uno hace afirmaciones con gran certeza, y sin saber cómo.

"Tú sabes que el tonal de ese joven está fundido, pero no sabes cómo lo sabes."

Hube de admitir que de algún modo había tenido esa impresión

– Es muy cierto -dijo don Juan-. No importa realmente que sea joven; está tan decrépito como esas dos viejas. La juventud no le pone de ningún modo barrera al deterioro del tonal.

"Tú pensaste que podría haber muchísimas razones para la condición de aquel hombre. Yo encuentro que sólo hay una: su tonal. No es que su tonal sea débil por la bebida; es al contrario: bebe porque su tonal es débil. Esa debilidad lo fuerza a ser lo que es. Pero lo mismo nos pasa a todos nosotros en una forma o en otra."

– ¿Pero no está usted también justificando la conducta de ese muchacho al decir que es cosa de su tonal?

– Te estoy dando una explicación que jamás has encontrado antes. No es una justificación ni una condena. El tonal de ese muchacho es débil y timorato. Y sin embargo él no es único en esto. Todos nosotros pasamos más o menos por las mismas.

En ese momento, un hombre de gran corpulencia pasó frente a nosotros, en dirección a la iglesia. Vestía un fino traje de negocios gris oscuro, y llevaba un portafolios. El cuello de su camisa estaba desabotonado, y la corbata floja. Sudaba profusamente. Su piel era muy blanca, lo cual hacia aún más obvia la transpiración.

– ¡Fíjate en él! -me ordenó don Juan.

Los pasos del hombre eran cortos pero pesados. Su andar tenía cierto bamboleo. No subió hacia la iglesia; la rodeó y desapareció tras ella.

– No hay necesidad de tratar el cuerpo de una manera tan atroz -dijo don Juan con un toque de sarcasmo-. Pero la triste verdad es que todos nosotros hemos aprendido a la perfección cómo debilitar a nuestro tonal. Yo llamo a eso entregarse al vicio.

Puso la mano sobre mi cuaderno y no me dejó escribir más. Razonaba que, mientras yo siguiera tomando notas, sería incapaz de concentrarme. Me sugirió relajarme, cortar el diálogo interno y dejarme ir, para así fundirme con la persona observada.

Le pedí explicar a qué se refería con fundirse. Repuso que no había manera de explicarlo; era algo que el cuerpo sentía o hacía al ponerse en contacto de observación con otros cuerpos. Luego clarificó el tema diciendo que en el pasado había llamado "ver" a ese proceso, el cual consistía en un lapso de verdadero silencio interno, seguido por una elongación externa de algo en el sí-mismo: una elongación que encontraba y se fundía con el otro cuerpo, o con cualquier cosa dentro del campo de percepción.

En ese momento quise volver a mi cuaderno, pero don Juan me detuvo y empezó a señalar distintas personas entre la multitud que pasaba.

Indicó docenas de individuos, cubriendo una amplia gama de tipos entre hombres, mujeres y niños de diversas edades. Don Juan dijo que elegía personas cuyo débil tonal encajara en un esquema de categorización; así, me había mostrado una preconcebida variedad de tonales que se entregaban al vicio de darse a sí mismos.

No me era posible recordar a toda la gente que él había señalado y discutido. Quejoso, dije que, de haber tomado notas, habría al menos bosquejado su intrincado esquema de tonales que se entregaban a dicho vicio. El caso era que él no quería repetirlo, o quizá tampoco lo recordaba.

Riendo, dijo que no lo recordaba, porque en la vida de un brujo, el responsable de la creatividad era el nagual.

Miró el cielo y dijo que se hacia tarde, y que desde ese momento en adelante cambiaríamos de rumbo. En vez de tonales débiles, aguardaríamos la aparición de un "tonal hecho y derecho". Añadió que sólo un guerrero poseía tal tonal, y que el hombre común, cuando mucho, podía tener un "tonal en buen estado".

Cuando hubimos esperado unos minutos, se dio una palmada en el muslo y chasqueó la lengua.

– Mira quiénes vienen -dijo, señalando la calle con un movimiento de barbilla-. Como si los hubiéramos encargado.

Vi a tres indios que se acercaban. Vestían cotones pardos de lana, pantalones blancos que les llegaban a media pantorrilla, camisas blancas de manga larga, huaraches sucios y gastados y viejos sombreros de paja. Cada uno llevaba un bulto atado a la espalda.

Don Juan se levantó y fue a encontrarlos. Les habló. Ellos, sorprendidos al parecer, lo rodearon. Le sonrieron. Aparentemente les decía algo acerca de mí; los tres se volvieron a sonreírme. Estaban a tres o cuatro metros de distancia; escuché con atención, pero no pude oír lo que decían.

Don Juan metió la mano en el bolsillo y les dio unos billetes. Parecieron alegrarse; movían los pies con nerviosismo. Me simpatizaron mucho. Daban las impresión de ser unos niños. Todos tenían dientes pequeños y blancos, y facciones apacibles, muy agradables. Uno de ellos, el mayor según todas las apariencias, tenía bigotes. Sus ojos se vetan cansados, pero bondadosos. Se quitó el sombrero y se acercó a la banca. Los otros lo siguieron. Los tres me saludaron al unísono. Nos dimos la mano. Don Juan me dijo que les diera algo de dinero. Lo agradecieron y, tras un silencio cortés, dijeron adiós. Don Juan volvió a sentarse en la banca y los miramos desaparecer en la multitud.

Dije a don Juan que, por algún motivo extraño, me habían simpatizado en extremo.

– No es tan extraño -dijo él-. Has de haber sentido que tienen un buen tonal. Un tonal bueno, sí, pero no para nuestro tiempo.

"Probablemente sentiste que eran como niños. Lo son. Y eso es muy duro. Yo los entiendo mejor que tú; por eso no pude menos que sentir un poquitín de tristeza. Los indios son como perros: no tienen nada. Pero ésa es la naturaleza de su fortuna, y no debería entristecerme. Mi tristeza, desde luego, es mi propia manera de entregarme a mi vicio.

– ¿De dónde son, don Juan?

– De las sierras. Han venido aquí a buscar fortuna. Quieren hacerse comerciantes. Son hermanos. Les dije que yo también vine de las sierras y que soy comerciante. Dije que eras mi socio. El dinero que les dimos fue un rasgo que tuvimos con ellos; un guerrero debe tener rasgos todo el tiempo. Sin duda necesitan el dinero, pero la necesidad no debe ser una consideración esencial cuando se tiene un rasgo. Lo que hay que buscar es el sentimiento. A mí en lo personal me conmovieron esos tres.

"Los indios son los desafortunados de nuestro tiempo. Su caída empezó con los españoles y ahora, bajo el reino de sus descendientes, los indios lo han perdido todo. No es una exageración decir que los indios han perdido su tonal."

– ¿Es eso una metáfora, don Juan?

– No. Es un hecho. El tonal es muy vulnerable. No soporta el maltrato. El hombre de razón, el blanco, desde el día en que puso el pie en esta tierra, ha destruido sistemáticamente no sólo el tonal del tiempo, sino también el tonal personal de cada indio. Uno puede fácilmente darse cuenta de que para el pobre indio común, el reino del blanco ha sido un verdadero infierno. Y sin embargo, la ironía es que, para otra clase de indio, ha sido una verdadera bendición.

– ¿De quién habla usted? ¿Cuáles es esa otra clase de indio?

– El brujo. Para el brujo, la Conquista fue un desafío a muerte. Esos fueron los únicos a los que la Conquista no destruyó; se adaptaron a ella y le sacaron el último jugo.

– ¿Cómo pudo ser eso, don Juan? Yo tenía la impresión de que los españoles arrasaron con todo.

– Digamos que arrasaron con todo lo que estaba dentro de los limites de su propio tonal. Pero en la vida que vivían los indios había cosas incomprensibles para el blanco; esas cosas ni siquiera las notaron. Capaz fue la pura suerte de los brujos, o capaz fue su conocimiento lo que los salvó. Después que el tonal del tiempo, y el tonal personal de cada indio, fueron aniquilados, los brujos se encontraron agarrados de lo único que seguía en pie: el nagual. En otras palabras, el tonal del brujo buscó refugio en su nagual. Esto no habría podido pasar de no ser por las penurias del pueblo vencido. Los hombres de conocimiento de hoy, son el producto de esas condiciones y los únicos catadores del nagual, puesto que los dejaron allí, totalmente solos. En esos matorrales, el blanco nunca se ha aventurado. Es más aún, ni siquiera tiene la idea de que existen.

Me sentí impelido en ese punto a presentar un argumento. Argüí con toda sinceridad que el pensamiento europeo había tomado nota de lo que él llamaba nagual, Traje a colación el concepto del Ego Trascendente, o el observador inobservado presente en todas nuestras ideas, percepciones y sentimientos. Expliqué a don Juan que el individuo podía percibirse o intuirse a sí mismo, como una entidad en sí, a través del Ego Trascendente, porque sólo éste era capaz de juicio, capaz de revelar la realidad dentro del terreno de su conciencia.

Don Juan no se inmutó. Echó a reír.

– Revelar la realidad -dijo, remedándome-. Eso es lo que hace el tonal.

Aduje que el tonal podía llamarse el Ego Empírico localizado en la corriente pasajera de la propia conciencia o experiencia, mientras que el Ego Trascendente se hallaba detrás de esa corriente.

– Observando, supongo -dijo él con sorna.

– Cierto. Observándose a sí mismo -dije.

– Oigo lo que dices -repuso-. Pero no dices nada. El nagual no es ni la experiencia ni la intuición ni el consciente. Esos términos, y todos los demás que se te dé la gana decir, son sólo objetos en la isla del tonal. El nagual, en cambio, solo es efecto. El tonal empieza al nacer y termina al morir, pero el nagual nunca termina. El nagual no tiene límites. He dicho que el nagual es donde se cierne el poder; ésa era sólo una forma de aludirlo. Quizá, por razones del efecto que causa, el nagual pueda entenderse mejor en términos de poder. Por ejemplo, cuando hace rato te sentiste entumido y sin poder hablar, yo te estaba en verdad tranquilizando; esto es, mi nagual actuaba sobre ti.

– ¿Cómo le fue posible hacer eso, don Juan?

– No vas a creerlo, pero nadie sabe cómo. Yo nada más sé que quería tu atención completa, y entonces mi nagual se encargó de hacerte el resto. Esto yo lo sé porque soy el testigo de sus efectos, pero no sé cómo funciona.

Calló un momento. Yo quería seguir sobre el tema. Intenté hacer una pregunta: me silenció.

– Uno puede decir que el nagual es el responsable de la creatividad -dijo al fin, y me miró con ojos penetrantes-. El nagual es la única parte de nosotros capaz de crear.

Permaneció callado, mirándome. Sentí que estaba encaminando la discusión a un tópico que yo había deseado que él elucidara más ampliamente. Me había dicho que el tonal no creaba nada, sino sólo atestiguaba y evaluaba. Le pregunté cómo explicaba el hecho de que construimos magníficas estructuras y máquinas.

– Eso no es creatividad -dijo-. Eso es solamente moldear cualquier cosa con nuestras manos, ya sea personalmente o en conjunto con las manos de otros tonales. Un grupo de tonales puede moldear lo que sea: estructuras magníficas, como dices.

– ¿Pero entonces qué es la creatividad, don Juan?

Se me quedó mirando, los ojos entrecerrados. Chasqueó suavemente la boca, alzó la mano derecha por encima de la cabeza y, con un brusco tirón, torció la muñeca como si hiciera girar una perilla de puerta.

– La creatividad es esto -dijo al poner la mano, con la palma ahuecada, al nivel de mis ojos.

Tardé un tiempo increíblemente largo en enfocar los ojos en su mano. Sentí que una membrana transparente sujetaba todo mi cuerpo en una posición fija, y que tenía que romperla para posar la vista en aquella mano.

Me esforcé hasta que gotas de sudor fluyeron a mis ojos. Por fin, oí o sentí un chasquido, y mis ojos y mi cabeza se libraron de golpe.

En la diestra de don Juan había el roedor más curioso que yo hubiese visto. Parecía una ardilla de cola esponjosa. La cola, sin embargo, era más bien la de un puercoespín. Tenía púas tiesas.

– ¡Tócalo! -dijo don Juan con suavidad.

Maquinalmente lo obedecí y pasé un dedo sobre el lomo suave. Don Juan acercó más su mano a mis ojos, y entonces noté algo que me produjo espasmos nerviosos. La ardilla tenía anteojos y dientes muy grandes.

– Parece un japonés -dije, y me eché a reír histéricamente.

El roedor empezó a crecer en la palma de don Juan. Y mientras mis ojos seguían llenos de lágrimas de risa, se hizo tan enorme que desapareció. Literalmente, salió de mi campo de visión. Ocurrió con tal rapidez que me quedé a la mitad de un espasmo de risa. Citando miré de nuevo, o cuando enjugué mis ojos y los enfoqué debidamente, me hallé mirando a don Juan. Estaba sentado en la banca y yo de pie frente a él, aunque no recordaba haberme parado.

Por un momento mi nerviosismo fue incontrolable. Con toda calma, don Juan se levantó, me forzó a tomar asiento, apoyó mi barbilla entre el bíceps y el antebrazo de su brazo izquierdo y me golpeó en la cima de la cabeza con los nudillos de su diestra. El efecto fue como la sacudida de una corriente eléctrica. Me tranquilizó de inmediato.

Yo deseaba preguntar tantas cosas. Pero mis palabras no lograban vadear todos esos pensamientos. Tuve entonces aguda conciencia de que había perdido el control sobre mis cuerdas vocales. Pero no quise esforzarme por hablar, y me recliné contra el respaldo de la banca. Don Juan dijo con energía que yo debía integrarme y dejarme de tonterías. Me sentía un poco mareado. Imperioso, me ordenó escribir mis notas, y me alargó mi bloque y mi lápiz tras recogerlos de bajo la banca.

Hice un esfuerzo supremo por decir algo, y de nuevo tuve la clara sensación de que una membrana me envolvía. Resoplé y gruñí durante un momento, mientras don Juan reía, hasta que oí o sentí otro chasquido.

Inmediatamente me puse a escribir. Don Juan habló como si me dictara.

– Uno de los actos de un guerrero es no dejar que nunca lo afecte nada -dijo-. De este modo, un guerrero puede estar viendo al mismo diablo, pero jamás dejará que nadie lo sepa. El control del guerrero tiene que ser impecable.

Esperó a que yo terminara de escribir y luego preguntó, riendo:

– ¿Anotaste todo eso?

Sugerí que friéramos a un restaurante a cenar. Me sentía desfallecer. Él dijo que debíamos quedarnos hasta que apareciera el "tonal hecho y derecho". Añadió con seriedad que, si no venía aquel día, tendríamos que quedarnos en la banca hasta que le diera la gana aparecer.

– ¿Qué es un tonal hecho y derecho? -pregunté.

– Un tonal en su punto justo, equilibrado y armonioso. Se supone que hoy encontrarás uno, o mejor dicho, que tu poder nos lo traerá.

– ¿Pero cómo puedo distinguirlo de otros tonales?

– No te apures por eso. Yo te lo señalaré.

– ¿Cómo es el tonal ese, don Juan?

– Eso es muy difícil de saber. Depende de ti. La función es para ti; por lo tanto, tú mismo pondrás esas condiciones.

– ¿Cómo?

– Eso yo no lo sé. Lo hará tu poder, tu nagual.

"Hablando en general, hay dos lados en cada tonal. Uno es la parte externa, el margen, la superficie de la isla. Ésa es la parte relacionada con la acción y la actuación, el lado áspero. La otra parte es la decisión y el juicio, el tonal interno, más suave, más delicado y más complejo.

"El tonal hecho y derecho es un tonal donde los dos niveles se encuentran en perfecta armonía y equilibrio."

Don Juan calló. Ya había oscurecido bastante, y me era difícil tomar notas. Me indicó estirarme y descansar. Dijo que el día había sido agotador, pero muy prolífico, y que sin duda el tonal hecho y derecho aparecería.

Pasaron docenas de personas. Estuvimos sentados, en calma y silencio, unos diez o quince minutos. Entonces don Juan se incorporó abruptamente.

– ¡No le hagas, hombre! Mira lo que viene allí. ¡Una vieja!

Señaló con una inclinación de cabeza a una joven que cruzaba el parque y se aproximaba a la vecindad de nuestra banca. Don Juan dijo que la joven era el tonal hecho y. derecho, y que si se detenía a hablar con cualquiera de nosotros, sería una indicación extraordinaria, y tendríamos que hacer lo que ella quisiese.

No me era posible distinguir con claridad las facciones de la mujer, aunque aún había luz suficiente. Se acercó a menos de un metro, pero pasó sin mirarnos. Don Juan me ordenó, en un susurro, alcanzarla y hablarle.

Corrí tras ella; pretendí estar perdido y le pedí orientación. Me acerqué mucho a ella. Era joven, de unos veinticinco años, de estatura mediana, muy atractiva y bien arreglada. Sus ojos eran claros y apacibles. Sonreía al escucharme. Había en ella algo que conquistaba. Me simpatizó tanto como los tres indios.

Regresé a la banca y tomé asiento.

– ¿Es esa chica un guerrero? -pregunté.

– No tanto -dijo don Juan-. Tu poder todavía no tiene la agudeza necesaria para traer un guerrero. Pero ese es un tonal en muy buen estado, que podría convertirse en tonal hecho y derecho. Los guerreros están hechos de esa madera.

Sus frases avivaron mi curiosidad. Le pregunté si las mujeres podían ser guerreros. Me miró, aparentemente desconcertado por la pregunta.

– Claro que pueden -dijo-, y están aún mejor equipadas que los hombres para el camino del conocimiento. Sólo que los hombres son un poco más resistentes. Pero yo diría que, a fin de cuentas, las mujeres llevan una ligera ventaja.

Me declaré intrigado por el hecho de que jamás habíamos hablado de mujeres en relación con su conocimiento.

– Tú eres hombre -dijo él-; por ello uso el género masculino al hablar contigo. Eso es todo. Lo demás es igual.

Quise proseguir el interrogatorio, pero él hizo un gesto para cerrar el tema. Alzó la vista. El cielo estaba casi negro. Los conglomerados de nubes se veían extremadamente oscuros. Había aún, sin embargo, algunas áreas en que las nubes tenían un leve tinte anaranjado.

– El final del día es tu mejor hora -dijo don Juan-. La aparición de esa muchacha en el filo mismo del día, es una indicación. Hablábamos del tonal; por tanto, es una indicación acerca de tu tonal.

– ¿Qué significa la indicación, don Juan?

– Significa que te queda muy poco tiempo para organizar tus arreglos. Cualquier arreglo que puedas haber construido tiene que ser en un arreglo vivo, porque no tienes tiempo para hacer otros nuevos. Tus arreglos deben funcionar ahora, o no tienen nada de arreglos.

"Te recomiendo que cuando vuelvas a tu casa, revises tus líneas y te asegures de que son fuertes. Las vas a necesitar."

– ¿Qué va a pasar conmigo, don Juan?

– Hace años hiciste oferta al poder. Has seguido fielmente las penalidades del aprendizaje, sin inquietarte ni apurarte. Ahora estás al filo del día.

– ¿Qué significa eso?

– Para un tonal hecho y derecho, todo cuanto hay en la isla del tonal es un desafío. Otra forma de decirlo es que, para un guerrero, todo en este mundo es un desafío. El mayor de todos es, desde luego, su oferta al poder. Pero el poder viene del nagual, y cuando un guerrero se encuentra al filo del día, eso significa que se aproxima la hora del nagual, la hora en que el poder acepta la oferta del guerrero.

– Sigo sin comprender el sentido de todo esto, don Juan. ¿Significa que voy a morir pronto?

– Si eres estúpido, pues ni modo -repuso él, cortante-. Pero, vamos a ponerlo en términos más amenos; todo esto que he dicho significa que se te van a caer los calzones. Una vez hiciste oferta al poder, y esa oferta no se puede retirar. No diré que estás a punto de cumplir tu destino, porque no hay destino. Lo único que uno puede decir es que estás a punto de cumplir tu oferta. La señal fue clara. La muchacha esa vino a ti al filo del día. Te queda muy poco tiempo, y ninguno para idioteces. Espléndido estado. Yo diría que lo mejor de nosotros siempre sale a flote cuando estamos de espaldas contra la pared, cuando sentimos que la espada se cierne sobre nuestra cabeza. En lo personal, yo prefiero ese estado y no viviría de ningún otro modo.